Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Sucesos Aterradores En El Cementerio Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Mi nombre es Rodrigo. Actualmente tengo sesenta y cinco años y comencé a trabajar como velador en el cementerio de mi zona a la temprana edad de dieciséis años. La idea de pasar las noches sin hacer mucho, simplemente vigilando un lugar tranquilo parecían la oportunidad perfecta para ganar dinero fácilmente en ese entonces no era precisamente el ciudadano más ejemplar. Mis días estaban marcados por la bebida y los disturbios con amigos. Habría sido difícil conseguir empleo si no fuera por la intervención de mi abuelo, un hombre respetable en la Comunidad. Mi abuelo, con la esperanza de que este trabajo marcaría un cambio en mi vida. Convenció a la administración de que sería responsable de mi conducta. Prometí intentar enderezar mi camino, pero en realidad sólo quería una excusa para salir de casa durante la noche sin ser interrogado sobre mi paradero, y así comenzaron mis noches como veladora en el cementerio. Al principio todo parecía igual a como me lo había imaginado. Pasaban las horas sin incidentes y pronto llegué a creer que no había razón para que alguien cuidara este lugar. Sin embargo, esa percepción cambió en una noche que se grabaría en mi memoria para siempre. Después de dar mi ronda habitual para que algunos conocidos pudieran confirmar que estaba trabajando, decidí escalar la barda para unirme a mis amigos que me esperaban afuera, puesto que no podía salir por la puerta sin ser visto por algún amigo de mi abuelo que vivía en las cercanías y le pasarían la queja de que no estaba cumpliendo mi promesa. Justo cuando estaba a punto de llegar a la cima, sentí un agarre firme en mi tobillo. Con brusquedad, fui jalado hacia abajo, cayendo de nuevo dentro del cementerio. Mi corazón latía con fuerza mientras me volteaba esperando ver a mi abuelo, pero no había nadie a la vista. Traté de convencerme de que fue mi imaginación que había tropezado o simplemente había pisado mal, pero la duda se apoderó de mí Mientras volvía a trepar la barda, la experiencia quedó grabada en mi mente y, de hecho, recuerdo que durante toda esa noche bebí demasiado tratando de olvidarme de lo ocurrido, puesto que no podía quitarme de la cabeza la sensación de ser jalado por el tobillo. Esa noche, la embriaguez de la compañía de mis amigos me acompañaba mientras tropezaba entre las tumbas de aquel cementerio oscuro. Mis recuerdos son vagos, pero sé que mi única meta era llegar a la cabina, donde podría descansar y dormir En mi estado. Cada paso era un desafío y a menudo me apoyaba en las lápidas para evitar caerme aparatosamente al suelo. No recuerdo exactamente si algo paranormal ocurrió esa noche mientras caminaba en la cabina, puesto que cuando lo recuerdo, no puedo evitar notar que el camino hacia la cabina parecía interminable. Sin embargo, no puedo asegurar si esto era algo paranormal o si sólo esa era la percepción distorsionada de mi mente embriagada. La obscuridad se cerraba a mi alrededor y la brisa nocturna sólo acentuaba mi sensación de soledad. Finalmente llegué a la cabina, mi refugio para la noche. Al sentarme en la silla, la embriaguez y el cansancio comenzaron a vencerme, y justo cuando estaba a punto de caer en un sueño profundo, escuché ligeros toques en el vidrio de la ventana. Al principio pensé que era el viento o algún objeto suelto, pero los golpes se volvían cada vez más fuertes, más persistentes. Traté de ignorarlos, pero la intrusión en mi sueño se volvía insoportable. Fue entonces cuando la manija de la puerta giró lentamente y la puerta se abrió levemente. La sorpresa y el frío que entró me hicieron levantarme para cerrarla, pero antes de que pudiera tocar el picaporte, la puerta se cerró violentamente por sí misma. En ese momento me asusté tanto que hasta la borrachera salió de mi sistema. Me senté nuevamente intentando convencerme de que todo había sido una ráfaga de viento inusual, pero la sensación de inquietud persistía como un eco sutil en el fondo de mi mente. Me senté en la silla tratando de tranquilizarme. Trataba de decirme que fue mi imaginación y que eso simplemente no podía ser posible. Y cuando mi pulso estaba regresando a la normalidad, fue entonces cuando volví a escuchar los ligeros toques en el vidrio de la ventana. Pero esta vez decidí enfrentarlo y miré con cautela. Pensé que si veía algo que todo viera lógica, podría tranquilizarme de una vez por todas. Y fue entonces cuando vi a una anciana extraña casi carecía de cabello, con mechones esparcidos por toda su cabeza, sus ojos estaban cubiertos y apenas tenía dientes en su boca. Solamente estaba ahí tocando el vidrio con las uñas de sus huesudos dedos. Grité incapaz de contener mi horror ante su presencia y en un parpadeo, la anciana desapareció como si nunca hubiera estado ahí. Mis manos temblaban mientras intentaba procesar lo que acababa de presenciar. La anciana con su aspecto perturbador, había invadido mi refugio, desafiando la lógica y la razón mi mente se debatía entre la explicación racional y la realidad. Espeluznante que acababa de experimentar. El resto de la noche transcurrió en un estado de paranoia. Los susurros de la anciana resonaban en mi mente y cada sombra parecía albergar una presencia para los que se preguntan por qué no renuncié después de esa noche. Bueno, sólo debo de decir que eran otros tiempos en los que difícilmente se renunciaba a un trabajo. Si tenías un problema con él, simplemente te callabas y continuabas. Además, si le decía a mi abuelo que yo quería renunciar por miedo a los fantasmas, simplemente no me hubiese creído y me obligaría a seguir así que prácticamente estaba encadenado a ese lugar de las diferentes cosas que me ocurrieron. Ahí existe un evento que, por alguna razón, me da más compasión que miedo, y es la historia de un pequeño que murió tan joven que algo dentro de mí me dice que no está listo para despedirse de este mundo terrenal. Yo vi cuando le hicieron su servicio funerario y también lo vi después de que fue enterrado. Aquella noche estaba luchando por mantenerme despierto. Comencé a escuchar risas infantiles que resonaban en la quietud del cementerio. Decidí salir de la cabina r para enfrentar a quienes pensaba que estaban perturbando el descanso de los muertos. Con mi linterna en mano, me aventuré en la oscuridad, esperando descubrir a algún grupo de jóvenes traviesos. Aunque sí pasaban cosas paranormales, por lo general todo tenía una explicación y la presencia de adolescentes tonteando eran bastante comunes. Pero al salir no pude ver a nadie. No había nadie a la vista y las risas persistían como si se burlaran de mi presencia y aunque me intrigaba, no dejaba de considerar la posibilidad de que simplemente estuviera siendo engañado por mi imaginación o que alguien se hubiera escondido hábilmente. Al lanzar la advertencia de que el cementerio ya estaba cerrado y que debían abandonar el lugar, las risas no cesaron, sino que parecían intensificarse con algo de molestia. Me dispuse a buscar detrás de las tumbas, pensando que tal vez se estaban escondiendo ahí mientras avanzaban entre las lápidas, reiteré la advertencia de que debían irse antes de que llamara a la policía o a sus padres. Sin embargo, en ese momento vi a un niño pequeño asomándose por detrás de una de las tumbas. Su figura era apenas visible en la oscuridad, pero su presencia era innegable. Me dirigí hacia él insistiendo en que no podía estar ahí, que debía regresar a casa. El niño, en lugar de obedecer, comenzó a correr y sin pensarlo dos veces comencé a perseguirlo. La situación era absurda, pero la sensación de que algo no estaba bien se apoderó de mí. El pequeño corría entre las lápidas con agilidad y a medida que lo seguía, me di cuenta de que su figura era más etérea de lo que debería ser. Mientras lo perseguía, las risas infantiles se mezclaban con el viento nocturno, creando una sinfonía perturbadora, algo inusual, puesto que normalmente cuando niños o adolescentes eran desuns cubiertos, dejaban de reírse y trataban de salir de ahí por el miedo a que sus padres se enteraran. Sin embargo, a este pequeño no parecía importarle en lo absoluto a medida que perseguía al enigmático niño a través del cementerio. La contradicción entre su actitud juguetona y mi propia confusión generó un sentimiento de desconcierto que no podía sacudir. Lo que resultaba aún más extraño era la falta de miedo en sus ojos, como si la noción de ser atrapado fuera simplemente un juego para él. La frustración se apoderaba de mí mientras corría tras él, creyendo que finalmente lo tenía acorralado. Sin embargo, el niño, con una agilidad que desafiaba las leyes de la realidad, llegó a una tumba aparentemente sin salida y entonces, para mi horror, se recostó sobre la tierra y se hundió en ella como si estuviera regresando a su ataúd. La visión me aterró en el momento, pero con el paso del tiempo, l l l l gr a la conclusión de que aquel pequeño no estaba preparado para haber muerto tan joven. Su espíritu lleno de vitalidad infantil se aferraba al mundo de los vivos, corriendo entre las tumbas como si aún estuviera disfrutando de la vida que le fue arrebatada prematuramente. Aunque sus apariciones a veces eran inquietantes, llegué a comprender que el niño no representaba ninguna amenaza. Más bien su presencia se convirtió en un recordatorio constante de la fragilidad de la vida y las historias truncadas que yacen en cada tumba del cementerio. Existe un tema que me gustaría tocar, algo que, si bien podría considerarse paranormal, bastante a menudo son sólo personas jugando con cosas que no comprenden, y esto también es algo que pasa mucho más frecuente de lo que muchas personas podrían llegar a imaginar. Y aunque sólo puedo hablar por mi experiencia, casi podría asegurar que ocurre en todos los cementerios del mundo. La práctica de la brujería no sólo es común, sino que también está a menudo impregnada de peligro y actos repugnantes. Aquellos que se entregaban a estos rituales a menudo eran mucho más despiadados que las almas en pena que deambulaban por el campo Santo. Me enfrenté a escenas grotescas de animales sacrificados, sangre derramada en el nombre de oscuros conjuros y cánticos que resonaban con una malevolencia inquietante. Pero una de las cosas más repugnantes, al menos hablando del maltrato animal, fue una noche en la que presencié a un grupo de individuos llevando a cabo una ceremonia que involucraba a un sapo. Esto lo descubrí después de llamar a la policía y que todos se dispersaran. Vi que algo se movía entre la tierra suelta y ahí fue cuando lo encontré mi mente, fue más allá de cualquier horror que hubiera imaginado. El pobre sapo había sido cruelmente maltratado, su boca cocida para contener fotografías y símbolos dentro de la misma en en la una grotesca muestra de brujería. Lo más asqueroso es que este pobre animal aún seguía con vida esta situación. Creo que fue algo que me marcó y me hizo darme cuenta de la enorme podredumbre que existe en el mundo para quien le interese. Lo llevé con un veterinario que lo curó y por lo que después me enteré el mismo veterinario le encontró un dueño con el cual vivió en paz hasta el último día de su vida. Así que al menos eso terminó bien. Hubo otro incidente que marcó un punto de inflexión en mi escepticismo. Aunque durante años creí que la brujería era simplemente superstición, la realidad se me reveló de manera cruda y brutal. La línea entre lo que consideraba lógico y lo sobrenatural se contradijo aún más y la oscuridad que se escondía entre las lápidas del cementerio se volvió más palpable que nunca. Creo que lo que estoy a punto de relatar es lo más aterrador y extraño que me ha ocurrido trabajando ahí y de hecho, u la única vez en la que realmente me planteé la idea de dejar de trabajar en ese lugar. Esto pasó hace más o menos tres años. Fue durante la pandemia, por lo que gente entrando al cementerio después de la hora era prácticamente nula, pero las muertes iban en aumento. Esa noche yo estaba en la cabina contestando un crucigrama cuando escuché algo que no era nada normal, escuchar por ahí el llanto de un bebé y se escuchaba demasiado cerca como para que fuera sólo alguien que estaba pasando cerca del cementerio, por lo que me dispuse a investigar mientras me aventuraba por el cementerio en busca del origen del misterioso llanto de ese bebé. La atmósfera se cargó con una tensión palpable. La obscuridad se hacía más intensa sobre las lápidas y mis pasos resonaban en el silencio roto. Sólo por el llanto desgarrador. Sin embargo, la sorpresa estaba lejos de acabar. En medio de la penumbra en en entre las tumbas, vislumbré una sombra en movimiento. Mis sentidos se agudizaron cuando comencé a percibir gruñidos sí, gruñidos que resonaban de manera inconfundible como los de un jaguar. En ese momento, la realidad se distorsionó, ya que no había explicación lógica para la presencia de un jaguar en ese lugar. Lejos de su hábitat natural. Mis manos temblaban mientras alumbraba en la dirección de aquellos sonidos animales. La luz de la linterna reveló una figura oscura que se desvanecía en las sombras. La criatura, aunque sólo pude observarla brevemente, tenía la elegancia y ferocidad de un jaguar, pero algo en su presencia desafiaba la lógica y sembraba la semilla de la inquietud en mi mente, sin perder tiempo, llamé a la policía relatándoles lo que mis ojos incrédulos habían presenciado. Planeaba regresar a la cabina y refugiarme hasta que la ayuda llegara, pero lo extraño no terminaría r justo. Cuando estaba a punto de retirarme, el llanto de un bebé resonó nuevamente en la quietud de la noche. El sentido de la responsabilidad y la preocupación se apoderó de mí y decidí seguir los lamentos del pequeño con la esperanza de encontrar y rescatar a aquel ser vulnerable. Caminé entre las lápidas cada paso resonando en la penumbra. Pero algo extraño ocurrió a medida que me acercaba al llanto. Éste parecía desplazarse como si la fuente se moviera constantemente en un juego cruel de Escondite. La familiaridad que tenía con el cementerio se desvaneció y la desorientación se apoderó de mí. Era como si las tumbas se hubieran reorganizado en la oscuridad, desafiando mi conocimiento previo del terreno. A pesar de la confusión, la determinación de encontrar al bebé me impulsó a seguir adelante. Finalmente, entre las sombras divisé a un pequeño niño yacía en el suelo. Ó a r visiblemente herido con pequeños cortes, marcando su frágil cuerpo. La mezcla de angustia y preocupación se apoderó de mí y me apresuré a quitarme la chamarra para envolver al niño, intentando brindarle al menos un poco de consuelo en medio de la oscuridad. Sin embargo, la tranquilidad duró poco y justo cuando me acercaba al niño. Los gruñidos amenazantes resonaron nuevamente llenando el aire con una presencia inquietante. Mis ojos se alzaron instintivamente para buscar la fuente de aquel sonido y, para mi horror, la sombra del jaguar se perfilaba una vez más entre las tumbas como un guardián sombrío de secretos más oscuros de lo que mi mente podía concebir de repente un jaguaro, al menos eso parecía, se abalanzó sobre mí con una ferocidad inhumana. Sus garras rasgaron mi piel, sus dientes mordieron con furia y me encontré indefenso ante esta criatura que desafió toda lógica conocida el ataque con tino, si no implacablemente, mis gritos resonando en la noche silenciosa. La agonía se entrelazó con el miedo y mi mente se sumió en la certeza de que Ésta sería mi última noche en el cementerio que había custodiado durante décadas. Sin embargo, en un giro inexplicable de los acontecimientos, la bestia cesó su ataque abruptamente. Mis sentidos lucharon por comprender lo que sucedía y para mi asombro, la criatura me liberó como si hubiese decidido que ya no presentaba amenaza. Siempre he creído que me dio por muerto mi cuerpo adolorido yacía en el suelo mientras la figura felina se apartaba de mí. La siguiente escena, sin embargo, superó cualquier horror que había experimentado hasta ese momento. En lugar de retirarse en las sombras como un jaguar, la criatura se transformó ante mis ojos incrédulos. La piel del felino se desgarró como si fuera un disfraz revelando una figura humana, una mujer de media rns. Edad vestida con un sutil vestido blanco, mis ojos seguían atónitos. Al ver eso, esa mujer se quitó la piel de jaguar y se la puso como una capa. La mujer se acercó al bebé, cuyo llanto seguía resonando en la noche. Con movimientos calculados, levantó al pequeño, pero en vez de acunarlo con ternura, temí lo peor. Mis músculos adoloridos se tensaron al anticipar lo inimaginable. Esta mujer parecía estar a punto de azotar al niño contra el piso. La impotencia me envolvía Mientras observaba esta escena surrealista. La mujer, ahora despojada de su disfraz felino, sostenía al bebé en el aire. Sin embargo, para mi alivio, la tragedia fue evitada por la llegada oportuna de la policía. La figura se disolvió en la oscuridad transformándose nuevamente en la sombra de un jaguar que se alejó corriendo, dejando al bebé en el suelo. La policía, al llegar, aseguró el lugar y me socorrió. Mi cuerpo maltratado. Fue llevado al hospital, pero la verdadera sorpresa llegó con las revelaciones posteriores. Resultó que el bebé, que la misteriosa mujer había llevado consigo, había sido raptado del hospital horas antes de mi llamada. Gracias a la intervención de la policía, el pequeño fue devuelto sano y salvo a sus padres. Esta experiencia dejó cicatrices no sólo en mi cuerpo, sino también en mi percepción del mundo. La realidad misma parecía doblegarse ante fuerzas desconocidas, desafiando las explicaciones racionales. La brujería una vez desestimada como superstición se presentó ante mí en formas aterradoras y sobrenaturales. Aún me atormentan los recuerdos de esa noche en el cementerio, donde los límites entre lo real y lo fantástico se desvanecieron. Y ahora, en las noches oscuras, me pregunto qué otros misterios y horrores aguardan entre las sombras de aquel lugar que he custodiado durante tanto tiempo. Relato escrito y adaptado por Lisa Hernández