Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Me Hicieron Un Trabajo Con La Santa Muerte Por Venganza ( Recopilación De La Santa Muerte #1)
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Mi nombre es Roger Soy de Atizapán, en el Estado de México. Pero esto que les voy a contar sucedió cuando precisamente me encontraba en Monterrey luego de haber terminado mi carrera universitaria, esto con la intención de buscar un buen empleo. Por fortuna, tuve la oportunidad de entrar a una oficina de abogados. En ese tiempo. Yo era una de esas personas que pensaba que el amor a primera vista no existía, que no era más que una simple frase de jóvenes. Pero esta opinión cambió cuando conocí a una linda chica llamada Galilea. Me atrevo a decir que me enamoré de ella desde el primer momento en que la VI. Ella era secretaria del Departamento de Abogados y tenía ya varios meses trabajando en ese lugar, o al menos eso fue lo que me contó David, un compañero a quien conocí en dicho trabajo. Sinceramente, era la mujer más hermosa que había conocido. Era preciosa, tenía el cabello muy largo, negro y ondulado. Sus ojos eran enormes, sus labios siempre estaban pintados de rojo y su piel era blanca como la nieve. Además de esto, su cuerpo era hermoso. En pocas palabras, para mí era perfecta. Uno de esos días, David me confesó que Galilea era soltera, algo que me hizo muy feliz y hasta cierto punto, imaginé que podría tener una posibilidad de andar con ella. Me gustaría mencionar que en ese tiempo ya había tenido algunas pláticas con Galilea, ya que, aparte de ser una excelente trabajadora, también era una buena compañera, pero nunca me atreví a preguntar si era soltera o no. No quería parecer un desesperado y que se alejara de mí. En fin pasó un mes aproximadamente cuando ella me hizo una invitación que me dejó sorprendido, algo que no vi venir. Me preguntó si tenía algún compromiso para ese fin de semana, ya que una amiga la había invitado a una fiesta y deseaba ir acompañada. Sinceramente, al escuchar sus palabras, me quedé mudo. Realmente no lo esperaba. Ella se dio cuenta de lo sorprendido que me dejó su propuesta, por lo que me dijo en broma que no me asustara que simplemente quería compañía y me elegía a mí para invitarme porque le había caído muy bien que estaba segura de que yo era una buena persona. La verdad, en el fondo, me emocioné demasiado. Estaba completamente feliz de que la chica que me gustaba me hubiera invitado a estar con ella en una fiesta. Ese era definitivamente el primer paso para acercarme más a ella y en algún momento, ser novios, sé que suena algo obsesivo eso, pero la verdad es que me gustaba demasiado. Como nunca me había gustado a alguien, así que que estaba demasiado contento y bueno está por demás decir que acepté y desde ese momento no veía la hora de que llegara el sábado. Mientras tanto, mis esperanzas de lograr conquistarla crecían en la medida de que pasaban los segundos. Finalmente llegó el día esperado. Fuimos a la casa de su amiga y conocí a un grupo amistoso de chicos y chicas que, al igual que la dueña de la casa, me hicieron sentir muy bien. Cuando llegué, David también estuvo en esa fiesta, pero por alguna extraña razón, se fue a las pocas horas de haber llegado. Sin embargo, no le di mucha importancia a eso, ya que en verdad me la estaba pasando de maravilla. Cuando terminó la fiesta, amablemente acompañé a Galilea hasta su casa, ya que, como todo un caballero, era mi deber y fue aquí que mi deseo se hizo realidad. Poco antes de decir adiós me dio un sorpresivo beso uno que me llenó el alma de alegría. Así que con esta linda acción iniciamos una relación. Durante los siguientes días. Todo fue hermoso, tanto que parecía un sueño. Pocas semanas después estuvimos juntos, pero es justo aquí donde ese sueño fue sustituido por una pesadilla. Aquello que pensé que sería siempre felicidad, comenzó a ser un martirio, uno que coincide con los aterradores acontecimientos de mi vida. La mujer que se había convertido en mi novia ahora de la nada y sin dar siquiera una explicación, empezó a comportarse de una forma indiferente. Cuando llegaba a la oficina para iniciar la jornada laboral, no me saludaba. Tenía que ser yo quien se acercara para verla. A medida que pasaban los días, el trato se hizo mucho más frío hasta llegar a tal punto en que me pidió que no me acercara a ella Durante las horas de trabajo. Argumentó que no quería tener problemas en la oficina. A partir de ese cambio de actitud. Fueron pocas las salidas que tuvimos juntos y en las cuales ella se mostraba seria, No no hacía ni una sola palabra, no se le veía el mínimo interés por convivir hasta se molestaba cuando le preguntaba qué le ocurría. Duramos de esa manera dos semanas hasta que uno de esos días ella puso fin a nuestra relación. Me sentí mal frustrado, herido y engañado e incluso burlado. No comprendía cómo era posible que un día para otro me dijera que ya no quería saber nada de mí, que ya no le interesaba, palabras que terminaron por romper mi corazón. Me pregunté a dónde había quedado todo ese cariño. Aunque, por otro lado y de forma muy extraña, comencé a padecer problemas que nunca antes me habían ocurrido. Me dolía todo el cuerpo, los huesos, las articulaciones, pero principalmente mi estómago, que era el que más dolor me generaba. La verdad es que no era una persona mayor como para decir que esa era la causa, ya que en ese tiempo tenía veinticinco años de edad. Tampoco tenía algún vicio más que verte visión hasta tarde los fines de semana, lo que suspendí cuando comencé a salir con Galilea. Pero ahora, al ya no estar a mi lado, seguramente volvería a la misma actividad. No obstante, al presentar estos síntomas, consulté a un médico para que me hiciera una valoración. Los resultados no arrojaron nada anormal, así que me recomendaron ir con un psicólogo, ya que mi problema podría ser mental, ya que muchas veces lo que sentimos se manifiesta con enfermedades. La verdad, cuando me dijeron eso me causó un asombro, pues precisamente en esos días estaba pensando en ir a visitar a uno. Esto debido a que también comencé a escuchar sonidos inexplicables en mi casa. De igual manera, sentía una rara sensación como si una persona estuviera conmigo o en ocasiones que alguien me miraba, así que, sin tener más opciones, comencé a ir a terapia más. Las consultas y los medicamentos que me recetó el especialista no dieron ningún resto resultado. Todo lo contrario. Todo fue empeorando. Un par de días más tarde, en específico un sábado por la noche y mientras veía la televisión sentado en el sofá, recibí la llamada de un amigo que pertenecía a mi ciudad de origen. Estuvimos hablando por más de una hora, lo que me ayudó a distraerme un poco del mal que me estaba pasando. Entre algunas cosas, me comentó que Juan, un amigo que teníamos en común, estaba instalado en Monterrey, por lo que me dijo que sería buena idea visitarlo. Estuve de acuerdo con eso. El problema es que él no sabía la dirección dónde vivía Juan, pero prometió que lo averiguaría y que me pasaría el dato. Ya estábamos a punto de cortar la llamada Cuando, de repente, el ambiente de mi casa cambió radicalmente. De nuevo sentí que una rara presencia estaba en el lugar. Una vez que mi amigo colgó la llamada El celular se me cayó de las manos debido a la perturbadora imagen que se presentó de la antente de mí. Ahí, en una esquina de la sala, vi a una persona que se encontraba completamente vestida de negro con una capucha cubriendo su cabeza. Esta silueta tenía la cabeza mirando al suelo, por lo que me fue imposible mirar su rostro. Creo que fue instintivo, ya que lo primero que se me vino a la mente fue que era la Santa muerte. Me quedé estupefacto. Ni siquiera podía dar un parpadeo. Por un momento pensé que la muerte se había presentado para llevarme a su lado, pues no le hallaba otra explicación a su presencia. Las luces de la sala estaban apagadas, por lo que sólo podía ver lo que la luz que emitía la televisión me lo permitía hasta que ésta se apagó de la nada, causándome un estado de pánico increíble. Estaba seguro que había ido por mí que había llegado mi hora y que, por esa razón seguramente me había estado sintiendo tan mal y tan raro en esos días estaba muy asustado. Quería salir de ahí, quería que eso terminara y sólo pensaba que no. No quería morir En ese momento aún era muy joven y me faltaba mucho por vivir. Al pasar unos segundos, dejé de sentir y ver a la presencia y eso me dio a entender que ya se había marchado. Fue por esa razón que comencé a recuperar los movimientos de mi cuerpo. Acto seguido la televisión se volvió a encender justamente cuando una voz que a mi parecer, provino de la película que estaba viendo dijo la siguiente frase. Tú me traicionaste y pagarás tu traición. Salí corriendo de ahí directamente a mi habitación. Cerré la puerta y me acosté con la luz encendida. Fue el mismo cansancio físico que tenía lo que quizá me ayudó a quedarme dormido. Los eventos paranormales continuaron manifestándose en mi casa, pero ahora escuchaba voces y risas, así como también las mismas palabras que había escuchado aquella noche saliendo del televisor. Pero esa no fue la única ocasión en que vi a la Santa Muerte. Un par de noches más tarde, al regresar del trabo abajo y al abrir la puerta, fue que la miré de nuevo ahí exactamente en el mismo lugar donde la vi. La primera vez en esa ocasión me di la media vuelta y me alejé de ahí la verdad. Pasé la noche durmiendo dentro de mi vehículo a unas pocas cuadras de la casa, asegurando de que estaría bajo las luces suficientes, ya que temía que esa cosa apareciera otra vez y me llevara a la mañana siguiente. Regresé al departamento sólo para bañarme y dirigirme a mi trabajo. Una vez más que Galilea me ignoró por completo, tal y como lo venía haciendo y si pensaba que mi vida no podía ir peor, pero ella misma me demostró que era posible. Ese día me habló mi jefe a su despacho y fue para despedirme con excusas tan ridículas que no vale la pena mencionar. Me corrió de su empresa sin mostrar un solo gesto de misericordia. Posteriormente me indicó el día en el que podía ir por mi último pago y, por supuesto, me agradeció por el tiempo en que laboré para él. Traté de que esa mala racha no me afectara en lo más mínimo, Así que, sin perder tiempo, busqué otros empleos, pero todas las puertas que toqué se me cerraron. Así, sin más. Por otro lado, tenía el pago que había recibido de mi antiguo trabajo. Tenía mis ahorros, por lo que aproveché para mudarme de ese departamento a otro mucho más económico, ya que seguir viviendo ahí me resultaría insostenible. El tiempo fue pasando y mi salud empeoraba. El cabello se me comenzó a caer de la nada, perdí peso rápidamente y una mañana me levanté con las intenciones de salir a buscar trabajo. Por tal motivo entré al baño para alistarme. Cuando me miré al espejo, me encontré con una imagen horrenda. Al verme reflejado, me di cuenta de que estaba todo pálido, demacrado y, en pocas palabras, como si fuera otra persona. Por primera vez en mi vida, sentí lástima por mí y a la vez asco al ver con mayor detenimiento a mi cuerpo. Me percaté de que tenía unas llagas de las cuales salía un olor asqueroso al verme en este terrible estado por mi mente cruzó la idea de que pronto mi vida acabaría, que pasaría mis últimos días tirado en ese departamento solo sin dinero y sin nadie que pudiera apiadarse de mí. También pensé en la Santa muerte. Estaba seguro de que esa era la razón de sus apariciones y, siendo totalmente honesto, tenía mucho miedo. Entonces comencé a pensar que era extraño que justamente después de cortar con Galilea, todo se había puesto muy mal en mi vida y no entendía por qué. Quizás sólo era casualidad. Al estar sumergido en estos tristes pensamientos, me sucedió algo espantoso, una situación que, lejos de darme esperanza. Me hundió en lo más profundo de los terrores, haciéndome incluso sentirme en el mismo infierno. Era esa entidad otra vez parada detrás de mí. Era la Santa muerte. A diferencia de las veces anteriores, ahora sí pude ver su aspecto a la perfección reflejada en el espejo. No me equivoqué. Era la Santa muerte y pude ver su rostro cadavérico cubierto con la capucha de su negro manto del tremendo. Susto que esto me causó caí al piso desmayado. Por fortuna, no me di un golpe. Cuando por fin logré reaccionar, me levanté con mucha cautela, tomé el celular y me percaté de que estuve inconsciente por más de doce horas. Ante esta situación, quería hablar con alguien desahogar mis penas, así que le marqué a David, pues no tenía a nadie más cercano. Llegó casi a medianoche, una vez que terminó con sus deberes. Al momento de verme quedó espantado. No podía creer que yo estuviera de tan mala manera, pero quedó aún más impactado cuando le conté todos los pormenores por los que había pasado al principio. Se mantuvo pensativo hasta que después habló para decirme su tétrica sospecha y me dijo que Galilea le renó día culto a la Santa Muerte. Lo sabía porque una vez le vio una estampilla en su bolsa, justo cuando sacó una carpeta de archivos y ésta se le cayó por accidente. Él me dijo que no me preocupara que juntos buscaríamos una solución. Al otro día, David pidió permiso en su trabajo y me llevó con una curandera que vivía fuera de la ciudad. Le agradecí mucho su ayuda, pues para ese instante, ya mi cuerpo se hallaba muy deteriorado, Me costaba mucho estar de pie o caminar. La mujer que me atendió quedó impactada por mi estado confirmando que, en efecto, alguien estaba haciendo un trabajo por medio de la Santa Muerte. Jamás entendí si esa curandera también le rendía culto. Lo cierto es que comenzó a realizar trabajos de liberación después de haberle pagado bastante dinero. Lo último que me quedaba la verdad fue que esos trabajos de brujería tuvieron efecto, pues a los pocos días mi aspecto y mi salud comenzaron a car cambiar. Los dolores fueron disminuyendo y las llagas cicatrizando. Creo que pasaron más o menos cuatro meses y medio cuando podría decir que mi vida comenzó a ser la misma de antes. Incluso conseguí un trabajo y poco a poco empecé a depender de mí mismo de nuevo. En todo ese tiempo, David me acompañó considerándolo como una persona fundamental para salvarme de lo que seguro hubiera sido mi muerte, algo que parecía ser inevitable. La noche de un sábado acordamos en reunirnos en mi departamento. El ente y las manifestaciones ya se habían acabado por completo, por lo que ya no teníamos motivos para preocuparnos. Compartimos unas pizzas y las acompañamos con unas cervezas. No obstante, esa noche me comentó algo que volvió a dejarme desconcertado. Era una noticia de la cual se enteró precisamente ese día y que ni siquiera me lo imaginaba. Galilea me mintió desde un principio, ella no estaba soltera cuando comenzó a salir conmigo, es decir, le era infiel a su pareja sólo me usó para cumplir sus caprichos. A pesar de esto, nada tenía sentido por más que buscaba una respuesta al por qué me hizo ese trabajo de brujería con la Santa muerte. No encontré nada lógico y la respuesta llegó dos noches después. Aquel día. De nuevo, David formó parte de eso, ya que me llamó para decirme que la pareja de Galilea estaba en la oficina y la había ido a esperar para regresar juntos a su casa Sin perder tiempo. Me subí a mi auto y manejé hasta ese lugar. Quería ver de quién se trataba, ya que la curandera que me ayudó me había dicho que otra persona estaba involucrada con el mal que me hicieron y que a esta persona yo también la conocía. En efecto, pasados unos minutos vi a Galilea salir de la oficina abrazada con un sujeto. Se trataba nada más y nada menos que de Juan, el amigo que provenía de la misma ciudad que yo cuyo encuentro con él había ordo quedado pendiente. Juan era un amigo que vivía a dos cuadras de la casa de mis padres en los últimos años de mis estudios. Se hizo novio de mi hermana. Le fue infiel y cuando me enteré se lo conté a ella, pues para mí siempre estará primero mi familia. Se enojó conmigo cuando mi hermana terminó con él, aunque un par de días después me pidió disculpas por sus acciones. Desde entonces continuamos siendo amigos, pero por lo visto, no fue de esa manera. Por otro lado, también era devoto de la Santa Muerte. No sé si él le inculcó ese culto a ella, pero de lo que sí estoy seguro es que, cuando supo que yo trabajaba en la misma oficina que su novia, tal vez porque ella se lo contó, hizo un sucio plan para vengarse de mí. Una vez que descubrí esto, me mudé a otra ciudad. Quería estar lo más lejos posible de esa pareja. Sabía que si los tenía cerca de mí, no soportaría la necesidad de hacerles un reclamo por haberme causado tanto daño. Finalmente, luego de un largo período, regresé a mi ciudad, donde hasta el día de hoy no volví a ver la cara de la Santa Muerte, y bueno yo le conté a mi hermana lo que pasó. Ella dijo no sorprenderse, ya que en más de una ocasión Juan le había hablado de la Santa muerte. De vez en cuando le marco por teléfono a David, con quien todavía mantengo una buena amistad y quien, por cierto, dejó ese trabajo para alejarse de Galilea. No hay duda de que la vida a veces te sorprende de maneras increíbles, sobre todo cuando se tratan de casos paranormales. Es lo que aprendí con lo que a mí me tocó vivir y lo cual es motivo suficiente para mantenerme lo más lejos posible. De los que dicen ser devotos de la Santa muerte, aunque ellos me digan que sólo piden cosas buenas y peor, todavía se dicen ser mis amigos. Sólo me queda decir que si eres devoto de la Santa muerte, procura no hacer daño, pues sin duda alguna podría tener consecuencias, algo que, por supuesto, nunca deseo que le pase a nadie. Esa es mi percepción sobre la Santa Muerte. Me gustaría comenzar diciendo que respeto las creencias de los demás y, por ende, espero también se respeten las mías y que la experiencia que contaré pueda ayudar a alguien a no cometer los mismos errores que yo cometí. En fin, mi nombre es Gabriela y todo sucedió en el momento en que yo estaba entusiasmada con tener un hijo, pero mi esposo no, Él se negaba y bueno, yo temía que los años se me pasaran y que ya fuera yo muy vieja para tener hijos, aunque realmente, cuando era más joven, yo no deseaba tener hijos, pero ya estaba llegando a una edad donde mi corazón quería uno. Por su parte, mi esposo siempre ponía peros por ejemplo, decía que no era el momento que estaba trabajando mucho o que aún faltaba terminar la casa. A veces decía que la ecua no andaba bien, que le faltaba un carro y cientos de excusas más que me dieron a entender que no quería tener hijos definitivamente, y eso era raro, porque normalmente los hombres maduros buscan tener hijos que sigan con su descendencia. Pero de cualquier modo, yo dejé de tomarme las pastillas con la excusa de tener problemas hormonales y por suerte, me creyó aún así. Siempre se cuidaba. Estaba harta de que él estuviera en ese plan, porque el tiempo pasaba y no quería quedarme sin la posibilidad de tener un bebé e incluso sabía que cuando él fuera más viejo, se arrepentiría. Seré sincera diciendo que pensé en dejarlo, pero no pude. Yo lo amaba y, además, sería más complicado encontrar a alguien a quien realmente quisiera y que sí deseara tener hijos. Así que incluso le dije que seguramente tenía otra relación y dijo que no, que simplemente no se sentía listo para una responsabilidad tan grande. Ya se había dado cuenta de mis intencis aunque no me lo dijo y simplemente siempre estuvo preparado. Me resigné a que con él nunca tendría hijos, aunque me decía que más adelante, pero yo tenía la sensación de que ese día nunca llegaría y esa situación apagó algo en mí. Todo se volvió gris en ese momento y acepté mi derrota. Mi esposo me preguntaba que si estaba bien y que, por favor, le dijera que me pasaba. Pero él, en el fondo. Sabía la razón. Fueron unos cuantos meses en los que viví en automático. Levantarme para ir a trabajar, regresar a hacer las cosas en la casa, comer y dormir no había significado alguno. En aquel silencio del hogar. Mi mejor amiga notó que estaba mal. Trató de ayudar, pero yo no me dejaba. Aquel martirio de ser madre lo tenía bien reservado para mí tras la insistencia de ella por saber que tenía. Terminé contando todo e incluso me puse a llorar Mi amiga sin decir una sora la palabra me escuchó con paciencia. Me ahogaba en mis propias lágrimas. Sentía impotencia porque de verdad quería tener un hijo a toda costa. Bueno, quería tener varios hijos, pero no podía cambiar de esposo. Sólo por ese deseo llegué a considerar la idea de tener un bebé de alguna otra persona y responsabilizar a mi esposo, pero si él no quería tener hijos, no podía obligarlo y tampoco estaba dispuesta a que mi hijo tuviera un padre que no lo amara. En ese momento. Fue cuando mi amiga me recomendó recurrir a algo más grande y era algo que ella tenía bien escondido. Era devota de la Santa muerte. No llevaba mucho, sólo dos años, pero me hablaba maravillas de su vida y de cómo le estaba yendo. También luego de empezar a seguirla. Me causó mucha impresión. Los prejuicios predominaron en mí porque yo era católica. Bueno, más bien mi familia y por ende, yo también me consideraba así. Mi amiga me dijo que la Santa mujer te podría ayudarme con mis problemas y que podría ser más feliz que nunca si la seguía y a pesar de mis prejuicios, accedía a confiar en ella, pensando que todo iba a salir bien. Acudí a su casa, donde me comentó todo lo relacionado a la Santa muerte. Me platicó cómo la había ayudado a ella y cómo podía lograr que me ayudara a mí. Por cuestiones lógicas, no podía realizar algún tipo de altar en mi casa, por lo que le rezaba en la de mi amiga. Compré una estatuilla y la dejé ahí. Cada cierto tiempo le hacía ofrendas. No voy a negar que al principio todo era raro para mí, porque algo en el fondo me decía que no iba por el camino correcto, pero mi deseo era grande y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa. Por fin, todo estaba listo, según mi amiga y comenzamos con los preparativos para efectuar el hechizo. Mi amiga me dijo que a muchas personas se les concedían sus milagros gracias a la Santa Muerte decía haber aprendido a ejecutar ritual y para mi caso tenía un ritual perfecto. Lo que, según mi amiga, debía hacer era pedirle a la Santa Muerte tener un hijo. Para eso me dio algunas guías de cómo hacer para que mi esposo, por su cuenta, deseara tener hijos. Lo que debía hacer era colocar sangre en el altar y otras cosas que prefiero no decir y pedir con devoción. Estaba algo asustada, pero mi amiga me dijo que era la mejor opción. Obviamente, todo iba a realizarse en casa de mi amiga y pasé la tarde ahí con algo de asco. Logré apartar esa sangre en un pequeño recipiente de vidrio. Me provocó una gran vergüenza hacer algo tan asqueroso, pero el entusiasmo de mi amiga y mi deseo por tener un hijo pudieron más. Preparamos el altar, encendimos unas velas y también dejamos ofrendas. Coloqué la pequeña muestra frente a la estatuilla, pero la torpeza me hizo derramar algo de líquido sobre la imagen de la Santa muerte. Fue una doble sensación y nos olvidable. Sentía asco y miedo. Mi amiga me dijo que no entrara en pánico, que todo estaría bien. Le restó importancia al accidente, pero yo sentía como si de verdad hubiera sido una gran falta de respeto. Mi amiga me tranquilizó. Tratamos de limpiar todo y continuamos. Oré a la Santa muerte con la oración que me indicó mi amiga desde antes de comenzar le pedí un hijo urgente, que mi esposo aceptara darme un hijo y lo amara. Comencé a llorar mientras lo pedía. Era lo que más deseaba desde el fondo de mi corazón y en un momento la angustia se me hizo tan grande que me faltaba el aire. Experimenté ciertos espasmos en mi garganta como si se me cerrara. Fue tan fuerte que me tuve que recostar para componerme aquello lo asocié a los nervios, la angustia y las emociones extremas, pero hoy en día me cuestiono si fue eso o algo más. Tras llegar a casa, me sentía realmente agotada como si algo hubiera robado toda mi energía. Traté de realizar las tareas del hogar, pero al caminar las rodillas me temblaban, Me preparé un té y me fui a dormir una siesta. Desperté a medianoche sin enterarme de que pasó durante todo el día. Mi esposo estaba acostado a mi lado. Cuando me senté en la cama, él se despertó y me preguntó si estaba bien, porque dijo llegar a casa y encontrarme dormida y que no despertaba, que creyó que me sentía mal y por eso no me había despertado, pero aún así estaba muy confundido. Le dije que sí, que todo estaba bien, que simplemente me sentí mal y que seguramente me iba a resfriar en los días siguientes. Todo se volvió muy duro. Mi cuerpo me pesaba, tenía sueño casi todo el día, comía el doble, pero aún así no engordaba. Al contrario, me di cuenta por mis prendas que estaba bajando de peso. Hablé con mi amiga sobre eso, cuestionando si no se debía al rezo que realizamos. Ella me decía que no, que seguramente eran los nervios por la situación que estaba atravesando. Me pidió que me relajara y que continuara con mi vida, que todo saldría bien. Con el paso del tiempo, noté el cambio de ánimo en mi esposo. Actuaba de una manera muy serena e incluso se conectó más conmigo. No se me despegaba en todo el día, me abrazaba en cada oportunidad que tenía. Era como si estuviera más enamorado, más conectado emocionalmente conmigo. Una noche me abrazó antes de dormir y me pidió que estuviéramos juntos. Algo muy raro fue que aquella vez no quiso cuidarse. Sinceramente, sentí algo de culpa, porque era sólo yo la que quería quedar embarazada, pero no de una manera forzada. Así que se lo dije y respondió que estaba todo bien. Se me escaparon las lágrimas de la emoción. Al entender que lo había aceptado. Dijo que el tiempo pasaba y que ya era hora de comenzar una familia que no podía esperar para ver la casa llena de niños jugando y contagiando de alegría a nuestro hogar. Pero eso no sirvió. De hecho, lo intentamos varias veces, pero no quedaba embarazada. Pensé que había un problema con mi cuerpo. Acudí al médico y me realicé todos los análisis. Todo indicaba que no había ningún problema. Entonces entendimos que el problema era mi esposo. Él se realizó estudios, pero tampoco tenía nada malo. Ambos éramos fértiles, así que seguimos intentando, pero pasaba el tiempo y nada de nada. Mi amiga no sabía cómo explicarlo. Me daba fe de que todo debía salir bien. Me pedía que tuviera paciencia, pero yo no dejaba de pensar en como hice el pedido usar esa sangre y el incidente me causaba mucho temor. Traté de hacerle entender a mi amiga que algo andaba mal, pero sólo logré ofenderla al punto de tener una fuerte discusión con ella. Esa fue la última vez que la vi Días después, mi amiga falleció en un accidente de tránsito. Estaba por cruzar la calle cuando un carro sufrió una extraña avería y se desvió hacia ella y la mató en el acto. Sufrí mucho por su muerte, pero aún más por como fue. Sólo me quedaba pensar en que su devoción a la Santa muerte había sido de manera errónea. Recordaba una y otra vez lo que pasó ese día que hicimos el ritual no podía sacarlo de mi mente. Al relacionar todo lo malo que me sucedía. Cada día que pasaba, me sentía peor, comencé a perder el cabello más de lo normal. Las uñas se me quebraban y siempre estaba cansada. Me hice estudios creyendo que tenía anemia o algo por el estilo, pero no encontraba nada que lo pudiera estar causando. Ya no estaba tan segura de quedar embarazada temiendo por mi salud, pero en ese momento era mi esposo quien estaba ansioso. Luego de que llegó la fecha de ferr algo extraño pasó con mi periodo. La pérdida de sangre era demasiada por momentos tenía que quedarme sentada en el baño y liberaba un olor a putrefacción indescriptible. Tenía mucho miedo, pero no podía contarle a mi esposo la verdad o por lo menos lo que creía que me estaba pasando una noche sucedió algo que me dio muchísimo miedo, y es que vi a mi amiga en los pies de la cama. Estaba parada frente a mí observándome con sus ojos completamente blancos, como si estuviera ciega o algo así. Quería moverme y no podía mi cuerpo. No reaccionaba. Traté de hablar, pero algo presionaba mi garganta. No sé si fueron dos minutos o media hora. Sé que el momento se sintió eterno. Ella estaba ahí como un alma en pena sin saber expresarse. No me di cuenta. Cuando desperté, simplemente estaba sentada en la cama y ya era de día. No recordaba haberme levantado y hubo una especie de amnesia en r que me desperté y me senté en la cama todo ese día. Me sentí pesada como si tuviera algo cargando encima de los hombros en un momento de la nada. Salí corriendo al baño a vomitar y mi esposo creyó que era porque finalmente estaba embarazada. Aún no puedo olvidar su expresión de alegría. Me insistía en que me hiciera una prueba. Parecía un niño con juguete nuevo. Increíblemente, al realizarme la prueba de embarazo dio positivo. Mi esposo festejó de alegría. Yo estaba traumada. Se dio cuenta de mi estado, Le arruiné la felicidad y lo vi en su cara. Me dijo que pensaba que yo estaría feliz, que era lo que tanto quería y tenía razón. Deseaba estar embarazada, aunque con todas las cosas que pasaron, sólo podía esperar una desgracia. Mi esposo me hablaba y me hablaba, pero yo estaba bloqueada. Me tomó del rostro mientras repetía mi nombre. Una y otra vez pero lo que con or comencé a escuchar. Como en eco la visión, se me movió y fue cuando sentí que estaba en el suelo. Sentí como mi esposo me levantó y me llevó hasta la cama. Escuchaba que me hablaba, pero su voz se oía muy lejos. Veía todo realmente borroso. Mi esposo era una mancha apenas, pero a ella la vi nítidamente. Mi amiga estaba frente a mí la observaba como si estuviera viva, aunque su expresión era de llanto. Las palabras de mi esposo seguían siendo difuminadas y de lejos, pero lo poco que me decía mi amiga se escuchaba nítido. Me pedía perdón y me advertía que tuviera cuidado. Y en ese momento la imagen de mi amiga se perdió por completo, pero vi la silueta de alguien más. Era la Santa muerte. Su rostro no tenía expresión alguna. Se me acercó y justamente cuando iba a tocar mi brazo, me alejé y caí al suelo. La imagen de la santa desapareció por completo. Mi esposo se veía po ocupado y yo me moría de miedo, así que no me quedó más que contarle todo. Debí sincerarme con él y explicarle todo lo que estaba pasando. Le conté de mi amiga y su devoción por la Santa muerte, además de cómo pedí quedar embarazada y el accidente con la sangre. Jamás vi a mi esposo tan decepcionado de mí. Recuerdo que se fue a la sala y me dejó sola un momento. No me dirigió la palabra por más de cinco horas. Ni siquiera me atrevía a hablarle. Luego de ese frío distanciamiento, trató de buscar una solución conmigo. Ambos estábamos de acuerdo en algo. Ese embarazo no sería normal. Pasaron las semanas y mi panza fue creciendo, aunque cada vez me sentía peor. Estaba ojerosa y mi cabello se caía y los huesos se me notaban por todas partes. Incluso mi rostro estaba más pálido de lo normal. En el médico me decían que tenía que comer bien o al bebé le podría hacer mal. Lo cierto es que comía y comía sin resultado alguno. Con meses de embarazo, comencé a escuchar pasos y voces dentro de mi casa. No me sentía sola un solo momento. Cada vez que escuchaba un paso, lo sentía en mi vientre. Era extraño. El sonido venía del otro lado de la casa, pero parecía que provenía de mi vientre y ocasionalmente me causaba mucho malestar. Una noche desperté con fuertes dolores en el vientre. Sentía que algo me rascaba por dentro. Desperté a mi esposo por los gritos. Se levantó al instante para llevarme al hospital y encontramos sangre en las Sábanas. Una vez que me atendieron, dijeron que debían sacar al Bebé pues ya estaba muerto. No era claro lo que había pasado. Tampoco me dieron detalles. Lo cierto es que quienes me atendieron estaban horrorizados. Nos realizaron miles de preguntas sobre consumo de drogas, alcohol, accidentes, golpes. Ciertamente pensaron que se trató de un factor externo, pero los mismos estudios verificaron que me estaba cuidando, aunque claro no había una explicación que diera con el motivo real de la pérdida espontánea. Dado lo violento del hecho, sufrí muchos daños internos y por eso ya no podía tener hijos. Definitivamente asumí que aquello fue por hacer las cosas mal. Mi esposo quedó realmente resentido conmigo y lo entiendo. Cuando se dignó a tener hijos, perdió la oportunidad conmigo. Luego de que me dieran el alta, los días se volvieron cada vez más negros En mi hogar. Mi esposo casi no me dirigía la palabra y algunas noches no llegaba a dormir. Yo no necesitaba conmigo, pero no me sentía con derecho a reclamarle nada. Había actuado con fuerzas muy peligrosas y, además, a sus espaldas, en especial, por qué provoqué que deseara tener un hijo Afectándolo indirectamente, tuve que acudir a la Iglesia del Pueblo para confesar mis pecados. Cuando le conté al padre, todo lo que había pasado se horrorizó, pues no tenía un buen concepto sobre la Santa Muerte sentí que me estaba juzgando en lugar de ayudarme. Habló peste sobre la Santa Muerte y aquello me dio una sensación de peligro que me obligó a irme. Mientras trataba de salir una fuerte puntada me dejó de rodillas. Era un dolor horrible. Se sintió como una aguja, atravesando mi piel, quemando las entrañas por dentro. El padre trató de ayudarme, pero me fui de ahí Mientras más me alejaba de la iglesia. Mejor me sentía y aquello me aterró aún más. Tuve que buscar otro tipo de ayuda y cuando me dispuse a buscar devotos a la Santa Muerte, fue cuando tuve mejor suerte. Por fortuna, con un vecino del pueblo logré dar en mi situación. Dijo conocer a mi mejor amiga y la catalogó como una practicante impulsiva. Según este hombre, mi mejor amiga se acercó a la Santa Muerte más por fascinación que por devos, y su insolencia fue lo que le provocó todo, ya que desde un inicio hizo las cosas mal. Además, me aclaró que el hecho de usar sangre de ese tipo se consideraba una grave falta de respeto. Esa fue la raíz de todos los males. Acudí con este hombre y varios devotos más, quienes me ayudaron a conseguir el perdón de la Santa muerte. Me convertí en devota de ella, pero no por miedo, sino por respeto. Si hubo algo que valoré es que, a pesar de mis errores, no lo pagué tan caro. El hecho de seguir con vida significaba que algo de respeto tenía la Santa Muerte por mí. Mientras acudía a estas reuniones, mi esposo se enteró de que asistía a ellas por chismes. Cuando llegué a casa, mi esposo me pidió el divorcio destrozada. No tuve más opción que aceptarlo. Independientemente de que todo salió mal, Él consideró una traición que yo lo haya manipulado de esa manera y tenía razón, al final de cuentas, a ruido todo por no investigar bien y guiarme por alguien que no sabía lo que estaba haciendo. Pero todo pasa por algo y quizá sin todo ese proceso jamás hubiera conocido lo poderosa que es la Santa muerte. Hoy estoy divorciada y sin la posibilidad de tener un hijo, Pero con el perdón de la Santa comenzaré contando que en el año de mil novecientos ochenta y dos, toda mi familia partió de Puebla a la Ciudad de México y cuando hablo de toda mi familia, me refiero a mi abuela, padres y hermanos. El principal motivo de nuestra salida fue buscar mejores oportunidades de trabajo, ya que sí permanecíamos en el pueblo. Muy seguramente, la escasez de oportunidades nos mataría de hambre. Claro que al llegar a la ciudad no teníamos un techo propio donde dormir, así que durante los primeros días nos quedamos en la casa de un primo de mi papá En ese tiempo, tanto mis hermanos como como yo aún éramos muy pequeños y mis padres y abuela no querían causar grandes molestias, por lo que en el transcurso de la semana consiguieron una casa para rentar, la cual estaba ubicada en una colonia de la ciudad de México. La casa no era muy grande, Constaba de dos habitaciones, pero por lo menos tendríamos un lugar para no incomodar a nadie como pudimos. Nos instalamos en ella, aunque si soy sincero, se sentía una pesadez muy rara como si algo habitara junto a nosotros a la semana de haber llegado a esa casa. Parece que la suerte nos cambió, ya que mi padre consiguió un empleo y al poco tiempo mi madre también al no estar ellos en casa, tanto mis hermanos como yo nos quedamos a cargo de la abuela. Ella era un poco gruñona y se enojaba fácilmente, pero estoy seguro de que nos quería muchísimo. Los años fueron pasando y en ese tiempo mis padres no faltaron un solo día a su trabajo. A causa de ese geo gran esfuerzo, juntaron dinero para comprar el terreno donde rentábamos aquel lugar era muy rústico. Aún no había electricidad, drenaje ni agua potable, pero de algún modo teníamos que empezar. Lo único a resaltar era que la casa estaba en una buena ubicación, justo al lado de la calle principal. En verdad sufrimos, pero no había vuelta atrás. Si queríamos un patrimonio, éste nos iba a costar un gran esfuerzo. Los años fueron pasando hasta que llegó el año de mil novecientos ochenta y cinco. Para entonces ya estábamos más que acostumbrados a vivir en la ciudad y a pesar de haber pasado varios años, aún una zona no se poblaba por completo medio. Recuerdo que no había más de tres familias cerca de nosotros. De lo que sí me acuerdo claramente es que, frente a nuestro hogar había una propiedad enorme que deseaban vender. Se murmuraba que en ese pedazo de terreno construirían un complejo habitacional es. Aquí donde empieza nuestra experiencia para normal, algo que jamás olvidaré aquella mañana del mes de septiembre de ese enigmático año de mil novecientos ochenta y cinco, un gran terremoto sacudió la ciudad. El ambiente era desolador y se respiraba una gran tristeza por todas partes. Fue un suceso que cambió a todos algo que quienes lo vivimos jamás podremos olvidarlo. Era mucha tristeza y mucho dolor para quienes habían perdido a sus seres queridos o sus propiedades a causa del terremoto. Conforme fueron pasando los días, comenzaron los trabajos de demolición y cargamento de escombros de las casas y edificios afectados por el temblor a esa enorme propiedad que estaba frente a nuestra casa. Llegaban camiones llenos con escombros mismos que tiraban toda la piedra en aquel terreno. Entre aquellos desperdicios había ropa con sangre, cabellos humanos, muebles y un sinfín de cosas. Jamás imaginé que entre esos objetos que llegaban me fueran en con una imagen que nos causaría terror pero al mismo tiempo, protección. En uno de esos días me encontré cerca de la casa un objeto que estaba en uno de los camiones. En mi ignorancia, recogí lo que pensé que era un santo. Jamás creí que era una Santa muerte negra que fue utilizada para hacer actos de brujería. Sin decir una sola palabra a mis padres, la metí en unas cajas y posteriormente la guardé en un ropero no sé por qué, pero algo en mi interior me decía que me la quedara. En esos días, mis padres trabajaban de noche, por lo que me quedé solamente con mis hermanos y mi abuela, quien, desgraciadamente, ya no veía nada. Esa fue la primera noche que algo interrumpió nuestro sueño de manera inesperada. Se escuchó un llanto tan aterrador que sembró terror en la casa por completo. Por supuesto, nos alteró demasiado y por un instante pensamos que había provenido de la calle. No obstante, estábamos equivocados. Una vez se r llanto dejó de escucharse. Pensamos que eso sería todo, que ya no volvería a presentarse. Pero para nuestra sorpresa sólo era el comienzo, pues en ese momento apareció una sombra negra. Pasó justo frente a mí. A su paso tiró varios trastes de la cocina, algunas plantas y cuadros de las paredes. La abuela, asustada, preguntaba si estábamos bien. Al voltear a ver a mis hermanos para ver cómo se encontraban, pude observar que estaban asustados, pues, al igual que yo, también vieron algo horrendo que pasó por la cocina. Ellos fueron testigos de quien provocó aquel grito que retumbó en la casa. Había sido aquella cosa. Era una mujer quien se hizo presente en la sala. La abuela entró en desesperación. Comenzó a gritar, pensando que alguien se había metido a la casa y quería robarnos. A pesar de que tenía una enorme confusión por todo este evento. Intenté ponerme de pie para ir a ver qué pasaba, pero al hacerlo, mi cuerpo no me respondió. Sentí que algo me detuvo. Quería gritarle a mis hermanos para que me ayudaran, pero la voz no salía de mi garganta. Sentía un terror absoluto y fue entonces que, al mirar hacia la sala, pude ver a esa mujer que mis hermanos también veían. Mi asombro creció exponencialmente al darme cuenta de algo horrible, y es que aquella mujer era idéntica a la figura que levanté de los escombros y guardé en el ropero a toda prisa retiré la mirada de esa dirección y comencé a rezar, implorando a Dios nos ayudara. A los pocos minutos mi cuerpo logró reaccionar y me di cuenta de que ya no se escuchaba ningún ruido extraño. Todo volvió a la tranquilidad. Con miedo. Me levanté de la cama y busqué en cada rincón de la casa y hasta por debajo de las camas, pero ya no había nada. No supe hacia dónde se fue esa mujer que la verdad daba mucho miedo, pues estaba en los huesos y sólo sabía que era mujer por la capa que cubría su cabeza. Después de eso ya no pude ver dormir. En realidad, nadie en la casa pudo, pues todos estábamos muy asustados sin saber qué hacer. Yo me sentí muy culpable porque sabía que aquella estatua tenía algo que ver con lo que había pasado. Traté de calmar a mis hermanos y a mi abuela diciéndoles que no había pasado nada malo. Les preparé un té y me hice el fuerte por ellos. Al otro día, por la mañana, cuando llegaron mis papás del trabajo, les conté lo que sucedió. A pesar de que la abuela afirmó mis palabras, mi papá sólo dijo que a lo mejor se me había subido el muerto y debido a eso escuché esas cosas. Yo sabía que no había sido eso, porque incluso mis hermanos lo habían visto. Pero la verdad no me interesaba convencer a mis padres de que era verdad, con que mi abuela me creyera. Era más que suficiente y claro que busqué la estatuilla para sacarla, pero nunca la encontré. Con el pasar de los días, intentamos olvidar el tema. Aunque nueva urra. Las manifestaciones se volvieron a presentar durante otra madrugada. Me despertó un extraño ruido. Aquella vez se escuchaba como si una gran multitud de personas corrieran por la calle gritaban con desesperación que se avecinaba la muerte y que ya venía por muchas almas que le correspondían. Recuerdo que eran los últimos días del mes de septiembre del mismo año, la ciudad olía a muerte. No había luz comida y sólo desgracias pasaban. Me levanté rápidamente, pues yo era el hombre del hogar y pensé que debía asomarme a ver qué sucedía afuera. Me fijé por la ventana, pero no vi a nadie. Después volví a mi cama mientras me preguntaba de dónde había provenido ese alboroto. La verdad fue algo muy raro, porque de un momento a otro ya no se escuchaba nada. Una tarde, una vecina platicó con la abuela y le confesó algo. Le dijo que el terreno de al lado estaba siendo rellenado con los escombros del terremoto y decían que entre los deshechos se habían ido encontrado restos humanos. Su yerno trabajaba ahí, pero el gobierno no decía nada. La vecina también le dijo que varias personas escuchaban y veían cosas muy extrañas en esos días, que incluso ella llegó a ver a una multitud muy enojada en la calle, pero cuando se frotó los ojos ya no había nadie. Aquellas personas habían desaparecido en segundos. También le dijo a mi abuela que muchos decían que se les aparecía la Santa Muerte, quien, según ellos, iba por su alma. Esto al parecer por la vida de muchos heridos que a diario morían en los hospitales a causa del temblor. Además de eso, le comentó que extrañamente veían a la Santa Muerte manifestarse en la pared de nuestra casa para después volver a desaparecer. Mi abuela le decía que todo eso pasaba porque las almas de los fallecidos en aquel trágico desastre no encontraban la paz y que necesitaban una misa, pero la verdad no. Muchas personas hicieron caso y uno días más adelante, mi padre fue testigo de esos mismos sucesos. Su trabajo. Se encontraba cerca de la casa, caminándose así a unos quince minutos, así que él prefería caminar para ahorrar el costo del pasaje. Una vez temprano fue a cubrir un turno. Extra Eran casi las cuatro de la madrugada. Al ir caminando a paso apresurado, observó que de un callejón del lado de otra calle salió una mujer vestida completamente de negro. Ella era una mujer joven y muy guapa. De inmediato se acercó a mi papá y le dijo que sí podía caminar con él, ya que le daba un poco de miedo ver tanta desgracia. De igual manera, le comentó que había ido al funeral de unos amigos quienes fueron de los últimos heridos del terremoto. Mi padre se quedó un poco pensativo porque dice que del callejón de donde ella salió no había ninguna casa. Casi todos eran locales, comerciales y la gran mayoría tenía algún siniestro. Además, ahí había un enorme terreno donde tiraban escombros. Mi padre, para salir de dudas, le preguntó en qué casa vivían sus amigos que perdieron la vida, y también le preguntó cuál había sido la razón para haberla dejado salir del funeral antes del amanecer. Y por último, le preguntó si no tenía miedo de lo peligroso que podía ser la ciudad a esa hora. La mujer señaló hacia el terreno y le respondió que en ese lugar estaban sus amigos. Mi padre no entendió nada de lo que dijo la mujer, pero eso no importaba a lo mejor estaba borracha, así que caminaron juntos y ella se atrevió a tomarlo del brazo. A los pocos segundos, mi padre sintió fuertes escalofríos, lo que hizo que su piel se le pusiera chinita. La mujer que caminaba a su lado se encontraba completamente helada, pero pensó que sería por el frío que hacía en ese momento. Al llegar a la avenida, mi padre le dijo que hasta ahí la podía acompañar, porque a unos cuantos metros se hallaba su trabajo. Sin más que decir. Mi padre le advirtió que tuviera mucho cuidado el lugar. No era seguro. La mujer le contestó que a ella no le podía pasar nada malo. Sólo venía a recoger a sus amigos aquellos que durante muchos años creyeron en ella, quienes en vida le regalaron una manzana, le prendieron un puro o le ofrecieron tequila. Como mi padre era bastante católico y reservado, no supo con quién caminó esa madrugada, así que se despidieron, pero cuando dio unos cuantos pasos, giró para verla de nuevo. Pero aquella mujer ya no estaba cómo era posible. Cómo fue que desapareció tan rápido. Si sólo volteó un par de segundos mientras buscaba una respuesta a su pregunta, Los perros comenzaron a ahullar y un llanto se escuchó muy cerca de ahí aterrorizado y sin dar crédito de lo ocurrido, corrió lo más rápido que pudo hasta su trabajo. Al llegar a la empresa, tocó desesperadamente casi que lía ciendo tirar la puerta. El guardia, muy molesto, le dijo que esas no eran maneras de tocar. Mi padre tartamudeaba, no se le entendía nada, pero poco a poco se tranquilizó y le contó al guardia lo ocurrido. El oficial, al escuchar sus palabras, le dijo que no era el único que había presenciado tal evento, pues en la empresa otros siete trabajadores tuvieron la oportunidad de ver a esa mujer vestida de negro. Incluso algunos vieron que no tocaba el piso. Ellos la maldecían con infinidad de insultos, sin saber que era parte de su vida y la guardiana de sus almas. Mi padre, muy confundido y asustado, pensó que vio nada menos que a un fantasma. No había otra explicación. Desde ese día él se enfermó. Mi madre decía que fue a causa del susto. Lamentablemente, mi padre no duró mucho tiempo y a los pocos días perdió la vida. Mi madre estaba desolada y sentía que el mundo se le venía encima y yo también. Fue un golpe muy duro para todos, algo que nos hizo pedazos y, sinceramente, desde aquel día nada volvió a ser igual. Lo raro de esto es que los siete trabajadores que vieron a la mujer se habían enfermado desde hacía mucho tiempo y, al igual que mi padre, ellos perdieron la vida. Tenían a la muerte encima y ella fue por ellos. Al morir mi padre, mis hermanas más grandes fueron a vivir con nosotros y se pusieron a trabajar para ayudar a mi madre. No había de otra. Mi madre no podía con todos los gastos de la casa. La situación era complicada, tanto que apenas si nos alcanzaba para comer en esos días en que mis hermanas trabajaban, sucedió algo. Fue una noche en la que mi madre se encontraba aún despierta en casa. Vio algo que la dejó sin aliento. Su atención. Se dirigió hacia la ventana, donde pudo ver que en el patio se hallaba un niño de unos cinco o seis años, el cual vestía de blanco y corría por todo el lugar. Esto le provocó un gran miedo, ya que no había forma de que un niño entrara a la casa y mucho menos tenía un hijo de tal edad. Así que, como pudo, salió corriendo y fue directamente al hogar de una tía, ya que no quería despertar a nadie en casa. Al otro día habló con nosotros y dijo que pensaba vender la propiedad, ya que eran muchas las cosas que allí ocurrían, pero que por mientras iría por un sacerdote para que bendijera la casa. Cuando el padre llegó a nuestro hogar, éste se negó rotundamente a entrar. Afirmó que en la casa había una energía que se encontraba en todas partes y recomendó que lo más viable era salir de ahí. Cuanto antes acto seguido, se marchó de la casa, pero pronto sucedió algo, un evento que nos hizo descartar esa idea de vender la casa. Una madrugada, mi hermana se despertó muy asustada. Escuchó como un gran perro, aullaba y gruñía espantosamente. En primera instancia lo escuchó bastante lejos, pero poco a poco se comenzó a escuchar más y más cerca al grado de que ya se podía oír abajo de la cama y posteriormente dentro del Ropero como si estuviera encerrado aquel ladrido cambió de un instante a otro, ya que se comenzó a escuchar el llanto de una mujer. Este lamento casi provoca que mi hermana se desmayara ella muy asustada. Comenzó a maldecir a esa mujer que estaba adentro del mueble, al mismo tiempo que intentó encender la luz y hablarnos para que despertáramos. Pero por más que lo hizo, nosotros no escuchamos nada debido al miedo que sentía su cuerpo, por más que palpó en la pared en busca del interruptor de la luz, no conseguía encontrarlo hasta que, por fin de varios intentos, lo logró. Fue en ese momento que aquel lamento desapareció. Mi madre despertó y vio a mi hermana muy mal. Parecía que había visto a un fantasma. Le preguntó por qué estaba tan pálida, Así que mi hermana le contó todos los detalles con mucho ponto. Se acercaron lentamente al ropero para ver que había adentro, una vez lo abrieron vieron que todo estaba en orden. Sin embargo, al revisar a detalle, encontraron una imagen de la Santa Muerte, aquella que guardé anteriormente. Por tal motivo, mi madre la tomó entre sus manos para sacarla, pero al momento de tomarla sintió algo extraño debajo de ella. Al echar una mirada, se llevó la dicha de ver una gran cantidad de billetes, una cantidad de dinero que en toda nuestra vida jamás habíamos visto. Al presenciar semejante acto nos llenó de alegría y dicha con ese dinero podríamos pagar los gastos pendientes del funeral de mi padre y, sobre todo, para poder comer dignamente en esa época tan dura, donde aún se sentían las consecuencias del temblor mi madre de inmediato. Supo que ese milagro lo hizo. Esa bella imagen de la Santa Muerte, aquella que sólo viene por las almas que están destinadas a ella y que ayuda a cuando necesitado, se encuentra en su camino. La verdad, la Santa Muerte nos ayudó mucho, y aún en la actualidad, ya que mi madre, mi padre y mi abuela ya no están ella, se ha encargado de cuidarnos y ayudarnos a lo largo de la vida. Fuimos muy afortunados de encontrarla y hacer la parte de nuestras vidas. Al final, aunque nos costó mucho aceptarlo, nos dimos cuenta que se llevó a mi padre en el momento en el que le tocaba y sabemos de sobra que llegará el momento en que nos llevará a nosotros y sinceramente, a mí no me da miedo. Mi nombre es José Luis. Si tengo treinta y cuatro años. Soy de querétaro y me gustaría contar mi experiencia con mi amiga, la Santa Muerte y como me ha protegido a lo largo de mi vida. Antes que nada, no busco convencer a nadie ni reclutar creyentes. Sólo quiero contar mi historia y espero que puedan respetarla. Cuando tenía seis años de edad, mis padres atravesaban una situación económica muy difícil por un cúmulo de problemas, entre ellos una deuda familiar, de la cual debieron hacerse cargo. Además, a mi padre le robaron un carro que usaba para su negocio. Debido a ese robo, mi padre perdió su trabajo, ya que era una herramienta fundamental. Luego debió invertir más horas en otro trabajo con menos pago para poder llegar a fin de mes. Mis padres trabajaban de sol a sol y les costaba estar pendientes de mí. Por eso decidieron dejarme bajo el cuidado de mi abuela materna para que al menos tuviera una crianza más sana. Mi abuela era una mujer muy dulce quien me crió hasta los dieciséis años. Me recibió con los brazos abiertos y se hizo cargo de mí tratándome con mucho amor y nunca dejó que me faltara nada. Por supuesto, mis padres le enviaban lo que podían de dinero y desde los doce años, mi abuela me enseñó a independizarme, me educó para que pudiera valerme por mí mismo. Me enseñó a cocinar, a coser lo básico, a limpiar ya cómo tratar con las personas. En los últimos dos años que estuve con ella, noté que me estaba preparando para vivir solo. Pensé que estaba por echarme de su casa, pero no era así. Ella me estaba preparando para algo sumamente triste, pues mi abuela sufría de un cáncer en secreto y nunca dijo ni una sola palabra hasta que comenzó a verse imposibilitada de moverse y le fue imposible seguir. Cuando recibí la noticia, me obligó a prometerle que no les diría nada a mis padres, que ellos no debían saberlo hasta que llegara la hora. Le cuestioné porque nunca dijo la verdad y me dio su motivo. Confesó que tenía un tumor desde hace más de cinco años, pero ese tumor permaneció dormido por obra de la Santa Muerte, quien fue su protectora. En ese tiempo. Mi abuela siempre tuvo una profunda devoción hacia la Santa muerte. Si bien yo sabía de su creencia u u r fuera algo de lo que jamás hablamos. Ella nunca mencionaba nada acerca de eso y jamás me dijo ni una sola palabra para convencerme de rendirle culto. Ni siquiera mis padres lo supieron. Creo que mi abuela comenzó a rendirle culto ya cuando mi madre se independizó. Pero bueno, es importante mencionar que antes de morir ella me entregó una estatuilla de la Santa Muerte. Era muy pequeña y de color blanco. Me prometió que la Santa Muerte me protegería siempre y cuando yo le rindiera culto aún más. Siendo sincero la verdad, yo no me sentí cómodo con esa idea, pero se trataba del consejo de mi abuela y lo que ella decía para mí era palabra santa y no se cuestionaba jamás. Se equivocó en darme algún consejo o guía. Ella fue mi segunda madre y yo respetaba todo lo que ella decía, así que, a pesar de lo incómodo que me sentí con esa idea, lo acepté, tomé la estatuilla y permanecí con ella. Mi abuela me dio algunas instrucciones de cómo fue su lealtad a la Santa Muerte. Me pidió que no la juzgara por su apariencia y que abriera mi corazón, ya que siempre estaría ahí para mí. Me dijo que la Santa Muerte le había permitido vivir más años de los que tenía para que pudiera cuidarme y ayudarme a saber cómo ser independiente y que era por eso que yo le debía respeto y amor saber que mi abuela partiría pronto. Me rompió el corazón. Ella era una persona increíble y a quien yo le debía mucho. Por eso le pedí que buscáramos otra solución, que fuéramos con el médico y que el seguro podría ayudarla y que viviría más años. Pero ella se negó. Me dijo que ella tenía un trato y que el veinticuatro de septiembre tenía que partir de este mundo porque el plazo se habría cumplido. El veinticuatro de septiembre fue mi cumpleaños número dieciséis, el cumpleaños más amargo de mi vida. Almorcé con mi abuela, me dio mi regalo y un beso en la frente. Se fue a su habitación y cerró la puerta sin rr decir nada. Salí para tomar un poco de aire y regresé en la tarde. El hogar estaba sospechoso y en silencio entré en su habitación esperando lo peor y fue entonces que la encontré a mi abuela en la cama con una mujer sentada a su lado. Aquella mujer me sonrió de manera cálida su presencia. Me decía lo inevitable. Llamé a mi abuela, pero ella no contestó. Comencé a moverla, pero no reaccionó. La mujer me dijo que había llegado su hora, pero que no me preocupara porque no había sufrido nada. Me dijo que estaba en paz. Yo algo confundido y con el alma en pedazos, le pregunté que quién era y ella me dijo que era una amiga de la familia que, por favor, le avisara a mis padres que mi abuela ya estaba en paz. Me quedé observando a mi abuela por un momento y la mujer desapareció. Lloré en el regazo de mi abuela por mucho tiempo y luego fui a buscar a esa mujer misteriosa. Ni siquiera supe su nombre, pero no estaba por ninguna parte de la casa. Me aterró no verla y estaba seguro de que no salió de la casa, ya que me hubiera dado cuenta. Fue como si simplemente se hubiera esfumado y de repente escuché la voz de esa mujer, diciéndome que jamás me dejaría solo, pero la escuché desde todas partes. Al otro día fue el funeral. Mis padres asistieron y se veían devastados y yo debía explicarles sobre ese cáncer, pues la noticia les cayó como un balde de agua fría. Mi madre estaba devastada, llevaba seis meses sin poder verla y sentía mucha culpa por todo eso. Poco a poco más familiares llegaron al funeral. Cada uno que ingresaba a la sala velatoria saludaba a cada uno de los integrantes de la familia. Pero fue distinto Cuando aquella mujer entró. Era la misma mujer que estuvo en la habitación de mi abuela. No saludó a nadie y noté que fue ignorada por cada uno de los presentes. Me quedé paralizado de la impresión. No pude quitarle los ojos de encima. Mientras ella caminaba hacia mí, intenté pronunciar algunas palabras y, si bien mis labios se movían, mi voz nunca salió. Mientras ella se acercaba a mí con un gesto, me indicó que guardara silencio y así lo hice. Se colocó a un lado mío ella me dijo que no tuviera miedo, que ella le había hecho una promesa a mi abuela y era cuidarme siempre. La mujer caminó lentamente hacia el ataúd de mi abuela. Se quedó observándola sin decir ni hacer nada. Mi madre me habló ya que me notó algo extraño. Me preguntó si me sentía bien. Le respondí que sí y traté de ignorarla. Quería seguir observando a esa mujer me acerqué a ella con discreción, pero me realizó una señal de alto. Su mirada se tornó sombría y pude apreciar como poco a poco su piel se fue pegando a los huesos como si ésta se resecara. Los ojos se le oscurecieron y en un pestañeo su cara era una calavera. Imaginé que se molestó conmigo por insistir, así que me di la media vuelta y comencé a alejarme. Luego comencé a trotar sin importar que me estuvieran observando. Sólo quería salir de ahí cuanto antes fuera de la funeraria, me sentí mucho mejor al respirar aire fresco, pues la idea de tener a la Santa muerte conmigo me daba pánico, pero decidí tomar valor y confiar en mi abuela. Regresé al funeral, pero no vi más a la Santa muerte y horas más tarde, mis padres hablaron conmigo. Me preguntaron si quería irme a vivir con ellos. Nunca los culpé por no estar el tiempo suficiente conmigo, así que no tenía nada que reclamarles y después de todo, siempre hicieron lo que pudieron, enviaban dinero y llamaban cuando podían. Acepté irme a vivir con ellos. No tenía otra opción. De todas maneras, aún así prometí ser independiente, ya que para eso me crió mi abuela. Al compartir techo con ellos, me di cuenta de que la situación era peor de lo que imaginaba. Mi padre dormía dos a tres horas por día y nunca comprendí de dónde sacaba energías para levantarse todos los días temprano. Mi madre trabajaba doce horas al día en una fábrica. Llegaba a casa a realizar las tareas del hogar y poder tener todo listo para que mi padre pudiera comer y dormir. Le pedí a mi madre que me permitiera ayudar en todas las tareas del hogar, así que, sin dejar de descuidar mis estudios, colaboré con las tareas de la casa. Hablé con mi padre sobre sus horarios y le dije que dejara de trabajar tanto que al menos hiciera menos horas. Mi padre se rió y dijo que tenía dos trabajos. No podía cortar horas en alguno, pues era tener dos trabajos o uno solo sin término medio. Mi padre trabajaba en la tarde como guardia de seguridad y en la noche en una fábrica de sacos para cemento. Los primeros días que conviví con ellos, me costaba conciliar el sueño. Recordé a mi abuela y no podía evitar el llanto. A veces. La Santa Muerte se me presentaba, se sentaba a un lado de la cama y acariciaba mi rostro. Me cantaba alguna canción que solía usar mi abuela para que me lograra dormir. Ella me decía que ya no llorara, porque eso ponía triste a mi abuela y que quería verme feliz. Yo le dije que ella ya no estaba y que nada volvería a ser como antes. Pero la Santa me dijo que todo sería mejor. La Santa muerte me dijo que mi abuela no podía irse en paz y yo no la soltaba. Me giré para observarla. Ella se veía igual que cuando la vi por primera vez vestida de blanco, como siempre con su piel de porcelana en contraste con su oscuro y largo cabello, Le dije que quería verla una vez más. Recuerdo que mi abuela la llamaba Blanca, como si ese fuera su nombre, y en eso la expresión amable de Blanca desapareció. Le rogué que, por favor, sólo una vez más no le creí cuando cuando me dijo que ese día de noviembre era su último día, le expliqué a la Santa muerte que no había podido decirle cuánto la amaba de agradecerle todo lo que había hecho por mí. Le dije que aún la extrañaba y que no me acostumbraba a estar sin ella. La piel de blanca comenzó a hundirse quedando pegada a los huesos, pero hasta ahí llegó y entonces me dijo que no le pidiera eso porque podría hacerle mal a mi abuela y que, por favor, la dejara descansar. Ella sabía todo lo que yo había dicho, todo lo que yo sentía y por ende, no valía la pena molestarla. Me dijo que su alma ya no pertenecía a ese plano. Yo no escuché nada de lo que dijo y entre lágrimas le rogué que me dejara verla de la nada. La habitación comenzó a sentirse helada, a pesar de ser una noche calurosa. En eso, Blanca me mostró su rostro cadavérico y entendí que se estaba enojando conmigo. Mi madre entró a la habitación dijo j jo que u que me escuchó hablar y que pensó que estaba sonámbulo. Le respondí que todo estaba bien, pero ella se quedó confundida. Blanca se levantó para alejarse hacia la puerta, traspasó a mi madre y desapareció. Mi madre se sentó a mi lado y comenzó a hablar conmigo sobre la abuela y cómo superar su muerte. Sinceramente, escuché la mitad de lo que me decía, ya que no le presté atención. No quería consuelo. Quería una oportunidad para decirle que la amaba. Mi abuela siempre estuvo conmigo, siendo padre y madre a la vez, pero no recuerdo en algún momento de tenerme y decirle que la amaba. Estoy seguro de que ella siempre lo supo, pero necesitaba expresárselo. Poco a poco, comencé a entrar en un pozo depresivo debido a la muerte de mi abuela. No lograba superarlo y mi amiga Blanca siempre estuvo ahí apoyándome. Me alejó de los peligros y de las personas que querían hacerme daño cada vez que creía que estaba su so solo en el autobús haciendo las compras en casa. Siempre estaba a mi lado y aunque no habláramos mucho, la veía junto a mí. Mi madre comenzó a preocuparse por mi forma de ser. Me notó muy retraído y aislado. Intentó convencerme de ir con un psicólogo, pero me negué y cuando quería hablar con alguien, lo hacía con mi amiga Blanca. Cuando llevaba más o menos unos tres meses con mis padres, comencé a perder el apetito. La comida no me pasaba por la garganta. Recuerdo que en una ocasión estaba por tragar un bocado de la cena y simplemente no pude debí escupirlo porque se me hacía imposible el comer. La Santa muerte me dijo que debía comer y yo le dije que no, que no tenía hambre. Entonces tomé el plato de comida y lo arrojé todo a la basura. Estaba en un proceso de negación donde yo mismo era mi propio enemigo. La expresión tierna de la Santa Muerte se esfumó en un instante y comencé a hacer sentir frío. Entonces su voz retumbó en mis oídos y me dijo que estaba tallando mi propia lápida y que la muerte era necesaria para la vida la verdad. Ignoré a blanca y me dirigí a mi habitación. No llegué a entrar. Ella estaba en la puerta bloqueando el paso su rostro era una calavera. Usaba una túnica blanca que se movía junto con una brisa gélida y sujetaba algo con sus huesudos dedos que pocas veces mostraba. Me dijo que debía terminar con mi duelo y comenzar a vivir. Yo le dije que necesitaba verla para poder estar en paz. Dos luces rojas se encendieron en las cuencas de sus ojos. El suelo comenzó a temblar como si hubiera un terremoto. Todo se volvió negro y dejé de sentir mi cuerpo. No había angustia, dolor, sufrimiento y no sentía nada. Comencé a oír voces en un eco que no lograba reconocer. Sus palabras se oían distantes y poco a poco comencé a sentir mi cuerpo. Cuando me di cuenta estaba en un pasillo al fondo una luz blanca me guiaba a seguirla. Caminé algunos pasos y noté una sombra bloqueando la luz poco a poco tomó esa forma humanoide su sola forma de caminar. Me fue suficiente para reconocerla. Mi abuela estaba ahí. Intenté correr hacia ella, pero aunque sentía mis piernas moverse eufóricamente, no lograba acercarme sin importar el esfuerzo que realizara Blanca. Quien estaba a mi lado me dijo que no avanzara, que me quedara ahí, que dejara que ella se acercara a mí. La muerte me tomó del hombro y yo le dije que quería abrazarla, pero lo comprendí. Si avanzaba o al menos lo seguía intentando, sólo vería la muerte. La esperanza se me hizo eterna. Mi abuela caminaba muy despacio. Logré apreciar sus rasgos a medida que acortaba distancia conmigo. Tenía la boca entreabierta y la mirada perdida. Sus ojos eran vacíos, pero no dejaba de mirarme Le pregunté atónito que si estaba bien, ella no me respondió y cuando llegó al frente de mí, noté su deteriorado rostro. Yo nunca la vi de esa manera. Le pregunté que por qué estaba de esa manera y la santa muerte me dijo que estaba sufriendo, porque yo no la dejaba descansar. Comencé a oír que alguien me llamaba por mi nombre. El sonido era difuminado. Se escuchaba a mis espaldas como si me llamaran desesperadamente. Entonces la Santa muerte. Me dijo que le dijera lo que tuviera en el corazón porque ya no tenía tiempo. Yo le dije a mi abuela que la amaba y que siempre lo había hecho que me perdonara por nunca haberle dicho. Entonces el rostro de mi abuela pareció rejuvenecerse mientras esbosó una sonrisa y me dijo que ella lo sabía y que siempre lo supo que ella también me amaba, pero yo seguía escuchando mi nombre de fondo. Lo escuché claramente, aunque seguía sin reconocer la voz. El pecho comenzó a dor como si me estuvieran exprimiendo. Luego sentí un extraño ahogo, como si el oxígeno no me llegara y en ese momento la Santa Muerte me dijo que ya era hora de despertar. Tomé una bocanada de aire Reconocí donde estaba y era un hospital. Todo había terminado. Como si fuera un sueño, apenas sentía los pies y las manos. Me recorría un hormigueo insoportable. Mi madre estaba a un lado con los ojos desorbitados y frente a mí vi a un doctor que me ayudó a sentarme. Mi madre me abrazó sin dejar de llorar. El doctor la apartó diciéndole que yo necesitaba aire detrás de ella. Observé a la Santa Muerte me sonrió con ternura como si todo estuviera bien y me dijo que ya me había despedido y que era hora de cumplir mi parte, de dejarla descansar y seguir con mi vida. Cuando me sentí mejor, me explicaron lo que sucedió Según mi madre, me desmayé y traspedr auxilio. Un vecino me realizó reanimación cardíaca, ya que no rer respiraba. El personal de emergencias llegó por mí y fui hospitalizado. Según los doctores, estuve muerto por unos minutos. Se creía que mi desmayo era por la anemia, al no estar comiendo nada, aunque para mí eso era sospechoso. Mejor dicho juzgo que la Santa Muerte me dejó sin vida por un minuto para que pudiera despedirme de mi abuela. Ese día fue un antes y después para mí comencé a cuidarme y a alimentarme mejor. Al haberme despedido, como corresponde, me sentí en paz. La Santa Muerte siempre está conmigo, pero sólo se presenta cuando es realmente necesario, pues ya no tiene que estar todo el tiempo a mi lado para cuidarme. Desde entonces le rendí culto en secreto. Mis padres jamás se enteraron. Hasta el día de hoy. Conservé la pequeña estatuilla escondida en mi habitación sin que nadie la encontrara. Hoy en día, en mi casa. Tengo un pequeño altar para ella y le rindo culto las veces que se me presenta. Lo sigue haciendo con la misma imagen de una joven de piel blanca y cabello negro, y siempre que le hablo, le sigo diciendo blanca, ya que el blanco es el color que predomina en ella. Relatos escritos y adaptados por Lis Rayón