Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Algo Nos Atacó En Medio Del Océano (3 Historias En El Océano) Historias De Terror -Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Siempre había soñado con la posibilidad de adentrarme en el vasto mar un anhelo que nació en mi niñez y que finalmente, a los veinticinco años se hizo realidad. Mi primer encuentro con las aguas del Océano se produjo en un día soleado en la playa en compañía de amigos que compartían mi entusiasmo. El día prometía ser increíble, pero no precisamente por las razones que habíamos anticipado. Mientras disfrutábamos de la playa, entablamos una inesperada amistad con un grupo de personas que congeniamos de manera asombrosa la química. Fue tan palpable que al caer la tarde decidimos aventurarnos juntos por la ciudad con con la noche ya en su esplendor, regresamos a la playa y encendimos una fogata que iluminaba nuestros rostros durante nuestras charlas en la cálida luz del fuego. Uno de nuestros nuevos amigos reveló que pertenecía a una familia adinerada prácticamente millonaria, pero con un pequeño matiz Aunque no podía disponer directamente del dinero, tenía acceso a las comodidades que el dinero de sus padres proporcionaba. Así, no podía comprarse un automóvil, pero tenía a su disposición uno de los tres vehículos de lujo que reposaban en su casa. Además, sus padres poseían una embarcación y con gran generosidad, nos invitó a todos a una excursión en alta mar al día siguiente. Una idea que entusiasmó a todos por igual. Al siguiente día, al llegar al muelle que nos habían indicado, nos dimos cuenta de que no éramos los únicos invitados. Aparentemente, el joven había extendido su invitación a sus primos y a otros amigos, que nos convirtió en un grupo de alrededor de veinte personas ansiosas por embarcarnos en esta emocionante aventura. Sin embargo, la historia dio un giro inesperado cuando, después de alejarnos de la costa durante aproximadamente cuatro horas, algo falló en la embarcación y nos quedamos varados en alta mar. Al principio, la situación no nos generó gran preocupación, ya que en la embarcación había suficiente comida y alcohol para mantenernos entretenidos. Además, el capitán, con un optimismo inicial, nos aseguró que repararía el barco en un par de horas, lo que nos permitiría regresar al muelle antes del anochecer. Sin embargo, esas dos horas transcurrieron y, junto con ella se agotaron las provisiones de comida y bebida, mientras el barco permanecía varado en el inmenso mar Fue entonces cuando el capitán, visiblemente inquieto, nos comunicó que probablemente tendríamos que pasar la noche en esas aguas. El joven Millonario, un tanto contrariado por la situación, solicitó al capitán una explicación sobre la razón por la cual la embarcación no funcionaba. El capitán, también preocupado, le informó que, a pesar de haber solucionado la avería, el barco seguía sin moverse, lo cual desconcertaba a todos. A bordo. El joven, que tenía algunos conocimientos sobre la mecánica de barcos, corroboró que todo estaba en perfectas condiciones, pero que inexplicablemente el barco se negaba a arrancar. Nuestra ansiedad crecía al observar al capitán, cuya expresión revelaba una preocupación más profunda de la que estábamos dispuestos a admitir. Ante nuestras crecientes dudas, el capitán decidió compartir con nosotros una creencia arraigada En su familia. Nos contó historias en las que el mar, por razones misteriosas e incomprensibles, cobraba vida y se comportaba de manera caprichosa, incluso reteniendo embarcaciones en su vasto dominio. Sin embargo, o nosotros éramos jóvenes con no más de veinticinco años y aunque no estábamos embriagados si habíamos consumido algo de alcohol. Por lo tanto, lo que el capitán nos relataba sonaba a primera vista como simples supersticiones sin fundamento. Mis amigos, en un intento de romper la tensión, se mofaron de su relato, considerando estas creencias como absurdas e infundadas. Pero la seriedad en el rostro del capitán desafiaba las risas burlonas del grupo. Mientras permanecíamos en ese barco, todo nuestro alrededor estaba envuelto en una obscuridad que se sentía opresiva, pero afortunadamente, la embarcación estaba equipada con unas luces, tenues que arrojaban una débil luz en los alrededores. Nunca me habría imaginado que el mar en plena noche pudiera adquirir un carácter tan siniestro. En medio de esa inquietante atmósfera, comencé a escuchar ruidos inusuales en el entorno. De repente pude observar como un grupo de delfines se emergió de las aguas realizando breves saltos fuera del mar. La emoción se apoderó de mí, ya que nunca antes había tenido la oportunidad de presenciar la belleza de estos animales. Con entusiasmo. Compartí mi descubrimiento con los demás quienes voltearon su atención hacia el mar esperando ver a los delfines saltar nuevamente. Fue entonces cuando el capitán nos advirtió que este tipo de experiencias eran precisamente a las que se refería con sus historias. La expresión de desconcierto se reflejó en nuestros rostros. Mientras mirábamos al capitán con escepticismo, pero la sorpresa no tardó en apoderarse. De nosotros. Escuchamos un sonido grave y al mismo tiempo, el barco se movió ligeramente. Uno de los primos del joven Millonario gritó señalando algo en el agua. Todos nos precipitamos hacia donde estaba él y, efectivamente, pudimos avistar una figura emergiendo del mar. Lo lo más s s s SR de todo era que, a pesar de tener rasgos que recordaban a un rostro humano, era evidente que no se trataba de una persona. La criatura tenía una piel de un tono azul verdoso, salpicada con manchas negras que le conferían un aspecto siniestro. Sus cuencas oculares estaban extraordinariamente abiertas, como si sus gigantescos globos oculares estuvieran a punto de salir disparados en cualquier momento. Sus dientes puntiagudos relucían como cuchillos afilados y la criatura se encontraba a escasos metros de distancia. La criatura parecía ser consciente de nuestra atención, ya que después de unos segundos emergió un poco más del agua y fue entonces, cuando pudimos observar una parte de su cuerpo que se asemejaba a la de un animal marino. A pesar de mi desconocimiento sobre especies marinas, puedo decir que su cuerpo parecía tener rasgos pisiformes. El asombro y el terror se apoderaron de nosotros en inmendios, dejándonos paralizados en un misterioso silencio. Sólo el sonido de nuestra respiración entrecortada, interrumpía la tensa atmósfera y un vapor blanco emanaba de las fosas nasales de la monstruosidad. De repente, las cuencas de sus ojos se abrieron aún más y comenzó a fluir sangre de ellas, un fenómeno aterrador que no podíamos comprender del todo. Sin embargo, lo peor estaba por venir. La criatura. Abrió su boca de una manera grotesca y dejó escapar un grito ensordecedor, un sonido tan estridente que nos vimos obligados a taparnos los oídos de manera instintiva, ya que resultaba insoportable. En medio de esta horrenda clacofonía, el capitán intentó desesperadamente que el barco se moviera, apartó las manos de sus oídos para maniobrar y pude ver cómo comenzaban a brotar gotas de sangre de sus tímpanos. Sin embargo, logró poner en marcha el navío y comenzamos a alejarnos del escenario aterrador. Pensamos que habíamos dejado atrás el horror, pero el monstruo decidió nadar tras nosotros y a medida que nos distanciábamos los aterradores gritos de la criatura se volvieron cada vez más tenues hasta que finalmente desapareció en el horizonte. Fueron los momentos más angustiantes y desesperados que jamás había experimentado en mi vida a bordo. Todos estábamos en estado de chock tratando de procesar lo que habíamos presenciado en medio de la oscuridad marina. Después de alejarnos lo suficiente de la criatura la atmósfera de terror que había invadido, el barco comenzó a disiparse lentamente y los suspiros de alivio y las miradas de incredulidad se entremezclaban en los rostros de la tripulación y los pasajeros. Nadie podía explicar lo que habíamos presenciado. A medida que la noche se convertía en amanecer, regresamos al muelle, donde nos esperaba un equipo de rescatistas preocupados por nuestra desaparición. Al llegar a tierra firme, nadie parecía dispuesto a hablar de lo que habíamos vivido la incredulidad y el temor nos mantenían en silencio, y cada uno de nosotros intentaba reprimir los recuerdos de esa espeluznante experiencia. La historia que compartíamos entre nosotros, una versión editada y simplificada, fue que el barco había experimentado una falla mecánica y que el capitán había hecho todo lo posible para llevarnos de regreso de manera segura. Aunque nuestras mentes sabían la verdad, nos resistimos a admitirlo, ya que enfrentar la realidad resultaba demasiado aterrador. Con el tiempo, cada uno de nosotros siguió su propio camino, pero ninguno de nosotros pudo olvidar esa noche en el mar, cuando enfrentamos lo inexplicable y lo sobrenatural. La criatura, los gritos y la sangre en los ojos se convirtieron en pesadillas recurrentes que nos persiguieron a lo largo de los años, recordándonos que el océano a veces guarda secretos más oscuros de lo que jamás podríamos imaginar. El capitán, por su parte, nunca volvió a ser él mismo y se retiró de la navegación llevándose consigo una verdad que sólo él conocía en su totalidad. En muchas ocasiones se tiende a evocar la figura de los piratas como un vestigio del pasado, un recuerdo de épocas antiguas. No obstante, las realidades que los piratas nunca han cesado de existir En la actualidad. Se han modernizado y operan armados con letales ametralladoras, saqueando embarcaciones de gran valor. En mi juventud, impulsado por la ambición y la sed de adrenalina, me unía una tripulación de piratas. No se trataba de la imagen romántica de barcos de madera con velas negras ondeando calaveras y espadas brillantes. Nuestra realidad era bastante diferente, ya que formábamos parte de una ópera para una organización criminal. Aunque nunca llegamos a ver al jefe en persona, necesitábamos su permiso para navegar en las aguas del Pacífico. En esa época, mientras el jefe trabajaba para el señor de los cielos, sólo su gente tenía la autorización para surcar el Pacífico. Para obtener ese permiso teníamos dos opciones, pagar una determinada suma de dinero o transportar una cantidad específica de mercancía de un punto a otro. Cumplir con cualquiera de esas cuotas nos otorgaba el derecho de interceptar barcos mercantes, saquear su contenido y posteriormente contrabandearlo. En una ocasión, el encargado de vigilar el horizonte emitió una señal de alarma que indicaba la presencia de algo inusual en el agua. No se trataba de un avío convencional, sino de un extraño objeto solitario que flotaba sin rumbo definido. Su brillo sugería la posibilidad de que contuviera algo valioso, lo que nos motivó a dirigir el barco hacia él. A medida que nos acercábamos la forma del objeto se tornaba más nítida, revelando su naturaleza inesperada. Era una cruz. Suponíamos que se trataba de algún objeto caído de otro barco, posiblemente parte del equipaje de un sacerdote u otro elemento similar. A medida que nos aproximábamos, una revelación capturó nuestra atención. La cruz no estaba hecha de madera ni de metal, sino que estaba compuesta principalmente de coral. Los corales brillaban en tres tonalidades distintas, un rojo sangre intenso, un rosa pálido y un tono hueso. Lo que resultaba aún más curioso era que, a pesar de ser una cruz cuyos colores deberían inspirar serenidad, su diseño tenía un aire inquietante. Tal vez pueda sonar absurdo, pero daba la impresión de que esa cruz había sido empleada en un exorcismo o en rituales satánicos, algo en su apariencia emanaba una r rnda turbadora anomalía. A pesar de la evidente rareza del objeto. Albergamos dudas sobre recogerlo, aunque era evidente que poseía un alto valor, su rareza suscitaba inquietud, como enfrentarse a un cocodrilo por su valiosa piel. Fue el capitán quien, tras una breve reflexión, sugirió que la aparición de la cruz podría ser una especie de señal, aunque no tenía la menor idea de su significado. Finalmente decidimos izar el objeto a bordo. Para nuestra sorpresa resultó ser mucho más pesado de lo que aparentaba, como si estuviera relleno de cemento, aunque eso resultaba imposible, ya que flotaba. Con la llegada de la noche, acontecimientos extraños comenzaron a tejer su manto de misterio. El primero en verse afectado fue uno de los hombres que había participado en el traslado de la Cruz, quien repentinamente cayó enfermo. Poco después, una melodía misteriosa llenó el aire. A pesar de que no teníamos ningún dispositivo de música a bordo. Las notas musicales resonaban en medio de un siniestro telón de fondo. Mientras el hombre enfermo se retorcía de dolor. La situación se tornó aún más desconcertante cuando risas comenzaron a inundar el barco desde puntos indeterminados, como si un grupo de personas se carcajeara desde las profundidades de la estructura. Nada de lo que estaba ocurriendo parecía tener una explicación lógica o coherente. Cuando finalmente logramos localizar al capitán y lo encontramos, su mirada estaba atrapada en un hipnótico trance. Mientras contemplaba la Cruz de Corales, intentamos despertarlo, le hablamos, lo sacudimos, incluso le arrojamos agua, pero ninguna de nuestras acciones parecía sacarlo de su estado de trance. Ni siquiera un parpadeo respondió a nuestros esfuerzos. El pánico se apoderó de todos nosotros y la certeza de que la Cruz de Corales estaba maldita y que habíamos incurrido en un grave error al traerla a bordo se apoderó de nuestras mentes. Los cinco aún aturdidos y asustados, nos sumergimos en un acalorado debate sobre el curso de acción a seguir. Fue en ese momento cuando el barco, de manera inesperada, se detuvo por completo. A pesar de contar con suficiente combustible, nuestra embarcación permanecía inmóvil, desafiando las leyes del movimiento natural en el agua. Lo que más nos inquietó fue la aparición de una cortina densa de neblina en el horizonte. Este banco de nieblas se aproximaba rápidamente hacia nuestra posición, amenazando consumirnos en una oscuridad total. La cortina de neblina era de tal altura y densidad que bloqueaba por completo la luz de la luna, a pesar de que ésta brillaba con gran intensidad en aquella noche y la neblina eclipsó todo el resplandor lunar con las palabras agotadas y el silencio como único acompañante los cinco a bordo notamos que el único sonido que rompía el manto de silencio eran los dolorosos quejidos de nuestro compañero enfermo. Nada más escuchaba. Las pequeñas olas seguían golpeando el barco, pero el sonido que deberían haber generado se encontraba extrañamente ausente, creando una atmósfera desconcertante y asfixiante. En ese instante, un coro de voces masculinas emergió desde las profundidades del agua. Las palabras eran ininteligibles, como si cientos de voces murmuraran al unísono. No se trataba de los cánticos de sirenas, como algunos sugirieron, pues las voces eran masculinas, no femeninas y no llevaban una melodía armoniosa. En lugar de sirenas. Parecía que las almas de todos los hombres que habían perdido la vida en el vasto mar estaban manifestándose. Uno de nuestros compañeros se arrodilló y comenzó a rezar, implorando frenéticamente que todos cesara tratamos de calmar. Pero sus oraciones sólo aumentaron la atención en el barco, avivando nuestros nervios. Imaginen la escena un compañero gritando de dolor, otro clamando al cielo y cientos de voces murmurantes surgiendo desde todas direcciones. Todo esto mientras estábamos barados en un barco inmóvil en medio del mar. No deseo esa experiencia ni a mi peor enemigo. Finalmente, uno de nuestros compañeros no pudo soportarlo más. Se tapó los oídos, cerró los ojos y con un movimiento decidido se lanzó al agua desde la cubierta del barco. La situación se tornaba cada vez más desesperante y me acerqué al jefe, quien seguía hipnotizado por la Cruz de Coral. Sin embargo, noté un cambio en la cruz. Sus colores habían oscurecido tornándose casi completamente negros Algo en ese objeto me atraía y estuve a punto de tocarlo cuando el jefe, en un acto de lucidez momentánea, me advirtió no la toques. Las palabras del jefe me sacaron de mi trance momentáneo y volví la mirada hacia él. A pesar de su aparente estado catatónico, creo que estaba consciente, ya que su advertencia me protegió de caer bajo el mismo hechizo. Regresé al grupo en un silencio sepulcral y no sé cuánto tiempo había transcurrido, pero en algún momento nos dimos cuenta de que el compañero enfermo había dejado de gritar así a un buen rato. Preocupados nos dirigimos a su ubicación sólo para descubrir que había desaparecido sin dejar rastro, como si se hubiera esfumado. En la noche. Dos de nosotros se habían esfumado. En esta pesadilla marítima. El barco, a pesar de no ser especialmente grande, no dejó margen para la pérdida de tiempo. En menos de tres minutos peinamos el barco en busca de nuestro compañero, pero no hubo rastro de él en ninguna parte y la situación era más que aterradora. En medio de la incertidumbre. Vislumbramos al jefe, quien avanzaba lentamente. Nuestra intención era acercarnos a él, pero notamos que abrazaba la Cruz de Coral, y eso nos crenó en seco. Permanecimos inmóviles observando con incredulidad el jefe sin mediar palabra, se lanzó al agua llevándose consigo la cruz de Coral. No hizo ningún intento por nadar. Simplemente se hundió en las profundidades, en un silencio inquietante. En ese mismo instante, las voces que surgían del agua se extinguieron y la niebla comenzó a desvanecerse gradualmente. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que el amanecer estaba llegando trayendo consigo una luz que despejaba las sombras de la noche. No quedaba más que una opción regresar al puerto. A medida que nos alejábamos del lugar de los hechos, la sensación de inquietud comenzó a disiparse lentamente. Habíamos sobrevivido a una pesadilla, pero la extrañeza y el horror que habíamos experimentado aún nos perseguían. Una vez en el puerto nos enfrentamos a una encrucijada. Deberíamos compartir la verdad de lo que había ocurrido. Sabíamos que, en primer lugar, nadie nos creería y, en segundo lugar, podrían acusarnos de estar involucrados en la desaparición de nuestros compañeros. Finalmente, optamos por una mentira. Afirmamos que habíamos enfrentado a otro barco en un violento enfrentamiento marítimo y que habíamos sido derrotados por extraño que parezca. Esta versión fue aceptada sin dudar y nadie sospechó lo que realmente habíamos vivido en las profundidades del mar. Durante muchos años de mi vida me dediqué a la pesca en las extensas costas de San Fernando específicamente en las vastas llanuras del Golfo de México. Para llevar a cabo esta actividad, era necesario alejarse hasta un punto donde la plataforma continental se adentraba en las profundidades marinas, alcanzando un abismo de entre doscientos a dos mil metros. Las aguas de esa región podían en ocasiones tornarse engañosas, Aunque en la actualidad, en nuestros tiempos más contemporáneos, la pesca se ha vuelto una labor considerablemente segura gracias a los avances tecnológicos en dispositivos básicos, ya que en el pasado, cuando yo me dedicaba a este oficio, la mayoría de las familias de la ciudad lamentablemente tenían uno o más seres queridos que perdieron la vida en las profundidades del Golfo. En aquel entonces, cuando te encontrabas sólo en medio del vasto mar abierto rodeado de oscuras olas y vientos hostiles. La experiencia podía volverse un tanto inquietante. Recuerdo una ocasión en particular habíamos estado en alta mar durante varios días en una búsqueda implacable de una generosa cantidad de camarones. La temporada había sido desfavorable y no era rentable regresar sin nuestro barco repleto de esta apreciada carga. Por desgracia, todo parecía indicar que la fortuna no estaba de nuestro lado en esa travesía. El hijo mayor del propietario de la embarcación estudiaba en Estados Unidos y gentilmente nos proporcionó una herramienta invaluable para nuestro barco, un sonar de pesca. Hasta entonces nunca habíamos empleado ningún dispositivo de esta índole, ya que habíamos aprendido técnicas tradicionales para localizar las zonas clave de pesca. Sin embargo, dado el esfuerzo que el hijo del dueño hizo viajando hasta aquí, instalando el equipo y brindándonos una detallada instrucción sobre su funcionamiento, decidimos emplearlo y, efectivamente, demostró ser sumamente útil en nuestra empresa. Permíteme explicar de manera concisa y comprensible que es un sonar de pesca. Quiero aclarar que mi formación aC badémica es limitada, pero, según mi entendimiento, este dispositivo opera mediante la emisión de ondas sonoras hacia las profundidades marinas. Las ondas rebotan y regresan al aparato y, gracias a las diferencias en la forma en que el sonido se desplaza a través de los peces en comparación con las aguas limpias, el sonar puede detectar la presencia de animales bajo el agua. Esto ocurre debido a que los peces albergan una cierta cantidad de aire en sus cuerpos, lo que altera su densidad y permite que el sonar identifique su presencia cuando el aparato muestra en su pantalla una mancha significativa. Esto indica la existencia de una concentración de animales en las profundidades del mar. El sonar que utilizábamos tenía la capacidad de alcanzar grandes profundidades, aunque no estábamos buscando camarones a tales profundidades. Esa era la capacidad del aparato, al parecer uno de alta calidad. En una ocasion de s s s ns manera repentina, el sonar detectó algo a una impresionante profundidad de seiscientos metros, pero justo después de esta detección, el dispositivo dejó de funcionar. No relacionamos esta falla con lo que había sido detectado, ya que pensamos que se trataba de una simple coincidencia y en ese momento las olas eran feroces y el viento no nos favorecía, por lo que supusimos que las condiciones climáticas adversas habían provocado la avería del aparato. Mientras algunos miembros de la tripulación intentaban solucionar el problema del sonar, el resto de nosotros permanecía bajo cubierta sumidos en el aburrimiento. No teníamos otra opción que contemplar el inquietante horizonte, siguiendo la tradición que mi padre y su padre habían seguido antes que yo en una larga cadena de monotonía y soledad en el mar. Es posible que muchos hayan oído hablar del término talasofobia que se refiere a la sensación de incomodidad que la se experimenta al imaginar que bajo el agua podría acechar algo inquietante. Esa fue exactamente la sensación que me invadió aquel día cuando me acerqué a la orilla y miré hacia las profundidades del mar. En ese instante, una voz emergió de entre mis pensamientos, interrumpiéndolos de golpe era. El individuo a cargo del timón y su llamado indicaba que debía acudir a su lado. Sin dudarlo, me dirigí hacia el intrigado por su solicitud. Al llegar a su lado, me encontré con el colaborador que había ayudado a restablecer el funcionamiento del aparato. Ambos hombres parecían sumidos en un misterioso silencio, sin emitir palabra alguna. En cambio, sus rostros se contrajeron en un gesto de preocupación y sus dedos se dirigieron a la pantalla del sonar señalando con urgencia. Mis ojos se posaron en la pantalla del sonar pero en un primer vistazo nada me pareció fuera de lo común. Las sombras de sonido descendían a hasta tocar el lecho marino y ascendían con la normalidad esperada, tal como debería funcionar un dispositivo de este tipo. Fue entonces cuando los dos hombres me instaron a enfocarme en la lectura de la profundidad que el sonar registraba en el fondo marino. Al hacerlo, una oleada de inquietud se apoderó de mí. La pantalla mostraba una inverosímil profundidad de aproximadamente trescientos metros, algo que resultaba imposible, ya que en ese momento nuestra ubicación no debería haber estado tan cerca de la costa. No éramos precisamente navegantes de aguas abismales, pero al menos debíamos encontrarnos a unos novecientos metros de profundidad. Volteé la vista hacia mis compañeros tratando de atribuir este extraño hallazgo a un fallo técnico. Les aseguré que el sonar debía estar desajustado. Sin embargo, sus rostros reflejaban una mezcla de confusión y preocupación. La situación comenzaba a inquietarme. Miss siguiente pensamiento fue dirigirme al capitán, quien se hallaba disfrutando de una merecida siesta. Sin embargo, sabía que despertarlo con esta noticia lo pondría furioso, especialmente dadas las condiciones climáticas y la falta del sonar. Lo más sensato en ese momento era regresar al puerto de inmediato, evitando gastar combustible. En medio de tales circunstancias, como había previsto, la ida del capitán se desató con furia. Mientras caminábamos hacia él. Maldiciones y quejas llenaron el aire, mientras el culpaba a los dos técnicos de haber descompuesto el sonar. Cuando finalmente llegamos al lugar donde el capitán se encontraba descansando antes de que él pudiera articular palabra, los dos técnicos nos informaron sobre el extraño comportamiento del sonar. Según sus reportes, el aparato indicaba que el fondo se hallaba a una sorprendente profundidad de doscientos cincuenta metros y, lo más desconcertante, cada tres lecturas. La detección del fondo ascendía aún más. El capitán y yo, compartiendo una mirada de asombro, dirigimos nuestra atención a la pantalla del sonar Era innegable. El fondo marino se aproximaba peligrosamente al barco y la noción de que se tratara de un fallo del aparato se desvanecía rápidamente. Algo extraordinario estaba aconteciendo algo que escapaba a nuestra comprensión. El inusual espectáculo de cuatro personas escrutando la pantalla del sonar no pasó desapercibido para el resto de la tripulación. Uno de los miembros menos experimentados se acercó con curiosidad y preguntó la razón de nuestra preocupación. Antes de que pudiéramos responder, observó el radar y se percató de la misma anormalidad. Su única suposición fue que tal vez se trataba de una ballena. El capitán desestimó la idea de inmediato no era la temporada para la presencia de ballenas en s o área y, además, no existían ballenas de semejante envergadura en esa región. Aquí cabe destacar un detalle importante. Nuestra embarcación, aunque no era de gran tamaño. El sonar no sólo detectaba lo que se hallaba justo debajo de nosotros, sino que el sonido viajaba en un ángulo amplio a la profundidad a la que el sonar detectaba el fondo. Cualquier criatura marina sería de un tamaño descomunal, incluso superando a la ballena más grande conocida en el mundo. La inquietante proximidad del fondo quedó patente en la pantalla del sonar. La lectura ya no señalaba los doscientos cincuenta metros de profundidad, sino que disminuía de manera alarmante, llegando a situarse a menos de doscientos metros y finalmente a un inquietante umbral de ciento cincuenta metros de profundidad. Fue en ese momento que el capitán lanzó una conjetura. Tal vez se trata de un banco de arena. Aunque la posibilidad de encontrarnos con una formación de este tipo era extraordinariamente baja, no podíamos descartarla por completo. Un banco de arena se presenta cuando la acumulación de arena en una zona es tal que forma una especie de isla efímera que, dependiendo de las mareas, puede emerger a la superficie. Esta teoría cobró fuerza en nuestros pensamientos y el capitán ordenó una maniobra para evitar que la supuesta arena impactara contra la embarcación. Sin embargo, en cuestión de segundos se hizo evidente que esta hipótesis no se sostenía. A pesar de que habíamos iniciado el movimiento del barco, el sonar continuaba registrando la proximidad del fondo, que se aproximaba cada vez más. La inquietante cuenta regresiva continuó cien metros. Aceleramos setenta y cinco metros, intensificamos nuestros esfuerzos cincuenta metros y el nerviosismo se apoderaba de nosotros. Lo que está emergiendo de las profundidades marinas. Se acercaba inexorablemente y en ese momento toda la tripulación estaba al borde de sus asientos pendiente de la lectura del sonar. Nunca en toda nuestra experiencia como pescadores habíamos experimentado una tensión tan extrema. A pesar de nuestros esfuerzos por alejarnos, el aparato seguía indicando que el fondo se hallaba a sólo cuarenta metros de profundidad. Luego treinta metros y cuando la lectura marcó menos de veinte metros, ocurrió el impacto. El barco se tambaleó de manera abrupta y varios de nosotros, incluyéndome, fuimos arrojados al suelo. Debido a la brusca sacudida. El individuo a cargo del timón sufrió un impacto tan fuerte que sufrió una laceración en la ceja, lo que pintó su rostro de un inquietante rastro de sangre. El golpe se produjo en la parte trasera de la embarcación, sumiendo a toda la tripulación en un estado de asombro y temor. Una vez que logramos poner en pie a aquellos de nosotros que habían caído por la brusca sacudida, nuestras miradas se volvieron hacia el aparato del sonar. Lamentablemente, el impacto lo había dejado fuera de servicio, sumiéndonos en un estado de incertidumbre. Al estar privados de su orientación, los interrogantes comenzaron a brotar en voz alta todos ansiosos por comprender lo que había ocurrido. Sin embargo, el inquietante silencio del capitán habló más alto que cualquier conjetura, insinuando que estábamos enfrentando algo serio y posiblemente peligroso. Mientras la tensión seguía en aumento, el sonar permanecía en silencio sin mostrar señales de vida y la situación se tornaba más crítica con cada minuto que pasaba. Frente a la peligrosidad de la coyuntura, el capitán tomó la decisión de dar media vuelta y regresar, priorizando la seguridad de la tripulación. Por encima de cualquier otra consideración. Pasaron un uno unas largas tres horas antes de que el sonar volviera a cobrar vida y los parámetros que detectaba volvieron a la normalidad. Finalmente, logramos arribar al muelles sanos y salvos. No obstante, había un detalle que resultaba imposible pasar por alto. Al inspeccionar la popa de la embarcación, el extremo trasero que había recibido el impacto, descubrimos algo extraordinariamente extraño. Aunque era lógico esperar señales de un choque lo que nos encontramos. No era un simple golpe. En su lugar, parecían marcas que habían sido trazadas con veintitrés años de experiencia en la pesca. Jamás antes había presenciado algo tan desconcertante. Las marcas parecían como si un ser de dimensiones titánicas hubiera rasgado esa parte de la embarcación ya fuera con garras colmillos o espinas gigantes en su lomo. Relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras