Latest / Cultura y Audiolibros / El barril de amontillado (Edgar Allan Poe) | Cuento de terror 10
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- Cultura y audiolibros. Hoy te invito a explorar la oscuridad que se esconde en las profundidades del ser humano a través de la obra de Poe el barril de Amontillado. La historia es narrada en primera persona por Montresor, un hombre que busca vengarse de fortunato, quien aparentemente lo ha insultado. Montresor nos llevará hacia los oscuros y misteriosos sótanos de su palacio, llenos de barriles de licor, donde encontraremos el tan oscuro vino de amontillado. Alguna vez has sentido una ira tan profunda que te consume por dentro. Alguna vez te has preguntado hasta dónde puede llegar una persona movida por la sed de venganza con ustedes el barril de amontillado. Soporté con la mayor paciencia que pude las innumerables ofensas de fortunato. Sin embargo, cuando llegó el insulto juré vengarme vosotros que conocéis también mi personalidad. No penséis que mencioné algo sobre mis intenciones. Tarde o temprano conseguiría mi venganza. Eso estaba completamente decidido, pero el mismo nivel de decisión con el que lo había resuelto me garantizaba que no corría riesgo alguno. No sólo tenía que castigarlo, sino hacerlo sin sufrir consecuencias. Una ofensa no se salda. Si el castigo adecuado perjudica al vengador, tampoco se resuelve si el ofensor no se da cuenta de quién se está vengando. Es importante entender que nunca le di a Fortunato razón alguna para sospechar de mi buena voluntad hacia él. Seguí sonriendo en su presencia como siempre, y él no podía darse cuenta que, detrás de mi sonrisa se ocultaba mi deseo de arrebatarle la vida. Fortunato tenía una debilidad. Aunque en otros aspectos era un hombre respetable, incluso digno de temor, siempre se jactaba de ser un experto en vinos pocos italianos poseen el verdadero arte de la cata En muchos. Su entusiasmo a menudo se moldea según lo que la ocasión y el momento exigen, con el propósito de engañar a los ricos británicos y austríacos. En lo que respecta a pintura y joyas, Fortunato, como muchos de sus compatriotas, era un completo fanfarrón, pero en lo que a vinos añejos se refiere, era auténtico. En este aspecto, dio no era muy diferente a él. También era bastante conocedor de los vinos italianos y siempre que tenía la oportunidad, compraba en grandes cantidades. Una tarde casi al caer la noche en medio de la locura del carnaval, me encontré con mi amigo. Me recibió con gran efusividad, ya que había estado bebiendo bastante. El buen hombre iba disfrazado de payaso llevaba un traje ajustado, rayado de colores y su cabeza estaba coronada por un pequeño sombrero cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de ver lo que sentí que nunca antes había estrechado su mano con tanto entusiasmo como en aquel momento. Querido fortunato le dije en tono jovial. Este es un encuentro afortunado, pero qué buen aspecto tiene usted hoy. El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado y tengo mis dudas. Como dijo él amontillado, un barril imposible y en pleno carnaval. Por eso mismo le digo que tengo mis dudas, contesté e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted y temía perder la ocasión amontillado. Tengo mis dudas amontillado y he de pagarlo amontillado. Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luksi. Él es un buen entendido. Él me dirá. Luksi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted. Vamos, Vamos allá a donde a sus bodegas. No mi querido amigo, no quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luksi, no tengo ningún compromiso. Vamos no, amigo mío, aunque usted no tenga compromiso alguno veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas. Están materialmente cubiertas de salitre. A pesar de todo, vamos no importa el frío amontillado. Le han engañado a usted y luque si no sabe distinguir el jerez del amontillado. Diciendo esto, fortunato, me cogió del brazo, me puse un antifaz de seda negra y ciñéndome bien al cuerpo mi rock el aire, me dejé conducir por el hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes de sobra, lo sabía yo para asegurarme la inmediata desaparición de ellos. En cuanto volviera a las espaldas cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a fortunato una de ellas y le guié haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones. Al seguirme, llegamos por fin a los últimos peldaños y nos encontramos uno frente a otro sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors. El andar de mi amigo era vacilante y los y los sons scabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas y el barril preguntó está más allá. Le contesté, pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva. Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas que destilaban las lágrimas de la embriaguez. Salitre me preguntó por fin. Salitre, le contesté hace mucho tiempo que tiene ustedes a tos ehem ehem ehem ehem eheen ehem ehem ehem A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos. No es nada. Dijo. Por último, Venga, le dije enérgicamente Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío es usted rico, respetado, admirado, querido, es usted feliz como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse por lo que a mí respecta. Es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Lukei Basta. Me dijo esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de todos. Verdad, verdad le contesté realmente. No era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medocle defenderá de la humedad y, diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas tumbadas en el húmedo suelo. Beba le dije, ofreciéndole el vino, se llevó la botella a los labios. Mirándome de soslayo, hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron. Bebo dijo a la salud de los enterrados que descansan en torno a or nuestro y yo por la larga vida de usted. De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino. Esas cuevas, me dijo son muy vastas. Los Montresors le respondí eran una familia grande y numerosa he olvidado cuáles eran sus escudos de armas. Un pie dorado grande en un campo azul, el pie aplasta una serpiente enroscada, cuyos dientes se clavan en el talón y cuál es su lema. En latín, nemo me impune el acecit en español nadie me ataca sin consecuencias. Muy bien dijo brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc por entre las murallas formadas por montones de esqueletos mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo. Esta vez me atrevía a coger era fortunato de un brazo más arriba del codo. El salitre le dije vea usted cómo va aumentando como si fuera musgo cuelga de las bóvedas Ahora estamos bajo el lecho del río. Las botas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos no es nada. Dijo Continuemos, pero primero echemos otro traguito de medoc. Rompí un frasco de vino de de grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego, Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender. Le Miré sorprendido. Él repitió el movimiento, un movimiento grotesco. No entiende. Usted preguntó no le respondí entonces no es usted de la hermandad, como no pertenece usted a la masonería. Sí, Sí, dije, Sí, Sí, Usted, imposible un masón, un masón repliqué muestre un signo, dijo este le contesté sacando una paleta de albañil de debajo de mi capa. Está bromeando, dijo, retrocediendo unos pasos, pero bueno, vayamos por el amontillado. Está bien, dije, guardando la herramienta bajo mi capa y ofreciéndole nuevamente mi brazo. Apoyó su peso sobre mí y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bóvedas muy bajas. Descendimos, avanzamos y luego descendimos nuevamente hasta llegar a una cripta profunda donde el aire impuro hacía que nuestras antorchas brillaran con un tono rojizo más que luminoso. En el rincón más alejado de la cripta se encontraba otra más pequeña. En sus paredes se habían alineado restos humanos que se acumulaban desde la cueva encima de nosotros, similar a las grandes catacumbas de París. Tres de los lados de esa cripta interior también estaban decorados de la misma manera. Del cuarto lado se habían retirado los huesos y estaban esparcidos por el suelo, formando un montón en un rincón. Dentro de la pared que había quedado expuesta por la caída de los huesos, se podía ver otro recinto interior de aproximadamente cuatro pies de profundidad y tres de ancho con una altura de seis o siete pies. Parecía no haber sido construido con un propósito específico, sino que simplemente formaba un hueco entre dos de los enormes pilares que sostenían la bóveda de las catacumbas y se apoyaba en una de las sólidas paredes de granito que las rodeaban en vano. Fortunato, sosteniendo su antorcha casi consumida, intentaba penetrar en la profundidad de ese recinto. La la débil luz no se impedía ver el fondo avance le dije. Ahí está el amontillado. Si Luquesi estuviera aquí es un ignorante. Interrumpió mi amigo avanzando con paso inseguro y seguido de cerca por mí. En un instante llegó al fondo del nicho y al encontrar su camino bloqueado por la roca, se detuvo atónito y desconcertado. Un momento después logré encadenarlo al granito. En la superficie había dos anillas de hierro separadas horizontalmente por unos dos pies en volver su cintura con las cadenas para sujetarlo. Fue cuestión de segundos. Estaba demasiado aturdido para oponer resistencia. Saqué la llave y retrocedí saliendo del recinto. Pase la mano por la pared le dije y no podrá evitar sentir el salitre. Está extremadamente húmeda. Permítame rogarle que regrese. No entonces. No me queda más remedio que dejarlo aquí, pero antes debo brindarle ciertos cuidados que están a mi alcance. El amontillado exclamó mi amigo que aún no había salido de su asombro. Sí, respondí el amontillado y diciendo estas palabras, me ocupé de ese montón de huesos al que antes me referí apartándolos a un lado. Pronto dejé al descubierto una cantidad de piedra y mortero de construcción. Con estos materiales y con la ayuda de mi paleta, comencé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas coloqué la primera piedra de mi trabajo de albañilería. Me di cuenta de que la embriaguez de fortunato se había disipado en gran medida. El primer indicio fue un gemido ahogado que salió de las profundidades del recinto ya no era el grito de un hombre ebrio. Después hubo un largo y persistente silencio sobre la primera hilera. Coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Luego escuché los furiosos sacudimientos de las cadenas. El ruido continuó durante unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Finalmente, cuando cesó aquel clujido, retomé mi paleta y continué sin interrupciones con la quinta, sexta y séptima hileras. La pared alcanzó entonces la altura de mi pecho. Me detuve nuevamente, levanté la antorcha sobre la obra que había realizado y dirigí la luz hacia la figura que se encontraba en el interior, de repente una serie de gritos fuertes y agudos salió de la garganta del hombre encadenado como si intentara rechazarme violentamente hacia atrás. Por un momento vacilé y me estremecí saqué mi espada y empecé a lanzar estocadas hacia el interior del nicho, pero un momento de reflexión fue su f para tranquilizarme. Puse la mano sobre la sólida pared de piedra y respiré aliviado me acerqué nuevamente a la pared y respondí a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los superé en extensión y fuerza. Así lo hice y la persona que gritaba. Finalmente se cayó. Ya era medianoche y mi trabajo estaba llegando a su fin. Había completado las octava, novena y décima hiladas, Casi había terminado la undécima y sólo que daba una piedra por colocar y en lucir tenía que luchar contra su peso. Sólo se colocaba parcialmente en la posición necesaria. Pero entonces, desde el interior del nicho salió una risa ahogada que me erizó los pelos. Era imitida con una voz tan triste que apenas la identifiqué como la del noble Fortunato. La voz decía jajaja buena broma, Amigo, buena broma. Nos reiremos después en el Palazzo sobre nuestro vino. Jajaja el amontillado, dije. Jajaja, sí, el amontillado, pero no se nos hace tarde. No estarán esperándonos, Lady, Fortunato y los demás en el Palazzo. Vámonos, sí, dije. Vámonos ya por el amor de Dios Montresor, sí, dije, por el amor de Dios. En vano intenté obtener respuesta a esas palabras. Me impacienté y llamé en voz alta Fortunato. No hubo respuesta, así que volví a llamar. Fortunato, tampoco hubo respuesta. Metí una antorcha en el hueco que quedaba y la dejé caer en el interior. Sólo obtuve como respuesta un tintineo Sentía una presión en el corazón, probablemente debido a la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo con mucho esfuerzo. Coloqué la última piedra en su lugar y la cubrí con mortero. Volví a levantar la antigua barrera de huesos contra la nueva pared Durante medio siglo, nadie ha vuelto a tocarlos que descansen en paz. Durante medio siglo, nadie ha vuelto a tocarlos que descansen en paz. Gracias por unirse a cultura y audiolibros. Acompáñame en este breve análisis. La historia es narrada en primera persona por montresor, un hombre que busca vengarse de un conocido fortunato quien aparentemente lo ha insultado. Aunque nunca se especifica la naturaleza exacta del insulto, se nos permite vislumbrar la enorme gravedad que Montresor le atribuye, tanto que justifica un acto de venganza extremo. Esta ambigüedad proporciona una dimensión adicional al relato, permitiendo al lector especular sobre la gravedad del agravio y, al mismo tiempo, cuestionar la estabilidad mental de Montresor. O utiliza con habilidad el escenario de la historia para evocar una sensación de claustrofobia y miedo. Los personajes se mueven desde el bullicio alegre y brillante del carnaval veneciano hasta las profundidades oscuras y silenciosas de las catacumbas bajo la casa de Montresor. El contraste entre estos dos escenarios subraya la naturaleza bifurcada de Montresor en la superficie un caballero afable y hospitalario, pero debajo un ser lleno de resentimiento y malicia. La representación de Poe del tema de la venganza es especialmente inquietante. Montresor no se contenta con matar a Fortunato, quiere hacerlo de tal manera que este último sepa quién es su asesino y por qué muere. Montresor busca no sólo la muerte física de Fortunato, sino también su humillación psicológica. A la vez desea llevar a cabo su venganza de tal manera que quede impune. Esto refleja la verdadera naturaleza vengativa de Montresor, que está más interesada en el sufrimiento de su víctima que en la justicia en sí misma. Pou también muestra su dominio en el uso del simbolismo. El Barril de Amontillado en sí mismo, un vino costoso y exquisito se convierte en una trampa mortal para fortunato. Además, el hecho de que el castigo final se realice en una catacumba, un lugar de muerte y olvido y se concrete a través de un muro simboliza tanto la inevitabilidad de la muerte como el deseo de montresor de enterrar su propio resentimiento. En resumen, el Barril de Amontillado es una gran obra de la literatura gótica y un estudio inquietante de la naturaleza de la venganza pou. A través de su uso de la narración en primera persona, el horror psicológico y el simbolismo, logra crear una historia que no sólo entretiene, sino que también obliga a los lectores a cuestionar las profundidades a las que puede llegar el deseo de venganza