Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Soy Trailero Y Esto Me Pasó En El Desierto De Sonora ( Recopilación De Traileros #1)
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más. Comenzamos hace algunas décadas atrás. No se sabe bien cuando en los confines desolados del desierto de Sonora, México emergió una leyenda que tejía una trama enredada entre la realidad y la mitología. Esta historia se transmitía de generación en generación. Era conocida como el camionero. Errante, la leyenda tomó forma a partir de la historia de un conductor sumamente dedicado a su oficio, cuyo destino se entrelazó con los caprichos impredecibles del desierto y la naturaleza. Aún en la actualidad suele contarse esta historia entre algunas personas de distintas regiones que viven en las inmediaciones del desierto. Se dice que el camionero errante en vida. Fue un hombre cuyo coraje y sentido de responsabilidad lo incitaban a recorrer y a atravesar los inhóspitos caminos desérticos donde las temperaturas solían castigar severamente a cualquiera que intentara desafiar a la propia naturaleza con tal de cumplir con sus responsabilidades como transportista. Sin embargo, una noche oscura y fría una tormenta de arena que apareció de manera impredecible frente al parabrisas, envolvió su camión y lo devoró por completo en las profundidades del desierto y nadie supo nada de él. Desapareció sin dejar rastro, lo cual resultó inexplicable para todo el mundo, que se involucró en la búsqueda e investigación del caso. Algunos transportistas que recorrieron esa misma ruta que atraviesa el desierto Sonorense han reportado avistamientos de un camión empolvado cuyas placas pertenecen al del tractocamión desaparecido, el cual suele perseguirlos hasta que éstos salen de dicho desierto. Los avistamientos de dicho vehículo vienen acompañados de una tormenta arenosa que dificultan la visibilidad del camino y ha ocasionado la muerte de incontables conductores en la ruta. Otros casos de conductores desaparecidos que atraviesan por esa misma ruta han sido reportados y algunas veces se encuentran las unidades intactas llenas de polvo, incluso dentro de la cabina, pero sin ningún rastro sobre el paradero del operador. A raíz de estas misteriosas desapariciones, muchos conductores del gremio se los han atribuido al camionero errante, pues creen que, a raíz de su enigmática desaparición. Su espíritu quedó atrapado entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, en una especie de limbo interminable, condenado a recorrer sin descanso las rutas solitarias que alguna vez transitó ya llevarse consigo a las almas cerrantes que se cruzan en su camino. Los camioneros que se aventuraban entre el desierto se sen sen n n n la presencia inquietante del camionero errante, su figura desgastada envuelta en harapos, ondeantes que en algún momento estuvieron cuidadosamente, tejidos y confeccionados, ahora no eran más que telas podridas que cubrían una figura intimidante. La silueta del errante aparecía entre las sombras y oscuridad causada por la nube de polvo que cubría la carretera. Aquellos que tuvieron encuentros cercanos con él relataban una sensación de opresión en el pecho, una mezcla de melancolía y añoranza que emanaba del mismo núcleo del desierto. A medida que la leyenda se extendía, se tejían nuevas historias sobre las interacciones del camionero errante con los viajeros nocturnos. Algunos hombres aseguraban que éste buscaba compañía en los conductores solitarios, de manera que abordaba las cabinas de sus camiones durante las noches más oscuras y éstos incapaces de mantenerle la mirada. Trataban de mantener concentrada la vista al frente ante la presencia de polvo de sértico que impedía observar más allá de la nariz del camión. No era un espíritu malévolo, o al menos así lo consideraban algunos conductores, quienes aseguraban haber atravesado el desierto con el errante como su copiloto. Sin embargo, también se decía que aquellos que compartían la carretera con él se veían envueltos en sueños extraños, donde se encontraban recorriendo interminables extensiones desérticas y perdiéndose en laberintos de dunas que cambiaban de forma con cada parpadeo a lo largo de los años. Algunos aventureros valientes ajenos al gremio de camioneros decidieron desafiar la leyenda. Éstos, en algún punto, decidieron formar un grupo de investigación para revelar la realidad de las distintas historias que se solían contar en los paraderos, restaurantes y gasolineras de la zona, donde coincidían cientos de conductores para conversar sobre el oficio, los amores y desamores y, por supuesto, el camionero erráneo quien gozaba de gran popularidad entre los más veteranos y los más jóvenes. Decididos a poner a prueba todas las historias que se expandían fuera del gremio, formaron distintas expediciones para encontrar el camión perdido en el desierto y con ello demostrar que todas esas historias no eran más que un invento de un montón de personas que querían hacérselos interesantes y, en caso de que las historias fueran reales, buscarían la manera de liberar al espíritu errante y ganar fama y reconocimiento. Sin embargo, sus ambiciones se vieron frustradas, pues ninguna de aquellas expediciones tuvieron éxito, según algunos testimonios de algunos integrantes de las distintas expediciones, cuando conducían a través del desierto por las carreteras federales y autopistas en plena noche. Éstos relataban que las dunas y montañas cambiaban de posición. Algunos otros que tomaban caminos que se encontraban fuera de la ruta habas hablan n de que éstos habían sufrido una serie de ilusiones nocturnas que los desorientaba y cuando éstos lograban recuperar el sentido de orientación, ya se encontraban sumidos en la vastedad del desierto y no muchos tuvieron la fortuna de haber regresado, pues el clima durante el día resulta ser bastante caluroso y con recursos limitados, éstos aventureros terminaban perdiendo la vida a los pocos días. Algunos de sus vehículos y pertenencias fueron localizadas por brigadas de rescate que fueron llamadas por las familias de aquellos hombres. Cuando éstos no volvieron a casa sólo algunos cuantos afortunados lograron sobrevivir con los escasos recursos que tenían. Algunos comentaban que caminaron durante días a plena luz del día, bajo los rayos del sol, donde nadie querría perderse, recurriendo a beberse sus propios orines para mantenerse hidratados hasta que, por alguna razón lograron llegar a la orilla de la carretera, donde políticamente, sólo los camioneros fueron quienes se detuvieron para ayudarlos y llevarlos al poblado más cercano para recibir tratamiento lo antes posible. Aquellas experiencias con la muerte los llevó a alejarse de los desiertos por el resto de sus vidas. Otros, en cambio, al sobrevivir al desierto y haber sido testigos de fenómenos paranormales, se volvieron fieles seguidores de las historias del camionero errante, a pesar de que en sus historias nunca apareció. Pero estos devotos aseguraban que habían sobrevivido y experimentado lo difícil que resulta ser el desierto, Pero también habían recibido piedad de este ser ya que, por alguna razón les había permitido regresar a sus hogares con la encomienda de hacer saber la historia del errante. La leyenda que se fue construyendo a través de los años se volvió un símbolo de muchas personas, quienes comenzaron a dotarlo de una estela más mística, incluso religiosa, e idearon algunos rituales para poder transitar el desierto a salvo como si de un guardiano protector se tratara quien guiaría a las personas a través de la espesa arena, el calor o la gélida noche sin antes de ingresar a los tramos donde más historias tenían lugar, éstos dejaban un par de monedas, un vaso con agua y un cigarrillo encendido. Aquella ofrenda supuestamente les brindaba el permiso del camionero errante para atravesar su territorio y a la vez les daba su protección para que no se durmieran al volante a causa del cansancio y de este modo llegaran sanos y salvos a su destino. Si por alguna razón tenían que volver a cruzar la ruta a su retorno, éstos debían esperar tres días fuera de la ruta y cruzar de noche, ofreciendo esta vez en vez de dinero una barra de amaranto. Las reglas parecían haber sido fijadas y justo en los kilómetros donde comenzaba la parte más difícil de transitar estaba llena de monedas, dinero y agua. No parecían ir a ningún lado y ningún ladronzuelo se había atrevido a llevarse algo de las ofrendas que los camioneros solían dejar. Pero en alguna ocasión, una persona que conducía sobre la famosa carretera se quedó varado precisamente unos metros adelante donde principia el trayecto del errante. De forma inexplicable, su vehículo, que recién había sacado de la agencia, se averió, el motor comenzó a echar humo y los indicadores del tablero indicaban sobre calentamiento, lo cual era muy extraño, ya que habían conducido un gran tramo sin que el vehículo diera señales de fallas de manera inexplicable. El auto se había quedado parado y el hombre que lo conducía no le quedó más remedio que bajarse y empujar su auto a la orilla de la carretera. Para evitar accidentes y esperar a que alguien pasara por ahí para pedirle ayuda. El tiempo transcurrió y ni un solo vehículo se aproximó por el camino. El hombre, molesto y desesperado, ante la inoportuna e imposible situación en la que se encontraba, decidió caminar de vuelta y bebió del agua que se se encontraba ofrendada. Al tomarla, éste comentó que tenía un sabor extraño que nunca antes había probado. Unos minutos después de haber ingerido el líquido, el hombre comenzó a sentirse extraño. Sufrió algunas supuestas alucinaciones en las que una inmensa nube de polvo oscureció el luminoso día y ésta se aproximaba a él de forma violenta y devorando todo a su paso, de forma que el hombre intentó correr para librarse de aquella espesa tormenta de polvo, pero le resultó imposible, ya que la velocidad y ferocidad con la que ésta se acercaba a lo devoró sin que pudiera hacer algo al respecto. Dentro de esta tormenta desértica escuchó los rugidos de un motor de un camión. Le resultaba imposible ubicar la fuente de dicho sonido, pues también tenía la sensación de estar siendo observado de todas las direcciones y un creciente sentimiento de temor y angustia. Comenzó a apoderarse de la mente de aquel hombre, quien trató de correr, pero no ser sabía en qué dirección se encontraba completamente perdido y, por más que gritó con todas sus fuerzas su boca y garganta. No emitía ningún sonido, ya que éste se veía opacado por el ruido de una máquina de hierro que ahogaba cualquier sonido que éste emitiera. Después de que el hombre corrió hasta perder el aliento y hasta que sus piernas dejaron de sostenerlo, cayó de cara al suelo, clavó la nariz en la arena del desierto y, después de un tiempo indeterminado, finalmente recobró la conciencia y, al estar completamente desorientado y debatiendo internamente si aquel suceso había sido real o producto de alguna alucinación, se dio cuenta que se encontraba a la orilla de la carretera, caminó y se percató que su vehículo estaba en otra dirección, es decir, estaba posicionado al reverso de su trayecto original. Antes de haber sido tragado por la arena del desierto, se subió al vehículo, metió la llave y el auto arrancó a la primera y sin saber la explicación a su vivencia. Condujo en línea recta sin voltear, mientras las tunas dibujaban tétricos rostros que lo siguieron hasta que éste salió de aquella zona por donde había entrado originalmente. Cabe mencionar que dicho conductor no volvería por aquellos rumbos, pues le tomó algo de tiempo asimilar su vivencia, ya que gran parte de las vivencias relatadas giraban entre la realidad y lo místico. Con el paso de las décadas, la leyenda del camionero errante continuó evolucionando, añadiendo capas de misterio e intriga a la historia que se tejía en las noches desérticas de sonora. Las historias contadas alrededor de las fogatas de los pueblos cercanos eran cada vez más detalladas y algunos aseguraban haber vivido encuentros extraordinarios con la entidad errante de aquellas afirmaciones se contaba que un conductor que transitaba por el misterioso camino justo antes de entrar al tramo, donde sucedían cosas extrañas, recibió una llamada donde le informaron que su familia, integrada por su esposa e hija, habían tenido un accidente en carretera a causa de un conductor ebrio que había perdido el control de su vehículo. Aquella noticia lo devastó por completo. Con mucho dolor y desesperación, siguió su camino. Después de haber recorrido algunos kilómetros, una figura emergió de la nada frente a sus luces altas. Mientras con su mano pedía un aventón. El conductor vislumbró aquella figura a lo lejos y no estaba seguro de detener su unidad. Pero la soledad en la que se encontraba tras la noticia que había recibido recientemente decidió ayudar a aquella alma en pena le envió una señal con luces a la figura y cuando llegó a donde se encontraba, detuvo el vehículo, abrió la puerta y la figura que había visto detrás del Parabrisas se convirtió en el aspecto de un anciano de alrededor de unos ochenta y cinco años, con una enorme barba blanca, vistiendo un sombrero de palma bastante desgastado por el uso y el sol y una camisa de franela un atuendo muy típico entre los camioneros de antaño. El hombre no dijo ninguna palabra y simplemente subió a la unidad y se sentó en el asiento del copiloto. El conductor preguntó hacia dónde se dirigía y el hombre de al lado simplemente señaló con el índice hacía arriba el camionero continuó su trayecto por algunos minutos más mientras trataba de mantenerse al tanto de la carretera. El dolor por su pérdida continuaba afectando. El anciano metió la mano dentro de su bolsillo y sacó un pañuelo blanco que le ofreció para limpiarse la cara. El conductor se negó a recibirlo, pero el anciano mantuvo la mano con el pañuelo extendida hasta que éste finalmente decidió tomarlo. El trayecto continuó y mientras las ruedas giraban y dejaban atrás a miles de kilómetros recorridos, la calma comenzó a desplazar a la rabia, el dolor y la soledad. Finalmente, antes de abandonar el desierto, el anciano le tocó el brazo para llamar su atención y le indicó que detuviera la unidad. El conductor se orilló y antes de que el anciano abandonara la unidad. Intentó regresarle el pañuelo, pero éste se negó y descendió la unidad, adentrándose en el desierto hasta que se le perdió de vista. No tenía idea si era un lugareño de la zona o de algún poblado próximo al desierto, pero llegó a pensar que se trató de camionero errante, quien, al percibir su dolor y sufrimiento, octó de forma benevolente, brindándole compañía y llevándose consigo todos los sentimientos negativos que invadían sus pensamientos, por lo que comenzó a contar su historia a sus amigos de oficio, quienes no dudaron de su palabra y externaron vivencias similares que habían escuchado en distintos lugares. Con el tiempo, la leyenda trascendió las fronteras locales y se convirtió en un fenómeno cultural. Se escribieron canciones sobre las travesías del camionero errante y se s y artistas plasmaron sus visiones en murales que adornaban las estaciones de servicio A lo largo de la carretera. La leyenda se fusionó con la identidad de la región, convirtiéndose en parte integral de la rica tradición oral de Sonora. Los científicos, intrigados por la persistencia de la leyenda llevaron a cabo investigaciones para comprender mejor los fenómenos inexplicables que ocurrían en la carretera. Algunos sugirieron que ciertos patrones climáticos podrían crear ilusiones ópticas, mientras que otros defendían la idea de que la energía acumulada en el desierto podría tener un impacto en la percepción humana. En la actualidad, la carretera del desierto de Sonora sigue siendo un lugar de respeto y precaución durante las noches. Las historias de encuentros con la figura errante persisten alimentando la llama de una leyenda que se niega a desvanecerse en el vasto desierto de Sonora. Era una noche oscura y tormentosa, un escenario propicio para las almas atormentadas. Juan, un veterano camionero, avanzaba a través de carreteras solitarias, su camión rugiendo como un monstruo hambriento. Su mirada se perdía en la vastedad de la oscuridad que se extendía ante él, iluminada sólo por los haces de luz de los faros del camión. Había pasado años conduciendo por estas carreteras desoladas, pero esta noche era diferente. Un peso se posaba sobre sus hombros, una carga que no se podía ver, pero que se sentía con cada kilómetro que avanzaba hacía mucho tiempo en una noche similar, un accidente había cambiado su vida, a pesar de que consideraba que ya había superado el trauma que le había generado el haberle arrebatado la vida a aquella persona a causa del cansancio acumulado y los medicamentos para mantenerse alerta. En algunas ocasiones, cuando transitaba ciertos tramos de la carretera, algunos recuerdos pintaban en su memoria imágenes que agradecería haber nunca presenciado o, por lo menos, haberlas olvidado. Pero como flases de Cámara, éstas venían, le atormentaban y se marchaban nuevamente mientras circulaba por aquellas desoladas y frías carreteras, el sonido del viento rozando el metal de su cabina, la tranquilidad de la noche y caída de la lluvia de forma implacable, haciendo que el asfalto brillara como un espejo le recordó aquel fatídico incidente. En el silencio de la noche, sólo se escuchaba el sonido repetitivo de las gotas golpeando el metal del camión. Juan cansado y un tanto disociado del camino, no vio al hombre que de repente emergió de la oscuridad. El sonido sordo y angustiante del impacto resonó en la noche. Juan frenó bruscamente su corazón, latiendo con fuerza en su pecho, descendió tembloroso de la cabina y se encontró con la figura indio en el suelo la lluvia, lavando la sangre que manchaba el asfalto. No había testigos, sólo la tormenta. Como mudo espectador. Juan pensó en llamar a una ambulancia, pero sabía que era demasiado tarde, pues el hombre yacía ahí sin vida y en la oscuridad. Mientras la culpa se instaló en el corazón de Juan como una sombra que nunca se disiparía, se antepuso el temor a ser arrestado y juzgado por quitarle la vida a un hombre indefenso no sólo significaría el fin de su carrera como camionero, sino también un recuerdo con el que tendrían que lidiar todos los miembros de su familia a causa de aquel percance. Mientras el temor se apoderaba, de Juan optó por regresar a la cabina y buscó un par de guantes. Se los colocó y entre lágrimas, tomó el cuerpo inerte que yacía frente a él para apartarlo del camino y continuar con su ruta, esperando que la lluvia lavará cualquier rastro o evidencia que lo vinculara directamente con la víctima. En cuanto terminó de mover el cadáver, se quedó de pie contemplando fijamente lo que estaba haciendo y sollozó con un gran dolor. Se cubrió el rostro con las manos y posteriormente dio una plegaria por la persona que había arrollado para su buena fortuna aquel incidente Nunca le persiguió la pista. Sólo un periódico local dedicó una pequeña columna sobre el accidente, pero sin dar demasiados detalles al respecto. A partir de esa noche, algo cambió en él. Una presencia comenzó a acecharlo una sombra que sólo él podía ver siempre. Al acecho en la periferia de su visión, el espíritu del hombre al que había atropellado lo perseguía como un recordatorio constante de su trágico error. Los días se convirtieron en noches interminables para Juan el camión. Su antiguo refugio. Ahora se sentía como una prisión donde la presencia del espíritu lo atormentaba sin piedad. Los faros iluminaban figuras fugaces en la lluvia n n n n. N. La ilusiones que lo hacían saltar en su asiento. El peso de la culpa era una carga pesada que lo empujaba hacia abajo. Ante la incapacidad de olvidar de manera definitiva aquellas visiones y sensaciones de acecho, comenzó a abusar del consumo de algunos medicamentos controlados que le conseguían en los paraderos y gasolineras que frecuentaba antes de aquel incidente. Juan ya había tenido contacto con este tipo de sustancias, pero sólo había recurrido a ellas cuando el trabajo se tornaba más exigente y le demandaba rendir más de lo que su cuerpo en condiciones normales le podía brindar. Pero encontró un refugio de sus pensamientos intrusivos y paranoia en píldoras que comenzó a consumir de manera habitual y en ocasiones en exceso, ya que le hacían experimentar una calma y tranquilidad que no sentía desde hacía bastantes años atrás. El espíritu del hombre, cuyos ojos vacíos lo miraban desde las sombras o n o s o sons aronunciaba palabras, pero su dolor era palpable. Era como un eco que resonaba en la mente de Juan, una condena constante que no le permitía olvidar la trágica noche y un recordatorio constante de que tenía una deuda que pagar o enmendar. Aparte del consumo de píldoras, Juan buscó refugio en las carreteras secundarias, tratando de huir de la sombra que lo perseguía, pero no importaba cuanto condujera el espíritu siempre estaba ahí flotando en el borde de su conciencia. La línea entre la realidad y la culpa se desdibujaba y Juan se preguntaba si algún día podría liberarse de esa alma en pena que lo atormentaba. Al notar que la presencia del hombre le perseguía a cualquier lado al que éste iba, decidió cambiar de ruta. Habló con sus superiores y le solicitó un traslado a otras rutas. En un inicio, a sus jefes les tomó por sorpresa aquella petición, ya que el mismo Juan había sido quien anteriormente había dado luchado bastante porque le asignaran la ruta en la que había ocurrido el accidente y de un momento a otro estaba solicitando un cambio. Discutieron su solicitud en privado, ya que las noches en vela y el consumo de algunos medicamentos estaban comenzando a dejar marcas visibles en la apariencia de Juan, por lo que consideraban un tanto cuestionable el moverlo a una ruta que no conocía en absoluto. Pero ante la insistencia de Juan, quien incluso llegó a suplicar por favor, fuera cambiado de ruta, sus superiores no pudieron negarse y accedieron a su petición a cambio de que éste se sometiera a una prueba de consumo de drogas, ya que comenzaban a tener fuertes sospechas de que Juan había comenzado a excederse. Y después de unos minutos de silencio por parte de Juan, éste aceptó someterse a las pruebas que le solicitaran con tal de cambiar de aires. Le dijeron que se presentara en un par de semanas con los resultados de las pruebas y sólo de la De ese modo decidirían asignarlo a otra ruta. Los primeros días, Juan se propuso a dejar de consumir las píldoras para estar limpio el día de los exámenes médicos, pero no lo logró. Las ansias, los miedos, las inseguridades y todos los síntomas de la abstinencia comenzaron a orillarlo a consumir nuevamente, tras algunos días, estando completamente enganchado. En un breve momento de lucidez, recordó la necesidad de un cambio de aires para tratar de sofocar aquella sensación de pesadez, suciedad y repulsión que lo había invadido desde aquella noche lluviosa y aprovechó que su mente se encontraba en paz para deshacerse de todas las sustancias que tenía. Las arrojó en el inodoro y jaló de la cadena para que el agua se las llevara lejos de su vista y su tentación. Consciente de que en cualquier momento podría recaer, comenzó a consumir café de manera compulsiva para tratar de reducir la ansiedad de consumir nuevamente el las píldoras. Logró mantenerse limpio de sustancias que le alteraban la percepción y el estado de ánimo los días previos a su examen, aunque esto no lo libró de haber sufrido fuertes dolores de cabeza, sensibilidad a la luz, náuseas y problemas para dormir a causa de la desintoxicación que su cuerpo estaba sufriendo. Mientras se encontraba limpiando su organismo, la presencia que lo acompañaba a todos lados continuaba acechándolo en cualquier lugar. Lo miraba parado en las esquinas menos iluminadas de la habitación, con su rostro inexpresivo y sus ojos hundidos en una profunda oscuridad. Sentía como éste lo observaba mientras él se retorcía del dolor en posición fetal sobre el piso de la habitación y a pesar de eso, logró mantenerse limpio y trataba de fortalecerse mentalmente para poder vivir en presencia de aquella extraña presencia, pues daba por hecho de que una vez que lo cambiaran de ruta, la situación sería más fácil de superar. El día de las pruebas llegó a primera hora al laboratorio. Iba limpio, pero incluso estando seguro de que no había recaído en aquellos días el temor a que las pruebas salieran positivas lo invadía y la pesadez sobre su espalda lo seguían atemorizando y poniendo nervioso. Afortunadamente, logró mantener la postura durante las diversas pruebas y exámenes que los médicos y enfermeras le realizaron. Al final le informaron que al día siguiente le enviarían los resultados a la empresa y debía acudir para recibir el veredicto. A su solicitud. Juan se retiró del lugar aún con ciertas dudas sobre los resultados y sobre si su decisión había sido la correcta para tratar de ponerle fin a su sufrimiento. Al día siguiente, Juan se presentó ante sus jefes, quienes ya habían recibido y revisado los resultados del laboratorio y sólo esperaban a que éste acudiera a su oficina para dar seguimiento a la solicitud del traslado JNN. Juan o atravesó la puerta y, mostrando una sonrisa amable, saludó a ambas personas que se encontraban en la misma habitación. Estos le extendieron la mano y prosiguieron con la charla. Ya habían tomado una decisión desde antes de que Juan llegara a las instalaciones, así que fueron bastante breves y aprobaron su cambio de ruta. Juan agradeció a ambos. Los primeros días aquella presencia estuvo ausente de su vida. Juan estaba bastante ocupado tratando de conocer las nuevas rutas y ubicando los hoteles, gasolineras y paradas donde descansar. Aún sentía la necesidad de consumir alguna píldora, pero logró mantenerse limpio por un tiempo, pero pronto la sensación de que algo lo acompañaba volvió y lo perseguía a cualquier lado al que éste fuera. Cada parada en un solitario motel. A lo largo del camino se volvía más inquietante y la presencia del espíritu se intensificaba en la oscuridad de la habitación, como si el hombre al que Juan había atropellado estuviera ahí esperando justicia en la penumbra. El sentimiento de estar constantemente observado por una presencia se volvía cada vez más agudo y más desesperante. En su desesperación, buscó respuestas en viejos archivos de noticias locales, ya que hasta ese momento no había tenido el valor para investigar algo sobre la persona cuya vida le arrebató. De tal modo que, en una oportunidad que tuvo se acercó a la biblioteca de la ciudad más próxima, a la zona donde todo ocurrió. Revisó el archivo de periódicos que se habían publicado durante aquellos años. Aún recordaba la fecha del accidente, así que no le resultó muy difícil ubicar algunos documentos en la mesa de lectura y comenzar a leer página por página hasta dar con alguna columna o portada que le hubieran dedicado al difunto. Así descubrió el nombre del hombre que había atropellado aquella fatídica noche, Samuel Torres. La conexión con el pasado le proporcionó una revelación dolorosa. Samuel no era sólo un rostro sin nombre. Tenía una historia, una familia, una vida truncada por el error de Juan decidido a liberarse de su carga. Juan rastreo a la familia de Samuel. Revisó algunos libros que contenían los números de gran parte de las personas y aunque esta labor le tomó un tiempo considerable, ya que fue reuniendo a todas las mujeres que se llamaban como la viuda de Samuel, sin embargo, le tomaría aún más tiempo llamar a cada uno de los números que había encontrado y tan poco sabía que decir al momento en que alguien atendiera su llamada, no lo conocían en absoluto y se negarían a brindarle información al respecto. Tampoco podía decirle que la muerte de su ex marido había sido culpa suya, ya que pasaría el resto de su vida confinado en una fría celda, siendo atormentado por la víctima de su crimen. Dada la situación, optó por buscar al periodista que había redactado la nota sobre el cuerpo de Samuel al lado de la carretera. Era la mejor opción que tenía, pues de ese modo no levantaría sospechas. Si podría acercarse a la familia de Samuel sin mayor problema. Esperaba que el autor de la noticia pudiera brindarle algunos datos más específicos sobre la viuda de Samuel, una dirección o un vecindario por donde empezar su búsqueda. Logró dar con las oficinas del diario que había cubierto la noticia, pero aún tenía que ubicar al autor de la nota, ya que en aquellos años, todos los artículos, salvo unos cuantos, estaban firmados al nombre del periódico y sólo algunos textos citaban al autor original. Esto sucedía cuando se trataba de periodistas más consolidados y de cierto renombre, pero en esta ocasión no tenía el nombre. Llamó desde distintos números a las oficinas del periódico con la intención de que pudieran brindar la información sobre el autor, pero no logró tener nada, ya que quienes les respondían las llamadas se negaban a dar la información sobre algún empleado. Juan ni siquiera estaba seguro de que quien haya escrito dicha nota supiera de primera mano quien es la viuda e incluso cabía la posibilidad de que éste ya no se encontrara laborando en dicho periódico. A pesar de eso, Juan continuó llamando al periódico solicitando información del autor de la nota, pero muchos que recibían sus llamadas ni siquiera recordaban que su periódico hubiera cubierto una nota de ese tipo, ya que apenas si se trataba de un par de párrafos ubicados en la esquina de la página, donde suelen ubicar notas y anuncios de menor importancia para los lectores. Una mañana, mientras realizó una parada en una estación de gasolina, aprovechó la oportunidad para volver a llamar al periódico y solicitar la misma información, pero nuevamente recibió negativas por parte del personal. Una persona que se encontraba a fuera de la de la cabina de teléfono logró escuchar parte de la conversación de Juan y cuando éste estaba a punto de marcharse, aquel hombre llamó su atención, gritándole que él sabía quién era el hombre al que estaba buscando. Juan, desconcertado y un poco molesto ante la negativa que le habían dado por teléfono, volteó con una malhumorada cara y miró al hombre que le había levantado sutilmente la voz. Al inicio pensó que se trataba de una broma, pero no Ese hombre le comentó que en algún momento de su vida habría escrito para dicho periódico y conocía a la mayoría de los periodistas y columnistas que laboraban para dicha firma y se ofreció a ayudarle a encontrar a la persona que buscaba. Tardó un poco en procesar las palabras que escuchaba. Desconfiando de las palabras del hombre, se negó a darle más detalles al respecto y justo en ese momento sintió como una entidad. Comenzaba a tomarlo de los hombros y a presionarlo Para doblegarlo. El hombre misterioso se percató de la palidez y el sudor frío de Juan, por lo que lo invitó a pasar al negocio de comida que estaba próximo a las bombas de gasolina y disel Juan ingresó al lugar en compañía de un desconocido que acaba de conocer. Se sentaron en una mesa que daba al estacionamiento. El hombre le pidió un vaso de agua a la mesera para que se tranquilizara un poco después de unos minutos y de haberse bebido por completo el contenido del vaso. Por fin pudieron entablar una conversación. Ahí fue cuando Juan le comentó que estaba buscando al autor de una noticia sobre un accidente de hace algunos años, pero que hasta el momento no tenía ni la menor idea de quién se podría tratar. El hombre, que escuchaba atentamente las palabras de Juan, le dijo que éste estaba de suerte, ya que él habría trabajado para dicho periódico y aún mantenía ciertos lazos de amistad y trabajo con muchos empleados del medio, ya que prácticamente todos los columnistas y periódico de todos los medios suelen conocerse o al menos saber de quién se trata. Cuando leen alguna nota investigación o crónica, se ofreció a ayudarle a dar con el autor de dicha nota, pero primero necesitaba saber algunos detalles más, como la fecha y la nota en concreto de la que hablaba, para poder ubicar a su autor original, Juan. Aún dudando un poco de la buena voluntad del hombre, le dijo una verdad a medias para no quedar completamente a merced de un desconocido para sorpresa de Juan. Cuando éste terminó de darle los detalles de dicha nota, el hombre se quedó pensativo y con un semblante serio y sin decir nada al respecto, ordenó otro café a la mesera. Ésta le rellenó su taza y, después de darle un sorbo, le dijo que él era el autor de dicha noticia y que siempre le había parecido triste que la pérdida de una vida de una persona se hubiera relegado a un pequeño espacio al que prácticamente nadie presta atención y aún más lamentaba que nunca se inició una investigación formal para dar con el responsable la sangre de Juan Celó, pero trató de mantener la calma y utilizar la situación para sacar provecho. Le dijo que estaba realizando una investigación al respecto y que le encantaría realizar una entrevista a la viuda de Samuel. Aquel hombre dudó un poco de su palabra, pero de igual modo, en una servilleta le escribió un nombre y una dirección. Se la dejó junto con el dinero de la cuenta y le dijo que no le aseguraba que aquella mujer siguiera viviendo en esa dirección y se marchó. Recogió la servilleta, la guardó entre su ropa y volvió a su camión para continuar con su trayecto. En cuanto tuviera un descanso, comenzaría a tratar de dar con el paradero de la viuda y, de ese modo saber cómo vivía. Pasaron los días y las horas. La sensación de que Samuel estaba esperando llevárselo consigo. No cedían, pero pensaba quedando con la ex esposa de Samuel, quizá encontraría algo de paz. Finalmente, encontró a su viuda, una mujer envejecida por el dolor y a sus hijos, quienes llevaban las cicatrices emocionales de la pérdida. Observó desde la distancia, incapaz de enfrentar la realidad de su propia culpabilidad. No sabía exactamente qué haría o qué diría. Cuando encontrara a la familia de Samuel, Sólo sentía la necesidad y el compromiso de conocer a las personas a quienes les había causado tanto dolor. Una parte de su conciencia, le pedía que se acercara y se declarara culpable de la muerte de Samuel y otra más se negaba y se sentía complacida con haberlos visto. Mientras Juan discutía internamente qué hacer la viuda y los hijos se alejaron de su vista. Una noche mientras el camión se deslizaba por una carretera solitaria, Juan sintió una calma inusual y la lluvia caía suavemente como lágrimas celestiales que lavaban el alma. El espíritu de Samuel estaba ahí, pero pero esta vez no miraba con ojos acusadores. En un momento de claridad, sintió una conexión con la presencia que lo perseguía era el perdón silencioso de Samuel, una aceptación que no requería palabras. Juan entendió que liberarse de la culpa no significaba olvidar, sino aceptar la responsabilidad y buscar la redención. El camionero atormentado encontró su camino hacia la redención en la carretera solitaria y aunque la sombra de la tragedia siempre lo acompañaría, la aceptación y el perdón se convirtieron en compañeros de viaje. La lluvia finalmente se detuvo y la carretera se extendía ante él llena de posibilidades desconocidas. Mi nombre es Hugo y he sido trailero durante muchos años. En mi vida en la carretera he vivido una serie de experiencias paranormales y extrañas, pero ninguna como la que quiera quiero compartir a continuación. Como dije, trabajado de trailero mucho tiempo, por lo que las apariciones de fantasmas en la carretera no eran ajenas A mí. Puedes preguntar a cualquiera que haya pasado el suficiente tiempo en la carretera y te aseguro que tendrá una historia de aparecidos que contar por lo general, es gente que aparece en la carretera en diferentes puntos de la misma o gente que se materializa de la nada. Siempre pensé que esos avistamientos eran sólo encuentros fugaces con almas en pena atrapadas tras accidentes mortales en las carreteras. Sin embargo, esta historia va más allá de esas experiencias, marcando un antes y un después en mi vida como trailero. Todo empezó en una madrugada en la que me vi obligado a conducir durante toda la noche para recuperar el tiempo perdido en una entrega. Me había confiado y había perdido mucho tiempo y aquel pedido debía ser entregado en un tiempo y lugar específico. El r el que r Cansancio se apoderaba de mí y alrededor de las tres de la madrugada. Estaba a punto de quedarme dormido al volante. Decidí hacer una parada en una solitaria gasolinera y comprar algunas bebidas energéticas que me ayudaran a mantenerme despierto. Estacioné el trailer y bajé estirando las piernas para combatir la somnolencia. Fue entonces cuando escuché unas risas, risas de niños pequeños A esa hora era extraño, pero no había ningún adulto cerca di un par de pasos lejos de mi trailer y mientras lo hacía, volví a escuchar las risas. Así que volteé y pude ver a una pequeña cabeza, la cual se asomó desde debajo del tráiler. El niño, sin decir una palabra, siguió riendo y se escondió de nuevo debajo del vehículo perplejo. Me agaché para intentar verlos, pero ya no estaban a la vista. Les pedí que no volvieran a entrar al tráiler, advirtiéndole sobre el peligro si arrancaba y estaban do debajo. La sensación de incomodidad creció, pero decidí restarle importancia y continuar con mi rutina nocturna. Qué hacían niños a esas horas en una gasolinera desierta. Aún no lo sabía, pero estaba a punto de adentrarme en una experiencia que cambiaría mi perspectiva sobre lo inexplicable. Después de la advertencia a los niños, decidí adentrarme en la tienda de autoservicio con la esperanza de encontrar algo para mantenerme despierto durante las horas nocturnas que aún tenía por delante en mi viaje. Las luces tenues del establecimiento creaban sombras intrigantes entre los pasillos, acentuando el silencio que contrastaba con las risas infantiles que aún resonaban en mis oídos. Tomé unas cuantas bolsas de papas y varias latas de bebidas energéticas, sintiendo cómo la fatiga comenzaba a pesar sobre mis hombros. Mientras recorría cada pasillo examinando las opciones que la tienda ofrecía, Las risas son la de los niños, seguían persistiendo en el fondo. Mi mente intentaba encontrar explicaciones racionales para lo sucedido, pero algo en el aire me hacía sentir incómodo como si estuviera siendo observado mientras revisaba los productos en los estantes. El sonido de pasos sutiles y risas infantiles parecía perseguirme como si los gemelos misteriosos estuvieran jugando al escondite en los rincones de la tienda. Al dar la vuelta para explorar el siguiente pasillo, una sorpresa impactante me hizo casi saltar. Ahí estaban los dos niños gemelos como una imagen reflejada el uno en el otro. Su apariencia era aún más desconcertante A la luz tenue de la tienda. Ambos parecían descuidados con ropas andrajosas y sucias que apenas se sostenían sobre sus delgadas figuras. Sus rostros pálidos y ojos hundidos irradiaban una presencia inusual que me dejó inquieto. Los niños estaban sentados en medio del pasillo jugando con una lata de jugo de manzana que rodaban de un lado a otro como si fuera un balón. Me incliné hacia ellos intentando entender su presencia. A estas horas de la madrugada. Les pregunté dónde estaban sus padres, pero sólo me miraron y luego intercambiaron miradas, continuando con su juego sin pronunciar palabra alguna. Mi instinto paternal se despertó y decidí ofrecerles algo de comer. Les propuse que eligieran lo que quisieran de la tienda, pero los gemelos permanecieron inmóviles absortos en su extraño juego. Sin obtener respuesta. Decidí tomar la iniciativa, seleccionando algunos paquetes de sándwiches y envases de jugo que esperaba satisfacieran al menos un poco su posible hambre con los productos en mano. Me dirigí a la caja registradora el cajero. Al ver mi selección levantó una ceja con curiosidad. Pagué la cuenta rápidamente. Sintiendo la mirada del cajero, no podía evitar pensar que algo no estaba del todo bien, pero mi preocupación por los gemelos superaba cualquier sospecha de vuelta en el pasillo donde los había visto. Por última vez me percaté de su ausencia. La búsqueda comenzó entre los estantes, la intriga y la inquietud, aumentando con cada segundo que los gemelos permanecían fuera de mi vista. Mientras revisaba, noté que la expresión del cajero reflejaba un asombro creciente ante mi comportamiento aparentemente errático. Sentí la necesidad de explicarle que los productos eran para los niños que estaban ahí hace un momento tratando de disipar cualquier confusión. La extrañeza en la mirada del cajero persistía mientras seguía explorando la tienda en busca de los gemelos desaparecidos. La incertidumbre flotaba en el aire y, aunque me esforzaba por encontrar una explicación lógica, una sensación inquietante se apoderaba de mí La noche en la gasolinera tomaba un matiz desconcertante y aún no sabía lo que me depararía este encuentro con los misteriosos niños gemelos. El cajero me observó con un desconcierto que parecía profundizarse a medida que compartía mi experiencia. Nadie ha entrado aquí en horas y ciertamente no ha habido niños. Afirmó con una convicción que desafiaba mi propia realidad. Un aire de escepticismo. Envolvía sus palabras, desafiando cada detalle de mi encuentro con los misteriosos gemelos. Insistí en mi versión de los hechos, tratando de hacerle entender que no estaba alucinando los vi jugando en el estacionamiento. Cuando estacioné mi tráiler, aseguré con convicción. No obstante, el cajero aún más perplejo reiteró que desde mi llegada nadie más había cruzado la puerta de la tienda. Explicó que la ubicación remota del lugar en medio de una carretera sin apenas viviendas cercanas, hacía altamente improbable la presencia de niños. Durante la madrugada. Mi determinación chocaba con su incredulidad y decidido a desentrañar el misterio, me embarqué en una búsqueda minuciosa por cada pasillo de la tienda. El eco de mis propios pasos resonaba en el silencio, mezclándose con la incertidumbre que me envolvía. Sin embargo, cada rincón revelaba sólo la soledad de los estantes y la ausencia de cualquier indicio de los gemelos. A pesar de mi empeño en encontrar respuestas, una sensación de malestar se apoderó de mí. La realidad parecía esfumarse entre mis dedos y un velo de confusión nublaba mi mente. Acepté a regañadientes la posibilidad de que todo hubiera sido una broma o quizás una manifestación de agotamiento mental. Saliendo de la tienda con una bolsa que contenía mis compras, intenté dejar atrás la extraña experiencia. La noche abrazaba la gasolinera con una oscuridad intensa y silenciosa, pero mi mente no podía desprenderse de la extrañeza de los sucesos recientes. Subí a mi tráiler, encendí el motor y al dar marcha atrás un impulso interno me instó a mirar por los espejos retrovisores. La visión que se desplegó ante mis ojos fue impactante. Los dos niños parados justo detrás del tráiler intenté frenar, pero el sonido sordo de un impacto resonó en el aire. Bajé apresuradamente del vehículo, temeroso de lo que podría haber ocurrido sólo para encontrarme con la sorprendente realidad de que no había rastro de los niños ni señales de un accidente. La confusión se mezclaba con el miedo. Mientras enfrentaba la inexplicable situación, volví a subir al tráiler, sintiendo un nudo en el estómago y la intriga persistente en mi mente que había sucedido realmente. Traté de convencerme de que todo era fruto de mi imaginación exhausta, pero la imagen de los niños en el espejo retrovisor se aferraba a mi conciencia. A medida que avanzaba por la RL la carretera solitaria, la gasolinera quedaba atrás como un recuerdo perturbador. La incertidumbre persistía y la carretera se extendía ante mí. Las sombras de la noche se cerraban en torno a mi trailer y la oscuridad parecía albergar misterios indescifrables. Mientras continuaba mi viaje anhelando dejar atrás la inexplicable experiencia que había marcado esa gasolinera en el medio de la nada. Después de las desconcertantes experiencias en la estación de servicio, decidí sumergirme en la carretera en un intento desesperado de encontrar claridad en mi mente conduje durante varias horas mis pensamientos confundidos entre el recuerdo de los gemelos en la gasolinera y la creciente incertidumbre que se apoderaba de mí. Mis manos apretaban con fuerza el volante como si pudiera encontrar respuestas en la rigidez de mis dedos. En un intento de ahogar mis pensamientos, traté de concentrarme en el monótono zumbido del motor y en las luces intermitentes que delineaban la carretera. Parecía que finalmente estaba logrando tranquilizarme e incluso lograba pensar en otras cosas. Los árboles a ambos lados de la carretera se convertían en siluetas borrosas mientras avanzaba y el susurro del viento exterior intentaba despejar la neblina en mi mente. Mis parpadeos eran como destellos intermitentes de lucidez, pero la sombra de la experiencia anterior se cernía sobre mí. Convencido de que todo lo sucedido no pasaba de ser una broma de mal gusto por parte del encargado de la gasolinera intentaba despejar mi mente del tormento que había vivido. Sin embargo, la aparente normalidad de la carretera pronto sería cuestionada nuevamente de la penumbra. Emergió algo, corriendo a toda velocidad como una figura aterradora. Mis ojos se abrieron con terror al percatarme de que podría tratarse de un niño con desesperación, pero antes de que pudiera evitarlo, sentí el impacto un escalofrío recorrió mi cuerpo. Al percibir claramente el golpe como si hubiera atropellado a alguien con la respiración entrecortada, Bajé apresuradamente del tráiler y me asomé debajo para confrontar la realidad. Para mi sorpresa, de nueva cuenta, no había rastro de nadie, sólo la inquietante sensación de que algo había salido mal. La carretera se extendía en silencio y las sombras danzaban en la penumbra de la noche. Mi mente agotada y perturbada, intentaba comprender lo ocurrido. Estaba a punto de subir nuevamente al tráiler cuando unas risas infantiles resonaron en el aire, las mismas risas que había escuchado en la estación de servicio. Este giro inesperado en los acontecimientos. Me dejó aturdido cómo era posible que esas risas me persiguieran incluso en medio de la oscuridad de la carretera. La lógica se desmoronaba ante la imposibilidad de que alguien me estuviera siguiendo. Decidí acercarme con cautela a la fuente de aquel sonido, creyendo que tal vez se trataba de algún animal que explicaría mi inquietud. El susurro del viento se mezclaba con el eco de mis propios pasos, creando una sinfonía inquietante en la noche. Pero al llegar frente a un árbol cercano, la visión frente a mí fue insondable. En las ramas más altas, los gemelos estaban sentados grotescamente idénticos, tal como los había visto en la GASOLINERA la luz de la luna iluminaba sus figuras pálidas, destacando sus sopas sucias y desgarradas moretones cubrían sus cuerpos de manera irregular, como si fueran marcas de algún suceso inexplicable. La manera en que se movían, como si fueran una sola entidad enviaba escalofríos por mi espina dorsal. El terror se apoderó de mí y retrocedía hacia mi tráiler con paso vacilante, sin perder tiempo arranqué el motor rugino. En la noche, mi corazón latía con fuerza y el intento de huida era frenético, pero mientras aceleraba, las risas persistían. En un momento de desesperación, miré por el espejo retrovisor y, para mi horror, los gemelos estaban ahí sentados a un lado de mi asiento, riendo con una malevolencia incomprensible. El miedo me paralizó y en un instante de pánico, perdí el control del tráiler. La carretera se convirtió en un torbellino de confusión. Mientras el vehículo derrapaba y volcaba, la conciencia se desvaneció en la oscuridad y el mundo se desvaneció en un silencio inquietante. La noche testigo mudo de mi desconcierto se cerró alrededor de mí mientras caía en la oscuridad. Sin fin desperté en el hospital con una nebulosa confusión y no podía recordar exactamente que había sucedido la habitación. Impregnada de una tenue luz hospitalaria, me envolvía en una sensación de desconcierto a a a r r r de la de la extrañeza de la situación. No experimentaba dolor físico y me senté en la camilla en la que estaba recostado, lo cual añadía un elemento aún más desconcertante a mi estado. Antes de que pudiera sumergirme en la reflexión sobre mi situación, unas risas infantiles resonaron en la habitación. Mi mirada se dirigió rápidamente hacia el origen del sonido y ahí estaban los dos pequeños gemelos sentados en una de las camillas sorprendentemente y irradiaban una alegría que contrastaba fuertemente con la sombría atmósfera que había experimentado en su presencia anterior en un giro inesperado. Sentí una extraña conexión con aquellos niños, como si hubiéramos compartido experiencias más allá de lo comprensible. Por primera vez, desde el inicio de esta inquietante experiencia, no sentí miedo al ver a los gemelos, más bien una sensación de felicidad me invadió al constatar que estaban bien. Mis labios esbozaron una sonrisa genuina y l n ns mientras intercambiábamos palabras. Les agradecí por preocuparse por mí, aunque su agradecimiento era aún más profundo. Me contaron su historia, revelando la trágica verdad que les llevó a cruzar mi camino. Hace muchos años, cuando aún estaban vivos los gemelos, aquejados por el hambre, se aventuraron a una tienda de autoservicio en busca de comida. La búsqueda resultó totalmente inútil y decidieron olvidar su necesidad jugando en el estacionamiento de la gasolinera. Sin embargo, su juego fue interrumpido abruptamente. Un trailero ajeno a su presencia los atropelló cegando sus vidas en un instante. La crueldad del incidente se agravó aún más cuando el conductor presa del pánico, dio marcha atrás y huyó dejando tras de sí el misterio de su identidad. El horror alcanzó su punto más alto cuando comprendieron que nadie había reclamado sus cuerpos. En lugar de un reposo digno, fueron sepultados en una fosa común, en el un un oscuro rincón de un cementerio cercano. Agradecieron mi gesto de detenerme y tratar de comprarles algo, de comer un acto de bondad que de alguna manera resonó en la profundidad de sus almas cerrantes. No obstante, la conversación tomó un giro inquietante cuando los gemelos, con una seriedad que heló mi sangre, sugirieron que ahora podría estar con ellos para siempre. La confusión y la negación nublaron mi mente mientras afirmaban que yo también estaba muerto. En un gesto revelador, señalaron hacia atrás de mí y mi mirada siguió su indicación, revelando una visión aterradora mi cuerpo yacía en la misma camilla del hospital conectado a tubos y envuelto en vendajes. La realidad golpeó con una fuerza abrumadora. Estaba viendo mi propio cuerpo inerte y maltratado, lleno de tubos y yleso para tratar de enderezar mis huesos. La incredulidad me envolvía mientras clamaba que no podía morir, así que no quería morir. Los gemelos en su silenciosa tristeza me miraban triste sí, en un giro de acontecimientos surrealistas. Desperté nuevamente esta vez en mi propio cuerpo. Sin embargo, la sensación de dolor que me embargaba era inconfundible. El despertar en el hospital fue un regreso abrupto a la realidad, acompañado por un grito desgarrador que escapó de mis labios. Debido al dolor punzante, las enfermeras acudieron rápidamente, enfrentándose a la confusión y la angustia que se reflejaban en mis ojos. La verdad emergió gradualmente. Había estado en coma durante cinco días después de un accidente en la carretera. Sin embargo, la pregunta persistía en el aire cargado de incertidumbre qué había causado ese accidente en una carretera aparentemente desierta. Mis días en el hospital se volvieron una amalgama de visitas familiares y dolorosos intentos de recuperación. Recuerdo que en algún momento creí que había imaginado todo, puesto que quizás todos esos medicamentos para el dolor que me habían suministrado me pudieran haber hecho alucinar de esa manera. Sin embargo, pronto me di cuenta que no era así, puesto que una mañana poco antes de que me dieran el alta, una enfermera mencionó que ya no había visto que me visitaran mis hijos una afirmación que no encajaba en la narrativa de mi vida. La confusión se asentó cuando describió a dos gemelos que me visitaban diariamente desde mi entrada en coma. Sin embargo, yo negué tener hijos y la realidad tomó un giro escalofriante cuando la enfermera detalló la descripción exacta de los gemelos que me habían atormentado en mis encuentros paranormales. El horror se apoderó de mí al comprender que estos gemelos se habían adherido a mí de alguna manera y cuando estuve en mi casa, esos niños comenzaron a aparecer en mis sueños. En ellos los gemelos lloraban suplicando que fuera con ellos y los cuidara como si fuera su padre. Sin embargo, mi negación persistente resonaba en mis sueños, donde mi incapacidad para aceptar la muerte se mezclaba con una sensación de deber hacia esos inocentes espíritus atormentados. Apenas recuperado lo suficiente como para ponerme de pie, decidí emprender una búsqueda para dar con el lugar donde esos niños habían sido enterrados. Investigando, descubrí la ubicación de un panteón cercano y la fosa común donde los gemelos afirmaban haber sido enterrados en un pasado lejano, con veladoras flores y dulces en mano. Me dirigí hacia el lugar donde descansaban en paz relativa con una promesa solemnemente susurrada. Juré visitarlos mensualmente, tratando de calmar los inquietos susurros de los gemelos que se habían apoderado de mis sueños. Esta rutina mensual se convirtió en un ritual, una especie de penitencia autoimpuesta. Aunque los gemelos ya no aparecían en mis sueños su recuerdo p r rós Existían las veladoras parpadeantes y el susurro del viento entre las lápidas. Aquellos niños atrapados en un limbo entre la vida y la muerte habían dejado una marca imborrable en mi existencia. Existen muchas historias que giran en torno a carreteras, puentes y zonas donde ocurren muchos sucesos difíciles de creer por su naturaleza fantástica y el aura de misterio que las orbita. En el norte del país, colindando con la California de los Estados Unidos y la Baja California mexicana, existe una ruta perteneciente a la localidad de la Rumorosa, la cual, con el paso del tiempo, se ha vuelto una zona turística por el sitio arqueológico protegido por el Instituto Nacional de antropología e historia elina debido a los descubrimientos de pinturas rupestres, entre las que se encuentran el diablito y el hombre enraizado u n n s u n NS muchos años, probablemente desde mucho antes de que se trazara aquella ruta, se han contado diversas historias. La muerte ha rondado esta zona y la sangre muy seguramente ha nutrido el suelo que hoy se encuentra cubierto por el asfalto y el concreto. También las desapariciones han sido una constante a lo largo de la historia. Los accidentes también son frecuentes y con ellos se ciñe una tristeza incontable sobre el camino. Hace mucho tiempo, nadie sabe exactamente cuando sucedió el penoso caso de don Esteban, un trailero con rumbo a Mexicali para conocer a su hijo recién nacido, quien pasó a protagonizar algunas de las historias más escalofriantes que se cuentan sobre aquella ruta. Esteban era un conductor experimentado. Había recorrido la mayoría de las rutas del norte y centro del país. Desde muy joven había aprendido a manejar. No se sabe con precisión en donde nació, pero solía contar que venía de un pueblo muy pobre, donde no había nada de que echar mano, por lo que alguna vez contó entre sus compañeros y amistades de oficio. Su padre era una figura muy ausente. Dedicaba su día a beber en una cantina local en donde se gastaba el poco dinero que ganaba como ayudante de un mecánico de la zona que era amigo suyo. No contento con no estar al pendiente. Solía maltratar a su madre y a sus hermanos, quienes vivían aterrados por el temor que influía su padre. Para ellos no asistió a la escuela, al menos no lo suficiente para terminar la primaria, ya que para su padre no tenía ningún valor ir a perder el tiempo para aprender, a leer y escribir, ya que para él, antes de aprender a sujetar un lápiz, debía aprender a tomar una herramienta que si le dejara dinero y provecho. A pesar de aquellas ideas de su progenitor, su madre insistió en que al menos fuera a la primaria el tiempo suficiente para que aprendiera lo básico, leer, escribir y hacer suma y restas. En palabras de don Esteban era muy cabeza dura, ya que no le prestaba mucha atención a la maestra que impartía desde Kínder hasta Secundaria. En el mismo salón había pocos alumnos y nadie parecía estar realmente interesado en la educación de los más jóvenes, así que sólo tenían aún docente en todo el pueblo que se encargaba de impartir todo el conocimiento de la educación básica. Por las tardes solía alcanzar a su padre en el taller para aprender a reparar autos, cambiar llantas y hacer cualquier trabajo de mantenimiento. El trabajar con metales y aceite le parecía más entretenido que tener que hacer planillas de figuras y dibujos para mejorar su caligrafía y escuchar la forma tan vulgar con la que se expresaban los mayores. Le resultaba más fascinante y útil que tomar algún libro de lectura, de modo que sólo acudió a los primeros grados de la primaria con muy malas condiciones y pasando prácticamente de panzas por la infinita bondad de su maestra. Pero a pesar de que, como estudiante, no destacaba ni brillaba, aprendió a leer y escribir con muy mala ortografía y una pésima letra, pero podía entender lo que decían los carteles y etiquetas que rondaban por el taller. Pronto el trabajo se volvió su principal actividad, abandonó su educación sin previo aviso e invirtió todo su tiempo en aprender lo más que pudiera sobre mecánica. Tenía la esperanza de poner un taller como en el que trabaja cuando creciera y tuviera el dinero suficiente, pero la vida dios o, el destino tenía otras cosas preparadas para Esteban, el propietario del negocio, le enseñó todo lo que sabía y con el paso del tiempo, Esteban sustituyó al alcohólico de su padre y éste se dedicó enteramente a pasar todos sus días en la cantina, solicitando crédito que pagaba con el salario de su hijo. Durante aquellos años, a Esteban le estaba yendo relativamente bien con el poco dinero que les sobraba por su trabajo. Ayudaba a su familia para que sus hermanos no pasaran hambre. Era el mayor y sentía mucha responsabilidad con ellos, ya que su padre era un completo desobligado. Su madre se empleaba en los negocios y casas de la zona, pero no le pagaban el suficiente dinero ni era una fuente de empleo muy segura, así que la familia dependía enteramente del ingreso de su hijo mayor. Esteban se convirtió en la mano derecha del propietario del taller. Cuando tendría alrededor de catorce años, aprendió a manejar y aprovechaba a aprender a manejar distinto tipo de vehículos con los autos de los clientes, quienes solían dejarlos para que les realizaran distintas pruebas y reparaciones, pero sus planes cambiaron cuando le notificaron que su padre había fallecido en la cantina, donde solía estar al parecer de cirrosis cepática. Con la muerte de su padre, el ingreso familiar les alcanzaba más, pero también la pérdida golpeó nuevamente a Esteban, el propietario del Taller, falleció en un accidente justamente mientras conducía por la rumorosa con destino a ensenada para visitar a su hija y conocer a su nieto, que hacía algunos meses había nacido con el deceso de quien fue su maestro y hasta cierto punto figura paterna. Esteban no pudo seguir trabajando de mecánico ni adquirir las herramientas del mismo, ya que la familia del difunto optó por cerrar el taller y vender todo lo que tenía para costear los gastos funerales, sin trabajo, sin dinero para emprender. Buscó empleo en su localidad, pero no tuvo suerte hasta que en cierta ocasión, mientras había ido a buscar empleo a una gasolinera cercana, vio un anuncio en un remolque donde leyó que estaban buscando conductores. Memorizó la dirección de la empresa y, a través de pedir aventones y pagar por ellos, realizando pequeñas reparaciones, logró llegar a la empresa donde inglés a solicitar empleo. El encargado de recursos humanos, al escuchar la historia de cómo había llegado, decidió darle una oportunidad a un jovencito que apenas rondaba a los dieciséis años. Ese mismo día le realizaron algunas pruebas de conducción y las logró aprobar. La empresa necesitaba que las vacantes se cubrieran cuanto antes, ya que tenían muchas entregas que realizar. Entró en el área de mantenimiento dando servicio a los tractocamiones. Gracias a que tenía nociones de mecánica y aún no cumplía con la edad mínima para solicitar una licencia de manejo, le propusieron que trabajara en aquel departamento hasta que pudiera llevar una unidad el solo y aprendiera la reglamentación básica para trabajar de ese oficio. Esteban aceptó y durante dos años mientras trabajaba como mecánico, también fue aprendiz de trailero. Con los dieciocho años cumplidos y con una vacante libre para ser trailero. Esteban presentó su solicio, acudió a las pruebas correspondientes y las aprobó sin ningún problema. El resultado fue que se ganó su lugar como conductor designado de una unidad. Mientras Esteban se abría camino como trailero, sus hermanos menores, que se habían quedado con su madre en el pueblo, comenzaron a rodearse de malas personas y pronto estaban trabajando como halcones y dillars. Aquella situación provocó que Esteban decidiera distanciarse por completo de su familia. De vez en cuando solía visitar a su madre y le dejaba un poco de dinero para sus gastos, pero ella solía dárselos a sus hermanos. Por la naturaleza de su trabajo no le permitió echar raíces en ningún lugar. Se la pasaba la mayor parte de su día, conduciendo por distintas rutas transportando cualquier cosa que los clientes para la empresa que trabajaba le pidieran mover de punto a punto. B trabajó duramente durante varios años y pronto se aprendió la mayoría de las rutas y culminó todos sus viajes sin mayor problema. No se sabe cómo ni en qué momento. Se enamoró y casó con una mujer que vivía en mexical y y es que, según sus compañeros Esteban era una persona muy reservada que se limitaba a hablar lo suficiente, pero se volvía alguien más social. Cuando se tomaba algunas cervezas el alcohol en su torrente sanguíneo, lo volvía a una persona más social y algunas veces incluso habladora. Durante algunas festividades que la empresa celebraba con sus empleados, fueron de las pocas veces en la que Esteban externó algunos de los detalles sobre su vida y su pasado. El punto es que, a pesar de haber contraído matrimonio con una mujer originaria de Mexicali, Esteban no solía frecuentar mucho aquellos rumbos. La mayoría de sus rutas las tenía en los Estados de Nuevo León, Sonora, Durango, Tamaulipas y San Luis Potosí. Conducía incluso durante sus vacaciones y sólo frecuentaba los Estados del noroeste del país cuando surgía un trabajo por aquella zona y ningún otro conductor estaba disponible para cubrirla. El hecho es que, previo a su misteriosa muerte, habían estado surgiendo bastante demanda para los Estados de la California mexicana y la mayoría de los traileros desconocían muchas de las rutas que conducían a aquellos destinos. Esteban fue el principal encargado de completar aquellos trabajos. Trabajaba de manera incesante y nadie podía entender a que se debía su alta resistencia a pasar horas ininterrumpidas, conduciendo más aún con tan pocas horas de sueño al día, Todos esperaban a que en algún punto, Esteban colapsara por el exceso de trabajo al que se sometía. Algunos otros trabajadores afirmaban que seguramente recurría a narcóticos para poder mantener ese ritmo de trabajo, pero nunca se confirmó o desmintió aquellos rumores sobre Esteban como fuera ni a la empresa camionera para la que trabaja. Esteban n terrezaba saber el secreto detrás de tan alto rendimiento y mucho menos a los clientes, quienes estaban encantados con que sus materiales y pedidos llegaran hasta aquella región. El clima tan severo que caracteriza a la mayoría de los Estados del norte de México a veces les jugaba en contra a cualquier trailero por más experimentado que éste fuera. Muchos compañeros de labor de Esteban tuvieron algunos percances y accidentes en algunas rutas. La mayoría de ellos no pasaron de daños, materiales y contratiempos, pero la alta demanda del mercado lo superaba con creces, así que la industria vivía una excelente época. Los conductores eran bien recompensados económicamente, aunque el precio para todos era estar lejos y ausente de sus seres queridos. La mayor parte del año, la mayoría de personas que trabajan en este rubro suelen perderse cumpleaños reuniones familiares o con amigos, los nacimientos de sus hijos, sus s s p s, s s pasos o sus primeras palabras. Aún con todo esto, consideraban que el trabajo que realizaban era de suma importancia, ya que ellos eran quienes transportaban la maquinaria para los hospitales, escuelas y edificios, y también lo hacían con materiales de construcción o materias primas para los alimentos, de modo que sentían una gran responsabilidad no sólo con la empresa, sino también con las personas que se beneficiaban directa o indirectamente de su labor. Tras un año sumamente fuerte, donde la empresa había ganado bastante dinero y comenzaba a renovar su flotilla de tráilers, Esteban fue llamado durante las fiestas de seembrinas de fin de año para que tomara un trabajo que había surgido en calidad de urgencia para nuevo león. Esteban aceptó la encomienda aún siendo sabedor de que su hijo nacería en los próximos dos primeros meses del nuevo año. De hecho, había solicitado sus vacaciones que había acumulado a lo largo de su paso por la empresa u como conductor, pero al no contar con nadie tan eficiente como él por la renovación de tráilers, los cuales no habían sido entregados en su totalidad y por la temporada habían aprovechado para vender parte de los antiguos. Era de los pocos traileros confiables que podría realizar aquella ruta. Sólo tendría que trabajar unos días para entregar los materiales que solicitaban con urgencia y después de eso podría disfrutar de sus vacaciones en paz y le pagarían un extra por la llamada tan repentina, Esteban aceptó el trabajo y se despidió de su esposa para realizar dicho viaje. Tal y como acordaron, Esteban realizó todo el trayecto, a pesar de la situación climatológica y la temporada, donde eran comunes cientos de accidentes vehiculares por el exceso de velocidad y el abuso del alcohol. Arribó a Monterrey hasta el Almacén, donde le fue indicado dejar el remolque. Cuando éste llegó al centro de distribución, la encargada de embarques le pidió que acudiera al área de recursos humanos, ya que al parecer, habían estado intentando contactarlo desde Mexicali. Esteban acudió de inmediato con la encargada del departamento, donde le fue informado que su esposa había estado intentando contactarlo desde hacia alrededor de doce horas, ya que, al parecer, el embarazo se había complicado y ésta necesitaba acudir al hospital. Esteban se puso en contacto con la familia de su esposa y ahí se enteró de que, durante su ausencia, el embarazo había comenzado a marchar mal. La embarazada comenzó a sentir molestias, dolores y sangrados repentinos, como si de un aborto se tratara. El parto estaba programado para dentro de dos meses, por lo que la vida de su hijo o hija estaba en riesgo y con ella también la de su madre. Durante la llamada le informaron que su esposa estaba esperándolo sin pensarlo mucho. Esteban esperó a que desanclaran su unidad del remolque para poner r RLS hasta Mexicali. El equipo de mantenimiento le pidió esperar a que realizaran una valorización integral de la unidad, ya que era algo viejo aquel trailer y no era seguro para él conducir sin un diagnóstico previo. Pero a Esteban poco le importó lo que el ingeniero le recomendó hacer. Le informó que su esposa estaba tratando de dar a luz en un hospital al otro lado del país y no había tiempo que perder, ya que, de lo contrario, no estaría ahí para conocer a su hijo. El ingeniero comprendió su angustia en las palabras y expresiones de Esteban y a pesar de saltarse el protocolo, le dijo que le ayudaría a darle salida a su unidad para que se pusiera en marcha lo antes posible. Esteban, con los nervios a flor de piel y la impaciencia por primera vez acechando a sus anchas, aceptó y esperó impacientemente en una banca, mientras el ingeniero les ordenaba a su equipo que detuvieran cualquier cosa que estuvieran haciendo y llenaran el tanque de disel de la unidad. Mientras Esteban movía incansablemente sus pies, el personal del lugar estaba rellenando el depósito de combustible del tráiler. Los escasos minutos que se demoraron le parecieron una eternidad a Esteban. Al poco tiempo, uno de aquellos jóvenes le indicó que ya podía partir Esteban sin perder un minuto. Se subió a su unidad, revisó los espejos y los colocó en su lugar, ya que ahora no había remolque que llevara a cuestas. Encendió el motor de la máquina con ruedas y comenzó a maniobrar para salir del langar donde se encontraba. Buscó las rutas más rápidas para llegar a Mexicali y sobre un mapa tachó el camino de la rumorosa, el mismo donde había tenido un accidente su anterior patrón, pero eso fue lo último que pensó. Estaba más preocupado por llegar a tiempo para recibir a su hijo o despedir a su amada que por recordar pérdidas anteriores. Condujo sin tomar ningún descanso s s s NS para cargar un poco de combustible cuando las agujas comenzaban a descender. No había dormido ni descansado lo suficiente de su anterior viaje y ya estaba realizando una ruta de retorno. Logró conducir sin mayor problema y sin muestras de cansancio durante prácticamente todo su trayecto. Atravesó Coahuila, Chihuahua, sonora y cuando entró a Baja California, le tocó tomar la famosa ruta de la rumorosa. Pero cuando se encontraba a la mitad del camino, el tráiler que conducía, comenzó a presentar algunas fallas mecánicas. Su vehículo tenía problemas de sobrecalentamiento, los cuales lo obligaron a salir del camino y revisar por sí mismo. La falla bajó de su camión y abrió el cofre del tráiler, el cual ardía y quemaba al tacto, echaba humo y el aspecto y olor no eran muy alentadores. Cuando la temperatura se redujo lo suficiente, comenzó a inspeccionarlo, pero necesitaba algunas herramientas para poder ubicar rápidamente la falla. Sin embargo, para su sorpresa, había dejado la caja de herramientas del tráiler en nuevo león, ya que durante la inspección suelen revisar toda la unidad y al finalizar, volver a cargarlas. Pero, como había salido de prisa del centro de distribución éstas no habían sido devueltas a su lugar. Como pudo. Intentó inspeccionar el motor y diagnosticar el resto de componentes, pero no podía hacer gran cosa. Realmente, mientras sucedía esto comenzaba a perder la calma y el mejor que nadie sabía que bajo ese Estado poco podría solucionar. No tenía ninguna forma de avisarle a alguien que su unidad se había quedado parada en mitad de la nada. Las temperaturas invernales igual eran otro factor a considerar, ya que gran parte de la carretera estaba cubierta por una capa de hielo. No había muchas unidades transitando en ningún sentido sobre la ruta durante gran parte de su recorrido. Aquella ausencia de vehículos le había resultado favorable, ya que podía conducir a mayor velocidad sin tanto problema, pero ahora que se encontraba varado le resultaba inconveniente. El frío no obligó a entrar a la cabina de conducción del tráiler mientras esperaba a que alguna persona pasara por el lugar y le diera un aventón. Pero ninguno de los pocos vehículos que pasó por el lugar se detuvo a ver si necesitaba algo. Esperó un par de horas, pero la situación fue la misma. Nadie se detenía a brindar la ayuda y mucho menos se ofrecían a llevarlo hasta la ciudad o poblado más cercano. Con cada minuto que pasaba, la desesperación aumentaba y la incertidumbre y duda sobre el estado de su esposa o hijos se acrecentaba. No sabía que podría llegar a tiempo para recibir en brazos a su esposa e hijo, o llegaría para gestionar el deceso de uno de ellos o peor aún de los dos. A pesar del inclemente clima, Esteban se volvió al tran Wiler, buscó toda la ropa que llevaba consigo y se vistió para intentar hacer frente al frío y puso marcha a pie hasta su lugar de destino. A partir de que Esteban dejó abandonada su unidad. No se sabe que pasó con precisión. Algunas personas que condujeron por la ruta comentaron haber visto una figura caminando sobre la orilla de la carretera, pero que, a pesar de los intentos de auxiliarlo y llevarlo, éste se negó continuando caminando sin siquiera detenerse. Otras versiones cuentan que algo persiguió a un hombre sobre esa misma carretera, ya que un conductor aseguró que, mientras manejaba por el lugar, observó cómo una figura humana corría desesperadamente sobre la orilla del camino mientras volteaba repetidamente la cabeza hacia atrás, mientras sostenía un sobre en su mano. Y cuando este conductor se acercó para intentar ayudar el hombre, que corría desesperadamente sobre la carretera, se acercó a la ventana y le entregó él sobre lo que llevaba consigo, pidiéndole que llevará ese dinero a su hijo, que estaba por nacer. Seguido de aquel acto, el hombre se quedó de pie inmóvil frente al conductor del vehículo hasta que éste se marchó. Los traileros que suelen tomar esta ruta suelen contar historias relacionadas a la aparición de un hombre que se encuentra pidiendo un aventón en la orilla de la carretera y cuando es ocurrido por los traileros, este sube y les entrega un sobrecon dinero y les dice que se lo entreguen a su esposa, que está a punto de dar a luz en Mexicali para acto seguido esfumarse de la nada con la unidad en movimiento. Algunas historias dicen que si los conductores se quedan con el dinero, éstos mueren en aparatosos accidentes. Relatos escritos y adaptados por Lis Rayón