Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Juegas Conmigo? - La Mujer Del Río Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Desde mi infancia recuerdo claramente como mi abuelo siempre fue un hombre de carácter fuerte, que tenía un fuerte deseo, porque todo estuviera ordenado y con todas las medidas de seguridad posibles, sin importar que tan pequeñas o ridículas fueran. Siempre creí que si nos pudiera meter en una burbuja que fuera a prueba de todo, sin lugar a duda lo haría. En lo que más mi abuelo tenía problema y restricciones era con el agua. Siempre que nos acercábamos a algún lugar con agua lo suficientemente profunda como para cubrir nuestro cuerpo, algo desencadenaba una reacción incontrolable en mi abuelo se volvía ansioso, a veces incluso llegaba al pánico y todos salíamos de la piscina o del lugar acuático en cuestión. Nunca comprendí del todo su actitud, pero mis padres siempre nos decían que, dado que era una persona mayor, debíamos hacerle caso para mantener la paz familiar. No fue sino hasta que cumplí los doce años que mi abuelo decidió compartir conmigo la historia detrás de su enorme fobia al agua. Era una historia que sólo revelaba a los mayores de doce años. Según la tradición familiar, Todos en la familia estaban conscientes de esta aterradora historia que mi abuelo estaba a punto de revelar, aunque sinceramente, la mayoría de la familia parecía pensar que era simplemente la imaginación de un anciano, un cuento maca protegido por el paso del tiempo. Sin embargo, yo, a diferencia de los demás, creía cada palabra que salía de los labios de mi abuelo, podía sentir su miedo la autenticidad en cada relato. A pesar de las miradas de escepticismo que recibía, estaba decidido a descubrir la verdad detrás de esa fobia que lo perseguía. Todo empezó cuando mi abuelo tenía alrededor de diez años en su infancia. Vivió en un pueblo cuya ubicación exacta nunca fue demasiado clara. Para mí. Era como si mi abuelo quisiera mantener ese lugar envuelto en un velo de misterio. Supongo que no quería que bajo ninguna circunstancia fuéramos a verificar si podíamos vivir una experiencia similar a la que había vivido mi abuelo. Era el segundo de cinco hermanos. Con ambos padres trabajando durante todo el día, no tenían tiempo para cuidar de ellos. Su madre contrataba a una señora, la señora Marta, para que preparara la comida y los vigilara de vez en cuando. Sin embargo, ella no se quedaba todo el día y el pago sólo garantizaba que mi abuelo y sus hermanos pudieran disfrutar de una comida caliente hasta que sus padres regresaran a casa. La señora Marta, de unos treinta o treinta y cinco años, se lía de vino, vivía sola y parecía no tener interés alguno en formar una familia propia. Aparentemente desinteresada en lo que hacían. Se volvía la niñera perfecta para mi abuelo y sus hermanos, ya que no intervenía mucho en sus travesuras, permitiendo que hicieran lo que ellos querían hasta que sus padres volvían a casa. La dinámica de crecer con una supervisión mínima y sin límites claros pronto llevó a que mi abuelo y sus hermanos se convirtieran en niños que, por lo general, no tenían mucho respeto por las normas establecidas por los adultos del pueblo. Esta falta de control y la ausencia de figuras de autoridad desataron una serie de eventos descontrolados que pronto se volvieron problemáticos. Las travesuras y los problemas crecieron de manera proporcional a la libertad que disfrutaban los niños. La situación se volvió insostenible cuando las quejas de los vecinos comenzaron a acumularse. Los padres de mi abuelo, conscientes de la necesidad de mayor super vino, tomaron medidas. Fue entonces cuando su madre, en un intento desesperado por evitar más problemas. Solicitó a la señora Marta, la mujer que ya estaba encargada de preparar la comida, que se quedara un poco más para vigilar a los niños y asegurarse de que estuvieran en casa durante todo el día. La aceptación de la señora Marta para quedarse marcó el inicio de un período en el que la diversión y la libertad de mi abuelo y sus hermanos fueron restringidas. Ya no podían salir de la casa como antes, y la nueva supervisión provocó un resentimiento creciente hacia aquella mujer que sólo estaba cumpliendo con su deber de mantener el orden. Un día, la rutina se vio interrumpida cuando la señora Marta tuvo que ir al río para lavar su ropa. En ese momento no existían las lavadoras y muy pocos se podían permitir un lavadero fijo en su casa, por lo que la mayoría de los habitantes recurrían al río para esta tarea. La mujer propia puso que los niños la acompañaran, permitiéndoles nadar mientras ella realizaba su quehacer ansiosos por salir de casa. Los cinco hermanos aceptaron con entusiasmo la invitación. Según mi abuelo, esos momentos en el río eran inolvidables. Los niños, con toda su energía infantil, disfrutaban de la libertad momentánea nadando y jugando bajo el cálido sol de la tarde. Sin embargo, cuando la tarde comenzaba a ceder ante la llegada del anochecer, la señora Marta les indicó que era hora de regresar a casa. En ese punto, la trama dio un giro inesperado. Los hermanos, en complicidad, idearon un plan para asustar a la señora Marta. La broma que comenzó como una idea infantil de hacerle creer que uno de ellos se estaba ahogando, tomó forma alrededor de una leyenda local, la Dama del Río, una historia conocida por todos en el pueblo, que advertía sobre no permanecer cerca del río. Después de que el sol se pusiera, ya que era la hora en que esta figura misteriosa se manifestaba la idea de asustar a la señora Marta utilizando la leyenda, se gestó y decidieron que el hermano más joven sería el protagonista de la farsa. Creían que, al ser el menor, la señora Marta se asustaría aún más, creyendo que la leyenda cobraba vida, aunque la intención original era simplemente hacer una broma. Mi abuelo admitió que, siendo niños, a veces ignoraban los peligros evidentes. La historia que rodeaba a la dama del río se tejía en torno a un pasado lleno de misterios y secretos que con el tiempo se convirtió en una leyenda arraigada en la mente de los habitantes del pequeño pueblo. Se decía que esta mujer, junto con su esposo e hijos, llegó al lugar aproximadamente cincuenta o sesenta años atrás. Aunque su residencia no era la más lujosa, se podía observar que la familia no carecía de recursos económicos. Provenían de algún lugar de España y, según la especulación del pueblo, su fortuna era considerable, aunque trataban de ocultarlo. Lo intrigante de la familia era su aura de misterio y el hecho de que aparentemente estaban huyendo de algo grave. Los más ancianos del pueblo recordaban claramente como la señora insistía en que si alguien preguntaba por ella, todos debían negar conocerla. Este comportamiento inusual generó intrigas en la Comunidad y muchos intentaron desentrañar el enigma detrás de la llegada de esta familia al tranquilo pueblo. Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron en vano y el misterio permaneció resguardado en el silencio de su hogar. La historia de terror dio un giro inesperado cuando una mañana el cuerpo sin vida de la mujer fue descubierto flotando en las orillas del río que serpenteaba cerca del pueblo. La consternación se apoderó de la Comunidad, pero la extrañeza se intensificó cuando, al ir a ofrecer sus condolencias a la familia, se dieron cuenta de que la casa estaba vacía. Habían desaparecido durante la noche sin dejar rastro alguno. Este suceso aterrador por sí mismo fue sólo el comienzo de lo que estaba por venir. Un par de meses después, los eventos aterradores comenzaron a suceder. Aquellos que se aventuraban al río para lavar o simplemente pasar por ahí en la oscuridad del anochecer, afirmaban ver a una mujer flotando en medio del agua sus pies sin tocar la superficie, su mirada perdida apuntaba hacia la nada como si estuviera aguardando la llegada de algo o alguien que jamás llegaría. Esta visión en sí misma era inquietante, pero la verdadera pesadilla comenzó cuando algunos adolescentes del pueblo decidieron enfrentarse al misterio curiosos y desafiantes. Los jóvenes se propusieron esperar a la dama del río para acercarse lo suficiente o incluso arrojarle algo. Sin embargo, la mañana siguiente trajo consigo la confirmación de que algo oscuro estaba en juego. Uno de los adolescentes, el valiente o imprudente que lideraba la expedición, fue encontrado sin vida, su cuerpo flotando en la orilla del río. Los compañeros horrorizados narraron como la dama del río los persiguió, marcando el trágico final de su intento de desafiar lo desconocido. Contaron cómo la curiosidad y la valentía impulsaron a los jóvenes a explorar los misterios que el río ocultaba. Se adentraron en la penumbra tratando de escuchar o ver algún indicio de la dama del río. Sin embargo, su atrevimiento tuvo consecuencias inesperadas. En un momento, la dama del río atrapó a uno de los chicos y lo último que sus compañeros pudieron presenciar. Fue como ella lo tomaba por el tobillo y, en un acto casi hipnótico, lo sumergía en el río, desapareciendo con él en las profundidades. Un silencio tenso se apoderó del grupo que observó con horror la gerra cena. Pasaron al menos quince minutos antes de que la Dama del Río emergiera, acompañada del cuerpo sin vida del amigo. El pánico se apoderó de los testigos, quienes huyeron despavoridos, rezando para no ser los siguientes en la lista de las víctimas. A partir de ese fatídico día, la leyenda de la dama del Río se arraigó en el pueblo como una regla de supervivencia de no permanecer en el río. Al anochecer la historia, se convirtió en un tabú, una advertencia susurrada entre los habitantes. La misteriosa entidad que vagaba por las aguas del río se volvió. El temor colectivo y la oscura fama que la rodeaba se extendió generación tras generación. Ahora bien, la broma que mi abuelo y sus hermanos idearon para la mujer que los cuidaba no estaba exenta de peligros. El plan consistía en hacer creer a la niñera que uno de los pequeños se estaba ahogando, recreando así la leyenda de la dama del río sen n n Nero. Embargo, la situación tomó un giro inesperado cuando la mujer entró en un estado de preocupación genuina. Sin perder tiempo, la niñera se sumergió en el río tratando desesperadamente de salvar al supuesto niño indefenso. Logró tomarlo y salir con el hacia la orilla aliviada por lo que creía haber sido un rescate exitoso. Sin embargo, en lugar de sentirse avergonzados por su propio engaño, los hermanos comenzaron a reírse revelando que todo había sido una broma inofensiva. El hermano mayor, con un toque de sarcasmo, repitió en la actuación, volviendo a sumergirse en el río y proclamando ser víctima de la dama del río. Las risas de los niños resonaron con fuerza, burlándose de cómo la niñera había caído en la trampa. Sin embargo, la mujer no compartía el sentido del humor y se notaba en su rostro enfadado y humillado. Empezó a recoger apresurada da la ropa lavada, indicando con claridad que su disposición a cuidar a los niños había llegado a su fin. Parecía que en ese momento ya no le importaba si los niños querían irse con ella o no mi abuelo y sus hermanos, sintiéndose culpables por la dirección que había tomado la broma, reflexionaron sobre la crueldad de sus acciones. Aunque la niñera nunca fue la más atenta con ellos, siempre procuraba que estuvieran bien. La broma, en lugar de ser una simple travesura, se había convertido en un recordatorio de la delgada línea entre el entretenimiento inocente y la crueldad y como las acciones podían tener consecuencias imprevistas. La penumbra del anochecer envolvía el paisaje y aunque aún no había caído la noche en su totalidad, la visibilidad disminuía considerablemente. Los hermanos, a pesar de haber escuchado las historias sobre la dama del lago desde su infancia, nunca se habían aventurado al río en esas horas tardías las la oscura, sin embargo, no generaba un miedo particular en ellos, tal vez porque la leyenda seguía haciendo eso una narración de susurros nocturnos. Conscientes de su error, Al jugarle una broma de mal gusto a la mujer que los cuidaba, caminaron descalzos y en ropa interior hacia ella para ayudarle a recoger sus pertenencias. Pero la niñera herida en su dignidad, no mostraba interés en perdonar Fácilmente se apresuró a recoger su ropa, decidida a alejarse de aquel lugar lo más pronto posible. Los hermanos, en un gesto de arrepentimiento, contemplaron la escena durante unos instantes, debatiéndose entre seguir a la mujer para disculparse o darle espacio. Y en ese dilema, un sonido rompió la quietud de la noche. Un chapoteo inusual resonó en el aire similar al sonido del agua. Moviéndose extrañados, voltearon hacia el río y lo que presenciaron nos humió en un horror paralizante de las oscuras profundidades. Emergió una cabeza, desafiando cualquier lógica. La tensión se apoderó de mi abuelo y sus hermanos Al ver claramente como algo o alguien surgía del agua. No podía ser una simple mujer que hubiera decidido sumergirse en el río. No había otra entrada al agua y ellos habían estado ahí todo el tiempo. El terror los envolvió cuando con asombro pudieron distinguir la figura que emergía. Una cabeza pálida y desgastada se rebeló ante sus ojos atónitos gritos de horror resonaron en el aire y aquella mujer que los cuidaba, a pesar de tener más razones que nunca para ignorarlos. También volteó hacia la inquietante escena la dama del río o lo que fuera a esa entidad. Emergiendo de las aguas, provocó el causa en los corazones de los hermanos. Rápidamente, la niñera corrió hacia ellos gritándoles que se alejaran del lago sin perder tiempo. El abuelo y sus hermanos se n pusieron en marcha alejándose a toda velocidad. La niñera, a pesar de ser capaz de superarlos con facilidad, se quedó atrás, asegurándose de que ninguno de los niños fuera alcanzado por el espantoso espectro que los perseguía. La velocidad implacable de la entidad era aterradora una sombra que se cernía sobre ellos con la intención de cobrarse una vida más para su siniestra lista. La implacable persecución les dejó claro que no tenían escapatoria. La noche, que antes era sólo un manto oscuro, se volvía ahora testigo de su carrera desesperada. Lejos de la dama del río, cuya presencia se manifestaba con una persistencia implacable, mientras los hermanos corrían desesperadamente, un grito desgarrador resonó en el aire, rompiendo la atmósfera del aterrador. Evento no provenía del ser demoníaco, sino de la niñera que había sido alcanzada por aquella entidad sobrenatural. Atónitos se voltearon para presenciar la horrorosa escena. El espíritu oscuro había capturado a la mujer que los había cuidado envolviéndola entre sus brazos espectrales. Antes de elevarse por los aires y dirigirse hacia el río, sus gritos desesperados resonaron en la noche implorando ayuda, mientras el espectro se alejaba con su presa. El abuelo me relató cómo, a pesar del terror que los invadía, corrieron en busca de ayuda en el pueblo. Sin embargo, la respuesta fue desalentadora. Nadie se atrevió a intervenir. Simplemente les aconsejaron que se calmaran y, sobre todo, que no regresaran al lago. Incluso sus padres. Al enterarse de la tragedia, los encerraron en casa para evitar que buscaran a la mujer desaparecida a la mañana siguiente. La cruel realidad se confirmó una mujer, su niñera, fue hallada ahogada en el lago y el abuelo sumido en la culpa me confesó que se ha sentido responsable toda su vida por aquella tan la tragedia. Cree que si hubiera sido más respetuoso y obediente con la niñera, si no hubiera propuesto la broma de mal gusto, quizás ella habría vivido una vida plena y feliz. Lejos de ser una experiencia traumática superada. La historia de la dama del río siguió acosando al abuelo. No fue sólo la pérdida de la niñera, sino también la sensación de impotencia y frustración ante aquel ser sobrenatural. En un intento desesperado por enfrentarse a la entidad que le había arrebatado a la niñera, el abuelo, en un arranque de rabia, se enfrentó al lago, desafiando al espíritu que había marcado su vida. Lo insultó, lo desafió y lo provocó, esperando que aquel ente saliera para llevarlo consigo, deseando en cierta forma ser liberado de su dolor. No obstante, la entidad no respondió al desafío, no emergió del lago para llevarse al abuelo, como lo hizo con la niñera. Esta ausencia de respuesta sólo intensificó la cara larga emocional que llevaba consigo el abuelo, dejándolo con un peso en el alma que persistiría a lo largo de los años. Sin embargo, aunque aquella mujer no emergió del agua aquel fatídico día, algo cambió en la vida del abuelo. Los sueños se convirtieron en la nueva frontera de su tormento. Noche trasnoche se sumergía en pesadillas repetitivas, donde el espíritu de la dama del río abrazaba a la niñera, sumergiéndola implacablemente en las aguas oscuras, hasta que su cuerpo sin vida flotaba en la superficie. La mirada penetrante y la risa malévola de la entidad quedaron grabadas en su mente, dejando cicatrices emocionales que perduraron a lo largo del tiempo. Las pesadillas, aunque perturbadoras no se detuvieron ahí. En una ocasión, la visión del sueño tomó un giro aún más siniestro. La dama del río. Después de ejecutar su macabro acto, se acercó al abuelo en el sueño en un tono sereno y oscuro. A la vez le dijo que no planeaba matarlo, pero lo condenó con una profecía espeluznante aquellas personas a las que más apreciaba, todos, aquellos cercanos a su corazón, sucumbirían a las garras del agua. A lo largo de los años, la profecía se hizo realidad de manera escalofriante. Sus padres y sus cuatro hermanos se encontraron la muerte en incidentes relacionados con el agua, una serie de tragedias que marcaron su existencia y le arrebataron a quienes más amaba. La conexión con el agua se convirtió en una fuente de miedo y dolor, y el abuelo se volvió extremadamente cauteloso, incluso obsesionado, con evitar que cualquier ser querido se acercara a cuerpos de agua. El abuelo, en su relato, confesó que desconoce por qué la dama del Río decidió atormentarlo a él de esta manera. El motivo de su muerte sigue siendo un enigma, pero la carga emocional de aquellos eventos nunca lo abandonó. Aunque los años han pasado, el el abuelo aún lleva consigo el peso de aquella tragedia, considerando que será una sombra que lo atormentará hasta el final de sus días. La Dama del Río se convirtió en una presencia fantasmal que, aunque no se manifestara físicamente dejó cicatrices indelebles en el alma del abuelo, marcándolo con el temor eterno al agua y a las trágicas predicciones de sus sueños. Apenas tenía dieciséis años cuando me vi envuelta en una serie de trabajos como niñera. En esa época, el concepto de contratar a alguien para cuidar a los niños durante unas horas era sumamente inusual. En México comencé en esto de manera casi accidental, cuidando ocasionalmente a mis primos a cambio de una modesta paga proporcionada por una de mis tías. Un día, esa misma tía me sorprendió al decirme que me había recomendado con una vecina que vivía sólo a unas cuantas calles de su casa. Inicialmente asumí que se trataría de un trabajo puntual, una experiencia de una sola vez. Sin embargo, la señora quedó tan impresionada con mi responsabilidad que no sólo se convirtió en una cliente recurrente, sino que también me recomendó a otras personas. De repente me vi inundada de solicitudes de padres que anhelaban mis servicios. En aquel tiempo. Disfrutaba enormemente de trabajar como niñera. Siempre me habían encantado los niños y, además, como una adolescente sin muchos gastos, el dinero que ganaba era más de lo que podría haber imaginado. Podía permitirme comprar cosas que la mayoría de mis compañeros de escuela o amigos no podían siquiera soñar con tener. Además el trabajo. Ofrecía horarios flexibles que me permitían realizar mis tareas escolares cuando fuera necesario. Era el trabajo perfecto para mí y hubiera deseado que siguiera así, de no ser por esa tarde que lo cambió todo. Una señora para la cual llevaba apenas unas cuantas semanas trabajando, me mencionó que había hablado de mí con una amiga suya, una mujer interesada en mis servicios. Al principio tomé la propuesta como uno más de los trabajos habituales. Sin embargo, a medida que escuchaba los detalles, la singularidad de la situación comenzó a resonar en mi mente. La mujer en cuestión deseaba que alguien se hiciera cargo de su hija durante toda una tarde y noche. Debía llegar a su casa a las cinco de la tarde y permanecer hasta las diez de la mañana del día siguiente. Mis primeras dudas surgieron al instante, ya que no estaba segura de que mis padres me permitieran pasar toda una noche en casa de alguien completamente desconocido y casi de inmediato rechacé la oferta, aunque pensé que eso sería absolutamente todo relacionado con aquella mujer que solicitaba mis servicios. La realidad demostró ser diferente. Apenas una semana desperda después de la inusual propuesta, el teléfono de mi casa sonó y en esta ocasión mi padre respondió. Él siempre había estado a favor de que trabajara, creyendo firmemente que el empleo, incluso a temprana edad, era saludable para aprender la importancia del dinero y como administrarlo desde joven. La voz del otro lado de la línea pertenecía a una mujer amable que deseaba a una niñera. Al principio, esto no me sorprendió, ya que mi creciente reputación entre un círculo de señoras generaba este tipo de llamadas constantemente. Contesté con naturalidad, pero la sorpresa llegó cuando la mujer propuso el mismo trato que aquella dama de la semana anterior estaba dispuesta a pagar mil quinientos pesos sólo por una noche. La suma era tentadora para una adolescente de dieciséis años como yo. Al estar el teléfono en alta voz, mi padre escuchó toda la conversación y me miró en busca de aprobación. Vaciló un momento él, evaluando la oferta y revisando los riesgos en México. La inseguridad y la delincuencia eran realidades cotidianas, lo que generaba la preocupación lógica de mi padre. Notando la indecisión de mi padre y sintiendo que la mujer, al otro lado de la línea, esperaba una respuesta, le dije que no estaba del todo segura, que hablaría con mis padres y le devolvería la llamada La mujer aceptó y, después de colgar mi padre y yo compartimos nuestras dudas y reflexiones. Mi padre sugirió esperar a que mi madre llegara del trabajo para que ambos, como familia, tomáramos una decisión más informada. La perspectiva de pasar prácticamente todo un día fuera de casa me generaba una mezcla de emoción y ansiedad. La tentación de ganar una suma tan considerable era enorme, sobre todo porque ya tenía en mente el deseo de comprar algo que siempre había querido, un teléfono. En esa época no era común que las personas tuviera eran teléfonos celulares, pero la idea de poseer uno me emocionaba enormemente. Mientras esperaba a mi madre, comencé a idear argumentos convincentes que pudieran persuadir a mis padres para que me permitieran aceptar el trabajo. Pensé en resaltar la responsabilidad que había demostrado en trabajos anteriores, la oportunidad única de ganar tanto dinero en una sola noche y mi deseo de adquirir algo que mejoraría en mi vida cotidiana. Aunque sabía que la seguridad era una preocupación legítima, estaba decidida a convencer a mis padres de que esta oportunidad valía la pena. En cuanto mi madre llegó, compartimos la noticia de la oferta con ella, como era de esperar. Su respuesta inicial fue un rotundo no. Sin embargo, no me di por vencida y comencé a decirle mis argumentos. Le aseguré que sería muy responsable y que pediría el número de teléfono de la mujer para estar en contacto en caso de cualquier eventualidad. Mi padre también se sumó a la persuasión, afirmando que la mujer sonaba bastante normal y amable por teléfono. Además, propuso una medida adicional para asegurarnos de que todo estuviera bien. Se ofreció a llevarme hasta la casa de la mujer, conocerla personalmente y verificar que todo estuviera en orden. Aunque mi madre aún no estaba del todo convencida, dos personas lanzando continuamente argumentos finalmente la hicieron ceder. Accedió con la condición de que mi padre tomara estas precauciones adicionales para garantizar mi seguridad. Casi sin perder tiempo, corrí al teléfono y le comuniqué a la mujer que aceptaba el trabajo. La señora parecía genuinamente feliz y agradecida de que estuviera dispuesta a cuidar a su hija durante todo un día. Me explicó por teléfono que tenía que salir durante ese día y no tenía con quien dejara su hija. Agradecí la confianza y le aseguré que estaría ahí el día acordado. Cuando llegó el día, mi padre, cumpliendo su promesa, me llevó hasta la casa de la mujer. La residencia era considerablemente grande, evidenciando un nivel económico acomodado. Al entrar, la mujer demostró ser tan amable como lo había sido por teléfono. Agradeciendo nuevamente que aceptara cuidar a su hija. Le explicó a mi padre que había intentado encontrar a una niñera sin éxito, lo que nos hizo sospechar que probablemente era originaria de los Estados Unidos. Aunque este detalle nos resultó curioso, no le dimos mucha importancia. Tras una breve charla, mi padre se retiró dejándome sola con la mujer y en cuanto él se fue, la señora sugirió que podría conocer a Frida no es un hombre real. Por respeto a la familia asentí y ella me llevó a la habitación de la niña que estaba en la planta superior en el camino. La mujer me explicó que Frida tenía una imaginación muy activa y da recientemente había desarrollado una fase en la que tenía un amigo imaginario. Me advirtió amablemente que a Frida le gustaba que trataran a este niño invisible como si fuera real. Si bien ya no me sorprendía que los niños pudieran ser un tanto extraños, ya que, después de cuidar a muchos de ellos, sabía que muy a menudo se sumían en su fértil imaginación y en ocasiones, lo mejor era simplemente jugar a lo que quisieran, ya que eventualmente ellos mismos olvidaban la realidad. Sin embargo, cuando le respondía a la mujer que estaba bien y que trataría de seguirle el juego a su hija para fomentar su imaginación. No pude evitar sentir cierta inquietud. Al cruzar la puerta de la habitación de Frida, me había percatado de que Frida no era una niña de cuatro o cinco años, como había asumido inicialmente mi experiencia Cuidando niños me decía que los únicos que tenían amigos imaginarios eran niños de cuatro o cinco años máximo seis. Sin embargo, en ese momento, al ver a Frida, me di cuenta de que la niña tenía alrededor diez años. Resultaba un tanto extraño que a esa edad aún se aferrara a fantasías infantiles. Decidí no cuestionar nada, recordando que no tenía por qué juzgar las elecciones de crianza de los demás y me limité a presentarme a Frida. Le expliqué que sería su niñera mientras su mamá no estuviera en casa y que podríamos jugar y ver películas para pasar el tiempo. La niña, con una sonrisa que parecía bastante normal, respondió al saludo y me aseguró que tenía muchos juegos con los que podíamos divertirnos. Aparentemente, todo marchaba bien. La madre, satisfecha al ver que nos llevábamos bien, anunció que era hora de irse y tras recoger una pequeña maleta se fue al principio. Todo transcurría de manera normal. Pasamos alrededor de dos horas hablando y jugando a un juego de mesa. Después de eso propuse ver una película mientras comíamos palomitas. Frida emocionada aceptó y se dirigió a la sala para elegir el disco, mientras yo esperaba a que las palomitas se cocinaran en el microondas, algo inusual comenzó a ocurrir. Empecé a escuchar unos pasos que parecían dirigirse hacia la cocina, donde me encontraba. Al principio no le di mucha importancia, pensando que la niña ya había elegido la película y venía a la cocina para estar conmigo. Además, escuché risas provenientes del exterior de la cocina, lo cual confirmó mi suposición. Sonreí pensando que Frida trataba de esconderse para asustarme, como los niños pequeños suelen hacer. Pensando que la situación anterior había sido un simple juego de la pequeña frida, decidí seguirle la corriente. Entendía perfectamente que a los niños les encantaba asustar a otros y este juego era común y lleno de amos para ellos. Así que, al apagarse el microondas, saqué las bolsas de palomitas y me dirigí hacia la puerta de la cocina para ir a la sala. En ese momento aún veía la sombra gazapada a un costado del marco de la puerta y también percibía risas que delataban su ubicación. Estaba lista para dar unos pasos y fingir sorpresa cuando la niña saltara para asustarme. Sin embargo, al cruzar el marco de la puerta, no sólo no saltó nadie para asustarme, sino que no había absolutamente nadie. Ahí un escalofrío recorrió mi cuerpo ante la desconcertante realidad. No podía creer que no hubiera nadie. Después de haber visto sombras y escuchado risas, incluso si frida se hubiera arrepentido y se hubiera alejado corriendo, estaba tan cerca que habría escuchado sus pasos, pero no no había nadie decidí no causar escándalo y pensar que tal vez era la sombra de alguna otra cosa. Intenté convencerme de que las risas eran el eco de las de Frida. Quien estaba en la sala poniendo el DVD no quería indagar más. Si fui hacia la sala para ver la película con la pequeña Frida había elegido una película de Barbie, algo que a mí personalmente no me agradaba mucho. No le prestaba mucha atención y mi mente volvió a dar vueltas sobre lo que acababa de experimentar. Cada explicación lógica que intentaba encontrar sólo me hacía darme cuenta de que no había una razón racional para lo sucedido. En algún momento de la película, las palomitas se agotaron y Frida me preguntó si podía hacer más. Me levanté y fui a la cocina para preparar otra bolsa, pero esta vez me sentía mucho más nerviosa respecto a lo ocurrido anteriormente. Volteaba constantemente hacia la puerta buscando la sombra, pero por más que lo hacía, no lograba ver absolutamente nada. La inquietud se apoderaba de mí mientras el silencio de la casa se mezclaba con la atención que sentía en el ambiente. Mientras caminaba de vuelta a la sala con frida, noté que algo era fuera de lo común. Parecía que Frida estaba hablando con alguien inicialmente pensé que tal vez estaba charlando con su amigo imaginario, así que no le di demasiada importancia y continué avanzando. Sin embargo, a medida que me acercaba, la conversación se volvía más clara y, para mi sorpresa, pude escuchar claramente las palabras de Frida. Ella le estaba diciendo a alguien que no me volviera a asustar, ya que le agradaba y no quería que me fuera como las otras personas que la habían cuidado. Esto me impactó, considerando que aún estaba un poco aturdida por lo que me había ocurrido unas horas atrás. Pero lo que resultó verdaderamente escalofriante fue cuando escuché claramente la voz de un segundo niño que le respondió a Frida, que era divertido asustarme y que disfrutó viendo mi reacción. Cuando salí de la cocina y él desapareció. Al llegar a la sala, le pregunté a Frida con quien estaba hablando, pero rápidamente me di cuenta de que estaba completamente sola. Miré en todas direcciones en busca de aquel niño que había estado hablando, pero no vi absolutamente nada desesperada por obtener respuestas, volví a preguntarle a Frida quién era la persona con la que estaba hablando. Frida encogió un poco los hombros y me dijo que estaba hablando con Miguel. Intrigada le pregunté quién era Miguel, y Frida respondió que Miguel era su amigo que vivía en esa casa antes de que ellas llegaran. Según Frida, a Miguel no le gustaban mucho los extraños, pero podría ser su amiga si quisiera. Aunque esto era extraño, recordé las instrucciones de su madre de seguirle la corriente afrida en todo lo relacionado con su amigo imaginario. Traté de fingir una sonrisa y le dije que, por supuesto, me encantaría ser amiga de Miguel para que que ya no le cayera mal. Casi de inmediato, Frida miró en dirección a un sillón vacío en la sala y luego me miró a mí. Me dijo que Miguel no estaba del todo convencido de que yo quisiera ser su amiga, pero yo le aseguré que estaba dispuesta y que Miguel no tenía nada que temer. Frida volvió a mirar hacia el sillón y luego hacia mí, diciéndome que si quería ser amiga de Miguel, él quería jugar a las escondidas. Accedí a jugar a las escondidas con ellos, pensando que tal vez había sido Frida quien imitó otra voz y que la sugestión y la atención del momento me hicieron escuchar la voz como algo completamente diferente. Cabe destacar que para ese momento ya era de noche, aunque la casa estaba perfectamente iluminada por su propia luz, la atmósfera inquietante de la casa parecía intensificarse, pero decidí seguir adelante con el juego para descubrir más sobre este misterioso amigo imaginario llamado Miguel Vida, propuso que fuera yo la que contara. Le dije que estaba bien y que contaría hasta cien para que ambos pudieran esconderse. La propuesta emocionó a Frida, quien salió corriendo de la habitación en busca de un lugar adecuado para ocultarse, mientras yo continuaba contando sin demasiada preocupación. Llegando cerca del número noventa y cinco, ocurrió algo completamente inusual. Todas las luces de la casa se apagaron de repente. Este repentino apagón desconcertante no afectó sólo la luz de la habitación en la que me encontraba en cuestión de segundos. Toda la casa quedó sumida en la oscuridad total sorprendida. Me asomé por la ventana y rápidamente noté que las demás casas de la cuadra aún contaban con luz, descartando la posibilidad de un apagón general. La hipótesis de que Frida estaba detrás de esta oscuridad comenzó a aparecer inverosímil. El interruptor de la caja de fusibles estaba ubicado a una altura inalcanzable para un o niña de su estatura. Justo cuando estaba a punto de llamar a Frida para informarle sobre la extraña situación, escuché su voz, diciéndome que a Miguel le gustaba jugar a oscuras fastidiada. Comencé a caminar por la casa intentando encontrar a Frida. Sin embargo, debido a que no era mi hogar, tropecé con muebles y objetos en la penumbra constante, ya que realmente no se veía absolutamente nada. La temperatura en la casa también empezó a descender, creando una atmósfera aún más desconcertante. A pesar de la oscuridad y el frío inusual, continué avanzando, guiándome por los ocasionales pasos o risas que indicaban la presencia de Frida. Después de un tiempo considerable de vagar por la casa en círculo sin encontrarla, la desesperación comenzó a apoderarse de mí. Sin embargo, traté de mantener la calma, recordando que seguía cumpliendo con mi trabajo con voz serena. Propuse cambiar un poco el la la las reglas del juego para equilibrar la situación. Le pedí a Frida que hiciera un ruido cada vez que lo solicitara para facilitar mi orientación en la oscuridad. No hubo respuesta inmediata, pero después de un tiempo escuché claramente un aplauso proveniente debajo de las escaleras intrigada, me dirigí hacia ahí y volví a pedir otro ruido. Esta vez escuché un pisotón confirmando que algo estaba sucediendo en la especie de bodega que se encontraba debajo de las escaleras. Con una sensación de alivio y cierta seguridad de haber localizado a Frida, tenté la puerta para abrirla. Aquella puerta era de una sola manija y al tirar hacia abajo se abrió sin resistencia. Sin embargo, al intentar jalarla, sentí como alguien la cerraba desde adentro. En un principio pensé que Frida estaba detrás de la travesura, prolongando el juego con una risa, le dije que ya la había encontrado y que no podía r evitar que terminara. Así, intenté abrir la puerta nuevamente, pero en ese momento algo sorprendente ocurrió. Quien creía en ese momento que era Frida volvió a jalar la manija, pero esta vez con tanta fuerza que arrancó la manija haciendo que yo cayera de centón y que la puerta se abriera, pregunté de inmediato a Frida si estaba bien. Pero al observar con detenimiento, me horroricé al darme cuenta de que lo que estaba en la bodega no era frida. Sus ojos brillaban en la oscuridad con un color rojo intenso y una presencia demoníaca. Se podía sentir en el ambiente un grito. Escapó de mis labios y retrocedí aterrada. En ese mismo instante, las luces de la casa se encendieron de nuevo, revelando que el espacio debajo de las escaleras estaba vacío frida. Asomó la cabeza desde arriba riendo y declarando que todo el tiempo había estado escondida debajo de la cama de su madre y había ganado el juego aterrorizada. Llamé a mi padre para contarles los sucedido. Al principio trató de desestimar la situación sugiriendo que tal vez me había confundido o asustado en la oscuridad. Sin embargo, yo estaba sumamente aterrada y insistí en que no podía quedarme en esa casa el resto de la noche. Tras suplicar durante un tiempo considerable, mi madre decidió ir para hacerme compañía y cuidarnos a ambas durante el resto de la noche. Al día siguiente, antes de que la madre de Frida regresara, mi madre se fue nunca supe realmente lo que ocurrió en esa casa y después de recibir mi pago, salí de ahí y aunque la mujer me llamó unas semanas después para proponerme cuidar a Frida por unas horas, rechacé la oferta y nunca volví a poner un pie en esa casa. Relatos escritos y adaptados por Lisa Hernández