Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Ponle Candado A La Puerta ( Recopilación De Pueblos Malditos #1 ) - Voces De La Noche
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- Crecí en una de las zonas más pobres de la ciudad de México. Siempre he creído que gente como nosotros simplemente somos los olvidados, como si la sociedad considerara que estamos perdidos desde que nacemos y que estamos condenados a tener el mismo destino que nuestros padres. Sin embargo, mi sueño siempre fue lograr salir de ahí y mi filosofía siempre fue hacer todo lo opuesto a lo que mis padres hicieran, por lo que siempre rechacé cualquier tipo de bebida, alcohólica u otro tipo de sustancias que no estoy seguro de poder mencionar. Por aquí no pude ni terminar la secundaria por temas económicos, por lo que desde los quince comencé a trabajar de lo que pudiera tratando de juntar lo suficiente para vivir en otro lugar, lejos de todo con lo que había crecido. Para mi suerte, lo logré poco antes de cumplir la mayoría de edad y, además de eso, cuando tuve los dieciocho, conseguí un trabajo como trailero. La paga no era mala, aunque era algo agotador. Sabía que no podía conseguir algo mejor. Además, era honrado y relativamente fácil. Me acuerdo que un día me tocó vivir algo que simplemente jamás he podido explicar y honestamente no creo que quiera saber la explicación. Debía transportar un cargamento a otra ciudad y era bastante tiempo, pero la paga no estaría mal por lo que emprendí mi viaje. Era la primera vez que hacía un viaje tan largo, por lo que salí con mucho tiempo de anticipación para no tener ningún contratiempo. Mirando el mapa me di cuenta de que debía pasar por una carretera que era bastante desértica, pero no le di importancia, pues no era la primera vez que pasaba por sitios rurales o poco poblados. Y aunque nunca exactamente por ahí, en ese momento de mi vida, ya no le tenía miedo a la carretera. El motor rugía bajo el capó de mi camión mientras recorría kilómetros interminables de carretera. Pronto comenzó a oscurecer, dejándome solo con la oscuridad de la noche. Había logrado avanzar un muy buen tramo y no me faltaba mucho para llegar a aquella carretera desértica. Pero, por lo mismo que no había descansado ni hecho muchas paradas, el cansancio comenzaba a dueñarse de mí. Mis párpados se volvían cada vez más pesados, amenazando con cerrarse por completo. A pesar de ello me resistía a detenerme odiaba dormir en la orilla de la carretera en mi tráiler y gastar dinero en un hotel. Me parecía un lujo innecesario. Además, estaba decidido a llegar a mi destino antes del amanecer el aburrimiento de la carretera se estaba volviendo cada vez más abrumador. El sonido del viento y los neumáticos se mezclaban haciendo un ruido muy similar al del ruido blanco. Luchaba con todas mis fuerzas para mantenerme despierto, agarrando el volante con fuerza y abriendo las ventanas en busca de aire fresco, pero nada parecía funcionar. El cansancio me dominaba. Fue entonces cuando divisé una tenue luz en la distancia. Un cartel anunciaba una estación de servicio a pocos kilómetros de distancia, Una idea cruzó mi mente si conseguía algo de cafeína, tal vez lograría mantenerme despierto el tiempo suficiente para llegar a mi destino. Sé que los traileros tenemos esta fama de consumir cierta sustancia para no dormir, pero puedo asegurar que yo jamás me metí nada de eso, porque lo que estoy a punto de relatar ocurrió conmigo estando completamente en mis cinco sentidos. Aceleré y pronto llegué a la estación de servicio. Aparqué el camión en una de las plazas y salí rápidamente de la cabina. Al entrar el tintineo de la campanilla anunció mi llegada. El lugar estaba casi desierto, iluminado por una luz florescente. Tenue que dejaba sombras en cada rincón. Me dirigí directamente al mostrador, donde un hombre de aspecto peculiar me observaba con curiosidad tenía el cabello desalineado y una mirada cansada. Me preguntó con una voz algo gruesa pero amable, que era lo que necesitaba. Yo le respondí que necesitaba la bebida energética más fuerte que tuviera. Bromé un poco con él diciéndole que si vendía en botellas de alitro, la compraría. Él sonrió y sacó unas cuantas latas del refrigerador, diciéndome que esas eran las que más le habían servido cuando necesitaba quedarse despierto. Ahí yo le agradecí y le pagué Él ya entrando un poco en confianza, me preguntó que a dónde iba. Yo le dije y él se puso algo serio. Me dijo que si quería su Consejo, lo mejor sería que me quedara a dormir en el trailer hasta que amaneciera. Yo le cuestioné al respecto y me dijo que las personas decían que la carretera a la que estaba por entrar se ponía muy extraña r n la por la noche. Yo le dije que gracias por su Consejo, pero que estaría bien la verdad. En los años que llevaba haciendo eso, si me había tocado vivir algunos eventos sobrenaturales, normalmente eran personas que estaban a media carretera y de un momento a otro desaparecían. Siempre creído en ese tipo de cosas y siempre pensé que aquellas apariciones que yo había visto eran más que nada almas en pena, que habían fallecido en carretera o algo por el estilo y si no me metía con ellos y lo respetaba, no tendrían por qué hacerme nada. Salí de la estación de servicio. Abrí una de las bebidas y la bebí de un solo trago esperando que la cafeína hiciera su efecto mágico. El sabor amargo y estimulante llenó mi boca despertando mis sentidos. Continué conduciendo en la noche, sintiéndome cada vez más alerta, pero algo no estaba bien a la Apenas entrar a la carretera, me volví a sentir cansado a cada kilómetro que más me adentraba. Dicha carretera parecía más pesada de lo habitual. De repente, una densa niebla envolvió el camino. La visibilidad se redujo a unos pocos metros Frente a mí, Mi corazón comenzó a palpitar con fuerza mientras intentaba mantener la calma dónde diablos había llegado. La niebla se espesó aún más, envolviéndome en una oscuridad sobrenatural. A través de la densidad miré figuras fantasmales que parecían moverse a lo largo de la carretera, mi pulso se aceleró y mi respiración se volvió agitada. De repente. Una voz susurrante resonó en mi cabeza. Te advertí que tuvieras cuidado, dijo el enigmático hombre de la estación de servicio. Has entrado en un reino donde las historias se vuelven realidad. Intenté gritar, pero mi voz quedó atrapada en mi garganta. Las figuras se acercaran cada vez más deslizándose entre la niebla con una maliciosa elegancia. Mi cuerpo temblaba de miedo, pero no podía escapar de esa pesadilla. Me desperté bruscamente con el corazón, atiendo desbocado justo a tiempo para evitar una tragedia en la carretera. El susto recorrió mi cuerpo mientras las gotas de Sudor se deslizaban por mi frente. Me di cuenta de que todo había sido sólo un sueño, una pesadilla. La realidad me golpeó con fuerza. Me había arriesgado innecesariamente al no tomar un descanso adecuado. Me sentí avergonzado y algo enojado por mi actitud, pues tenía un muy buen tiempo y sólo por mi terquedad había puesto mi vida en peligro. Reconocí que el gasto en un hotel era un pequeño precio a pagar por mi seguridad y la de los demás en la carretera, por lo que estaba decidido a detenerme en el primer hotel de paso que encontrara, aunque casi enseguida. Rectifiqué que era una zona abandonada y rural, por lo que encontrar un lugar sería difícil, por lo que dije que si en treinta minutos no encontraba nada, me orillaría y tomaría una siesta. Creo que conduje durante unos quince minutos en busca de cualquier indicio de un hotel abierto. Finalmente, mis ojos se posaron en un edificio que, aunque modesto y algo deteriorado, tenía un letrero luminoso que anunciaba habitaciones disponibles. Estacioné mi camión frente al hotel y entré deseando encontrar una cama cómoda que me permitiera recuperar mi energía. Al abrir la puerta me encontré con un escenario un tanto deprimente. En el vestíbulo estaba un hombre anciano con un sombrero de charro y ropa de manta. Estaba sentado en un viejo sofá. Junto a él, una mujer agotada intentaba calmar a dos bebés que parecían idénticos. Ambas personas parecían inmutables. Ante mi presencia como si no me vieran, decidí ignorar la extraña situación y caminé hacia el mostrador de recepción. Golpeé la campana varias veces, pero no hubo respuesta. Mientras tanto, el sonido ensordecedor de una película de terror se filtraba desde una sala. Decidí elevar la voz y pedir asistencia. La película se detuvo abruptamente y una mujer de mediana edad salió de la habitación pareciendo un poco molesta. Mi intención era ser amable, así que le expliqué que necesitaba una habitación. Sin embargo, en lugar de una respuesta amigable, ella simplemente tomó unas llaves y las lanzó hacia mí sin decir una palabra. Mi irritación comenzó a crecer, pero la fatiga prevaleció sobre cualquier deseo de confrontación. Acepté las llaves preguntando cuánto costaba la habitación. La mujer, de manera molesta, mencionó que se pagaba al amanecer opte por no discutir, entendiendo que no tenía muchas opciones en ese momento camino a mi habitación. Mi mente se llenó de preguntas sobre el extraño comportamiento de las personas en el hotel. Parecían zombis, pero supuse que tal vez estaban cansados por ser tan de madrugada. La habitación resultó ser modesta, pero limpia. Me dejé caer en la cama sintiendo cómo la fatiga se apoderaba de mí. Mi mente se nublaba mientras me sumergía en un sueño reparador, dejando atrás todas las extrañas experiencias de la noche. A medida que me sumergía en un sueño profundo, me pareció escuchar susurros distantes y el eco de pasos en los pasillos. Pero para entonces el cansancio me había vencido por completo y ya nada de eso me importaba justo cuando estaba a punto de quedarme profundamente dormido. Escuché el llanto de bebés proveniente de la habitación de enseguida. Los gemidos lastimeros se mezclaban con las súplicas desesperadas de su madre, rogándoles que se durmieran de una vez por todas. Mi paciencia se desvaneció rápidamente. Podría ser posible que los mismos bebés que vi junto a la mujer cansada en el vestíbulo, estuvieran en la habitación de al lado. Traté de bloquear el ruido colocando papel de baño en mis oídos, pero en lugar de silenciar los llantos parecían sonar aún más fuertes. La frustración me invadió y consideré la idea de ir a quejarme en la recepción. Pero antes de que pudiera levantarme, los llantos y suplicas cesaron de la nada, como si supieran lo que estaba a punto de hacer respiré profundamente, esperando que finalmente pudiera descansar. Cerré los ojos una vez más y me sumergí en la oscuridad de mis pensamientos. Sin embargo, mi intento de sueño reparador fue interrumpido por el sonido del teléfono, que retumbaba en la habitación con un suspiro de resignación. Maldije mi mala suerte y contesté el teléfono. Una voz joven y femenina resonó al otro lado de la línea. Disculpe pero habrá un retraso de treinta minutos en la entrega de sus zapatos. Dijo en tono apresurado. Eso me hizo enojar aún más zapatos. No recordaba haber solicitado ningún servicio relacionado con calzado. Me habían despertado por un anuncio que ni siquiera era para mí. Interrumpí a la mujer confundido y algo frustrado, pero tratando de controlarme, pues sabía que la chica tampoco tenía la culpa del todo. Había sido un simple error. Le expliqué que debía haberse equivocado de habitación, ya que no había hecho ninguna petición de ese tipo. Hubo un breve silencio al otro lado de la línea y luego la mujer se disculpó rápidamente. Antes de colgar, traté de dejarlo pasar y volver a mis ansias de descanso. Cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño durante unos minutos hasta que el maldito teléfono volvió a sonar con frustración y enojo crecientes. Contesté de nuevo esperando encontrarme con la misma voz desconcertante, y así fue la joven mujer Nuevamente mencionó lo de los zapatos, repitiendo exactamente las mismas palabras que antes. Corté la llamada incapaz de soportar otra ronda de esta extraña situación, pero el teléfono no estaba dispuesto a dejarme en paz. Volvió a sonar desafiante y persistente. Tomé el auricular ya irritado al límite y grité a través de la línea que no tenía interés en que limpiaran mis zapatos y que me dejaran dormir en paz antes de que la mujer pudiera decir una palabra. Colgué con rabia, decidido poner fin a esta absurda cadena de llamadas Arranqué el cable del teléfono de la pared y lo dejé. Caer al suelo con el silencio restaurado, me recosté en la cama una vez más sintiéndome exhausto y frustrado. Esta vez me prometí a mí mismo que nada interrumpiría mi tan anhelado descanso. Cerré los ojos con determinación dispuesto a sumergirme en un sueño profundo y sin perturbaciones. La oscuridad me envolvió gradualmente y finalmente me dejé llevar por el abrazo del sueño, esperando por fin poder descansar por unas horas y en esta ocasión, si lo logré, de hecho, empecé a soñar. Pero ese sueño ha sido una de las cosas más extrañas de mi vida. En mi sueño. Un hombre vestido de manera formal, pero con ropa de otra época, estaba sujetando el teléfono con furia, reclamando por no poder recibir sus zapatos a la hora que los había solicitado. Le gritaba a la persona del otro lado de la línea y después colgaba el teléfono con mucha furia, lo azotaba contra la caja. Después de eso me miraba con desaprobación. Yo me encontraba inmovilizado en la cama, incapaz de hacer algo más que observarlo. Me sacudía por los hombros mientras me decía muchacho tonto no perteneces aquí, despierta, despierta de una buena vez y después de eso solamente abría la boca. Dejando escapar el sonido agudo de un timbre telefónico. Su repetición constante se convirtió en un eco ensordecedor que penetró en mi mente. Mis ojos se abrieron de par en par y mi corazón latía con tanta fuerza que creí que se saldría de mi pecho. El teléfono en la vida real seguía sonando. No se trataba de un sueño, se trataba de la realidad. Salté de la cama y casi al mismo tiempo el sonido volvió a detenerse. Me apresuré hacia el baño, buscando refugio y tratando de recuperar la cordura con manos temblorosas. Abrí la llave del lavabo para salpicar agua en mi rostro y despejar mi mente. Sin embargo, en lugar del frescor que esperaba un chorro de agua hirviendo, salió disparado, quemando mis manos en el proceso, un grito de dolor escapó de mis labios. No podía seguir negando que algo muy extraño estaba ocurriendo ahí y sin pensarlo, dos veces salí corriendo de la habitación en busca de ayuda. La recepción se convirtió en mi destino y cada paso que daba aumentaba mi sensación de inquietud. Con el corazón aún palpitante por el miedo, salí apresuradamente de la recepción en busca de ayuda. Sin embargo, al atravesar la puerta, me encontré con una escena increíble. No había nadie afuera ni siquiera se escuchaban los murmullos de la película que antes resonaban en mis oídos. El silencio era abrumador. Era como si el lugar estuviera abandonado. Estaba a punto de tener un ataque de pánico. Cuando escuché un susurro que oía parecía salir de todas partes. Una sensación de pánico se apoderó de mí mientras observaba a mi alrededor. Cuando vi a la señora que me había dado la llave, estaba fuera del edificio, por lo que corría a su dirección. Pero cuando salí me di cuenta de que tampoco había nadie ahí. Tratando de entender lo que estaba sucediendo, me di la vuelta esperando encontrar algún indicio de vida, pero lo que vi me dejó helado. El hotel en el que creía haber entrado momentos antes, ahora se revelaba como un edificio abandonado y en ruinas. Las llamas del pasado habían devorado sus estructuras, dejando sólo restos carbonizados y ventanas rotas. Mi mente luchaba por aceptar la realidad había estado en ese hotel, había sido todo un sueño macabro o me encontraba en un lugar maldito. No había respuestas claras, sólo el temor que se apoderaba de cada fibra de mi ser n o n perder tiempo, volví corriendo hacia mi camión buscando alejarme lo más rápido posible de aquel lugar. Siniestro conduje durante horas, persiguiendo la salida de la oscuridad y la llegada del amanecer. Finalmente me detuve en un pequeño restaurante de paso, buscando un refugio temporal y algo de consuelo en la luz del día. Al entrar en el restaurante, fui recibido con miradas de sorpresa y preocupación por parte de los empleados y clientes. Mi aspecto demacrado y perturbado no pasó desapercibido uno de los hombres. El dueño del lugar se acercó con curiosidad y compasión. Estás bien, amigo, pareces haber pasado por algo espantoso. Aunque el miedo me invadía, decidí ocultar la verdad de lo ocurrido. No quería que me tacharan de loco o que pensaran que estaba inventando historias macabras, por lo que sólo les dije que había tenido una larga noche en la carretera. El dueño del restaurante me miró como si supiera más de lo que estaba dispuesto a compartir. Se acercó un poco más y me dijo no eres el primero que ha pasado por algo así con el hotel de la carretera. Amigo, ese lugar operaba en los noventa, pero hubo un incendio terrible y todos murieron. Dicen que, de vez en cuando atrapa a algún incauto viajero, mi corazón se detuvo por un momento. Las palabras del hombre resonaron en mi mente, confirmando mis sospechas. Lo que había vivido no era simplemente una pesadilla, sino una experiencia sobrenatural. Agradecí al hombre por su información y salí del restaurante con la certeza de que el hotel de la carretera era mucho más que un lugar abandonado, y así continué en mi viaje con la esperanza de que el paso del tiempo y la distancia me ayudaran a olvidar lo sucedido en aquel maldito hotel. Pero no nunca lo pude olvidar y aunque seguí trabajando de eso, nunca volví a aceptar viajes que me forzaran a pasar por aquella carretera rural. Crecí en una familia de testigos de Jehová en los Estados Unidos. Se podría decir que nunca tuve la oportunidad de salir de ese entorno. Pero para ser del todo honesto no es como si lo intentara. Me gustaba cada aspecto de la congregación. Sobre todo, recuerdo que, además de creer firmemente que yo estaba en la verdadera fe, me encantaba el sentido de comunidad que todos teníamos, siempre había cosas que te hacían sentir acompañado y con la fuerza para lograr lo que quisiéramos. Dediqué muchas horas a predicar y a tratar de escalar en mi congregación, pues sentía que estábamos en los últimos días y era mi deber tratar de llevar la palabra de Jehová Mundo, por lo que me concentré en aprender idiomas de manera intensiva y, de hecho, la congregué me pagó varios cursos intensivos al ver mi interés y gran devoción. Avancemos algunos años a mi vida adulta, comencé a viajar a diferentes lugares como predicador. En la mayoría de los lugares a los que llegaba, la mayoría en zonas rurales y apartadas, por lo general, siempre era recibido, si bien con un poco de hostilidad. La mayoría de las veces había curiosidad en lo que yo tenía que decir la verdad. En aquel entonces estaba particularmente orgulloso de haber logrado salvar a una buena cantidad de gente de todos los lugares a los que viajé. Sin embargo, un día me topé con un lugar muy extraño. No daré su ubicación exacta, pues al día de hoy no puedo asegurar que sea algo realmente malo o propio de maldad. No sé qué es. Sólo sé que mi experiencia en ese lugar me hizo recapacitar en mis acciones de ese momento de mi vida, sino que me hizo ver que existe más en este mundo que lo que conocemos o queremos con or todo comenzó cuando fui con otro grupo de misioneros a otra comunidad. Como mencioné, no estoy interesado en dar ubicaciones exactas, por lo que creo que podemos generalizarlo con que era una localidad en Chiapas. Estuvimos ahí cerca de un mes sin mayores problemas y, por lo que recuerdo, había muchos interesados en aceptar la verdadera fe en sus corazones. Sin embargo, cuando sólo nos quedaba un día o dos ahí, mientras pedíamos instrucciones para salir, la gente nos advirtió sobre el pueblo vecino, el cual estaba prácticamente aislado de todos y odiaban a los extraños, por lo que nos recomendaban no tomar ese camino para salir y que lo mejor era volver exactamente por donde llegamos. Los demás misioneros eran jóvenes, por lo que se preocuparon un poco por las advertencias de la amable gente sobre su pueblo vecino, por lo que pensaron en hacerles caso y no cruzar por ahí. Sin embargo, yo dije que para eso habíamos ido que era nuestro deber proporcionar la verdad a las zonas más marginadas y ese tipo de discursos que el día de hoy ya no me creo y probablemente si pudiera ver a mí yo del pasado le daría un golpe en la nuca para que dejara de pensar en esas cosas y dejara a la gente creer en lo que los hace sentir bien, sin la necesidad de acosar a nadie siempre y cuando no se daña a nadie. Debe ser el camino correcto. Pero no puedo regresar en el tiempo y aunque pudiera sé que mi inexperto yo no lo hubiera aceptado. Así que, aunque nadie quiso acompañarme hice una llamada a mi congregación para decir que iría solo me quedaría predicando un tiempo en ese lugar y después llamaría para que me recogieran. Al principio no les pareció la idea, pero yo insistí como era muy bueno en lo que hacía. Terminaron accediendo. Llegué a la pequeña Comunidad. Al atardecer los rayos del sol se filtraban a través de las hojas de los árboles. La verdad es uno de los lugares más pacíficos y hermosos que he tenido la oportunidad de conocer. Se sentía muy limpio y con una paz difícil de explicar. Era como un sentimiento, pero no sé decir cuál. Creo que estuve caminando cerca de unos cinco minutos cuando encontré al primer habitante de ese lugar, un anciano con arrugas profundas en el rostro, su voz cargada de desprecio de manera algo agresiva. Me preguntó quién era yo y qué era lo que buscaba o que estaba haciendo en ese pueblo. Yo, de manera amable y tratando de mantener la calma, a pesar del rechazo evidente, le respondí que era un misionero y que estaba ahí para compartir la palabra de Dios con ellos. El anciano se burló en ese momento. Una mujer que iba pasando se detuvo. Al escuchar nuestra conversación y también con cierta agresividad, me dijo que en ese lugar ya tenían sus propias creencias y que no necesitaban a nadie que viniera a perturbar la paz en su amada comunidad. Mis intentos por explicarles que sólo buscaba compartir mi fe y ayudarles a encontrar la salvación cayeron en oídos sordos, pero no estaba dispuesto a rendirme probablemente y sabiendo lo que se ahora debía hacerlo, ni siquiera tenía instrucciones de mi congregación que me forzara a cumplir una estadía ahí. Pero simplemente la idea de abandonar a esas almas perdidas en la oscuridad de su incredulidad me resultaba reprobable, sobre todo porque, como ya mencioné, me sentía con la responsabilidad moral de salvar a los demás del mundo con la palabra de Dios, por lo que decidí explorar la Comunidad y buscar una manera de llegar a sus corazones, aunque me advirtieran que era inútil. Después de un rato comencé a buscar algún sitio donde pudiera Quedarme pensé que no sería muy difícil, pero aquella búsqueda por hospedaje rápidamente se convirtió en una tarea difícil. Muchos de los lugareños me cerraron las pons muertas en la cara, rechazando cualquier tipo de interacción, aún cuando les decía que no quería quedarme gratis que pagaría por mi estancia. Ahí simplemente me echaban, pero finalmente la suerte pareció sonreírme. Cuando encontré a una persona dispuesta a rentarme un modesto cuarto, el hombre de aspecto tosco y ojos temerosos aceptó mi dinero sin muchas palabras como agradecimiento. Le di una atalaya y una biblia esperando que pudiera iniciar una conversación sobre mi fe, pero él simplemente lo tomó sin mostrar interés. Fue entonces cuando entendí que sólo estaba interesado en el dinero y no en mis creencias. Decidí dejar de insistir por ese día, pues supuse que ya tendría tiempo de eso después y me retiré a la habitación que me había asignado. Era un espacio pequeño y oscuro, con la pintura de las paredes de escarapelándose y con algunas manchas por la humedad. En el techo había unos pequeños pero notables agujeros, por lo que era evidente que si llovía ese sitio, no me mantendría seco. Y en lugar de cama había un viejo y rechinante catre en una esquina. Me pregunté si el lugar reflejaba la actitud general de la Comunidad hacia los forasteros. Agotado por el día lleno de desilusiones, me acosté en la cama esperando encontrar algo de paz en el silencio de la noche. Sin embargo, mientras intentaba conciliar el sueño, mi tranquilidad se vio interrumpida por unos perturbadores gritos y bramidos inhumanos. Eran muy abrumadores. Parecía que una multitud de animales estaba siendo torturada y sus angustias llenaban el aire, me levanté y me asomé por la ventana. No estaba seguro de poder ver algo, pero no pude evitarlo. La oscuridad de la noche era mucha y sólo podía distinguir sombras que se movían en la distancia Entre los gritos. Divisé una figura perturbadora, un perro negro de gran tamaño sentado en una hamaca improvisada entre dos árboles. Aullaba con una mezcla de sonido animal y humano, pero no estaba sentado como lo haría un perro normal. Ese animal estaba sentado como lo haría cualquier humano. Un escalofrío recorrió mi cuerpo mientras observaba su forma inquietante. Parecía estar balanceándose ligeramente en la hamaca, al mismo tiempo que aullaba acompañando aquellos gritos y bramidos. Mi mente se debatía entre el miedo y la curiosidad mientras intentaba entender que estaba sucediendo, me hice hacia atrás, lo que hizo que el marco de la ventana del cual estaba apoyado se moviera haciendo un ruido. Justo en ese momento, el perro negro se detuvo y giró su cabeza hacia mí. Nuestros ojos se encontraron y sentí cómo su mirada penetraba hasta lo más profundo de mi ser un suso zur siniestro salió de su boca mientras pronunciaba palabras que helaron mi sangre. Murmuró con una voz grave y tétrica. Crees que deseamos ser salvados. Misionero, Mi corazón se aceleró y luché por encontrar las palabras adecuadas, pero ninguna de ellas logró salir de mi boca. Al notar que estaba petrificado por el miedo, sin posibilidad siquiera de hablar, el perro emitió una risa muy extraña y siniestra era como si se riera desde la garganta e incluso parecía resonar en el aire nocturno. Mentiría si les digo que recuerdo exactamente qué sucedió después, pues en mis memorias, luego de eso todo se pone negro, como si me hubiese desmayado. Pero lo que sí sé es que no tengo ni siquiera recuerdos nubosos de las siguientes horas. A la mañana siguiente desperté en aquel viejo catre estaba tapado como si yo mismo hubiese vuelto a dormir. Pero simplemente no puedo decir que eso ocurrió, pues no no recuerdo. Salí de mi cuarto con la esperanza de que todo lo ocurrido la noche anterior hubiera sido producto de un sueño inquietante. Traté de convencerme a mí mismo de que era imposible que un perro hablara y se balanceara en una hamaca. Sin embargo, cuando me encontré con el hombre que me rentaba el cuarto su sonrisa Burlona, me hizo dudar de mis propios pensamientos con voz un tanto arrogante me preguntó si había dormido bien. Yo sólo respondí que había dormido bastante bien y que la noche había sido bastante tranquila. Tratando de ocultar mi inquietud, no quería darle el gusto de admitir que algo extraño había sucedido, sobre todo porque en aquel tiempo yo no creía del todo en que ese tipo de cosas me pudiesen pasar a mí, pues yo era una persona de Dios que no consumía ningún tipo de material de misterio o terror que pudiesen atraer a ese tipo de cosas, por lo que en ese momento era más fácil creer que había sido un sueño y que tal vez la voz de aquel hombre no había sido arrogante y yo sólo me estaba sugestionando y viendo cosas donde no las había. Decidí alejarme del cuarto y caminar por el pueblo en un intento de despejar mi mente y encontrar una oportunidad para compartir mi fe con los habitantes. Pero cada puerta que tocaba se cerraba frente a mis palabras y cada rostro se mantenía indiferente Ante mi presencia, La hostilidad y el desinterés eran demasiado obvias. La verdad nunca había tenido tantos problemas. Normalmente, si bien empezaban escépticos, no solían escuchar por amabilidad y después de eso algunos cuantos aceptaban la verdadera fe. Muchas veces sólo debíamos hacer algunos donativos o cenas comunales para atraer a algunos. Por supuesto que había algunos groseros o que sólo iban para decir que estábamos equivocados y a insultarnos e incluso algunos nos ignoraban. Pero jamás me había topado con un pueblo entero con estas actitudes. Finalmente, algo cansado por tanto caminar y también algo decepcionado por todo el rechazo, decidí dejarlo al menos por ese día. Sólo quería descansar un momento me senté en una banca, sumido en mis pensamientos y cuestionando todo lo que había experimentado la noche anterior. Me preguntaba a mí mismo si sólo había sido un sueño muy vivido. Quizás algo más fue entonces cuando un niño con otros cuatro chicos de su misma edad que habían estado jugando cerca, se comenzaron a acercar a mí. Estaban sonriendo y se notaba que le daban pequeños empujones de manera juguetona para alentarlo a acercarse. Yo sonreí con amabilidad. Siempre me agradaron los niños realmente de no pasar mi vida predicando mi otro sueño era tener una esposa y al menos tres niños, por lo que siempre procuraba ser gentil con ellos. El pequeño se me acercó y después de mirar a sus amigos y de que todos le lanzaran miradas de que lo hiciera, me preguntó con inocencia por qué hablas tan raro. Sorprendido por su franqueza y también por el hecho de que me tuteara cuando claramente era mucho mayor que él, aunque enseguida supuse que como niño, podía olvidar sus modales de vez en cuando, por lo que le respondí soy extranjero, mi idioma es diferente al tuyo. El niño me preguntó de dónde era y yo le respondí no parecía tener la menor idea de dónde quedaba eso y yo le dije que estaba demasiado lejos a que el niño se quedó callado unos segundos. Mirando todas las atalayas que llevaba conmigo, yo le pregunté si es que quería una al mismo tiempo que abría la bolsa en la que las traía. Pensé que quizás de ese modo sus padres podrían darle una oportunidad. El niño lanzó una sonrisa y me dijo no. No creo en esas cosas que dices. Yo quiero aprender a convertirme en nagual. Yo algo extrañado, pues por el lugar en el que crecí jamás había escuchado algo como eso. Le pregunté qué cosa era una nagual y él me dijo que cuando una persona nacía, entonces un animal nacía dentro de él y a ese animal se le llamaba Nawal y con mucha práctica podrías convertirte en él. Yo con incredulidad le dije que eso no era posible, pero todos los niños dijeron que todos en el pueblo podían hacerlo de inmediato. Lo que había soñado o visto la noche anterior llegó a mi cabeza pensando que eso era una gual. Los niños me dijeron que la señora Alod podría decirme cuál era mi nagual, si quería, pero para convertirme debía hacer muchas más cosas y unirme a la naturaleza. Sus palabras me dejaron sorprendido. La perspectiva del niño desafiaba todo lo que había aprendido y creído hasta ahora. Reflexioné sobre las creencias antiguas en esta comunidad aislada y el poder que le atribuían a la conexión con la naturaleza antes de que pudiera responder alguien en el pueblo. Habló a lo lejos. Era un hombre, no era español, pero no sabría decir que idioma. Era así que supongo que era alguna lengua nativa por su tono. Parecía estar regañándolos por hablar conmigo, por lo que sin despedirse se fueron corriendo a donde estaba aquel hombre. Los siguientes días pasaron casi iguales. Nadie hablaba conmigo y me barrían con la mirada para que me fuera y ninguno de los niños se acercaba a mí en la quinta noche. En ese lugar una urgencia incontrolable. Me despertó, necesitaba ir al baño, pero mi temor a los recuerdos de los aterradores gritos de medianoche me atormentaba, pero sabía que no podía quedarme en la cama y arriesgarme a un accidente. Me molestaba que, siendo un hombre adulto el cual nunca le había tenido miedo a nada por creer firmemente en que alguien tan devoto como yo no viviría algo así. Ahora tenía miedo de salir al baño. Finalmente convencido de que tenía a Dios de mi lado y de que nada malo podía sucederme, porque sentía que no podría contenerlo más tiempo. Reuní todo mi coraje y salí de mi cuarto. Caminé rápidamente hacia el baño, tratando de bloquear los pensamientos de lo que podría encontrarme en el camino. Al llegar alivié mi necesidad y esperé que todo estuviera en calma para regresar. Sin embargo, mientras salía del baño, mis oídos captaron un sonido inquietante, el sonido angustiado de las ovejas del propietario, como debía pasar. Por ahí. De todas formas, me armé de valor, pensando que no podía tenerle miedo a nada. De eso. Tomé una linterna y cuando estuve lo suficientemente cerca, alumbré con la misma en dirección al corral de las ovejas. Mi corazón latía desbocado. Mientras iluminaba la escena. Frente a mis ojos, un coyote estaba parado sobre sus dos patas tras las sosteniendo a un cordero en una postura casi humana, El coyote me miró directamente y, para mi horror, me dibujó lo que sólo puedo describir como una sonrisa. Mostrándome todos sus puntiagudos dientes, un grito de terror escapó de mi garganta y corrí hacia mi cuarto, sin importarme la seguridad de las ovejas, me encerré dentro y comencé a rezar frenéticamente, aferrándome a la esperanza de que la luz del sol me protegiera de las fuerzas oscuras que acechaban en la noche. Nadie fue a mi cuarto y tampoco vi señas de ese coyote. En lo que duró la noche a la mañana siguiente, mi casero estaba furioso porque faltaba un cordero en su rebaño. Sin poder contenerme, le conté sobre el encuentro aterrador que había presenciado con el coyote. En lugar de asustarse o preocuparse, su rostro se llenó de rabia y susurró entre dientes. El nombre de uno de los habitantes del pueblo. Yo le dije que no, que no era una persona que había sido algo sobrenatural, que había tomado la forma de un coyote, pero el furioso por la situación me dijo que ese era el nahual de ese sujeto y después se fue a encararlo. Mis pensamientos se agitaron en un mar de confusión. La existencia de los navales y su conexión con los animales se entrelazaban con los relatos de la Comunidad. Estaba abrumado por el miedo y la incertidumbre que rodeaban aquel extraño lugar. Decidí llamar a mi iglesia en busca de ayuda. Expresé mi preocupación y compartí mi experiencia, aunque sabía que mis palabras sonarían increíbles. La respuesta que me dieron me hizo enojar mucho. Yo había puesto toda mi vida y seriedad en esa congregación. Sólo recibí palabras de condescendencia como si yo fuera capaz de mentirles sabía que sonaría raro, pero yo era alguien respetable. Nunca mentiría sobre eso. Finalmente me dijeron que podría enviarme el tiquet de avión y suficiente dinero para llegar al aeropuerto en una semana. Durante los siguientes dos días me mantuve encerrado en mi cuarto, saliendo solo cuando era estrictamente necesario. Ya no intentaba predicar a los habitantes de aquel extraño lugar, pues el miedo había invadido mi ser y la convicción de mi fe comenzaba a tambalear. Un día, tuve que aventurarme al mercado local para comprar algo de comida. Mientras caminaba entre los puestos mis ojos se posaron en un grupo de niños. Entre ellos reconocí al niño que me había hablado sobre los navales. Estaban en una discusión sobre quien sería el primero en lograr su transformación. Mis creencias de que tales prácticas eran obra del diablo y que los niños se condenarían sin saberlo sentí un impulso interno de hacer un último intento de compartir mi fe con ellos. Me acerqué con cautela y les advertí que aquello era peligroso para sus almas y que no debían hacer esas cosas que ofenden a Dios que no era correcto. Probablemente unas palabras o palabras menos, no lo recuerdo con exactitud. Los niños me miraron como si estuviera loco y el mismo niño con el que había hablado anteriormente respondió. La naturaleza no es mala, sólo debes aceptarla, porque es lo único real. Mis palabras quedaron atrapadas en mi garganta. No supe cómo responder a esa afirmación simple pero poderosa. Sentí una profunda contradicción entre mi fe y las perspectivas de estos niños, que veían en la naturaleza una verdad innegable. Miré cómo la gente hablaba en su propia lengua. Sonaban enojados y parecía que me querían hacer algo, por lo que decidí avanzar y meterme aún más entre los puestos. Tratando de perder a aquella gente que me había visto hablar con esos niños, aunque parecía que la voz se estaba corriendo con rapidez. Mientras me metía entre más puestos tratando de encontrar una salida, llegué a un rincón apartado del mercado y descubrí un altar dedicado al dios Witz y lo postli. Una mujer se acercó a mí y me advirtió que era mejor que me fuera, ya que la gente del pueblo se había enfurecido por mis palabras a los niños y si no me iba, me metería en serios problemas. Tomé aquella advertencia como una señal clara de que era hora de partir. Ese mismo día, me dirigí al pueblo vecino los días que faltaban y finalmente regresé a mi ciudad natal. Llevaba conmigo la experiencia de aquel lugar extraño y las dudas que habían sacudido los cimientos de mi fe. Aunque mi misión en aquel aislado rincón de Chiapas terminó en fracaso y temor, había aprendido que existen múltiples perspectivas y creencias en el mundo y que la realidad puede ser mucho más compleja de lo que imaginamos hoy en día. Ya no pertenezco a ninguna religión en estas específico y mi idea de Dios está algo confundida. Por motivos de seguridad, no daré nombres reales ni el sitio exacto donde ocurrió todo esto. Para comenzar, creo que debo decir que crecí en un ambiente privilegiado. Mi familia era cristiana, por lo que desde el kínder hasta la preparatoria me la pasé en un colegio cristiano. Sólo para varones puedo recordar el día en el que mi fe comenzó a desmoronarse. Fue en la clase de religión. Cuando el profesor dijo que todo aquel que muriese sin ser cristiano, entonces iría al infierno. Recuerdo que le pregunté qué ocurría con los que nunca tuvieron la oportunidad de conocer a Dios, y él dijo que para eso había hermanos que predicaban para enseñarles la verdadera fe. Entonces mi mejor amigo de ese entonces preguntó por qué mejor no los dejaban en paz. Y así, si nunca sabían de Dios en en en tonces, entonces no tendrían que preocuparse y sólo se darían cuenta de Dios cuando murieran, y sólo deberían concentrarse en ser buenas personas. Eso me hizo mucho sentido, por lo que lo apoyé y ambos fuimos castigados e incluso llamaron a mis padres. Un año después en una clase de historia, mientras hablábamos de la mitología griega. Le pregunté al profesor por qué creían que había tantos dioses. Él me dijo algo relacionado con que en aquel entonces se desconocían muchas cosas que en la actualidad se conocen y era su manera de explicar lo que no podían comprender. Eso me hizo pensar que el concepto de dios que yo tenía y el que me habían enseñado sólo era la respuesta a cosas que no podíamos comprender en ese momento. Y al pasar los años, tenía muchas más preguntas que respuestas. Y terminé siendo un ateo. No se lo dije a mi familia o a mi círculo cercano. No quería alertarlos. Ellos eran muy devotos y cresído en que alguien ateo iría al infierno, por lo que opté por su paz mental. Era más bien algo que me guardaba para mí y al pasar los años, me interesé por la medicina y estudié en la universidad para convertirme en un doctor y para hacer mi servicio social. Por una serie de factores que no son relevantes para esta historia, me asignaron a un pueblo que estaba en un área rural demasiado retirada. No tenía muchas opciones, así que lo hice. El motor de mi coche crujió Cuando llegué al pueblo apartado. La tranquilidad del lugar era evidente, sólo interrumpida por el sonido del viento que susurraba entre los árboles. Salí del vehículo y miré a mi alrededor, encontrando a un grupo de personas que se acercaban a mí con una sonrisa en sus rostros. Parecían acogedores, pero algo en sus ojos me inquietó de inmediato bienvenido. Doctor exclamó un hombre mayor con una voz cálida. Nos alegra tenerlo aquí. Mi nombre es Samuel y soy el líder de esta comunidad. Esa presentación se me hizo muy extraña. Parecía un sacerdote, pero de eso autoproclamarse líder se me hizo demasiado aún así. Me dio lo mismo. Estreché su mano y asentí con cortesía. Me presenté. Les dije que era el doctor y que estaba ahí por mi servicio social, pero ellos parecían saber absolutamente todo eso. Me dieron un recorrido rápido por el pueblo, enfocándose mucho en mostrarme dónde estaba la iglesia. Eso no me interesaba mucho, pero no quería ser descortés, por lo que los dejé seguir con su amabilidad hasta que el sacerdote me dijo somos una comunidad profundamente devota. Se detuvo frente a una gran fuente de piedra con la forma de Jesucristo. La fe es una parte integral de nuestras vidas y nos guía en todo lo que hacemos. Paseamos la rs por las calles adornadas con cruces y estatuas religiosas. Los habitantes del pueblo me saludaban con cariño y me invitaban a sus casas para compartir historias de fe y creencias antiguas. Era evidente que la religión desempeñaba un papel central en la vida diaria de todos. A medida que avanzaba el recorrido. Samuel mencionó casualmente la misa matutina que se celebraba a las seis de la mañana todos los días. En este momento no recuerdo exactamente qué fue lo que me dijo, pero me dio a entender que era muy importante para todos en la Comunidad y que todos asistían sin excepción. Lo que sí recuerdo con exactitud fue que la manera en la que me lo dijo fue extraña, pues o no más como una orden que como una invitación. También decidí ignorar eso, pues supuse que sólo bastaría con no asistir para hacerles ver que no sería parte de eso, por lo que divagué. No les dije que no iría, pero tampoco les dije que lo haría. Esa noche, mientras me instalaba en mi habitación que me habían prestado en el tiempo que estaría ahí, no era para nada a lo que estaba acostumbrado. El techo era de láminas de metal y el baño estaba afuera. Pero por todo lo que había visto ese primer día, simplemente mi mente estaba muy ocupada. Como para preocuparme por esas pequeñeces, reflexioné sobre lo que había experimentado hasta el momento. Las acciones y las palabras de los habitantes me parecían extrañas, pero supuse que era sólo una cuestión de perspectiva y diferencias culturales. Mientras me preparaba para dormir, envuelto en las sábanas de la cama, escuché un débil murmullo que se filtraba desde fuera intrigado, Me acerqué a la ventana y aparté las cortinas, lo que presencié A continuación me hizo estremecer hasta lo más profundo de mi ser Una marcha religiosa estaba teniendo lugar en la oscuridad de la noche. S S. S. S. S. S. S? S? S? S? S. L. S. Estaban iluminadas por antorchas y el sonido de cánticos que resonaban en el aire. Mi mirada se fijó en las figuras que caminaban y mi corazón se detuvo por un instante. Hombres y mujeres todos estaban descalzos, avanzaban lento. Algunos semidesnudos. Pero lo que me impactó aún más fue ver cómo algunos se azotaban la espalda con látigos, provocándose sangrientas heridas, gotas de sangre caían al suelo mientras continuaban su marcha como si el dolor y el sufrimiento fueran una parte integral de su devoción. La escena era macabra y perturbadora. Me dio algo que me revolvió el estómago por ver cómo esa gente se podía hacer eso a sí misma sólo por devoción. Pero recordé haber leído sobre rituales similares en la religión católica, aunque nunca lo había visto en la vida real y era muy diferente el verlo en videos o leer sobre ello era, en serio, muy diferente. Aunque la visión me causó escalofríos, decidí no indagar más en el asunto Después de todo, no tenía intenciones de participar en las prácticas religiosas de la Comunidad. Consideré que era mejor ignorar aquello y enfocarme en cumplir con mi servicio social. Durante mi estancia en el pueblo, me acomodé en la cama, pero mi mente se negaba a descansar las imágenes de la marcha. Los cantos y el sufrimiento persistían en mis pensamientos. Incluso tuve que comer algunas gomitas que inducían el sueño para poder descansar, pues no quería llegar tarde o cansado en mi primer día de servicio social. A la mañana siguiente llegué puntualmente a mi consultorio a las ocho. En punto para mi sorpresa, el padre de la iglesia ya estaba allí esperándome con una sonrisa aparentemente amigable en su rostro. Sin embargo, había algo en su mirada, que me hacía sentir incómodo como si detrás de esa sonrisa se ocultara una profunda molestia. Buenos días, Doctor Wilson, me saludó con entusiasmo. Espero que haya tenido un buen descanso y esté listo para un nuevo día de servicio a nuestra comunidad. Asentí devolviendo su saludo, pero no pude evitar notar que su tono sonaba más como una reprimenda disfrazada de amabilidad. Me puse la bata y estaba a punto de decirle a un hombre que parecía estar esperándome que ya podía pasar a consulta. Pero antes de poder decir cualquier cosa, el sacerdote se levantó como si él fuera a pasar. Primero supuse que quería una consulta médica, por lo que lo dejé pasar, pues no parecía tener muchas opciones. Una vez adentro, el padre de la iglesia se acercó demasiado a mí, invadiendo mi espacio personal y me miró fijamente. Me podría explicar por qué no asistió a la misa de esta mañana. Doctor preguntó con una mezcla de cortesía y una pisca de desaprobación. Por un instante pensé en decirle la verdad que mi ateísmo me hacía considerar que cualquier tipo de religión y sobre todo, cualquier tipo de misa o ceremonia religiosa no eran importantes, sin mencionar que me aburrían demasiado. Sin embargo, algo en su mirada me advirtió de las posibles consecuencias. En su rostro se percibe una autoridad indiscutible y una posible ira oculta. Decidí improvisar una respuesta por lo que le dije que la verdad había puesto mi alarma para la hora de mi servicio y que tenía el sueño muy pesado, pero que intentaría ir a la del día siguiente. El padre asintió, pero su sonrisa no alcanzó a iluminar sus ojos. Me dijo algo relacionado con que el enemigo cerraba mis párpados y volvía a mi cama más cómoda para que de esa manera no pudiera levantarme Juro que en el momento cuando tuve que luchar para no reírme en su cara por lo que estaba diciendo. Pero después me dijo que esperaba que no volviera a ocurrir y que se esperaban ciertas cosas de mí por ahora pertenecer a esa sagrada comunidad. Pero vuelvo a repetir que él tenía un tono, que te hacía pensar que él podía volver tu vida a un infierno en la tierra y que si no lo hacía, era sólo porque no quería hacerlo. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Era evidente que mi respuesta no había sido suficiente para satisfacer su demanda. Parecía más una orden que una simple invitación. Sin embargo, opté por mantener la calma y mantener mis intenciones de no asistir a la misa. Por supuesto, Padre, haré todo lo posible para estar presente en la próxima ocasión. Respondí forzando una sonrisa que esperaba fuera convincente. Con eso, el Padre dio un paso atrás y sintió aparentemente satisfecho con mi compromiso. Seguí adelante con mis consultas programadas para el día, pero una sensación de inquietud se metió en lo más profundo de mi ser durante las siguientes dos semanas en el pueblo me las arreglé para evitar asistir a las misas matutinas. Inventé excusas cada vez que el padre se presentaba en mi consultorio tratando de dejar en claro mi falta de interés en sus prácticas religiosas. Mis excusas variaban desde reuniones inesperadas hasta problemas de salud ficticios. Sin embargo, el padre parecía inquebrantable en su determinación de hacerme asistir. A pesar de mis intentos por mantenerme alejado de sus sermones. El padre encontró otra forma de intentar influir en mí. Comenzó a visitarme en mi consultorio fuera de las horas de trabajo para tener charlas privadas sobre la Biblia. Al principio traté de ser amable y escucharlo mientras hacía mis cosas o llenaba formularios. Después de todo, ya había pasado por aquellas cátedras en mi etapa de adolescente. Sin embargo, aquellos encuentros se volvieron cada vez más incómodos a medida que sus interpretaciones de los versículos se volvían cada vez más extrañas y preocupantes. El padre, quien parecía un hombre amable y calmado, reveló una faceta más sombría y retorcida. Alteraba el significado de las palabras y las enseñanzas bíblicas, ofreciendo interpretaciones que contradecían todo lo que yo conocía. Cada vez que abría la Biblia en su presencia me encontraba sumergido en un mar de confusiones y contradicciones. A pesar de que su discurso me desconcertaba, decidí mantenerme en silencio y simplemente escuchar. Observaba cómo su rostro se iluminaba con una extraña emoción mientras pronunciaba sus teorías descabelladas. Era evidente que para él aquello era más que una simple misión religiosa. Parecía buscar algo más, algo oculto en las páginas de aquel s libro sagrado. Escuché pacientemente tratando de encontrar alguna lógica en sus palabras distorsionadas, pero no sabía qué más hacer, más que seguir escuchándolo. Después de todo, solo era como una hora y después se marchaba y sólo debía sentir de vez en cuando. Recuerdo que una tarde, mientras comía en el consultorio tratando de ocultarme de los lugareños que me pedían ir a comer a su casa y después me hablaban de Dios hasta que me dolía la cabeza. Me encontraba solo en el lugar, pues a falta de cosas que hacer, todos los voluntarios se iban a comer a sus casas. Estaba concentrado en mis pensamientos. Cuando la puerta se abrió lentamente, me sorprendió ver a un niño de aspecto frágil y desalineado parado en el umbral, parecía nervioso y su mirada evitaba encontrarse con la mía con voz suave pero preocupada. Le pregunté al niño si necesitaba ayuda. Al principio parecía vacilar, pero finalmente se acercó tímidamente y dijo doctor podría ayudarme. Me duele mucho. Miré detrás de él para ver si venía con uno de sus padres o un adulto, pero no era así, aunque sabía que debían estar. Le dije que claro que podría ayudarlo. Casi de inmediato que le dije eso, el niño se quitó la playera rápidamente. Noté que su cuerpo estaba cubierto de cortes finos y sangrantes. El corazón se me encogió al ver el sufrimiento evidente en su rostro. Sin perder tiempo, lo senté en una silla con las manos temblorosas comencé a examinar las heridas del niño. Eran cortes, limpios y profundos, como si hubieran sido hechos con cuidado y precisión. Mi mente intentaba comprender cómo alguien tan joven podía haberse hecho daño de esa manera. Tratando de mantener la calma, le pregunté al niño que le había sucedido con voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas. Me confesó que se trataba de una penitencia, un una forma de limpiar sus pecados y obtener la aprobación divina. Me aseguró que no debía contarles a sus padres ni al sacerdote del pueblo, ya que esto era su responsabilidad personal. Mi indignación y preocupación se mezclaron en una tormenta de emociones. Con todo el cuidado posible, limpié las heridas del niño y le di algunas pastillas de hipocrofeno, indicándole cada cuanto debía tomarlas si le seguía doliendo. Sabía que no debía dárselas, pero pensé que otros niños podrían estar pasando por lo mismo y, al menos así podría tratar de aliviar su dolor. Sin embargo, sabía que esto no era suficiente. Pensé en ir con la ley del lugar, pero de inmediato lo descarté, pues, como se imaginarán, también estaban muy metidas en la religión y creía que sólo podría empeorar todo, por lo que opté por otra cosa. Con cada consulta aprovechaba la oportunidad para inculcarles la idea de que había mucho más en la vida que onda la estricta religión que les habían enseñado. Les hablaba de la belleza, de la gran ciudad, de las oportunidades de estudio y de las maravillas por descubrir. Algunos de los niños mostraban una chispa de interés en sus ojos y comenzaban a soñar con un futuro diferente. Sin embargo, hubo una ocasión en particular que dejó una profunda impresión en mí. Mientras examinaba a un niño con un resfriado persistente que amenazaba con convertirse en neumonía. Su madre salió del consultorio y me quedé a solas con él. Aprovechando el momento, comencé a hablarle de las posibilidades infinitas que se encontraban más allá de los límites de su pequeño pueblo. Mientras le describía las maravillas del mundo exterior. El niño me miró de manera intensa y me dijo con una seriedad inquietante veo cosas. Su declaración me tomó por sorpresa y con un tono burlón, le respondí que todos veíamos cosas, pues teníamos ojos. Sin embargo, él me miró directamente a los ojos y agregó puedo ver que no crees en Dios. No voy a mentir eso. Me dio miedo en el momento, pero casi enseguida, supuse que tenía lógica que pensara eso, pues nunca iba a la iglesia y quizás los demás niños habían estado hablando. Incluso el mismo sacerdote lo pudo haber instruido, por lo que fingí tranquilidad. Le dije que había muchas cosas en el mundo que considerar. Entonces el niño me dijo que él podía enseñarme a Dios. Yo le dije que me encantaría verlo. En ese instante. El niño comenzó a convulsionar violentamente mientras señalaba hacia una esquina del techo del consultorio. Una repentina ráfaga de frío recorrió la habitación y un penetrante olor a podredumbre llenó el aire mientras lo ayudaba a superar su crisis de reojo alcancé a mirar una sombría y densa nube en la esquina señalada por el niño, pero cuando dirigí mi mirada directamente hacia ella, no puede percibir a ninguna entidad presente. Aún así, el aroma nauseabundo persistió durante todo el día, impregnando el consultorio, sin importar que tanto lo limpiara. Decidí dejar a un lado mis prejuicios y darle una oportunidad a la Iglesia del Pueblo. Aunque me sentía escéptico y desconfiado. La curiosidad me impulsaba a presenciar de primera mano lo que ocurría en aquel lugar. Al llegar a la Iglesia, todo parecía normal. Los fieles se congregaban en silencio esperando el comienzo de la misa. Sin embargo, a medida que avanzaba la ceremonia, una sensación de inquietud se apoderaba de mí Noté que el aroma a basura putrefacta que ya me era familiar, comenzaba a impregnar el ambiente de manera intensa. Mi intención era marcharme discretamente sin llamar la atención de los presentes. Pero justo en ese momento el Padre de la iglesia hizo una pausa y anunció que tenían un invitado especial. Yo, la mirada de todo se posó sobre mí y sentí como mi corazón se aceleraba. El Padre me invitó a subir al altar y me habló con una extraña amabilidad. Sus palabras resonaron en el aire llenas de tanta alegría que me resultaba perturbadora. Mencionó que Dios me estaba esperando para unirme a mis hermanos del pueblo en su búsqueda espiritual. Me sentí atrapado. No sabía cómo retirarme sin parecer grosero de un momento a otro en lo que pensaba en como zafarme de esa situación. Noté que detrás del padre, una nube negra y espesa empezaba a formarse lentamente. Un escalofrío recorrió mi espalda y el olor a podredumbre se volvió abrumador. El miedo se apoderó de mí y supe que debía salir de allí lo más rápido posible. Sin pensarlo dos veces me safé de la multitud y salí corriendo de la iglesia. Mi corazón latía con fuerza mientras me alejaba de aquel lugar siniestro. Hasta el día de hoy no estoy del todo seguro de como lo logré. Fue como un golpe de adrenalina por creer que mi vida estaba en peligro. No recuerdo mucho después de eso, pero llegué corriendo hasta el siguiente pueblo, en donde apenas vi a un grupo de niños. Me desplomé en medio de la calle o. Eso fue lo que me dijeron. Los del otro pueblo Sabían que la gente de donde había estado era muy extraña, por lo que me llevaron a una casa para esperar a que despertara. Me dijeron que aquel sacerdote fue a preguntar por mí, pero dijeron que no me habían visto. Después me ayudaron a poder llegar a mi ciudad. Jamás volví a ese lugar ni siquiera por mi auto. No sé qué era esa cosa, pero fuera lo que fuera. Me niego a creer que pudiera ser Dios. Crecí en un área muy rural y pobre de México. La mayoría de los niños en ese lugar éramos analfabetas, así como nuestros padres. Mi hermana mayor, con tan sólo diez años en ese entonces falleció por no saber leer. Había recogido algunos botes vacíos de pesticidas para jugar a la comidita y estuvo demasiado tiempo expuesta a esos químicos. Mi madre la encontró tirada y aunque aún seguía con vida para cuando logramos llegar al hospital más cercano, hasta casi tres horas después, ya era muy tarde para hacer cualquier cosa. Un par de años después, una maestra de unos treinta años llegó al pueblo y nos enseñó a leer y a escribir a todos, bueno lo mejor que pudo, pues no había escuela material o mucho apoyo de parte del Gobierno. Sin embargo, la profesora Carmela Hernández jamás se rindió aún cuando tuvo que dar clases a los niños de todas las edades de aquel puebla y la o n y ellas siempre nos decía que si en serio lo queríamos y estábamos dispuestos a luchar. Por ello podíamos lograr todo lo que nos propusiéramos. Ella fue mi total inspiración para saber que yo también quería ser un maestro, al igual que ella. Para el momento que escribo esto, ella ya falleció, pero le llevo flores a su tumba cada vez que puedo. Ella fue la que me ayudó a tramitar todo para que yo y varios de los del pueblo pudiéramos asistir a la secundaria, lo cual fue una gran hazaña. Muy pocos pudimos llegar a la preparatoria y sólo yo fui capaz de llegar a la Universidad terminando mi carrera en licenciatura de la educación como el más alto de mi generación. Honestamente, no conseguí mucho o más bien nada de trabajo cuando terminé, pues no tenía ningún amigo familiar que me pudiese conseguir alguna plaza o trabajo en mi campo laboral. Sin embargo, aunque tomaba trabajos de lo que podía en la Ciudad de México para para ra ra ra r lograr mantenerme, no había abandonado mi sueño por la educación y seguía haciendo todo lo que estaba a mi alcance para lograr obtener algún puesto, tal vez plaza en algún sitio, aunque esto último lo veía demasiado imposible. Entonces, un día me llegó un correo electrónico con una propuesta de la Secretaría de Educación. Una plaza estaba disponible lista para que yo la tomara, pero no era en la ciudad, ni siquiera en las cercanías. No voy a decir el sitio para el que era la plaza, por respeto al lugar y a su gente, pero era un lugar muy apartado de todo. No voy a mentir la verdad lo pensé un poco, pues después de todo el tiempo que había pasado, me había acostumbrado a todas aquellas comodidades de la gran ciudad. Pero casi enseguida, me sentí culpable, pensando que esa era la razón por la que quería ser profesor y estaba dispuesto a dejarlo pasar por unas cuantas comodidades. Pensé que esa sería una buena manera de devolver todo lo que la profesora Carmela había hecho por mí, pues gracias a ella había tenido la posibilidad de una vida mejor y quizás yo podría convertirme en eso para alguno de esos niños, por lo que acepté, pero nunca imaginé que me adentraría en una oscura y aterradora pesadilla. A los pocos días con mi equipaje en mano, llegué al pueblo. Cuando comencé a caminar por las calles, no pude evitar ser invadido por un aire de nostalgia. Era bastante similar al pueblo en donde había pasado toda mi niñez y parte de mi adolescencia. Recordaba a mi hermana y él, como mi madre, no volvió a ser la misma. Después de su muerte, los habitantes del pueblo se portaron demasiado amables, pues aunque al principio creía que yo sería el primer maestro que los niños de ese pueblo habían tenido, tal y como la maestra Carmela, en su tiempo casi enseguida, me enteré de que antes de mí ya había estado otro profesor, el cual un día sólo había empacado sus cosas y se había marchado del pueblo. También me dijeron que esperaban que yo no les hiciera lo mismo y de un día a otro dejar abotado el trabajo. Yo les dije que no se preocuparan que yo nunca podría hacerles algo como eso, Aunque se me hizo un poco extraño que alguien hubiese hecho eso de la nada, supuse que quizás podría extrañar las comodidades de la ciudad, por lo que decidí no darle mucha importancia. Me llevaron al lugar que habían designado para la escuela, el cual era un terreno algo amplio, pero sólo con una especie de salón hecho con carrizos y hojas de palma, sólo uno para todos los chicos. Y además, casi a un lado de ese salón de clases estaba un pequeño cuarto hecho de paredes de arena y techos de lámina con un lavadero afuera. El recorrido fue, de hecho, bastante corto. El cuarto en donde me quedaría era aquel de arena y láminas. Únicamente tenía algunas cajas de madera para mi ropa y un catre Viejo. Eso no. Eso estaba tan mal, pues recordaba que la profesora Carmela se turnaba para quedarse en distintas casas de quien quería darle posada, así que al menos tendría algo de privacidad. Ya estaba mentalmente preparado para saber que no sería un hotel cinco estrellas, aunque para ellos lo más importante que me debían decir era algo muy delicado. Me advirtieron en voz baja que después de las diez de la noche debería de cerrar muy bien la puerta con un candado por dentro y no abrir la puerta por nada del mundo, sin importar cuanto tocaran, o incluso si era la voz de alguien del pueblo o un conocido pidiendo ayuda. Me contaron historias sobre brujas horribles que descendían de los cerros en la noche buscando presas para sus oscuros rituales. Un anciano del pueblo. Don Antonio se acercó a mí con una mirada sombría, joven maestro, es importante que entienda la gravedad de nuestra advertencia. Dijo dijo r en tono serio. Las brujas son muy despiadadas. Han causado estragos en nuestro pueblo durante siglos. No queremos que le pase nada. Yo no creí ni una palabra de eso, pues también en el pueblo de mi niñez se decía que había brujas que bajaban del cerro en forma de una bola de fuego que se llevaban a los bebés que no estaban bautizados. Esa y otras muchas historias de pueblo eran más que nada para que los niños no se portaran mal. Sin embargo, yo no quería discutir o verme grosero o irrespetuoso, pues sabía que no lo estaban diciendo con mala intención y que debía respetar las creencias del pueblo, por lo que le seguí la corriente y les dije que estaba bien, que cerraría muy bien antes de las diez y no le abriría a nadie. Ellos se quedaron tranquilos. Faltaban dos días para que iniciaran las clases. Y la verdad hay dos cosas sobre mí que son relevantes para la historia. En primera, si no estoy haciendo nada particularmente importante, me quedo dormido con mucha facilidad. Y la segunda cosa es que tengo el sueño muy pesado. Es difícil que despierte durante la noche. Duermo muy de corrido. Muchas veces incluso no escucho la alarma del despertador, por lo que tengo más de uno. Así que no es raro decir que esos dos días dormía antes de que dieran las diez de la noche y por seguridad, si cerraba con el candado por dentro, por lo que no vi o escuché nada y no es como si esperara escucharlas. Sólo digo que esa puede ser la razón por la que en el momento me convencí de que lo que me habían dicho el día de mi llegada no eran más que supersticiones de pueblo. El primer día de clases me di cuenta de que, tanto en mi pueblo como en ese la educación le importa muy poco al Gobierno. Había estudiantes que ya debían estar en secundaria, los cuales, a duras penas podían escribir su nombre completo, y eso con mucha dificultad, por lo que comencé por separarlos en grupos para tratar de crear un plan de estudios para cada uno. Pero lo más extraño para mí no fue la horrible realidad de esos niños, sino que los niños con ojos llenos de asombro y temor compartían historias sobre avistamientos y encuentros sobrenaturales. Durante la noche anterior. Algunos afirmaban haber visto a las brujas volando como llamas en el oscuro cielo, mientras otros contaban como las sombras se retorcían y danzaban alrededor de los cerros. Uno de ellos, el cual tenía un hermanito recién nacido, contaba que una de esas brujas había intentado entrar a su casa, que había llegado volando con forma de guajolote y después imitó la voz de su abuela muerta para que le abrieran. Y no se fue hasta que el sol comenzó a salir. Estuve trabajando con todos durante cerca de un mes y realmente me gustaba el estar ahí Me hacía darme cuenta de la razón por la que había decidido estudiar la docencia. Para empezar, no no eran todos, pero varios de mis alumnos estaban determinados a salir de ahí. Al pasar los días, comencé sólo a ignorar lo que los niños contaban sobre las brujas acechándolos. Una tarde, durante el receso, una de mis nuevas alumnas, Ana se acercó tímidamente a mí y me entregó un pequeño muñequito de trapo, relleno de hierbas y me dijo con un poco de timidez, pero al mismo tiempo muy seria. Es un amuleto para protegerse de las brujas. Mi mamá lo hizo especialmente para usted. Si lo coloca en su puerta, ellas no podrán entrar a su casa. Sonreía amablemente conmovido por su gesto. Después de todo, ella sólo hacía lo que su madre le estaba pidiendo y no había malicia en eso, Aunque en mi interior aún albergaba cierta incredulidad. Decidí aceptar el regalo y agradecerle a Ana por su preocupación. No quería desilusionarla ni rechazar su muestra de aprecio, aunque lo que dijo después me dejó pensando es que usted es muy bueno y no queremos que le pase lo mismo que al otro profesor y se vaya la Miré extrañado, pues hasta donde yo sabía, los habitantes del pueblo no tenían la menor idea de lo que le había pasado al anterior profesor y que éste sólo se había ido sin ningún motivo. Aparente. La cuestioné al instante, pero enseguida me di cuenta de que ella no estaba autorizada a decirme eso, pues su amiga que la acompañaba le dio un codazo para que no siguiera. Ana inmediatamente balbuceó un poco e intentó cambiar el tema. No insistí, pues no quería meterla en problemas, aunque me dejó con algo de intriga. Ese día, después de clases, debía ir al otro pueblo para poder comprar algunas baterías para mi despertador, por lo que rápidamente me olvidé de todo este asunto de las brujas, debido a que no conocía muy bien sobre el horario del único autobús que te dejaba cerca, con el cual aún debías caminar por quince minutos para empezar a encontrar civilización. Pero eso daba lo mismo, pues para cuando llegué a la parada y después de esperar por unos buenos treinta y cinco minutos, un amable habitante de ese pueblo me dijo que perdía mi tiempo, pues el último autobús había pasado a las siete y media. Eso me molestó demasiado, pues lo que era un viaje de treinta minutos en autobús se convertiría en una hora y media de caminata y eso se apresuraba el paso, pero no tenía alternativa, así que comencé a caminar para cuando logré llegar a la civilización del pueblo en el que me estaba quedando. Ya casi eran las diez de la noche. Estaba tan enojado y cansado por haber perdido el autobús que en lo último en lo que pensaba era en aquellas leyendas de brujas que se contaban. Lo único que quería era llegar a mi cuarto y descansar. Mientras estaba saboreando las chuletas que había podido comprar en el pueblo cercano, escuché algo de ruido entre los árboles y arbustos cercanos. Eso era muy extraño, pues no había ninguna corriente de aire en ese momento, pero le resté importancia por la prisa que tenía, aunque casi enseguida. Escuché lo que me pareció un gato herido entre los arbustos y siendo el amante de los animales que siempre he sido, no podía dejarlo así, por lo que comencé a caminar en dirección del sonido. Aún con la oscuridad, al menos quería saber si podía hacer algo. Estaba dispuesto a envolverlo en mi sudadera y llevármelo, pero antes de que pudiera acercarme a una distancia en la que podría ver cualquier cosa, uno de los padres de uno de mis estudiantes me gritó desde la seguridad de su hogar. Me dijo que corriera que, por favor, corriera en ese momento. El llanto de aquel gato se convirtió en un gruñido de algo bastante salvaje, además de unos brillantes ojos amarillos en la oscuridad. En ese momento, mi instinto de supervivencia me dijo que debía correr en ese momento, así que lo hice. Mientras corría aquel hombre me gritaba que fuera a su casa, pero él no salía por lo que lo hice y mientras corría, puedo jurar que sentía como si una sombra muy fría me siguiera. Pero por fin logré llegar a la casa de ese hombre, el cual cerró su puerta. Apenas entré a la casa me dijo muy molesto que ya me lo habían advertido y que debía estar en mi cuarto no vagando en las calles. Le pregunté qué es lo que era. Él me respondió que era una bruja y yo le dije que no, que quizás era algún ocelote o un gato montés que había bajado del cerro en busca de alimento. Su esposa me dijo que algo se me había caído del bolsillo de mi sudadera y que gracias a eso se había detenido por unos segundos. Me toqué la bolsa y me di cuenta que lo que se me había caído era aquel muñeco que ana me había regalado, pero no quería alimentar su mito, por lo que no les dije nada. Me dejaron dormir ahí esa no y por la mañana volví a la escuela y para cuando mis alumnos llegaron, todos ya sabían de mi famoso encuentro con brujas, pero yo sólo desví el tema tratándoles de explicar que sólo se había tratado de un gato de monte o algo por el estilo, aunque todos me dijeron que era una bruja, por lo que los dejé creer lo que ellos quisieran y seguí con la clase tratando de olvidar ese susto de la noche anterior. Creo que pasó un mes más para saber que todas esas advertencias e historias que se contaban en el pueblo eran más que supersticiones aquella noche, mientras calificaba los trabajos que se me habían juntado, pues tener a los niños agrupados en diferentes secciones hacía que las libretas se me amontonaran era cerca de la medianoche. Me había entretenido tanto tratando de terminar que había olvidado poner el candado en la puerta. El tic tac del reloj resonaba de forma inquietante y mis párpados comenzaban a pesar de repente, en medio de mi concentración, un coro de desgarradores gritos de mujer rompió el silencio, Mi corazón se aceleró y la preocupación se apoderó de mí. Alguien podría estar en peligro iba a la puerta, pero no sé por qué razón. Algo dentro de mí me dijo que debía mirar por la ventana en lugar de salir de ahí. Así que me asomé y allí estaban frente a mis ojos un grupo de mujeres grotescas. Sus rostros estaban desfigurados, parecían haber sufrido quemaduras terribles. Las ampollas en su piel parecían al borde de explotar y su cabeza calva sólo mostraba algunos mechones de cabello dispersos. Sus figuras contorsionadas se movían en una danza frenética, mientras emitían gritos angustiados y desesperados que resonaban en lo más profundo de mi ser Estaban en medio del patio escolar. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al presenciar esa escena así de espantosa. El escepticismo que había tenido desde que había llegado ahí se vio sacudido por la evidencia. Ante mis ojos. Las historias y las leyendas sobre las brujas parecían cobrar vida de una manera aterradora. Me aferré al marco de la ventana temblando sin poder creer aún lo que estaba viendo. La visión de esas mujeres deformes desafiaba mi cordura. No podía creer que todo fuera real. Recuerdo bien que incluso me pellizqué pensando que del cansancio por todo el trabajo que había tenido, me había quedado dormido sin darme cuenta, pero sólo confirmó lo obvio que era algo muy real. De repente, aquellas macabras mujeres detuvieron su danza y cánticos. Me voltearon a ver sus ojos brillaban en la oscuridad como los de un animal salvaje. Me traté de ocultar alejándome de la ventana, pero casi al mismo tiempo, trasguños en la puerta, resonaban por toda la habitación como garras a vis que buscaban abrirse. Paso hacia mi interior el corazón me martillaba en el pecho. Mientras la perilla de la puerta comenzaba a girar lentamente por el pánico que sentía. Corría hacia la entrada desesperado por atrancarla y mantenerme a salvo de cualquier amenaza externa. Mis manos temblorosas buscaban frenéticamente la llave del candado en mi pantalón para intentar cerrar la puerta, pero no lograba encontrarla en ninguno de mis bolsillos. Agarré una silla cercana y la coloqué como tranca en lo que intentaba encontrar la llave. El ruido en la puerta se intensificó. Empujones cada vez más fuertes golpeaban contra la madera como si algo o alguien estuviera decidido a entrar a toda costa. Me aferré a la puerta luchando contra la presión que amenazaba con abrirla. Por favor, déjenos entrar nos persiguen. Clamó una voz conocida desde el otro lado, era la voz de mi hermana, llena de angustia y desesperación. Mi corazón se rompió en pedazos. Al escuchar su súplica no podía creerlo. Yo sabía que no podía ser ella. Estaba consciente, pero no podía evitar sentirme tan horrible por escuchar su voz. Después vino la voz de mi hermano y la de mi madre, pero me mantuve fuerte y no abrí aún cuando esas mujeres se asomaban por la ventana y me decían que abriera y que sólo retrasaba lo inevitable. Hasta el día de hoy no sé de dónde saqué la fuerza para no quebrarme y abrir por el miedo. Pero cuando comenzó a amanecer, simplemente se fueron. Nunca volví a dudar de lo que la gente del pueblo decía si se lo preguntan, no me fui. Estuve ahí impartiendo clases hasta que me jubilé hace un año, pues sentía que nadie querría quedarse al ver algo como eso. Y respecto al otro profesor, él vio lo mismo que yo hice asustó tanto que se fue. Por eso la gente del pueblo había decidido no decir nada de que llegaban a reunirse en la escuela. Sólo una advertencia, pues sentía en que podría asustarme e irme también. Sólo espero que la siguiente persona que tomé mi puesto ame tanto la educación como yo y decida quedarse también que sea lo suficientemente listo para siempre ponerle el candado a su puerta. Como sea, le dejé una nota relatos anónimos