Latest / Cultura y Audiolibros / El ladrón de cadáveres (Stevenson) | Cuento de Terror 4
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- Paula oyentes de cultura y audiolibros en español. En esta historia, Fetz es un estudiante de medicina que se encarga de recibir y desembalar los cadáveres que son enviados para su estudio. MacFarlane, por otro lado, es un exitoso cirujano que se aprovecha de su relación con Gray, un traficante de cadáveres. Hasta dónde estarías dispuesto a ir por el avance de la ciencia sumérgete En este inquietante relato de Robert Louis Stevenson una historia donde la ambición, la ética y las consecuencias de tus actos te mantendrán pegado hasta la última el ladrón de cadáveres. Todas las noches del año cuatro de nosotros, el empresario de pompas fúnebres, el dueño del establecimiento, Fetz y yo nos sentábamos en el pequeño reservado del George. En de benham A veces éramos más, pero tanto si soplaba viento ya fuera mucho o poco como si llovía, nevaba o caía una helada, los cuatro ocupábamos nuestros propios sillones. Fetz era un viejo escocés, bastante borrachín, obviamente culto y además, rico, ya que vivía en la ociosidad. Había llegado a debenamacía algunos años siendo todavía joven, y se había convertido por la mera permanencia de su estancia en ciudadano de adopción. Su capa azul de camelote era una antigüedad local como la aguja de la Iglesia. Su sitio fijo en el reservado del George, su falta de asistencia a la iglesia y sus inveterados crapulosos y vergonzosos vicios eran cosas bien sabidas. En de benam sostenía vagas opiniones radicales y algunas infidelidades efímeras que de vez en cuando exponía y recalcaba con vacilantes palmadas en la mesa, bebía a ron normalmente cinco vasos todas las veladas y durante la mayor parte de su visita nocturna al George permanecía sentado con su vaso en la mano derecha en un estado de melancólica saturación de alcohol. Lo llamábamos doctor, porque se le suponía en posesión de ciertos conocimientos de medicina en la en la n en s son la de necesidad. Había sabido encajar una fractura o reducir una dislocación, pero fuera de esos pequeños detalles, nada sabíamos sobre su carácter y antecedentes. Una oscura noche de invierno habían dado las nueve. Poco antes de que el propietario se reuniera con nosotros, apareció un hombre enfermo en el George, un importante terrateniente de los alrededores, súbitamente abatido por un ataque de apoplejía. Cuando se dirigía al Parlamento y telegrafiaron al médico londinense de este gran nombre todavía más famoso que él, para que acudiera a su lado. Era la primera vez que tal cosa ocurría en Debena, ya que acababa de inaugurarse el ferrocarril y todos nos sentíamos proporcionalmente impresionados por el acontecimiento. Ya ha llegado, dijo el propietario, después de llenar y encender su pipa, quién dije yo, el doctor. Él mismo replicó nuestro mesonero cómo se llama Doctor MacFarlane. Dijo el propietario Fetz había apurado su tercer vaso y es suerte, estaba ya embriagado como un tonto asintiendo unas veces con la cabeza otras mirando perplejo a su alrededor, pero al oír la última palabra, pareció despertar y repitió por dos veces el apellido McFarlane en voz baja la primera, pero con súbita emoción la segunda. Sí, dijo el propietario, así se llama Doctor Wolf McFarlane. Fetz recobró inmediatamente la sobriedad, abrió los ojos, su voz se aclaró y se hizo más fuerte y más firme y su lenguaje más contundente y cuidadoso todos nos sorprendimos por la transformación como si hubiese resucitado discúlpenme dijo temo no haber prestado mucha atención a su conversación quién es el tal wolfh McFarlane. Y luego, después de escuchar hasta el final al propietario añadió no puede ser. No es posible y, sin embargo, me gustaría mucho verlo cara a cara. Lo conoce usted. Doctor, preguntó el empresario de pompas fúnebres dando un grito ahogado. No lo permita. Dios fue su respuesta y, sin embargo, el apellido es poco usual. Sería excesivo imaginar que hay dos personas con ese mismo apellido y dígame patrón es viejo, verá usted dijo el mesonero no es joven precisamente y tiene el pelo blanco, pero parece más joven que usted. Sin embargo, es mayor, varios años mayor, pero es el ron añadió dando un manotazo en la mesa. Lo que usted ve en mi cara, el ron y los pecados. Ese hombre quizá tenga la conciencia tranquila y una buena digestión, conciencia escúcheme. Lo que le digo creerá usted que soy un cristiano bueno, viejo y decente. No es cierto, pues no no lo soy. Nunca me dio por fingirlo. Puede que Voltaire lo hubiera fingido de haberse encontrado en mi pellejo, pero aunque tengo una mente clara y activa, dijo dándose un rápido capirotazo en la calva. Yo sólo veo y nunca saco conclusiones. Si usted conoce a ese doctor, me aventuré a comentar después de una pausa algo tremenda. Se diría que no comparte la buena opinión que el patrón tiene de él. Fetz no me hizo caso. Sí, dijo con súbita determinación. Tengo que verlo cara a cara. Hubo otra pausa y de repente se cerró una puerta en el primer piso y se oyeron pasos en la escalera. Es el doctor exclamó el propietario. Si se da usted prisa, podrá alcanzarlo. No había más que dos pasos desde el pequeño reservado hasta la puerta del mesón del viejo George. La amplia escalera de roble llegaba casi hasta la calle, entre el último peldaño y el umbral de la puerta, sólo que daba sitio para una alfombrilla turca. Pero aquel pequeño espacio quedaba intensamente iluminado todas las tardes, no sólo por la luz de encima de la escalera y el gran farol de debajo del letrero, sino también por el cálido resplandor de la ventana del bar. El George se anunciaba así brillantemente. Para los que pasaban por aquella fría calle, Fetz caminó con paso firme hacia aquel lugar y los demás que nos habíamos rezagado contemplamos el encuentro de ambos hombres cara a cara. Como uno de ellos había anunciado, el Doctor MacFarlane era un hombre despierto y vigoroso. El cabello blanco resaltaba su semblante pálido y sereno, aunque enérgico iba espléndidamente vestido con el velarte más fino y el lino más blanco y lucía una leontina de oro, así como gemelos y gafas del mismo metal precioso. Llevaba una corbata ancha con pliegues blanca, con lunares de color lila y en el brazo un cómodo abrigo de piel para viajar en coche. No había duda de que con el paso de los años había conseguido fortuna y consideración, y producía un sorprendente contraste ver a nuestro borracho calvo sucio, lleno de granos y arropado en su vieja capa de camelote, enfrentarse a él al pie de la escalera. MacFarlane dijo fetz en voz alta más propia de un heraldo que de un amigo. El eminente doctor se paró en ser en el cuarto escalón, como si aquella familiaridad de trato le sorprendiera y hasta cierto punto hubiese herido su dignidad. Todí McFarlane repitió Fetz el londinense casi se tambaleó durante un brevísimo instante. Miró fijamente al sujeto que tenía delante, echó una ojeada detrás de él como si estuviera asustado y a continuación dijo sobresaltado en un suspiro Fets tú sí dijo el otro. Yo creías que yo también estaba muerto. No es tan fácil deshacer nuestra relación. Cállate, exclamó el doctor Cállate. Este encuentro es tan inesperado. Ya veo que estás abatido. Al principio casi no te reconocí lo confieso, pero estoy encantado, realmente encantado de tener esta oportunidad. Por el momento sólo podemos decirnos qué tal y adiós a un tiempo, pues mi carruaje espera. No puedo perder el tren, pero Dame veamos sí, Dame tu dirección y cuenta con recibir noticias mías en breve. Debemos hacer algo por Ti Fetz. Me temo que estás en las últimas, pero ya nos ocuparemos de eso por los viejos tiempos, como solíamos cantar en nuestras cenas. Dinero exclamó Fetz dinero tuyo. El dinero que recibí de Ti permanece todavía donde lo arrojé. Aquella noche de lluvia, el Doctor MacFarlane había hablado con cierto tono de superioridad y jactancia, pero la singular energía de aquel rechazo lo sumió de nuevo en su primitiva confusión. Una horrible y desagradable mirada se explayó en su casi venerable semblante. Amigo mío dijo sea como gustes. No tengo la menor intención de ofenderte. No quisiera entrometerme en la vida de nadie. De todos modos, te dejaré mi dirección. No la deseo. No deseo conocer el techo que te cobija interrumpió el otro oí tu nombre y temí que fueras. Tú deseabas saber si después de todo había un dios. Ahora sé que no lo hay. Fuera de aquí. Fet seguía plantado en mitad de la alfombra entre la escalera y la puerta, y el gran médico londinense para escapar se vio obligado a hacerse a un lado. Era evidente que dudaba ante lo que consideraba una humillación. Aunque estaba demudado, había un brillo peligroso en sus gafas, pero mientras permanecía todavía inmóvil e indeciso. Se dio cuenta de que el cochero de su carruaje estaba contemplando esta insólita escena y Al mismo tiempo vislumbró a nuestra tertulia del reservado apiñados junto a una esquina de la barra. La presencia de tantos testigos le decidió enseguida a huir. Se agachó rozando el zócalo de madera y se abalanzó como una serpiente hasta alcanzar la puerta, Pero sus tribulaciones no habían acabado del todo, ya que, según pasaba, Fetz lo agarró por un brazo y le susurró. Estas palabras exasperantemente precisas. Lo has vuelto a ver el próspero doctor londinense. Lanzó un grito agudo y ahogado, Arrojó a un lado al que le hizo la presa gunta y con las manos en la cabeza huyó por la puerta como un ladrón que hubiera sido descubierto antes de que a ninguno de nosotros se nos hubiera ocurrido hacer el menor movimiento. El carruaje estaba ya traqueteando en dirección a la estación. La escena se desvaneció como un sueño, pero ese sueño había dejado pruebas y huellas de su paso. Al día siguiente, el criado encontró en el umbral las gafas de oro rotas y aquella misma noche nos quedamos todos de pie sin aliento, junto a la ventana del bar y Fetz a nuestro lado, sobrio, pálido y con aire resuelto que Dios nos proteja. Señor Fetz, dijo el propietario que fue el primero en recobrar el sentido. Qué diantres es todo esto, qué cosas tan extrañas ha estado usted diciendo. Fetz se volvió hacia nosotros y nos miró a la cara uno por uno. Procuren estar callados. Dijo el tal MacFarlane no es de fiar cuando le llevan la contraria los que lo han hecho, se han arrepentido demasiado tarde y entonces sin apurar siquiera su tercer vaso y menos aún esperar los otros dos nos dijo adiós y pasando bajo el farol del mesón, se internó en la oscuridad de la noche. Los tres volvimos a nuestros puestos en el reservado, donde ardía un buen fuego y cuatro flamantes velas y al recapitular todo lo sucedido, nuestro inicial escalofrío de sorpresa pronto se convirtió en un cosquilleo de curiosidad. Nos quedamos hasta muy tarde. No recuerdo otra tertulia en el viejo George, que durase más antes de separarnos. Cada uno de nosotros tenía su propia teoría que estaba dispuesto a demostrar y ninguno tenía otro que hacer más urgente en este mundo que rastrear el pasado de nuestro condenado con Tertulio y descubrir el secreto que compartía con el afamado doctor londinense. No es por presumir, pero creo que he sido más hábil que mis otros compañeros del George para sonsacar la verdad de esa historia. Y quizás no exista actualmente ninguna otra persona viva que pueda contarles los asquerosos y ano ors sucesos que seguidamente se relatan en su juventud. Fetz estudió medicina en la Universidad de Edimburgo. Poseía un talento especial, esa clase de talento que rápidamente retiene lo que oye y de inmediato lo repite como propio. Trabajaba poco en casa, pero se mostraba cortés, atento e inteligente en presencia de sus profesores. Pronto adquirió fama entre ellos de ser un muchacho que escuchaba atentamente y memorizaba bien, más aún por extraño que me pareciese cuando lo oí por vez primera, en aquellos días era bien parecido y cuidaba mucho de su aspecto exterior. Había en aquella época cierto profesor de anatomía que actuaba fuera de la Universidad, al cual designaré aquí con la letra acá. Posteriormente, su nombre fue bastante conocido. El hombre que lo llevaba merodeo disfrazado por las calles de Edimburgo, mientras la muchedumbre que aplaudía la ejecución de Bork pedía a gritos la sangre de su patrón. Pero el señor ya estaba entonces en la cresta de la ola. Disfrutaba de una popularidad debida en parte a su propio talento y habilidad y en parte a la incompetencia de su rival, el Catedrático de la Universidad. Los estudiantes al menos confiaban en él y el propio Fetz creia y hacía creer a otros haber puesto los cimientos de su éxito cuando se granjeó el favor de aquel hombre de fama meteórica. El señor Caera tan Bombi Ván como consumado profesor, disfrutaba lo mismo con una alusión maliciosa que con una cuidadosa preparación en ambos cometidos. Fetz gozaba merecidamente de su reconocimiento y al segundo año de su asistencia a clase, ocupaba el cargo a media jornada de segundo auxiliar de prácticas so su adjunto en este cometido. Recaía, en particular, sobre sus espaldas, ocuparse del aula y la sala de conferencias. Debía responder de la limpieza de ambos locales y de la conducta de los demás estudiantes, y formaba parte de sus deberes proveer, recibir y repartir las diversas piezas destinadas a la práctica anatómica con el propósito de atender a este último asunto muy delicado. En aquellos tiempos, el señor que lo alojó en el mismo callejón y finalmente, en el mismo edificio de las salas de disección. Allí, tras una noche de placeres turbulentos, con el pulso todavía vacilante y la vista nublada y confusa, los sacaban de la cama en las haciagas horas que anteceden a los amaneceres invernales, los sucios y desesperados traficantes que abastecían las mesas de prácticas. Tenía que abrir la puerta a aquellos hombres luego de infame celebridad en todo el país. Tenía que ayudarlos a transportar su trágica carga, pagarles su sórdido precio y quedarse a solas cuando se fueran con aquellos desagradables despojos humanos. Tras semejante escena volvía a procurarse otra hora o dos de sueño a fin de reparar los abusos de la noche anterior y reponerse para los trabajos del día siguiente. Pocos muchachos habrían podido mostrarse más insensibles a las impresiones de una vida pasada de esta manera, entre los símbolos de la mortalidad. Su mente era reacia a cualquier tipo de consideraciones, Era incapaz de interesarse por la suerte de los demás esclavo de sus propios deseos y de sus ambiciones abiectas. Frío, despreocupado y egoísta. En última instancia, poseía esa pisca de prudencia mal llamada moralidad, que mantiene alejados a los hombres de la inconveniente embriaguez o del robo punible. Además, ambicionaba ser bien considerado por sus maestros y sus condiscípulos y, evidentemente, quería guardar las apariencias. Así pues, su mayor satisfacción era distinguirse en los estudios y, día tras día, prestaba un irreprochable servicio a su patrón. El señor Ca procuraba compensar su trabajo diurno con noches de placeres, estruendosos y ruines, y cuando alcanzaba el equilibrio, el órgano que él llamaba su conciencia, se declaraba satisfecho. El suministro de cadáveres para diseccionar era una preocupación constante, tanto para él como para su maestro. En aquella clase tan concurrida y atareada, la materia prima que necesitaban los annas atomistas siempre estaba a punto de acabarse y el negocio que necesariamente se derivaba de ello no sólo era desagradable en sí mismo, sino que amenazaba con peligrosas consecuencias a todos los implicados. El señor k tenía por norma no hacer preguntas en sus tratos comerciales. Ellos traen el cadáver y nosotros pagamos el precio. Solía decir, haciendo hincapié en la aliteración kit procuo y después añadía a sus ayudantes un tanto burlón no hagan preguntas en bien de sus conciencias. No había constancia de que los cadáveres se consiguieran por medio del asesinato. Si le hubiesen sugerido semejante idea, habría retrocedido horrorizado. Pero la ligereza con que hablaba de un asunto tan serio era en sí misma, una ofensa a los buenas costumbres y una tentación para los hombres con quienes trataba Fetz. Por ejemplo, le había comentado a menudo los recientes que eran los cadáveres. Una y otra vez le había sorprendido las miradas culpables y abominables de los us bufianes que acudían adelantes del amanecer y al sacar conclusiones para sus adentros. Quizás atribuía un significado demasiado inmoral y demasiado categórico a los imprudentes consejos de su maestro. En suma, su cometido se reducía, a su entender a tres cosas, aceptar lo que traían, pagar el precio y hacer la vista gorda ante cualquier indicio de crimen. Una mañana de noviembre, aquella táctica de silencio fue puesta a prueba. Severamente Había estado despierto toda la noche a causa de un terrible dolor de muelas, recorriendo insistentemente la habitación de un lado a otro como una fiera enjaulada o echándose con furia sobre la cama y finalmente había caído en ese sueño profundo e inquieto que tan a menudo sigue a una noche de sufrimiento. En eso le despertó la irascible repetición. Por tercera o cuarta vez de la señal convenida, había un brillante claro de luna, pese a estar esta apenas terciada, pero la noche era desapacible, ventosa y helada. La ciudad todavía no había despertado, pero una indea definible agitación preludiaba ya el ruido y el ajetreo del día. Los profanadores de tumbas habían llegado más tarde que de costumbre y parecían mucho más ansiosos por irse que otras veces. Fetz muerto de sueño, les alumbró mientras subían oía como ensueños sus gruñonas voces con acento irlandés y mientras despojaban del saco a su triste mercancía. Él dormitaba con la espalda apoyada en la pared tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para encontrar el dinero con que pagar a aquellos hombres. Mientras lo hacía, sus ojos tropezaron con la cara del muerto, se sobresaltó y dio dos pasos hacia él con la vela en alto Dios todopoderoso exclamó es Jane Galbred. Los hombres no contestaron, pero se dirigieron hacia la puerta arrastrando los pies. La conozco os lo aseguro. Continuó Fetz Ayer estaba viva y bien sana. Es imposible que haya muerto. Es imposible que hayan conseguido este cadáver honradamente. Sin duda, señor está usted equivocado, afirmó uno de los hombres, pero el otro miró a Fetz a los ojos misteriosamente y exigió allí mismo su dinero. Era imposible interpretar mal aquella amenaza o exagerar el peligro que suponía al muchacho. Le faltó valor balbuceó algunas excusas, contó la suma convenida y vio marcharse a sus odiosos visitantes. Tan pronto como estos se fueron. Se apresuró a confirmar sus dudas. Gracias a una docena de marcas incuestionables. Identificó a la chica con la que había estado bromeando el día anterior. Vio con horror marcas en aquel cuerpo que bien pudieran indicar violencia. El pánico se apoderó de él y buscó refugio en su habitación. Allí reflexionó con detenimiento sobre el descubrimiento que había hecho. Consideró seriamente el alcance de las instrucciones del señor Ka y el peligro que para él entrañaría su intromisión en un asunto tan grave y finalmente, con gran perplejidad, decidió aguardar el dictamen de su inmediato su superior, el adjunto de la clase Se trataba de un médico joven Walth McFarlane, ídolo indiscutible de los estudiantes revoltosos, un tipo listo disipado y falto de escrúpulos por completo. MacFarlane había viajado y estudiado en el extranjero. Sus modales eran agradables, aunque un poco impertinentes. Era una autoridad en cuestiones teatrales y hábil patinando sobre hielo o ruedas o con el palo de golf Vestía con meticulosa audaciari como una última pincelada a su esplendor. Poseía un calecín y un robusto trotón. Tenía una relación bastante íntima con Fetz. La verdad es que sus respectivas posiciones exigían que se vieran muy a menudo y cuando escaseaban las existencias, se desplazaban ambos por todo el país. En el calesín de MacFarlane visitaban y profanaban algunos cementerios solitarios y regresaban antes del amanecer con su botín para la sala de disección. Aquella mañana, precisamente, Macfarlin llegó algo más temprano que de costumbre. Fetz le oyó entrar y saliéndole al encuentro en la escalera, le contó su historia y le mostró la causa de su alarma. McFarlane examinó las marcas que presentaba el cadáver. Sí dijo con una inclinación de cabeza. Parece sospechoso. Bien, qué debo hacer preguntó fetz hacer replicó el otro. Quieres hacer algo. Cuanto menos se diga, mejor, diría yo. Alguien más puede reconocerla objetó Fetz era tan popular como cattle Rock. Esperemos que no, dijo McFarlane y si alguien lo hace, pues bien, tú no la reconociste. Me entiendes y asunto concluido. La verdad es que esto ha ido demasiado lejos. Si remueves el asunto, meterás acá en un lío de mil demonios y tú mismo saldrás con los pies por delante y lo mismo me pasará a mí. Si vamos a eso, me gustaría saber qué cara íbamos a poner cualquiera de nosotros o qué demonios podríamos decir a nuestro favor en el banquillo de los testigos. A mi modo de ver, hay una cosa cierta. Hablando en plata, todas nuestras existencias proceden de asesinatos. MacFarlane exclamó Fetz Vamos se mofó el otro como si tú mismo no lo hubiese sospechado. Una cosa es sospechar y otra probarlo. Sí, lo sé y siento como tú que esto haya llegado hasta aquí. Dijo dando un golpecito al cadáver con su bastón. Lo mejor que puedo hacer es no reconocerla y añadió tranquilamente no lo haré. Tú puedes hacerlo si quieres. No te ordeno nada, pero creo que un hombre de mundo haría lo que yo y debo añadir que me imagino que eso es lo que cae espera de nosotros. La pregunta es porque no se eligió a nosotros dos como ayudantes, y la respuesta porque no quería viejas chismosas. Aquel era el tono más indicado para afectar la mente de un muchacho como Fetz. Aceptó imitar a MacFarlane. El cadáver de la infortunada chica fue de la demente troceado y nadie hizo el menor comentario ni pareció reconocerla. Una tarde acabada la jornada laboral, Fetz pasó por una popular taberna y encontró a MacFarlane sentado con un desconocido. Era un hombre de corta estatura muy pálido y moreno de ojos negros como el tizón. Su semblante parecía sugerir una inteligencia y un refinamiento que sus modales apenas confirmaban, ya que resultó ser en un trato más íntimo, grosero vulgar y estúpido. Aquel hombre ejercía, sin embargo, un notable control sobre McFarlane. Le daba órdenes como si fuese el Gran Bajá, se acaloraba a la menor discusión o retraso y comentaba groseramente el servilismo con que era obedecido. Esta persona tan repugnante le cogió cariño a Fetz en el acto. Constantemente le ofrecía bebidas y le honró con inusitadas confidencias sobre sus pasadas andanzas. Si la décima parte de lo que confesaba era cierto, se trataba de un asqueroso bribón y la vanidad del muchacho se cía sintió halagada por la atención que le dispensaba a un hombre tan experimentado. Yo soy un sujeto bastante malo. Comentó el desconocido, pero McFarlane se las trae. Toddy McFarlane lo llamo yo. Toddy pide otro vaso para tu amigo. O bien, Toddy levántate y cierra la puerta. Todíme odia volvió a decir o sí, Toddy, claro que me odias no me llames por ese condenado nombre refunfuñó McFarlane le oye. Ha visto alguna vez a los chicos jugar con cuchillos. Eso es lo que a él le gustaría hacer con mi cuerpo. Comentó el desconocido. Nosotros, los médicos, tenemos un procedimiento mejor. Dijo fetz Cuando se muere algún conocido que no nos cae bien, lo llevamos a la sala de disección. MacFarlane lo miró de pronto como si la broma no fuera de su agrado, pasó la tarde. Gray, pues así se llamaba el desconocido, invitó a fets a cenar con ellos. Encargó un festín tan suntuoso que alborotó a o toda la taberna y cuando todo se acabó, ordenó a Macfarlan que pagase la cuenta. Cuando se separaron, era ya tarde el tal. Gray estaba completamente borracho. Macfarlaine, a quien la irritación mantenía sereno, reflexionó sobre el dinero que se había visto obligado a Despilfarrar y los desaires que había tenido que soportar. Fetz En, cuya cabeza zumbaban licores diversos, regresó a su casa con paso tortuoso y la mente completamente en blanco. Al día siguiente, Macfarley no asistió a clase y fetz sonrió para sus adentros al imaginárselo acompañando todavía al insoportable Grey de taberna en taberna. Tan pronto como sonó la hora de su libertad, se puso a recorrer todas las tabernas en busca de sus compañeros de la noche anterior. Sin embargo, no pudo encontrarlos en ninguna parte. Por tanto, regresó pronto a sus habitaciones. Se acostó temprano y durmió el sueño de los justos. A las cuatro de la mañana. Le despertó la bien conocida señal al bajar abrir la puerta. Se asombró al encontrarse con MacFarlane, con su calesín y en su interior, uno de esos largos y macabros bultos con los que estaba tan familiarizado. Cómo exclamó has salido solo como telas arreglaste, pero MacFarlane lo acalló bruscamente y le ordenó volver a su ocupación cuando subieron el cadáver y lo depositaron sobre la mesa. MacFarlane. Al principio hizo a demanda irse. Luego se detuvo y pareció vacilar más vale que le mires la cara. Dijo en un tono algo embarazoso, más vale repitió mientras fetz lo miraba. Asombrado pero dónde, como y cuándo lo has conseguido. Exclamó el otro mírale. La cara fue la única respuesta. Fetz titubeó extrañas dudas, le asaltaban su mirada. Iba alternativamente del joven doctor al cadáver. Finalmente, en un arranque hizo lo que se le pedía, aunque casi había imaginado lo que iban a ver sus ojos. El impacto fue cruel. La contemplación inmovilizado por la rigidez de la muerte y desnudo en aquella vasta mortaja de arpillera del hombre que había dejado bien vestido y repleto de comida y de pecados en el umbral de una taberna despertó un súbito terror incluso en el irreflexivo. Fetz que aquellas dos personas que le había conocido hubieran venido a parar a aquellas heladas mesas resonaba en su alma como una advertencia crastivy, con todo, semejantes consideraciones fueron relegadas a un segundo término. Lo que más le preocupaba era Wolf, desprevenido ante tan repentino reto, no sabía cómo mirar cara a cara a su Compinche evitaba su mirada y no le salían ni las palabras ni la voz. Fue el mismo Macfarlan quien dio el primer paso. Se acercó silenciosamente por detrás y puso una mano suavemente, pero con firmeza sobre el hombro del otro. Richardson dijo puede quedarse con la cabeza. Richardson era un estudiante que desde hacía tiempo estaba ansioso por hacer la disección de esa parte del cuerpo humano. No hubo respuesta y el asesino prosiguió hablando de negocios. Deberías pagarme. Tus cuentas sabes tienen que cuadrar. A Fetz le salió una voz que no era ni sombra de la suya. Pagarte. Exclamó pagarte por eso claro que sí, por supuesto, que debes pagarme. No faltaría más y hasta el último centavo respondió el otro. Ni yo me atrevería a dártelo gratis ni tú lo aceptarías. En esas condiciones nos comprometería a ambos. Este es otro caso, como el de Jane Galbrad. Cuanto peor salen las cosas, tanto más debemos actuar como si fueran bien dónde guarda su dinero. El amigo k Allí respondió Fetz con voz ronca señalándola a la cena del rincón. Dame las llaves, pues dijo el otro con calma. Alargando la mano, hubo un instante de vacilación y la suerte estaba echada. Mcfarley no pudo reprimir un ligero temblor nervioso, residuo infinitesimal de su inmenso alivio. Al sentir la llave entre los dedos, abrió la alacena, sacó pluma tinta y un cuaderno de notas que guardaba en uno de los compartimentos y retiró de los fondos que había en un cajón. La cantidad apropiada a la ocasión escucha un momento, dijo MacFarlane. El pago ya está hecho. Primera prueba de tu buena fe, el primer paso hacia tu seguridad. Ahora debes afianzarlo con un segundo paso. Anota el pago en el cuaderno y en lo que a ti respecta, ya puedes desafiar al mismísimo diablo. Los segundos que siguieron fueron angustiosos para la mente de Fetz, pero al sopesar sus terrores, el más inmediato fue el que triunfó Cualquier dificultad futura casi sería bien recibida si ahora podía evitar una disputa con MacFarlane. Dejó en el suelo la vela que había estado sosteniendo todo el tiempo y con mano firme registró la fecha, la naturaleza y la cuantía de la transacción y ahora dijo MacFarlane. Es de justicia que tengo ols tu dinero. Yo ya tengo mi parte. A propósito. Cuando un hombre de mundo tiene un poco de suerte y se encuentra unos cuantos chelines de masa en su bolsillo, me avergüenza hablar de ello. Pero hay una regla de conducta para tales casos. No convidar a nadie, no comprar caros libros de texto, no saldar las viejas deudas pedir prestado en lugar de prestar MacFarlane empezó a decir fetz todavía algo ronco. Me he puesto la soga al cuello por complacerte, por complacerme exclamó wolf poe vamos has hecho, según veo yo el asunto exactamente lo que tenías que hacer para protegerte. Suponte que me metiese en un lío dónde quedarías tú. Este segundo asuntillo deriva claramente del primero. El señor Cree es la continuación de la Señorita Galbreve. No es posible empezar y luego pararse. Si uno empieza, tiene que continuar. Esa es la verdad. No hay reposo para los malvados. Una horrible sensación de oscuridad y la constatación de la perfidia de su sino se apoderaron del alma del desdichado estudiante Dios mío exclamó, pero qué he hecho y cuándo empezó todo esto. Seamos razonables. Qué hay de malo en ser adjunto de la clase service. Quería el puesto, podría haberlo conseguido. Se encontraría él en la misma posición en que me encuentro yo ahora. Mi querido amigo dijo McFarlane no eres más que un chiquillo. Acaso ha sufrido algún daño. Qué daño crees que puedes sufrir si mantienes la boca cerrada. Vamos hombre, no sabes cómo es la vida. Existen dos bandos, los leones y los corderos. Si eres cordero, acabarás tendido sobre estas mesas como Grego Jane Galbred y si eres león, vivirás y conducirás un caballo como yo, como k como todo el mundo con algo de ingenio o de valor. Al principio se suele titubear, pero mira Acá, mi querido amigo, Tú eres listo, tienes agallas, me me me me cae bien y Acá también has nacido para dirigir la cacería. Y te aseguro por mi honor y mi experiencia de la vida que dentro de tres días te reirás de todos estos espantajos como un colegial en una farsa. Y dicho esto, McFarlane se marchó y se alejó del callejón en su calesín para estar a cubierto antes del amanecer. Así que Fetz quedó solo con sus lamentos. Comprendió el tremendo peligro en que se hallaba envuelto. Comprendió con inexcusable consternación que su debilidad no tenía límites y qué de concesión en concesión había pasado de ser el árbitro del destino de McFarlan hacer su inefable cómplice a sueldo habría dado un mundo por haber tenido un poco más de coraje a su debido tiempo, pero no se le ocurrió que todavía podía ser valiente. El secreto de Jane galbreg y la maldita entrada en el diario le obligaban a mantener la boca cerrada. Pasaron las horas, los alumnos empezaron a llegar. Los miembros del desdichado Gray fueron repartidos entre unos y otros y nadie hizo comentar la cabeza. Hizo feliz a Richardson y antes de que sonara a la hora de salida, fetz temblaba exultante al comprobar lo lejos que habían llegado ya en lo referente a su seguridad. Durante dos días continuó observando con creciente alegría el espantoso proceso de ocultación. Al tercer día apareció McFarlane había estado enfermo, dijo, pero recobró el tiempo perdido gracias a la energía con que dirigía a los estudiantes. A Richardson en particular, le concedió su valiosísima ayuda y Consejo, y el estudiante, alentado por los elogios del auxiliar de prácticas, se consumía repleto de esperanzas ambiciosas y veía ya la medalla a su alcance antes de que acabara la semana. La profecía de MacFarlane se había cumplido fets, había sobrevivido a sus terrores y había olvidado su vileza. Empezaba a vanagloriarse de su valor y había acomodado la historia en su mente de tal forma que podía recordar lo sucedido con morboso orgullo a su cómplice, Pero poco se encontraban, por supuesto, en los quehaceres de la clase. Ambos recibían órdenes del señor que a veces intercambiaban en privado una o dos palabras y McFarlane se mostraba en todo momento especialmente amable y jovial, pero era evidente que evitaba cualquier referencia a su común secreto. E incluso cuando fetz Le susurró que se había pasado al bando de los leones y renunciaba a los corderos, se limitó a indicarle con una sonrisa que guardase silencio. Al fin se presentó una ocasión que volvió a unir más íntimamente a la pareja. El señor k estaba otra vez es caso de existencias, los alumnos estaban impacientes y uno de los pruritos de aquel profesor consistía en estar siempre bien provisto por aquel. Entonces llegaron noticias de un entierro en el rústico cementerio de Glencorse. El paso del tiempo había cambiado muy poco. El lugar en cuestión erigíase entonces, como ahora, en un cruce de caminos alejado de viviendas humanas y sepultado a una brasa de profundidad bajo el follaje de seis cedros. Los únicos sonidos que perturbaban el silencio en torno a la iglesia rural eran los validos de las ovejas en las colinas vecinas. Los riachuelos que corrían a ambos lados, uno cantando ruidosamente entre guijarros y el otro chorreando sigilosamente de Charca en Charca, el murmullo del viento, en los enormes y viejos castaños en flor y, una vez cada siete días, el tañido de la campana y los cánticos antiguos del chantre. Al resurreccionista por emplear un término de la época, no lo detenía ningún santo respeto basado en costumbres piadosas formaba parte de su oficio el despreciar y profanar, los pergaminos y las trompetas de las viejas tumbas, los senderos hollados por pies devotos y dolientes y las ofrendas e inscripciones de desconsolado afecto. Los vecindarios rústicos en los que el amor es más tenaz de lo corriente y donde toda la sociedad de una misma parroquia se haya unida por lazos de sangre o de compañerismo. Lejos de repeler al ladrón de cadáveres por respeto natural, le atraían por lo fácil y seguro de la tarea a los cadáveres depositados bajo tierra en gozosa expectación de un despertar muy diferente les acaecía aquella apresurada y terrorífica resurrección a base de pico y pala A la luz de una linterna. El ataúd era forzado, las mortajas rasgadas y los melancólicos restos cubiertos de arpillera. Después del traqueteo de unas horas por caminos apartados sin luna, eran finalmente sometidos a las mayores indignidades delante de una clase de muchachos boquiabiertos como buitres. Abatiéndose sobre un agonizante cordero. Fetz y McFarlane se disponían a abalanzarse sobre una tumba en aquel verde y tranquilo lugar de reposo. La esposa de un granjero mujer que había vivido sesenta años y era conocida únicamente por su excelente mantequilla y sus piadosas conversaciones, iba a ser arrancada de su sepultura a medianoche y llevada muerta y desnuda a aquella lejana ciudad que siempre había visitado con sus mejores galas. Su lugar al lado de la familia. Iba a r a quedar vacío hasta el día del juicio final, sus inocentes y casi venerables miembros serían expuestos a la extrema curiosidad del anatomista. Avanzada la tarde, la pareja se puso en camino bien arropados en sus capas y provistos de una formidable botella. Llovía sin remisión, una lluvia fría densa en tromba. De vez en cuando soplaba una ráfaga de viento, pero las cortinas de agua seguían cayendo. Pese a la botella. Tuvieron un viaje triste y silencioso hasta Peniquick, donde iban a pasar la tarde. Se detuvieron para esconder sus utensilios en un espeso matorral no lejos del cementerio, y luego entraron en la posada Fisher Strist para tomar una tostada al calor de la lumbre y alternar sus tragos de whisky con un vaso de cerveza. Cuando llegaron al final de su viaje, pusieron a cubierto el calesín, dieron al caballo pienso y acomodo y los dos jóvenes doctores se sentaron en un reservado ante la mejor cena y el mejor vino que la casa podía ofrecer la Las luces u l l fue la la lluvia golpeando en la ventana y la macabra. E incongruente tarea que tenían ante sí. Estimularon su goce de la comida con cada vaso que bebían aumentaba su cordialidad. Pronto macfar le impuso en manos de su colega un montón de monedas de oro un detalle dijo entre amigos. Estos malditos pequeños préstamos deberían menudear como los papeles enrollados para encender la pipa. Fetz se guardó el dinero en el bolsillo y alabó en voz alta el comentario eres todo un filósofo. Exclamó yo era un asno hasta que te conocí tú y ca por belcebuque entre los dos haréis de mí un hombre, por supuesto que lo haremos. Aprobó McFarlane, un hombre te aseguro que habías de serlo para respaldarme la otra mañana más de un cobarde, gran dullón, pendenciero y cuarentón se habría descompuesto con sólo ver aquella condenada cosa, pero tú no no perdiste la cabeza. Te estuve observando bueno y por qué iba a hacerlo se jack Offetzs, no era asunto mío. Por un lado, no saldría ganando más que disgustos y, por el otro, podría contar con tu gratitud. Me comprendes y se dio una palmada en el bolsillo hasta hacer sonar las piezas de oro. MacFarlane se sintió alarmado hasta cierto punto ante aquellas desagradables palabras. Puede que le pesara el haber aleccionado tan certeramente a su joven colega, pero no tuvo tiempo de entrometerse, pues el otro continuó haciendo mucho ruido con el mismo aire jactancioso. Lo importante es no tener miedo. Ahora bien, entre nosotros te aseguro que no quiero que me cuelguen eso a efectos prácticos. Pero en cuanto a la gasmoñería McFarlane, la desprecio desde que nací, el Infierno Dios, el demonio, el bien, el mal, el pecado, el crimen y toda esa vieja galería de curiosidades pueden asustar a los muchachos, pero los hombres de mundo, como tú y como yo los desdeñamos brindemos a la memoria de Grey se estaba haciendo demasiado tarde. Según lo acordado. Llevaron a la puerta el Calesín con los dos faroles encendidos y los jóvenes pagaron su cuenta y prosiguieron su camino. Hicieron saber que se dirigían a Pebels y tomaron esa dirección hasta perder de vista las últimas casas de la ciudad. Luego, con los faroles apagados, volvieron sobre sus pasos y siguieron por una carretera secundaria hacia Glencorse. No se oía más ruido que el de su propio carruaje y el incesante y estridente caer de la lluvia estaba oscuro como boca de lobo. Aquí y allá, una puerta blanca, una piedra encalada de alguna tapia les guiaba a través de la noche durante un trecho, pero la mayor parte del tiempo siguieron caminando al paso y casi a tientas en medio de aquella resonante oscuridad hacia su solemne y solitario destino en las profundidades del bosque que cubre los alrededores del Campo Santo. Les faltó visibilidad y tuvieron que encender una cerilla para volver a iluminar uno de los faroles del Calesín. Así bajo los boteantes árboles y rodeados por el ls enormes sombras movedizas llegaron al escenario de su impío trabajo. Ambos eran expertos en tales asuntos y eficientes con la pala y cuando llevaban apenas veinte minutos en el tajo, fueron recompensados con el sordo ruido metálico en la tapa del ataud. Al mismo tiempo, McFarlane, habiéndose lastimado la mano con una piedra, la arrojó despreocupadamente por encima de su cabeza. La tumba, cuyo nivel ahora les llegaba a la altura de los hombros, se encontraba próxima al final de la explanada del cementerio, para iluminar mejor su trabajo habían apoyado el farol del Calesín contra un árbol al borde mismo de la escarpada pendiente que descendía hasta el arroyo. La casualidad hizo que la piedra diera en el blanco. Se oyó un estrépito de cristales rotos. La noche cayó sobre ellos unos ruidos alternativamente sordos y resonantes anunciaron que el farol rodaba pendiente abajo, colisionando de vez en cuando con los árboles. Unas cuantas piedras que el farol había desplazado en su casa rodaron tras él hasta el fondo de la cañada y luego el silencio, como la noche volvió a dominarlo todo y por más, que agusaron el oído hasta el máximo. No se oía más que la lluvia unas veces al compás del viento otras cayendo a un ritmo constante sobre millas y millas de campo abierto tan próximos estaban al término de su detestable tarea, que juzgaron más conveniente completarla a oscuras. Exhumaron el ataúd y lo forzaron, Introdujeron el cadáver en el empapado saco y entre los dos lo llevaron hasta el Calesín. Uno de ellos se montó para mantenerlo en su sitio y el otro, cogiendo al caballo por el bocado, lo condujo a tientas a lo largo de la tapia y entre arbustos hasta llegar al camino más ancho cerca de Fisher Strist. Desde allí llegaba un tenue y raro resplandor que acogieron como si se tratara del amanecer. Con su ayuda, pusieron el caballo al trote y empezaron a traquetear alegremente en dirección a la ciudad. Ambos se habían calado hasta los huesos durante la operación y ahora, al saltar el calescn neo las profundas rodadas, la cosa que sostenían entre los dos caía bien sobre uno, bien sobre el otro. Cada vez que se repetía aquel horroroso contacto, uno u otro instintivamente se apresuraban a rechazarlo y el proceso, aunque fuese natural, acabó por afectar a los nervios de ambos. MacFarlane hizo alguna broma desagradable acerca de la esposa del granjero, pero sonó tan falsa que se perdió en medio del silencio. La anormal carga seguía golpeando de un lado a otro y o bien la cabeza se apoyaba confiadamente en los hombros de ellos, o bien la empapada tela de saco golpeaba fríamente sus rostros. Un progresivo escalofrío empezó a dueñarse del ánimo de Fetz. Escudriñó el fardo y le pareció algo mayor que antes. Por todo, el campo y desde diferentes distancias, los perros de las granjas acompañaban su paso con trágicos aullidos y en su mente fue creciendo la sospecha de que se había llevado a cabo algún prodigio sobrenatural, que algún cambio indecible le había acontecido al cadáver y que si los perros aullaban era porque tenían miedo de su infernal cargamento por el amor de Dios. Dijo Fetz haciendo un gran esfuerzo para llegar a hablar por el amor de Dios, encendamos una luz. Aparentemente, MacFarlane estaba igualmente afectado, pues aunque no respondió, detuvo al caballo, le pasó las riendas a su compañero, descendió del calesín y procedió a encender el farol que aún les quedaba en aquel momento. Acababan de dejar atrás el cruce que conduce a Uchendini seguía lloviendo a cántaros como si estuviera volviendo el diluvio, y no era tarea fácil encender una luz en medio de semejante aguacero y a oscuras. Cuando finalmente la vacilante llama azul fue transferida a la mecha y ésta comenzó a expandirse y a dar más luz, derramando alrededor del calecín un amplio círculo de resplandor mortecino. Los dos jóvenes pudieron verse el uno al otro y también la cosa que llevaban con ellos. La lluvia había ceñido la áspera arpillera a la silueta del cuerpo. En ella envuelto, la cabeza se distinguía del tronco. Los hombros estaban perfectamente moldeados, algo a la vez espectral y humano. Atrajo los ojos de ambos hacia su espantoso compañero de viaje. Durante algún tiempo McFarlane permaneció inmóvil sosteniendo el farol. Un pavor indecible. Envolvió el cuerpo de Fetz como una sábana mojada y tensó la piel blanca de su rostro. Un miedo que carecía de sentido un horror a lo que pudiera hacer. Siguió asaltándole la mente un segundo más y habría hablado, pero su camarada se le adelantó. No es una mujer, dijo McFarlane en voz muy baja. Era una mujer. Cuando la pusimos dentro, Susurrófets sujeta el farol, dijo el otro. Tengo que verle la cara y mientras Fetz cogía el farol, su compañero desató las ligaduras del saco y retiró la parte que cubría la cabeza. La luz alumbró con claridad las bien moldeadas facciones y las tersas mejillas de un semblante demasiado familiar para estos jóvenes, que a menudo lo habían contemplado en sus sueños. Un espantoso alarido resonó en medio de la noche. Ambos saltaron a la carretera, cada uno por su lado. El farol cayó, se rompió y se apagó, y el caballo aterrorizado por tan insólito alboroto dio un brinco y partió al galope tendido llevando consigo como único ocupante del Calesín. El cadáver del difunto grey, que hacía ya tiempo había pasado por las mesas de disección. Acabamos de escuchar esta historia que se basa en los hechos históricos de los asesinos de Edimburgo borki Her, quienes en la década de mil ochocientos veinte, vendieron los cuerpos de sus víctimas a la escuela de medicina. El relato juega con el tema del mal necesario y cómo la codicia y la ambición pueden nublar el juicio ético. El ámbito médico se presenta como un entorno donde las líneas entre lo moral y lo inmoral pueden ser borrosas y los que están dispuestos a cruzar esas líneas pueden prosperar. El personaje de Fetz representa la conciencia moral en conflicto. Su transformación de un joven inocente a alguien que está dispuesto a aceptar los métodos de McFarlane es una poderosa crítica de la corrupción moral. McFarlane, por otro lado, representa la ambición desenfrenada. Su disposición para ignorar la ética en nombre del avance científico, lo pinta como un personaje oscuro y ambiguo. Stevenson también explora el concepto de castigo. A pesar de sus crímenes Fetz y mcfarley nunca son castigados por la ley. En cambio, llevan el peso de sus actos a través de la culpa y el miedo. Stevenson sugiere que aunque la justicia legal puede no llegar, la justicia moral es inevitable. El ladrón de cadáveres es un relato inquietante que cuestiona los límites de la moralidad en el nombre de la ciencia y el progreso, y las consecuencias inevitables de transgredir esos límites