Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Las Brujas Acabaron Con Mi Familia Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más. Comenzamos desde que era una niña, mi familia me inculcó el conocimiento de un don único, una herencia que fluía a través de las mujeres de nuestra sangre, la capacidad de vislumbrar el futuro y desentrañar fragmentos del pasado a través de los sueños. En mi infancia, esos sueños eran como cuentos de hadas, donde cada visión se convertía en un destello de realidad. No me asustaba el hecho de que mis sueños se hicieran tangibles. Al contrario, me maravillaba ante el poder que habitaba en mí, pero la inocencia de la niñez pronto dio paso a una realidad más cruda y seria. A los doce años. Un sueño me llevó a las profundidades del sufrimiento humano. Vi a un hombre con la mirada ahogada en desesperación, sentado en el sillón de mi sala. Su ropa estaba empapada como si hubiera emergido de las aguas más oscuras y la intensidad de sus lágrimas resonaba en mi mente y cuando desperté un eco de llanto se filtraba desde abajo. Bajé corriendo las escaleras y me encontré con una escena que replicaba todo lo que había soñado el hombre. Un tío lejano de parte de la familia de mi padre estaba ahí desgarrado por el dolor. Habían ido a pescar con su hijo y en un breve descuido, el pequeño había caído al agua y las célices del motor se llevaron la risa infantil de su vida. Mi don se reveló de manera cruel, conectando con tragedias que no esperaba presenciar. Estos sueños, una vez pintados con la fantasía de lo sobrenatural, se volvieron un peso que cargaba sobre mis hombros. Soñé con la desgracia de aquellos a quienes amaba. En una ocasión vi a mi mejor amiga siendo acosada por sombras de hombres. Aunque intenté advertirla, no logré convencerla de que eso fuera real y lo que soñé, por desgracia, ocurrió a pesar de la angustia y la impotencia que acompañaban a mis visiones, no podía escapar de este don arraigado en mi ser mi familia, con sus propias experiencias de visiones cumplidas, me aseguraba que era algo especial, una conexión con un universo más allá de la comprensión humana. Pero mientras crecía, me di cuenta de que este regalo también era una carga algo similar a una maldición que debía llevar por el resto de mis días A lo largo de los años. Había aprendido a discernir entre los sueños que se convertirían en realidad y aquellos que se desvanecerían como humo al despertar. Los que pasarían al pie de la letra, como lo había soñado, me dejaban con un palpitar desbocado y la piel erizada al despertar, mientras que otros más abstractos, o sea, los que necesitarían interpretación, me dejaban un sabor amargo en la boca y los que sólo eran sueños se sumían en la bruma del olvido al abrir los ojos. Sin embargo, hubo un día en el que todo fue diferente, como si mi don hubiera decidido manifestarse en una sinfonía de formas desconcertantes y experimenté algo que ningún miembro de mi familia había podido hacer hasta ese momento en el sueño las escenas se desenvolvían con una nitidez inusual. No había niebla para ocultar los contornos de lo que estaba por venir. Era como mirar directamente escenas de una película, pero con la peculiaridad de que yo ya no era una simple espectadora, como lo era siempre que tenía una visión. En esta ocasión me encontraba en el centro de la acción, una protagonista inesperada en el escenario de mis propias visiones. Lo que hizo aún más extraño aquel sueño fue la sensación de ser yo misma y, al mismo tiempo, no serlo. Mi alma y esencia ocupaban el cuerpo del sueño, pero las facciones del rostro y la edad proyectada iban más allá de mi realidad actual. Era como mirar a través de los ojos de otro yo uno que vestía un vestido hecho a mano y caminaba muchos años antes de que mi yo actual naciera, me miré en un espejo y la figura que me devolvió la mirada no coincidía con la imagen que tenía de mí misma era más alta, más antigua, con un aire de sabiduría que mi yo actual aún no había alcanzado. La ropa que adornaba mi figura reflejaba una realidad lejana A mi tiempo. El terror inicial dio paso a una extraña resignación. Aunque estaba consciente de que aquel cuerpo no era el mío, me vi obligada a seguir la corriente de los eventos que se desenvolvían en este mundo de mis sueños. Mis acciones parecían fluir de manera natural, como si mi mente estuviera sincronizada con la conciencia de la mujer que ahora habitaba de n s o s S S. S. S. S. S. NS. Era instintiva. Preparé la cena para mi esposo cuyos pasos resonaron en la entrada. Después de una hora, mis hijos, que en el sueño eran completamente desconocidos para mí, yo consciente, se convirtieron en la fuente de una nostalgia incomprensible. Los abracé con una intensidad que sólo podría provenir de un amor que trascendía las barreras del tiempo. En ese momento olvidé la extrañeza de este sueño, la felicidad que emanaba de aquel instante eclipsó. Cualquier duda era extraño, puesto que normalmente las visiones siempre iban al grano mostrándome exactamente lo que mi don quería mostrarme. Sin embargo, en aquel momento era como si sólo estuviera viviendo un día común y corriente en la vida de esa mujer, Y no sólo eso, sino que me gustaba todo. Era cálido y agradable, como si siempre hubiera pertenecido ahí. Recuerdo que cuando terminamos de cenar, acosté a mis hijos y despus despues me fui a sentar en una mecedora puesto que quería terminar un suéter que estaba tejiendo para mi hijo mayor, que en ese momento tenía siete años. Era una época donde aún no había luz eléctrica, por lo que yo estaba siendo alumbrada por dos veladoras sostenidas por un candelabro negro de metal. Mientras tejía el suéter para mi hijo mayor, un inquietante sonido exterior perturbó la paz que había reinado hasta ese momento. El crujir de ramas secas bajo unos pasos que sonaban desde afuera de mi ventana era como si algo estuviera acechando a las afueras de mi hogar, sembrando en mí un pánico inexplicable. Dejé el tejido a medio concluir en un rincón y me levanté rápidamente de la mecedora. La sensación de seguridad que había experimentado momentos antes se desvaneció ante la creciente oscuridad que se filtraba en mi sueño. Mis pasos me llevaron hacia la habitación, donde yacía mi esposo ya sumido en un sueño apacible, los sacudí de manera un tanto brusca para poder despertarlo y mientras sus ojos parpadeaban en la penumbra, le compartí la inquietante experiencia que me había embargado. El sueño, que había comenzado como una jornada tranquila y llena de buenas vibras, se tornó rápidamente en una pesadilla que se ensañaba sobre nuestra realidad en el mundo de mis sueños. Mi esposo se levantó lleno de pánico como si estuviera completamente al tanto de los peligros que había se agachó para buscar algo. Un machete cuidadosamente guardado bajo la cama, se convirtió en la extensión de su voluntad mientras se preparaba para enfrentar la amenaza que parecía que comenzaría a caer sobre nosotros. Juntos nos dirigimos con cautela hacia la habitación de nuestros hijos. Conscientes de que algo oscuro acechaba en las sombras, despertamos a los niños tratando de mantener la calma mientras les indicábamos que se refugiaran en nuestro habitación. Su llanto y temblor reflejaban el miedo que se apoderaba de ellos, como si supieran intuitivamente que algo oscuro se acercaba sobre la seguridad de su hogar. La extraña fusión de mis dos identidades, la del presente y la del pasado, que habitaba en aquel sueño, se manifestaba en la comprensión implícita de la amenaza que acechaba. Aunque sabía que algo horrible ocurría, al mismo tiempo, no sabía exactamente de lo que quería proteger a mis hijos. Mientras caminábamos con precaución hacia la habitación principal, mis ojos y los de mi esposo se mantenían vigilantes en las ventanas buscando cualquier indicio de peligro. Gruñidos y extraños sonidos se entrelazaban en la noche, indicando la presencia de algo indecifrable que rodeaba la casa. Mi esposo se asomaba por la ventana desafiante, gritando amenazas a lo desconocido que acechaba en la oscuridad aléjate de mi propiedad, antes muerto que permitir que toques un solo cabello de mis hijos, vociferaba desafiante y decidido a proteger a su familia. Sin embargo, la pesadilla tomó un giro inesperado con doscientos de luces más parecidas a bolas de fuego que a simples destellos comenzaron a aterrizar en los alrededores de nuestra morada. El cielo nocturno se encendió con una ferocidad que anunciaba la llegada de un evento sobrenatural. Las luces, en su esplendor ardiente, iluminaron los alrededores de la casa, revelando la magnitud del fenómeno que estábamos presenciando. Entonces el terror alcanzó su punto más alto. Un estallido resonó en la quietud de la noche y un cristal se hizo añicos en la sala. La pesadilla se manifestó en llamas que devoraban nuestra morada. Nuestros bienes, recuerdos y posesiones envueltos en el furor del fuego se desvanecían en espirales de humo y el suelo, el cual se sentía más realista que cualquier otro que hubiera tenido antes se tornó en una visión apocalíptica de destrucción y, en medio del caos, la sensación de desesperación se apoderó de nosotros. La salida de la casa se convirtió en una odisea, ya que las puertas ardían con una intensidad que desafiaba incluso al mismo infierno. El calor infernal impedía cualquier intento de escape por las vías convencionales, sumiendo a la familia en un estado de desesperación sin límites y con el hogar devorado por las llamas, La única opción que nos quedaba era buscar una salida a través de las ventanas. La pesadilla no concluyó con la salida de la casa, sino que se despegó como un espectro hambriento de terror, risas y gruñidos, los cuales parecían provenir de todas partes como la sinfonía de un oscuro concierto llenaron el aire nocturno. Sin embargo, una vez en el exterior comenzamos a escuchar gruñidos a r rcasse a nosotros, por lo que no nos quedó más remedio que huir al bosque, aunque después de un rato nos dimos cuenta que no sólo ya nadie nos estaba siguiendo, sino que nos habíamos perdido en el bosque. Creo que pasamos cerca de dos horas sin un rumbo fijo, intentando volver a la civilización, pero sin éxito. Sin embargo, eso no era ni siquiera una parte del horror que nos esperaba esa noche. De repente, el eco de las risas y los gruñidos volvió, y no sólo eso, sino que rápidamente se transformó en algo que se movía entre los arbustos. La oscuridad jugueteaba con nuestra imaginación, alimentando el temor que se apoderaba de nosotros antes de que pudiéramos reaccionar. Una criatura grotesca, mitad perro y mitad hombre. Emergió de las sombras un ser de pesadilla con pelaje irregular y extremidades que desafiaban la naturaleza. Se presentó ante nosotros la criatura. Habló con una voz que resonaba entre los árboles y nos ofreció una salida, una vuelta al pueblo, pero el precio exigido era demasiado alto. Nuestros hijos, con valentía y determinación, rechazamos la horrenda oferta y la criatura. En su furia atacó mi esposo, valiente, protector de la familia, fue víctima de las garras y colmillos de la abominación. Sus últimas palabras resonaron en mi mente un eco desgarrador que me ordenaba correr. Lejos correr fue la única opción, así que tomé la mano de mi hijo mayor, puesto que ya traía cargando en mis brazos al menor y corrimos dejando atrás el horror. Pero la persecución continuó y en nuestra huida desesperada, nos adentramos aún más en el espesor del bosque, perdiéndonos en la oscuridad. Dos horas y media de caminar entre árboles se transformaron en una eternidad de confusión y agotamiento. La madrugada avanzaba y la esperanza de reggar reza a su hogar se desvanecía con cada paso. En un momento de descanso, nos escondí detrás de rocas altas que ofrecían una ilusión momentánea de seguridad. La tragedia se intensificó. Un crujido reveló la presencia de algo acechando en las sombras. Un gruñido retumbó en la noche. Era como si algo estuviera a punto de saltarnos de entre la oscuridad. Escuché un gruñido y después como algo, mordiendo mi pierna y después desperté El impacto fue tan profundo que durante varios meses fui prisionera de esa pesadilla. Cada día, el recuerdo persistente de aquel sueño me perseguía impidiéndome liberarme de su abrazo angustiante, desarrollé un trastorno de estrés postraumático y cada noche, al escuchar los crujidos habituales fuera de mi casa, temía que la criatura de mis pesadillas emergiera de las sombras para perseguirme. La sensación de haber fallado a unos niños inexistentes se apoderó de mí mí durante varias noches, soñé con ellos e incluso les pedí perdón por fallarles. Esto era extraño, puesto que en mis planes ni siquiera planeaba tener hijos. Esa conexión inexplicable me envolvía en una culpabilidad irracional. Intenté compartir mi angustia con mi madre buscando consuelo y explicaciones. Sin embargo, su respuesta racional intentó despojar a aquel sueño de su realismo, atribuyéndolo a la naturaleza engañosa de la mente. Pero la persistencia del recuerdo y el miedo eran tan abrumadores que incluso la voz de la razón de mi madre no pudo disiparlos. Fue entonces cuando mi hermano mayor, percibiendo mi sufrimiento, sugirió una solución para mí un viaje al pueblo en donde vivía la familia de su esposa. Planeaban pasar una semana en el remoto pueblo donde ella había crecido, con la esperanza de que un cambio de entorno pudiera disipar las sombras que nublaban mi tranquilidad. Acepté la pro de nra con la esperanza de que la predicción de mi hermano se hiciera realidad y unos días después nos embarcamos en la travesía hacia aquel pueblo desconocido. La llegada al remoto lugar del cual yo misma afirmaba ignorancia previa, trajo consigo un escalofrío que recorrió mi cuerpo y, aunque en un principio luché contra la sensación de familiaridad, cada rincón y calle que veía resonaba con la misma energía que había experimentado en mis sueños. Era como si el pueblo mismo estuviera esperando mi llegada como un acto predestinado. La casa de los padres, de la esposa de mi hermano nos acogió con una amabilidad excesiva. Intenté sumergirme en la comodidad de aquel entorno aparentemente acogedor. Sin embargo, no podía evitar sentir un sentimiento de familiaridad en todo eso, a pesar de mis esfuerzos por relegar aquella sensación. Los ataques de pánico que solían visitarme en mi residencia habitual se intensificaron. Era como si el paisaje y todo lo que me rodeaba en aquel lugar remoto se ajustaran meticulosamente a la narrativa de mis sueños. Por más que intenté deshacerme de aquella sensación, ésta persistía como una presencia constante. La cordialidad de los habitantes y la aparente normalidad del entorno no lograban desvanecer la inquietante conexión que sentía con mi sueño. En vez de encontrar la paz y la relajación que esperaba, me sumergí en un conflicto interno cada vez más intrincado. Para mi fortuna, las respuestas que tanto anhelaba se rebelaron con relativa rapidez. La tarde siguiente decidimos dar un pequeño paseo por el pueblo. Mi cuñada estaba entusiasmada por mostrarme los lugares donde solía jugar de niña y compartir anécdotas de aquellos días. Sin embargo, a medida que explorábamos el pueblo, la familiaridad de los lugares comenzó a desconcertarme y a infundirme un miedo creciente. Mi mientras caminábamos, escuché la voz de un anciano que reprendía a unos niños y les advertía sobre las brujas y cómo se los llevarían si no se comportaban adecuadamente. Este hecho, aunque extraño, parecía formar parte de las peculiares creencias del pueblo. Mi atención se centró en un enorme mural que los niños estaban arruinando con gis. Esa pintura parecía representar la esencia del lugar. Dos elementos en particular llamaron mi atención y desataron una oleada de temor en mi interior. Bolas de fuego cruzando el cielo y la figura de aquel extraño perro con cara de hombre. Desconcertada, pregunté a la esposa de mi hermano sobre el significado de esas representaciones con una calma sorprendente. Ella explicó que eran parte de las antiguas leyendas del pueblo y mencionó una historia que envolvía a una familia que había perturbado a las brujas hace muchos años. Según esto, las brujas quemaron la casa y la familia huyó al bosque. Lo sabían porque habían encontrado los cadáveres de los padres, pero de los niños no se volvió a saber nada. De inmediato le compartí las similitudes con mi sueño. Hasta ese momento, sólo mi familia más cercana conocía los detalles de mis sueños y les había hecho prometer que guardarían silencio al respecto, por lo que ella no sabía nada. Mi cuñada asombrada por mi relato, afirmó la existencia de la casa de la leyenda. Dijo que el pueblo decía que estaba maldita y sólo habían quedado los cimientos de la misma. Después de haberse quemado, acepté su ofrecimiento de llevarme a la casa en cuestión y cuando llegamos, la sorpresa y el horror me invadieron. Era el mismo lugar que había habitado en una vida pasada y los recuerdos, aunque borrosos, se hicieron más nítidos ante mis ojos. Aquel lugar marcado por la tragedia, era una parte perdida de mi historia. Estos eventos, aunque impactantes, me brindaron un tio el tipo de cierre que necesitaba desesperadamente. A pesar de que a un sueño con diferentes vidas pasadas, ninguno de esos sueños ha sido tan traumático como el primero ahora puedo abordar mi don con un entendimiento más profundo y aceptar las conexiones que se entrelazan a través del tiempo. La revelación en aquel pueblo remoto me permitió encontrar un sentido en mis sueños y cerrar un capítulo que había permanecido abierto por demasiado tiempo. Con el tiempo he aprendido a abrazar la diversidad de experiencias que mi don me ofrece y a explorar las conexiones que existen entre mis vidas pasadas y mi presente relato. Escrito y adaptado por Lisa Hernández