Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Nos Obligaron A Entrar A La Iglesia Del Diablo Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más, comenzamos lo que contaré a continuación. Sucedió en Mendoza, México. Mi nombre es Rosario. Todo sucedió cuando yo era joven, tenía alrededor de quince años. Un día me encontraba en mi casa descansando era algo tarde. Había sido un día complicado en la escuela y quería un tiempo para mí. Me quedé dormida sin querer hasta que llegó la noche, hasta que algo me despertó. Era mi amiga Paola tocando mi puerta. La reconocí por su voz. Eran más o menos las ocho de la noche A esas horas. La verdad se me hacía raro que me visitara mi amiga, porque la verdad la ciudad en esos tiempos era peligrosa y además la había visto por la mañana en la escuela. Yo aún estaba en mi cama y mi madre había ido a cuidar a mi abuelita a Nogales, así que me había quedado completamente sola. Paola tocaba y tocaba la puerta diciendo que, por favor, saliera que la acompañara a la presa, pero yo le grité sin abrir la puerta, diciéndole que era muy tarde que mejor otro día, pero ella seguía insistiendo que la acompañara, que no quería ir sola y como no tenía a quien pedirle permiso, después de mucha insistencia, decidí ir. Al fin y al cabo, ya había dormido y no tenía nada mejor que hacer. Cuando abrí la puerta, vía mi amiga parada afuera con una sonrisa radiante. Por un segundo recuperé el aliento, pues antes de abrir había recordado la historia que me contaba mi madre de Niña del Lobo, que entró a casa de las Ovejas imitando la voz de su madre. Mi casa estaba a unas diez cuadras de la presa. Era muy fácil llegar. Además, las s s s s en Mendoza son muy bonitas, porque toda la ciudad está rodeada de montañas enormes y hermosas. A pesar de que nuestro lugar de destino estaba muy cerca de mi casa, tuvimos que tomar otro camino porque un accidente había cerrado el paso. El camino era mucho más largo y estaba algo solo era pura terracería. Mi amiga y yo caminamos mientras platicábamos y reíamos recordando días anteriores en la escuela. Además, ya casi iba a ser su fiesta de quince años, que es una celebración muy famosa aquí en México, y le hice muchas preguntas sobre eso. Mientras más caminábamos las calles se me iban haciendo un poco más extrañas. Sentía como si hubiera algo extraño en el aire, pero no sabía qué era. De pronto ya no había gente en las calles y bueno tenía sentido porque, como dije, la ciudad era algo peligrosa y la gente ya no salía a esas horas. Por eso, en cierto modo, también estaba mal que estu viera éramos caminando solas. Por ahí cabe mencionar que yo nunca había pasado por ahí nunca había tenido la necesidad. Siempre que salía cerca caminaba por la calle principal y cuando iba hasta orizaba prefería tomar el autobús. Después de lo que a mí me pareció una eternidad, aún no llegábamos. Le pregunté a mi amiga Paola que si estaba segura de que habíamos tomado el camino correcto y ella me dijo que sí, que seguro llegaríamos en unos minutos, pero ya eran más de nueve treinta de la noche y me estaba poniendo de malas. No se veía ni un alma. Por ahí el camino estaba muy feo y mis zapatos ya estaban llenos de tierra, ya estaba harta y le dije a mi amiga que mejor nos regresáramos, pero ella me dijo que en cinco minutos estaba segura de que llegaríamos. No había luz por ahí, porque no había ni una sola casa. Sólo nos alumbraba la luz de la luna. No sé cuánto tiempo pasó hasta que vimos algo a lo lejos. Era un lugar del que despertadía una fuerte luz. Parecía ser una iglesia muy grande. Me sorprendió ver que entre tanta penumbra y soledad hubiera un lugar así. Además, jamás había escuchado que hubiera otra iglesia por ahí y menos tan grande. Mi amiga Paola se quedó igual de sorprendida que yo. Me dijo que fuéramos que ahí podíamos preguntar si faltaba mucho para llegar a la presa y me di cuenta entonces de que nunca había sabido cómo llegar. Me enojé mucho y le reclamé, pero ya no había nada que hacer. Acepté que fuéramos a la iglesia a ver si encontrábamos a alguien conocido. Cuando llegamos a esa iglesia, a la luz de adentro nos deslumbró. El portón me pareció particularmente extraño. Era un portón más grande de lo habitual, diferente al de las iglesias que había visto antes. Entramos porque estábamos ya muy desesperadas y nos dimos cuenta de que había misa. El lugar estaba completamente lleno, pero las personas que estaban ahí esta esta ban completamente cubiertas por túnicas blancas. No podíamos ver sus rostros ni el del padre. La atmósfera dentro de la iglesia era espeluznante. Las personas en las túnicas blancas se arrodillaban en silencio sin hacer ningún sonido. El padre estaba en el altar, pero su rostro estaba oculto bajo una capucha. A pesar de la extrañeza del lugar, decidimos acercarnos y preguntar cómo llegar a la presa o a algún lugar cercano. A casa. Ya no toleraba estar perdida. Le dije a Paola que camináramos por las orillas para no molestar a la gente o interrumpir. Pero justo cuando íbamos caminando se escuchó la voz del padre decir nuestros nombres y que, por favor, tomáramos asiento, que la misa estaba a punto de comenzar. La voz del sacerdote se escuchaba muy rara, era áspera y rasposa sinceramente daba miedo y por esa razón hicimos caso. Tomamos asiento en la parte de a de a t s s s s s o N o s s s N. Fin y al cabo, el padre tenía razón. Mi familia siempre me había inculcado el respeto por mis mayores y más aún el respeto por los templos sagrados. Ya era muy tarde de eso estaba segura el tiempo nos estaba consumiendo y sabía que sería muy complicado llegar a algún lugar conocido, además de peligroso, pero tenía fe en que el sacerdote podría ayudarnos. Al finalizar la misa, escuchamos con atención las palabras en misa pero poco a poco me di cuenta de que en realidad nada tenía sentido en ese lugar, porque nunca había escuchado esos rezos ni mucho menos había leído algo parecido a lo que estaba diciendo el padre, e incluso los cantos sonaban aterradores y decían cosas muy feas. La tensión en la iglesia aumentaba a medida que la misa avanzaba. Las túnicas blancas que cubrían a los fieles parecían cada vez más opresivas y su silencio se volvía inquietante. Los cantos continuaban, pero sus letras eran oscuras y persuasdoras. Paola y yo nos mirábamos con preocupación, sintiendo que algo estaba muy mal en ese lugar. El padre, con su rostro oculto bajo la capucha, comenzó a hablar en un idioma que no comprendíamos. Si sus palabras resonaban de manera siniestra en la Iglesia. La vela que iluminaba el altar parpadeaba de manera errática, creando sombras en las paredes de la Iglesia. El aire se volvía más pesado con cada minuto que pasaba, como si una presencia invisible se cerrara sobre nosotros. De verdad quería alargarme de ahí. Tenía mucho miedo. Sabía que eso no era normal y mi amiga también, la verdad estaba furiosa con ella por haberme llevado por ese camino. Temía por nuestra seguridad y podría decir que por nuestras almas. No sabía qué estaba pasando, pero definitivamente no era nada bueno. La gente seguía los rezos del sacerdote y en ese momento aproveché para decirle a mi amiga que debíamos irnos escabullirnos de ahí como pudiéramos cuando esas personas estuvieran distraídas. Pero entonces la voz del padre dijo nuestros nombres y dijo que, por favor, guardáramos silencio, que de cualquier manera no podríamos irnos de ahí hasta que la misa a su querido satanás acabara. En ese instante sentía que el alma se me salía del cuerpo, no podía creer lo que estaba escuchando y mi amiga tampoco me tomó del brazo y su mano temblaba. A pesar de nuestro miedo. Tratamos de mantener la calma y pensar en una estrategia para escapar de ese lugar maldito. No podíamos ponernos a gritar o intentar huir de forma inmediata. Sabíamos que si hacíamos eso, nos podría suceder algo horrible. Pero nuestras esperanzas se desvanecieron cuando el padre anunció que la misa estaba llegando a su clímax y que debíamos participar en una ceremonia especial. Nos ordenó que nos levantáramos si nos uniéramos al resto de los fieles en el centro de la iglesia. Nuestras piernas temblaban mientras avanzábamos hacia el altar, y una profunda sensación de fatalidad se apoderó de nosotras. El sacerdote nos entregó túnicas blancas idénticas a las de los otros fieles y nos obligó a ponerlas, diciendo que si no lo hacíamos, nosotras heríamos el sacrificio para Su señor. Nos resistimos con todas nuestras fuerzas, pero sus seguidores nos rodearon y nos forzaron a vestirnos con esas túnicas heladas. Era como si estuviéramos sellando nuestro destino en ese momento y nuestros corazones latían muy rápido por el miedo. Sabíamos que nos convertíamos en parte de la macabra congregación. No podíamos ver el rostro del padre ni el de las demás personas estaban escondidos bajo esas capuchas y la verdad no queríamos descubrir qué había debajo. El sacerdote continuó con el ritual, que se volvía cada vez más oscuro y retorcido. Nos hizo tomar una extraña bebida en negro de un cáliz dorado que tenía un sabor amargo y nauseabundo. Era como si estuviéramos tomando algo podrido. Definitivamente estábamos dentro de una pesadilla y ansiaba poder despertar. No había manera de que todo eso fuera real. La ceremonia alcanzó su punto máximo cuando el sacerdote comenzó a cantar en un lenguaje incomprensible y las velas en el altar se apagaron repentinamente. La iglesia se sumió en la oscuridad total y en medio de la negrura, comenzamos a escuchar susurros y risas, siniestras que parecían provenir de todas partes a la vez quería huir salir corriendo de ahí. Estaba completamente arrepentida de estar ahí en ese momento. Hubiera preferido estar afuera, en plena oscuridad y perdida que estar en ese lugar endemoniado. Por un momento pensé que quizás jamás saldríamos de ahí, que nos quedaríamos eternamente en esa misa al diablo. De cualquier manera, hasta el día de hoy, pienso que ya estamos condenadas por tomar lo que nos ofreció el padre y por estar en una ceremonia en donde el anfitrión era el mismísimo lucifer. Mi amiga Paola comenzó a llorar del miedo. Yo le dije que, por favor, se tranquilizara, porque si el padre la escuchaba, nos mataría y seríamos el sacrificio humano para el diablo. Paola trató de calmarse y comenzó a modular su respiración. Ambas teníamos la firme idea de que saldríamos de ahí de algún modo, pero de un momento a otro, las personas se formaron para recibir la sangre de su venerado demonio y entonces Paola y yo nos dimos cuenta de que esas personas estaban evitando. No pudimos evitar dar un grito de terror, pero el padre gritó muy enojado que ya lo teníamos, harto que nos calláramos porque eso era una falta gravísima de respeto. Se escuchaba muy molesto. Me dio mucho miedo. Ya nos habíamos dado cuenta de que ninguna de las personas que estaban ahí y en ese momento eran reales. Quizá eran almas en pena, almas condenadas en el infierno, pero no teníamos la certeza. Después de un buen rato que me pareció una eternidad por fin, escuchamos que el padre dijo que ya había concluido la misa y que podíamos marcharnos en paz, pero era mentira. Cuando finalmente la misa llegó a su fin, el padre se acercó a nosotras antes de poder irnos de ese lugar maldito. Temblábamos de miedo. Mientras él nos decía que nos quedáramos un momento que tenía algo importante que decirnos nos vimos atrapadas sin saber qué hacer, así que obedecimos no había opción paola y yo asentimos con miedo. Pero por un segundo, el padre se descuidó un momento y corrimos lo más rápido que pudimos deseando salir de ahí. Pero cuando intentamos hacerlo, nos dimos cuenta de que la puerta por la que habíamos entrado estaba ahora cerrada con llave. Nos sentimos atrapadas en la iglesia. La claustrofobia y el terror se apoderó de nosotras. El sacerdote se quitó la capucha que cubría su rostro y atrás de él estaban las personas de túnicas blancas quien al mismo tiempo se descubrieron el rostro. Sus rostros eran horribles, tenían agujas en los ojos y la piel quemada. Su sonrisa se formaba por clavos oxidados llenos de sangre. Aún no puedo creer que no me desmayara al ver eso, aunque hasta el día de hoy esa horrible experiencia me dejó trahumada. El sacerdote nos miró con sus horribles ojos y una sonrisa macabra se formó en su rostro y nos dijo que debíamos quedarnos con ellos, que ahora éramos parte de su congregación intentamos resistirnos, pero nos rodearon los fieles en túnicas blancas con ojos llenos de agujas. Incluso pude sentir sus manos frías que nos sujetaron con fuerza. La noche se volvió aún más oscura y aterradora cuando el sacerdote comenzó a gritar nuestros nombres y a cantar algo muy feo que hablaba de muerte y sacrificios. Los cantos se volvieron más estridentes y la atmósfera se llenó del mal disfrazado. Paola y yo luchamos desesperadamente por liberarnos, pero estábamos rodeadas y superadas en número. Gritamos y lloramos, pero nuestros gritos se ahogaron en la oscuridad de la iglesia. No sabemos cuánto tiempo pasó en ese lugar infernal. Pero finalmente, en un momento de confusión, logramos escapar de las garras de los fieles. Corrimos a toda velocidad hacia la puerta. Paola comenzó a pedirle a Dios que nos ayudara a salir de ahí y la puerta se abrió de par en par entrando muchísimo aire que hizo gritar a esos seres demoníacos. Nunca miramos atrás mientras huíamos de esa iglesia maldita. Corrimos por el oscuro camino, sintiendo que algo nos perseguía. Susurros inhumanos resonaban en nuestros oídos. Fue lo más aterrador que ese sentido en la vida. Sentía que el corazón once me salía del pecho y no iba a cantar victoria hasta que estuviéramos a salvo en casa. Finalmente, después de un buen rato, corriendo sin parar, ni siquiera sentíamos el cansancio hasta que por fin llegamos a mi casa, nos encerramos con llave en la casa a mi amiga no le importó llegar a la suya. Era muy tarde y era claro que no se iba a arriesgar yéndose sola en medio de la oscuridad, porque cabía la posibilidad de que se encontrará cara a cara con el sacerdote y sus fieles. Tomamos un té caliente y ninguna de las dos podía decir ni una palabra. Haber vivido esa horrible experiencia nos había dejado en choque nos acostamos en mi cama. Tratamos de dormir, pero el miedo no nos dejaba, y menos cuando escuchamos a alguien caminara afuera y después a un grupo de personas decir nuestros nombres. Al mismo tiempo, mi amiga Paola me abrazó muy fuerte y me dijo que jamás nos dejarían en paz. Pero yo le dije que había escuchado alguna vez que si tú no das permiso a las entidades malignas de que entren en tu hogar, nunca podrán hacerlo. Eso tranquilizó un poco a mi amiga, pero después se quedó pensando en que, de cualquier modo, esos seres malignos algún día nos encontrarían vulnerables y vendrían por nosotras. Un ruido muy fuerte interrumpió nuestra plática. Se había escuchado como si algo hubiera explotado afuera. Nos dio mucho más miedo y sin tener muchas opciones, tuvimos que asomarnos y nos dimos cuenta de que algo había provocado fuego. El padre estaba afuera con su túnica, gritándonos que nos quemaríamos vivas y cuando ardiéramos en el infierno, podríamos asistir a otras misas para su señor el Diablo. En ese momento desee que mi madre estuviera en casa Finalmente, los jóvenes nos sentimos más seguros cuando haya un adulto cerca. En fin, aún con el miedo. Recordé lo que había hecho mi or amiga para salir de la iglesia anteriormente y le dije que rezáramos de nuevo. Cada palabra parecía enojar más y más al padre y su horrible rostro se desfiguraba de una manera asquerosa y espantosa. Comenzó a gritar. Nos maldijo y dijo que algún día volvería por nosotros, que habíamos tenido mala suerte al encontrarnos con la Iglesia de Lucifer. El fuego se extinguió y el padre desapareció en la obscuridad. Mi amiga Paola y yo nos abrazamos y volvimos a entrar. Ninguna mencionó nada, pues en el fondo sabíamos que era posible que en unos días, meses o incluso años. Ese ser maligno iría por nosotras nos quedamos dormidas y al día siguiente no hablamos de eso. O, mejor dicho, jamás hemos hablado de eso porque desde esa noche nunca volvimos a hacer las mismas. Las pesadillas nos atormentaron durante semanas y el miedo a la iglesia de las túnicas blancas nunca desapareció. Nunca supimos quiénes eran esas persas ni que oscuro culto seguían, pero juramos nunca hablar de lo que vivimos ahí, temiendo que la maldición aún pudiera alcanzarnos. Actualmente vivo en Puebla y la verdad, con el paso de los años, esos horribles recuerdos se fueron enterrando más y más profundamente en mi cabeza. Incluso ya ni me acordaba a veces nuestra mente bloqueé algunos sucesos por el trauma que generaron en algún momento, pero esos recuerdos nunca se guardan para siempre. Todo esto lo cuento porque temo por mi seguridad, ya que hace unos días, mientras intentaba dormir a mi bebé, escuché sonidos extraños afuera de mi casa, muchas personas susurrando algo parecido a un rezo. No quería asomarme, pero le dije a mi esposo que me acompañara. Quería cerciorarme de que no estaba loca cuando nos asomamos por la ventana vía al sacerdote sonriéndome de Oreja a Oreja y todos sus fieles con túnicas blancas atrás de él. Tenía una cruz invertida en su mano. Tenía años que no había tenido tanto miedo. Ni siquiera en mis recuerdos. Di un grito horrorizada y mi esposo me dijo que me calmara. Me preguntó que por qué había gritado y en ese momento me di cuenta de que él no había visto a esos espectros y sólo yo podía verlos. Inmediatamente traté de conseguir el número de mi amiga Paola y después de preguntar a medio mundo en mendoza, me lo dieron la verdad. Tenía muchísimo tiempo que no la veía ni sabía nada de ella. Llamé y me contestó. Su madre le dije que necesitaba hablar con Paola, pero ella me dijo que su hija tenía tres días desaparecida, ya la habían buscado como locos y nada. Me dijo que era muy raro, porque la última vez que la vieron fue en su propia casa antes de irse a dormir y desde ese momento ya no no quería preocuparse, porque seguramente estaba con sus amigas o algún nuevo galán, pero yo sí me preocupé. Sentí que cor como si me hubieran dado un golpe, y lo primero que pensé fue que el padre satánico se la había llevado. He estado preocupada estos últimos días por ella y por mí. No he podido dormir y cuando lo logró, tengo horribles pesadillas en donde el sacerdote con dientes de clavos me está comiendo viva. Espero que todo sea una casualidad, que Paola regrese a su casa y que a mí no me pase nada, porque no quiero dejar sola a mi pequeña hija. Relato escrito y adaptado por Lis Rayón