Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Mi Amigo Del Más Allá - Seres De Otro Planeta Me Visitan Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Mi nombre es Daniel y a los siete años compartía una vida nómada junto a mi padre. Él era un hombre sin educación formal, pero con una voluntad inquebrantable de brindarme lo mejor que podía la razón de nuestra vida. Errante se remontaba a mis primeros recuerdos. Mi madre, en un día sin previo aviso, había empacado sus cosas. Si se había ido de nuestras vidas. Yo tenía apenas cuatro años y mi mente infantil no podía comprender completamente la razón detrás de su partida. Hasta hoy, los detalles de su rostro y su voz se desvanecen en la nebulosa de mis recuerdos. Dejándome con la sensación de un vacío que el tiempo no ha logrado llenar. Vivir en la calle fue una constante para nosotros, un recordatorio doloroso de la crueldad del mundo. Las noches heladas y las jornadas interminables de búsqueda de refugio se convirtieron en algo normal. Sin embargo, la vida a veces da giros inesperados y una oportunidad laboral. Para mi padre surgió como un rayo de esperanza en nuestra existencia. La oferta provenía de un cementerio, un lugar donde las almas descansaban en paz, pero que albergaba mucho misterio. Mi padre fue contratado como velador un trabajo que ofrecía una paga fija y la posibilidad de vivir en un pequeño cuarto en las instalaciones del Campo Santo. Parecía un regalo del destino, una oportunidad de cambiar nuestras vidas. Mi infancia se mezclaba entre las tumbas, ayudando a mi padre en sus quehaceres diarios. Los días pasaban entre risas y juegos solitarios, entre las lápidas, mientras mi padre trabajaba diligentemente en mantener el lugar en orden. Aquel cementerio era vasto con senderos serpenteantes que se perdían en la oscuridad. Un día, mi curiosidad infantil me llevó más allá de los lugares que conocía. Me aventuré hacia las tumbas olvidadas, donde la decadencia se apoderaba de cada piedra y la maleza se enredaba entre las cruces. Entre aquel abandono, una tumba en particular capturó mi atención, descansaba en silencio y en su superficie yacía un trompo de madera recordando las palabras de mi padre sobre no tomar nada de las tumbas. Resistí la tentación de agarrar el antiguo juguete. Sin embargo, mi atención fue desviada por un susurro infantil. Ola pronunció una voz suave y melodiosa. Al girarme me encontré con un niño más alto que yo, de unos ocho o nueve años. El niño era extraño. Su apariencia desafiaba la lógica de mi joven Mente. Vestía pantaloncillos cortos y una playera con líneas horizontales desgastadas. Como si hubiera pertenecido a otra época. Su piel era realmente pálida. Destacaba en contraste con sus labios amoratados y sus ojos ligeramente hundidos. A pesar de su extrañeza, la conversación fluyó naturalmente entre nosotros, como si fuéramos amigos de toda la vida. Nunca juzgué por la apariencia y en aquel momento sólo veía a un niño que necesitaba compañía. Juntos exploramos rincones oscuros del cementerio, compartimos historias y reímos entre las lápidas olvidadas. Corríamos y jugábamos como dos almas libres en un mundo aparte. También se movía con una gracia peculiar, como si estuviera más en sintonía con el viento que con la realidad. Que compartíamos. Era la primera vez que tenía un compañero de juegos y la dicha de esa experiencia hacía que mi corazón latiera con un ritmo acelerado. Exploramos rincones inexplorados del cementerio. Cada tumba se convertía en una estación para nuestras travesura infantiles. Nos reíamos, compartíamos secretos y durante un breve respiro en la tarde, nos sentamos en el césped disfrutando de la compañía del otro y aquella tarde, el sol descendía lentamente en el horizonte, pintando el cielo con tonos cálidos y dorados. Mientras charlábamos sobre banalidades, me di cuenta de que la forma en que Damián hablaba era peculiar. Hablaba como cualquier niño, pero sus palabras resonaban de una manera diferente. Mientras compartía historias sobre programas de televisión y eventos actuales, noté que Damián parecía desconocer muchas cosas. Los temas que él sí conocía eran de épocas pasadas, como si estuviera atrapado en un tiempo lejano. Intrigado, pero sin querer perturbar la felicidad del momento, opté por no profundizar en sus respuestas. Mi mente infantil no permitía cuestionamientos más allá de la superficie. Quería conservar esta amistad recién descubierta y las preguntas incómo podían esperar. Cuando le pregunté dónde vivía, Tamián esquivó la pregunta con una respuesta evasiva, mencionando que vivía cerca. Su respuesta me desconcertó, pero mi deseo de tener a alguien con quien compartir mis días superaba cualquier sospecha. Cambiamos de tema y continuamos charlando en medio de la tranquilidad del cementerio. La tarde avanzaba y en ese momento la voz de mi padre resonó a lo lejos llamándome para la cena. Invité a Damiana a acompañarme, pero su reacción fue sorprendentemente negativa. Declinó mi oferta con un gesto decidido como si hubiera algo que parecía saber que yo no. Antes de que pudiera hacer más preguntas. También se puso de pie y corrió adentrándose más en el cementerio, hasta que en un momento lo perdí entre las lápidas que de ahí, observando cómo su figura se desvanecía en la vastedad del campo Santo. Mi mente infantil no se permitió preocuparse de mí. Demasiado Después de todo, había muchas cosas en la vida de un niño que escapaban a la lógica de los adultos. Durante la cena, decidí compartir con mi padre la extraña amistad que había forjado con Damián. Al describir las características peculiares de mi compañero, como su piel pálida, labios amoratados y ojos hundidos, mi padre arqueó una ceja con incredulidad. Pensó que Damián no era más que un amigo imaginario, un producto de mi imaginación infantil que se manifestaba en las sombras del cementerio. Pese a mi insistencia en la realidad de Damián mi padre sólo sonrió y asintió como acostumbrado a las historias fantásticas de su hijo. No podía culparlo. Las características de Damián parecían casi surrealistas y la idea de un amigo imaginario parecía una explicación más plausible para un adulto. Al día siguiente, mientras jugaba en el cementerio, me encontraba lanzando piedra cerca de un antiguo pozo, una reliquia del pasado que ya no servía más que como parte del paisaje. Mientras caminaba por el filo del pozo, sentí un empujón ligero que amenazaba con desequilibrarme y hacerme caer. Cuando miré hacia atrás, me encontré con Damián, quien reía de manera casi maliciosa. Mi indignación surgió de inmediato y le expresé que no era gracioso y que casi me había lastimado. Damián sin inmutarse, restó importancia al incidente, asegurando que no fue para tanto y que no me había pasado nada, ignorando las señales de peligro. También cambió rápidamente el tono de la conversación y anunció que tenía algo genial para mostrarme. Sacó una vieja resortera, un objeto que yo nunca antes había visto. Mi curiosidad eclipsó momentáneamente la experiencia previa y me sumergí en la emoción de descubrir algo nuevo. Intenté usar la resortera por mi cuenta, pero mis intentos resultaron sentidos torpes y sin dirección. Damián, sintiéndose todo un experto, tomó la resortera con confianza y aseguró tener un buen tino. Buscó un blanco entre las tumbas, rechazando mis sugerencias de apuntar a flores lápidas o árboles cercanos. De repente, su mirada se detuvo en un gato que paseaba con tranquilidad entre las tumbas. Sin poder detenerlo a tiempo. Damián apuntó a la criatura y lanzó la piedra con una precisión impactante. La piedra golpeó al gato en el ojo en un acto de violencia inesperada. La escena se volvió surrealista. Mientras el gato yacía en el suelo, herido y sufriendo por el acto impulsivo de Damián, la sangre se mezclaba con la tierra, creando un cuadro macabro. En medio de la quietud del cementerio, mi amigo, aparentemente indiferente al sufrimiento que había causado, mostró una sonrisa de satisfacción. El impacto de lo que acababa de presenciar se apoderó de mí. La inocencia que había caracterizado en onda nuestros juegos desapareció en un instante reemplazada por la cruda realidad de la violencia. Mi amigo había revelado un lado oscuro que desafiaba toda comprensión. El gato, ahora herido e indefenso, era un recordatorio palpable de las fuerzas malévolas que habían estado operando en las sombras del cementerio. La entidad que se aferraba a Damián parecía revelarse a través de aquel acto cruel, mostrando una faceta de maldad que superaba cualquier explicación racional. El silencio se apoderó del lugar sólo interrumpido por el sufrimiento del pobre animal. Miré a Damián, quien continuaba observando la escena con indiferencia, como si aquello no tuviera mayor importancia. La realidad de mi situación se hundió en mi confuerza y el terror de lo desconocido se convirtió en una sombra palpable que me envolvía Después de unos minutos de estar paralizado observando al gato herido en el suelo, mi mente se debatía entre la incredulidad y la ángusta. Damián, por su parte, se limitó a decir que no había sido su intención herir al animal, insistiendo en que sólo buscaba asustarlo y aunque sus palabras sonaban sinceras, una sombra de duda se aferraba a mi mente. Aquella afirmación no terminaba de convencerme. Sin embargo, mi mente no tenía claro qué hacer en ese momento. Mis emociones oscilaban entre la ira y el desconcierto, pero me faltaba la capacidad de comprensión para procesar la complejidad de la situación. Cómo podía alguien que parecía ser mi amigo causar tanto daño sin razón aparente. El resto del día transcurrió en un extraño silencio. Tenso Mientras caminábamos por el cementerio, la confianza que antes había depositado en Damián se vio fracturada y la sensación de complicidad que compartíamos se desvaneció como una sombra que se desliza entre las lápidas. En varias ocasiones, Damián intentó que olvidara lo ocurrir con el gato, insistiendo en que no fue a propósito a regañadientes permití que sus palabras desvanecieran Mi sospecha Momentáneamente, la inocencia de mi mente infantil se aferraba a la creencia de que nadie podía actuar con malicia, especialmente a alguien a quien consideraba un amigo. Caminábamos entre las tumbas, pero ahora cada paso era un recordatorio de la fragilidad de la confianza. La risa alegre que solíamos compartir se tornó en un eco desvanecido en la penumbra del Campo Santo. En un intento por recuperar la normalidad, Damián se detuvo frente a una lápida y comenzó a leer el nombre grabado en ella. Al observar detenidamente, recordé que pertenecía a un hombre que había fallecido a causa de un disparo en la cara, o al menos eso había escuchado durante su entierro. La macabra coincidencia entre la historia de la lápida y el destino del gato no pasó desapercibida. Cuando se lo con ua, lamenté a Damián con una frialdad que no había mostrado antes, comentó que el hombre probablemente había quedado como el gato. Una risa demoníaca brotó de sus labios, resonando entre las tumbas como una melodía perturbadora. El comentario y la risa resonaron en mi mente como un eco siniestro, despertando una incomodidad que se arrastraba desde lo más profundo de mi ser. Aquella revelación fue el punto de quiebre para mí. La barrera que sostenía mis dudas se resquebrajó y una sensación de repulsión se apoderó de mi ser. Decidí alejarme de Damián, sintiendo la necesidad de escapar de la oscura sombra que proyectaba sobre mí. Mientras me alejaba, pude escuchar cómo Damiana aseguraba que yo era un aburrido. Aquellas palabras resonaron en el aire, mezclándose con la risa maliciosa que aún reverberaba entre las lápidas. La sensación de haber perdido algo irreemplazable se apoderó de mi corazón, pero también emergió un instinto de autoconservación que me impulsaba a huir de la presencia inquietante de mi antiguo amigo. La tarde caía sobre el cementerio, teñiendo el horizonte con tonos dorados y púrpuras. Mientras me alejaba de Damián. La realidad de lo que había presenciado se asentaba en mi mente. El juego infantil que compartimos se desmoronó revelando una oscuridad que mi inocencia no podía comprender por completo. La atmósfera pesada del cementerio se aferraba a mi mente. Incluso cuando regresé a casa, Mi padre notó mi silencio, pero cuando me cuestionó sobre lo ocurrido, negué cualquier problema. Una parte de mí temía ser reprendido, incluso sabiendo que no tenía responsabilidad en el incidente con el gato. Mis pensamientos oscilaban entre el miedo y la confusión. Mientras intentaba procesar la revelación oscura de Damián. La noche cayó sobre nosotros y me dirigí a la cama con la esperanza de encontrar refugio en el sueño. Sin embargo, la inquietud persistía y a mitad de la madrugada, desperté con una urgencia de ir al baño. La oscuridad de la noche envolvía la pequeña habitación que compartía con mi padre y un temor latente se apoderaba de mí mientras consideraba salir. Aunque la necesidad de aliviar mi vejiga era abrumadora, El único baño disponible estaba afuera de nuestro cuarto prestado. Mis pasos titubeaban mientras salía consciente de los sonidos nocturnos que resonaban en el aire. El silencio del cementerio parecía una sinfonía de misterios y susurros que me ponían los pelos de punta al caminar de vuelta al cuarto. Después de cumplir con mi necesidad, la madrugada avanzaba y el silencio se apoderaba de todo el campo santo. Sin embargo, un escalofrío recorrió mi espina dorsal cuando escuché una voz inconfundible. También estaba ahí a mi lado en la penumbra de la noche. El temor mer invadió mientras cuestionaba cómo había entrado, ya que a esa hora las puertas del cementerio se encontraban cerradas. La respuesta de Damián fue evasiva. Ignoró mi pregunta y, en su lugar, aseguró tener una sorpresa para mí, una disculpa por todo lo sucedido esa tarde. Según él, a pesar de mi resistencia interna, Damián tomó mi mano y comenzó a guiarme. La piel de su mano estaba gélida casi inhumana, enviando escalofríos por mi brazo. El miedo se mezclaba con la curiosidad mientras me dejaba llevar por aquel ser en la oscuridad de la madrugada caminamos en silencio a través de los pasillos del cementerio. La luna lanzaba su pálida luz sobre las lápidas, creando sombras que danzaban a nuestro alrededor. La presencia de Damián era un recordatorio constante de la conexión oscura que compartíamos. Si su voz resonaba en la quietud de la noche. A medida que nos acercábamos a un área particular del cementerio, la la La, la atmósfera se volvía aún más tensa. Damián se detuvo frente a una lápida en particular y con una expresión inexpresiva, leyó el nombre grabado en ella. La sorpresa que prometió revelarse estaba gestando en la oscuridad y mi corazón latía con una mezcla de temor y terror. La lápida pertenecía a alguien cuyo rostro había sido borrado por los estragos del tiempo. Sin embargo, podía verse que no había vivido mucho tiempo. Mi mente luchaba por comprender la realidad de lo que estaba ocurriendo. Damián, con una sonrisa aterradora, se apartó de la lápida y se dirigió hacia un punto específico entre las tumbas. Su mano, Fría seguía aferrada a la mía mientras avanzábamos hacia un rincón oscuro del cementerio. La sorpresa que prometía parecía estar a punto de revelarse en la penumbra de la noche, aunque mi mente infantil no podía comprender por completo las implicaciones de lo que estaba a punto de suceder. La sensación de estar atrapado en una trama más grande y oscura se apoderaba de mí la noche se estiraba en un suspenso inquietante, mientras Damián y yo nos Adentrábamos en la oscuridad del cementerio sin saber lo que me esperaba. Caminamos en silencio hasta llegar al lugar donde nuestras vidas se cruzaron por primera vez el sitio de las tumbas olvidadas. La luna lanzaba su luz sobre las lápidas. Nos detuvimos frente a la tumba que albergaba aquel viejo trompo de madera, el mismo que había capturado mi atención en mi primer encuentro con Damián. Damián observó la tumba un momento antes de revelar que su padre dejó ese trompo. Ahí. Sin embargo, la declaración que siguió me sumió en una confusión aún más profunda. Dijo que odiaba ese trompo, pero las razones detrás de ese odio permanecían en el misterio. Cuando traté de comprender se ignoró mi pregunta de nuevo dejándome en desconcierto. En lugar de responder a mi pregunta, Damián compartió un detalle perturbador. Dijo que su padre se había enterado del cómo había muerto, antes de agregar que todos habían creído su historia acerca de caer por la barranca. El ambiente se volvió helado en ese momento y un escalofrío recorrió mi espalda. La relación entre la tumba y el trompo se volvía cada vez más insondable. La tensión en el aire se palpaba y el miedo se apoderó de mí cuando decidí sugerir que era mejor que volviera a casa antes de que mi padre se diera cuenta de mi ausencia. Sin embargo, su respuesta fue inesperada y aterradora. Todos le creyeron que me caí por la barranca. Exclamó con un tono que traspasó la quietud de la noche. Cuando Damián pronunció esas palabras. Lo miré directamente a los ojos. La luz de la luna iluminó su rostro, revelando rasgos que se volvían más fuertes, casi cadavéricos. Lo más horrendo eran las marcas en su cuerpo, moretones, golpes y rastros de sangre. Detrás de su cabeza. Una herida profunda parecía casi partir su cráneo en dos. El miedo me envolvió y corrí sin mirar atrás. La risa demoníaca de Damián resonaba en mis oídos mientras escapaba de la oscura presencia que había revelado su verdadero rostro. Desde aquel día me juré a mí mismo no separarme de mi padre, temeroso de volver a encontrarme con Damián. Afortunadamente, unos meses después, mi padre decidió inscribirme en la escuela, liberándome de pasar días enteros en el cementerio, el tiempo pasó y nunca volví a ver a Damián. Sin embargo, la experiencia traumática que vivía aquel día se quedó grabada en mi memoria como una sombra persistente. Aunque los años pasaron y la vida me llevó por diferentes caminos, el recuerdo de Damián y su revelación macabra permaneció conmigo. Aquella amistad perturbadora, tejida entre las lápidas olvidadas y los secretos oscuros, dejó una cicatriz en mi alma que el tiempo no pudo borrar. La noche en el cementerio se convirtió en un capítulo oscuro de mi infancia, un relato que guardo en lo más profundo de mi ser Jamás pude olvidar la risa demoníaca de Damián ni la imagen de su rostro casi cadavérico. Aunque el tiempo avance y la vida continúe Sé que esa experiencia siempre permanecerá como un recordatorio de que hay secretos oscuros que acechan en las sombras, esperando revelarse a aquellos que se aventuran demasiado lejos en la oscuridad. A los once años, mi vida se asemejaba a la de cualquier otro niño, balanceando las obligaciones escolares con las tareas asignadas en aquel vasto terreno que llamábamos hogar la Granja, rodeada por campos interminables y arropada por la quietud del campo. Era el escenario de días impregnados de risas infantiles y el inconfundible aroma de la tierra fresca. Un día en particular, se grabó con nitidez en mi memoria. Había perdido la noción del tiempo entre deberes y juegos. La tarde se deslizó hacia la noche. La tarea de alimentar a los cerdos me llamó desde el corral distante y apenas visible en la oscuridad no podía permitirme dejar de cumplir con mi deber. Y así, aunque la noche se cernía con su manto oscuro, me aventuré hacia el corral con las botas embarradas Alcancé el corral y realicé la tarea rápidamente, Sumiéndome en la monotonía del deber, guardé los utensilios y me deshice de las botas. Pero antes de dirigirme de nuevo a casa, un destello misterioso atrajó mi atención en la penumbra de los límites de la granja. Aquella área en particular carecía de iluminación, lo cual hizo que el resplandor fuera aún más intrigante. Cambié mis botas por unos tenis. Caminé en dirección al destello, dejándome guiar por la curiosidad y el temor que comenzaban a gestarse en mi interior. Entre sombras. Vislumbré una figura humanoide La distancia impedía ver detalles con claridad, pero la forma se perfilaba ominosamente. De repente, tres figuras más emergieron Tras la primera. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal al considerar la posibilidad de que fueran ladrones, acechando en la oscuridad. El instinto de correr a casa para alertar a mis padres se apoderó de mí. Pero antes de dar el primer paso, un segundo destello deslumbrante llenó el espacio y me cegó por completo. La luz intensa se convirtió en una barrera blanca que borró todo a su paso. Después de aquel segundo destello, todo se sumió en la oscuridad absoluta. La conciencia se desvaneció como una vela apagada en la negrura de la noche. Cuando recobré el conocimiento, me encontraba en mi cama envuelto por la quietud de la madrugada. La sensación de confusión se mezclaba con el eco persistente de la ira extraña experiencia no recordaba haber regresado a mi habitación y la última imagen en mi mente era la de aquellas figuras en la oscuridad miré el reloj eran las cinco de la mañana. La incertidumbre y las sospechas se agolparon en mi mente. Como había llegado a mi cama, decidí salir de mi habitación, dejando atrás la seguridad relativa de mi hogar. Me dirigí directamente a la habitación de mis padres, quienes aún descansaban en la quietud de la madrugada. Sabía que mi padre despertaría dentro de media hora. Como siempre, la confusión se apoderaba de mí, pero opté por asumir que todo se trataba de un sueño tan vivido que se había entrelazado con la realidad. Aunque las dudas persistían, el día avanzó y la granja retomó su rutina aparentemente inmutable. Después de concluir mis deberes en la granja, ingresé a la casa para realizar mi rutina matutina antes de ir a la escuela. La granja aún resonaba con la extraña experiencia de la noche. En dar la luz del amanecer se filtraba tímidamente a través de las cortinas, bañando la cocina en tonos suaves y cálidos. Decidí tomar una ducha antes de enfrentar el día escolar, como solía hacerlo todos los días. El agua tibia caía sobre mi cuerpo, relajando mi cuerpo y disipando la tensión acumulada. Mientras flotaba mi piel con el estropajo. Un leve ardor en el abdomen llamó mi atención. Al bajar la mirada, noté una pequeña marca un círculo perfecto con tonos rojizos y púrpuras. La extrañeza de aquella marca se apoderó de mí. Mi vida en la granja había estado marcada por cientos de golpes y hematomas, pero aquel círculo perfecto era diferente. No podía encontrar una explicación lógica para su presencia cómo había surgido ese hematoma de manera tan precisa y simétrica. La perplejidad se mezcló con la incomodidad. Mientras trataba de entender el origen de esa marca en mi piel de so decidí revisarla más de cerca, observando cada detalle y a medida que mi mano se deslizaba sobre la piel, el círculo parecía más evidente como si estuviera grabado en mi carne. La sensación de lo desconocido se apoderó de mí, pero la idea de preocupar a mis padres con algo aparentemente trivial me detuvo. Resolví guardar silencio sobre la extraña marca y continué mi rutina. Me vestí con el uniforme escolar intentando alejar de mi mente las imágenes de aquella noche en la granja. Al salir de casa, el aire fresco de la mañana acarició mi rostro y me encaminé hacia la escuela. A pesar de mis esfuerzos por concentrarme en las lecciones, la sombra de la experiencia nocturna y la extraña marca persistían en mi mente. Cada paso, cada palabra de los profesores y compañeros de clase se mezclaban con el eco lejano de aquel sueño intranquilo. Intenté en vano apartar esos pensamientos mientras avanzaba a través de las activis s s o tino en la escuela. Ese mismo día, al regresar a casa, con el pensamiento de la extraña marca aún presente en mi mente me encontré con una escena que destilaba un aire de desolación. Mis padres, por lo general, inmersos en las tareas de la granja, estaban sentados en la cocina en silencio. Mi padre, siempre entregado al trabajo en la granja, parecía tener el peso del mundo sobre sus hombros. Aquel semblante serio que lo caracterizaba. Ahora se teñía de angustia. Observé a mi madre, cuyos ojos revelaban un rastro de lágrimas recientes. La preocupación se apoderó de mí al notar la fragilidad de su expresión. Al preguntar qué había ocurrido, mi padre tomó un respiro profundo antes de comunicarme la devastadora noticia. Los análisis que mi madre se había realizado debido a malestares persistentes revelaron que tenía cáncer en un Estado avanzado aquella revelación cayó sobre mí como un manto oscuro dejándome sin aliento. Mis pensamientos sobre la extraña marca en mi abdomen y el sueño perturbador se desvanecieron en la realidad desgarradora que enfrentábamos. Mis padres intentaron consolarme, asegurando que mi madre comenzaría pronto su tratamiento y que todo estaría bien. Sin embargo, el núcleo de nuestra familia se veía sacudido por una tormenta que amenazaba con consumirlo todo dos meses transcurrieron desde aquella impactante noticia. El ambiente en nuestro hogar había cambiado radicalmente. Mi madre, luchando contra la enfermedad, pasaba la mayor parte del tiempo en cama, mientras mi padre, buscando una vía de escape de la cruel realidad se sumía en las tareas interminables de la granja en medio de la incertidumbre el moretón en mi abdomen había desaparecido y el extraño sueño había quedado prácticamente olvidado. No había espacio para preocupaciones personales, pues toda la te estaba en el bienestar de mi madre. Un día, la ausencia momentánea de mis padres me dejó a cargo de la granja eran cerca de las tres de la tarde y el agotamiento de las labores diarias se reflejaba en mi cuerpo. Decidí entrar a casa para tomar un breve respiro y beber agua. Fue en ese momento, a través de la ventana de la cocina, que vislumbré de nuevo la figura humanoide la extraña entidad parecía caminar directamente hacia nuestra casa. Una sensación de terror se apoderó de mí, pero antes de poder reaccionar, todo se volvió oscuro. Nuevamente me encontré en mi cama pero esta vez eran las ocho de la noche. Mi padre, visiblemente molesto, me despertó reclamando por dejar los deberes a medio hacer. No entendía lo que estaba sucediendo. La confusión me envolvía como una densa niebla. Después de que mi padre me despertara molesto, me vi obligado a levantarme y retomar las tareas pendientes en la granja. La jornada se alargó hasta bien entrada la madrugada mientras cumplía con los deberes en un intento por escapar de la confusión que envolvía mi mente. El agotamiento se apoderaba de mí y la granja, normalmente silenciosa por la noche, ahora resonaba con el sonar del viento y el sonido de los animales nocturnos. Estaba tan sucio y agotado que decidí tomar un baño antes de sumergirme en la cama. Al quitarme la playera el mismo ardor que había experimentado meses atrás en mi abdomen regresó, pero esta vez se localizaba en mi espalda. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral mientras una sensación de terror se apoderaba de mí. El camino de vuelta a mi habitación, donde un ropero con un espejo se alzaba en la penumbra, estaba cargado de una atmósfera inquietante. Al mirar mi espalda en el espejo, la horrorosa verdad se rebeló ante mí. No era uno, sino al menos cinco hematomas similares a las andas aquel que había aparecido en mi abdomen meses atrás se extendían por mi espalda. El color rojizo y púrpura formaba un siniestro contraste con la palidez de mi piel. El horror se apoderó de mí mientras trataba de comprender cómo aquellas marcas tan precisas y simétricas podían haber aparecido en mi espalda. La mente se debatía entre la lógica y la inexplicable realidad que se desplegaba ante mis ojos, cómo podían surgir esas marcas sin una razón aparente. La duda se mezclaba con el temor y la idea de compartir. Lo ocurrido con mis padres se volvía cada vez más complicada. Ellos ya tenían suficiente preocupación con la enfermedad de mi madre y las tensiones que rodeaban nuestra familia. Decidí guardar silencio nuevamente, convenciéndome de que tal vez era sólo una serie de coincidencias inexplicables. Mis pensamientos se enredaron en un laberinto de dudas. Mientras yacía en la cama contemplando todo lo que había vivido. La mente divagaba entre la granja, las figuras humanoides, los misteriosos moretones y las sombras que se deslizaban en el umbral de la realidad. Finalmente, el cansancio se impuso y el sueño me envolvió, aunque esta vez no fue un descanso tranquilo en mi pesadilla. Me vi completamente paralizado, postrado en una camilla blanca, en una habitación deslumbrantemente iluminada. Las paredes, el suelo y el techo todo era blanco, como si estuviera atrapado en un espacio sin límites. De repente, las figuras humanoides que había visto en la granja se materializaron alrededor de mi indefenso cuerpo. Eran de un gris pálido con cabezas ligeramente más grandes que el resto de sus cuerpos. Sus enormes ojos me escudriñaban y uno de ellos sostenía un bisturí en sus manos. Sin vacilar Realizaron incisiones en mi abdomen, aunque el corte no sangraba. El dolor era real una sn n n nda que se retorcía en mi interior. Intenté gritar, pero la parálisis me mantenía prisionero. La pesadilla dio un giro aún más macabro cuando me voltearon y las incisiones continuaron en mi espalda, el bisturí se deslizaba y el dolor se intensificaba con cada corte imaginario. La sensación de impotencia y terror era abrumadora, como si estuviera siendo sometido a una tortura incomprensible por estas entidades desconocidas. Desperté sobresaltado, empapado en sudor y con la sensación del dolor aún palpable en mi cuerpo. El corazón golpeaba en mi pecho y el alivio de escapar de aquel sueño atroz se mezclaba con la realidad desgarradora de un dolor real en mi abdomen. Me llevé la mano instintivamente al lugar donde las figuras habían hecho sus incisiones, Pero la sorpresa se apoderó de mí al no encontrar nada. No había marcas, ni hematomas, ni rastro del tormento que había experimentado en la pesadilla. Aterrado y confundido, intenté calmarme, pero el dolor persistía ahora centrado en mi abdomen y mis gritos de angustia resonaron por la casa despertando a mis padres alarmados. Me llevaron de inmediato al hospital. Las horas en la sala de emergencias transcurrieron en una mezcla de dolor físico y emocional. Sin embargo, cuando los médicos completaron sus estudios, no encontraron nada inusual. Mis padres, preocupados pero confundidos, miraron con atención a los profesionales de la salud en busca de respuestas. La frustración se apoderó de mí, pues sabía que algo no estaba bien pero los resultados de los estudios no mostraban nada fuera de lo común. Intenté mostrarles los moretones en mi espalda como prueba tangible de lo que había experimentado, pero, para mi sorpresa, no había rastro de los hematomas. Los médicos, con una mirada de escepticismo, sugirieron que a veces los niños buscaban llamar la atención en situaciones de estrés familiar. Aquello me enfureció y frustró. Apartes iguales. Jamás habría inventado tal historia y mucho menos para llamar la atención. Mis padres, a pesar de sus propias dudas, parecieron inclinarse hacia la explicación médica, quizás influenciados por la desesperación de la situación con mi madre enferma. La confusión y el misterio que rodeaban mi vida en la granja se intensificaban y una sombra oscura se cernía sobre mi realidad. Mis padres, preocupados por la salud de mi madre, parecían incapaces de comprender o aceptar las extrañas experiencias que me acosaban Con el paso del tiempo. Las preguntas sin respuestas se acumulaban mientras yo, atrapado en un torbellino de sucesos inexplicables, luchaba por encontrar claridad en medio de la oscuridad que se cernía sobre mi vida. Un mes después del desconcertante incidente en el hospital, mi vida continuaba envuelta en un una neblina de incertidumbre. La enfermedad de mi madre seguía siendo el foco principal de preocupación en casa, pero el enigma de las figuras humanoides y las experiencias inexplicables persistía en mi mente. Una noche, mientras intentaba encontrar consuelo en el sueño, fui arrastrado nuevamente a la oscura danza entre la realidad y lo desconocido. En mi pesadilla me vi de nuevo en la granja, rodeado por las figuras grises con cabezas desproporcionadamente grandes. Sin embargo, esta vez la escena era diferente. Las entidades se mantenían a cierta distancia observándome y el silencio que las rodeaba era más perturbador que cualquier sonido imaginable. Mientras las observaba, una sensación perturbadora se apoderó de mí, pues sabía que algo estaba por suceder, pero la naturaleza exacta de los eventos permanecía envuelta en un manto de incertidumbre. De repente, una luz intensa iluminó el entorno como si un neo poco invisible se hubiera encendido En el escenario de mi sueño, la granja, la tierra y el cielo adquirieron un tono surrealista. Bajo aquella luz desconocida, las figuras grises se movieron con una deliberada lentitud hacia mí. La atmósfera se cargó de electricidad estática y, a pesar de estar paralizado en mi sueño, sentía que mi conciencia se elevaba como si estuviera flotando sobre la realidad distorsionada de la granja. Las figuras humanoides se aproximaron entonces, uno de ellos, el mismo que sostenía el bisturí En mi sueño anterior se acercó con determinación. Su expresión era impasible, pero sus ojos reflejaban una intención oscura y sin mediar palabra, realizó un gesto hacia mi abdomen y una sensación de presión se apoderó de mí. Una extraña fusión de dolor y entumecimiento se extendió desde el punto de contacto. Mi cuerpo se convulsionó en el sueño luchando contra la parálisis impuesta por la pesadilla intenté gritar, pero mi voz se perdió en el silencio irreal que rodeaba la escena. Los otros seres observaban con indiferencia como si esta intervención quirúrgica fuera una rutina para ellos. Desperté abruptamente con el corazón, galopando en mi pecho y el sudor empapando mi cuerpo. La sensación de dolor persistía, aunque esta vez era menos aguda que en el sueño. Me llevé la mano instintivamente al abdomen, pero para mi alivio y confusión no había marcas ni hematomas. El misterio de las figuras humanoides se intensificaba y la línea entre sueño y realidad se volvía cada vez más borrosa. El amanecer trajo consigo un respiro momentáneo, pero la sombra de aquellas entidades permanecía sobre mi vida como un recordatorio constante de lo inexplicable. Mis intentos de compartir estas experiencias con mis padres se encontraban con escepticismo y preocupación. La enfermedad de mi madre acaparaba la atención de la familia eclipsando la extraña serie de eventos que parecían acosarme. La vida seguía su curso, pero la sombra de lo inexplicable continuaba persiguiéndome. Una noche, mis padres, debido a complicaciones con la salud de mi madre, decidieron quedarse en el hospital. Estaba solo en casa y aunque para entonces ya no dormía mucho, anhelaba escapar de las pesadillas que habían marcado casi un año de mi vida preparándome para dormir. La incertidumbre se apoderaba de mis pensamientos. Los hematomas que en otro momento habrían sido motivo de preocupación se habían vuelto una especie de compañía constante. Caminé para cerrar la ventana, intentando alejar la sensación de vulnerabilidad, que parecía impregnar mi existencia. De pronto una extraña sensación comenzó a apoderarse de la habitación. Era como si un terremoto invisible sacudiera las bases de mi realidad. De repente, un destello iluminó la oscuridad, pero esta vez la experiencia fue distinta, pues pude sentir como el destello parecía ejercer una fuerza magnética, como si intentara sacarme de la habitación. Mis manos se aferraron desesperadamente al marco de la ventana. Resistiendo la fuerza misteriosa que amenazaba con arrastrarme. Luché con todas mis fuerzas, pero finalmente mis brazos cedieron. La siguiente vez que recobré la conciencia, me encontraba nuevamente en mi cama, pero esta vez algo era diferente. Nuevos hematomas decoraban mi vientre testigos silenciosos de la experiencia que acababa de suceder. La ventana permanecía abierta y al acercarme pude notar que el polvo acumulado en el marco llevaba las marcas de mis manos. Había algo tangible que demostraba que aquella abducción no era simplemente un juego de mi mente. Las pruebas no ofrecían respuestas concretas, pero al menos sabía que no estaba perdiendo la razón. A lo largo de los años o o or, esas visitas inexplicables continuaron aconteciendo cada cierto tiempo, sin que yo pueda entender por qué fui elegido o que propósito persiguen. Mi vida se convirtió en un delicado equilibrio entre la realidad tangible y las incursiones misteriosas que escapaban a mi comprensión. Cada episodio dejaba tras de sí más preguntas que respuestas y aunque intenté compartir mi experiencia con otros, la incredulidad y la preocupación a menudo eclipsaban mis intentos de buscar ayuda. No importa cuántas veces me mudé. Aquellos seres siempre terminan por encontrarme. Aún hoy, las figuras humanoides continúan siendo visitantes indeseados en mi vida. Sin embargo, he aprendido a vivir con la certeza de lo desconocido, aceptando que mi existencia está vinculada a fenómenos más allá de la comprensión humana. Se ha convertido en el escenario donde mi realidad y el misterio cósmico se entrelazan, formando un enigma que persiste en mi vida, siempre presente, siempre desconcertante. Relatos escritos y adaptados por aurora escalante