Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / El Demonio De La Habitación 999 ( Recopilación De Hospitales #2 ) - Voces De La Noche
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- Hola familia. Buen día hemos leído sus comentarios donde quieren que cambiemos la voz de voces de la noche y bueno, ya lo hicimos en este vídeo ya la van a escuchar. Déjenme en los comentarios qué les pareció a esta nueva voz y los vamos a estar leyendo. Ok muchas gracias por todo su apoyo y sigan escuchando voces de la noche adiós. Me llamo Eduardo Cruz. Resido en una localidad situada en el Estado de Guanajuato. Laboro en el centro hospitalario de la ciudad. Me desempeño como vigilante de seguridad en el turno nocturno. Llevo tres años más o menos trabajando en ese horario y he oído acerca de algunas vivencias inusuales o particulares que suceden durante la noche. Dado que, como es conocido, cada hospital atesora relatos vinculados a lo sobrenatural. Personalmente, no suelo conversar extensamente acerca de estos relatos, s o vivencias con los profesionales de la salud, ya que no dedico tiempo para escucharlos. Mi pausa para comer es bastante reducida, ya que sólo tengo una hora para disfrutar de mi almuerzo y en ese lapso aprovecho para descansar lo máximo posible. De hecho, prefiero dormir durante ese tiempo, por lo que no tengo la costumbre de socializar con el personal de salud. Como mi trabajo es de noche, sólo puedo compartir con unas pocas personas que están en mi turno, algunos para médicos, dos chicos que se dedican a la limpieza y otros que trabajan como yo en seguridad. Las pocas experiencias que he escuchado son sobre un anciano que se aparece en un sector exactamente en coronaria. Me han contado que se aparece cerca de las tres o cuatro de la madrugada y que se le puede ver sentado en una banca esperando atención, te mira a los ojos, esperando a que le digas algo y cuando le preguntas quién es él, solo se te queda viendo de forma extraña. Luego se levanta, se va caminando hacia el sector de la oficina más grande para luego desaparecer. En cierta ocasión me tocó desempeñar labores nocturnas en esa área y recordé las historias que me contaron. Sin embargo, simplemente me enfoqué en descansar y no me preocupé por posibles apariciones, dado que estaba sumamente agotado. Aquella noche me limité a dormir, no experimenté ni escuché nada. Aprovechando que me encontraba solo en ese sitio, me desperté a las sigs de la mañana para abrir el hospital al público. Cómo podrán notar nada inusual sucedió en ese sitio. Sin embargo, la razón de compartir mi relato es narrar una experiencia que vivía hace aproximadamente tres años en plena época de la pandemia. Durante mi turno nocturno iniciaba mi labor a las seis de la noche en la zona del estacionamiento y la entrada del personal. Verificaba que cada empleado accediera con su mascarilla y su identificación correspondiente del hospital. Estatarea ocupaba aproximadamente dos horas de mi turno. Después me tomaba unos minutos para descansar, disfrutar de un café y también socializar con el otro guardia de seguridad nocturno encargado del aseo de las ambulancias y el control de ingreso de los médicos que comenzaban su turno él es con quien converso hasta hoy en día y hasta comparto un café o fruta cuando hay poca concurrencia de personal. Luego de eso, debo ir al segundo piso a cubrir turno en el puesto de ingreso a pediatría, ya que en ese sector debe controlarse el ingreso o más bien el tráfico de personal del mismo hospital. Como es de conocimiento general. Durante la pandemia fue complicado acceder a un servicio sin pasar por controles y justamente esa fue mi tarea durante aproximadamente dos horas, hasta que la afluencia en el lugar disminuyó y los funcionarios cerraron el acceso a algunos servicios, permitiendo la entrada sólo a un número reducido de personas ese día. Después de eso, me tomé mi pausa para comer y aproveché para descansar, ya que disponía de una hora para recuperar energías. Luego debía encargarme de liberar al colega de urgencias para que pudiera disfrutar de su tiempo de descanso, que también era de una hora. Posteriormente regresaba al estacionamiento y encontraba a mi compañero a cargo de la limpieza de las ambulancias. Lo veía sentado la mayoría de las veces concentrado en su teléfono mensajeando o viendo alguna serie. Rara vez lo observaba dormido y cuando lo hacía apagaba la luz. Las ambulancias lo despertaban al hacer sonar la bocina para ingresar. En esa ocasión me encontraba sumamente fatigado y sólo necesitaba descansar durante una o dos horas. La noche era fría y estaba iluminada por la luz de la luna y recuerdo que, al comenzar mi turno, observé a varias gaviotas surcando el cielo sobre el último piso del hospital. Específicamente sobre el tercer nivel, noté que las gaviotas graznaban y volaban de manera inquieta. Un compañero captó mi pensamiento. Ambos coincidimos en que lo que sucedía era algo normal y que posiblemente se aproximaba un fenómeno natural significativo. Estábamos en el mes de septiembre y debo admitir que estábamos acostumbrados a convivir con la realidad de los temblores y los terremotos en ese mes. Sin embargo, en esa ocasión, mi intuición me advirtió que algo más ocurriría. No sabía exactamente qué, pero presentía que algo sucedería. Durante mi turno, siguiendo el protocolo alrededor del astuelve de la noche, me informaron que había fallecido un paciente en la unidad de cuidado intensivo. Se trataba de un hombre de ochenta y tres años que estaba en delicado estado de salud por un problema hepático. Un trabajador del estacionamiento dijo que seguro se lo había llevado la calaca con una combinación extraña entre burla y miedo. Aquello es una frase que acostumbramos a decir cuando fallece a alguien se lo llevó la calaca. Después de transcurrir algunas horas, el cansancio me estaba venciendo y solo pensaba en descansar, Así que me dirigí al estacionamiento y busqué el mejor lugar para descansar, que resultó ser bajo la carpa del control sanitario. Se trataba de una carpa muy grande que instalaron al comienzo de la pandemia para resguardar a los funcionarios del sol y de las posibles lluvias. Esta carpa nos fue de gran utilidad, pues me protegió más de una vez de inesperadas lluvias durante la madrugada y en diversas ocasiones del frío implacable que nos afectaba durante la noche y la madrugada. Esa noche me acompañaba a mi mejor amiga Canina, una perrita que rescaté de la calle, la cual era muy bella y de color blanco. Se llamaba Luna. Allí me encontraba recostado en una silla de escritorio y bien abrigado en compañía de mi perrita, Luna listo para sumergirme en un sueño de aproximadamente dos horas. Después de haber dormido unos tres minutos, noté que Luna se despertó. Estaba llorando de manera extraña como si tuviera miedo. Además, más veía a la nada a la espesa obscuridad y su pequeño cuerpo color blanco temblaba, pero yo no vi nada fuera de lo común. Sólo escuché unos pasos. Esos pasos resonaron cerca de la carpa blanca, bajo la cual descansaba y entonces entrecerré los ojos para ver si notaba algo extraño y me di cuenta de que en esa parte de la oscuridad había una figura humana caminando hacia mi dirección. La verdad, yo no tuve miedo ni nada. Al contrario, pensé que era una persona normal que necesitaba algo. Cuando la silueta se acercó hacia mí y me di cuenta de que era una enfermera toda vestida de blanco, quien me saludó con una mano. Pero aún así no podía ver su rostro, pues el toldo nos separaba. Así que comenzamos a platicar y después de un intercambio de frases planas y sin mostrarnos mutuamente interés, me limitaba a girar el cuello hacia mi lado izquierdo para dirigirme a ella, ya que aquel toldo nos separaba y no podíamos vernos el uno al otro. Tal vez era lo mejor, porque ella estaba fumando y a mí no me agradaba el olor del cigarro y cada vez que yo decía algo, ella contestaba desde el lugar en donde estaba sentada, justo detrás del lugar donde yo acostumbraba a descansar, continuábamos en una conversación algo monótona, por así decirlo. Yo iba revelando detalles sobre mi trabajo y la vestimenta térmica que llevaba. A medida que compartíamos palabras, noté que ninguno de los dos mostraba interés en mirarse a los ojos, un aspecto crucial en una conversación entre dos personas que apenas están empezando a conocerse. Dado que nuestra conversación se centraba únicamente en la pandemia y en el estado actual de la sociedad. Reflexionando sobre cómo este acontecimiento inesperado ha impactado al mundo, decidí cambiar de tema. Se me ocurrió preguntarle a ella si llevaba mucho tiempo trabajando en ese lugar. Su respuesta fue que llevaba más de thirte años. Aparentemente hizo algún gesto. Eso lo debduda, ya que no podía verla y no tenía intenciones de moverme de mi cómoda silla. Aquella enfermera. Estuvo cerca de tres minutos hablando conmigo y la charla Fue algo amena. Cambiando el tema de la pandemia. Hablamos sobre algunos pacientes del hospital y principalmente del viejito que había muerto esa noche. Me dijo que ella lo ayudó a no sufrir algo que obviamente, intuí que se refería a que ella lo cuidó en sus últimos momentos de repente mi perrita luna, quien se había vuelto a quedar dormida, se despertó de nuevo y la vi levantarse parecía inquieta. De hecho, comenzó a ladrar a donde estaba la enfermera se veía extraña algo temerosa. De nuevo de un momento a otro pensé que comenzaría a temblar. Traté de tranquilizar a mi mascota, pero me dirigió una mirada inquieta y algo sumisa por decirlo así. Pensé que tal vez no quería estar ahí porque no la dejábamos dormir. Con aquella conversación entre la enfermera y yo, o que quizá no conocía a la enfermera y era por eso su actitud. Escuché un ruido detrás de mí y escuché como aquella mujer se acomodaba la ropa y luego se levantaba para pasar justo detrás de mí. Me reincorporé y la vi pasar detrás del toldo blanco, la vi salir y ella me dirigió una mirada. Luego miró a mi mascota. Me dijo que era una buena compañera porque me estaba cuidando. Sólo veía sus ojos por la oscuridad. Por alguna razón, brillaban de una manera muy linda y mientras veía a Luna, sólo me veía a mí y la evitaba a ella, por lo que decidí acercarme a Luna y le toqué la cabeza para tranquilizarla. Ella se fue y yo la despedí, agradeciendo la plática que habíamos tenido al oír esto. Ella se dio vuelta para mirarme y vi su cara Nuevamente pude ver su piel, que era de color claro. Su pelo era algo crespo y unos rizos color café caían por su rostro llamaron mi atención. Pareció dirigirme una sonrisa y me dijo con voz tranquila que me cuidara. Se dio la vuelta y siguió caminando. Yo me quedé ahí con la mano en la cabeza de luna. Quien parecía más tranquila. Vi a la enfermera alejarse y dirigirse hacia el norte del hospital. Su uniforme blanco entero me hizo darme cuenta de que no era una simple para médico, sino una enfermera. Lo único que me llamó la atención de ella era que no llevaba mascarilla, algo raro en tiempos de pandemia, ya que todos en el hospital éramos muy responsables y nos cuidábamos mucho como ella había salido a fumar. Salió sin mascarilla. Quizá era la razón, aunque me seguía pareciendo muy irresponsable de su parte. Quizá no pensó encontrarse con nadie en el estacionamiento. Para su suerte se encontró conmigo y digo suerte, porque yo no soy del tipo de personas de decirle a los demás cómo hacer su trabajo. Ni siquiera le mencioné el tema de la mascarilla al saludarnos y tampoco al despedirnos cuando ella ya no estaba ahí, Me acomodé otra vez en mi cómoda silla o cama improvisada y mi fiel compañera Luna, se acostó a mi lado tal vez para resguardarse del frío. Eso pensé. Así me quedé las siguientes tres horas de mi turno durmiendo, así que el turno se me hizo muy corto y cuando ya eran las cigs de la mañana, volví a mis labores y terminé mi trabajo a las seis de la mañana. En punto, llegué a casa a eso de las nueve de la mañana y tras desayunar con mi señora, me acosté a dormir como corresponde. Mis siguientes días fueron de lo más normal, control de descanso, ayudar con algunas sillas de ruedas y cumplir con mis horas de trabajo. Descansé tres días que aproveché para estar con mi familia y luego volví a mi habitual turno de noche. Fue en una de esas noches que comenzó el turno que vimos nuevamente varios pájaros volando sobre el hospital. Vimos varias gaviotas volando en círculo y algunas palomas muy inquietas que cambiaban frecuentemente este lugar. Incluso escuchamos el canto de aves. Nos quedamos mirando al cielo por algunos segundos y luego le dije a mi compañero la frase usual que las aves estaban inquietas. Me respondió que seguro la calaca pasaría hoy por alguien que recordara lo que había pasado con el anciano. El otro día me dijo que me fuera preparando para recibir a las familias que tendrían que retirar el cuerpo. Le expresé que ya estaba listo, que eso formaba parte del protocolo y sólo esperaba que las situaciones de pérdida no fueran tan frecuentes. Resultaba desafiante presenciar a familiares despidiéndose de sus seres queridos. También habíamos visto casos en los que los familiares no tenían la oportunidad de despedirse y atender a esas personas Era bastante complicado sin sentir compasión por su situación. Aquella noche transcurría de manera tranquila entre risas y café con mi compañero de trabajo. Las horas pasaban de forma amena, pero alrededor de las tén de la noche, tres personas se presentaron en la entrada de la barrera sanitaria es decir, en mi puesto de trabajo, explicaron que los habían llamado desde el hospital y proporcionaron el nombre del cardiólogo de turno, quien les informó sobre el fallecimiento de su padre. Por supuesto, les brindé las facilidades para ingresar al hospital después de pasar la barrera sanitaria y los ayudé a contactar con el personal encargado del retiro del cuerpo de su difunto padre. Después de eso continuamos con el turno, facilitando la entrada y salida a los cuatro familiares en total se despidieron de nosotros de manera muy educada, agradeciéndonos por nuestra disposición para ayudar. Mi turno prosiguió, como siempre, tuve que visitar el servicio de medicina interna, luego la urgencia y finalmente regresé ocupado para retomar mi lugar en ese espacio que me gustaba bajo la carpa blanca, donde compartía mi espacio con mi fiel compañera Luna, alrededor de las tres de la madrugada. Me acomodé en ese lugar como de costumbre para descansar al menos unas dos horas. Estaba listo para dormir con mi fiel compañera Luna a mi lado cuando sentí un viento frío que n pasó por el toldo y el perro se apartó para acostarse un poco alejado de mí. Esta vez no logré conciliar el sueño vi que alguien se acercaba a mi puesto y al verla la reconocí de inmediato. Gracias a su inconfundible uniforme blanco y sus rizos sobre la piel pálida. Tenía una sonrisa que no recordaba haber visto. Me moví de mi lugar para enderezarme y levantar la cabeza hacia ella. Saludó de forma cordial y mi compañera Luna la miró y empezó a hacer ruidos extraños, como si quisiera llorar rápidamente. La tranquilicé me levanté de la silla para hacerle cariños en la cabeza y mi mascota se calmó, aunque en su mirada se notaba inquietud y un poco de recelo. La enfermera me saludó nuevamente y noté que venía sin mascarilla, pero no quise decirle nada. Después de todo, venía a Fumar, Respondía su saludo y enseguida sacó una caja pequeña de su bolsillo para luego irse al lugar donde se disponía a Fumar. No miré el contenido de aquella caja, pero solo la vi pasar. Saludó también a Luna, pero mi mascota desvió la mirada y luego me miró a mí, así que ella se sentó donde se había sentado días antes y yo, al tranquilizar a Luna con mis caricias me dispuse a sentarme en mi silla. Quedamos en la misma situación que antes yo sentado y ella al otro lado del toldo blanco. Aquello para mí no fue extraño y simplemente respondía a su charla ligera mencionando que el frío no estaba tan intenso. Compartí mi experiencia en climas más extremos, donde tenía que soportar temperaturas bajo cero a Forthausan eirímetros de altura. Lo dije de manera algo cómica y escuché una leve risa. Era la primera vez que la escuchaba reír, pero su risa no me pareció normal. Parecía fría o triste, como si hubiera intentado forzarla y saliera con un toque de melancolía. Aquella risa no parecía común. Denotaba nostalgia. Continuamos hablando sobre mi experiencia en el hospital y mientras ella me preguntaba, noté que sólo hablábamos de mí y de mis actividades en el hospital, y en mis tiempos libres, decidí cambiar el rumbo de la conversación y conocer un poco más sobre ella. Le di un giro a la charla y le pregunté sobre su experiencia. Mencionó que lo más alto que había estado eran las termas del patio y compartió una anécdota sobre su novio curioso. Sobre su origen. Le pregunté si era de la ciudad, mencionando algunas ciudades cercanas, pero no obtuve una respuesta inmediata. Después de un silencio de unos fiftno tuentisegundos. Finalmente dijo que era de ahí. En ese momento luna me miró. Parecía inquieta o más bien temerosa. Se acercó y le acaricié la cabeza. Luego ella hizo un ruido y vi su silueta a través del toldo blanco. Mientras se acomodaba la vestimenta de pie, me quedé junto a una y por alguna razón le pregunté la hora dijo que eran las cuatro de la mañana. Se despidió y pude verla en su totalidad. Con el traje blanco de enfermera. Pensé que no podía tener más de thirteaños y al no llevar mascarilla en no había arrugas en su rostro. Solté a luna y caminé hacia el norte, donde estaban estacionadas las ambulancias en turno. Después de tomar una taza de café, me relajé y me dormí hasta las cigs de la mañana, momento en que debía estar despierto para el control nocturno. Mis días y noches siguieron de manera rutinaria y no compartí con nadie mi conversación con la enfermera. De hecho, con el tiempo dejé de darle importancia. Una noche en el trabajo me puse a reflexionar la primera vez que tuve encuentro con esa enfermera. Esa misma noche falleció alguien era temprano. Las aves estaban inquietas sobre el edificio Hablamos, se despidió y se fue hacia el norte al área de ambulancias. En mi segundo encuentro, las aves también estaban inquietas. Personas vinieron a buscar a su familiar fallecido y nuevamente alguien murió esa noche. Demasiada coincidencia muerte y la aparición de una enfermera desconocida que hablaba conmigo manteniendo distancia y ya a parar creciendo de la nada. Comenté esto a un compañero de urgencias. Me dijo que el uniforme blanco ya no se usa. Desde los años neinety el del aseo se sorprendió. El blanco dejó de usarse. Hace mucho noté que ella estaba sin mascarilla. También mencioné que luna se ponía inquieta cada vez que ella se acercaba. La última vez no olí el cigarro que mencionó y no vi chispa de cigarrillo. Afirmó tener más de cirte años de servicio, pero el del aseo dijo que el hospital sólo tenía túentitu años recordar su rostro. Parecía no tener más de trteaños, lo cual no tenía sentido. Le describí sus señas particulares y que se fue al área donde no debería entrar ni salir. Según el del aseo, coincidimos en que aparecía solo cuando alguien moría entre las tres y las cuatro de la mañana, un escalofrío nos recorrió. No sabíamos si era la muerte o un alma en pena o a quienes llamaban en el hospital la calaca. No volví a ver a esa enfermera y desde esa noche trabajé más tranquilo sabiendo que alguien me cuidaría. No pregunté más, sólo sé que siempre recordaré esas palabras y que alguien cuidará de mí en ese hospital. Hace tres años me vi enfrentado a la difícil decisión de interrumpir mis estudios debido a desafíos académicos que se presentaron en mi camino. Este período complicado coincidió con la noticia devastadora del diagnóstico de cáncer terminal que afectó a uno de mis seres queridos, mi abuelo. La cruel realidad de la enfermedad se reveló en un estado avanzado, dejándonos con la angustia de saber que el tiempo con él se agotaba rápidamente. En aquel momento, la vida se volvió un complicado equilibrio entre intentar avanzar en mis estudios y ofrecer el apoyo necesario a mi familia, que enfrentaba la difícil tarea de lidiar con la enfermedad de nuestro abuelo. Como estudiante, enfrente desafíos académicos que, por desgracia, me llevaron a tomar la decisión de pausar mi educación temporalmente. Sin embargo, esta pausa no fue simplemente un paréntesis en mi vida. Se convirtió en un período de aprendizaje profundo sobre la fragilidad de la existencia y la importancia de las relaciones familiares. Mi nombre es Juan y soy originario de un pequeño pueblo en el Estado de México, donde la vida fluye con la tranquilidad característica de las comunidades más lejanas a la ciudad. Durante ese tiempo he experimentado un crecimiento personal significativo mientras intentaba equilibrar las responsabilidades familiares y personales. Mi abuelo era un hombre de fuertes convicciones arraigadas en ideas machistas. Dejó una marca imborrable en mi memoria. Su relación con mi abuela estaba marcada por golpes, cinturonazos y muchas humillaciones. Tenía una expresión de autoridad que, aunque era común en su época, ahora reconocemos como inaceptable. Con sus propios hijos. Nunca desplegó gestos cariños años creando un ambiente familiar tenso y distante. En este contexto, mi posición como nieto no era privilegiada. Al no estar entre sus favoritos, experimenté un trato que reflejaba sus patrones de comportamiento arraigados. A pesar de mi deseo de conectar con él, me encontré navegando en un mar de indiferencia y desaprobación, pero era mi abuelo y la noticia de su enfermedad me pegó en el corazón, como a todos, aunque la verdad muchas veces prefería no estar cerca de él para evitar insultos y ese tipo de cosas. Aún así, mi mamá prácticamente me rogó que lo cuidara en la última etapa de la enfermedad y la verdad no tenía opción Al final del día. Era mi abuelo y no podía alegar aunque, siendo sincero, no quería hacerlo, y no por mal nieto, sino porque no quería recibir malos tratos. Pero cuando se lo dije a mi madre, ella me dijo que él ni siquiera tenía fuerzas para ser grosero, pues se encontraba muy mal. Yo era el único que podía cuidarlo, pues mis tíos viven en Estados Unidos y solamente mi madre se había quedado en México y como ella trabajaba en una oficina de tiempo completo, no era posible que se encargara de él. A veces pedía permiso, pero no podía estar siempre ahí, porque teníamos muchos gastos y, a pesar de que todos apoyaban, a veces no alcanzaba, ya que los tratamientos eran muy costosos. Mi abuela, por otro lado, es una mujer muy amorosa, aunque renegó de los malos tratos que recibía por amor a sus hijos. Soportó una vida de humillaciones, pero ya estaba muy viejita para cuidar de mi abuelo, así que no había opción. Sólo yo podía cuidar de él. Y pues en el fondo, me sentía mal por mi abuela por todo lo que había pasado y porque, a pesar de eso, ella se sentía culpable por no poder estar presente con el abuelo. Solamente por ella acepté y también por mi conciencia y por qué no iba a estudiar ese año. Así que decidí hacer esa obra de caridad. No tenía conocimientos para cuidar a un anciano enfermo, pero mi abuelita me fue explicando poco a poco lo que ella sabía. También las enfermeras me ayudaron mucho a saber qué hacer y cómo actuar dependiendo el estado de mi abuelo. En esos momentos difíciles, la dualidad de mis responsabilidades pesaba sobre mis hombros. Cuidar de mi abuelo en su estado frágil y terminal era un desafío abrumador. A pesar de la historia complicada que compartíamos, me encariñé de él mientras enfrentábamos juntos la cruel realidad de la enfermedad. Realmente éramos él y yo contra esa horrible realidad. Mi abuelo, a pesar de sus acciones pasadas se convirtió en un ser vulnerable que dependía de mi ayuda. La tarea de equilibrar sus necesidades con las responsabilidades diarias se volvió una carga emocional y física. Aprendí a administrar los cuidados diarios, a comprender sus señales de malestar y a ofrecer consuelo en momentos de dolor. Quienes han pasado por una situación así saben lo difícil que es para el enfermo y para la familia. Es una lucha constante con la esperanza Sucedió lo inevitable. Pasaron cuatro meses desde que me quedé con los abuelos hasta que finalmente mi abuelo falleció. Fue un momento muy complicado para mí personalmente, porque muchos años no era muy feliz viendo al abuelo por sus malos tratos, pero sus últimos días me encariñé con él y sentí muy feo al saber que había perdido la vida. Lamentaba la situación que nos había unido. En fin, mis tíos se llevaron a mi abuela a vivir con ellos. Y en este punto es donde realmente comienza la historia que quiero contarles. Sólo que era necesario dar contexto de lo que había pasado anteriormente en ese entonces me sentía triste, tenía muchos problemas, Todo se me juntó, no tenía trabajo y tampoco iba a estudiar. Una tarde llegó una amiga de mi madre a visitarnos entre la plática. Le habló sobre un asilo donde estaban buscando personal, no enfermeras o médicos, sino más bien asistentes que ayudaran con la libra pieza y cuidado de los ancianos. Entonces mi madre me miró y me dijo que yo podría ser perfecto para ese trabajo, ya que tenía experiencia con lo que había pasado con mi abuelo, que además estaría muy bien. Me ganaría un dinero mientras volvía de nuevo a la escuela. Era una gran oportunidad y la verdad lo vi como algo bueno, aunque también me pondría triste ver a otros viejitos, ya que me recordarían a mi abuelo, pero eso también me haría más fuerte. Creo que estar en un asilo no era algo que me imaginaba hacer, pero al estar viviendo con mis abuelos, me di cuenta de lo triste que a veces es la soledad que rondan los viejos, abandonados y olvidados por sus parientes. Hacen lo que pueden por sobrevivir y darles algo de sentido a sus vidas con cosas como la música o películas antiguas, comiendo sus comidas favoritas y principalmente buscando atención de sus hijos y nietos. Entonces un asilo era aún más triste y no me parecía una mala idea a hacerlo. Con esa nueva oportunidad frente a mí, decidí aceptar el trabajo en el asilo, aunque la idea de enfrentarme a la triste realidad de la soledad en los ancianos me pesaba en el corazón, pero reconocí la oportunidad de brindarles compañía y cuidado. Mi experiencia con mi abuelo se convirtió en una herramienta invaluable para comprender y conectar con los residentes del asilo en un nivel más profundo. En fin, cuando me presenté al lugar para la entrevista, no me pusieron muchos, peros me pidieron que les hablara un poco de mi experiencia con adultos mayores. Si tenía una idea de lo que iba a hacer en ese lugar, yo contesté con mucha honestidad diciendo lo que sabía. Me dijeron que estaba contratado y que podía empezar al día siguiente para irme familiarizando con el personal y con la rutina de los ancianos. La verdad me extrañó un poco que me contrataran de esa manera. Pensé que se necesitaba más experiencia o algunas referencias, pero todo se me hizo relativamente fácil, aunque bueno más tarde entendería la razón. En la primera semana me dediqué a conocer a los ancianos. Muchos ya no sabían quiénes eran ni lo que estaban haciendo en ese sitio. Ellos me parecían los más afortunados, porque los que estaban conscientes de la realidad de alguna manera se sentían tristes o enojados por estar en el asilo o quizás también por las pocas visitas de sus familiares. En ese tiempo no noté nada extraño la verdad hasta la segunda semana que me tocó quedarme junto con otros compañeros en el turno de la noche. Lo normal era que después de las nueve de la noche apagaran las luces y luego reinaba la tranquilidad, o al menos eso era lo que me habían dicho. Sin embargo, aquella ocasión, como a eso de las dos de la madrugada, tocaron la puerta del asilo En varias ocasiones, alguien estaba al otro lado y parecía que quería tirar la puerta a patadas. El Guardia de seguridad fue a revisar eso y se dio cuenta de que era la policía. El oficial dio las buenas noches y dijo que estaban ahí porque les habían marcado desde esa dirección denunciando una emergencia muy importante. Entonces todos nos quedamos extrañados, viéndonos unos a otros intentando entender quién había marcado ya qué emergencia se refería el oficial. La enfermera que estaba encargada esa noche nos pidió revisar todos los cuartos por si alguno de los ancianos tenía celular escondido. Me gustaría aclarar algo muy importante, y es que los únicos teléfonos regulados estaban en las oficinas donde estaba el personal de vigilancia. Revisamos todos los cuartos y nos aseguramos de que todos estuvieran dormidos y la verdad no hubo algo fuera de lo normal. La policía se fue después de hablar con el guardia y de ahí no pasó nada más. La verdad nadie entendía quién había llamado a emergencias. Era algo muy raro. En fin, después de ese episodio extraño con la policía, seguí con mi rutina en el asilo, me rolaban los turnos y a veces la vida nocturna era más tranquila que el día y podía platicar con algunos ancianos que tenían insomnio con el tiempo, me di cuenta de que cada uno de esos viejitos tenía su propia historia. Algunos contaban anécdotas divertidas de su juventud, mientras que otros compartían experiencias más dolorosas. Aprendí a escuchar a ser un confidente para aquellos que necesitaban desahogarse en medio de la obscuridad de la noche. Un día, mientras charlaba con Doña Rosa, una de las residentes más amables, mencionó algo que me dejó pensando. Habló de una presencia extraña que sentía a veces en el asilo, algo que ella no podía explicar. Al principio pensé que eran las típicas historias de fantasmas inventadas que surgen en lugares viejos, pero la mirada seria de Doña Rosa me hizo reflexionar. Se veía muy asustada y parecía que decía la verdad. Y así muchos viejitos también me contaron que a veces escuchaban ruidos raros en las madrugadas o que incluso sentían manos frías en sus cuellos intentando ahorcarlos. Unas noches después pasó lo mismo de la segunda noche. Sólo que en esa ocasión el policía agregó que quien había marcado fingía la voz de un niño y también aseguraba que estaba en el área de entretenimiento. Esa es un área donde hay una televisión y juegos de mesa, donde los ancianos pasan la mayor parte de la tarde, Pero era imposible que alguien estuviera ahí, ya que la puerta estaba cerrada con llave. En este punto, me gustaría mencionar que todos los cuartos tienen una bocina por la cual se les avisa cuando deben salir de los cuartos, ya sea para desayunar o realizar una actividad, pues resulta que esa misma noche todas las bocinas de los cuartos se activaron y se escuchó una estática insoportable. Por supuesto, los ancianos se despertaron y comenzaron a quejarse del ruido. Los que tenían problemas de memoria suponían desesperados al querer salir del cuarto, que estaban en un manicomio en contra de su voluntad. El personal que se quedó esa noche era poco y muchos éramos de nuevo ingreso. Nos costó mucho trabajo controlar la situación, sobre todo por el ruido de las bocinas que no se quitaba. Intentamos desconectarlas, pero el ruido seguía escuchándose. Como mencioné, la mayoría de los que estábamos en el turno de la noche éramos gente que recién se había contratado. Pero una de las compañeras ya había escuchado historias sobre el asilo y nos dijo que en ese lugar habían pasado cosas horribles, que muchos médicos y enfermeras se habían maltratado a los ancianos que iban y venían. Además, había un anciano entre la mayoría que destacó por su comportamiento extraño. El viejo tenía episodios en los que veía un ser peludo con el cuerpo de Gorila y los ojos rojos. Siempre estaba esperando en la puerta del Cuarto. Aseguraba que el Gorila le pedía que jugara con él o si no lo iba a torturar. Lo más horrible es que algunas enfermeras lograron encontrar rasguño y quemaduras de cigarros en varias partes del cuerpo. Aquel anciano fingía la voz de niño como un intento de hacer ver a los encargados su estado vulnerable. Según dice la compañera que contó la historia, el viejo decía que la voz de los niños siempre hay verdad y con eso relataba las torturas del demonio Gorila que los odiaba. Por supuesto, nadie creyó la historia y lo único que hicieron fue darle pastillas para dormir se. Rumorea que el viejo logró escabullirse de la cocina y con uno de los cuchillos se quitó la vida. Desde entonces, el asilo de ancianos no tenía buena reputación. Mucha gente no podía pagar un mejor lugar para sus abuelos, así que los dejaban ahí aún A expensas de la suerte de comentarios que había. La compañera concluyó la historia agregando que ya había escuchado que los bomberos, la Cruz Roja y la policía iban al asilo atendiendo llamadas de emergencia. En otras ocasiones aparecían cosas de la cocina regadas por los corredores o la televisión del área recreativa encendida. Por esto, muchos que tomaban el turno de la noche renunciaban y ni tenían que contratar gente nueva. Los que llevaban más antigüedad se quedaban solo en el turno de la mañana y ocultaban bien esta información para proteger su trabajo. Toda esta historia me puso los pelos de punta. Tuve miedo de que pudiera provocarse algún accidente entre los pobres viejos y la verdad yo no estaba capacitado para una situación así. Fue como a eso de las cuatro de la mañana, que por fin paró el ruido de las bocinas. Desde ese momento el asilo se sumió en un silencio inquietante. Mis compañeros y yo nos miramos conscientes de que algo extraño sucedía en ese lugar. Nadie dijo nada. Solo llevamos a los viejitos a dormir y volvimos a nuestros lugares de trabajo. Nadie quería decir nada sobre lo que había sucedido. Todos estábamos asustados. Pasó un buen rato y me quedé dormido. Claro que está mal dormir en horas laborales, pero me ganó el cansancio y entonces tuve un sueño. En él veía a mi abuelo de joven, como lo recordaba cuando era niño, me estaba llevando a la escuela en su bicicleta, mientras me regañaba por no comportarme como debía. Con esa voz dura y áspera que tenía en el sueño, yo me sentía muy triste y asustado. De hecho, estaba llorando. Mi abuelo iba viendo el camino de frente y de pronto el cielo se puso rojo y mi abuelo volteó la cara hacia mí y me di cuenta de algo aterrador. Se veía muy viejito, como en sus últimos días y estaba muy enojado. De pronto me tomó por el cuello con sus dos manos e intentó Ahorcarme cerré los ojos mientras gritaba y escuché que me dijo que era un mal nieto, pero su voz no era la misma, era una voz gruesa y que parecía provenir del infierno. Y entonces abrí los ojos y me di cuenta de que era un ser horrible. Tenía la cara llena de pelo negro y tenía el cuerpo de animal y sus manos tenían pezuñas. Desperté gritando y todos mis compañeros me preguntaron si estaba bien, pero no les conté. El sueño sólo dije que había tenido una pesadilla. Tenía muchísimo miedo, pero pensé que quizá había soñado eso por la historia que me habían contado. El ambiente en el asilo se volvió más tenso después de esa noche. Las historias sobre presencias extrañas y llamadas de emergencia falsas continuaron. A veces sentía una mirada fría en la nuca mientras caminaba por los pasillos vacíos del asilo durante la noche. Una vez por la noche, mientras daba un recorrido para ver si todo estaba bien, escuché un quejido en una de las habitaciones. Busqué en cuál había sido, pero noté que todos los ancianos estaban dormidos y aún así se seguía escuchando ese sonido. Entonces me di cuenta de que provenía de uno de los cuartos vacíos del asilo. Me acerqué lentamente, pensando en que quizá alguno de los viejitos se había metido ahí por alguna confusión. Cuando abrí la puerta, vi que había un anciano en la cama en posición fetal, dándome la espalda y se escuchaba que lloraba y se quejaba. Entonces le pregunté que si estaba bien, pero cuál fue mi sorpresa que cuando volteó me di cuenta de que era mi abuelo llorando sangre. Cuando me vio, comenzó a maldecirme diciendo que yo lo había matado. Mis gritos fueron silenciados por el sonido de las bocinas, creando un ruido ensordecedor. Salí corriendo de ahí y esa cosa me persiguió hasta el pasillo principal. Me caí y ese ser me jaló del pie burlándose. Cuando volví a verlo era un demonio lleno de pelos como si fuera un animal. Con todas mis fuerzas liberé mi pie de sus garras y seguí corriendo hasta que llegué a donde estaban mis compañeros, todos estaban muy confundidos de nuevo y yo estaba sudando y muy asustado. Quería alargarme de ahí en ese momento, pero sería un cobarde, Así que traté de calmarme y de no decir nada para no armar más alboroto. Por la mañana me fui a casa y le conté a mi madre todo lo que había estado pasando. Ella me llevó con una curandera quien me dijo que ese ser no era mi abuelo. Me dijo que era un demonio que se estaba aprovechando de mi debilidad para hacerme daño y sólo estaba usando el disfraz de mi abuelo. Me dijo que debía ir a ver a mi abuelo a su tumba y perdonarlo por el daño que le había hecho a mi abuela y a todos en general, para que pudiera irse en paz. También me dijo que debía rezar por el alma del anciano que se había quitado la vida en el asilo, para que su alma pudiera descansar en paz. Además, me recomendó rezar un ave maría si llegaba a soñar o a ver de nuevo a esa presencia, para que dejara de perseguirme y seguí todas sus indicaciones, pues ya no quería seguir sintiéndome triste y, además, con miedo por lo de mi abuelo. Quería perdonarlo realmente y lo hice, al igual que mi madre. Decidí seguir trabajando en el asilo porque pensaba que, haciendo lo que me había dicho la curandera, todo estaría bien y, además, no podía dejar a mis amigos del asilo, Pero era cuestión de tiempo para que entendiera que no debía seguir ahí, pues, por un rato, todo estuvo tranquilo, pero llegó una noche en que fue insoportable. Lo que viví era más o menos las tres de la mañana y todos dormían plácidamente, menos los guardias y yo entonces, uno de los guardias me llamó y me dijo que en una de las cámaras se veía algo muy raro. Fui a ver y era verdad, en la sala de entretenimiento se veía una figura sentada mirando a la televisión encendida, en la que sólo había estática. Pensamos que era uno de los ancianos y fuimos a ver, pero en ese momento algo jaló al guardia del pie y corrí, pero algo me detuvo. La figura era mi abuelo pidiéndome ayuda. Se escuchaba muy débil y decía que agradecía mucho que estuviera con él y que, por favor, lo ayudara a tomar sus medicinas. Por inercia me acerqué era como hipnótico y sentía que si era mi abuelo de verdad y cuando me acerqué a esa figura, se arrancó la cara con una mano, descubriendo la carne al rojo vivo. Entonces llegaron los guardias y esa cosa desapareció. Nos preguntaron al otro guardia a mr y que había pasado, pero no dijimos nada. Y la verdad, yo solo me quedé esperando a que el sol saliera para irme de ahí lo antes posible, y así fue. Me despedí de los compañeros con un nos vemos mañana, pero no volví a parar a hija más. Cuando le conté a mi madre lo que había sucedido, me dijo que los fantasmas son emociones que quedan suspendidas en nosotros y entre más triste o violenta sea la emoción más fuerza, tendrá la hora de manifestarse. Por eso en hospitales manicomios y, en este caso, un asilo se pueden dar este tipo de situaciones o en personas que están vulnerables como yo en esos momentos. También es común esa experiencia me dejó muchas enseñanzas. Me di cuenta que el mal se disfraza de tus debilidades para hacerte daño y también me di cuenta de que la vejez es muy triste para quienes quedaron en el olvido. Extraño a mi abuelo y la verdad lamento no haber disfrutado cuando los dos estábamos bien por sus actitudes groseras, pero yo ya lo perdoné y sé que ahora descansa en paz. Había una vez un hospital antiguo y siniestro perdido en los rincones más oscuros de la ciudad. Mi nombre es Samuel y durante muchos años había trabajado como enfermero en ese lugar, atendiendo a pacientes con enfermedades desconocidas y casos médicos extraños, pero ninguna de mis experiencias se compara con lo que sucedió en la habitación novecientos noventa y nueve. La habitación novecientos noventa y nueve estaba apartada en un pasillo sombrío y poco transitado. Desde la primera vez que puse un pie en ese pasillo, sentí una extraña opresión en el aire, como si algo maligno acechara desde las sombras. La habitación en sí era pequeña y fría con las luces parpadeando de manera intermitente, creando sombras que parecían moverse por su cuenta. Lo curioso de la habitación novecientos noventa y nueve era la persistente leyenda entre los pacientes. Cada persona que había sido internada en ese cuarto aseguraba haber visto a una enfermera de aspecto aterrador y todos describían a la misma mujer vestida con el uniforme blanco del hospital, con el rostro cubierto por una máscara quirúrgica, nadie podía ver sus ojos ni su boca, solo la silueta de su figura espectral. Los pacientes contaban historias de la enfermera sin rostro, caminando silenciosamente por la habitación en medio de la noche, realizando tareas rutinarias de enfermería, como tomar la temperatura o administrar medicamentos. Pero lo más inquietante era que, al final de su visita, la enfermera se acercaba a la cama del paciente y susurraba algo inaudible en su oído. Antes de desaparecer en la oscuridad. Intrigado por las historias, decidí pasar una noche en la habitación novecientos noventa y nueve para descubrir la verdad. Detrás de esos relatos, me instalé en la habitación con las luces parpadeando y el aire cargado de tensión, pasar las horas y la temperatura de la habitación descendió notablemente. No importaba cuántas noches pasara en la habitación novecientos noventa y nueve. Nunca lograba ver directamente a la enfermera sin rostro, a pesar de mis esfuerzos por permanecer despierto y atento. Siempre sentía su presencia, pero sus detalles se desvanecían como sombras en la penumbra. Al principio pensé que mis sentidos me engañaban. Tal vez la tensión y las historias de los pacientes estaban afectando mi mente. Sin embargo, las voces, susurrantes en los pasillos y los testimonios de los internados persistían confirmando que algo inexplicable habitaba en esa habitación. Cada noche me sumergía en la oscuridad de la habitación. Novecientos noventa y nueve, con la esperanza de encontrar respuestas. A veces percibía la sensación de ser observado como si unos ojos invisibles estuvieran fijos en mí desde algún rincón oculto. Pero cuando volví a la mirada sólo encontraba la quietud de la sala. Mis compañeros de trabajo comenzaron a dudar de mis relatos, pensando que la tensión y el agotamiento estaban afectando mi salud mental. Sin embargo, la sensación de lo sobrenatural persistía, incluso cuando intentaba explicar lo inexplicable. Una noche decidí llevar una grabadora para captar cualquier sonido extraño que pudiera revelar la presencia de la misteriosa enfermera. Mientras la grabadora registraba el silencio de la habitación, pude escuchar susurros apenas audibles, risas apagadas y pasos que no pertenecían a ningún ser visible. A pesar de mis esfuerzos, la enfermera sin rostro seguía siendo escurridiza. Incluso cuando cerraba los ojos y me concentraba en su presencia, sólo sentía su cercanía, pero nunca conseguía verla directamente, y la frustración y la obsesión comenzaron a afectar mi salud, Pero algo en mí seguía impulsando a descubrir la verdad. Detrás de esa presencia enigmática, la habitación novecientos noventa y nueve se convirtió en un enigma sin resolver, un lugar donde lo desconocido y lo invisible se entrelazaban, desafiando cualquier intento de comprensión. Aunque nunca pude ver a la enfermera sin rostro cara a cara, su influencia dejó una marca indeleble en mi memoria, convirtiendo mi experiencia en una historia de terror que ni el tiempo ni la razón podían borrar la leyenda de la habitación. Novecientos noventa y nueve se extendió como un manto sombrío por todo el hospital. Los pacientes, al enterarse de los relatos sobre la enfermera sin rostro, comenzaron a evitar la habitación a toda costa. Incluso los médicos y enfermeros más escépticos compartían historias entre susurros, creando un aura de temor que rodeaba ese pasillo olvidado. Resultaba extraño que, a pesar de la notoriedad de la habitación, sólo aquellos que estaban enfermos parecían experimentar la presencia de la enfermera. Los pacientes más críticos al borde de la vida y la muerte afirmaban verla en sus momentos más vulnerables. Los que estaban al tanto de la leyenda preferían sufrir en otras habitaciones antes que arriesgarse a enfrentarse a la enfermera sin rostro. Las camas de la habitación novecientos noventa y nueve quedaban vacías y el personal del hospital evitaba pasar por el pasillo, como si el simple contacto con ese lugar pudiera atraerlo sobrenatural. A pesar de la creciente lista de historias y testimonios, nadie se atrevía a investigar a fondo la habitación. La directiva del hospital, consciente del impacto en la reputación del centro de salud optaba por mantener la puerta cerrada y eludir cualquier conversación sobre el tema. Un día, un paciente gravemente enfermo sin conocimiento previo de la leyenda, fue asignado a la habitación novecientos noventa y nueve. No bien ingresó, sus ojos, se agrandaron de terror y susurros ininteligibles escaparon de sus labios temblorosos. La noticia se tira propagó rápidamente y el paciente fue trasladado a otra sala, pero su experiencia sólo alimentó el misterio que rodeaba a la habitación. El hospital se convirtió en un lugar donde los rumores y la realidad se entrelazaban y la habitación permanecía como un enigma sin resolver. Aunque nadie quería enfrentarse a la enfermera sin rostro, su presencia persistía acechando a aquellos cuyas vidas colgaban de un hilo y dejando una marca indeleble en la historia del hospital. Una noche, mientras todo el personal se tomaba un breve descanso en la sala de descanso, el bullicio del hospital se vio interrumpido por gritos desgarradores. Eran gritos de auxilio que resonaban desde la habitación novecientos noventa y nueve, llevando consigo un tono de desesperación que heló la sangre de todos los presentes. El personal, sobresaltado por los gritos, abandonó precipitadamente la sala de descanso y corrió hacia el pasillo sombrío. La tensión en el ambiente se palpaba Mientras se acercaban a la puerta cerrada de la habitación maldita. Los gritos se intensificaban, llenando el pasillo con una cacofonía de angustia y terror. Al llegar a la puerta, vacilaron un momento antes de abrirla. El sonido de las llaves temblorosas en la cerradura resonaba en armonía con los gritos provenientes del interior. Finalmente, la puerta se abrió de par en par revelando la habitación envuelta en penumbra. Para su sorpresa, la habitación estaba vacía. No había pacientes ni personal médico, sólo un silencio inquietante que contrastaba con los gritos que aún resonaban en sus oídos buscaron frenéticamente revisando cada rincón en busca de la fuente de los gritos, pero la enfermera sin rostro seguía siendo esquiva oculta en las sombras. La experiencia dejó a todos con un nudo en el estómago. Algunos comenzaron a cuestionar su cordura, mientras que otros miraban con recelo la puerta de la habitación. El rumor de que algo oscuro y siniestro habitaba allí se volvió más fuerte, alimentado por la experiencia perturbadora de aquella noche. A partir de ese momento, la habitación novecientos noventa y nueve se convirtió en un tabú absoluto. Nadie quería acercarse a ella y los pacientes se negaban a ser asignados a ese espacio, incluso si la necesidad era imperativa. Los gritos de auxilio seguían resonando en la memoria del personal, recordándoles que algo inexplicable acechaba en las sombras. De ese lugar, la enfermera sin rostro continuaba su danza elusiva, desafiando cualquier intento de comprensión. La leyenda de la habitación se profundizaba y el hospital quedó sumido en un silencio inquietante, cada vez que la obscuridad de la noche se apoderaba de los pasillos determinado a descubrir la verdad detrás de la habitación. Novecientos noventa y nueve me sumergí en la historia del hospital, con más años de funcionamiento de los que podía recordar. El hospital albergaba secretos que se desvanecían con el tiempo. Me dirigí hacia los doctores y enfermeros más antiguos, aquellos que habían sido testigos de décadas, de historias y misterios. Entre ellos encontré al doctor Martínez, un médico de mirada cansada, pero llena de conocimientos acumulados a lo largo de los años. Le conté sobre la enfermera sin rostro y los gritos desgarradores que parecían surgir de la habitación novecientos noventa y nueve. Su expresión se volvió sombría como si recordara algo que preferiría olvidar con un suspiro profundo. El doctor Martínez comenzó a relatarme la historia del hospital, una historia que muchos preferían ignorar. Hace décadas, la habitación novecientos noventa y nueve era conocida como la Sala de la desesperación. En aquellos tiempos, el hospital era escenario de experimentos médicos controvertidos y tratamientos poco convencionales. Los pacientes más desahuciados eran asignados a esa sala, donde se llevaban a cabo prácticas médicas arriesgadas en un intento desesperado de encontrar curas milagrosas. Se decía que la enfermera sin rostro era una figura que se manifestaba en respuesta a la desesperación y el sufrimiento extremo de los pacientes. Aquellos que se encontraban al borde de la vida y la muerte sometidos a procedimientos médicos extremos, afirmaban verla como un presagio de su destino. Sin embargo, los resultados de aquellos experimentos fueron catastróficos. Muchos pacientes murieron en condiciones inhumanas y la habitación novecientos noventa y nueve quedó marcada por la tragedia y, como consecuencia, la sala fue cerrada y las prácticas médicas en ella fueron oficialmente condenadas. A medida que el doctor Martínez compartía esta historia, sentí un escalofrío recorrer mi espalda la enfermera sin rostro, que se manifestaba en respuesta al sufrimiento extremo, seguía acechando en las sombras como un eco persistente de un pasado oscuro. Decidí adentrarme aún más en la investigación, buscando registros médicos, antiguos, documentos archivados y testimonios de aquellos que pudieran haber estado involucrados en aquellas prácticas. Quería entender por qué la presencia de la enfermera sin rostro continuaba afectando a la habitación novecientos noventa y nueve, incluso después de tantos años. Al escuchar la oscura historia del pasado del hospital, me embargó una sensación de urgencia. Busqué al doctor Martínez con una pregunta directa. Hay algo que podamos hacer para poner fin a la presencia de la enfermera sin rostro. El rostro del doctor Martínez reflejaba resignación mientras suspiraba profundamente. Hemos intentado de todo a lo largo de los años, confesó exorcismos, bendiciones, cierres temporales de la habitación. Sin embargo, la presencia persiste. Parece que algo más allá de nuestro entendimiento está en juego. A pesar de sus intentos fallidos, insistía en encontrar una solución. Buscamos entre los archivos médicos, registros y antiguos documentos del hospital en busca de pistas que pudieran revelar más sobre la enfermera sin rostro. Cada día que pasaba, la intensidad de la actividad en la habitación novecientos noventa y nueve parecía aumentar. Entrevisté a pacientes que habían experimentado encuentros con la enfermera y a antiguos trabajadores del hospital que habían presenciado eventos inexplicables. Sin embargo, la información recopilada sólo añadía más misterio a la leyenda. Nadie podía explicar completamente la naturaleza de la entidad que habitaba la habitación novecientos noventa y nueve ni cómo enfrentarla. Decidí explorar otras vías, buscando la ayuda de expertos en lo paranormal. Contacté a investigadores de lo sobrenatural, médicos y especialistas en limpieza espiritual. Juntos organizamos una sesión en la habitación novecientos noventa y nueve, utilizando métodos que os iban más allá de la comprensión científica convencional. Sin embargo, cada intento resultó en fracaso. La enfermera sin rostro seguía manifestándose desafiando cualquier intento de expulsar su presencia. La habitación permanecía envuelta en una atmósfera opresiva, como si el tiempo se hubiera detenido en aquel oscuro capítulo del pasado del hospital. En medio de la frustración y la incertidumbre, me di cuenta de que estábamos lidiando con fuerzas más allá de nuestro entendimiento. La habitación novecientos noventa y nueve, marcada por el sufrimiento y la desesperación de décadas atrás, parecía retener una energía oscura que se resistía a ser disipada, a medida que continuaba la búsqueda de respuestas, me di cuenta de que la solución podría requerir un enfoque diferente, uno que implica comprender y reconciliarse con el pasado oscuro del hospital. La clave para liberar la habitación podría estar enterrada en la verdad detrás de los experimentos médicos y las tragedias o obs currieron en ese sombrío rincón del hospital en una noche que cambiaría mi vida para siempre. Un trágico accidente me transformó de personal de salud a paciente en el mismo hospital donde había dedicado tantos años de mi vida. Las circunstancias me llevaron a ocupar una cama de paciente y, para mi sorpresa y temor, la única habitación disponible en ese momento era la novecientos noventa y nueve. La ironía no se perdió en mí, ya que ahora me encontraba en la misma habitación que había investigado intensamente la oscuridad de las alas. Se cernía sobre mí mientras recordaba las historias de aquellos que afirmaban haber visto a la enfermera sin rostro. En mi nueva perspectiva como paciente experimenté sensaciones que antes sólo había escuchado de otros sombras inquietantes danzaban en las esquinas y la temperatura de la habitación parecía fluctuar sin explicación aparente. Recordé las advertencias y las historias susurradas sobre los que habían ocupado esta habitación En el pasado. Durante las noches, me encontraba al límite del sueño esperando ver a la misteriosa enfermera sin rostro. Sin embargo, para mi desconcierto, su presencia parecía ausente. La habitación estaba tranquila, como si la entidad que la habitaba hubiera decidido ignorarme. Los días se volvieron semanas y mi condición de paciente persistía. Mi salud se deterioraba y la habitación novecientos noventa y nueve antes un enigma que investigaba se convirtió en mi lugar de retiro. Los médicos conscientes de mi historial como enfermero me miraban con una mezcla de lástima y cautela como si hubiera sido marcado por algo más que una simple lesión. Fue durante una de esas noches interminables, cuando en un Estado febril y entre sueños, finalmente la vi la enfermera sin rostro se materializó en la penumbra de la habitación, su figura etérea, deslizándose entre las sombras. A diferencia de las historias que había escuchado, no pronunció palabras ininteligibles ni realizó movimientos misteriosos. En cambio, simplemente se quedó ahí observándome con ojos invisibles, desperté, sudando y jadeando, preguntándome si lo que había visto era real o una manifestación de mi propia mente debilitada. Sin embargo, la sensación persistente de que algo oscuro acechaba en la habitación permanecía En ese momento. Comprendí que la respuesta a la liberación de esa sala podría erradicar en mi propia experiencia mi conexión con la enfermera sin rostro se había vuelto más personal y, tal vez a través de la aceptación de los eventos pasados, podría encontrar la clave para poner fin a la presencia que acechaba en la habitación novecientos noventa y nueve. A medida que los días pasaban, mi salud continuaba deteriorándose en lugar de mejorar. A pesar de los esfuerzos del personal médico por encontrar una explicación lógica para mi condición, la realidad era que mi debilidad y malestar aumentaban con el tiempo. Los médicos, desconcertados por mi falta de mejoría, realizaron numerosos exámenes y pruebas médicas en un intento desesperado de comprender la naturaleza de mi enfermedad. Sin embargo, todos los resultados volvían dentro de los parámetros normales, sin señales claras de la causa subyacente de mi deterioro. Las noches en la habitación novecientos noventa y nueve se volvieron más inquietantes, sombras indecifrables se movían a mi alrededor y la presión en el aire parecía aumentar cada vez más. Las enfermeras evitaban hablar abiertamente sobre la enfermera sin rostro, pero su nerviosismo era evidente en sus expresiones y en el silencio incómodo que llenaba la habitación en un intento de encontrar respuestas, busqué la ayuda de mediums y expertos en lo paranormal. Sin embargo, cada sesión resultaba en más confusión y ninguna solución clara. La enfermera sin rostro continuaba siendo una presencia misteriosa, una sombra que se aferraba a la habitación y a mi propia existencia. Una noche, mientras yacía en la cama débil y exhausto, experimenté una visión. La enfermera sin rostro se acercó lentamente a mi cama su figura etérea, reflejando una mezcla de tristeza y compasión. Aunque no pronunció palabras, sentí una conexión como si hubiera algo que ella quisiera que entendiera. En mi visión reviví momentos del pasado oscuro del hospital, vi a pacientes desesperados sometidos a procedimientos médicos extremos en busca de la cura milagrosa que nunca llegó. La habitación novecientos noventa y nueve se convirtió en un testigo silencioso de la tragedia que había ocurrido en su interior. Fue entonces cuando comprendí que la enfermera sin rostro no era sólo una entidad sobrenatural, sino también un reflejo de la angustia y el sufrimiento acumulados en la historia de la habitación. Su presencia estaba conectada a la desesperación de aquellos que habían ocupado la sala en el pasado. A medida que explorábamos el pasado del hospital, la verdad emergió lentamente, revelando las atrocidades médicas que habían ocurrido en la sala y era evidente que la enfermera sin rostro no era sólo una entidad sobrenatural, sino un eco doloroso de un pasado que exigía reconocimiento y reconciliación. Pasaron algunos meses y aunque mi salud continuaba siendo frágil, por fin logré tener mi alta y la presencia de la enfermera sin rostro se desvaneció gradualmente, como si la liberación de la verdad hubiera disipado las sombras que la mantenían atrapada en la habitación. La sala, una vez llena de obscuridad, se transformó en un recordatorio de la importancia de confrontar el pasado para construir un futuro más luminoso. Cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de asignar un paciente a esa sala, advertía con solemnidad sobre la presencia persistente de la enfermera sin rostro. Mis experiencias personales y la revelación de la verdad habían marcado mi vida de una manera que no podía ignorar. Aunque la enfermera sin rostro ya no me visitaba, su recuerdo perduraba como una advertencia sombría de los eventos pasados. Mis palabras de advertencia resonaban en los pasillos del hospital, pero algunos tentados por la necesidad de espacio y ajenos a la historia de la habitación, ignoraban la precaución. A veces nuevos pacientes eran asignados a la habitación novecientos noventa y nueve sin comprender completamente la carga que llevaba consigo. Cada vez que alguien cruzaba la puerta de la habitación podía sentir la tensión en el aire, la atmósfera se volvía densa como si la enfermera sin rostro estuviera evaluando a cada nuevo ocupante. Los médicos y enfermeras observaban con cautela, conscientes de la posibilidad de que la entidad se manifestara. Una vez más, a pesar de mis advertencias, algunos pacientes insistían en que no tenían miedo y que las historias eran sólo supersticiones sin fundamento. Pero a medida que el tiempo avanzaba, las sombras volvían a danzar en la habitación novecientos noventa y nueve, recordando a todos que la verdad una vez revelada no podía ser ignorada, aunque la entidad podía ser elusiva y sus acciones impredecibles. La historia revelada había proporcionado una luz necesaria en medio de las sombras. La habitación, una vez encerrada en el misterio se transformó en un testimonio tangible de la importancia de confrontar el pasado para evitar que sus sombras siguieran acechando en el presente. Mi madre era una amante de las leyendas de terror, aquellas que cambian el panorama por completo. Al momento de escucharlas, siempre me gustaba saber estas historias. Sin embargo, nunca pensé que alguna me cambiaría la vida. Para siempre. Me senté una noche en el sofá con mi madre mi mientras ella comen ó la la historia, la fría y húmeda penumbra del hospital de la cárcel. Se cernía sobre nosotras como una maldición silenciosa. Había cientos de reclusas, mujeres marcadas por diversos errores, atrapadas en un lugar donde la desesperación se mezclaba con el eco siniestro de los pasillos vacíos. Pero lo peor no era la soledad, ni siquiera la constante vigilancia. Era el oscuro rincón del hospital donde eran llevadas cuando sus cuerpos mostraban signos de debilidad alba. Era aquella mujer misteriosa que, junto a sus compañeras de celda, compartían secretos susurrados en la oscuridad, historias que se escapaban entre los barrotes y se perdían en la fría bruma de la noche. Él a la olvidada así lo llamaban. Era un lugar temido por todas, un rincón oscuro donde las sombras cobraban vida propia. Las noches se volvían más inquietantes cuando escuchaban los gritos ahogados de quienes eran llevadas al ala olvidada. Eran gritos de agonía de dolor profundo que resonaba en sus almas y les helaba la sangre. Pero la cárcel era un mundo donde la compasión se evaporaba más rápido que el agua bajo el sol inclemente. Un día fue el turno de alba donde la llevaron al ala olvidada, esposada y temblando. El aire se volvía más denso a medida que se adentraban en la oscuridad y el eco de sus propios pasos resonaba como un tambor triste. Las paredes del pasillo estaban manchadas de sangre seca y las puertas oxidadas crujían como animales moribundos. Cuando la puerta de su Celda se cerró tras de ella, el silencio se apoderó del lugar, sólo interrumpido por el susurro lejano de lamentos desgarradores. Aquella mujer estaba siendo testigo de atrocidades inimaginables. El personal del hospital, sin rostro y sin alma, realizaban experimentos crueles con las presas. Eran como una serie de conejillos de indias de una pesadilla macabra, cuerpos mutilados y almas destroza por la crueldad inhumana entre gemidos y sollozos alba. Se dio cuenta que no eran simples reclusas, se habían convertido en sombras de lo que fueron alguna vez y el ala olvidada se alimentaba de nuestra desesperación y sufrimiento, devorando la esperanza hasta dejar sólo un rastro de desolación en esa oscura prisión. Dentro de la prisión donde el tiempo se distorsionaba y la realidad se desvanecía, aquella mujer comprendió que habían sido olvidadas y desechadas por la sociedad, condenadas a padecer en las sombras de un lugar que nadie quería recordar. Pasaron los meses y Alba notó los primeros síntomas entre sus compañeras. De celda la viruela, una sombra mortífera que se cernía sobre el ala olvidada, comenzó a devorar la salud de las reclusas. Sin piedad, su piel se volvía un lienzo marcado por la enfermedad y los gemidos de dolor llenaban las noches en la cárcel. A pesar de la desesperación que envolvía el aire, el personal del hospital parecía ignora la creciente tragedia. Alba, con sus conocimientos limitados pero agusados por la necesidad de sobrevivir, detectó la gravedad de la situación. Era consciente de que la viruela no esperaría a que alguien tomara medidas y la muerte. Caminaba por los pasillos del ala olvidada y estaba dispuesta a llevárselas a todas con valentía y determinación. ALBA se convirtió en la voz de las enfermas. Gritó a través de las rejas de sus celdas, demandando ayuda y atención médica, pero sus súplicas caían en oídos sordos. El personal del hospital continuaba con sus experimentos crueles, como si la miseria que se desplegaba ante sus ojos no fuera más que sombras efímeras. Frente a la inacción de quienes deberían protegerlas, ALBA tomó medidas drásticas, utilizando las pocas pertenencias que poseía. Improvisó una mascarilla para protegerse a sí misma y a las demás de la virulenta amenaza. Como una sombra en movimiento, se infiltró en las celdas de las enfermas, llevando consigo la débil luz de la esperanza. Mientras mi madre seguía contando la historia. Cada vez sentía un escalofrío que invadía mi ser era como si algo se apoderara de mí. Por un momento sentí que también estaba viviendo esa experiencia con manos temblorosas pero decididas. Alba cuidó de sus compañeras, limpió sus heridas, alivió sus fiebres y les ofreció consuelo en medio de la oscuridad. Era una presa, una sombra olvidada por el mundo exterior, pero en aquel momento se convirtió en el faro de esperanza que iluminaba el desamparo del ala olvidada. Sin embargo, la viruela no mostraba piedad y una a una, las compañeras de Alba caían víctimas de la implacable enfermedad. La desesperación amenazaba con ahogarla, pero ella persistía en su lucha silenciosa contra la indiferencia y la muerte que acechaba en cada rincón la cárcel se volvía un campo de batalla entre la vida y la muerte, donde la crueldad del ala olvidada se combinaba con la inercia del hospital. Alba envuelta en la oscuridad de la noche y la desesperación se aferraba a la esperanza de que algún día a la luz llegaría para disipar las sombras que oscurecían sus vidas. Con cada día que pasaba, el número de cuerpos que caían víctimas de la viruela aumentaba el patio trasero. Una vez olvidado y abandonado, se convirtió en un campo santo improvisado para las reclusas que no lograron resistir la letal danza de la enfermedad. Alba, con lágrimas en los ojos y el peso del lamento en el corazón, participaba en la dolorosa tarea de enterrar a sus compañeras. Su desesperación la impulsaba a robar medicinas del hospital para salvar a las pocas que aún luchaban por sus vidas. Pero en ese macabro ballet de supervivencia, una presencia maligna parecía obstaculizar cada intento de Alba. En la penumbra del hospital, sombras aparecían y murmullos inhumanos resonaban en los pasillos, como si un espectro oscuro estuviera tejiendo un velo que que impedía cualquier esperanza de cura. Cada vez que Alba se acercaba a las medicinas, una fuerza invisible la frenaba puertas que crujían misteriosamente pasillos que se oscurecían de repente, como si las sombras mismas se confabularan en su contra y en sus pesadillas nocturnas. Alba sentía la presencia de algo malévolo, acechando en las sombras una entidad sin rostro que la observaba con ojos vacíos. En ese momento, mi madre y yo escuchamos un golpe. Ambos nos espantamos, pero era mi prima quien había llegado a la casa y que, enseguida se sentó en el suelo de la sala para escuchar conmigo lo que poseía de aquella leyenda. La desesperación se entrelazaba con el miedo, pero la determinación de Alba no se quebraba fácilmente. Y decidida a vencer la obscuridad que amenazaba con devorarlas a todas, se aventuró una vez más en el corazón del hospital. La luz parpadeante de una lámpara titubeante apenas iluminaba su camino, pero alba no se detuvo. Cada paso era un desafío. Cada suspiro resonaba como un eco en el abismo de la noche. Cuando finalmente alcanzó las medicinas, una ráfaga de viento gélido barrió el pasillo, apagando la luz y sumiéndolo todo en la negrura. La fuerza maligna se manifestaba una sombra que tomaba forma en el rincón más oscuro del hospital. Alba sintió la presión en el aire como si la misma obscuridad estuviera tratando de expulsarla, pero su valentía superó el miedo y, con manos temblorosas pero decididas, agarró las medicinas y huyó de ese lugar infestado por lo desconocido, a medida que retornaba al patio trasero, el silencio se rompía con el lamento de las almas perdidas, convertida en la única luz en medio de la oscuridad. Sabía que la batalla contra la viruela y la presencia maligna estaba lejos de terminar. Sin embargo, con cada medicina que administraba, con cada intento de vencer a las sombras, Alba sostenía una frágil llama de esperanza en medio del sombrío infierno que se había desatado en el ala olvidada. Cada escenario que contaba mi madre me hacía sentir lástima por aquella mujer. Sin embargo, sabía que había algo más que contar. Ante esa situación, el tiempo pasó implacable para Alba y a medida que la viruela tomaba posesión de su cuerpo, cada día se convertía en una batalla más ardua. Su piel antes firme y llena de vida se volvía un paisaje árido y desolado, marcado por las cicatrices de la enfermedad. A pesar de sus esfuerzos por mantener la esperanza, la realidad se desmoronaba a su alrededor. En medio de la fiebre y los escalofríos. Alba se debatía entre la realidad y la pesadilla. Sombras se retorcían en las esquinas de su celda figuras sin rostro que susurraban palabras ininteligibles. Dudas se agolpaban en su mente febril, cuestionando si lo que veía eran almas atrapadas en el limbo de la muerte o simples reflejos de la fiebre que consumía su ser. El hospital antes un lugar de desesperación se convirtió en un laberinto de sombras que Alba debía atravesar. Las luces parpadeaban intermitentemente como destellos de la vida que aún persistía en medio de la penumbra, pero la oscuridad amenazaba con devorar incluso esos últimos vestigios de esperanza. Las medicinas robadas habían sido agotadas y la ayuda que Alba ofreció a sus compañeras ahora se revertía hacia ella misma. La viruela sin piedad avanzaba dejando a su paso una estela de dolor y desesperación. Cada paso era una agonía y el rincón olvidado de la cárcel se convertía en su propio purgatorio. En sus momentos más lúcidos, Alba se preguntaba si la presencia maligna que había enfrentado antes era real o simplemente un producto de su fiebre desbordante. Las sombras danzaban en torno a ella. Realmente no sabía si estaba enloqueciendo o si aquel hospital ocultaba algo más. Realmente era un suceso del cual no podía alejarse. Las súplicas de Alba resonaban en la penumbra del hospital. Un eco desesperado que se perdía en los recovecos del ala olvidada imploraba por más medicinas, por un atisbo de esperanza que pudiera calmar la fiebre abrasadora que la consumía. Sin embargo, las risas burlonas y los murmullos siniestros eran su única respuesta. El personal del hospital rostro sin expresión y ojos carentes de compasión la miraban con desdén eres. Sólo una más de la estadística murmuraban entre ellos como si la vida de Alba fuera un número insignificante. En un informe olvidado le decían que las órdenes venían desde el más allá, como si fueran simples marionetas en manos de una fuerza oscura que dictaba su destino. Cada rincón del hospital parecía estar impregnado de una malevolencia que no conocía límites. Las palabras hirientes resonaban en los pasillos y la risa macabra se entrelazaba con el lamento de las almas perdidas. La realidad se volvía un laberinto confuso, donde las sombras bailaban al compás de la desesperación. Alba, abrazando la última hebra de su humanidad, continuaba su lucha en medio del desprecio y la indiferencia rogaba por su vida y la de sus compañeras, pero sus ruegos caían en oídos sordos y la respuesta de aquellos que debían ser guardianes de la salud era el eco vacío de la crueldad. La fiebre persistía y las sombras que la acosaban en su Celda se volvían cada vez más intensas. A medida que la esperanza se desvanecía, Alba se enfrentaba a la cruda realidad, la orden no era salvar a esas mujeres, sino Desaparecerlas eran piezas desechables en un juego macabro, marionetas en manos de fuerzas invisibles que sólo buscaban el olvido. En su delirio Febril, Alba veía rostros que se burlaban de su desesperación. Le decían que no había escapatoria, que la oscuridad la reclamaría como a las demás. Pero en el rincón más profundo do de su ser Alba seguía luchando aferrándose a la débil luz que aún brillaba en su interior, la cárcel convertida en un teatro de la crueldad. Veía cómo las reclusas eran sacrificadas en el altar del olvido y mientras el ala olvidada devoraba las vidas de las mujeres marcadas por la negligencia y la malicia, Alba, aunque debilitada y cercana, al abismo seguía siendo un susurro de resistencia en medio de la obscuridad y de sombras que la rodeaban de pronto. Aquella curiosidad de cómo mi madre sabía esa historia comenzó así que no tuve otra opción que interrumpirla y cuestionar sobre el origen de aquella historia de terror tan desgarradora, Así que mi madre siguió narrando todo con la fuerza de su espíritu, consumida por la fiebre y la desesperación. Alba se aferró a la última chispa de conciencia en su Celda, donde las sombras danzaban y los murmullos inquietantes llenaban. El aire tomó un trozo de papel y una pluma temblorosa. La luz parpadeando de una lámpara apenas iluminaba la escena, pero Alba no se detuvo con cada palabra escrita. Liberaba el peso de su alma, narrando el horror que había presenciado en el oscuro rincón del hospital de la cárcel. Describió las risas burlonas, las sombras que la acosaban y la indiferencia de aquellos que debían velar por su salud. Detalló las lágrimas vertidas por las almas perdidas y la fiebre que consumía su ser como un fuego inextinguible. La pluma trazaba un relato de dolor y desesperación, pero también de valentía y resistencia. Alba deseaba que su historia trascendiera las paredes de la cárcel, que las generaciones futuras conocieran la verdad oculta en las sombras del ala olvidada. En su carta, Alba dejó un legado de lucha y resistencia un testimonio de las vidas perdidas y las injusticias sufridas en aquel lugar. Maldito pidió a quienes la encontraran que contaran su historia, que la hicieran eco para que las sombras no devoraran completamente la memoria de las mujeres olvidadas en ese rincón de la cárcel con manos débiles, pero con una determinación inquebrantable, Alba selló la carta y la colocó en un lugar donde esperaba que algún día alguien la encontrara. Mientras lo hacía, las sombras parecían retirarse como si respetaran el acto final de resistencia de una alma que se negaba a ser olvidada. Los días pasaron y la salud de Alba se desvaneció lentamente, pero su legado plasmado en aquella carta perduraría y las generaciones futuras leerían sus palabras y conocerían la verdad que había sido enterrada en la oscuridad de la cárcel. La historia de Alba se convertiría en un relato que sería contado en susurros, suspiros y terror. Al terminar la leyenda, supe que se trataba de una leyenda familiar transmitida de generación en generación. Aquella Carta llena de dolor y resistencia, se volvió un relicario de la memoria de la familia, una advertencia silenciosa sobre el oscuro rincón de la cárcel que había devorado a tantas almas. Los descendientes de Alba, como mi madre, compartían la historia como un cuento de advertencia, un recordatorio de que incluso en los lugares más olvidados, el mal podía arraigarse y consumir la esperanza la cárcel, ahora abandonada y envuelta en el manto del tiempo, se había vuelto un lugar maldito donde la oscura leyenda de las mujeres olvidadas persistía. Aunque la cárcel permanecía en pie, nadie se acercaba a ella. Las sombras del pasado y la leyenda de alba mantenían a la gente alejada como si el lugar estuviera marcado por una maldición imposible de disipar. La malevolencia que una vez había habitado en el ala olvidada seguía siendo palpable una energía ominosa que mantenía cerradas las puertas de la cárcel para siempre. Sin embargo, un día, impulsado por la necesidad de comprender mis raíces, decidí desafiar la prohibición y tomé del cajón de mi madre, lo que me serviría y con la carta de Alba, como guía, me aventuré en la cárcel abandonada. Decidí desenterrar la verdad oculta detrás de la leyenda, a medida que caminaba por los pasillos vacíos y las celdas olvidadas. La presencia del pasado parecía envolverlo sombras danzaban en las paredes, murmullos delatadores resonaban en el silencio, pero seguía adelante guiado por la fuerza del linaje que lo impulsaba. En una de las celdas. Entre polvo y sombras, encontré un rincón secreto, Un pequeño compartimento reveló un tesoro oculto. Era la celda de Alba. Lo sabía bien, pues tenía su nombre marcado en las paredes viejas y maltratadas. La cárcel abandonada y olvidada por el mundo seguía siendo un testamento silencioso. De la tragedia que la había envuelto. El explorador se comprometió a llevar consigo la historia de Alba, a compartir la verdad que yacía sepultada en aquel lugar maldito. Así, la leyenda de Alba persistió trascendiendo las barreras del tio tiempo y convirtiéndose en un legado familiar. La cárcel, una vez escenario de horrores inimaginables se mantenía en el abismo del olvido. Pero la historia de Alba seguía viva una luz que iluminaba la oscuridad de los secretos enterrados en el ala olvidada. Al leer la carta nuevamente y en ese lugar sentí la carga de la historia familiar pesar sobre mis hombros, las palabras de resistencia y desesperación resonaban en la cárcel abandonada como un eco inquietante que desafiaba al tiempo. Me adentré en los pasillos polvorientos, guiado por la fuerza de la narrativa que había llegado hasta mí a través de los años. A medida que exploraba las celdas olvidadas. Un susurro suave y perturbador se coló en mi conciencia una voz etérea apenas audible. Me aconsejaba huir de aquel lugar. Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda mientras las palabras resonaban en mis oídos. Si no te vas, ahora no saludados vivo de aquí. Los demonios que acecharon este lugar aún persisten. Mis pasos se volvieron más vacilantes y la oscuridad parecía cerrarse a mi alrededor como un abrazo gélido. La leyenda contada cobraba vida y la presencia de aquellas fuerzas malignas aparentemente aún presentes se manifestaba en susurros invisibles. La tentación de huir era abrumadora, pero algo en mí se resistía. La curiosidad y el deseo de entender la verdad me mantenían en pie, aunque el susurro persistente insistía en que abandonara toda esperanza. De repente, una sombra se materializó en el rincón de una celda y la temperatura del aire descendió de manera abrupta. Era como si el tiempo mismo se hubiera detenido la voz. Susurrante tomó forma en la penumbra, revelando una figura indistinta que emanaba una presencia sobrenatural. Fue un error adentrarte aquí. Murmuró la sombra sus palabras resonando con un tono cargado de advertencia. Las almas atrapadas no descansan ni los demonios que una vez se deleitaron en la desesperación, aún vagan por estos pasillos. Una sensación de peligro inminente me invadió y el susurro se intensificó, instándome a abandonar toda esperanza y huir mientras aún podía, pero algo dentro de mí se negaba a ceder. Con la carta de Alba aún entre mis manos, decidí enfrentar las sombras y desentrañar los misterios que habían condenado a tantas almas. Al olvido con cada paso, el susurro se volvía más frenético como un viento siniestro que intentaba arrastrarme hacia la salida. Pero con valentía y determinación me adentré más en la oscura historia de la cárcel, dispuesto a desafiar a los demonios que aún persistían en aquel lugar maldito. Sin embargo, después de unos minutos sentía como me faltaba el aire y decidí abandonar rápidamente el lugar para ya no volver nunca más. Fue en ese momento donde supe que aquella historia era real y que ahora se había convertido en una leyenda que debía cargar en mi familia para poder sobrevivir y afrontar los demonios que Alba no pudo detener. Relatos escritos y adaptados por Lis Rayón