Latest / Cultura y Audiolibros / Olalla (Stevenson) | Cuento de Terror 3
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- Queridos oyentes están listos para adentrarse en un viaje de misterio y suspenso. El protagonista de Olaya es un soldado herido quien viaja a España para recuperarse Allí en una mansión de reposo. Conoce a Felipe y su familia, la madre y la hermana, una joven hermosa, misteriosa y encantadora llamada Olaya, escuchen hasta el final y desentrañen los secretos más oscuros de esta cautivadora familia Olaya. Pues bien, me dijo el doctor, yo ya he cumplido con mi deber y puedo añadir con algo de vanidad que lo he hecho muy bien. Sólo me resta sacarle a usted de esta fría hiperniciosa ciudad y proporcionarle dos meses de aire puro y sin preocupaciones. Esto último es asunto suyo. En cuanto a lo primero, creo poder ayudarle. La verdad es que todo ha sido pura casualidad. Hasta hace pocos días no regresó el padre del campo y como él y yo éramos viejos amigos, aunque de profesiones opuestas, acudió a mí para consultarme, a ser cerca del infortunio de algunos de sus feligreses. Se trataba de una familia, pero usted no sabe nada de España y ni siquiera conoce apenas los nombres de nuestros grandes. Baste decir, pues, que fueron en otro tiempo gente importante y que ahora se encuentran al borde de la indigencia. No poseen ya más que la residencia y unas cuantas leguas de Monte Desértico, en la mayor parte del cual ni siquiera una cabra podría subsistir. Pero la casa es un bello edificio antiguo, situado en un lugar muy alto entre colinas y de lo más saludable, nada más oír la historia de mi amiga me acordé de usted. Le dije que tenía a un oficial herido en lucha por una buena causa, que tenía necesidad de cambiar de aires y le propuse que sus amigos lo tomaran como huésped. Inmediatamente el rostro del padre se ensombreció, como yo había previsto maliciosamente. Qué ocurriría eso es imposible. Me dijo entonces dejemos que se mueran de hambre. Le dije yo no, pues no siento la menor simpatía por el orgullo en Andrajos. Inmediatamente después nos separamos nada satisfechos el uno del otro. Pero ayer para mi asombro, el padre regresó y me hizo una proposición. Al preguntarlo, me dijo he podido comprobar que no era tan difícil como yo me había temido, Es decir, aquella gente orgullosa se había tragado su orgullo, cerré el trato y contando con su aprobación, he concertado su alojamiento en la residencia. El aire de aquellas montañas le renovará la sangre. La vida tranquila que llevará allí vale más que todas las medicinas del mundo. Doctor le dije ha sido usted mi ángel bueno en todo y sus consejos son órdenes. Pero cuénteme, por favor, algo sobre la familia con la que voy a residir. Me disponía a hacerlo, respondió mi amigo. Desde luego, existe una dificultad. Estos mendigos, como le he dicho, descienden de una familia de gran alcurnia y están llenos de la más infundada vanidad. Han vivido durante varias generaciones en un aislamiento cada vez mayor, evitando siempre tanto a los ricos que habían llegado a colocarse demasiado por encima de ellos como a los pobres, a los que consideraban todavía demasiado por debajo. E incluso hoy, cuando la pobreza le es fuerza a abrir la puerta de su casa a un huésped, no son capaces de hacerlo sin poner una cláusula de lo más desagradable. Usted seguirá siendo, me dicen, un forastero. Le atenderán en todas sus necesidades, pero rechazan desde el principio la posibilidad de que llegue a establecer con ellos la menor intimidad. No negaré que aquello me enfado y tal vez ese sentimiento fortaleció mi deseo de ir, pues estaba convencido de poder derribar aquella barrera si me lo proponía. No hay nada ofensivo en una cláusula como esa le dije, e incluso comparto el sentimiento que la inspira. Es cierto que ellos nunca le han visto a usted repuso el doctor cortesmente y si supieran que usted es el hombre más apuesto y más impando que jamás haya venido de Inglaterra, donde, según me dicen, abundan los hombres apuestos, pero no tanto los simpáticos. Sin duda lo recibirían con mejor disposición. Pero ya que usted se lo toma, también no tiene ninguna importancia a decir verdad. A mí me parece una descortesía, pero tal vez salga usted ganando la familia no le seducirá demasiado una madre, un hijo y una hija, una anciana de la que se dice que es retrasada mental, un rústico palurdo y una joven aldeana que se lleva muy bien con su confesor y, por tanto, el médico se rió por lo bajo deduzco que no tiene el menor atractivo. No parece gran cosa para llamar la atención de un apuesto oficial y, sin embargo, usted dice que son de alta cuna objeté yo. Pues bien, en cuanto a eso habría que destacar algo respondió el doctor. La madre sí lo es los hijos, no. La madre era la última representante de un linaje principio pesco que ha degenerado a la vez en talento y en fortuna, su padre no sólo era pobre, sino que estaba loco y la chica creció en estado salvaje en los alrededores de la residencia hasta su muerte. Además, como la mayor parte de la fortuna desapareció al morir él y la familia estaba extinguida por completo, la chica creció en estado más salvaje que nunca hasta que al fin se casó. Dios sabe con quién. Unos dicen que era un arriero, otros que un contrabandista, en tanto que algunos sostienen que ni siquiera hubo matrimonio y que Felipe y Olaya son bastardos. Esa Unión fuera del tipo que fuese. Se disolvió trágicamente hace algunos años. Pero como viven tan aislados y en aquella época había tanto desorden en el país, el modo exacto en que el hombre murió sólo lo conoce el sacerdote Y quizá ni eso empiezo a creer que la experiencia va a resultar interesante. Le dije yo no exageraría si fuera usted, replicó el doctor. Me temo que va en r encontrarse con una realidad muy despreciable y vulgar. A Felipe, por ejemplo, lo he visto y qué le puedo decir es muy tosco, muy astuto, muy palurdo, y yo diría que más bien un inocente, los demás probablemente han de ser por el estilo. No no, señor Comandante, debe usted buscar compañía adecuada en los grandes paisajes de nuestras montañas y en cuanto a estos, al menos, le prometo que si usted es un amante de las obras de la naturaleza, no le defraudarán. Al día siguiente, Felipe vino a buscarme con una tosca carreta tirada por una mula y un poco antes de que dieran las campanadas del mediodía, Después de haberme despedido del doctor, del posadero y de algunas almas buenas que me habían ofrecido su amistad durante mi enfermedad, salimos de la ciudad por la Puerta del Este y empezamos a ascender en dirección a la Sierra. Llevaba tanto tiempo como prisionero desde que me dejaran por muerto tras la pérdida del convoy que el simple olor de la tierra me puso de buen humor. La zona que atravesábamos era agreste y rocosa parcialmente cubierta de espesos bosques, hora de alcornoques, hora de grandes castaños españoles, a menudo cortados por el lecho de un torrente de montaña. Brillaba el sol, el viento susurraba alegremente y cuando habíamos recorrido algunas millas y la ciudad no era ya más que un insignificante montículo en medio de la llanura que habíamos dejado atrás, empecé a fijar la atención en mi compañero de viaje. A primera vista no parecía más que un diminuto muchacho campesino un poco palurdo, tal como el doctor lo había descrito, muy vivaz y activo, pero desprovisto por completo de cultura y para la mayoría de los observadores, esta primera impresión era la definitiva. Lo primero que me sorprendió fue su palique y su familiaridad. Al hablar tan extrañamente en desacuerdo con los términos en los que yo iba a ser recibido, y en parte por su imperfecta pronunciación, en parte por la vivacidad e incoherencia de lo tratado. Su conversación era muy difícil de seguir, sino hacer un esfuerzo mental. Es cierto que yo ya había hablado con personas de mentalidad similar, personas que parecían vivir como él lo hacía por los sentidos atrapados y poseídos por lo que veían en cada momento e incapaces de liberar sus mentes de esas impresiones. Su conversación, a la que yo prestaba escasa atención, me parecía propia de carreteros que pasan gran parte de su tiempo en medio de una gran vacuidad intelectual, limitándose a ver desfilar los paisajes que ya conocen. Pero ese no era el caso de Felipe. Según él mismo me contó era muy hogareño. Me gustaría haber llegado ya, me dijo y a continuación, al divisar un árbol al borde del camino, se detuvo a contarme que una vez había visto un cuervo entre sus ramas, un cuervo repetí Yo sorprendido por la necedad de aquel comentario y creyendo haber entendido mal sus palabras, pero para entonces otra idea ocupaba ya su mente, escuchaba con profunda atención con la cabeza sala de hada y el ceño fruncido y me golpeó bruscamente para que guardara silencio. Luego sonrió y sacudió la cabeza. Ha oído algo. Le pregunté. No tiene importancia, me dijo, y empezó a cicatear su mula con gritos que resonaron inhumanamente entre las paredes de la montaña. Lo examiné más detenidamente. Tenía un cuerpo excepcionalmente bien formado, ligero, flexible y fuerte y unas bellas facciones. Sus ojos de color avellana eran muy grandes, aunque quizás no muy expresivos en conjunto. Era un muchacho de aspecto agradable y no le encontré más defecto que el tono oscuro de su piel y la abundancia de pelo, dos características que me desagradaban. Era su mente lo que me desconcertaba y a la vez me atraía. Me acordé de la frase del doctor un inocente y me preguntaba así, después de todo, seriesa una descripción acertada. Cuando el camino empezó a descender hacia la angosta y pelada cima de un torrente, las aguas retumbaban en el fondo embravecidas y aquel sonido llenaba el barranco, junto con la fina rociada y las ráfagas de viento que acompañaban su descenso. El espectáculo era sin duda alguna impresionante, pero en aquella parte el camino estaba muy bien amurallado. La mula avanzaba con paso seguro y me asombré al darme cuenta de que el rostro de mi acompañante había palidecido de terror. El rugido de aquel río tumultuoso no era constante. Unas veces disminuía como si estuviera cansado otras redoblaba sus roncos. Acentos pasajeras avenidas que bajaban rápidamente por el desfiladero, tronando y retumbando contra sus paredes, parecían hacer crecer su caudal y observé que cada vez que aumentaba el clamor, mi guía se estremecía y palidecía todavía más. Me vino a la mente el recuerdo de algunas supersticiones escocesas y de los kel pies de los ríos. Me preguntaba así por casualidad en aquella parte de España prevalecían creencias similares. Y volviéndome hacia Felipe, traté de sonsacarle qué ocurre. Le pregunté tengo miedo. Me respondió de qué tiene miedo, repliqué yo. Este lugar me parece uno de los más seguros de este camino tan peligroso. Hay mucho ruido. Me dijo con una ingenuidad que disipó mis dudas. El muchacho no era más que un niño en el plano intelectual. Su Mente era como su cuerpo, activa y rápida, pero atrofiada en su desarrollo. Y desde aquel momento empecé a mirarlo con una especie de compasión y a escuchar su cháchara inconexa, primero con indulgencia y, por último, incluso con placer. A eso de las cuatro de la tarde habíamos traspasado la cima de la cordillera y despidiéndonos del sol que se iba ocultando. Ya empezamos a descender por la otra vertiente, bordeando las crestas de numerosos barrancos y atravesando sombríos bosques. Por todas partes se elevaba el ruido de la caída de las aguas, no tan concentrado ni tan impresionante como en la garganta del río, sino disperso y resonando al nero y musicalmente de cañada encañada. El humor de mi conductor también mejoró y empezó a cantar con voz de falsete y una extraordinaria carencia de sentido musical que no seguía ni la melodía ni el tono, sino que se desviaba a voluntad y, sin embargo, producía en cierto modo un efecto tan natural y agradable como el canto de los pájaros. A medida que aumentaba la oscuridad, yo iba cayendo cada vez más bajo el hechizo de aquel ingenuo gorjeo esperando poder reconocer algún tema concreto, lo cual no sucedió y cuando por fin le pregunté qué era lo que estaba cantando, exclamó sólo estoy cantando. Me seducía sobre todo su habilidad para repetir incansablemente la misma nota a pequeños intervalos. No resultaba tan monótona como podría creerse, o al menos no era desagradable y parecía alentar una maravillosa satisfacción con todo lo que le rodeaba, como la que nos gusta imaginar en la posición de ciertos árboles o en la quietud de un estanque había anochecido por completo antes de que llegáramos a una meseta y poco después nos detuvimos ante una mancha más oscura que no tuve más remedio que suponer que se trataba de la residencia. Mi guía bajó de la carreta y durante un buen rato, se puso a gritar y a silbar en vano, hasta que por fin, un viejo campesino surgió de alguna parte de la penumbra que nos rodeaba y se dirigió hacia nosotros con una vela en la mano. A su luz pude distinguir un gran portal en forma de arco de estilo. Morisco estaba cerrado mediante una puerta con remaches de hierro, en uno de cuyos batientes Felipe abrió un portillo. El campesino se llevó la carreta a otra dependencia, pero mi guía y yo franqueamos el portillo que se cerró de nuevo a nuestras espaldas y alumbrados por el tenue resplandor de la vela, atravesamos un patio, subimos por una escalera de piedra, recorrimos parte de una galería abierta y volvimos a subir escaleras hasta llegar por fin ante la puerta de un gran aposento casi vacío esta habitación que enseguida comprendí que iba a hacer la mía. Estaba revestida con paneles de madera brillante y alfombrada, con pieles de animales salvajes y tenía tres ventanas en su chimenea ardía un gran fuego que emitía al exterior un vacilante parpadeo. Cerca del hogar. Habían colocado una mesa lista para la cena y en el extremo opuesto habían dispuesto una cama. Estaba satisfecho con todos aquellos preparativos y así se lo dije a Felipe, y él, con la misma simplicidad que ya había anotado, repitió con entusiasmo mis alabanzas una excelente habitación, dijo realmente excelente y con fuego. Además, el fuego es bueno. Hace que el bienestar penetre hasta los huesos y la cama prosiguió llevando la vela en aquella dirección. Vea que sábanas tan finas que emulidas qué suaves y pasó la mano una y otra vez por su textura y luego dejó caer la cabeza y frotó sus mejillas contra ellas con un gozo tan enorme que, por algunas razas me ofendió. Le quité la vela de las manos, pues tuve miedo de que prendiera fuego a la cama y regresé a la mesa, donde, al ver un recipiente con vino, serví una copa y lo llamé para que viniera a Bebérsela. Inmediatamente se incorporó y corrió hacia mí con una acusada expresión de esperanza, pero cuando vio el vino, visiblemente se estremeció. Oh, no dijo, eso no es para usted. Yo lo detesto muy bien. Señor le dije entonces beberé a su salud y por la prosperidad de su casa y de su familia. A propósito, añadí, ya que hablamos de eso, no voy a tener el placer de saludar a su señora madre, pero al oír aquellas palabras, desapareció de su rostro, aquella expresión pueril y fue reemplazada por otra de indescriptible astucia y sigilo. Al mismo tiempo, se apartó de mí como si fuese un animal a punto de saltar sobre él o algún peligroso individuo armado, y cuando llegó a las proximidades de la puerta, me lanzó una mirada osca y huraña con las pupilas contraídas. No me dijo por fin y un instante más tarde había salido de la habitación sin hacer ruido y oí que sus pasos tan ligeros como un chaparrón, se desvanecieron escaleras abajo y la casa quedó de nuevo en silencio. Después de cenar acerqué la mesa junto a la cama y empecé a prepararme para descansar. Pero al cambiar la luz de posición, me llamó la atención. Un cuadro que había en la pared representaba a una mujer todavía joven, a juzgar por el traje que llevaba y por la suave armonía que reinaba en el lienzo. Debía de haber muerto hacía mucho tiempo. Había tal vivacidad en su actitud, en sus ojos y en sus facciones que bien podía creerme estar contemplando la imagen de la vida misma reflejada en un espejo. Su figura era muy esbelta, pero a la vez robusta y estaba muy bien proporcionada. Sus trenzas de color rojo parecían formar una corona sobre su frente. Sus ojos de un color marrón muy dorado. No dejaban de mirarme y una expresión cruel osca y sensual echaba a perder la perfecta silueta de su rostro, tanto en su rostro como en su figura. Había algo sumamente intangible como el eco de un eco que hacía pensar en las facciones y en el porte de mi guía, y me quedé un rato delante del cuadro, atraído desagradablemente y a la vez asombrado por aquel extraño parecido el típico envoltorio carnal de aquella estirpe destinada originariamente a producir damas de tanta alcurnia como la que me miraba desde el lienzo, había decaído hasta menesteres más despreciables y ahora vestía ropas de aldeano. Se sentaba en la lanza de una carreta tirada por una mula y sostenía las riendas para llevar a casa a un huésped. Es posible que subsistiera un vínculo real. Es posible que una minúscula porción de la frágil carne de aquella difunta dama, que en otro tiempo vestía de raso y brocado, se estremeciera ahora ante el rudo contacto con la estameña que vestía Felipe. Los o s primeros rayos de sol del nuevo día iluminaron por completo el retrato y mientras se hacía en la cama despierto, mis ojos continuaron fijándose en él con una complacencia cada vez mayor. Su belleza cautivaba insidiosamente mi corazón sin que me diese cuenta silenciando uno tras otro todos mis escrúpulos. Y aunque sabía que amar a una mujer como aquella equivalía afirmar y sellar la sentencia de mi propia degeneración, reconocía, no obstante, que si todavía viviese, probablemente la amaría día tras día, la conciencia que tenía de su maldad y de mi debilidad era cada vez más evidente. Llegó a ser la heroína de muchos de mis ensueños, en los cuales sus ojos me incitaban a cometer crímenes que me recompensaba suficientemente. Aquella mujer proyectaba una sombra oscura sobre mi imaginación y cuando me encontraba fuera al aire libre haciendo vigorosos ejercicios y renovando saludablemente mi corriente sanguínea, a veces pensaba con agrado que la hechicera causante de mi Embeleso descansaba en la tumba rota, la barrida mágica de su belleza, sus labios sellados para siempre, el filtro de su encanto derramado y, sin embargo, sentía un terror lánguido al pensar que, después de todo, era posible que no estuviese muerta, podía haber revivido en el cuerpo de alguna descendiente. Felipe me servía las comidas en mi propio cuarto y su parecido con el retrato me obsesionaba. En ocasiones no pasaba nada, otras veces a causa de un cambio de postura o de un fogonazo en su expresión. Aquella semejanza se abalanzaba sobre mí como un fantasma era sobre todo en sus accesos de mal humor. Cuando la similitud triunfaba, él me tenía afecto. Indudablemente, estaba orgulloso de la atención que yo le prestaba y procuraba retenerla mediante sencillas estratagemas pueriles. Le gustaba sentarse a mi lado junto al fuego y hablar de aquella manera incoherente o cantar aquellas canciones extrañas e interminables, y a veces me pasaba la mano sobre la ropa a manera de afectuosa caricia, lo lo que l nunca dejaba de causarme un desconcierto del que me avergonzaba. Pero a pesar de todo, podía tener injustificados accesos de ira y obstinados arrebatos de mal humor. Ante una palabra de reproche lo he visto volcar el plato del que me disponía a comer y no a escondidas, sino como una provocación. Y lo mismo sucedía en cuanto me ponía a hacerle preguntas. Mi curiosidad era lógica estando en un lugar desconocido y rodeado de gentes que no conocía, pero al menor asomo de pregunta, él retrocedía con el ceño fruncido y un aire amenazador. Era entonces cuando, por una fracción de segundo aquel tosco muchacho podría haber sido el hermano de la dama del cuadro, Pero aquellos humores repentinos se le pasaban muy pronto y con ellos el parecido se desvanecía durante aquellos primeros días no vi a nadie más que a Felipe, a menos que contemos el retrato, y puesto que el muchacho era débil mental y como tal tenía sus arrebatos de ira, no es de extrañar que yo soportase con Ecuanico su peligrosa proximidad. En realidad, durante algún tiempo aquello me resultó fastidioso, pero poco después dio la casualidad de que logré un dominio tan completo sobre él como para apaciguar mis preocupaciones. Ocurrió así, aunque él era por naturaleza indolente y tenía mucho de vagabundo, solía quedarse en casa y no sólo atendía a mis necesidades, sino que trabajaba todos los días en el jardín, una especie de pequeña huerta situada al sur de la residencia. Allí se reunía con él el campesino que yo había visto la noche de mi llegada, el cual vivía al otro extremo del recinto, a una media milla de distancia, en una tosca dependencia. Pero para mí estaba claro que de los dos, Felipe era el que hacía más y aunque a veces le vi tirar al suelo su asada y ponerse a dormir entre las mismas plantas que había estado cavando, su constancia y su energía eran admirables en sí mismas y todavía me lo parecían más, ya que estaba convencido de que eran ajenas a su carácter y más bien fruto de un escio esfuerzo ingrato. Pero aunque lo admiraba tanto, me preguntaba que podía haber provocado en un muchacho tan voluble aquel permanente sentido del deber. Cómo lograba mantenerlo, me preguntaba, y hasta qué punto prevalecía sobre sus instintos. Es posible que el sacerdote fuera su inspirador, pero un día vino el sacerdote a la residencia. Lo vi llegar y marcharse después de casi una hora desde un montículo donde yo estaba dibujando. Y durante todo aquel tiempo, Felipe siguió trabajando en el jardín tranquilamente. Por fin, con una actitud poco loable, decidí desviar al muchacho de sus buenos propósitos y abordándolo frente a la puerta, le persuadí fácilmente a que se viniera conmigo a dar un paseo. Hacía un día estupendo y los bosques a los que le llevé estaban verdes y rebosantes de fragantes aromas y del zumbido de los insectos. Allí el joven reveló un nuevo aspecto de su personalidad, llegando su alboroso a unos extremos que me desconcertaron y desplegando una energía l un garbo en sus movimientos, que eran un deleite para la vista. Saltaba y corría a mi alrededor de puro júbilo, se detenía a mirar y a escuchar y parecía beberse el mundo como si fuera un cordial y luego de pronto trepaba a un árbol de un salto y se colgaba de las ramas y retosaba como si estuviera en su elemento. Aunque me dijo pocas cosas y de escasa importancia, raras veces he disfrutado de una compañía más estimulante verlo divertirse era una continua fiesta. La rapidez y precisión de sus movimientos me complacía muchísimo y podría haber sido tan desconsideradamente poco amable como para hacer una costumbre de aquellos paseos si el azar no hubiera dispuesto una conclusión tan repentina a mi placer. Gracias a su rapidez o a su destreza. El muchacho capturó una ardilla en la copa de un árbol. Se me había adelantado un poco, pero lo vi caer al suelo y ponerse de cuclillas gritando de placer como un niño. Aquel sonido despertó mis simpatías de lo ofrezco e inocente que era. Pero cuando apreté el paso para acercarme el chillido de la ardilla me llegó al alma. He visto y he oído contar muchas crueldades cometidas por muchachos, sobre todo campesinos, pero lo que entonces presencié me puso furioso. Aparte bruscamente a Felipe le quité de las manos la bestezuela y me apresuré a matarla por compasión. Después me volví hacia el torturador y le hablé un buen rato al calor de mi indignación, llamándole de todo lo cual pareció afectarle y finalmente, señalando hacia la residencia, le ordené que se fuera y me dejara porque quería pasear con personas, no con sabandijas. El cayó de rodillas y con palabras que salían de sus labios con mayor claridad que de costumbre vertió un torrente de súplicas, de lo más conmovedoras, pidiéndome clemencia y rogándome que lo perdonara, que olvidase lo que había hecho, que tuviera en cuenta el futuro me esfuerzo tanto, me dijo, por favor, Comandante, tenga paciencia con Felipe. Por eso esta vez no volverá a comportarse como una bestia. Inmediatamente después mucho más afectado de lo que hubiese querido parecer, permití que me convenciera y por fin le estreché la mano y me reconcilié con él. Pero como penitencia le hice enterrar a la ardilla. Le hablé de la belleza del pobre animal, le expliqué los sufrimientos que había padecido y lo despreciable que era abusar de la propia fuerza. Mire Felipe le dije la verdad es que usted es muy fuerte, pero en mis manos está tan indefenso como esa pobre criatura que vive en los árboles. Deme la mano y póngala en la mía. Ya ve que no puede retirarla. Ahora suponga que yo fuese tan cruel como usted y que disfrutara con el dolor ajeno. No tengo más que apretar para ver cómo usted sufre. Se puso a chillar su cara, adoptó un tono ceniciento y se perdó de pequeñas gotas de sudor y cuando lo dejé en libertad, se tiró al suelo y atendió su mano gimiendo como un crío, pero aceptó la lección en buena parte y ya fuera por eso o por lo que le dije, o por el mejor concepto que ahora tenía de mi fuerza corporal. Su afecto de los primeros días se transformó en fidelidad perruna llena de adoración. Mientras tanto, mi salud mejoraba rápidamente. La residencia estaba situada en la parte más alta de una meseta pedregosa bordeada de montañas por todas partes. Sólo desde el tejado, donde había una garita se podía ver entre dos picos una pequeña extensión de llanura de color azul. Debido a la extrema distancia en aquellas alturas, el aire soplaba libre y generosamente. Allí se congregaban grandes nubes que el viento disgregaba, dejando jirones en las cumbres de las colinas. De todas partes llegaba un ronco, aunque débil, estruendo de torrentes. Allí se podían estudiar los rasgos más rudimentarios y antiguos de la naturaleza que en aquellos parajes conservaba algo de su fuerza primitiva, disfrute desde el principio con aquel vigoroso paisaje y aquel clima cambiante, no menos que de la antigua y ruinosa casa Solariega en la que moraba. Consistía en un extenso rectángulo flanqueado en dos esquinas opuestas por sendos salientes a modo de bastiones, uno de los cuales dominaba la puerta. Ambos estaban provistos de troneras para mosquetes. Además, la planta baja carecía de ventanas, de manera que el edificio, si estuviera guarnecido, no podría ser tomado sin recurrir a la artillería. Encerraba un patio descubierto plantado de granados. Desde allí, una amplia escalinata de mármol ascendía hasta una galería abierta que recorría todo el perímetro del patio y se apoyaba en esbeltos pilares. Desde allí. De nuevo, varias escaleras interiores conducían a los pisos superiores de la casa, que así quedaban divididos en diferentes secciones. Los postigos de las ventanas, tanto las de dentro como las de fuera, estaban herméticamente cerrados. Algunos sillares de las partes altas se habían caído. Una de las ráfagas de viento que tan frecuentes eran en aquellas montañas había hundido el tejado en un lugar y toda la casa, bañada por la fluctuante pero intensa luz del sol, sobresalía por encima de un bosquecillo de alcornoques canijos descoloridos por la espesa capa de polvo que los cubría y parecía el castillo de la bella durmiente de la leyenda. El patio en particular, parecía el hogar mismo del sueño. A todas horas se oía un inquietante y ronco sureo de palomas procedente de los saleros. Allí no llegaba el viento, pero cuando soplaba en el exterior, el polvo de la montaña caía tan espeso como la lluvia, cubriendo con un velo. Las flores rojas de los granados, las ventanas tapiadas y las puertas cerradas de los numerosos sótanos, así como los arcos vacíos de la galería, lo rodeaban por todas partes y a lo largo del día, el sol dibujaba perfiles irregulares en los cuatro costados y proyectaba las sombras de los pilares. En el suelo de la galería. A ras de tierra había, sin embargo, un hueco sostenido con columnas que mos las huellas de ocupación humana, aunque estaba abierto en la parte delantera que daba al patio. Estaba provisto de una chimenea en la que ardía siempre un precioso fuego de troncos y su suelo de baldosas. Estaba cubierto de pieles de animales. Fue en aquel lugar donde vi por primera vez a mi anfitriona. Había extendido delante de ella una de las pieles y tomaba el sol apoyada en una columna. Lo primero que me llamó la atención fue su vestido, pues era lujoso y de colores vivos y relucía en aquel patio polvoriento, resaltando casi tanto como las flores de los granados. Tras una segunda ojeada, lo que me cautivó fue su belleza recostada indolentemente observándome pensé, aunque no pudiera ver sus ojos y con una expresión satisfecha y a la vez de buen humor, casi estúpido, mostraba una perfección de rasgos y una actitud de serena nobleza que sobrepasaba a la de las estatuas. Me quité el sombrero al pasar frente a ella y su rostro. Se contrajo un gesto de sospecha tan liviano y pasajero como las ondas que la brisa produce en un estanque, pero no prestó atención a mi cortesía. Proseguí mi acostumbrado. Paseó un poco intimidado, pues su impasibilidad de ídolo me obsesionaba y cuando regresé, aunque ella seguía poco más o menos en la misma postura, me sorprendió un tanto el comprobar que se había trasladado a la siguiente columna siguiendo la luz del sol. Esta vez, sin embargo, se dirigió a mí con una especie de saludo trivial, bastante cortés, pronunciado con la misma voz grave, aunque confusa y ceceante que ya había echado a perder mi primer contacto con su hijo. Le contesté un poco al azar, pues no sólo no logré comprender del todo lo que quería decirme, sino que la súbita revelación de sus ojos me trastornó. Eran inusitadamente grandes con el iris dorado como los de Felipe, pero en aquel momento tenían las pupilas tan dilatadas que parecían casi negros, y lo que me afectó no fue tanto su tamaño como lo que posiblemente era consecuencia suya, la rara insignificancia de su mirada. Jamás he visto una mirada tan vacía y estúpida. Bajé los ojos mientras hablaba y seguí mi camino escaleras arriba hacia mi habitación desconcertado y al mismo tiempo avergonzado. Sin embargo, cuando llegué y vi el rostro del retrato, recordé de nuevo el milagro de la descendencia familiar. Mi anfitriona era, desde luego, de más edad y más corpulenta. Sus ojos eran de distinto color. Además, su rostro no sólo carecía de la significación malsana que me escandalizó y atrajo en la pintura, sino que estaba desprovisto de cualquier referencia al bien o al mal. Su vacío moral literalmente no expresaba nada y, sin embargo, había un parecido no tanto manifiesto cuanto inmanente, no tanto en algún rasgo determinado como en conjunto. Se diría pensé que cuando el maestro firmó aquel solemne lienzo, no sólo había captado la imagen de una mujer sonriente y de pérfida mirada, sino que había logrado plas smas la cualidad esencial de una estirpe. A partir de aquel día, tanto cuando me iba como cuando regresaba, estaba seguro de encontrar a la señora recostada al sol contra una columna o tendida sobre una alfombra delante del fuego. Sólo algunas veces cambiaba de posición y se apostaba con la misma indiferencia en el peldaño más alto de la escalera de piedra, justo por donde yo pasaba en todos aquellos días. Jamás la vi desplegar ni una pisca de energía más allá de la que dedicaba a cepillarse y volverse a cepillar su copiosa cabellera cobriza o a balbucear con su graciosa voz ronca los acostumbrados y fútiles saludos que me hacía al pasar. Aquellos eran, creo, sus dos principales placeres. Aparte de la mera inactividad, parecía ufanarse siempre de sus comentarios, como si se tratara de verdaderas ocurrencias y aunque en efecto, fueran bastante huecos como la conversación de muchas respetables personas y trataran un número muy reducido de temas n n u s que carecían de sentido ni eran incoherentes. Más bien, tenían una cierta belleza muy propia que provenía sin duda de la completa satisfacción que a ella le producían. Unas veces hablaba del calor que hacía que como a su hijo tanto le gustaba otras de las flores, de los granados o de las palomas blancas y de las golondrinas de largas alas que agitaban el aire del patio con sus vuelos, la entusiasmaban los pájaros cuando batían en enfilada los saleros con sus rápidos vuelos o pasaban rozando de costado junto a ella como una ráfaga de viento. A veces se animaba a incorporarse y parecía despertar de su plácida somnolencia, pero el resto del tiempo permanecía voluptuosamente plegada sobre sí misma, sumida en los placeres de la indolencia. Su invencible satisfacción. Al principio me molestaba, pero poco a poco llegué a encontrar sosiego en el espectáculo, hasta que por fin se convirtió en una costumbre. Sentarme a su lado cuatro veces al día, a la ida y a la vuelta de mis paseos y a hablar con ella soñolienta, sin saber apenas de qué había llegado a gustarme. Su proximidad inerte casi animal, su belleza y su estupidez me tranquilizaban y me divertían. Empezaba a descubrir en sus comentarios una especie de sensatez trascendental y su insondable amabilidad me producía admiración y envidia. La simpatía era recíproca. Ella disfrutaba de mi presencia casi sin darse cuenta como un hombre sumido en profunda meditación puede disfrutar con el murmullo de un arroyo. No podría decir que se alegrara de verme, pues la satisfacción estaba impresa en su rostro permanentemente, como en algunas estatuas necias. Pero yo me daba cuenta de que disfrutaba por una vía más íntima que la vista, y un día que estaba sentado cerca de ella en el escalón de mármol, extendió de pronto una mano y me dio unas palmaditas. Tan pronto como lo hizo, volvió a su actitud acostumbrada antes de que mi mente se diera por enterada de la caricia y cuando me volví para mirarla, no percibí su rostro ningún sentimiento en consonancia. Estaba claro que ella no concedía ninguna importancia a aquel acto y me sentí culpable de mi propia desazón el ver y tratar, si puedo llamarlo así, a la madre confirmó la idea que me había formado de su hijo. La sangre de la familia se había debilitado, posiblemente debido a una larga serie de uniones endogámicas extravío común. Me constaba en las familias altivas y selectas. No se percibía a decir verdad ningún declive físico en su cuerpo, cuyas formas bien proporcionadas y vigor se habían transmitido intactos y los rostros del presente estaban forjados tan nítidamente como él de hacía dos siglos que me sonreía desde el cuadro, pero la inteligencia, ese patrimonio mucho más precioso había degenerado. El tesoro de la memoria ancestral escaseaba y fue necesario el vigoroso cruce plebeyo con un arriero o contrabandista montañés para convertir el embrutecimiento de la madre en la vigente rareza del hijo. Sin embargo, de los dos, yo prefería a la madre a Felipe vengativo y fácil de aplacar, chiflado y asustadizo inconstante como una liebre. Podía imaginármelo como una criatura. Posiblemente no iba. La madre no me inspiraba más que simpatía y, en efecto, al igual que los espectadores, están dispuestos a tomar partidos sin ningún conocimiento de causa, yo llegué a hacer lo mismo en relación a la enemistad latente que percibía entre ellos. Es cierto que esa enemistad parecía advertirse, sobre todo en la madre. A veces contenía el aliento cuando él se acercaba y las pupilas de sus ojos inexpresivos se contraían como si le tuviera miedo o terror. Sus emociones fueran las que fuesen. Eran muy evidentes y fáciles de compartir, y aquella repulsión latente me ocupaba la mente y hacía que me preguntase qué base podía tener y si su hijo sería verdaderamente culpable. Cuando llevaba unos diez días en la residencia, se levantó un fuerte vendaval que llevaba a r consigo nubes de polvo. Procedía de las tierras bajas azotadas por la malaria y había atravesado varias sierras nevadas. Su azote crispaba y ponía los nervios de punta. Los ojos se irritaban con el polvo, las piernas flaqueaban bajo el peso del cuerpo y el mero contacto de una mano con otra llegaba a ser odioso. Además, bajaba de las colinas por los barrancos y asediaba a la casa con un gran zumbido apagado y un silbido que resultaban tediosos para el oído y estrepitosamente deprimentes para la mente no soplaba a ráfagas, sino más bien con el constante empuje de una cascada, de modo que el malestar no cesaba mientras duraba. Pero en la parte más alta de las montañas, su fuerza era probablemente más variable con accesos de furia, pues unas veces bajaban unos gemidos lejanos sumamente penosos de oír y otras. En uno de los salientes o terrazas se levantaba una columna de polvo que luego se dispersaba como el humo de una explosión. Nada más despertarme. Aquella mañana tomé conciencia de la tensión nerviosa y de la depresión producida por las condiciones atmosféricas, y aquella impresión aumentó según avanzaba el día fue en vano que me resistiera, en vano que me pusiera en camino para dar mi acostumbrado paseo matutino, la constante irracional furia de la tormenta. Pronto venció mi resistencia y echó por tierra a mi temple. Regresé a la residencia, abrazado por el calor seco, sucio y cubierto de polvo. El patio ofrecía un aspecto de abandono. De vez en cuando lo atravesaba un destello de sol. Otras veces, el viento se abalanzaba sobre los granados y dispersaba las flores y hacía golpear contra la pared los postigos de las ventanas. En el hueco abierto. La señora iba de un lado a otro con el semblante sofocado vi los ojos brillantes. Me pareció también que hablaba consigo misma como si estuviera enojada, pero cuando me dirigí a ella con mi habitual saludo, su única respuesta fue un gesto imperioso y siguió paseando el mal tiempo había destemplado incluso a aquella criatura impasible y mientras subía las escaleras en dirección a mi habitación, me sentí menos avergonzado de mi propia turbación. El viento continuó durante todo el día. Me quedé en mi habitación fingiendo leer o paseándome de un lado a otro y escuchando el alboroto en lo alto. Se hizo de noche y ni siquiera tenía una vela. Comencé a desear algún tipo de compañía y bajé sigilosamente al patio. Estaba ya sumido en el azul de la primera oscuridad, pero el hueco estaba iluminado de rojo por el fuego. La leña estaba apilada formando un buen montón coronado por unas de llamas que el tiro de la chimenea blandía de un lado a otro. Bajo aquella intensa y temblorosa claridad. La señora seguía paseando de una pared a la otra, haciendo gestos inconexos, retorciéndose las manos, estirando los brazos, echando la cabeza hacia atrás, como si apelase al cielo. En aquellos movimientos desordenados se mostraban más claramente la belleza y la gracia de aquella mujer. Pero había también en su mirada un brillo que me impresionó de manera desagradable. Y después de haberla observado durante un rato en silencio, sin que aparentemente ella se diese cuenta, me marché a toda prisa como había venido y busqué a tientas el camino de vuelta a mi habitación. Cuando Felipe me trajo la cena y unas velas, yo tenía los nervios completamente desquiciados y si el muchacho hubiera mostrado el mismo aspecto que otras veces le habría hecho quedarse conmigo, incluso a la fuerza, si hubiese sido necesario para atenuar mi ingrata soledad. Pero el viento también había ejercido su influencia sobre Felipe había estado todo el día con fiebre y cuando llegó la noche estaba tan malhumorado y tembloroso que me sentía afectado la vista de su rostro asustado, sus sobresaltos, su palidez y sus repentinos esfuerzos para atender me desquiciaron y cuando dejó caer un plato que se rompió literalmente, salté de mi asiento. Me parece que hoy es estamos todos un poco locos. Dije fingiendo que me reía es el viento negro. Me respondió el compar Tiene uno la impresión de que hay que hacer algo, pero no sabe qué tomé de vida nota de lo apropiado de la descripción, pero la verdad es que a veces Felipe tenía una extraña facilidad para expresar con palabras las sensaciones del cuerpo y su madre le dije también parece bastante afectada por este tiempo. No tiene miedo de que pueda sentirse mal. Me miró fijamente durante unos instantes y luego dijo no casi insolentemente y a continuación, llevándose la mano a la frente, clamó de manera lamentable contra el viento y el ruido que hacían que la cabeza le diera vueltas como una rueda de molino. Quién es capaz de sentirse bien, exclamó y a decir verdad sólo podía hacerme eco de su pregunta, pues yo mismo estaba bastante trastornado. Me acosté pronto fatigado por aquel desasosiego que me había durado todo el día, pero le índole funesta del viento y el atroz tumulto ininterrumpido que lo acompañaba, no me permitieron dormir. Estuve dando vueltas en el lecho, con los nervios y los sentidos en tensión. A veces dormitaba, tenía horribles sueños y volvía a despertarme y aquellos ratos de olvido me hicieron perder la noción del tiempo. Pero la noche debía de estar muy avanzada. Cuando de repente me sobresaltó un estallido de gritos lastimeros y aborrecibles. Salté de la cama creyendo que los había soñado, pero los gritos seguían resonando por toda la casa, gritos de dolor pensé, pero sin duda también de rabia y tan salvajes y discordantes que me llegaron hasta el fondo del alma. No era ninguna ilusión, algún ser vivo, algún lunático o algún animal estaba siendo torturado asquerosamente. Me pasó por la cabeza el recuerdo de Felipe y la ardilla y eché a correr hacia la puerta, pero la habían cerrado por fuera. Ya podía sacudirla como quisiera. Estaba irremediablemente prisionero. Sin embargo, los gritos continuaron. A veces se reducían a un gemido que parecía articulado y entonces estaba seguro de que provenían de un ser humano, pero después estallaban de nuevo y llenaban la casa de desvaríos propios del infierno. Me quedé junto a la puerta escuchándolos hasta que por fin se desvanecieron. Mucho tiempo después todavía seguía oyéndolos, mezclarse en mi imaginación con el bramido del viento y cuando por fin me fui sigilosamente a la cama, sentía unas ganas tremendas de vomitar y un aciago pavor dentro de mi corazón. No es de extrañar que no pudiera dormir más por qué me habían encerrado, qué había pasado, quién era el autor de aquellos gritos indescriptibles y aterradores. Algún ser humano era inconcebible alguna bestia, los gritos no eran del todo bestiales y que animal, excepto un león o un tigre, podía estremecer de aquella manera los sólidos muros de la residencia. Y mientras le daba vueltas en la cabeza a los ingredientes de aquel misterio, me vino a la mente que todavía no había visto a la hija de la casa. No era más probable que la hija de la señora y hermana de Felipe estuviera loca o no era más verosímil que aquella gente ignorante y medio tonta tratara de domeñar mediante la violencia a una parienta aquejada de locura. Era una explicación y, sin embargo, cuando recordé los gritos, cosa que nunca pude hacer sin estremecerme, me pareció completamente insuficiente. Ni siquiera la crueldad podía arrancar tales gritos a una demente, pero de una cosa estaba seguro. No podía seguir viviendo en una casa donde tales horrores eran concebibles sin investigar a fondo el asunto y, si fuera necesario, inmiscuirme. Llegó el día siguiente. El viento había amainado y no había nada que me recordase los sucesos de la noche. Felipe vino hasta la cabecera de mi cama con patente alegría. Al atravesar el patio, la señora estaba tomando el sol con su acostumbrada inmutabilidad y cuando salí al exterior, comprobé que la naturaleza en pleno sonreía austeramente. Los cielos eran de un frío color azul y estaban sembrados de grandes nubes aisladas y las laderas de las montañas delineaban un entramado de luces y sombras. Un corto paseo me devolvió la confianza y reavivó dentro de mí la resolución de dilucidar el misterio. Y cuando, desde mi ventajosa posición en el montículo, vi que Felipe se disponía a hacer sus labores en el jardín, regresé inmediatamente a la residencia para poner en práctica mi plan. La señora parecía estar dormitando. Permanecí un rato observándola, pero no se movió. Aunque mi plan fuese imprudente, tenía poco que temer de semejante guardián y tras regresar, subí a la galería y empecé a explorar la casa. Toda la mañana. Fui de una puerta a otra y entré en espaciosas habitaciones en desuso unas herméticamente cerradas, otras iluminadas de lleno por la luz del sol, pero todas ellas vacías rn y poco acogedoras. Era una casa suntuosa cuyo ilustre el tiempo había empañado y sobre la cual el polvo había esparcido desilusión. Las arañas colgaban de sus telas, las pomposas tarántulas correteaban por las cornisas. Las hormigas habían establecido sus concurridos caminos sobre el suelo de los salones. Las asquerosas moscardas que se alimentan de carroña y son a menudo mensajeros de la muerte, habían instalado sus nidos en los carcomidos artesonados y sus sordos zumbidos llenaban las habitaciones. Aquí allá quedaba un taburete o dos, un sofá, una cama, un sillón tallado como islotes sobre los suelos desnudos para atestiguar que en el pasado estuvieron habitadas por seres humanos y por todas partes, los cuadros de los difuntos se desplegaban por las paredes a juzgar por aquellas efigies deterioradas. Era evidente la grandeza y el esplendor de la estirpe que habitó la casa que ahora estaba recorriendo. Muchos de los varones llevaban condecoraciones en el en el ns pecho y tenían el porte de grandes dignatarios. Las hembras iban ricamente ataviadas. La mayor parte de los lienzos estaban firmados por artistas famosos, pero lo que más me impresionó no fueron esos indicios de grandeza, en contraste con el abandono y la decadencia actuales de la gran casa fue más bien la parábola sobre la vida de una familia que pude extraer de aquella sucesión de rostros hermosos y cuerpos bien proporcionados. Nunca antes me había dado cuenta también del milagro de la continuidad de un linaje, de su creación y expansión, del entrelazamiento, modificación y transmisión de sus ingredientes carnales, que un niño pueda nacer de su madre, que pueda crecer y revestirse de humanidad. No sabemos cómo y adquirir rasgos heredados, como volver la cabeza a la manera de alguno de sus antepasados o tender la mano con el gesto de otro. Son prodigios que no se aburren por lo mucho que se repiten, pero en la singular armonía de apariencias, en los rasgos y conductas comunes de todas aquellas generas pintadas sobre los muros de la residencia. Surgió el milagro y me saltó a los ojos y en un antiguo espejo que se cruzó oportunamente en mi camino, me detuve un buen rato a examinar mis propias facciones y localicé uno a uno los hilos de mi descendencia y los vínculos que me unen a mi familia. Por fin, en el curso de mis investigaciones abrí la puerta de un aposento que mostraba signos de estar habitado. Era de amplias proporciones y estaba orientado al norte, donde las montañas presentaban perfiles más agrestes. Los rescoldos de un fuego se consumían y humeaban en el hogar de la chimenea cerca de la cual habían colocado una silla y, sin embargo, el aposento mostraba un aspecto ascético de lo más austero. La silla carecía de Cojín, el suelo y las paredes estaban desnudos y, aparte de los libros que yacían aquí y allá, en cierto desorden, no había ningún instrumento ni de trabajo ni de diversión. La presencia de libros en la casa de semejantes o fans me asombró sobremanera y a toda prisa, con el temor de ser interrumpido a cada momento. Empecé a ojearlos y rápidamente examiné su contenido. Eran de todas clases piadosos, históricos y científicos, pero sobre todo muy antiguos y estaban escritos en latín. Pude comprobar que algunos tenían huellas de haber sido sometidos a un naciduo estudio. Otros estaban rotos y los habían echado a un lado, ya fuera por mal humor o por desaprobación. Finalmente, al recorrer más detenidamente aquella habitación vacía. Atisbé unos papeles escritos al lápiz sobre una mesa que había cerca de la ventana. Una irreflexiva curiosidad me llevó a coger uno de ellos. Se trataba de unos cuantos versos toscamente rimados en español que voy a traducir más o menos así, el placer se acercó con dolor y vergüenza. La congoja con una corona de lirios. Llegó el placer mostró al sol en toda su belleza. Jesús mío cuán dulcemente brillaba la congoja. Su mano arrugada tendió hacia ti Jesús mío, hacia ti enseguida me invadió la vergüenza y la confusión y dejando a un lado el papel, inmediatamente me batí en retirada y abandoné aquel aposento. Ni Felipe ni su madre podían haber leído los libros ni haber escrito aquellos toscos, aunque sentidos versos. Estaba claro que mis piezacrílegos habían joyado la habitación de la hija de la casa. Bien sabe Dios que mi propio corazón castigó con severidad mi indiscreción. La idea de que me había colado subrepticiamente en la intimidad de una chica en tan extraña situación y el temor de que de algún modo ella pudiera llegar a enterarse. Me agobiaba como si hubiera cometido un crimen. Me reprochaba también mis sospechas de la noche anterior. Me asombraba de haber atribuido aquellos gritos espantosos a alguien que ahora consideraba una santa de apariencia espectral, consumida por las mortificaciones estrechamente vinculadas a las prácticas de una devoción maquinal y que vivía en un gran aislamiento espiritual. Con sus extraños parientes y al apoyarme en la balaustrada de la galería y recorrer con la mirada el brillante recinto de los granados y la mujer somnolienta, vestida con ropa muy alegre, que en aquel preciso instante se estaba desperezando y se relamía con delicadeza, como saboreando la sensualidad de la pereza. Mi mente comparó rápidamente la escena con el frío aposento orientado al norte hacia las montañas donde vivía la hija. Aquella misma tarde, situado en mi montículo, vi entrar al padre por las puertas de la residencia. La revelación del carácter de la hija había impresionado profundamente a mi imaginación y casi eclipsó los horrores de la noche precedente. Pero al ver a aquel hombre justo, los recuerdos se reavivaron baje pues, del montículo y dando un rodeo por el bosque, me aposté al borde del camino para esperar su paso. Tan pronto como apareció, me adelanté hacia él y me presenté como huésped de la residencia. Tenía un semblante o enérgico y honrado en el que no era difícil adivinar las confusas emociones con que me contemplaba por ser extranjero y herético. No obstante, haber sido herido por la buena causa de la familia de la residencia, habló con reserva, aunque con respeto. Le mencioné que todavía no había visto a la hija, a lo que respondió que así era como tenía que ser y me miró con un poco de recelo. Finalmente, me armé de valor y le hablé de los gritos que me habían perturbado durante la noche. Me escuchó en silencio hasta el final y luego se detuvo y se volvió en parte como para indicar, sin lugar a dudas que se estaba despidiendo de mí. Quiere un poco de rapé me dijo ofreciéndome su tabaquera. Yo ya soy viejo, añadió al rechazarla yo y puedo permitirme recordarle que usted no es más que un huésped cuento pues con su autorización le respondí con bastante firmeza, aunque sonrojándome por el reproche implícito para dejar que las cosas sigan su curso sin inmiscuirme me dijo sí y saludándome un poco preocupado, se dio la vuelta y me dejó donde estaba. Pero había logrado dos cosas, tranquilizar mi conciencia y suscitar mi ternura. Hice un gran esfuerzo. Descarté una vez más el recuerdo de aquella noche y de nuevo me puse a cavilar sobre mi piadosa poetisa. Al mismo tiempo no podía olvidar del todo que me habían encerrado. Y aquella noche, cuando Felipe me trajo la cena, saqué a relucir con cautela a las dos cuestiones que me interesaban. No veo nunca a su hermana le dije de manera informal, Poh no respondió. Él es una buena chica, muy buena, e inmediatamente su pensamiento tomó otros derroteros. Imagino que su hermana debe de ser piadosa. Verdad. Le pregunté durante la pausa que siguió po sí, gritó juntando las manos con extremo fervor. Es una santa. Es ella quien me mantiene firme. Es usted muy afortunado. Le dije, pues la mayoría de nosotros, entre los que me temo debo incluirme, preferimos dejarnos llevar. Señor dijo Felipe encarecidamente. Yo no diría eso. No debería usted tentar a su ángel si uno se deja llevar a donde irá a parar caramba. Felipe le dije nunca habría imaginado que fuese usted un predicador y debo decir que de los buenos. Supongo que eso es obra de su hermana. No es cierto. Asintió con la cabeza abriendo mucho los ojos, pues entonces proseguí le habrá censurado, sin duda por su pecado de crueldad. No es cierto. Una docena de veces exclamó, pues esa era la frase con la que aquella extraña criatura, expresaba su sentido de la frecuencia y le dije que usted también me había reñido. Me acordé de eso, añadió con orgullo y a ella le agradó. Entonces Felipe le dije qué eran esos gritos que oí la noche pasa, pues sin duda eran gritos de alguna criatura que sufría era el viento respondió Felipe, mirando al fuego, tomé su mano en la mía y creyendo que se trataba de una caricia. El sonrió con tan alagüeña satisfacción que casi desarmó mi decisión, pero superé aquel momento de debilidad. El viento repetí y, sin embargo, creo que fue esta mano y la levanté la misma que antes me había encerrado en mi habitación. El muchacho se estremeció visiblemente, pero no respondió ni una sola palabra. Verá usted le dije yo soy un extranjero y estoy aquí de Huésped. No me corresponde entrometerme en sus asuntos ni juzgarlos. Para eso pídale consejo a su hermana que no me cabe la menor duda, que será excelente, pero en lo que a mí se refiere, no estoy dispuesto a ser prisionero de nadie y exijo esa llave media hora más tarde, de repente se abrió la puerta de par en par y la llave rebotó estruendosamente en el suelo. Un día o dos más tarde volví de mi paseo. Un poco antes del mediodía, la señora dormía apaciblemente recostada en el umbral del hueco abierto al patio. Las palomas dormitaban bajo los saleros como si fueran montones de nieve acumulada durante una ventisca. La casa estaba bajo el hechizo profundo de la calma del mediodía y sólo un ligero e intermitente viento procedente de la montaña invadía sigilosamente las galerías, susurraba entre los granados y removía agradablemente las sombras. Había algo en aquella quietud que me incitaba a seguir su ejemplo, por lo que atravesé el patio con paso ligero y subí la escalera de mármol cuando acababa de poner el pie en el último escalón, se abrió una puerta y me encontré cara a cara con olaya la sorpresa me paralizó su belleza. Me llegó al alma. Toda ella brillaba en la espesa sombra de la galería como una gema tornasolada. Sus ojos tomaron contacto con los míos y se aferraron a ellos, ligándonos como si uniéramos nuestras manos y los instantes que estuvimos así cara a cara, bebiéndonos el uno al otro fueron sacramentales como un enlace de almas. No sé cuánto tiempo pasó hasta que desperté de aquel trance profundo y haciendo a toda prisa una reverencia, seguí para adelante y pasé al tramo superior de la escalera. Ella no se movió, pero me siguió con sus grandes ojos anhelantes y cuando me perdió de vista, me pareció que palidecía y se apagaba. Una vez en mi habitación, abrí la ventana y al asomarme al exterior, no podía creerme cómo había cambiado aquel austero panorama de montañas que ahora resplandecía bajo un cielo majestuoso y parecía elevarse como un canto. Había visto a Olaya y los riscos me contestaban Olaya y el mudo e insondable azul celeste repetía Olaya. La pálida Santa de mis sueños se había esfumado para siempre y en su lugar contemplaba a aquella Doncella a la que Dios había prodigado los más espléndidos colores y las más exuberantes energías vitales, a la que la había hecho activa como una gacela, esbelta como un junco y en cuyos grandes ojos él había encendido las antorchas del alma, la emoción de su vida joven tensa como la de un animal salvaje, había penetrado en mi interior. La fuerza nímica que emanaba de sus ojos y que había cautivado los míos, envolvía mi corazón y hacía brotar de mis labios una canción. No diré que aquel entusiasmo decayera más bien fue que mi alma se mantuvo firme en su éxtasis como en un castillo fortificado y se vio asediada por frías y penosas consideraciones. No podía dudar de que me había enamorado de ella a primera vista y desde el primer momento, con un ardor tembloroso como nunca había experimentado antes. Qué sucedería después. Era descendiente de una familia abocada al infortunio. La hija de la señora, la hermana de Felipe, se reflejaba incluso en su belleza veloz como una flecha liviana como el rocío. Tenía la liviandad y la rapidez de éste, como aquella respn blandecía sobre el pálido fondo del mundo con la brillantez de las flores. No me era posible llamar hermano a aquel muchacho medio tonto ni podía dar el nombre de madre a aquella impasible y hermosa criatura de carne y hueso, cuyos cándidos, ojos y perpetua sonrisa afectada. Volvían a mi mente como algo odioso y si no podía casarme con ella, entonces qué estaba irremediablemente indefensa sus ojos en aquella única y prolongada mirada que habíamos intercambiado, habían confesado una debilidad pareja a la mía, pero en mi fuero interno sabía que ella era la que estudiaba en el frío aposento de la fachada norte y la autora de aquellos tristes versos y eso bastaba para desarmar. Al ser más insensible, no tenía suficiente valor para huir, pero expresé una promesa solemne de comportarme con la más alerta circunspección. Cuando volví de la ventana, mis ojos se posaron en el retrato. Se había quedado sin vida como una vela cuando ya ha salido el sol. Sus ojos pintandos dos me seguían. Sabía que se parecía al original y me maravillaba la persistencia de rasgos comunes en aquel linaje en decadencia, pero el parecido se tragaba las diferencias. Recordaba que me había parecido inaccesible, una criatura producto más bien de la habilidad del pintor que de la modesta naturaleza, y ese pensamiento me maravillaba y me regocijaba. Al evocar la imagen de Olaya. Había visto con anterioridad mujeres bellas que no lograron cautivarme y con frecuencia me habían atraído otras que sólo a mí me parecían bellas. Pero en Olaya encontré todo cuanto deseaba y nunca me había atrevido a imaginar. Al día siguiente no la vi y me dio muchísima pena y mis ojos la desearon con ansia, como los hombres anhelan que amanezca. Pero al día siguiente, cuando regresé más o menos a mi hora habitual, ella estaba de nuevo en la galería y nuestras miradas volvieron a encontrarse y a fundirse. Habría querido hablar, me habría acercado a ella, pero por muy fuerte que tirase de mi corazón atrayéndome como un imán, algo todavía más imperioso, me retenía y sólo pude hacerle una reverencia al pasar a su lado y ella, sin devolverme el saludo, se limitó a seguirme con aquellos ojos sublimes. Tenía su imagen tan grabada en mi memoria que, cuando memorizaba todos sus rasgos, me parecía estar leyendo en lo más íntimo de su corazón. Se vestía con cierta coquetería heredada de su madre y le gustaban los colores llamativos. Su traje, que sin duda había confeccionado con sus propias manos, se ceñía a su cuerpo con una sutil elegancia. Además, según la moda de su país, su corpiño estaba abierto en el centro y en aquel largo escote, a pesar de la pobreza de la casa, descansaba sobre su pecho moreno una moneda de oro colgada de una cinta. Eran pruebas, si es que hacían falta de su innato amor a la vida y de su propio encanto. Por otra parte, pude percibir en sus ojos que estaban pendientes de los míos abismos cada vez más profundos de pasión y de tristeza, luces de poesía y esperanza, sombras de desesperación y pensamientos nada terrenales. Su cuerpo era precioso, pero el alma que lo ocupaba era aún más digna de aquella morada. Debería permitir que esta incomparable flor se marchitase oculta entre aquellas agrestes montañas. Debería despreciar el sublime regalo que me ofrecía, el silencio, elocuente de sus ojos. La suya era un alma enclaustrada. No debería yo sacarla de su prisión. Cualquier otra consideración adicional me parecía inconsecuente. Aunque fuese hija del propio herodes juré que la haría mía y aquella misma tarde con una confusa sensación de traición y de vergüenza hice el propósito de cautivar a su hermano. Puede que ahora le viera con ojos más propicios. Puede que el pensamiento de su hermana me evocara siempre las mejores cualidades de aquella alma imperfecta, pero él nunca me había parecido tan amable y su mismo parecido con Olaya, aunque me fastidiase. Sin embargo, so me enternecía un tercer día, pasó en vano un desierto vacío de horas. No quería perder ni una sola oportunidad y me rodeé toda la tarde por el patio, donde para despistar hablé con la señora más tiempo de lo acostumbrado. Dios sabe que ahora la observaba con un interés más afectuoso y sincero. Y en cuanto a Felipe, me daba cuenta de que ahora lo contemplaba como a su madre, con una indulgencia cada vez más cordial y, sin embargo, estaba asombrado. Incluso cuando hablaba con ella podía echar una cabezadita y enseguida. Volvía a despertarse sin el menor apuro y esta compostura me dejaba estupefacto. Y, además, mientras observaba sus cambios infinitesimales de postura, saboreando y recreándome en el placer corporal de cada movimiento, no podía menos de asombrarme por la profundidad de aquella sensualidad pasiva. Vivía pendiente de su propio cuerpo y su conocimiento interior del bien y del mal oculto y diseminado por todos sus miembros. Disfrutaba con ello. Por último, no podía acostumbrarme a sus ojos cada vez que volvía hacia mí. Aquellos grandes luceros, tan bellos como inanes abiertos de par en par a la luz del día, pero cerrados a cualquier indagación humana cada vez que tenía ocasión de observar los rápidos cambios de sus pupilas que se dilataban y contraían en un suspiro. No sé qué me pasaba. No encuentro palabras para definir la confusa mezcla de sentimientos de decepción, enfado y aversión que me ponía los nervios de punta. Probé con ella una diversidad de temas, igualmente en vano y por fin llevé la conversación hacia su hija, pero incluso aquí se mostró indiferente. Dijo que era bonita, lo cual para ella como para los niños, era el colmo del elogio, pero fue completamente incapaz de expresar cualquier pensamiento más elevado y cuando le comenté que Olaya parecía callada, se limitó a bostezar y respondió que de poco sirve hablar cuando no se tiene nada que decir. La gente habla mucho muchísimo. Añadió mirándome con las pupilas dilatadas y luego volvió a bostezar y me mostró de nuevo una boca tan delicada como un juguete. Esta vez me di por aludido y dejándola reposar, subí a mi habitación y me senté junto a la ventana abierta, mirando a las colinas, pero sin verlas sumido en profundos y brillantes sueños e imaginando que escuchaba el sonido de una voz que jamás había oído. La mañana del quinto día me desperté con unas expectativas tan halagüeñas que parecían desafiar al destino. Estaba seguro de mí mismo tenía el corazón alegre y los pies ligeros y decidí darle a conocer mi amor. Inmediatamente dejaría de ser prisionero del silencio mudo viviendo sólo a través de la vista, tal como se aman las bestias, tendría valor y empezaría a gozar de la plena intimidad de los humanos. Pensé en ello con insensatas esperanzas como un explorador en busca del dorado. Ya no temblaría más ante la idea de aventurarme en aquel territorio desconocido y encantador que era su alma. Sin embargo, cuando me encontré con ella, la misma vehemencia de la pasión cayó sobre mí e inmediatamente inundó mi alma el donde la habla Pareció abandonarme como si fuera un hábito infantil y no pude por menos de acercarme a ella como un hombre aturdido se acerca al borde de un precipicio. Ella retrocedió un poco cuando me vio llegar, pero sus ojos no se apartaron de los míos y me incitaron a seguir adelante. Por fin, cuando ya casi le había dado alcance, me detuve las palabras, se negaron a salir de mi boca un paso más y podría estrecharla en silencio contra mi corazón. Y todo lo que me quedaba de cordura, todo lo que aún no estaba vencido, se resistía ante la idea de semejante abordaje, de modo que permanecimos callados durante unos segundos, mirándonos únicamente intercambiando salvas de atracción y, sin embargo, resistiendo mutuamente. Y entonces, con un gran esfuerzo de voluntad y, al mismo tiempo, consciente de la súbita amargura de la decepción, me me oí la vuelta y me marché sin decir palabra. Qué poder se adueñaba de mi voluntad y me impedía hablar, y ella por qué callaba tan bien? Por qué se alejaba de mí sin decir nada, a pesar de la fascinación que había en sus ojos. Era aquello amor o era una simple atracción animal sin sentido inevitable, como la que ejerce el imán sobre el acero. Nunca habíamos hablado, Éramos completamente desconocidos y, sin embargo, una influencia tan poderosa como la garra de un gigante nos arrastraba silenciosamente el uno hacia el otro. En cuanto a mí, aquello me llenó de impaciencia y, sin embargo, estaba seguro de que ella era digna de mi amor. Había visto sus libros y leídos sus versos y por eso, en cierto sentido, había adivinado el alma de mi amada. En cuanto a Olaya, aquello me dejó casi petrificado de mí. No conocía más que el aspecto físico. Se sentía atraída hacia mí como las piedras caen a la tierra. Las leyes que gobiernan la tira tierra la arrastraban sin su consentimiento a mis brazos y retrocedía ante la idea de semejante Unión y empecé a tener celos de mí mismo. No era así como deseaba ser amado, y entonces comencé a sentir una gran compasión por ella misma. Pensé en la intensa humillación que debía de sentir ella, la estudiosa, la reclusa, la piadosa guía espiritual de Felipe, por haber confesado una presuntuosa debilidad por un hombre con el que no había cruzado ni una sola palabra. Y esta compasión hizo desaparecer cualquier otro pensamiento y ya no tenía más que un solo deseo encontrarla, consolarla y tranquilizarla, decirle hasta qué punto su amor era correspondido por mí y como su elección, aunque hecha a ciegas, no era indigna. Al día siguiente hacía un tiempo espléndido. La bóveda celeste, de un color azul intenso, se extendía como un docel sobre las montañas. El sol resplandecía y el viento, al pasar entre los árboles y los múltiples torrentes procedentes de las montañas, llenaban el aire de una música exquisita y obsesionante. Sin embargo, yo estaba abatido por la tristeza. Mi corazón se lamentaba de no poder ver a Olaya como un niño llora la ausencia de su madre, me senté en una roca al borde de los precipicios poco profundos que limitaban la meseta por el norte. Desde allí contemplaba el valle poblado de árboles de un arroyo que jamás habían joyado pies humanos en el estado de ánimo en que me encontraba. Era incluso conmovedor contemplar aquel lugar vacío. Faltaba Olalla y pensé en lo delicioso y maravilloso que sería pasar toda la vida con ella, respirando aquel aire vivificante y disfrutando de aquellos agrestes y encantadores parajes y, al principio, con un sentimiento de aflicción y más tarde con un júbilo apasionado. Tuve la impresión de que, como sansón, mi fuerza y mi estatura aumentaban y entonces, de repente me di cuenta de que Olaya se acercaba. Parecía salir de un bosquecillo de alcornoques y venía a dere hecha hacia mí y me puse de pie y esperé por sus andares. Parecía una criatura dotada de tanta vivacidad, ardor y agilidad que me asombraba. Sin embargo, venía despacio y discretamente, aquella lentitud era consecuencia de su energía, pero tenía el presentimiento de que si no ocurría, sino venía volando hacia mí, era por aquella fortaleza inimitable que tenía. Sin embargo, mientras se acercaba, mantenía los ojos fijos en el suelo y cuando llegó a mi altura, se dirigió a mí sin ni siquiera mirarme. El primer sonido que salió de su boca me sobresaltó. Aquello era lo que había estado esperando. Era la última prueba que debía superar mi amor. Vi aquí que su elocución fue clara y precisa, sin balbuceos ni palabras incompletas como la de su familia y la voz, aunque más grave de lo que es habitual en las mujeres, era a la vez juvenil y femenina. Hablaba en un tono vibrante, dorados acentos de contralto, mezclados con otros roncos, lo mismo que en sus trenzas se entremezclaban las hebras rojas con las castañas no sólo era una voz que me hablaba directamente al corazón, sino que además me hablaba de ella. Y, sin embargo, sus palabras de inmediato me sumieron de nuevo en la desesperación. Tiene que marcharse, me dijo hoy mismo. Su ejemplo rompió las trabas que me impedían hablar. Me sentí aliviado como si se hubiera disipado un maleficio. No sé en qué términos le contesté, pero de pie frente a ella, al borde del precipicio, dejé que se desahogara todo el ardor de mi amor. Le dije que sólo vivía pensando en ella, que únicamente dormía para soñar con su belleza y que con mucho gusto, renunciaría a mi país, a mi lengua y a mis amigos por vivir para siempre a su lado y entonces, haciendo un gran esfuerzo para controlarme cambié de tono, la tranquilicé y la consolé. Le dije que había adivinado en ella un alma piadosa y heroica, con la cual me consideraba digno de congeniar y que ansiaba compartir y aliviar la natura. Lle le dije es la voz de Dios que los hombres desobedecen por su cuenta y riesgo. Y si nos hemos sentido atraídos mutuamente sin decirnos nada como por un milagro de amor, eso implica una idoneidad providencial en nuestras almas. Debemos estar hechos. Añadí el uno para el otro. Seríamos unos insensatos rebeldes, exclamé unos insensatos rebeldes contra Dios. Si no obedeciéramos este instinto. Ella negó con la cabeza. Tiene que irse hoy mismo repitió ella y luego con un gesto y en un súbito tono más agudo. No hoy no exclamó mañana, pero ante aquel signo de debilidad por parte de ella, recobré la fuerza de golpe. Alargué los brazos hacia ella y la llamé por su nombre, y ella se echó sobre mí y me abrazó estrechamente. Las colinas vibraron a nuestro alrededor. La tierra tembló una sacudida como si hubiera recibido un golpe. Me atravesó de parte a parte, dejándome ciego y mareado y al que de un instante, ella me hizo retroceder separándose bruscamente de mis brazos y huyó entre los alcornoques con la celeridad de una gacela. Me quedé allí y grité a las montañas. Me volví y regresé a la residencia sin caber en mí de gozo. Me echaba ahí, Sin embargo, no hice más que llamarla por su nombre y ella corrió a mis brazos. No era más que una de esas flaquezas de jovencita, de las que incluso ella misma, la más fuerte de su sexo, no estaba exenta irme, ni hablar olaya ni pensarlo cerca. Cantó un pájaro y en aquella estación los pájaros eran poco frecuentes. Era una invitación a sentirme animoso y una vez más, la naturaleza en pleno, desde las pesadas y estables montañas hasta la hoja más liviana y la mosca más pequeña, que volaba como un dardo a la sombra de las alamedas, empezó a agitarse ante mí y a adoptar rudimentos de vida, mostrando su rostro más alegre. El sol lanzó sus rayos contra las colinas con la fuerza del mar sobre el yunque, y éstas empezaron a temblar bajo aquella enérgica insolación. La tierra despedía aromas fuertes, los bosques echaban humo por la reverberación. Sentí que un estremecimiento de afán y deleite recorría la tierra algo elemental, algo rudimentario, violento y salvaje en el amor que mi corazón celebraba era como una llave que abría los secretos de la naturaleza y las mismas piedras que sonaban bajo mis pies parecían vivas y amistosas. Polaya. El contacto con ella me había revivido y renovado. Todo mi ser vibraba al unísono con la dura tierra y mi alma se exaltaba hasta un grado que los hombres aprendieron a olvidar en sus civilizadas sociedades. El amor ardía dentro de mí como una pasión. La ternura crecía impetuosa, la odiaba, la adoraba, la compadecía y la reverenciaba. Con embeleso ella parecía ser el eslabón que me ligaba, por un lado, con las cosas inanimadas y, por el otro, con nuestro puro y compasivo Dios, algo brutal y divina, emparentado al mismo tiempo con la inocencia y con las fuerzas desbocadas de la tierra. Entré en el patio de la residencia con la cabeza, dándome vueltas y el ver a la madre de Olaya me pareció como una revelación. Estaba allí sentada completamente indolente y contenta, pestañeando bajo el fuerte sol marcada por una especie de gozo pasivo, una criatura completamente al margen, ante la cual todo mi ardor se desvaneció, como si se tratase de algo vergonzoso. Me detuve unos instantes y, controlando lo más posible mi temblorosa voz, le dirigí unas palabras. Ella me miró con su insondable amabilidad. Me respondió con una voz que parecía surgir vagamente del reino apacible en el que dormitaba y por primera vez me vino a la mente un sentimiento de respeto por alguien tan inocente y feliz por igual y seguí para adelante asombrado hasta cierto punto por estar tan preocupado encontré sobre mi mesa una hoja del mismo papel amarillo que había visto en la habitación de la fachada. No estaba escrita a lápiz por la misma mano la de Olaya. La cogí con un súbito presentimiento de alarma y ley. Si siente usted algún aprecio por Olaya, si hay en usted algún sentimiento caballeroso hacia un ser tan torturado, váyase de aquí hoy mismo, por compasión, por su honor, por el amor de aquel que murió en la cruz. Le suplico que se marche miré aquel papel durante un rato medio atontado. Luego empecé a sentir cansancio y horror a la vida afuera la luz del sol, se oscurecía sobre las peladas colinas y empecé a temblar como un hombre aterrorizado. El vacío que de pronto se abría en mi vida me abatía como si se tratara de una realidad física. No era mi corazón ni mi felicidad. Era la vida misma. Lo que estaba en juego. No podía perder a Olaya. Así lo dije y seguí repitiéndolo. Y entonces, como en un sueño, me dirigí hacia la ventana, alargué la mano para abrirla y atravesé con ella el cristal. La sangre salió a chorros de mi muñez y recobrando instantáneamente la calma y el dominio de mí mismo, apreté el pulgar sobre el pequeño surtidor y reflexioné sobre lo que debía hacer. En aquella habitación vacía. No había nada que pudiera servirme. Además, me parecía que necesitaba ayuda. Me pasó por la cabeza la esperanza de que la misma olalla pudiera hacerla que me ayudase y me di la vuelta y bajé las escaleras sin dejar de taponar la herida con el pulgar. No había ni rastro de olalla ni de felipe y me dirigí al hueco abierto al patio a donde la señora se había retirado y dormitaba sentada frente al fuego, pues el calor no parecía afectarla demasiado perdone que la moleste. Le dije, pero necesito su ayuda. Levantó sus ojos soñolientos y me preguntó de qué se trataba, y mientras se lo explicaba, me pareció que contenía la respiración y que se le agrandaban las ventanas de la nariz como si de pronto volviese a la vida. Me he hecho un corte. Le dije y creo que es bastante profundo mire y le tendía ambas manos por las que la sangre resumaba y goteaba. Ella abrió los ojos como platos y sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en sendos puntos. Pareció como si un velo callese de su rostro, dejando al descubierto una expresión muy marcada y, sin embargo, inescrutable. Y mientras yo seguía inmóvil un tanto asombrado de su alteración, ella vino rápidamente hacia mí y se inclinó para cogerme la mano e inmediatamente se la llevó a la boca y me mordió hasta el hueso. El dolor del mordisco, el súbito chorreo de la sangre y el monstruoso horror de aquel acto cruzaron mi mente a la vez como una ráfaga y le hice retroceder y ella saltó sobre mí una y otra vez dando gritos bestiales, gritos que reconocí eran como los que me habían despertado la noche del vendaval. Su fuerza era como la que atribuimos a la locura. La mía menguó rápidamente con la pérdida de sangre. Además, la cabeza me daba vueltas por la abominable novedad de aquel ataque violento y ya me tenía arrinconado contra la pared Cuando Laya se interpuso entre nosotros seguida de Felipe, que de un salto la inmovilizó en el suelo una debilidad como de trance. Se apoderó de mí bella hoya y sentía, pero era incapaz de moverme. Oía el forcejeo de ambos rodando por el suelo de un lado a otro y los chillidos de aquel gato montés que clamaban al cielo. Cada vez que intentaba darme alcance, tuve la impresión de que olaya me estrechó entre sus brazos su pelo, cubriéndome el rostro y que me levantó con la fuerza de un hombre y medio a rastras, medio en vilo, me llevó por las escaleras hasta mi habitación, donde me echó sobre la cama. Entonces la vi correr apresuradamente hacia la puerta y tras cerrarla se quedó unos instantes escuchando los gritos salvajes que hacían temblar la residencia y luego, rápida y ligera como un pensamiento, volvió de nuevo junto a mí y me vendó la mano, poniéndosela sobre el pecho, gimiendo y lamentándose con sonidos parecidos a los de una paloma. En palabras, lo que salía de su boca. Eran sonidos más bellos que la propia habla, mil veces más conmovedores, mil veces más tiernos. Y, sin embargo, mientras estaba acostado. Un pensamiento me carcomió el corazón, un pensamiento me dio como una espada, un pensamiento como un gusano en una flor profanó la santidad de mi amor. Sí, aquellos sonidos, eran bellos y estaban inspirados por una ternura humana, pero era también humana. Su belleza permanecía acostado todo el día durante mucho tiempo. Los gritos de aquella criatura indescriptible, mientras forcejeaba con su cachorro medio idiota, resonaron por toda la casa y me traspasaron el corazón con una mezcla de tristeza, desesperante y de repugnancia. Eran los gritos de muerte de mi amor. Mi amor acababa de morir. No sólo estaba muerto, sino que era una ofensa para mí Y, sin embargo, no importa lo que pensara o lo que sintiese crecía dentro de mí como un torrente de dulzura y mi corazón se conmovió a err con sus miradas y el contacto de su piel. Aquel horror que había surgido, aquella duda acerca de Olaya, aquella beta salvaje y bestial que no sólo estaba presente en el comportamiento de toda la familia, sino que aparecía hasta en los mismos cimientos de la historia de nuestro amor. Aunque me horrorizara, aunque me asustara y asqueara, no tenía poder suficiente para romper los vínculos de mi encaprichamiento. Cuando cesaron los gritos, unos ligeros golpes en la puerta, me dieron a entender que Felipe estaba fuera y Olaya se fue a hablar con él. No sé de qué, excepto en aquel momento ella permaneció todo el tiempo junto a mí, ya fuera arrodillada, rezando con fervor ya fuera sentada sin dejar de mirarme a los ojos. Así pues, durante aquellas seis horas me empapé de su belleza y sin decir palabra, leí atentamente su historia. En su rostro vi la moneda de oro que le colgaba sobre el pecho, vi que sus ojos se entristecían y alegraban, aunque no hablaban otro lenguaje que el de una bondad insons. Vi su rostro perfecto y a través del vestido las líneas impecables de su cuerpo. Al fin llegó la noche y en la creciente oscuridad del aposento, sus formas se desvanecieron poco a poco. Pero incluso entonces ella demoró su suave mano sobre la mía y el contacto de la misma siguió hablándome. Ya ser así extremadamente debilitado y empaparse de los rasgos de la amada es suficiente para volver a despertar el amor no importa la conmoción que pueda haber producido la desilusión. Intenté razonar y cerré los ojos a cualquier horror y de nuevo fui muy audaz para aceptar lo peor. Qué importaba si aquel imperioso sentimiento sobrevivía. Qué importaba si sus ojos todavía me atraían y arrebataban. Qué importaba si ahora, igual que antes, todas las fibras de mi cuerpo debilitado suspiraban por ella y recurrían a ella bien. Entrada la noche, recobré algo de fuerza y hablé Olaya. Le dije no te preocupes. No voy a preguntarte nada. Estoy contento. Te amo. Ella se puso de rodillas y rezó durante un rato y yo respeté fervientemente sus devociones. La luna había empezado a iluminar una parte de cada una de las tres ventanas y en la habitación reinaba una confusa claridad que me permitía ver a Olaya vagamente cuando de nuevo se incorporó, se santiguó. A mí es a quien corresponde hablar, me dijo y a ti escuchar? A mí es a quien corresponde hablar, me dijo, y a ti escuchar? Yo sé tú solo puedes hacer suposiciones. He rezado o como o r rno para que abandones este lugar. Te lo he pedido y sé que me habrías concedido incluso eso, o al menos déjame que lo crea te amo le dije y, sin embargo, has vivido en este mundo, dijo ella después de una pausa. Eres un hombre y además, sensato y yo no soy más que una niña. Perdóname si parece que trato de enseñarte yo que soy tan ignorante como los árboles de la montaña, pero los que aprenden mucho no hacen más que rozar la superficie del conocimiento. Ellos comprenden las leyes, conciben la dignidad de su propósito. El horror del hecho real desaparece gradualmente de su memoria. Somos nosotros, Creo que permanecemos en casa con el mal, los que recordamos y somos advertidos y nos compadecemos. Vete, por favor, vete ahora y no me olvides. Así, viviré en el rincón más querido de tu memoria, una vida tan mía como la de este cuerpo que me pertenece. Te amo le dije una vez más y tendiéndole mi debilidad mano, tomé la suya, me la llevé a los labios y la besé. Ella No se resistió, aunque puso mal la cara y vi que al mirar me fruncía el ceño. No es que se lo tomara a mal, sino que estaba triste y desconcertada y entonces pareció tomar una resolución atrajo mi mano hacia ella, inclinándose un poco hacia adelante y la colocó encima de su corazón palpitante. Siente la palpitación misma de mi vida. Exclamó mi corazón. Leit sólo por ti te pertenece, pero acaso todavía es mío. Es mío, en efecto, para ofrecértelo lo mismo que podría quitarme la moneda que llevo colgada del cuello o romper una rama de un árbol y dártela. Y aunque no fuese realmente mío, yo moro o creo morar si es que existo en algún lugar apartado como una prisionera impotente y me llevan de un lado para otro, ensordecida por una muchedumbre que repudio esta víscera semejante a la que leite en el costado de cualquier animal. Te reconoce como único dueño cuando la tocas sí, te ama, pero y mi alma. Creo que no no lo sé y me asusta preguntarlo. Sin embargo, cuando me hablaste las palabras te salían del alma. Es por el alma por quien preguntas. Sólo por ella me tomarías polaya. Le dije. El alma y el cuerpo son una sola cosa, sobre todo en el amor. Lo que quiere el cuerpo, el alma también lo desea a lo que se aferra el cuerpo. El alma es fiel. Cuerpo con cuerpo y alma con alma se juntan a una señal de Dios y la parte más baja sí se puede calificar debajo a algo. Es sólo el pedestal y la base de la más elevada. Has visto, me dijo ella los retratos de mis antepasados te has fijado en mi madre o en Felipe. Nunca se han detenido tus ojos en aquel cuadro que cuelga junto a tu cama, la que posó para ese retrato. Murió hace siglos y cometió muchas maldades en vida, pero vuelve a mirarla. Su mano es idéntica a la mía hasta el ultimo detalle, y los ojos y el cabello son como los míos. Qué es mío, pues, y quién soy yo. Si no hay una sola curva en este pobre cuerpo mío que tú amas y por el cual sueñas ciegamente que me amas, ni un solo gesto que yo pueda esbozar, ni un tono en mi voz, ni una mirada de mis ojos, ni siquiera ahora cuando hablo con el hombre que amo que no haya pertenecido a otros otras mujeres muertas hace siglos han atraído a otros hombres con mis ojos, Otros hombres han escuchado las súplicas de la misma voz que ahora resuena en tus oídos. Las manos de los muertos están en mis entrañas. Ellas dictan mis movimientos, tiran de mí me guían. Soy una marioneta a sus órdenes y no hago más que remodelar rasgos y atributos que llevan mucho tiempo apartados del mal en la quietud de la tumba. Es a mí a quien amas amigo o al linaje que me hizo a la chica que no es consciente ni responsable de la más mínima porción de su ser o más bien a la corriente de la que ella no es más que un remolino transitorio o al árbol del que es fruto pasajero. El linaje existe, es antiguo y siempre joven. Lleva en su seno su destino eterno. En él, como las olas en el mar, los individuos se suceden unos a otros fingiendo una apariencia de autocontrol, pero no son nada. Hablamos del alma, pero el alma está en el linaje te preocupa el derecho consuetudinario. Le dije te rebelas contra la voz de Dios que le ha hecho tan atractiva para convencer, tan imperiosa para mandar escucha como habla entre nosotros. Tu mano se aferra a la mía, tu corazón salta cuando lo toco, los desconocidos elementos de que estamos compuestos despiertan y corren a unirse con una sola mirada. El barro de la tierra recuerda su vida independiente y ansia Unirnos. Nos dirigimos el uno hacia el otro, como los astros dan vueltas en el espacio, o como la marea sube y baja, impulsados por fuerzas más antiguas y poderosas que nosotros mismos. Ay de mí me dijo qué más puedo decirte. Hace ochocientos años, mis antepasados gobernaban toda esta provincia. Eran sabios nobles astutos y crueles formaban uno de los linajes más selectos de España. Sus banderas iban a la cabeza en las batallas. El rey les llamaba primos las gentes del pueblo. Cuando les ponían la cuerda al cuello para ahorcarlos, o cuando, al regresar a sus chozas las encontraban convertidas en cenizas, maldecían su nombre. Pronto se produjo un cambio. El hombre se ha elevado. Si ha surgido de las bestias, puede descender de nuevo al mismo nivel. El aliento del hastío afectó a su naturaleza humana y los nervios se relajaron. Empezó su decadencia. Sus mentes se adormecieron, Sus pasiones despertaron a ráfagas impetuosas e insensatas, como el viento en las gargantas de las montañas. La belleza seguía transmitiéndose de generación en generación, pero no la inteligencia ni el sentimiento humano. La semilla pasaba de unos a otros, envuelta en carne, carne que a su vez cubría los huesos, pero se trataba de huesos y carne de vesti y su cerebro era como el de los mosquitos. Te hablo mientras me atreva, pero tú mismo has visto con tus propios ojos como la rueda de la fortuna, ha dado marcha atrás en el caso de mi linaje condenado. En este desesperado descenso, me encuentro, por así decirlo, sobre un pequeño terreno elevado y veo lo que hay delante y lo que dejamos detrás, tanto lo que hemos perdido como aquello a lo que estamos condenados y seguimos descendiendo. Repetiré el hechizo yo que vivo aparte en la casa de los muertos, que es este cuerpo mío aborreciendo sus costumbres. Encadenaré a otro espíritu reacio como el mío, a esta propiedad embrujada y arruinada por las tempestades en la que ahora sufro. Transmitiré a otros este maldito receptáculo humano. Lo llenaré de una vida nueva, como un veneno nuevo y lo lanzaré como si fuera fuego graneado al rostro de la posteridad. Pero ya he dado mi palabra. La estirpe desaparecerá de la tierra. En estos momentos. Mi hermano se está arreglando. Pronto sonarán sus pasos en el s la escalera y tú te irás con él y desaparecerás de mi vista. Para siempre. Piensa en mí de vez en cuando, como alguien que aprendió muy duramente las lecciones de la vida sin acobardarse nunca, como alguien que te amaba, en efecto, pero que se odiaba tanto a sí misma que su amor le resultaba odioso como alguien que te echó de su lado. Oí, sin embargo, deseaba quedarse contigo para siempre, que no tenía esperanza más preciada que olvidarte ni mayor temor que ser olvidada. Mientras hablaba, se había acercado a la puerta y su potente voz sonaba cada vez más débil y más lejana. Tras decir las últimas palabras, se marchó y yo me quedé solo en el aposento iluminado por la luna. No sé lo que habría hecho si mi extrema debilidad no me hubiera atado de pies y manos, pero sea como fuere, me invadió una profunda desesperación. Poco después apareció en la puerta el resplandor rojizo de una linterna y entró Felipe, el cual me cargó sobre sus espaldas. Sin decir palabra y me bajó hasta la puerta principal, donde esperaba el carro con el claro de luna. Las colinas destacaban nítidamente como si fueran de cartón sobre la espejeante superficie de la meseta y entre los árboles bajos que se balanceaban al unísono y centelleaban a causa del viento sobresalía el voluminoso cubo negro de la residencia con su fachada norte encima de la puerta principal, perforada por tres ventanas débilmente iluminadas. Eran las ventanas del cuarto de Olaya. Y mientras el carro seguía adelante con su traqueteo permanecí con los ojos fijos en los de ella, hasta que donde el camino desciende hacia un valle, los perdí de vista. Para siempre. Felipe caminaba en silencio junto a los varales, pero de cuando en cuando hacía detenerse a la mula y parecía volverse para mirarme y por fin se acercó a mí y me puso la mano en la cabeza. Había tanta amabilidad en aquel gesto y tanta ingenuidad puramente animal que las lágrimas brotaron de mis ojos como el estallido de una arteria. Felipe le dije llévame a donde no me hagan preguntas. No dijo ni una sola palabra, sino que hizo dar la vuelta a la mula dessanduvimos parte de lo que habíamos andado y tomando otro sendero, me llevó a una aldea en la montaña, que era la Kirkton, como decimos en Escocia, de aquel distrito tan poco poblado. Todavía Guardo en la memoria algunos recuerdos fragmentarios del despuntar del día en la llanura del carro, deteniéndose de brazos que me ayudaron a bajar de una habitación vacía a la que me llevaron, ni del desvanecimiento que se apoderó de mí como un sueño. Al día siguiente y en días sucesivos, el anciano Sacerdote estuvo muchas veces a mi lado con su caja de rapé y su devocionario y poco tiempo después, cuando empecé a recobrar fuerzas, me dijo que estaba en buen camino de recuperarme y que debía apresurar mi partida lo antes posible, después de lo cual, sin darme ninguna razón, tomó un poco de rapé y me miró de soslayo. No fingí ignorancia. Sabía que él debía de haber visto a Olaya. Señor le dije, sabe usted muy bien que no se lo pido por capricho. Qué le pareció aquella familia. Me dijo que eran muy desgraciados, que la estirpe parecía estar en decadencia y que eran muy pobres y que habían estado muy abandonados, pero ella no le dije. Gracias. Sin duda, a usted ella está más instruida y es más sensata de lo que es habitual en las mujeres. Sí, me dijo él, la Señorita es una persona instruida, pero la familia ha estado muy abandonada y la madre inquirí. Sí, la madre también dijo el padre tomando rapé, pero Felipe es un muchacho con buenas intenciones. No es un poco extraña. A la madre le pregunté muy extraña. Respondió el sacerdote. Creo, señor que no debemos andarnos con más rodeos. Le dije usted debe de saber acerca de mis asuntos más de lo que reconoce. Usted debe de saber que mi curiosidad tiene varios motivos que la justifican. Por qué no quiere ser franco conmigo hijo mío dijo el anciano caballero. Seré muy franco con usted en aquellas materias que sean de mi competencia. En aquellas otras de las que nada se no se requiere mucha discreción para estar callado, no le responderé con evasivas. Comprendo perfectamente lo que usted quiere decirme y qué puedo añadir yo, excepto que todos estamos en manos de Dios y que sus caminos no son como los nuestros. Incluso he consultado a mis superiores eclesiásticos, pero ellos también prefirieron callarse. Es un gran misterio. Acaso está loca. Pregunté le contestaré. Según lo que creo, no está loca. Replicó el padre, o al menos no lo estaba cuando era joven. Válgame, Dios, me temo que abandoné un poco a aquel corderito salvaje. Sin duda estaba en su sano juicio y, sin embargo, aunque no llegaba a los extremos actuales. Esa misma tendencia se notaba ya antes que a ella le había ocurrido lo mismo a su padre sí, y a otros antes que a él. Lo que me inclina quizás a justo el asunto con mucha indulgencia. Pero estas cosas van en aumento, no sólo en algunos individuos sueltos, sino en todo el linaje. Cuando era joven, empecé a decir aunque por un momento me falló la voz y tuve que hacer un gran esfuerzo para continuar. Era como laya Dios nos libre exclamó el padre. No permita Dios que nadie piense tan despectivamente de mi penitente favorita. No, no, la Señorita, salvo en lo referente a su belleza, que desearía sinceramente que no fuera tanta. No se parece nada a su madre a la misma edad. No puedo admitir que usted crea eso, aunque bien lo sabe Dios, quizás fuese mejor que lo creyera. Al oír esto me incorporé en el lecho y abrí mi corazón al anciano. Le hablé de nuestro amor y de la decisión de Olaya. Reconocí mis propios temores, mis propias fantasías pasajeras, aunque le aseguré que se habían acabado y con algo más que una sumisión meramente formal. Apelea a su buen juicio. Me escuchó con mucha paciencia y sin manifestar sorpresa y cuando fui terminado, se quedó callado durante algún tiempo. Luego empezó así la Iglesia e inmediatamente se interrumpió para disculparse. Había olvidado, hijo mío, que usted no es cristiano. Me dijo, y la verdad es que, en una cuestión tan insólita, ni siquiera puede decirse que la Iglesia se haya pronunciado, pero quiere usted saber mi opinión en un asunto como este. La Señorita es el mejor juez. Yo aceptaría su criterio. Después de eso se marchó y a partir de entonces, sus visitas no fueron tan asiduas. En efecto, incluso cuando de nuevo me levanté de la cama y empecé a salir temí y reprobaba mi compañía, no tanto porque le desagradara, sino más bien porque parecía decidido a huir de enigmas como los de la esfinge. Los lugareños también me evitaban. No estaban dispuestos a servirme de guía en la montaña. Noté que me miraban con recelo y tenía la convicción de que los más supersticiosos se santiguan si me acercase a ellos. Al principio lo atribuí a mis heréticas opiniones, pero finalmente empecé a caer en la cuenta de que sí me temían. Era porque me había alojado en la residencia. Todo el mundo desprecia las ideas salvajes de tales campesinos y, sin embargo, yo me daba cuenta de que una sombra helada parecía cernirse sobre mi amor insistentemente y aunque no logró que me rindiera, no puedo negar que refrenó mi ardor varias millas al oeste de la Aldea. Había una quebrada en la sierra, desde donde se divisaba la residencia directamente y allí solía acudir yo a diario. Un bosque coronaba la cumbre y en el lugar donde el sendero abandonaba sus márgenes, se elevaba un considerable saliente rocoso, rematado a su vez por un crucifijo de tamaño natural y de ejecución más laboriosa de lo habitual. Era mi puesto de observación desde allí día, tras día contemplaba la meseta y el antiguo caserón y podía ver a felipe del tamaño de una mosca ir de un lado para otro al rededor del jardín. A veces interceptaban la vista las neblinas que los vientos de la montaña volvían a dispersar de vez en cuando la llanura dormitaba a mis pies bajo un sol radiante o quedaba oculta por la lluvia aquel lejano puesto de observación, Aquellas visiones intermitentes del lugar donde mi vida había experimentado tan extraño cambio convenían a mi estado de ánimo indeciso. Pasé allí días enteros, debatiendo conmigo mismo los diversos factores de nuestra situación, tan pronto cediendo a las sugerencias del amor como prestando oídos a la prudencia y al final, deteniéndome indeciso entre los dos. Un día, mientras estaba sentado en mi roca vino por aquel camino. Un aldeano más bien enjuto, envuelto en una capa, era forastero y evidentemente, no me conocía ni siquiera de oídas, pues en lugar de pasar de largo, se acercó y se sentó a mi lado y enseguida entablamos conversación. Entre otras cosas, me dijo que había sido arriero y que años atrás había frecuentado mucho aquellas montañas. Más tarde había seguido al ejército. Con sus mulas, había logrado un sueldo suficiente para vivir y ahora vivía retirado con su familia. Conoce usted aquella casa. Le pregunté finalmente señalando la residencia, pues enseguida me cansaba cualquier conversación que me impidiera pensar en Olaya, el aldeano me miró misteriosamente y se santiguó demasiado bien dijo. Fue allí donde uno de mis camaradas vendió su alma a satanás que la virgen nos proteja de las tentaciones y bien que lo ha pagado. Ahora se abraza en lo más recóndito del infierno. El miedo se apoderó de mí. No pude contestar nada y enseguida, él siguió hablando como consigo mismo sí dijo claro que la conozco. He traspasado sus puertas. Había nieve en el desfiladero y el viento la barría. Efectivamente, aquella noche la muerte aguardaba en las montañas, pero era peor todavía encontrarse delante de la chimenea. Lo tomé del brazo, señor y lo arrastré hasta la puerta de entrada. Lo conminé en nombre de todo lo que más amaba y respetaba que se fuera conmigo. Me arrodillé en la nieve ante él y pude comprobar que mi súplica lo había conmovido y en aquel preciso momento ella salió a la galería y lo llamó por su nombre. Él se dio la vuelta y allí estaba ella con una lámpara en la mano y sonriéndole para que volviera. Clamé al cielo en voz alta y alargué los brazos para cogerlo, pero él se apartó y me dejó solo había tomado su decisión, que Dios nos ayude. Quise rezar por él, pero con qué propósito. Hay pecados que ni el mismo Papa puede absolver y qué fue de su amigo. Le pregunté. Sólo Dios lo sabe. Dijo el arriero. Si fuese cierto, todo lo que oímos. Su fin fue como su pecado, algo que pone los pelos de punta. Quiere usted decir que lo mataron. Le pregunté, en efecto, lo mataron, contestó el aldeano, pero cómo. Sí, cómo, pero esas son cosas de las que es pecado hablar la gente de aquella casa. Empecé a decir, pero él me interrumpió con un arrebato de rabia. La gente exclamó qué gente. No hay hombres ni mujeres en aquella casa de Satanás, cómo ha vivido usted aquí tanto tiempo y nunca oyó nada y entonces acercó su boca a mi oído y me susurró como si hasta las aves de la montaña pudieran oírle y sobrecogerse de horror. Lo que me contó no era cierto y ni siquiera era original. No era, en efecto, más que una nueva versión improvisada y retocada por la ignorancia y la superstición de los aldeanos de historias casi tan antiguas como la raza humana. Fue más bien su aplicación. Lo que me horrorizó en épocas pasadas dijo la Iglesia habría quemado aquel nido de basiliscos. Pero el brazo de la Iglesia ahora es más corto. Mi amigo Felipe no había sido castigado por la mano de los hombres y había quedado a merced del juicio más atroz de un dios ofendido. Aquello estuvo mal, pero no seguiría así por mucho tiempo. El padre estaba haciéndose viejo, incluso él mismo estaba embrujado, pero su rebaño era ya consciente del peligro que corría. Algún día. Sí y no tardaría mucho. El humo de aquella casa subiría hasta el cielo. Aquel hombre me dejó completamente horrorizado y asustado. No sabía qué camino tomar si debía avisar primero al padre o llevar directamente mis malas noticias a los amenazados ocupantes de la residencia. El destino iba a decidir por mí, pues, mientras seguía sin decidirme vislumbré la silueta de una mujer cubierta con un velo que se acercaba a mí por el sendero. Ningún velo podía engañar a mi perspicacia. Reconocí a Olalla en cada rasgo y cada movimiento y manteniéndome oculto detrás de una esquina de la roca, dejé que llegara hasta la cima. Entonces me di a conocer. Ella, Me reconoció y se detuvo, pero no habló. Yo también permanecí callado y así continuamos durante algún tiempo contemplándonos el uno al otro con una tristeza apacinda. Creía que te habías ido dijo ella. Por fin, lo único que puedes hacer por mí es irte. Es lo que siempre te he pedido y sigues aquí. No sabes que cada día que pasa se acumula el peligro de muerte, no sólo sobre tu cabeza, sino sobre las nuestras. Ha circulado un rumor por la montaña, creen que me amas y la gente no lo puede tolerar. Vi que ya estaba informada del peligro y me alegré de ello. Olaya le dije estoy dispuesto a irme hoy ahora mismo, pero no me iré solo. Ella se hizo a un lado y se arrodilló y rezó delante del crucifijo y yo me quedé sin hacer nada, mirando alternativamente a ella y al objeto de su devoción, a la figura llena de vida, de la penitente o al cadavérico semblante las heridas pintadas y las costillas que sobresalían de la imagen. El silencio sólo lo rompían los lamentos como de sorpresa o alarma de algunas aves de gran tamaño que volaban en círculo en la Cumbre de las Colinas. Olaya se puso de pie nuevamente, volvió el rostro hacia mí, Alzó su velo y con una mano todavía apoyada en el madero de la cruz, me miró con una expresión apesadumbrada en su cara pálida. He puesto la mano en la cruz me dijo el padre dice que no eres cristiano, pero mira con mis ojos por un momento y contempla la faz del hombre del Calvario. Todos somos como el herederos del pecado. Debemos soportar y expiar un pasado que no fue nuestro. Hay en todos nosotros, sí, incluso en mí, un destello de la divinidad como él. Debemos sufrir durante algún tiempo hasta que vuelva a amanecer y nos traiga la paz. Deja que siga mi camino en solitario. Así me sentiré menos sola contando por amigo con aquel que es amigo de todos los afligidos. Así seré más feliz. Después de haberme despedido de la felicidad terrenal y de haber aceptado de buen grado mi porción de dolor, miré la faz del crucifijo y, aunque no soy partidario de las imágenes y desprecio el arte imitativo y gesticulante del que aquel era un burdo o, por ejemplo, llegué a percibir hasta cierto punto lo que significaba la faz. Me miraba desde lo alto, contraída por una angustia mortal, pero la circundaba una oreola que me recordó que el sacrificio fue voluntario. Allí estaba coronando la roca, como todavía se mantiene al borde de tantos caminos, ofreciendo en vano a los transeúntes un emblema de tristes y nobles verdades, proclamando que el placer no es un fin, sino un accidente, que el sufrimiento es la elección de los magnánimos, que es mejor sufrir y hacer el bien. Me volví y bajé de la montaña en silencio y cuando miré hacia atrás, por última vez, antes de que el camino se internara en el bosque, vi a Olaya, todavía apoyada en el crucifijo. Hemos escuchado el relato de un joven soldado británico quien pronto se enamora de Olaya, pero descubre que la familia de ella esconde un oscuro secreto. La narrativa puede ser analizada desde varias perspectivas sobre el tema de la herencia y la degeneración. Stevenson juega con la idea de lengas genético y su degeneración. La madre y el hijo han sido víctimas de un deterioro generacional que parece estar ligado a algún tipo de bestialidad y violencia. Stevenson parece sugerir que los pecados de nuestros antepasados pueden volver a nosotros en formas inesperadas y horrorosas. A través de este tema, el autor reflexiona sobre la naturaleza humana y cómo puede ser moldeada tanto por factores genéticos como ambientales. Acerca del tema del amor y la atracción, la simpatía del soldado p Olaya surge casi instantáneamente y parece estar basado sólo en su belleza física y no en un conocimiento profundo de su forma de ser. Esto plantea preguntas sobre la naturaleza del amor y la atracción y cómo estas fuerzas pueden cegarnos a la verdad. En relación al exotismo y ilogótico, Olaya también puede ser considerada una historia gótica. Con su casa antigua y destartalada, su atmósfera de misterio y sus alusiones a lo sobrenatural, tal vez también hace alusión al vampirismo. Nunca queda del todo claro. Yo ya es, en efecto, una vampiresa, aunque su cabello rojo y la sangre degradada impura que corre por sus venas parecen indicar que lo es o lo fue. Stevenson, que era escocés, también retrata a España como un lugar exótico y algo peligroso, lo que refleja las actitudes del siglo XIX hacia los países no anglosajones. Finalmente, sobre el análisis del dualismo en el hombre, como en el extraño caso del Dr. Jeckyll y el señor Hyde, Stevenson explora la dualidad de la naturaleza humana. La familia pragonista parece vivir una lucha interna entre su humanidad y un lado más oscuro y salvaje. En resumen, Olaya es una pieza intrigante y compleja de Stevenson, que, aunque breve, ofrece una visión matizada de temas como la herencia, la degeneración, el amor y la dualidad de la naturaleza humana