Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Fui El Ayudante De Un Sacerdote En Un Exorcismo ( Recopilación De Sacerdotes #1 ) Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más, comenzamos hola. Mi nombre es Ramón Ramírez. Hace algunos años tuve varias experiencias paranormales, pero ésta en particular me marcó esta historia. Me sucedió aproximadamente hace dieciséis años. Siempre he sido muy creyente y lo que me da orgullo decir cien por ciento católico. Eso es porque mi familia es católica y, además, en mi país y ciudad predominan las tradiciones del catolicismo. En mi ciudad natal, una de las características es que hay demasiados templos mayores, los cuales datan de hace más de cien años y son patrimonio de nuestra ciudad. Creo importante explicar lo anterior, ya que es parte fundamental. Mi primera historia es un suceso paranormal. Como ya mencioné sobre mis raíces católicas. Mi familia y yo siempre hemos asistido a misa desde que tengo uso de razón. Así es que desde niño he entendido la importancia que tiene Dios en la vida de las personas. Para ser exacto, en el año de mil novecientos noventa y nueve, a mi madre le tocó el privilegio de quedar como encargada de la capilla en la colonia donde vivíamos en aquel entonces. Ahí fue donde conocimos al padre o Sacerdote, el cual era conocido como el Padre Juanito. Tuvimos el honor de conocer a ese gran clérigo, una extraordinaria persona en toda la extensión de la palabra amaba y servía al Prójimo lo más que podía. Tanto mi familia como yo le tomamos mucho respeto y cariño. En ese tiempo. Yo era un adolescente de dieciséis años y mi madre me convenció de que ayudara al padre en las misas. Lo que de o de bía hacer era preparar todo para las misas, así como ayudar durante y después. Era una labor muy bonita y que, al contrario de lo que otros jóvenes pensarían, yo estaba muy feliz de poder contribuir a la iglesia de esa manera. Fue por ese acercamiento que le tomé más cariño al Padre Juanito. Cuando en la parroquia no había quien le ayudara, incluso después de misa, en las comidas o en mandados, yo iba a ayudarlo. Uno de esos días en que estaba en la parroquia ayudando, llegó una señora muy preocupada a hablar con el padre. Estuvieron platicando por algunos minutos en su oficina y cuando los dos salieron, lo único que pude escuchar fue que el padre le dijo que, por favor, me dejara su teléfono y dirección para tenerlos guardados por cualquier cosa. Y después la señora se fue el padre celebró la misa y yo le ayudé a recolectar el dinero del diezmo y a dar el pan y el vino, como le dicen. Al término de la misa. El padre me dijo que justamente, or yo acababa de comulgar y que estaba en gracia de Dios y que por esa razón necesitaba que lo acompañara a hacer una oración en una casa y claro que le dije que sí, que no había problema. Nos fuimos en su carro y llegamos a la casa de la señora misma, señora con la que el padre había estado platicando. Antes de bajarnos del auto, me dijo que según decían que en esa casa había algún tipo de ente que asustaba a la familia que, por lo regular, cuando las personas decían que escuchan ruidos y creían que había algún ser maligno que los asustaba, solían ser otras cosas que tenían alguna explicación lógica, pero que, por lo que le había dicho la señora sospechaba que si pasaba algo en esa casa, me dijo también que no me fuera a asustar, porque estábamos en gracia de Dios y por eso no había nada que odie más o algo que le moleste más a un ser maligno que a alguien que recibió el cuerpo de Cristo en la hostia consagrada. Quedamos unos minutos más en el auto listos para ir a la casa de la señora con la intención de rezar y brindar apoyo espiritual. El padre irradiaba calma, a pesar de que la verdad, el ambiente estaba completamente tenso. Mientras el padre me dijo que había algo importante que debía decirme, y es que él era un exorcista, ya retirado durante muchos años. Había servido como exorcista el mayor tiempo de su sacerdocio y en ese momento que le llegó su retiro, los dirigentes de la iglesia lo habían enviado a labores normales como sacerdote en una parroquia. El padre puso su mano en mi cabeza, cerró los ojos y me dijo que yo también lo cerrara. En voz baja se puso a orar. Durante el tiempo que el padre me estuvo explicando esto, me quedé callado y sorprendido tan sólo escuchándolo, al igual cuando se puso a orar después de un par de minutos más o menos terminó y me dijo que esa era una oración de protección para mí. Salimos del auto, me pidió que cargara su maletín y nos dirigimos a la casa. Antes de tocar la puerta, sentí un ambiente raro y el frío se hizo más fuerte y me caló los huesos. No tardó en salir la señora. En cuanto dio el padre algunos golpes a la puerta, nos saludó con un buenas tardes y el padre le dio la mano. Le pidió que, por favor, le explicara qué era lo que había estado sucediendo en esa casa. Nos dijo que en el lugar durante las noches se habían estado escuchando algunas voces aterradoras. Las luces se apagaban sin razón aparente y en ocasiones las puertas de las habitaciones se cerraban solas, aunque no tenía mucho tiempo. Ahí, según lo que pudo indagar con los vecinos. Anteriormente había habitado una persona que practicaba la lectura de cartas y que, según afirmaba, comunicarse con los difuntos a través de la huija, además de cien que hacía limpias y hacía rituales extraños. El padre escuchó atentamente lo que la señora le decía y entonces le comentó que incluso afuera de la casa había sentido un ambiente bastante extraño. Era como si hiciera más frío cerca de esa casa. En ese momento, yo interrumpí la plática y dije que yo también había sentido lo mismo y que la verdad tenía mucho miedo, y eso que yo no era una persona asustadiza a lo que él me contestó que lo sabía y que, por favor, le pasara el maletín, una botella donde iba la imagen de la Virgen de Guadalupe. Ahí también traía agua bendita y me dijo que íbamos a rociar la casa con ella, porque la verdad, en ese lugar se podía sentir que si había un ente maligno en esa casa. Luego de platicar con la señora miramos de arriba abajo la casa. El ambiente se sentía demasiado pesado y hasta el silencio incómodo. Era diferente. El Padre Juanito, manteniendo su calma característica, le pidió a la señora que nos llevara a los lugares donde además ocurrían estas manifestaciones. La señora nos guió a la sala y algunas habitaciones. Mientras caminábamos, noté cómo la temperatura descendía drásticamente. El Padre Juanito, con voz serena, comenzó a rezar en voz baja. Cerré los ojos y me uní a la oración y puedo decir que realmente nunca había sentido algo tan feo en el pecho me estaba muriendo de miedo. Era como si alguien me estuviera ahorcando y no pudiera ver quién era. En ese momento percibí una voz que susurraba algo que no se entendía de repente. Se escuchó un ruido muy fuerte y las luces se apagaron completamente. La señora dio un grito de miedo y nerviosa intentó encender las luces, pero era inútil. El Padre Juanito, sin inmutarse, continuó su oración y poco a poco la habitación volvió a la normalidad. Las luces parpadeantes recobraron su brillo. Yo la verdad, estaba temblando del miedo, pues nunca había presenciado ni sentido algo paranormal enseguida como si me leyera el pensamiento. Os sintiera mi miedo. El padre me dijo que era importante que no tuviera miedo, que tuviera fe en Dios todopoderoso que era nuestro señor y nada malo nos pasaría. Además, me dijo que recordara que si Dios estaba conmigo, quien contra mí, pues nadie, porque él nos cuidaba y protegía. Yo me quedé totalmente sorprendido ante las palabras del Padre y puse mi fe en Dios. Se empezó a quitar mi miedo sin saber lo que vendría. Entonces el Padre tomó la botella con agua bendita, comenzó a rociar la casa con ella y decía una oración en otro idioma en latín, La señora de la casa y yo vimos que el Padre volvió a hacer el mismo ritual, con la misma oración y el agua, primero en una de las habitaciones. Cuando terminó, para nuestra mayor sorpresa y asombro, se cerró de golpe la puerta de la habitación. Recuerdo que di un salto pequeño hacia atrás por el asombro y el miedo. El padre me volvió a decir que no tuviera miedo. También a la señora le dijo lo mismo, que no tuviéramos miedo, ya que ella estaba muy nerviosa. Nos dirigimos a las habitaciones siguientes, que eran dos más y sucedió lo mismo. Cuando terminamos de rociar el agua, las puertas se cerraron de golpe y con tal fuerza que casi se caían. El padre dijo que en su maletín traía un crucifijo color dorado y que se lo pasara. Por favor, revisé dentro del maletín y era un crucifijo de aproximadamente unos quince o veinte centímetros, el cual, sinceramente, era hermoso y tenía la medalla de San Benito. La reconocí porque desde niño yo llevo diario colgado en mi cuello un pequeño crucifijo con la misma medalla, la cual me regaló mi madre y me he hecho devoto de San Benito hasta había leído un libro, el cual era sobre la vida del Santo, en el cual me enteré que a San Benito, Dios le había regalado el poder para que pudiera vencer al demonio. También por medio de este libro pude aprender la oración en latín sobre la medalla. Volviendo a la historia, le entregué al padre el crucifijo y me dio la botella de agua. Entonces dijo que necesitaba que lo ayudara, que él haría su oración y llevaría el crucifijo en las manos y yo debía ayudarlo a seguir rociando agua. Y así fue. Yo echaba el agua y el Padre oraba con el crucifijo en sus manos. Pasaron momentos de mucha atención mientras recorríamos la casa con el Padre Juanito. Cada habitación parecía tener su propio demonio, por decirlo de alguna manera, y cada vez que el Padre rezaba y yo rociaba el agua bendita, las puertas se cerraban violentamente. El padre, en medio de la tensión, se mantenía tranquilo y nos recordaba que mantuviéramos la fe en Dios. Mientras realizábamos este proceso, me di cuenta de la importancia de esa medalla de San Benito, que llevaba el crucifijo que estábamos usando. Recordé todo lo que había leído sobre el poder de esa medalla y cómo San Benito había recibido el don de vencer al mal. A pesar del miedo, me sentí reconfortado al tener esa medalla cerca y al ayudar al Padre Juanito en esa labor. Cada vez que recitaba la oración en latín, sentía una extraña calma interior como si algo más poderoso nos protegiera en ese lugar, que estaba lleno de una vibra mala, pero algo frenó mis pensamientos y entonces el fenómeno se intensificó y las tres puertas comenzaron a azotar, abriéndose y cerrándose. Recuerdo que yo me encontraba algo nervioso, pero el Padre me daba seguridad y al sentirla inmediatamente se me quitaban los nervios y el miedo. Las puertas se seguían azotando con fuerza, abriéndose y cerrándose. Mientras estábamos dentro. Sentía que el corazón se me iba a dar salir de la impresión, pero la presencia del Padre Juanito me daba algo de calma, porque su rostro mostraba tanta calma. A pesar de la tempestad que estábamos viviendo, a pesar del ajetreo de las puertas, el padre siguió rezando y yo rociando el agua bendita. De repente, todo se detuvo y las puertas dejaron de moverse. El frío se calmó. Miré alrededor y noté que la energía negativa que antes llenaba la casa había desaparecido por completo. El padre, con una mirada serena, me dijo que habíamos terminado con esa planta solamente, pero la señora de la casa seguía muy nerviosa. Se frotaba las manos y cada vez que sucedía algo, cerraba los ojos y con sus manos tapaba sus oídos. El padre trató de calmarla y le dijo que se calmara, que el proceso iba muy bien y que estaba seguro que en la segunda planta no pasaría nada malo. Fuimos hacia allá subiendo las escaleras, pero mientras lo hacíamos, comenzó a sentirse algo muy feo, como si alguien nos estuviera mirando desde arriba. Llegamos ahí y nos detuvimos en una parte media de la segunda planta, la cual dividía una habitación de las otras dos. En esa parte de la casa había un gran espejo, el cual empezó a empañarse y sobre él se escribieron unas palabras que decían lárgate, Padre Juan no te queremos aquí. Entonces el padre me dijo que arrojará agua al espejo, que él rezaría mientras tanto, pero que lo hiciera rápido. Arrojé agua en el espejo y el Padre Juanito comenzó a decir en voz alta que el que se iba a alargar era el demonio. Le exigió aquel ente que le dijera su nombre y se lo ordenó en el nombre del poderoso señor Jesucristo, el cual derramó su poderosa sangre en la cruz y murió por nosotros para librarnos de los pecados y al tercer día resucitó de entre los muertos. El espejo cayó y se rompió en mil pedazos en el piso y de él salió sangre como si hubiera estado vivo. Y entonces el padre le ordenó al demonio que le dijera su nombre. También por medio de la intercesión de San Benito y de la oración de la medalla. Entonces el padre comenzó a gritar una oración en otro idioma y la sangre del suelo parecía que estaba viva. Comenzó a moverse en dirección a la mujer de la casa. La mujer gritó y corrió lejos del lugar en donde estaba. Entonces yo reaccioné y pensé que esa era la oración de la medalla de San Benito. Yo también me la sabía, pero en español para cuando el padre terminó y la volvió a rezar, yo también la recé junto con el perro en español. El padre se sorprendió al escuchar que yo la conocía y movió la cabeza para abajo y hacia arriba. Yo entendí que lo que quería decirme era que la rezara junto con él. Así fue la rezamos un par de veces más, los dos juntos. Si se escuchaba que la rezábamos con mucha autoridad y no y no ur necesidad de que la dijéramos una tercera vez, ya que se escribió un nombre raro en la pared y estaba escrita con una sustancia rara y negra. Ese era el nombre de aquel demonio que se encontraba en la casa, el cual asustaba a las personas. La verdad no revelaré el nombre por seguridad de las personas, ya que decide el nombre verdadero de un demonio es como hacer una invocación. La señora cayó al suelo desmayada por la impresión y el padre corrió a ayudarla. Yo fui detrás de él y el padre me pidió que la ayudara, por favor, que rezara tres padres nuestros para que la señora reaccionara. Y eso hice. Mientras el padre gritaba al demonio que se largara e incluso dijo groserías. La señora comenzó a despertar y el padre me dijo que, por favor, la sacara de la casa porque ya estaba muy débil y el demonio podía aprovecharse para poseerla. Salí ayudando a la señora, quien estaba muy débil. Me dijo con la voz entrecortada que tenía mucho miedo y le dije que no se preocupara, que el padre la ayudaría y todo estaría bien. Después de ayudar a la señora a salir de la casa. El Padre Juanito continuó realizando oraciones y rituales para expulsar al demonio. Dejé a la señora en el auto y corría a la casa de nuevo. Llegué rápido y el Padre Juanito estaba gritando al demonio y las lámparas de la casa estaban completamente rotas en el suelo. Entonces el Padre le gritó a San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia Celestial, y le dijo que le pedía arrojar al demonio al Infierno a donde pertenecía. Y en ese momento se escuchó un grito que parecía venir del mismísimo infierno. No era como si un hombre gritara o como si una mujer gritara. Era algo totalmente ajeno a este mundo. Me tapé los oídos, pero el grito se seguía escuchando y en ese momento aquella cosa gritó con odio muchas groserías al padre diciéndole que iría por él y se lo llevaría al Infierno. Justo en ese momento. El padre le gritó que se largara en el nombre de Jesús. El ambiente pesado se fue difuminando poco a poco y el padre dijo que ya habíamos terminado. Por fin, respiré aliviado y me desvanecí en el suelo riéndome sacando todo el nerviosismo. Después bajamos y fuimos a ver a la señora. El padre le dijo a la señora que, por fin, el demonio estaba fuera de la casa. Le dijo que ese ente maligno que habitaba en esa casa ya no estaría más ahí, que había sido arrojado al infierno a donde pertenecía. La señora le dio las gracias al padre y nos despedimos de ella y salimos de la casa. En cuanto estuvimos afuera. El Padre mencionó que desde hace tiempo había visto mi medalla de San Benito, que siempre traía colgada y supuso que era mi santo intercesor y protector. Por eso me había pedido que lo acompañara. Me dijo que sabía que Dios y yo lo íbamos a proteger y que sería de gran ayuda. Me dijo que a partir de hoy lo ayudaría en ese tipo de casos, que él me enseñaría muchas cosas de ese ámbito. Claro, si yo estaba de acuerdo, yo acepté sin dudarlo y me sentí muy feliz de que el Padre Juanito me considerara importante en los eventos de ese tipo. Y así fue. A partir de aquel día me convertí en el aprendiz del Padre Juanito, con el cual tuve varias experiencias paranormales, las cuales contaré en otra ocasión, pero caminé bastante con el padre Juanito, quien al día de hoy ya no vive, pero que siempre llevaré en mi corazón con mucho cariño, pues estuve ayudándolo hasta Viejito. Mi nombre lo dejaré en el anonimato por cuestiones de confidencialidad y lo saludo desde la bella ciudad de Córdoba, Veracruz. Soy sacerdote católico y, a diferencia de lo que se pudiera pensar, en este oficio también nos toca experimentar y lidiar con fuerzas inexplicables y terribles, no sólo en lo espiritual. Muchas veces el mismo diablo toma diferentes formas para engañar y hacer el mal en nuestro mundo. Desafortunadamente, existen muchos casos de personas que han caído en esas mentiras para obtener cosas tan simples y mundanas como bienes materiales y tener vidas fáciles y carentes de significado real que claro, al final de cuentas, no importa cuánto tengas en vida en el aspecto material, pues no importa cuando le das cuentas a Dios se da demasiado a cambio de nada. Realmente es claro que respeto el pensamiento de las personas y por eso pido respeten el mío, ya que cuento la siguiente historia sólo para informar y como comentaba, en este mundo las fuerzas malignas a veces le ganan a las personas por ambición. Ese fue el caso de una chica. Por obvias razones y por mi compromiso al sigilo en las confesiones, guardaré la identidad de todos los involucrados, incluyendo la mía. Las apariencias siguen importando al día de hoy y no está de más evitar que algunas personas se lleguen a exaltar por su mentalidad la cual hace que se puedan ofender, porque un sacerdote cuente algo así de terrible. Dicho esto, comenzaré con la historia, la cual sucedió hace dos años, cuando me di cuenta de que una mujer comenzaba a asistir diariamente a las misas que me tocaba impartir, que eran las últimas por la noche, pero siempre se retiraba a mitad de las mismas. Fue por eso que captó mi atención. Era sumamente extraño que siempre se fuera a media misa, ya que podría parecer de mal gusto. Y hasta una ofensa para la casa del señor Yo era nuevo en aquella iglesia. Tenía poco de haber terminado mis tesis y salir del seminario y aún me encontraba algo dudoso sobre mi vocación al servicio de nuestro señor y se que suene extraño, pero es más normal de lo que se piensa muchos abandonan esta profesión durante el camino e incluso yaciendo sacerdotes, porque hay quienes simplemente descubren que no era lo suyo y es válido. También el bienestar propio es importante. Al final y bueno, es claro que se debe tener mucha vocación por servir al señor ya que literalmente le entregas toda tu vida. No puedes tener una familia, ni casarte ni nada de eso, así que para muchos es complicado en el camino. En fin, en una ocasión me encontraba barriendo la entrada de la iglesia y esa mujer llegó preguntando de inmediato si podía hablar conmigo o con algún otro padre, a lo que yo respondí que, por supuesto, que pasara con gusto. La invité a pasar al confesionario si así lo deseaba, para salvaguardar su confesión y se sintiera más en confianza. Ella aceptó y me agradeció con una sonrisa, pero no una sincera, sino una nerviosa y a decir verdad, algo extraña. Bajo sus ojos tenía unas ojeras enormes. Parecía que no había dormido en semanas y sus labios estaban muy secos, incluso partidos. Su piel estaba seca y su cabello grasoso y despeinado. Era una chica blanca y de cabello negro. Vestía ropa, holgada y negra. Yo le calculaba unos veinte años, pero después descubrí que no era así. Caminamos hasta el confesionario. Ella miraba hacia abajo y juntaba sus manos con nerviosismo. Me coloqué de mi lado del confesionario y ella tardó unos segundos en hablar. Parecía que estaba pensando muy bien en lo que iba a decir y de un momento a otro y sin tapujos dijo pertenecer a una secta satánica. Francamente, me quedé sorprendido, pues jamás había escuchado algo así y pensé que jamás lo escucharía. Comenzó a contarme sobre los eventos de su vida y todas aquellas cosas de las que se arrepentía con la finalidad de conseguir el perdón antes de partir de este mundo, debido a que se encontraba en fase terminal por una grave enfermedad que padecía y ya no le quedaba mucho tiempo. Pero sobre todo lo hacía con la finalidad de que alguien como yo pudiera difundir casos como el suyo por todos lados, para así evitar que más gente cayera en las falsas promesas que ocultan. Y es por eso que cuento esto para que la gente sepa lo terrible de ese tipo de cultos, ya que pueden caer en cosas horribles y no sólo en vida y bueno. Me gustaría mencionar que yo me considero, más allá de mi vocación, como sacerdote una persona de mente abierta y respeto a las otras religiones, así como sus diferentes corrientes de pensamiento. Incluso respeto mucho a quienes dicen no creer en Dios. Todos tenemos la libertad de seguir lo que sintamos correcto. Si eso nos hace mejores personas adelante y por eso siempre espero que las demás personas también respeten mi religión, ya que al día de hoy estoy completamente seguro de querer dedicar mi vida a Dios. Pero a pesar de que respeto las creencias de las personas, creo estar seguro, sin temor a equivocarme, de que las sectas son el camino equivocado a seguir y lo confirmé con esa mujer tras escuchar todo lo que la obligaron a hacer y lo que hizo con pleno conocimiento. Hicieron mucho daño y acabaron con vidas de inocentes. Pude percibir su desesperación por obtener mi absolución. Como padre, tengo la obligación de brindarla sin importar sus pecados, así como también estoy obligado al sigilo para no traicionar la confianza que me otorgan las personas con sus confesiones. Pero me costaba mucho entenderla, a pesar de que trataba de justificar sus acciones, diciendo que ella jamás pensó que llegaría a vivir en él. Ese tipo de cosas. Con cada palabra que salía de su boca era como si me quemaran la piel, pero no la interrumpí. La escuché hasta el final y le dije que siguiera yendo para contarme absolutamente todo. Luego de algunos días la chica de cabello negro siguió acudiendo a confesarse únicamente conmigo casi a diario, hasta que ella misma me dijo que el día que ya no la volviera a ver sería porque ya habría perdido la vida a causa de su enfermedad. Y así fue. No supe más de ella, pero jamás me advirtió lo que me pasaría a mí por el simple hecho de haberla escuchado durante varios días, por saber, información que no debía. Días después de que la chica no apareció, me di cuenta de algo bastante raro. Observé a unos tipos extraños entrar a la Iglesia justamente en la misa que yo estaba dando. Llamaron mucho la atención de todos porque se pasaron directamente hasta adelante y en ningún modo se persignaron o mostraron reverencia alguna de las figuras santas alrededor. Sólo tomaron asiento, algo que todo el mundo percibió como una total falta de respeto. De hecho, pude haber a las señoras más grandes de edad, las cuales mostraron enojo con sus gestos. Los hombres raros a quienes no había visto jamás. No me quitaban la mirada de encima mientras daba la misa una sonrisa bastante. Burlona se dibujó en sus rostros y comencé a incomodarme con su presencia. Entonces miré hacia la entrada y ahí estaban otros dos tipos parados en la puerta, uno de cada lado. No quería que mi nerviosismo se notara. Estaba muy desconcertado, pero no quería preocupar a los feligreses. Quise usar mi autoridad como padre invitándolos a pasar para así evidenciar sus intenciones frente a todos los presentes. Pero apenas lo hice de inmediato. Se marcharon, incluyendo los que estaban sentados frente a mí. Fue algo muy extraño. Incluso las personas que estaban en la iglesia se quedaron en total silencio y una señora comenzó a murmurar que era una falta de respeto para la Casa de Dios lo que habían hecho esos hombres y muchos otros se enojaron. Yo traté de mantener la calma y les pedí lo mismo a mis feligreses y continué con la misa. Esa noche me quedé pensando mucho en lo que había pasado. En el fondo, creí que justamente los hombres habían ido por parte de la secta satánica. Al siguiente día me encontraba otra vez impartiendo la misa y todo iba completamente normal hasta que llegó el momento de pasar el canasto de las limosnas. Como lo conocen la mayoría el párroco que es quien se encarga del dinero. Me llamó para mostrarme algo que habían dejado en su canasto, una nota con sangre seca que tenía mi nombre. Cuando la leí me di cuenta de que decía que el diablo sabía todo lo que yo sabía y que pronto me iría a visitar para borrar todo de mi cabeza platicándolo con el otro sacerdote en la Iglesia. Me aconsejó tener cuidado y, si era necesario, ir a levantar alguna denuncia, pero no hice caso y lo dejé pasar creyendo que se trataba sólo de una broma de mal gusto o de amenazas que no se llevarían a cabo. Me fui a casa para descansar, porque no todos los sacerdotes vivimos en la iglesia, como muchos piensan, a menos que ésta sea una parroquia o catedral ahí, sí, hay excepción, pero, como no era el caso, mi hogar, que estaba a unos metros de la iglesia, me esperaba más allá de ese hecho desagradable. El día había sido bastante bueno y reconfortante para mí, pues el agradecimiento de la Comunidad hacia nuestra labor créanme es algo que no tiene precio. Me preparé algo de cenar para después darme un buen baño e irme a descansar a la cama. Mientras me encontraba en la regadera, escuché que tocaban a la puerta. Me apresuré para ir a atender rápido, pero al abrir no había nadie. Quise asegurarme saliendo como lo haría cualquiera, pero apenas puse un pie afuera. Pisé unos huevos que dejaron en el suelo. Me agaché para limpiar el desastre, pero al ver que había sangre y lo que parecían ser fetos de gallinas y la verdad me dio mucho asco y preferí entrar para resguardarme, pero al dar la vuelta vi que mi puerta estaba rayada por fuera. Encendí todas las luces sólo para mirar que habían pintado con pintura roja todas mis ventanas. Era como si mi casa estuviera derramando sangre. Entré y le puse seguro a todo. Tomé el teléfono y marqué a una estación de policía que estaba cerca. Mientras esperaba a los policías, mi celular empezó a sonar y no registró ningún número. Sólo decía que era número desconocido. Pensé unos segundos y contestar o no, pero decidía a hacerlo y al responder sólo se oían muchos ruidos muy raros y otros como de interferencia y luego una voz distorsionada comenzó a llamarme por mi nombre. Yo le preguntaba quién era, pero me ignoraba completamente y les dije muy molesto que no me daban miedo que tarde o temprano aquel a quien sirven les pasaría una factura muy cara por todo lo que han hecho en su nombre. La voz dejó de sonar por un momento y luego dijo que me arrepentiría de mis palabras en algún momento y soltó una pequeña y corta carcajada para después colgar. Luego de pensarlo detenidamente, comencé a relacionarlo todo con aquella mujer y llegué a la conclusión de que la secta a la que dijo pertenecer ahora estaba tras de mí. Las patrullas llegaron hicieron una revisión de mi casa por fuera y por dentro cabe recalcar que algunos de ellos ya me conocían por diferentes cuestiones en donde nos tocaba coincidir hablando con ellos. Le hice una pregunta al jefe de todos, pero antes de que la terminara me respondió que no era posible que yo creyera en ese tipo de cosas. Me dijo que eso lo habían hecho los vándalos sin que hacer, pero que estuviera tranquilo que si fuera así, ellos serían los primeros en encargarse del caso. Lo sentí un tanto en burla, pero tampoco iba a insistir más. Con eso levantaron su reporte, sacaron fotografías de los rayones en mis ventanas y puerta. Intentaron obtener el número del que me realizaron esa llamada en mi celular, pero no lo consiguieron. Se marcharon dejando una patrulla fuera de mi casa para mi tranquilidad en los días posteriores. Todo marchó con normalidad. La estación de policía me hizo el favor de dejar una patrulla fuera de mi casa todas las noches por seguridad. Fueron cuatro noches y en la quinta sufrí el ataque que casi me cuesta la vida. Regresaba a casa luego de un día muy cargado y mientras manejaba de pasar a una tienda de autoservicio para comprar algunas cosas que necesitaba y aproveché para pasar al baño primero enseguida. Detrás de mí entró un hombre, el cual no vi porque yo ya me encontraba encerrado en el sanitario. Lo que sí pude ver fueron sus pies. Traía unos zapatos negros muy elegantes, los cuales sonaban como tacón. Cada vez que tocaban el azulejo. Caminaba de un lado a otro para luego entrar al sanitario al lado mío. Sus pies apuntaban hacia donde yo estaba y nunca se movieron de esa posición. Supuse que se encontraba haciendo algo. Tal vez era de esa gente que se pone a rayar las paredes de los baños. O no lo sé, pero en ese momento me distrajo otro tipo que entró al baño de mi otro lado. Lo más raro es que hizo lo mismo que el otro. Puso sus pies apuntando hacia mí. Lo más curioso es que llevaba los mismos zapatos. También salí tranquilamente sin darle tantas vueltas al asunto. Fui a hacer mis compras al establecimiento. Me encontraba agachado tomando algunos productos. Entonces los mismos zapatos que estaban en el baño pasaron junto a mí. Dio la vuelta rápido en un pasillo y yo me apresuré para intentar verlo, pero ese sujeto nunca volteó ni separó para nada. Por eso sólo lo pude ver de espaldas. Era alguien grande y corpulento. No quise averiguar más para evitar malos entendidos, Así que me dirigía a la caja para pagar e irme a descansar. Afuera había mucha gente y, por alguna razón, yo sentía que todos me observaban. Eso me puso algo alterado. Arranqué el auto y me alejé rápido del lugar. Ya casi llegando a mi casa, noté que la patrulla que había estado cuidando esos días no estaba de por si ya me encontraba algo inquieto. Eso me puso aún más nervioso. Estacioné el auto afuera, tomé las cosas y me metí casi corriendo estando adentro. Puse el vino juro a todo, tomé el teléfono y llamé a la policía para preguntar por qué me habían quitado la patrulla y por qué no Me avisaron que lo harían, pero extrañamente, nadie me atendió. Sólo sonaba la grabadora de la estación. Seguí insistiendo hasta que de pronto la luz se fue en mi casa. De inmediato escuché algunos ruidos a mi alrededor. Me paré para intentar salir corriendo, pero ya era muy tarde. Esos tipos estaban adentro de mi casa y uno de ellos se abalanzó hacia mí tirándome al piso. Yo intentaba defenderme, pero ese hombre era mucho más grande y fuerte que yo me tenía sometido y desde el suelo me levantó como a un niño. Apenas lo hizo sentir un pequeño golpe en la cara. Otro de ellos me dejó caer y escuché esas pisadas como de tacón, saliendo desesperados de mi hogar. Supongo que quitaron el seguro de la puerta, o quien sabe yo no me podía mover. Sentía que me faltaba el aire y me costaba respirar como pude salir con la iluminación de la calle. Vi una especie de daga clavada en mi pecho. Me acababan de apuñalar e intenté llegar a mi auto, pero al parecer caí desmayado antes de lograrlo y no supe nada. Después desperté en una sala de hospital, donde me pusieron al tanto de todo. Sufrí un colapso debido al apuñalamiento con arma pulso cortante por poco y no la cuento, pero los médicos me salvaron la vida. También le agradezco a Dios y a un vecino que fue quien me auxilió y se encargó de llevarme a urgencias. No he vuelto a mi labor en la Iglesia por órdenes del señor Obispo, que sería algo así como mi jefe, ya que están haciendo todo para trasladarme a otra iglesia, en una ciudad lejana al centro. Pero ahora, más que nunca, sé que una de nuestras labores como representantes de Dios en esta Tierra es evitar que las personas caigan en estos cultos oscuros. Hasta ahora no he visto a esos hombres de nuevo, pero temo que vuelva a suceder. Tengo mucho miedo y horribles pesadillas que no me dejan dormir, pero espero no volver a verlos jamás y comprendí que con el favor de Dios no pasará nada. Mi nombre es María Torres y vivo en una zona donde los patios de las casas se encuentran colindantes con el monte, y eso hace que las extensiones de terreno sean tan grandes. Al grado de registrar casos documentados de gente que se ha perdido en su propio patio para no regresar nunca más. Por mi parte, esta situación nunca la he visto como algo normal y siempre he pensado que si esa gente no regresa, no es porque se hayan perdido más bienes porque algo se los ha llevado. Nunca Conocí a mi abuelo y en casa siempre mi abuela era quien llevaba ese rol campesina, cocinera, sabedora de plantas medicinales y, en general, una gran madre y mi padre a la vez es lo que siempre he admirado de ella, de mi abuelo se dice que fue la primera persona en perderse en el monte, pero en mi casa a nadie le gusta hablar de eso, a pesar de que recuerden a mi abuelo como una gran persona, hablar de su partida duele mucho y lo comprendo. Nadie es feliz con la pérdida de algún ser querido. Poco a poco fui teniendo más apego con mi abuela Igual y yo era la mayor de todos los nietos, además que también era quien mostraba más iniciativa y admiración por ella. Por su parte, ella Igual había desarrollado un apego mayor conmigo en comparación con mis primos, y era tan así que me había comenzado a enseñar todo su conocimiento en muchas de las artes que dominaba. Una de esas cosas era el hecho de andar en el monte y conocer bien las brechas y caminos para que en un futuro no fuera parte de esas personas que se pierden. Mi abuela solía ir al monte desde muy temprano a la a de la de la de la rn NRA, para de esa forma regresar al crepúsculo y evitar el sol. Yo dormía con ella con tal de no lidiar para levantarme y ya llevábamos varios días acudiendo para ver cómo estaban las cosechas y los animales. Esa semana habíamos acudido a diario y al fin era viernes. Como cualquier día normal, mi abuela cargó con su lámpara y su rifle y yo, creyéndome una cazadora, siempre tenía sobre mi pecho mi resortera. Fuimos muy confiadas y contentas como siempre, pero no sabíamos que ese día todo iba a cambiar. Desde que llegamos al corral, donde mi abuela guardaba a los carneros, notamos que algo estaba diferente. Por lo general, los carneros se emocionaban al vernos, pues estaban conscientes de que era momento de llevarlos a pastar, pero ese día no sucedió así. Era cuestión de mirar más a fondo el corral para saber cuál era el motivo de esto. En medio del corral habían dos carneros muertos y todo los demás se encontraban silenciosos en un rincón. Sabían que el peligro se encontraba ya con ellos. Y fue cuando escuchamos, en medio del silencio del momento, el sonido de la carne viva arrancándose y masticando. Sé que mi abuela apuntó con su lámpara a la otra esquina del corral. Había algo que hasta la fecha me dejó sin palabras. Lo que mi abuela alumbró fue un hombre con un gran orificio en la cabeza que dejaba entrever su masa encefálica y sangre seca. El hombre, sin percatarse de nuestra presencia, nos daba la espalda y sentado al rincón del corral, se alimentaba de la carne de un tercer carnero quien convulsionaba ante ser devorado vivo. En ese momento. Inevitablemente, se me escapó un grito que no pude contener. Y fue entonces cuando esta cosa rápidamente se puso de pie y como si estuviera ciego, comenzó a patear desesperadamente por todo el aire. Mi abuela, sin perder la cordura, me tapó la boca y r me hizo una señal de silencio, al tiempo que ella hurgaba entre sus cosas hasta dar con un extraño rosario y un bote de agua bendita. Sin dudarlo mucho, mi abuela dijo un pequeño rezo sin soltar. El rosario se persignó y luego caminó en silencio hacia aquella cosa y le vació el agua bendita encima y entonces aquel ser comenzó a emitir unos macabros alaridos. No sé si de dolor o de espanto, al sentir el agua sobre él y una densa capa de humo comenzó a salir, al igual que un fétido olor a carne podrida chamuscada aquella cosa. Sin dudarlo, saltó el alambre del corral y comenzó a correr hacia un destino desconocido. Por órdenes de mi abuela, hicimos lo mismo, pero hacia mi casa. Por obvias razones, yo me encontraba muerta de miedo y no voy a negar que en ese momento comencé a llorar del terror. Lo sorprendente era mi abuela. A ella no se le notaba ningún indicio de miedo, sólo se quedó más callada y cautelosa de lo normal, bastante pensativa y por su forma de actuar en el momento en el que vimos aquel hombre fantasma o ente demoníaco, no me quedó duda alguna de que mi abuela sabía lo que estaba ocurriendo. Poco antes de llegar a la casa, mi abuela me dijo que le prometería que no contaría a nadie lo sucedido. Para evitar el pánico local. Yo no estaba muy convencida, pero acepté a la hora del desayuno, todos estábamos en la mesa reunidos. Mi padre era muy chismoso, por lo que antes de desayunar, siempre solía ir a recoger con sus amigos Las nuevas noticias del pueblo fueran buenas o malas. Y ese día, como era costumbre desde el primer bocado comenzó a hablar. Todavía Tengo grabada en mi mente la expresión de mi abuela cuando escuchó las palabras de mi padre sobre el fallecimiento de Ernesto, el hijo de Doña Blanca y padre de la Iglesia del pueblo. Recordaba con claridad, como mi padre mencioción o no que lo habían encontrado tres días después de haberse quitado la vida con un disparo en la cabeza. Ernesto era el sacerdote de la Iglesia, a quien todos querían y respetaban y parecía ser la misma persona que habíamos visto devorando nuestros carneros. Esa situación me llenó de miedo y generó un torbellino de dudas en mi mente. Acaso lo que vimos era una persona viva. Ante las palabras de mi padre, mi abuela mostró compasión por Doña Blanca, su comadre, dejando su comida a medias, se levantó rápidamente y se apresuró hacia el patio después de expresar su intención de visitarla tan pronto como terminara sus tareas pendientes. Todos los demás nos miramos en silencio y al cabo de unos segundos seguimos comiendo. Ese día, mi abuela estuvo por muchas horas en el patio. No se me hizo raro, porque había días que ella sólo se dedicaba a trabajar. No obstante, al momento de salir vi que o mi abuela había construido un cerco con alambre de púas, delimitando así el terreno. Pero al ver los detalles de aquel cerco sentí un escalofrío por todo el cuerpo. En cada determinada distancia del alambre. Mi abuela había colocado cruces de madera y también tenía amarrados trapos, los cuales se encontraban marcados con números y con el agua bendita. Obviamente, yo intuía el porqué de esas cruces. Mi abuela estaba tratando de repeler algo que, evidentemente, no era de este mundo. Después de terminar con su labor, mi abuela salió rápidamente. Yo le pregunté hacia dónde iba y si podía ir con ella, pero en ambas preguntas sólo recibí evasivas. Lo único que alcanzó a decirme era que, cuando regresara iba a hablar conmigo de algo muy importante. Pasaron dos horas aproximadas que mi abuela se demoró. Fueron las horas más largas de espera por las que he pasado durante toda mi vida. Poco antes del anochecer, mi abuela llegó a casa. Su semblante era cabizbajo y aquella expresión en su rostro no era nada alentadora. De forma apresurada, convocó a toda la familia en el comedor de la casa y cerró todas las puertas bajo llave, además de asegurarlas con maderas reunidos. En el comedor. Mi abuela nos compartió con seriedad las indicaciones. Nos dijo que debíamos permanecer en casa durante las noches, ignorar llamados golpes en la puerta y cualquier sonido extraño cerca de las ventanas. Nos advirtió con firmeza sobre la importancia de mantenernos dentro de la casa si escuchábamos algo inusual. La atmósfera se cargó de preocupación y curiosidad. Mi padre buscó respuestas, pero fue mi abuela quien retomó la palabra para revelar que, a pesar de ser una historia conocida entre los mayores, siempre se había creído que era simplemente una leyenda. Todo comenzó en la época de la Revolución. Un grupo de gente salió huyendo de la guerra y fue por eso por lo que eligieron este alejado sitio para vivir. Su lejanía se veía opacada con su gran cantidad de recursos naturales, y es por eso que fue el lugar ideal para asentar el poblado. Los primeros años del nuevo poblado fueron maravillosos y prósperos, pero se cuenta desde los primeros pobladores que en una ocasión, estando a punto de anochecer unos gritos, pusieron en alerta al pueblo entero, por lo que todos se dirigieron hacia donde provenían esos horribles gritos y al llegar nadie podía dar crédito a lo que miraron. Se trataba de Don Lauro, quien se encontraba en el suelo en medio de un charco de sangre que le brotaba del hombro. El señor gritaba asustado y decía que un jabalí que recién había casado lo había mordido. El jabalí se encontraba casi muerto en el suelo y los gritos eran horribles, como si se tratara de un demonio. Pero lo macabro de todo fue cuando, al ver más cerca, el jabalí se percataron de un gran hoyo en su estómago producto de un impacto de escopeta. No había manera alguna de que aquel jabalí pudiera seguir vivo. Los cazadores, que de igual manera acudieron a ver qué ocurría en medio de la angustia, le realizaron varios disparos al jabalí, pero éste no moría y, por más, despedazado que se encontraba su cuerpo no dejaba de gritar y tratar de escapar de los amarres. En ese momento, a alguien se le ocurrió quemarlo y fue así como le prendieron fuego. Afortunadamente, de esa manera, el jabalí al fin murió. Toda la gente se encontraba atónita a lo ocurrido y sólo esperaban que Don Lauro contara que había ocurrido. Afortunadamente, para el señor la mordida no pasó de ser una herida que fue controlada y ya después, con todo lo que había pasado, ese sitio estaba maldito. El señor intentó relatar lo sucedido, pero nadie lograba comprender sus palabras hasta que por fin sus palabras tenían sentido y comenzó a decir que había cazado un jabalí y lo llevaba atado sobre su cuello. Apresuró el paso para evitar la oscuridad de la noche y al cruzar las montañas, creyó escuchar rezos que no lograba localizar. Siguió su camino y volvió a oír sonidos extraños como lamentos, Dio luces entre los árboles y se dirigió hacia ellas, encontrándose con una capilla antigua y desconocida. Tras la arboleda, a pesar del miedo, entró en la penumbra de la capilla, encendió una lámpara y se estremeció. Al ver figuras horribles, seres demoníacos con cuernos, algunos sin rostro otros con gestos malévolos. Abandonó rápidamente el lugar al sentir que esas figuras se movían y reían de forma tenebrosa, pero luego vio cómo un sacerdote con la cara cortada por la mitad lo estaba persiguiendo, corrió alejándose de aquel sitio, como pudo luego, cuando creyó haberse calmado, dudó si todo había sido una alucinación. Al llegar a su hogar, el jabalí que había casado, cobró vida y lo atacó. Tras escuchar el relato de Don Lauro, la gente quedó incrédula, pero expectante. A pesar de la increíble historia. Tenían ante sus ojos al jabalí como prueba y decidieron visitar el lugar. En un susurro expresó su maldición hacia el día en que sus ancestros decidieron explorar aquel lugar, considerándolo el peor error de sus vidas y de toda su descendencia. Al día siguiente, a primera hora, un grupo de pobladores fue hacia aquella iglesia escondida entre los árboles. Efectivamente, vieron que Don Lauro tenía razón. El señor decía que no era buena idea entrar y mejor la dejaran. Así se olvidaran de ella, pero nadie siguió su consejo y entraron todos en aquel lugar. Sagrado una vez dentro del sitio. Éste estaba bastante oscuro y no no les permitía ver nada. El lugar se encontraba extremadamente caluroso, en contraste con el clima a las afueras, que era algo frío. Lo extraño del caso es que, cuando intentaban encender los fósforos simplemente no prendían, por lo que no pudieron observar nada de lo que Don Lauro les había dicho. Pero las cosas no se quedaron así. Estando allá. A los pobladores se les ocurrió algo muy perturbador que dejó a todos severamente aterrorizados. Una persona del pueblo en camino hacia aquella iglesia había cazado un conejo de un sólido disparo en la cabeza y mantuvo aquel animal dentro de una bolsa de cuero que le colgaba de los hombros estando allá en el sitio y en medio de un silencio sepulcral de forma repentina. Unos movimientos violentos dentro de la bolsa pusieron a todos en alerta y bastante confundidos. En ese momento. Nuevamente intentaron prender los fósforos y en esa ocasión tuvieron él éxito cuando alumbraron hacia donde el hombre estaba muy asustado y se había desecho de la bolsa y esta ya se encontraba tirada en el piso, con lo que sea que estaba dentro revoloteando para salir alguien, como pudo, se acercó y abrió la bolsa de ella. Salió el conejo con los ojos rojos demoníacos inyectados en sangre y con unos colmillos impropios de aquel indefenso animal. La sangre aún le goteaba de la cabeza, pero el conejo se encontraba vivo. Al ver esto, toda la gente, sin dudar lo corrió sin ver atrás y al mismo tiempo en la iglesia comenzaron a escucharse risas y sonidos de las cosas, moviéndose el calor de adentro se hizo cada vez peor, y macabros lamentos y voces aterradoras comenzaron a escucharse por todos lados. De pronto salió un sacerdote con la cara cortada, como si alguien le hubiera dado un machetazo en medio. Todos estaban sumamente asustados y no pararon de correr hasta que cada cada uno estuvo dentro de sus casas, asegurándolas con madera y agua bendita en todas las entradas, que representaban un peligro. Tanto en la tarde así como en toda la noche, nadie salió de casa ni para ir al baño, y fue hasta el amanecer que la gente aún asustada comenzó a salir, siendo éste el tema más comentado durante varios días, la gente del pueblo un día, al acudir a misa, acordó que nadie debería ir a ese sitio maldito y estando todos presentes, se comprometieron que así cedía. Sin embargo, no fue así al paso de dos semanas, siendo de madrugada los perros no dejaban de ladrar y los animales de corral de todo el pueblo se encontraban bastante inquietos, de tal manera que nadie en el pueblo podía dormir, tanto mi familia así como todos los vecinos salieron de sus casas fuertemente armados para ver lo que ocurría en medio de la oscuridad de la calle. Sólo se alcanzaba a ver una mujer, una mujer con una bata blanca manchada con sangre a la altura de la ingle. En primera instancia no tuvimos miedo, porque supimos que se trataba de alguien en el pueblo. Conforme la mujer se acercaba, pudimos observar que llevaba algo sujetado en la mano, algo redondo. En ese momento, los perros ladraban a la mujer de forma desesperada y se acercaron a ella para morderla. Y fue justamente en ese preciso instante que ocurrió lo impensable y que detonó un miedo como jamás se había sentido en aquel sitio. Aquella mujer emitió un gruñido diabólico y se abalanzó sobre uno de los perros comenzó a quitarle pedazos de carne al tiempo que se lo comía, mientras que el perro lloraba desesperadamente e intentaba huir. Al ver esa escena, muchas personas entraron hacia sus casas muertas de miedo, pero muchos más fueron hacia donde se encontraba la mujer para detenerla. Cuando llegaron hacia donde ella estaba, el perro se encontraba con iso y la mujer con un rostro demoníaco como si algo la estuviera poseyendo. Masticaba y tragaba sin parar la carne del perro presas del pánico. Los hombres del sitio intentaron detenerla, pero ésta, con una fuerza sobrenatural, logró tumbar a todos. Si se arrancó a correr a gran velocidad, perdiéndose en el monte, donde nunca más se le volvió a ver la gente que presenció aquella macabra escena. Se encontraba en choc y es que mucha gente no se dio cuenta, pero aquella mujer estaba embarazada. Doña col quien era una de las personas que lo vio todo, dijo a los vecinos con lágrimas en los ojos que aquella mujer era verónica y en esa tarde el niño había muerto debido a las dificultades del parto. Verónica, sumida en la tristeza y llorando inconsolablemente. Dijo que ya tenía un plan preparado por si algo así ocurría. Después de eso se prohibió ir a ese lugar y ya llevaban bastantes años sin un problema, así hasta el día que el sacerdote del pueblo apareció devorando a nuestros animales. Yo le dije a mi familia que lo mejor era irnos de ese pueblo porque, por lo que decía la abuela, corríamos peligro y esa cerca no iba a hacer nada en contra del mal. Mi familia no lo pensó dos veces y decidimos irnos a la ciudad con una hermana de mi abuela por un rato en lo que conseguíamos casa. Seguramente, si la abuela hubiera contado lo que contó sin que yo hubiera visto a ese sacerdote vivo, a pesar del disparo en su cabeza, no le hubiera creído. Pero yo sé que eso fue cierto y hasta el día de hoy no hemos sabido nada de ese lugar. Ojalá ya haya desaparecido la siguiente historia. Es una leyenda muy famosa que se ha venido contando de familia en familia, principalmente aquí en donde sucedió. Y es o or eso que quiero contarla en el Archivo General de la Nación. Consta el siguiente documento que da fe de ciertos sucesos que fueron la causa de que los habitantes de algunos poblados de Oaxaca sintieran terror de salir de noche. El escrito fue redactado apenas treinta años después de que se consumara la conquista de México en él. Bajo el rótulo de expediente treinta y siete se lee lo siguiente. Los gobernadores, alcaldes y principales de los pueblos de Yagalinga, panotao y tlasco socio dependientes de la ciudad antequera valle de Oaxaca. Parecemos ante vuestra, Señoría, en el modo que más sea de derecho y decimos que para el descargo de nuestra conciencia, conviene hacer declaración de que los capítulos acusaciones que presentamos contra Emilio Mendoza, vecino y cura de este lugar, fueron falsos y mentirosos. De ellos se le hizo visitar a don Emilio Mendoza, por Señoría, como por el Comisario del Santo Oficio que en esta ciudad reside. Damos fe de que los dichos capítulos nos fueron impuestos por el cacique Don Bernardo, quien quería evitar pagarle noventa y uno pesos y seis tomines al acusado Emilio Mendoza por hacer lo que debemos como cristianos. Decimos que dicho cura no cometió los delitos que le pusimos y así padeció injustamente. Estamos dispuestos a hacer las diligencias necesarias para la satisfacción de la honra del martirizado y después salen las firmas y la fecha. Don Pedro Álvarez Alcalde, Don Juan Domingo, Regidor, Agustín Sambrano Alcalde Juan clapisque regidor en veintidós días del mes de marzo de mil quinientos cincuenta y uno. En esa misma fecha, pocas horas antes de que las autoridades correspondientes leyeran la citada retractación el cura. Emilio Mendoza había sido quemado vivo tras padecer terribles torturas en las cárceles del Santo Oficio o Santa Inquisición co como común, un lamente se le conoce prefirió perder la vida que reconocer haber realizado ritos satánicos en su casa o haber inducido a sus feligreses a renegar de la fe cristiana. Los pueblos que atendía estaban muy indignados por su martirio, pues era reconocido en esos lugares y en sus colindancias como un verdadero santo, pues atendía a los enfermos y administraba las limosnas en ayuda de los más pobres. Al ver que se lo llevaban para procesarlo por hereje, muchos salieron en su defensa, pero todo fue inútil. Al paso de los días decidieron presionar a sus autoridades para que retiraran los cargos contra su guía espiritual. Al enterarse de la muerte del cura, Don Pedro Álvarez y Agustín Sambrano se recogieron en sus casas por miedo a la turba enfurecida. Agustín dijo que todos eran culpables. El día que se reunieron para almorzar en la casa de éste que tenía en el campo, dijo que les iba, a pesar mucho, el haberse dejado sobornar por Don Bernardo. Comentó que, por su parte, había mandado a oficiar misas al nuevo cura para el descanso eterno del infortunado. Don Pedro le respondió que en algo valdría ese gesto para reconciliarse con Dios. Dijo que él mismo haría lo mismo ese día. Por eso le pidió que lo acompañara a la ciudad a hablar con el obispo mayor. Dijo que sería el mayor favor de Dios. Mientras más alta fuera la jerarquía de quien abogara por el alma de Don Emilio Mendoza. Don Agustín respondió que estaba muy bien pensado y que sólo le pedía, por favor, que lo esperara, ya que debía concluir unos asuntos muy importantes. Don Pedro empezó a empacar lo necesario para el viaje. El par de mozos que lo acompañaban preparaban las mulas bajo un cielo cargado de negros nubarrones. Los truenos no se hicieron esperar y fue a esta circunstancia lo que impidió a los hombres oír la macabra charla que tuvo lugar dentro de la casa y aconteció que a la hora del crepúsculo, Don Pedro oyó que tocaban a la puerta. Pensando que se trataba de su amigo, Agustín acudió rápidamente a abrir se quedó boquiabierto al tener de frente la horrible presencia del cura Emilio Mendoza, con múltiples llagas sanguinolentas sobre su cuerpo. Quemado, el terror había invadido completamente al alcalde, pero tuvo la fuerza suficiente para cerrarle la puerta en las narices al visitante del más allá, la macabra voz del padre atravesó la puerta de madera, diciéndole a Don Pedro que ni él ni sus amigos tendrían descanso en tanto. Don Hernando no pagara su falta a lo que Don Pedro le pidió que, por favor, se fuera, porque Dios no lo iba a dejar solo el cura. Emilio Mendoza, con voz Burlona, le preguntó que si aún no se había dado cuenta que él había salido del mismísimo infierno, le dijo también entre carcajadas que se a uers acaso los habían engañado. En su madre Iglesia, Don Pedro estaba completamente en choque no sabía qué hacer y lo único que se le ocurrió fue decirle al padre que sí había sido un santo en vida. No hiciera el mal ya muerto que fuera con Dios. El cura con burla dijo que él no había sido bueno. Mientras su espectro atravesaba la pared Pedro lanzó un alarido y fue a dar de espaldas al piso, mientras el cura le decía que había pecado. Como no tenía idea. Dijo que cada noche imaginaba las peores atrocidades contra sus feligreses, pero luchaba diario contra las tentaciones del demonio y al final, el único pecado que cometió fue el de la avaricia, porque tenía ocultos sacos llenos de reales, de plata y había amenazado con arrebatarle un solar a Don Bernardo si no pagaba el dinero que le adeudaba. Comenzó a pensar por unos segundos y siguió diciendo que él no merecía morir de este modo y al verse traicionado r por los suyos, había renegado de su fe, Pero jamás había dicho palabra alguna contra la iglesia. También mencionó que entre las torturas y en medio de las llamas, maldijo mil veces a sus verdugos, pero el odio no había escapado de sus labios por miedo a la ira divina. Pedro temblaba de miedo en el piso mientras avanzaba hacia atrás usando sus manos, hasta que chocó con la pared y el cura soltó una carcajada. Le dijo que los ángeles se alejaron de él y los demonios fueron por su alma. Sin embargo, el amo no lo repudiaba. No quería saber de curas que, como él, habían vivido cristianamente y habían salvado cientos de almas del infierno. Y luego su voz tomó un tono de decepción y dijo que a su vez, el cielo le había cerrado sus puertas, que al final de cuentas, no lo habían convencido. El bien y el mal había estado navegado entre ambas aguas como un alma desorientada, pero de algo estaba seguro y l y ra ra onda de que quería que Don Bernardo muriera entre atroces sufrimientos y así poderle llevar su alma al diablo. A cambio de la suya, Don Pedro se quedó en choque y le dijo que fuera por Don Bernardo, pero que a él lo dejara en paz. Pero el sacerdote hizo caso omiso a su comentario y le dijo que Don Pedro y sus mentirosos amigos debían ayudarlo, porque quería que llevaran a Don Bernardo al cruce de caminos, conocido por la Comunidad como el de las ánimas. Dijo que ahí les daría instrucciones. El espectro volvió a atravesar la pared desapareciendo de la vista del alcalde, quien se talló los ojos y se puso a rezar, pidiendo que aquello fuera sólo una terrible pesadilla. En cuanto llegó Agustín Sambrano, listo para el viaje, le contó todo, pero Agustín no podía creerlo y le preguntó que si no había bebido alcohol, pero Don Pedro, ofendido dijo que no, que era en serio. Fue entonces que l se onrla de Agustín cambió y le dijo que entonces que debían hacer a lo que Don Pedro respondió que el poder de Dios era más grande que el de cualquier alma en pena o demonio y le sugirió que fueran a ver al nuevo cura y le pidieran un consejo. Estos hombres, antes de arribar a la Iglesia, visitaban las casas de los otros dos implicados en el perjurio contra el cura quemado en vida. Les costó trabajo hacer que asomaran la nariz a la calle, pero pronto estuvieron los cuatro sentados a la mesa del nuevo y joven sacerdote. Uno de los mayores pecados era arrebatar la vida a otra persona. Sentenciaba éste de algún modo era lo que hacían, explicaba Don Pedro con pesar mirando la superficie de la mesa, pero el padre no se refería a su predecesor al frente del templo, sino al hombre que el espectro buscaba. Hizo hincapié en que ningún miembro de la Iglesia podía obedecer los mandatos del demonio. Insistió en la duda sobre si el aparecido realmente era el cura, afirmando que sembraría el crimen y la confusión entre ellos. Les aseguró que el espectro no tendría ningún poder si permanecían cerca del señor asistiendo a misa diariamente y rezando constantemente por el descanso del amado cura. Les pidió que pidieran perdón a Dios y reconoció sus esfuerzos por preservar la honra del sacrificado. Finalmente, les deseó paz. Al despedirse un tanto mortificados, los regidores y alcaldes abandonaron el templo. Don Juan Domingo mencionó que el Padre tenía razón y argumentaba que si el supuesto espectro que se había aparecido a Don Pedro fuera realmente el cura, no habría solicitado la ayuda de otros para vengarse, sino que buscaría hacerlo por sí mismo. El regidor Juan Clapisca intervino señalando que, de ser auténtico, el espectro no se habría parecido a Don Pedro, sino al propio Don Hernán. Añadió que, en lugar de solicitar que se condenaran a sí mismos como asesinos, habría comunicado su perdón a todos por haber redactado el documento de descargo. Don Agustina sintió en acuerdo con esta afirmación. Expresaron que el supuesto espectro era un demonio de segunda categoría que pretendía que perdieran sus almas. Decidieron dejar de preocuparse y celebrar los buenos consejos del cura fabrique, señalando hacia una taberna al final de un callejón tras la iglesia. Todos acogieron la idea con entusiasmo y se dirigieron hacia ahí. Don Agustín preguntó si el establecimiento era nuevo. Mientras entraban, se cuestionaba si la visita serviría para inspeccionar que todo estuviera en orden. Lanzó la idea de perdonar el impuesto si los atendían de manera excepcional. Los demás se rieron por la ocurrencia a excepción de Don Pedro, quien mantenía un gesto serio. El alivio que experimentaban desapareció al ver que el tabernero, un mulato fornido de casi dos metros de altura, colocaba cinco vasos en su mesa, Don Pedro protestó pidiendo disculpas, alegando que se habían equivocado, ya que eran sólo cuatro y no esperaban a nadie más. En su mesa, el hombre contestó al alcalde despidiendo un ligero olor a azufre, señalando que estaba confundido. Mencionó si acaso no pensaba ofrecerle nada al cura. Los cuatro voltearon confundidos hacia la silla frente a la que estaba el quinto vaso Juan Clapiz, que ensanchó la nariz para jalar aire nervioso, sintiendo que el ambiente se había enrarecido, descubrió entonces que eran los únicos parroquianos y dominado por el nerviosismo, trató de sonreír respondió que Don Fabrique no vendría con ellos. Su expresión cambió, sus ojos se ensancharon y sus iris oscuros se convirtieron en un punto apenas visible, lo que generó incomodidad en las autoridades. Luego mencionó que Don Emilio Mendoza los había estado esperando y estaba muy molesto porque no habían asistido a la cita. Don Agustín, en un grito, preguntó dónde estaba levantándose y lanzando la silla hacia atrás. El mulato indicó que el individuo pronto saldría por una puerta que llevaba directamente a la sacristía mientras vaciaba el contenido de una extraña botella en los vasos. De manera automática. Don Agustín, intentando tranquilizarse con el vino, llevó su vaso a la boca, pero escupió de inmediato un líquido salado y espeso sangre. Alertó a los demás sobre la situación y sugirió salir rápidamente, confiando en Don Pedro como única opción, Pero la puerta por la que habían entrado ya no estaba. Buscaron una salida y sólo encontraron una puerta que conducía a la Iglesia Juan Tlaxi, que propuso buscar ayuda a Don Fabrique, y el mulato mostró una sonrisa de triunfo. Al otro lado, los cuatro hombres salieron a un cuarto lleno de objetos maléficos. Una sotana negra manchada de sangre hostias negras que olían a excremento e imágenes obscenas de varias vírgenes y santos. Después de descubrir la espeluznante representación del demonio detrás del altar en la nave de la iglesia, don Agustín, horrorizado, se apresuró a huir por la puerta principal junto con los demás. En su intento de escapar se encontraron con el cura Emilio Mendoza, quien reveló que estaban bajo tierra cerca del cruce de las ánimas y que Don Bernardo los esperaba. Don Pedro, al borde de la locura, explicó cómo habían convencido a los sirvientes para traer a Don Bernardo a cambio de plata, mientras lamentaba que ya habían sacrificado a Don Agustín bebiendo parte de su sangre para salvar sus vidas. Les ordenaron sacrificar a Don Bernardo atado y amordazado sobre la plancha de piedra en el altar de la inquisición, a pesar de su desconocimiento sobre cómo quitar la vida a otro ser humano. Juan clapisque descendiente de un antiguo sacerdote indígena, fue el primero en tomar uno de los cuchillos ofrecidos por el cura malévolo. Los otros ansiosos por escapar siguieron su ejemplo. Los cuatro hombres de las fuerzas malignas se acercaron al altar de piedra y llevaron a cabo el sacrificio de Don Bernardo y bueno se ha dicho a lo largo de las generaciones que debieron matarlo en múltiples ocasiones, cada vez de manera más cruel antes de lograr regresar al mundo de los vivos. Este relato se ha mantenido vivo en el tiempo y hace algunas décadas. Juana trapisque última descendiente del regidor Juan clapisque mencionaba que la mayor tortura que se podía infligir a un cristiano era quitar la vida a otro. Por lo tanto, no lamentaba tanto las muertes de Don Bernardo, sino el destino de aquellos hombres. Mucho tiempo después, Doña Esperanza había estado tejiendo en su bastidor durante varios días, hasta que su esposo, Don Gilberto captó su atención al decirle que necesitaba su compañía para visitar a un amigo moribundo y urgía conseguir un sacerdote para administrar los últimos ritos al mencionado amigo. Con inocencia, Doña Esperanza preguntó quién era ese amigo, ya que con razón estaba preocupada al conocer a todos los amigos de su esposo. Sin embargo, él no dio respuesta. Partieron en carruaje marido y mujer con rumbo al convento de Santa Catalina, en busca de un sacerdote para confesar y administrar los últimos ritos al desconocido amigo. Llegaron al convento. El sacerdote se preparó y presuroso salió a cumplir su misión extramundana, así que subieron ambos de nuevo al carro en el que esperaba doña esperanza y partieron hacia el lugar do donde se n en n n N. N. La el amigo en cuestión se dirigieron al callejón conocido en aquel entonces como el Carrizo y que corresponde a lo que actualmente es la Calle de Bolívar, deteniendo su marcha el vehículo en su estrecho callejón, El Lacayo abrió las puertas del carro y al bajar el matrimonio con el sacerdote, Don Gilberto le dio la orden al ayudante de regresar a la casa y que ellos continuarían a pie hasta la casa del amigo enfermo. El sacerdote caminaba por la calle empedrada junto a doña Esperanza y atrás de ellos con Gilberto, quien iba muy callado. Algo le perturbaba y le había robado el sueño. Al ser Doña Esperanza, una mujer muy guapa y educada, sacaba de quicio a su esposo, ya que éste estaba celoso y creía que su mujer lo engañaba. Dentro de esta obsesión enfermiza urdió el plan perfecto para primero sacar a su esposa de su casa y conseguir un sacerdote para que la confesara delante de él y así sabría por qué seguro si su esposa lo engañaba. Además, abriría el nombre del desdichado para matarlo también en un acceso de ida. Don Gilberto arrojó a la pobre mujer a los pies del sacerdote, sacó su daga y amenazó al padre expresando su furia al querer descubrir con quién lo engañaba para amenazar, con acabar con ambos, lo obligó a confesar a su esposa delante de él. La pobre mujer no creía lo que pasaba, pues era un alma buena, incapaz de acción de esa naturaleza y por tratar de complacer al esposo, accedió a decirle a sus pecados al Ministro de Dios. Terminando de confesarse. Se acercó al esposo. El sacerdote intentó explicarle la situación, indicando con gestos y expresiones su deseo de mantener en confidencialidad lo revelado por su esposa, ofreciéndose a confesarse con él. Como último recurso para evitar una tragedia, el sacerdote se puso de rodillas y sentó al hombre en el barandal de el puente del fraile, sobre el que se encontraban y aprovechando que Don Gilberto había accedido en un descuido, le levantó los pies al sacerdote con agilidad para lanzarlo aguas abajo. De pronto. Tras Don Gilberto apareció un padre con la cara totalmente quemada. Era el padre Emilio Mendoza, quien se burlaba e incitaba al hombre a matar al cura diciendo que todos los hombres eran la misma basura. Fueran sacerdotes o no doña esperanza. Dio un grito de horror. Y fue ahí cuando Don Gilberto, en un acto de reflejo, clavó su daga en la cabeza del religioso vivo que de inmediato empezó a emanar abundante sangre y privándolo de la vida en el acto, cayendo el cuerpo de la víctima sobre el pecho del asesino y en el impulso cayó el cuerpo de Don Gilberto por el parapeto del puente quedándose sepultado en el fango de las sucias aguas del río que abajo corrían. Se escucharon las carcajadas del sacerdote Emilio Mendoza. A lo lejos, doña esperanza quedó muda de horror ante la escena que había vivido por estos desgraciados sucesos. Este sitio fue conocido durante mucho tiempo como el puente del sacerdote Maldito. Relatos escritos y adaptados por Lis Rayón