Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / El Exorcismo Que Cambió Mi Fe - El Tesoro Oculto De La Familia - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Yo formaba parte de un grupo de jóvenes que participaban activamente en la iglesia. Era un grupo al que había llegado por curiosidad. Me gustaba mucho ir a la iglesia desde niña. Mis amigos más cercanos estaban ahí. También mis papás eran muy cercanos a la congregación. Después de un tiempo de estar ayudando como voluntaria, me pareció buena idea involucrarme más. Comencé a dar catecismo dominical. También participaba en los eventos de quermeses y pláticas para niños. Es algo muy bello que siempre recordaré con todo el amor. Aún sigo participando en algunos eventos, pero me he involucrado más rs en mi trabajo. Hoy soy una maestra de secundaria que imparte clases de español en un colegio católico y eso es algo que me provoca mucho placer hacer. Pensé en hacerme monja, como muchas veces pasa por la mente de las chicas que nos acercamos a la iglesia y muy fervientemente practicamos nuestra fe. Durante esos momentos en los que estaba dudando si mi futuro era ser hermana o sólo ser parte de esto al lado de un esposo que me amara. Cuando consulté al padre sobre mis dudas, él me recomendó hacer un tiempo de misiones. Me dijo que podría ayudarme a entender la diferencia de las vidas dedicadas completamente a Dios y las que se acercan a él en la normalidad de sus días. Tengo que admitir que pensé que el padre me estaba menospreciando. Yo quería saber si él creía que yo podría. Me estuve esforzando por entender lo que me había dicho por medio de mis servicios normales. Hasta participaba en el coro y para mí no había nada mejor. Además, ya estaba más allá de los días sin pasar por el enamoramiento. No encontraba a quien o como era. Eso, así que la idea de convertirme en monja comenzó a parecerme la mejor idea para mi futuro. Accedí a comenzar a hacer esos viajes para ayudar en los servicios de lugares donde hacía falta ayuda. Principalmente eran comunidades pobres muy alejadas de la ciudad, muy convencida. Entré al grupo de misioneros, comencé las actividades con ellos. Era increíble el ambiente y también me divertía mucho sentía que ese era mi llamado. La realidad resultaría en otra cosa, porque sólo ante los grandes momentos es que uno se da cuenta de que es lo que realmente quiere Para sí mismo muy convencida, pedí formar parte de los misioneros que iban a zonas muy alejadas, específicamente a otros. Municipio era el más duro de los viajes, porque en esos lugares a veces faltaba el agua. Las personas tenían muchas dudas el tiempo que que pasabas a hiera para apoyar al sacerdote encargado y si tenías tiempo, te daban tiempo de conocer el lugar. No diré a dónde fui, pues algunos que sepan sobre este lugar inmediatamente lo pueden identificar y no quisiera que se hiciera mala fama por lo que pasó ahí la primavera del año dos mil quince Sé que esas brigadas se realizan cada año. También sé que es una comunidad muy cerrada y no me gustaría provocar un problema, pues ese lugar es conocido como un punto importante, porque la fe parece estar en una batalla continua por permanecer en los habitantes de la pequeña comunidad en medio de las montañas. Es un lugar al que es difícil llegar. Tienes que tomar un autobús más aparte del que te deja en la central del centro del Estado. Para llegar. Todavía haces una hora más de camino. Después subes a pie por otra hora y cuando llegan anualmente las brigadas, se procura llevar donaciones recaudadas en la comunidad a la que sirven los misioneros. Llevamos algunas cobijas, juguetes, ropa abrigadora, entre otras cosas. Siempre permanecemos en la iglesia, que, aunque pequeña, tiene algunas grandes alas en las que se pueden quedar los misioneros. Ahí se reparte una sala para mujeres y la otra para hombres. La luz se va seguido del Internet. Puedo decir que es muy complicado usarlo. Siempre falla. Además, hay pocos lugares donde realmente toma señal el teléfono para ser simples llamadas. Es por eso que las misiones no son recomendadas para todos. Ahí escasea todo. Estás aislado y es muy probable que no puedas hablar con nadie más que con tus compañeros de viaje, pues incluso los lugareños mantienen la distancia por su naturaleza desconfiada. Pero no todo es malo. Las personas, aunque calladas o distantes, son muy amables. Ellos invitan algunas comidas para presentarnos a la Comunidad. Formalmente, el año que fui se había fijado como el gran evento el retiro espiritual de los jóvenes habitantes. Nosotros íbamos a hacer acompañantes en su proceso de oración. Era mes de cuaresma. A pesar de ser el mes de marzo, hacía bastante frío. Era difícil lavarse la cara o bañarse por lo helada que estaba el agua. Los cuartos también se sentían fríos. Muchos de nosotros no estábamos acostumbrados a ese tipo de clima, así que también sufríamos un poco porque el cuerpo permanecía dolorido mucho tiempo por estar temblando. Nos quedamos quince días en los cuales desarrollamos actividades como pláticas sobre la Biblia, dudas sobre las relaciones de noviazgo en parejas jóvenes católicas también ayudamos en el acarreo de agua, la limpieza del lugar, la reconstrucción de algunos espacios y en ese tiempo estaban pintando la fachada de la notaría, así que también me tocó participar en la pintada del lugar. A pesar de lo pesado que fue, me sentía muy bien. Podría decir que hasta demasiado feliz era un sensación como de flotar la que me recorría todo el cuerpo, haciéndome siempre estar activa dispuesta a ayudar. Hasta ahora, entiendo que se tiene que sentir mucho más que felicidad por la diversión para dedicarse al camino de servicio al otro. Ya estábamos por la recta final. Era el último fin de semana en la Comunidad. El cierre sería con el retiro espiritual de todos los jóvenes. Ahí asistió el padre y dos mujeres que realizaban trabajos constantes dentro de la notaría. Una era la secretaria de la oficina parroquial y la otra, señora más grande, era la encargada del grupo de oración de la parroquia. Comenzamos el viernes por la tarde. Después de asistir a misa, recibimos a los chicos que iban a ser parte de la experiencia espiritual. El retiro consistía en permanecer dos días alejados de amigos y familiares, dedicando todo el tiempo a la reelección de las escrituras, así como el acercamiento a la búsqueda de Dios en la relación con los demás. Más. La primera noche, las mujeres que pertenecíamos a el grupo de misioneros, recibimos a las chicas jóvenes, a nuestro cuidado, los hombres, a los chicos. Seguimos el horario, nos dormimos temprano. Realizamos muy temprano la limpieza, así como el desayuno para ir a misa a las ocho de la mañana. Durante esa misa comenzamos a escuchar como pisadas dentro del templo. Pensé que alguien había llegado tarde o se había metido por error, pero no sabía cómo o por qué. La iglesia permanecía cerrada por esa actividad. Las familias irían a reunirse con sus hijos hasta el domingo. Tras la misa de medio día, me desconcentraba escuchar esas pisadas. Me volteaba a ver por todos lados para ver si lograba saber quién estaba faltando al respeto, pero no había nadie fuera del lugar. Mis compañeros también estaban buscando la procedencia de esos pasos. Tras el servicio religioso continuó la actividad de lector y explicación de escrituras, pero una chica nos había dicho a la salida del templo que se sentía mal. Ella era una chica de mi edad con rasgos indígenas muy marcados. Me parecía muy linda. Tenía una presencia tranquila. A ella le gustaba mucho ser atenta con nosotros si nos preguntaba si podía hacer algo más o si necesitábamos algo. Durante la semana y días que estuvimos haciendo labores de trabajo. Ese día la vi pálida. Le pregunté por qué no había desayunado, pero no quiso decirme. Me pidió que la llevara con el padre. Fuimos juntas, pero a medio camino comenzó a tener mareos. Tengo que admitir que mientras detenía su pelo para que no lo ensuciara, lo primero que pensé es que estaba embarazada y sentí mucha pena por ella. En ese momento creí que estaba perdida por salirse del camino de la Buena Iglesia. Al ir con el padre, me pidió que le dejara confesar a quien llamaré clara. Mientras esperaba. Fuera de la hora del sacerdote, comencé a notar que había un mosquerío por todos lados. Me los espantaba y sentía que me picaban la piel. Ella salió. Me dijo que la acompañara a continuar con las actividades, pero era hora de comer. Cuando llegamos al comedor improvisado, ella se sentó en una silla muy lejana. A todos se veía sudorosa. Eso era raro, pues seguía haciendo una sensación de frío en el aire. Ella no pudo comer, a pesar de que aceptó el plato con comida. Justo al momento del primer bocado, salió rumbo al baño. Como yo estaba cuidando de ella, la seguí Ella había cerrado la puerta del baño. No podía ayudarla. Sólo escuchaba todo y en un punto la escuché llorar. Le pregunté si estaba bien y me dijo que sí, pero siguió llorando toque la puerta de metal, pues estaba preocupada y le dije que si necesitaba hablar con alguien o ayuda, podía confiar en mí de verdad que yo era una chica muy tonta en ese momento. Ella no me contestó. Pronto se tardó unos minutos, me preocupé y le dije de nuevo si estaba bien. Ella me dijo que sí. Para después seguir vomitando mientras escuchaba el dolor que a ella se le escapaba en cada quejido desde dentro. Parecía que estaban arañando la puerta. Me acerqué el oído a la puerta para averiguar qué era ese sonido, pero no estaba preparada para escuchar esos susurros provenientes de alguien que no era clara. Eso sonaba como un hombre hablando muy bajo. Me alejé de la puerta pidiéndole a clara que me dejara entrar. Ella abrió la puerta. Sudaba tanto que le goteaba el sudor de la frente hasta la nariz y los pómulos, las ojeras se le habían acentuado. Se veía muy enferma. Le pregunté si tenía algo en el estómago, pero me dijo que no, que a veces le pasaba que no podía comer por semanas. Me quedé sin palabras, como había podido sobrevivir así sin comer por semanas. Era obvio que teníamos que hacer algo para que fuera a un médico, al menos llevarla y regresarla a su casa para saber qué le pasaba. Estaba preguntándole sobre su familia. Cuando me interrumpió el rechinido de los otros baños. Las puertas se habían movido lentamente haciendo rechinar los fierros. Ambas nos quedamos calladas. Ella hizo una cara que no puedo describir. Era como si un miedo extremo se apoderara de ella. Después cambió drásticamente sonreía y se me erizó la piel. Esa sonrisa me hizo sentir que algo raro tenía quizás alguna enfermedad mental clara. Al darse cuenta de esa sonrisa, de nuevo hizo una cara de pánico y se tapó el rostro con las manos. Comencé a escuchar de nuevo los susurros, pero ahora se acompañaban de ligeros crujidos. Naturalmente, miré a todos lados, me pasé a revisar cada taza de baño, Me regresé varias veces a la puerta y descarté que alguien más estuviera ahí. Clara cantaba bajito mio mientras dejaba sus manos en la cara. Me regresé a ella, que esperaba parada justo a la salida del baño, y le pregunté qué canción era la que cantaba, pero ella me contestó que ella no era la que estaba cantando y se quitó las manos de la cara. Sus labios estaban estáticos, pero la voz que cantaba se seguía escuchando. El sonido provenía del baño sin pensar en nada, ni siquiera en persignarme o algo. Salí corriendo hacia donde sabía que estaba el padre. Al llegar, todos estaban en el momento de la oración. Estaban teniendo una plática con el padre, que estaba programada. Clara entró y se sentó sin decir nada. Yo me quedé viéndola preocupada. Le hice una seña al padre para avisarle que algo estaba mal con ella. Él pidió un minuto y se acercó a mí Creo que mi expresión lo decía todo algo malo estaba pasando. Cuando tuve que decirle lo que pasaba, no sabía si iba a pensar que estaba loca, por lo que solo le dije que creía que Clara necesitaba ayuda lo más pronto posible, porque no paraba de vomitar Clara en algún momento sin darnos cuenta se había parado de su silla y se había puesto con la cara contra la pared hasta el fondo del cuarto que se estaba usando como salón de clases, pues en la noche se convertía en el dormitorio de todas las chicas. Varios de los chicos presentes comenzaron a preguntarle si estaba bien, pero ella no contestaba. El padre alzó la mano en señal de que guardáramos silencio un momento mientras se acercaba muy lentamente a la chica. Cuando se acercó, tocó a Clara del hombro y ella se sobresaltó volteando rápido a preguntar si pasaba algo. Se veía confundida sin mirarme. El padre me preguntó si había hecho algo así antes ella, pero le dije que no, que sólo parecía enferma del estómago, pero por algo le dije que había estado rara en el baño, que parecía que estaba mal. Y luego, bien, de repente, hasta que canta, el padre nos dijo que comenzáramos a salir de la sala. Tenía que hablar con clara para saber cómo se sentía. Ella se dejaba conducir por él hasta las sillas a donde la llevaba para sentarla. Recuerdo que las señoras que nos acompañaban comenzaron a ayudarnos con los cuadernos y las biblias, pero antes de poder hacer más, se cerró el portón de esa sala con fuerza di un salto pues estaba cercas de la puerta y me tomó por sorpresa, pues permanecía atenta a clara y la veía más desorientada. Algunos de los asistentes se quedaron afuera. Sólo permanecieron dos adentro y la señora que era la secretaria, como el portón, tenía un vidrio de esos que no permiten ver bien hacia adentro, comencé a jalar con toda mi fuerza las manijas para ver si podía abrir, aunque sea un lado del portón, para poder entrar a ver lo que pasaba, varios de mis compañeros se acercaron a ayudar. Todos queríamos abrir la puerta pronto de pronto. Los sonidos de los gritos de una chica se escucharon, se transformaban en horribles gritos aterradores, luego en gemidos de mujer, después emberridos de animal. Todos nos alejamos del portón como si estuviera maldito la señora comenzó a rezar. Nos dijo que rezáramos con ella y que la siguiéramos. No hice caso y le dije que era más importante ayudar a clara. Quizás estaba pasando por algún episodio mental o físico terrible y ni el padre había podido ayudarla. Los otros siguieron a la mujer que rezaba y sólo un muchacho me dijo que él me iba a ayudar. Me sostuvo entre sus hombros para ver si lograba ver algo. Entre las ventanas de la parte de arriba del portón adentro se escuchaba un caos. Las sillas rechinaban como si las estuvieran moviendo todas. Al mismo tiempo, las oraciones salían también del interior de la sala. Un chico de los que se quedaron adentro gritaba y rogaba por auxilio. Miré a todos las de la sala y fue cuando vi que el padre estaba sosteniendo a Clara, quien estaba tirada en el suelo moviéndose como loca, pateando y gritando. Las sillas a su alrededor rechinaban y se movían solas poco a poco, mientras ella gritaba. El padre sostenía algo entre su mano y el pecho de Clara que al fijarme bien, me di cuenta que era una biblia. Al parecer, eso era por lo que Clara no se podía mover más. Por eso pataleaba y gritaba. El chico que quería salir golpeaba la puerta, así que con la vibración me resbalé y caí sobre el muchacho que me estaba ayudando a ver lo que pasaba. Al caer no podía hablar, Me temblaban los labios y me hormigueaban las manos. Sentía que la mirada de Clara se clavaba en mí como si me estuviera viendo desde adentro de mi alma, aunque yo jamás la había visto bien directamente a los ojos. El chico que me había ayudado a subir me preguntaba una y otra vez que estaba pasando adentro y yo estaba o como la onda. Sentía que no podía dejar de alejarme de todo como un eco. Escuchaba los sonidos de mi alrededor. Mis brazos y piernas no me respondían. Por eso el chico me movió hasta que regresé un poco a mis sentidos. Desde afuera escuché el grito fuerte del padre invocando a Dios. Estaba orando por la liberación de clara. Comencé a reaccionar, pero no podía creer lo que estaba pasando. Jamás en mi vida. Había creído que las posesiones realmente se seguían presentando. Pensé que era algo del pasado o que eran enfermedades no tratadas. Yo creía totalmente en la presencia de Dios, pero jamás creí en la del diablo. El chico que lloraba y pedía ayuda se desmayó. Lo vimos caer poco a poco desde ese vidrio opaco. Dentro las oraciones se incrementaban el padre, el muchacho y la señora que se quedaron con clara, oraban sin detenerse y afuera sólo cinco compañeros acompañaban a la secretaria. Ba ba ba ba ba ba n la hincado sorando con los ojos cerrados de los demás asistentes. No había nadie. Quizás habían corrido a la iglesia o fuera de aquí porque no habían podido soportar el escuchar los gritos o imaginar lo que estaba pasando a puertas cerradas con la pobre clara. El chico que me había cargado me dijo que lo que estaba pasando adentro era un crimen. Se escuchaba como si estuvieran torturando. A Clara le dije que pensara realmente lo que estaba pasando, que era imposible que aún no supiera en presencia de quien estábamos. Un aullido interrumpió lo que decía a lo lejos un perro negro hollaba con fuerza a unos metros de la entrada del terreno de la iglesia. A pesar de la distancia, sus ojos resplandecían de un color amarillo antinatural. La tarde estaba cayendo sentí miedo de la noche de la oscuridad, porque no sabía cómo enfrentar a ese mal, al mismísimo mal en persona. En ese momento olvidé mi formación, mi experiencia en la iglesia y y hasta mi fe Así me di cuenta que lo que yo estaba buscando era compañía no permanecer en el camino de Dios. Ahí me di cuenta que no creía realmente en Dios y comencé a llorar por el miedo. El joven que creía que estaban lastimando a una enferma, pateaba y gritaba sin parar a la puerta exigía que la abrieran. Los demás oraban y el padre no paraba en su trabajo de desalojo. En medio de la oscuridad de mi alma, sentí que los últimos rayos del sol estaban cayendo. Corrí con la intención de huir también, pero me sorprendí al darme cuenta que mi cuerpo estaba haciendo otra cosa. Fui a prender todas las luces disponibles. Corrí hasta la sacristía y traje todas las veladoras y sirios que encontré una a una las fui prendiendo poniéndolas en las manos de los que rezaban. Me quedé con una dudando, pues no sabía si realmente podía ayudar desde fuera. No veía nada, pero sabía la lucha que se estaba dando lugar puertas cerradas en ese momento. Creo que encontré por fin mi fe A pesar de lo asustada que estaba. Me puse a orar junto con los demás y no sé por cuánto tiempo seguimos en oración. El frío era fuerte, pero varios no se movían de su posición. A la mañana siguiente había varios tirados afuera estaban dormidos o desmayados. No lo supe jamás. La señora se levantó de pronto. Era la única que había permanecido orando todo el tiempo. Yo en algún momento comencé a llorar porque escuchaba como si varias voces se desprendieran al mismo tiempo de la garganta de clara. Tras levantarse la secretaria del lugar donde permaneció hincada, se sacudió la falda y se arregló un poco. La ropa fue directo a la puerta y sin nada de dificultad pudo abrir ambas partes dejando libre el paso. El chico estaba desmayado y los ayudantes del padre se abrazaban mutuamente. El padre estaba sentado en el suelo cuidando el sueño de Clara. Ella se veía tranquila, pero su cuerpo estaba lleno de arañazos y cicatrices. Le vi los dedos ensangrentados también el cemento del piso. Creo que se arrancó las uñas peleando. El padre me indicó que fuera hacia él con miedo. Le dije que no jamás voy a olvidar que me sonrió en ese momento. Luego me pidió que llamara a Carlos, quien entró corriendo al llamado ese chico. Había pasado toda la noche orando y fue el único que permaneció en la congregación. Después de eso, en mi caso, dejé de asistir a misa. Me alejé de todo, comencé mi propia lucha por mi salvación. El miedo me perseguía y sentía que iba a terminar igual que Clara y vivía aterrada más de seis meses. Afortunadamente, una chica del coro me apoyó. Terminé contándole todo al padre de la parroquia en la que antes asistía, y él me ayudó mucho. Por eso, hoy regresé a mi fe aunque jamás podría ayudar a alguien a recuperar la suya. Viví lo peor que puede aur haber vivido para saber que jamás tendría la fuerza de clara de Carlos, de las señoras que ayudaron o del padre de ese pueblo. Es más ni siquiera del párroco de mi iglesia. En mi familia hay una casa que tiene una especie de leyenda entre los familiares, una que dice que quien logre quedarse a vivir ahí más de una semana se queda con ella y con toda la riqueza que está escondida ahí. Yo no me creía esos cuentos de tesoros enterrados o fantasmas que custodiaban riquezas. Sólo cuando era niño pensaba que existían los fantasmas, me daba miedo la oscuridad. Creía que un monstruo vivía debajo de mi cama. Lo normal. Con el paso del tiempo me hice más incrédulo. A pesar de que mi familia siempre ha sido muy creyente de cosas mágicas. Mis papás también tienen ciertas creencias, como que las ánimas llegan el dos de noviembre de visita o que cuando se escucha a los perros aullares que traen a la muerte. Yo soy nieto directo del que actualmente administra todos los bienes que corresponden a la herencia de los padillas. El problema es que mi papá se casó con una mujer a la que mi abuelo jamás dio su bendición como nuera. Mi papá se había escapado con mi mamá cuando tenía veinte años y ella veinticuatro. No sufríamos creencias. Estábamos justos siempre, pero no recuerdo momentos muy amargos entre mis hermanos y yo hasta considero que éramos más felices y unidos que mis primos, pues del lado de los hijos bien aceptados por el abuelo Arturo siempre había peleas sin sentido. Mis diez primos eran hijos de los otros cuatro hijos de mi abuelo. Ellos eran los que tenían algo de dinero, algo de la herencia les había beneficiado, así como las conexiones de mi abuelo, los trabajos de sus papás y una serie de pequeños regalos que el abuelo hacía para ayudar a mejorar sus negocios o contribuir a sus fres familias. Casi todos mis primos se dedicaban al negocio de agave. En ese momento yo prefería no entrar en ese círculo. No era que mis primos se portaran mal conmigo y mis hermanas, pero mi papá no tenía una buena imagen de ellos y yo me quedé con la idea de que incluso la riqueza de la familia era muy turbia, pues algo no cuadraba. Los primeros padilla que conocía en el árbol familiar eran unos migrantes castellanos. Ellos tenían dinero para explotar en el nuevo mundo y vinieron buscando hacerse ricos. Así pasó dos generaciones después ya eran dueños de una hacienda. Tenían dinero invertido en alguna mina, comerciaban con piedras preciosas. Luego se extendieron a la ganadería y al final también habían invertido en algunas destilerías. Cuenta mi papá que cuando era niño, la situación de la familia no era tan buena. Muchos habían perdido su dinero por malos manejos, habían perdido la vida justo al momento de la de r viajar transportando cosas valiosas y habían terminado robadas. Pero era como un volado. A veces ellos estaban bien, a veces mal. Incluso le pasaba a su abuelo entre cada pequeña. Desgracia, la importancia del apellido se perdió. Pocos recordaban que antes hablar de los padilla era saber, de la gente de dinero al norte de Jalisco. Yo no quería averiguar nada entre esos robos, pérdidas y muertes. Era obvio que algo malo estuvieron haciendo mis ancestros para que terminara empobrecida la familia, aunque la palabra pobreza era relativa, porque aún había algo de dinero entre sus manos. Una de esas aburridas fiestas de fin de año, en las que íbamos al rancho de mi abuelo, el señor don Arturo, me aburría y me enfriaba hasta los huesos. Estaba harto. Mis hermanas estaban ocupadas, persiguiendo muchachos del pueblo con mis primas mayores y me quedé solo con Pepe, el primo más alcohólico de todos. Cansado de aguantarlo, me levanté de la fogata, dispuesto a irme a acostar bien cobijado y ponerme a leer el libro que traía conmigo, porque en aquel lugar no había ni luz, a veces menos señal para el teléfono. Mientras me dirigía a donde iba a dormir, pasé por la cocina. Mis tías estaban platicando con mi mamá. Ella se veía incómoda como diario, así que intenté ir a sacarla de ese problema. Cuando me quedé interesado en lo que ellas contaban, le decían que quizás ella y mi papá tendrían que ir a quedarse en la casa grande para probar suerte con el tesoro. Se contaba que hace muchos años, la casa principal, la que habían construido los primeros padilla, tenía un tesoro oculto entre sus paredes. Había un testamento que lo mencionaba. Mandaba a probar suerte a los herederos para ver si podían encontrarlo. Era un tesoro para salvar a la familia. Sólo parecería para ayudar a aquellos que cayeran en desgracia. Verdaderamente entendí por qué mi mamá estaba tan incómoda. De nuevo, mis tías estaban señalando nuestra disque pobreza. Ella hizo como que iba al baño e iba a aprovechar que yo estaba pasando para que la acompañara, porque le daba miedo cruzar el patio a oscuras. Mientras la acompañaba. Le pregunté si esa historia era real si había un testamento señalando que había un tesoro oculto en la casa vieja. Ella me dijo que sí, que hasta mi papá le había contado esa historia, pero nadie había podido encontrar nunca ese tesoro. Yo pensé que podríamos probar ir no estaba de mal tener un poco más de dinero, pero por no ofender a mi mamá por si creía que también pensaba que no teníamos lo suficiente, no le dije nada, aunque la idea de ir a esa casa ya estaba bien plantada en mi cabeza. Mi mamá se encontró con mis hermanas y les preguntó dónde estaba mi papá. Él estaba encerrado en el cuarto de su papá. Tenían un buen tiempo ahí platicando encerrados. Me preocupé. Esperaba que que no hubiera problemas más tarde, porque mi abuelo no era la mejor de las personas, así que esperaba lo peor. Fui por mi libro al cuarto y me quedé sentado en una silla cerca del pasillo esperando que salieran. Escuché algunos ruidos en el pasillo. Mi abuelo había salido de su cuarto para cenar. Nos sentamos todos los nietos a la mesa chica en la cocina. Los grandes estaban en el comedor principal. No hubo señales de problemas. Pasó la noche tranquila, terminó el festejo e íbamos a regresar al día siguiente a nuestra casa. Por la mañana. Al ir al baño, escuché la voz de mi abuelo que me hablaba cuando me acerqué lo escuché sin decir mucho. No lo conocía bien. Siempre me había dado la sensación de que si decía algo indebido, me iba a pegar con su bastón. Él se veía muy tranquilo cuando me dijo que se iba a morir pronto, pero había podido hablar con mi papá por si pasaba cualquier cosa. Así que era mi turno de platicar un rato. No, no, no fue nada del otro mundo. Me preguntó dónde estudiaba a que me iba a dedicar, si tenía novia, si pensaba tener hijos. Cuando le hice saber que estaba estudiando contabilidad, le brillaron los ojos. Me dijo que esa era una buena profesión, no como la que tomó mi papá de estudiar música. Al final de la conversación me dijo si ya había ido a quedarme a la casa Grande. Le dije que ni siquiera conocía dónde estaba y se quedó callado mirando a la nada. A los pocos segundos sin mirarme me dijo que le pidiera la llave a Julia, la señora que se encargaba de la limpieza de su casa. Después me ordenó que fuera pronto. Me daba hasta mayo para ir. Era diciembre y con voz severa me dijo que tenía que probar suerte. Como los otros nietos, tenía que ver si yo podía quedarme con el dinero de la casa, porque él no iba a esperar a que viniera alguien ajeno a la familia a encontrar ese dinero que no se merecía. Me levanté agradeciéndole como todos los demás veces humano y antes de poder retirarme me miró fijo de nuevo me dijo que tenía hasta mayo para ir a esa casa. Cuando íbamos de regreso, llevaba la llave conmigo. Mis hermanas estaban enojadas porque a ellas no les había dicho nada ni les había dirigido la palabra. Mi papá me dijo que era decisión mía si quería involucrarme con las costumbres de su familia. No podía negarme eso, pero me pidió que tuviera cuidado. Me contó la otra parte de la versión de la familia. Aquellos españoles que llegaron a probar suerte al nuevo mundo eran personas que pertenecían a un culto. Ellos habían encontrado poder gracias a las cosas malas que hacían. Estaba involucrada a la brujería. También el robo de bienes de algunos judíos a los que acusaron falsamente de ser ellos los que habían practicado brujería. Muchos se fueron involucrando en la política la venta de indígenas como trabajadores que eran casi esclavos, pues la esclavitud estaba prohibida. Por esa razón, él había decidido dejar a la familia mudarse al centro de la gran urbe y alejarse de cualquier cosa que tuviera que ver con el apellido. No quería tener nada que ver con eso. Evidentemente, todos quedamos sorprendidos. Al parecer, mi mamá tampoco supo nada del pasado familiar. Fue por eso que le preguntó si mi abuelito estaba involucrado en esas cosas. Todavía mi papá dijo que no sabía, pero mis primos, los que andaban trabajando con agaveros tenían los anillos que pasaban de generación como símbolo de lo que ellos creían. Me quedé todo un mes ignorando la llave. Quizás mi papá tenía razón y lo mejor era no saber nada de las cosas en las que estaba metida a la familia, pero me carconía la curiosidad pertenecer a un culto no me parecía raro. La gente ha hecho cosas más raras con tal de conservar las riquezas. Lo lo lo s o o lo o r or relmente. Me llamaba. La atención era que nadie había podido encontrar ese tesoro escondido en aquella casa. Quizás todos mis familiares eran una bola de idiotas ignorantes. Con un poco de suerte y pensando bien los lugares o revisando algunos mapas de construcción, podrían saber dónde estaba ese dinero. Me decidí iba a ir a la casa grande a revisar si podría encontrar algo. Mi mamá intentó que cambiara de idea, pero estaba seguro de que podría encontrar esa herencia. Además, era mía, Nadie podría decir lo contrario. Mi abuelo me había dado la llave esperando que yo la encontrara. Mi papá no dijo nada, permaneció en silencio. Respetando mi decisión. Me llevé a mis hermanas. Ellas también tenían derecho de acompañarme. Íbamos a encontrar entre los trece ese tesoro, lo íbamos a repartir entre nosotros, incluyendo a mis papás, y así podríamos tener un poco más de oportunidades. Nos fuimos a finales de enero. Teníamos dos semanas antes de tener que regresar para seguir con las actividades normales de la escuela. Le pedí a uno de mis amigos que tenía carro que nos acompañara. Así podría tener una mano extra en caso de que tuviéramos que hacer trabajo rudo como escarbar Ángel. Era mayor que yo tenía carro y toda la disposición de ir a buscar un tesoro enterrado. Era un chico con mucha buena actitud. Le encantaban los cuentos. Era muy fácil tratar con él y casi a cualquier evento al que lo invitaba. Allí estaba llegamos un lunes en la mañana cuando llegamos, nos quedamos en la carretera. Al parecer teníamos que cruzar una reja de alambre para llegar a la casa. Llamé a la casa de mi abuelo y me contestó. Julia le pregunté si podíamos entrar como si nada al terreno. Ella contestó que sí, pero que procuráramos llevar comida, agua, algunas cosas con filas, leña o cosas que no necesitaran luz directa. En la casa no había luz ni comunicaciones. Teníamos que sacar agua de un pozo que estaba atrás. Nos dijo que le avisáramos y veíamos que alguno de los alambres estaba roto o señales de que alguien se había metido. Al parecer, era famosa la leyenda del tesoro escondido en esa casa. Después de quince minutos de pasar la reja llegamos a la casa. Era mucho más pequeña de lo que pensaba apenas eran cinco cuartos y dos de ellos eran un comedor. El otro un lugar que parecía haber sido una cocina muy antigua. Lo raro es que se veía más arreglada que lo demás. Al lado tenía unos espacios donde ponían caballos, Había cosas tiradas, un andamio, también cubetas de cal cemento y ladrillos. Creo que habían intentado darle mantenimiento, pero no se pudo. Tampoco entendía, porque todo estaba aventado como si hubieran dejado las cosas a medias. Sólo la cocina estaba preparada para que se puede erra cerrar la puerta. También tenía como una estufa de hierro de esas que se usan con leña. Había algunos agujeros en la tierra. También se veían deterioradas las paredes de adobes en algunas partes se veían picadas y en otras habían tirado un pedazo. Creo que habían picado el Adobe con palas o cuchillos esperando encontrar el tesoro. Después de ese pequeño recorrido, nos dimos cuenta que no podíamos quedarnos a dormir en la casa. Como pensamos, Ángel traía una casa de campaña. Esperaba dormir afuera para no incomodar a mis hermanas. Decidimos dejar a las chicas dormir en la casa de campaña, justo en donde era el comedor y nosotros íbamos a usar uno de los cuartos que tenía más espacio. Había unas bases para cama de metal, también unos colchones tapados con bolsas de plástico. Era cuestión de poner unas cobijas. La casa. Tenía algunas cosas, pero tendríamos que ir viendo que podíamos usar y que no porque había pasado mucha gente por ahí dejando las cosas a medias. Supusimos eso porque hasta en la mesa del comedor habían dejado todo acomodado, como si alguien estuviera comiendo. Ya no había ni rastro de comida, pero que daban los restos de comida. Fuimos a revisar la letrina. Estaba bien y al menos podríamos contar con un baño cerrado. También revisamos el pozo. Estaba limpio y podríamos usar esa agua para lavar o limpiar. El primer día nos dedicamos a revisar toda la casa. Fuimos haciendo un pequeño mapa de todo. También revisé algunos cajones donde encontré actas de nacimiento viejas, casi ilegibles. Había un álbum viejo de fotografías bien guardado En uno de los cajones. Estaba envuelto en tela al ver esas personas, me di cuenta que me parecía mucho. Algunos interrumpí la revisión cuando escuchamos que mi hermana, la más grande gritó dijo que estaban revisando un ropero cuando una de las cortinas mal puestas de una ventana se movió sola, decía que se puso a ondear como si hubiera mucho aire, pero la peque como le llamábamos a mi hermana más chica, dijo que ella no vio nada. Dejamos la búsqueda un rato para comer y descansar, pues no pasó nada trascedente durante el día. El detalle fue por la noche, al momento de irnos todos a dormir. Comenzaron a pasar cosas que no podíamos explicar fácilmente donde Ángel y yo estábamos dormidos. Se escuchaban pasos en el techo por la oscuridad. No se veía nada, pues allá en los ranchos o esas casas viejas lejos de los pueblos, no se ve nada. No alumbra la luz de un carro o de una casa en muchos kilómetros por la oscuridad tan profunda a cada rato. Usaba la luz del celular para revisar si veía algo en el cuarto, pero no había nada sorprendentemente ni arañas. Había apenas lograba quedarme dormido. Cuando escuchaba de nuevo los pasos, me despertaba a revisar y nada. Jamás veía nada ángel ni cuenta se daba con el sueño tan pesado, apenas si se despertaba con un ruido fuerte, así que no se iba a despertar con la luz. Llegó la mañana y no dormí bien en cuanto virus fui a despertar a la peque quería ir a dar una vuelta más lejos de la casa. Quizás había un indicio que no podía verse fácilmente desde dentro de la casa. Cuando llegué a la tienda de campaña puesta en medio del comedor, no escuché que estuvieran despiertas. Comencé a mover la casa para asustarlas. Las escuché gritar y comencé a reírme. Les dije que era yo Ángel llegó corriendo, pues se despertó con los gritos fuertes. Las muchachas iban saliendo de la tienda sacudiéndose tosían y les pregunté qué pasaba. Ellas dijeron que había mucha tierra revuelta entre sus cobijas. Les habían puesto tierra mientras dormían. Pero eso era imposible. La tienda se abría solo desde dentro la peque estaba muy asustada. Me dijo que la casa estaba poseída y, como era muy nerviosa, quería irse en ese momento. Después del susto, nos fuimos a desayunar convencía a mi hermanita para que no saliera corriendo, pues íbamos a buscar otro día más. Quizás podríamos entender dónde estaba el tesoro. Caminé en círculos por la casa. Miraba y miraba la casa. No veía algún indicio en la forma. Había leído que algunos cultos construían sus casas con mensajes ocultos para que sólo los que conocían de sus códigos pudieran encontrar rutas secretas o pudieran entender que ellos pertenecían al mismo culto. Mientras me rompía la cabeza pensando a lo lejos al lado de la casa, vi que un hombre salió de una esquina había dado vuelta y ahora se dirigía a donde estaba el establo. De ese lado estaba la cocina. Comencé a gritarle. El hombre se veía grande de edad, de pelo largo y bigote. Traía unos pantalones cafés y una chamarra de piel. Por más que gritaba no se detenía, así que comencé a gritar más y más para que Ángel estuviera avisado que alguien se iba a meter a la casa. Corrí con todas mis fuerzas y hasta me resbalé con la arena. Cuando llegué a la casa, escuché que lloraba la peque me agarré de la pared sofocado, me lancé a la cocina. Ángel estaba sentado en un banco de madera y mi hermana mayor estaba revisando a la peque de la cara. Cuando me vieron llegar, comenzaron a preguntarme si estaba bien. Yo le preguntaba lo mismo. La pe que se me lanzó a mis brazos y le vi la cara llorosa. Tenía un golpe en el ojo y la mejilla izquierda me puse como loco estaba fuera de mí, gritaba y maldecía. Comencé a perseguir a mi amigo, pues nadie más pudo haberle pegado así. Él corría de un lado a otro y se escudaba con lo que encontraba. Mi hermana me agar ó erra por atrás y me dijo que él no había sido que le dejáramos que nos explicara. Yo estaba en crédulo como no había sido él había sido mi hermana. Me volteé a ver a mi hermana y le grité si ella había sido capaz de dejarle así la cara. Ella me contestó que ni, aunque quisiera podría dejarle un golpe de esa forma. Cuando estaba más tranquilo, me contaron lo siguiente. Los tres estaban en la cocina platicando. Habían estado inquietas las muchachas por lo de la tierra, mientras pensaban en cómo pudo haber pasado eso. Escucharon unos pasos en el techo. Ángel se había asomado por el patio para ver si yo estaba arriba, pero por más que me llamó, no contesté. Se regresó a la cocina. Ahí las muchachas estaban abrazándose. Le dijeron que se había movido uno de los vasos de la mesa. Solo él no les creyó. Pensó que estaban demasiado nerviosas e intentó tranquilizarlas. Pero antes de poderse medir al lugar, en el momento que cruzó el umbral de la puerta, una de las cucharas que estaban ahí también se movió sola cayendo de la mesa. La peque entró en pánico les dijo que no se iba a esperar que algo peor pasara. Ella se moría de miedo y no quería estar ahí ni un minuto más. Les dijo que iba a ir por mí para decirme que teníamos que irnos esa misma tare Al momento de salir al patio, vieron como ella se fue de lado, cayó casi medio metro de donde estaba. Fueron corriendo a auxiliarla y fue cuando la vieron con ese golpe. Ella estaba confusa por el golpe no podía hablar bien. La llevaron adentro Ángel. Le llevó agua y un trapo a mi hermana para que pudiera limpiar su cara, pues había quedado con tierra por la caída. Mientras la curaron estaban todos callados. Disimulaban el miedo por el bien de la peque no querían entrar en pánico, pero al verme llegar corriendo casi por desmayar, pensaron que algo malo me estaba pasando. A mí también les conté del hombre que vi que se metía a la casa y mi hermana rompió en llanto. Entendí que teníamos que salir de inmediato. No recogimos casi nada, apenas si pudimos doblar la casa de campaña. Ahora entendía por qué razón estaban todas esas cosas tiradas, porque parecía que la casa estaba abandonada. Seguramente a otros más les había pasado lo mismo que nosotros de regreso llevamos a la peque a un consultorio. No fue fácil explicar lo que pasó, así que dijimos que un hombre se había metido a la casa donde habíamos ido de vacaciones porque pertenecía a nuestra familia y que, sin razón, había golpeado a mi hermana. A pesar de que sonaba raro, nos creyeron y procedieron a ponerle algunas cosas para que bajara la hinchazón del golpe. Yo le marqué a Julia, pero me contestó. Mi abuelo raramente le dije que iba a Regresarle las llaves, que no había podido encontrar nada, que no quería volver a esa casa y me contestó que estaba bien, que esperaba que estuviéramos bien. Así supe que él sabía exactamente lo que pasaba ahí. No le quise ni decir adiós, ni me esperé a que agregara más del coraje. Le colgué, le regresé su llave por correo y jamás volvimos a hablar del tema de la casa en mi familia y tampoco fuimos al funeral de mi abuelo. Relatos escritos y adaptados por Patricia González