Latest / Reflexiones cristianas con José Ordóñez / 235 | Pan sobre las aguas.
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- Hace unos días fui a visitar a unos tíos allí en Bogotá. El tío político y la tía, que sí es parte de la familia, no familia directa, me invitaron a tomar un café, un tíntico. Me preguntaron quiere comerse algo mi hijo. Estuvimos conversando durante algún tiempo. Bueno si a eso se le puede llamar una conversación. Las palabras en algún momento me hicieron sentir como si fueran amorfas, o sea, sin sentido hola Tía, hola sobrino, hola Bernardo, porque cuando a mí alguien me dice hola Bernard du Bernard du ni siquiera terminando, no sino en u quiero Bernard du So es de Bogotá y quiere decir que me conoce desde mi infancia, porque en mi familia me dice es Bernard, qué más, Bernardo, no bien Tía, y usted qué tal no ahí bien, envejeciéndo mi hijo y qué más no ahí y mis primos no. Pues bien, aquella pues así, y esta otra así, y el otro así. Nuestra conversación, en menos de diez minutos, se había terminado. Ya no teníamos de qué hablar. No tenía conexión con el tío político y con la tía yo por más que intentaba hablar o poner algún tema. Tanto ellos como yo tratábamos de sacarlo adelante. No había ninguna clase de conexión, por lo cual la visita no duró mucho. Salí de esa casa preguntándome por qué no pude conectarme sentimentalmente, por qué no no pude expresarle un poquito de admiración, de amor, aunque amo a mi tía, pero de ese amor pasional. Ustedes me pueden entender por qué uno puede tener un tío al que abraza con todas las fuerzas de su corazón y otro al que simplemente saluda. Me puse a pensar. Recordé que cuando a los dieciséis años de vida, mi padre y mi madre se separaron y mi abuelita Bernarda me llevó allí a esa casa nunca esos tíos tuvieron una muestra de cariño, de afecto y de conmiseración conmigo. O sea, no se preguntaban. Bernardo comió cómo está Bernardo bienvenido. No me lo dijeron cuando yo tenía dieciséis años y era a ver les cuento como lo dije en un anterior podcast. Era el proyecto fallido de la familia, era el muchacho que nadie quería tener, era el antisocial, era el hijo del latonero, el problema que le llegó a mi mamá, porque, pues yo le llegué a mi abuelita y me imagino que muchos de sus hijos, mis tíos pensaron le llegó un problema mi mamá, porque ahora va a tener que sacarlo adelante y en fin y me di cuenta que esa conexión no estaba allí, porque nunca me dijeron cómo estás, cómo te sientes. Lamentamos mucho lo que pasó en tu vida. Quieres comer, ya, comiste dormiste, necesitas algo jamás. Yo era un ente, una persona más que estaba ahí de pronto observada como un problema. Entonces pasaron los años, pasaron los años y bueno, soy un adulto, cincuenta y cinco años. Ellos ya están abuelos y, por más que ellos intentan conectarse conmigo, pues no logramos la conexión. Te voy a mostrar un pasaje bíblico. Está en eclesiastés. Capítulo número once, versículos uno y dos dice lanza tu pan sobre el agua. Después de algún tiempo volverás a encontrarlo. Comparte lo que tienes entre siete y aún entre ocho, pues no sabes qué calamidad pueda venir sobre la tierra. En la Reina Valera, Isel lanza tu pan sobre las aguas. Luego de muchos días lo hallarás. Aprendí esta aplicación porque uno se imagina lanzando bolsas de pan a un río y la explicación es que tiene que ver con aquellos que sembraban el tigre el trigo. Los que sembraban trigo que generalmente lo hacían cerca a un río o a una corriente de agua para poder regar los cultivos, pues el señor les dice dejen que muchas espigas caigan al agua. Lo que hacía es que muchas espigas de trigo caían al agua, y la corriente del río llevaba esas espigas ladera abajo y abajo terminaban germinándose nuevas cosechas de trigo que aprovechaban los pobres o las personas que nunca habían sembrado esas espigas, que no tenían derecho de recogerlas o de comer de ellas, pero que era producto de que el rico de arriba, pues dejaba correr muchas semillas que terminaban dando fruto tiempo más adelante. Y esa es la aplicación a que a veces puedes ver personas que son insignificantes en tu vida y, sin embargo, necesitas que tú les, siembres una semilla de compasión conmiseración, amor cariño preguntarle al pobre, al menesteroso. Estás bien comiste cómo te sientes. Quiero contarles que esos días, de los dieciséis a los dieciocho o diecinueve años fueron muy tristes en mi vida. Estaba solo y me acostumbré a vivir solo porque nadie se ocupaba de mi cumpleaños. No hubo una torta, no obo un regalo, una llamada. Parecía que tanto mis cinco hermanos como mi papá y mi mamá andaba cada uno intentando resolver la vida, y cómo me hubiera gustado que un tío una tía hubieran dicho vamos a hacerle una torta a Bernardo, vamos a tener un detalle para con él, vamos a preguntarle quizá no leemos nada, pero vamos a preguntarle cómo está, cómo se siente, por que no se sabe si más adelante la vida haga que nosotros envejezcamos y que él pueda tener más oportunidades y quizá nos devuelva a los favores. La verdad, mis tíos no necesitan de mis favores, pero cómo me hubiera gustado tener una mejor conexión con ellos. Para terminar, te voy a contar la historia de mi tío. Es mi tío Alberto, al que amo con todas las fuerzas de mi corazón. Es mi tío preferido. Era un niño. Tenía doce trece años. Creo que doce. Odiaba que me llevaran al taller de la tonería de mi padre, porque no me gustó nunca machucar latas y ese untarme las uñas de grasa y andar con un ove or y ayudar a mi papá en los talleres. Era el peor castigo que me podían dar. Un día me senté en el escritorio de mi tío Leopoldo. Era día de paz. Abrí el cajón, el principal cajón de su escritorio, y vi una enorme colección de billetes de cincuenta pesos que eran como moraditos. Los tenía ahí emitido para pagar los sueldos de los empleados de su taller. De inducan aquí, en Bucaramanca, me robé cincuenta pesos y fui y me los gasté. Me compré algo que llamaba quipitos y me compré calquitos que eran como unas hojitas en donde tú ponías y rayabas y podías poner las figuritas. En fin, fue un pecado, fue un error y fue una travesura de niño mi papá cuando se enteró medio una soberana pela. Los colombianos decimos la pela es porque me dio una moenda a punta de correa y eso fue doloroso para mí en esa época. No estoy, no estoy juzgando a mi padre. En esa época, todos los padres pensaban que cuando un niño cometía un error como esos, había que darle una muenda, había que pegarle muy duro para que aprendiera a través de la zurra, lo que no se debe hacer en la vida. Ese capítulo de la vida, yo decidí olvidarlo dentro de la relación con mi papá. Pero mi tío Alberto hizo algo. Recuerdo que me llevó a la esquina del mismo taller, me gastó una no era cola y Pinto era piña y Pinto una gaseosa y duró hablando conmigo una hora explicándome por qué no debía robarme los cincuenta pesos y por qué no era bueno robar ese tío donde quiera que yo le encuentre, lo abrazo, lo beso, qué creen que recuerdo más la muenda de mi padre o los consejos de mi tío correcto. Me gusta más recordar lo que hizo mi tío que lo que hizo mi padre y amo a mi papá con todas las fuerzas de mi corazón. Y bueno, ese es un tema olvidado, pero recuerdo mucho lo que sí hizo mi tío para intentar educarme. Lanza tu pan sobre el agua después de mucho tiempo, volverás a encontrarlo a esa personita Puede ser un niño, un preadolescente, un adolescente, un joven que está necesitando, que le mires con conmiseración, que le ayudes, se va a convertir quizá después más adelante, en un hombre que tenga oportunidades, en alguien que con el que puedas tener una conectividad sentimental, afectiva y puedas recoger lo que algún día sembraste en tus pequeñas semillas de trigo, que son todos esos actos benevolentes. Con quien más lo necesita, que Dios te bendiga, que tengas un lindo día