Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Demonios En La Casa Que Me Heredó Mi Padre Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Hace algunos años heredé de mi difunto padre un terreno y gidal el lugar estaba abandonado sin poder fincarlo o hacerle algo por las reglas del gobierno. Tampoco había nadie cerca ni un camino como tal para llegar a él. Aquel lugar sólo era un espacio para guardar cosas. También se había utilizado para dejar animales en lo que se encontraba donde ponerlos o a quien dejárselos. Mi padre usualmente iba una vez al mes a limpiarlo para revisar que las cosas estuvieran en orden y luego regresaba a la casa. En pocas ocasiones llegué a acompañar a mi padre y yo sabía que se esperaba que la casa se cayera para ver si con eso podrían darle la oportunidad de reconstruir, usando eso de pretexto para fincar alguna casa buena para aprovechar el lugar. Cuando mi padre vivía jamás había mencionado nada extraño del terreno. No hablaba mucho del lugar porque era considerado un espacio imposible de usar y cuando lo mencionaba en comentarios con mi madre, siempre decía lo mismo. Ese terreno no sirve. Cuando investigué un poco tiempo después, supe que algunas veces intentó hacer algunas cosas ahí, pero al final estaba de sértico. No se había podido usar como un terreno de siembra y habían fracasado en poner algún espacio para tener animales. Aquel terreno sólo era tierra. Los árboles que crecían alrededor se veían muy secos. Los animales salvajes se movían por ahí causando destrozos en la cerca y la vieja casita de Adobe, donde se guardaban las herramientas, permanecía siempre en mal estado. Ese terreno llegó a las manos de mi señor padre en el ochenta y cuatro como un buen trato por una deuda que se tenía con él de parte de uno de los rancheros que pertenecía a la organización de los campesinos. Mi padre era el rostro de la organización de granjas lecheras, así que seguido tenía tratos por prestar ayuda o contraían deudas con él para recibir dinero que necesitaban. Cuando no resultaban bien las cosas, mi padre se quedaba con algunas cosas. En este caso fue ese terreno. Se lo habían pintado como un buen lugar para hacer una casa en el bosque, pero como dije. Parece que le habían dado gato por liebre al darle ese terreno. Mi padre murió en el noventa y ocho, a los noventa y seis años de edad, y se repartieron los bienes entre los cinco hermanos. Mi mamá se quedó en la casa de la Granja. Los demás heredaron cosas como la colección de fajos o caballos y vacas. No sé por qué razón mi papá me dejó ese terreno a mí. Lo cierto es que hubiera querido que no lo hiciera, porque hoy se ha convertido en una carga inmensa para mí a causa de lo que ahí habita. Desgraciadamente, a causa de mi separación, tuve que irme a vivir a ese lugar una temporada y supe al poco tiempo que había un vínculo maligno. Me pregunto si mi padre sabía sobre el oscuro secreto del lugar o si sólo ignoró todo porque él no creía en cosas sobrenaturales. He llegado a preguntarme también si la razón por la que él tuvo tantas anécdotas para contar sobre fiestas, dinero y terrenos fue a causa de eso. Me fui a vivir al terreno cuando las cosas eran irreparables con mi esposa. Fue a inicios de un febrero. Pensé que con la primavera cerca no iba a sufrir del frío. Además, no quería gastar en irme a algún lugar a vivir. En pocas palabras, me estaba haciendo el ánimo de vivir allá, lejos del pueblo y de mis hijos. Mi casa siempre había sido dentro del pueblo, pero elegí irme para allá y no quedarme en casa de alguna de mis hermanas para evitar que me estuvieran preguntando lo que había pasado con Carmen. Lo mejor era irme al terreno. Aunque la casa estuviera descuidada, pensé que podría arreglarla pronto y ya quedaba listo todo para tener comida. Me llevé tres gallinas y un gallo. También acomodé mi ropa en unas cajas y compré algunas cosas de cocina, baño y demás para poder vivir en aquel lugar apartado. No me puse a pensar que tenía años abandonada y la última vez que yo había ido a darle una vuelta había sido hace casi un año, pues al ver que no podía sacarle provecho, dejé de ir a revisar que todo estuviera bien y sólo limpié el lugar una vez al contrario de lo que hacía mi padre. Increíblemente, cuando llegué me di cuenta que estaba igual. Nadie parecía haberse acercado al lugar, ni por error, la puerta tenía su candado, puesto sólo se veía rota de la parte de abajo, Así que con eso bastaba para conf afirmarme que nadie tenía ni el más mínimo interés en ese lugar. Toda la hierba estaba crecida, la cerca se alcanzaba a ver movida o tirada. En la pequeña casa se habían metido unos coyotes a vivir, o al menos eso pensé al principio, porque se veían pelos, algunos esqueletos de pájaros cuando abrí la puerta y el lugar, aparte de apestar a animal, estaba lleno de murciélagos muertos. Las paredes se veían muy descuidadas. Un pedazo de techo se había caído en algún momento, así que en cuanto llegué, tuve que priorizar arreglar ese hueco, pues si no lo hacían, no podría dormir adentro esa noche, tras un duro día de limpieza, pude quitar las hierbas para dejar limpio. Lo más que pude sólo dejé parejo y limpio alrededor de la casa, pues pensaba ponerles un corral a las gallinas. Además, quería dejar un pedazo de tierra para sembrar algunas cosas. Para mí, al menos unos nopales. Lo más difícil de la de la limpiar fue la casa, aunque más que casa, hay que llamarle cuarto. No dejaba de apestar a animal y a un olor ácido que no lograba identificar, a pesar de la friega de estar en el sol cortando hierba. Lo más pesado fue limpiar la casa. Ese cuarto grande, donde cabía una cama, había un mueble de madera donde se ponían las cosas de la comida al lado de una tarja de piedra. Era increíble la sensación de pesadez que me hacía sentir lo sofocado del cuarto. No había instalaciones de agua ni luz, tampoco baño. El espacio sólo era utilizado para guardar cosas como una bodega o cochera. A pesar de que estaba cerrada la puerta de madera con una cadena y candado, los coyotes habían entrado rompiendo una parte de debajo de la puerta de madera vieja, mientras que los murciélagos se habían estado metiendo por un agujero que se había hecho en la parte de arriba. Como pude me las arreglé para poder quedarme ahí esa noche y l a n incluso conseguí una lámina que acomodé con piedras para tapar la parte que se había caído sacar a los murciélagos. Había sido asqueroso. Estaba harto de suciedad cuando por fin saqué al último cerré la puerta para que no se metieran más animales, pero alcancé a percibir que había una especie de araña enorme en una esquina detrás de la puerta. La vi unas veces más, pero jamás la encontraba para matarla. Para la tarde, cuando ya estaba cayendo el sol, comencé a limpiar las paredes con cal. Así iba a quitar las marcas de animal de las paredes, alcancé a ponerle a todas las paredes antes de que cayera la noche. Lo raro era que, en el fondo Derecho del cuarto no había podido quitar las marcas de animales o de heces de murciélago de la pared Cada que le echaba la cal se chupaba a la pared lo que había quedando sucio y manchado. Al llegar la noche, mejor me fui a dormir a la camioneta. Aún estaba inhabitable. El cuarto, así que tenía que esperar al menos unos dos días más para poder comenzar a vivir ahí. Decentemente, me fui a la camioneta a dormir a eso de las diez de la noche, cuando me cansé de estar trabajando en la limpieza. Además, la lámpara que había llevado ya no era suficiente para alumbrarme. Me comí unos panes que traía y calenté café con canela en el fogón. Mientras tomaba la cena, un viento frío que venía de lejos dejó a mis gallinas sufriendo acompañadas una sobre la otra en la jaula que las traía. Pensé que se me iban a morir, así que saqué mis cosas de una de las cajas de cartón que traía y la comencé a hacer pedazos para ponérselas de paredes. Mientras cortaba el cartón entre el ruido que yo hacía cortando. Comencé a escuchar algo parecido a un crujido, como si fueran pisadas con fuerza. No sé cuánto tiempo se escuchó eso, porque me di cuenta sólo cuando pausé un poco mi movimiento. Aquel sonido era raro. No se escuchaban nada más ni los grillos. Parecía que todo estaba deshabitado, pero el ruido de los pasos era raro. Primero pensé que era algún coyote buscando algo o que de plano había algún otro animal moviéndose en la oscuridad, pero no lograba recordar qué animal podría hacer un sonido. Así, seguí acomodando los cartones para que las gallinas durmieran en paz y una vez que terminé, me volté rápido en ese movimiento alcancé a ver que una sombra se metía entre la hierba que no había cortado. Pensé que ese era el animal que había estado haciendo ruido. Mientras me ponía a acomodar la jaula, me di cuenta que se me había olvidado traerme uno de los perros de la granja. Me había ido completamente solo y lo mejor sería dejar a las gallinas bien cobijadas adentro de la casa cubiertas con cartón para que no pasaran frío. Terminé de acomodar todo. Encerré a las gallinas en la casa y me metía a la camioneta para dormir lo. O lo or mejor era descansar, porque ya era muy tarde y me tenía que mover temprano a la granja a trabajar. Me acomodé en la cabina. Dejé que el sueño llegara rápido, pero un rato después de quedarme dormido, me despertó una sensación rara, una incomodidad que da como cuando alguien te está viendo me desperté de golpe abrí los ojos, miré a las ventanas. No se veía nada más que la pura obscuridad. No había personas viviendo cerca, así que ni una luz familiar se veía a lo lejos. Me acomodé de nuevo y me quedé dormido de inmediato, pero estoy seguro que no habían pasado ni veinte minutos de eso. Cuando sentí que se movió la camioneta y me desperté de un brinco, agarré el arma que traía en la guatera, me senté buscando alrededor que había sido aquello, pero no vi nada de nuevo, sólo la obscuridad. Cuando sonó mi alarma, me desperté cansado por todo el movimiento de la noche. Eran las cinco de la mañana. Me sentía dolorido por las s s s horas de sueño, así que pensé que primero me iba a ir a lavar la cara para despabilarme. Bien, cuando me bajé de la camioneta, vi que en la puerta del piloto estaban unas huellas marcadas. Era tierra de las patas de algún animal de inmediato. Cuadré las cosas. Lo que había sentido no era algo de un sueño, Era que un animal había venido en la noche quizás buscando comida. Me fui a la caja de la camioneta y destapé el agua para mojarme la cara, pero un olor a agua estancada me dio de lleno. Apenas ayer por la mañana había llenado el tambo para llevármelo conmigo al terreno y ese día en la mañana estaba lleno de algas como si hubiera pasado mucho tiempo encerrada y se había echado a perder el agua. Como el olor era horrible molesto, bajé el tambo para tirar toda el agua, así que moví la camioneta para dejar el agua correr en un espacio lejos de donde estaba la casa. Para no llenarme de lodo tan temprano. Cuando llegué a ur donde estaba la hierba crecida a arrojar el agua, vi un montón de pedazos de plumas regadas por todos lados. Luego me di cuenta que eran de mis gallinas. Dejé todo ahí y me fui directo a donde las había dejado en la noche. Cuando llegué al cuarto, vi que estaba roto un pedazo de la puerta que había cerrado con el candado. Quité la cadena apresurado y al entrar me encontré con que los malditos coyotes se habían metido en la madrugada, acabando con todas las gallinas y el gallo que había dejado adentro. Los pedazos de animal estaban por todos lados. Toda la tierra afuera estaba revuelta con plumas y marcas de revolcones. El piso del cuarto era que se veía manchado de sangre, pero a gotas. Y aún más extraño fue que al final, en aquella pared que no había podido dejar limpia el día anterior, entre unas manchas frescas de sangre, había una especie de marca de tierra mezclada con algo líquido. No supe si era sangre. Primero pensé que había dado aventado alguna de las gallinas entre la correteada, pero me desmentí pronto porque al acercarse uno se podía ver una especie de marca. Puedo jurar que era como una especie de rostro morbo. Lo curioso que era lo que le hacía parecer una cara era que había una especie de dos círculos bien definidos que dejaban la idea de dos ojos que te miraban desde la pared. Me fui de ahí echando pestes estaba verdaderamente molesto por mi mala suerte, imaginé que lo mejor era irme a trabajar. Luego les diría a mis hermanos que me tenía que ir temprano para terminar de acomodar el cuarto, porque tenía que dejarla bien lo más pronto posible para poder vivir en ella. Me fui a trabajar todo mugroso y allá me bañé. Trabajé medio día solamente por todo el mal genio que me cargaba. Mi hermana Lupe se estaba preocupando por mí cuando dejé el trabajo para ir a terminar lo de la limpieza. Ella me acompañó al terreno. Cuando llegamos pasaban de la o cuatro, así que en cuanto pusimos un pie en el suelo, nos dedicamos a limpiar y recoger todo el desastre de tripas y plumas antes de que el sol cayera. Cuando mi hermana entró a la casa para comenzar a limpiar, pegó un grito que me hizo correr desde la camioneta a buscar que le había pasado. Ella me dijo que sí. Me había dado cuenta de la cara que estaba en la pared del fondo. Yo la verdad no había visto nada en la mañana pensé que estaba exagerando, pero cuando entré al cuarto para ver que estaba viendo ella fue que visualicé las manchas en la pared que no había podido quitar. Como una cara amorfa entre tanta mugre. Esas facciones tenían ojos. Había una especie de hocico o boca. Era como ver a un animal mal pintado, pero con mirada que parecía verte. Lupe se santiguó como diez veces antes de decirme que no podía vivir ahí. Ella me dijo que el diablo vivía en ese cuarto y yo no le creí. Aquella obra de arte había sido obra del paso del tiempo y muchas manchas acumuladas. Le pedí que se dejara de tonterías porque ya estaba cerca. El anochecer trabajamos lo más rápido que pudimos. Al final, el cuarto había quedado habitable y con un mueble de madera que hacía de trastero y mesa más un catre plegable me había improvisado. La casa. Podía cocinar con el fogón, pero necesitaba un refrigerador para guardar comida. Ya no iba a traer gallinas ni otra cosa hasta que encontrara a los animales culpables de la carnicería pasada. Al terminar, le dije a mi hermana que nos metiéramos a la casa a tomar un café para el frío, pero ella me pidió que la llevara a la casa. Era tarde para ir y venir, así que le dije que pensaba que ella se iba a quedar a dormir. Me dijo que no, mientras esa casa no fuera bendecida o hubiera la presencia de Dios en ella, no se iba a quedar ni un minuto más. Se salió a la camioneta, se subió la y se quedó esperándome. Nos fuimos a su casa. Yo estaba molesto teniendo que ir a encontrarme con el esposo de Lupe, pues era amigo de la infancia de mi exmujer. Llegué a la puerta de la casa y le dije que se bajara porque yo me iba a ir, pero ella insistió que me quedara esa noche para comer bien. Incluso me iba a dar algunas cosas que le sobraban para poder amueblar un poco más. El cuarto, como hacía poco más de media hora hasta la casa del terreno, decidí quedarme, pues tenía hambre tras el trago amargo de tener que lidiar con mi cuñado. Me quedé en paz a descansar en la sala. Mis sobrinos jugaban a mi alrededor. Mientras me relajaba de todo lo que estaba pasando, Pensé una y otra vez como podía acomodar la puerta para que no se metieran los coyotes en la noche. Además, la lámina que había usado en la parte rota del techo ya estaba vieja. Sólo la traía para tapar las cosas que llevaba en la caja de la camioneta, así que no iba a aguantar mucho. Mientras pensaba, se me vino la imagen de esa cara que se veía en la pared Imaginé que lo mejor sería taparla. Los perros de la calle comenzaron a ladrar con fuerza. Me salí de mis pensamientos y en eso Lupe llegó con algunas cosas de cocina en la caja. También me dio una parrilla eléctrica. Tras darle las gracias. Ella fue y descolgó el sagrado corazón que tenía en una de las columnas de la casa. Me lo regaló. Ella era muy creyente de las cosas paranormales, así que me aseguró que había una presencia maligna en aquella casa. Aunque dudé, pero pensaba en todos los cuentos de los abuelos que decían que veían brujas en los páramos lejanos. Durante las noches de invierno. A la mañana siguiente no fui a trabajar. Le dije a Lupe que les avisara a los hermanos que iba a comprarme un generador para no andar sin luz. Me fui temprano al terreno. Llegué y no había do nada. Muerto a la entrada, pero si tierra revuelta con señales de patas, de nuevo eran aquellos coyotes. Comencé a recoger y a acomodar cosas. Puse las cobijas en el catre acomodé mi ropa en un mueble de madera que compré alto para tapar la pared sucia. Al final acomodé el sagrado corazón en mi cabecera. Iba a respetar las advertencias de mi hermana. Llegó la noche Esta vez me quedé dentro, pero con la luz encendida estaba calentando sopa y pensé que me sentiría tranquilo determinar de saber que ya tenía un lugar al cual regresar uno que ya fuera a mi casa. Mientras pasaba el rato en silencio. Me quedé dormido, pensando en mis hijos en lo mucho que los iba a extrañar, porque a su madre se le había ocurrido la idea de que yo estaba de infiel con la vecina. Aunque intenté comprobarle que eso no pasaba. Ella creyó más en las chismosas del pueblo que en mí con la rabia atorada. Me quedé dormido. No no sé en qué momento y escuché a lo lejos la voz de mi padre. Desperté de golpe la luz estaba prendida, pero comenzaba a parpadear porque se le iba a acabar la gasolina al generador. Agarré la linterna. También prendí una veladora. La puse en el suelo encendida, pero antes de poder ir a apagar el generador, éste se apagó solo cuando la oscuridad llegó de pronto. Con la confusión en los ojos de no estar acostumbrado a la oscuridad, alcancé a ver una figura que estaba parada al lado del mueble con mi ropa parpadeé varias veces para mirar bien, ya no vi nada. Me tiré al catre y saqué mi cartera las llaves con todo lo que traía en las bolsas para poder dormir mientras acomodaba el despertador de pilas para despertarme temprano vi que era tarde, las dos cuarenta y tantos de la noche, la luz de la vela parpadeaba moviéndose, pero no había ninguna corriente de aire que provocara. Eso pensé en las palabras s de mi hermana un miedo raro me invadió. Sentí de pronto que me estaban viendo desde los rincones sin iluminar, así que agarré las cobijas y me tapé hasta las orejas, dejando sólo los ojos al descubierto, las ideas venían a mis rápidas. Era como si yo estuviera imaginando cosas en la oscuridad acostumbrado a las sombras. Apenas divisaba los muebles que había acomodado, pero también se me afiguraba ver brazos que se movían entre las patas de mi mueble para los trastes. Llegué a pensar o ver que entre las hebras colgantes de mi cobija gruesa pasaban unos dedos. Me dije una y otra vez que eso no estaba pasando, estaba alucinando. Mi error fue buscar a los muertos en lugar de Dios. No miré al sagrado corazón para pedirle protección. Saqué la foto de mi padre que traía en la cartera. Le dije que cómo me había dejado solo en ese lugar y le pedía que me ayudara, que me amparara. Mientras pedía con todas mis fuerzas la proa de mi padre, La luz de la vela se apagó como si alguien le hubiera soplado. Brinqué del susto, pero me quedé congelado hecho bola en el catre, sosteniendo con ambas manos. La fotografía de mi padre tieso por el miedo. Miré con horror que una luz se colaba por debajo de la puerta de la casa. Parecía una luz tan intensa como la de los faros de una camioneta. Me senté pensando que podría venir a alguien, pero era imposible que me fueran a buscar. Quizás era alguna persona perdida. Imaginé lo peor y agarré lo único que podía usar para defenderme, el comal de hierro para cocinar en el fogón. La luz parecía moverse como si pasaran varias luces, moviéndose dejando las sombras, moverse dentro de donde yo estaba. El cuarto estaba caliente. Pasé de sentir aquel frío de febrero a sentir un calor insoportable, así que me fui quitando las cobijas de encima y me puse las botas por si tenía que salir corriendo. Lo siguiente fue que una neblina delgada se metió por debajo de la puerta, siempre pegada al suelo sin disiparse. Tres toquidos en la puerta hicieron retumbar todo como si se tratara de una enorme puerta golpeada. No contesté. Tras una pausa, los toques se reanudaron. Era alguien llamando a la puerta. Una sombra de pie se veía a través de la puerta astillada por los coyotes. Me armé de valor y fui a la puerta para ver quién era. Pero en lugar de abrir la pregunté quién era. Casi me caigo de la impresión. Al escuchar la voz de mi padre diciéndome soy yo impulsado por algo que no entiendo, quité la tranca de la puerta y al abrirse por completo no había nada, sólo la neblina pegada al suelo. La luz había desaparecido, sólo la luna A medias me dejaba ver un poco entre la oscuridad de la noche. De esa manera fue que alcancé a ver al coyote que buscaba tanto el animal me miraba desde lo lejos con los ojos color sangre y me entró un escalofrío. Cuando le vi una mueca humana como si me sonriera, se reía tranquila puerta lo más rápido que pude. No iba a salir a comprobar si era o no un animal, porque hay demasiadas personas que habían sido víctimas de las bestias que poblaban los páramos desérticos. Al dar vuelta para regresarme al catre, me fue atrás contra la puerta, sacándole un sonido pesado por el golpe. Si mis ojos no me engañaron. Vi a mi padre sentado en el catre sosteniendo su fotografía. Me dijo que ahí estaba que para que lo quería. No sabía si estaba soñando o no, pero se me salieron las lágrimas. Él se distinguía ensombrecido entre la poca luz de la veladora que había dejado prendida. Me volvió a hablar después de un rato de ponerme a llorar sin poder decirle nada. Me dijo que es lo que quieres. Yo te ayudo con un nudo en la garganta. Le dije que nada, que sólo quería verlo una vez más para despedirme, pero él me dijo que siempre estaba cerca que no le pidiera eso. Su rostro sin emociones me recordó el momento en el que lo vi en el ataúd, en el velatorio. Le dije que estaba bien, que no quería nada, pero él insistió y me dijo que si no quería ver a mis hijos, recordé por lo que estaba pasando. Le contesté que sí, pero que no había manera hasta que nos arregláramos Carmen y yo recuerdo claramente que me contestó muy seguro que eso ya estaba arreglado. Tras eso se levantó del catre, donde estaba sentado la luz le dio por la espalda y a pesar de que era la figura de mi padre la que veía, sentía un miedo irracional de que se me acercara más. Mirándome fijamente, me dijo es un trato. Te voy a estar esperando. Tras eso, se desvaneció en la oscuridad y me quedé como tonto mirando a la nada. No entendía que acababa de pasar. Apenas estaba acomodando mis pensamientos cuando el mueble que cubría la pared manor se había dejado caer de la nada por una fuerza invisible hacia el frente, dejando descubierta esa mancha. Ahora aquella cara se veía nítida. Sus ojos me miraban la mancha adquiría un tono más real como si pudiera esa forma horrible salir desde la pared En cualquier momento tomé las llaves junto con una cobija y me salí de la casa sin cerrar la puerta o apagar la vela, me encerré en la camioneta para pensar lo que había pasado y me quedé dormido. Al día siguiente, Carmen sufrió de un infarto cuando iba de camino al mercado y aunque no me fui a dormir a la casa del terreno toda la noche en la que la velaron alcancé a escuchar los aullidos de un coyote. Relato escrito y adaptado por Patricia González