Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / El Demonio Que Tomó La Forma De Mi Abuelo Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia también pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Hace tres años me vi enfrentado a la difícil decisión de interrumpir mis estudios debido a desafíos académicos que se presentaron en mi camino. Este período complicado coincidió con la noticia devastadora del diagnóstico de cáncer terminal que afectó a uno de mis seres queridos, mi abuelo. La cruel realidad de la enfermedad se reveló en un estado avanzado, dejándonos con la angustia de saber que el tiempo con él se agotaba rápidamente. En aquel momento, la vida se volvió un complicado equilibrio entre intentar avanzar en mis estudios y ofrecer el apoyo necesario a mi familia, que enfrentaba la difícil tarea de lidio con la enfermedad de nuestro abuelo. Como estudiante, enfrenté desafíos académicos que, por desgracia, me llevaron a tomar la decisión de pausar mi educación temporalmente. Sin embargo, esta pausa no fue simplemente un paréntesis en mi vida. Se convirtió en un período de aprendizaje profundo sobre la fragilidad de la existencia y la importancia de las relaciones familiares. Mi nombre es Juan y soy originario de un pequeño pueblo en el Estado de México, donde la vida fluye con la tranquilidad característica de las comunidades más lejanas a la ciudad. Durante ese tiempo he experimentado un crecimiento personal significativo mientras intentaba equilibrar las responsabilidades familiares y personales. Mi abuelo era un hombre de fuertes convicciones arraigadas en ideas machistas dejó una marca imborrable en mi memoria. Su relación con mi abuela estaba marcada por golpes, cinturonazos y muchas horas humillaciones. Tenía una expresión de autoridad que, aunque era común en su época, ahora reconocemos como inaceptable. Con sus propios hijos. Nunca despegó gestos cariñosos, creando un ambiente familiar tenso y distante. En este contexto, mi posición como nieto no era privilegiada. Al no estar entre sus favoritos, experimenté un trato que reflejaba sus patrones de comportamiento arraigados. A pesar de mi deseo de conectar con él, me encontré navegando en un mar de indiferencia y desaprobación, pero era mi abuelo y la noticia de su enfermedad me pegó en el corazón como a todos, aunque la verdad muchas veces prefería no estar cerca de él para evitar insultos y ese tipo de cosas. Aún así. Mi mamá prácticamente me rogó que lo cuidara en la última etapa de la enfermedad y la verdad no tenía opción. Al final del día, era mi abuelo y no podía alegar aunque, siendo sincero, no quería hacerlo, y no por mal nieto, sino porque porque no quería recibir malos tratos. Pero cuando se lo dije a mi madre, ella me dijo que él ni siquiera tenía fuerzas para ser grosero, pues se encontraba muy mal. Yo era el único que podía cuidarlo, pues mis tíos viven en Estados Unidos y solamente mi madre se había quedado en México y como ella trabajaba en una oficina de tiempo completo, no era posible que se encargara de él. A veces pedía permiso, pero no podía estar siempre ahí, porque teníamos muchos gastos y a pesar de que todos apoyaban, a veces no alcanzaba, ya que los tratamientos eran muy costosos. Mi abuela, por otro lado, es una mujer muy amorosa, aunque renegó de los malos tratos que recibía por amor a sus hijos. Soportó una vida de humillaciones, pero ya estaba muy viejita para cuidar de mi abuelo, así que no había opción. Sólo yo podía cuidar de él. Y pues en el fondo, me sentía mal por mi abuela, por todo lo que había pasado y porque, a pesar de eso, ía ba. Se sentía culpable por no poder estar presente con el abuelo. Solamente por ella acepté y también por mi conciencia y por qué no iba a estudiar ese año así que decidí hacer esa obra de caridad. No tenía conocimientos para cuidar a un anciano enfermo, pero mi abuelita me fue explicando poco a poco lo que ella sabía. También las enfermeras me ayudaron mucho a saber qué hacer y cómo actuar dependiendo el estado de mi abuelo En esos momentos difíciles, la dualidad de mis responsabilidades pesaba sobre mis hombros. Cuidar de mi abuelo en su estado frágil y terminal era un desafío abrumador. A pesar de la historia complicada que compartíamos, me encariñé de él mientras enfrentábamos juntos la cruel realidad de la enfermedad. Realmente éramos él y yo contra esa horrible realidad. Mi abuelo, a pesar de sus acciones pasadas, se convirtió en un ser vulnerable que dependía de mi ayuda. La tarea de equilibrar sus necesidades con las responsabilidades de diario. Se volvió una carga emocional y física. Aprendí a administrar los cuidados diarios, a comprender sus señales de malestar y a ofrecer consuelo en momentos de dolor. Quienes han pasado por una situación así saben lo difícil, qué es para el enfermo y para la familia. Es una lucha constante con la esperanza. Sucedió lo inevitable. Pasaron cuatro meses desde que me quedé con los abuelos hasta que finalmente mi abuelo falleció. Fue un momento muy complicado para mí personalmente, porque muchos años no era muy feliz viendo al abuelo por sus malos tratos, pero sus últimos días me encariñé con él y sentí muy feo al saber que había perdido la vida. Lamentaba la situación que nos había unido. En fin, mis tíos se llevaron a mi abuela a vivir con ellos. Y en este punto es donde realmente comienza la historia que quiero contarles. Sólo que era necesario dar contexto de lo que había pasado anteriormente. En ese entonces me sentía a tris triste. Tenía muchos problemas, todo se me juntó, no tenía trabajo y tampoco iba a estudiar. Una tarde llegó una amiga de mi madre a visitarnos entre la plática. Le habló sobre un asilo donde estaban buscando personal, no enfermeras o médicos, sino más bien asistentes que ayudaran con la limpieza y cuidado de los ancianos. Entonces mi madre me miró y me dijo que yo podría ser perfecto para ese trabajo, ya que tenía experiencia con lo que había pasado con mi abuelo que además estaría muy bien. Me ganaría un dinero mientras volvía de nuevo a la escuela. Era una gran oportunidad y la verdad lo vi como algo bueno, aunque también me pondría triste ver a otros viejitos, ya que me recordarían a mi abuelo, pero eso también me haría más fuerte. Creo que estar en un asilo no era algo que me imaginaba hacer, pero al estar viviendo con mis abuelos, me di cuenta de lo triste que a veces es la soledad que rondan los viejos, abandonados y olvidados por sus parientes. Hacen lo que pueden por sobrevivir y darles algo de sentido a sus vidas con cosas como la música o películas antiguas, comiendo sus comidas favoritas y principalmente buscando atención de sus hijos y nietos. Entonces un asilo era aún más triste y no me parecía una mala idea hacerlo. Con esa nueva oportunidad frente a mí, decidí aceptar el trabajo en el asilo, aunque la idea de enfrentarme a la triste realidad de la soledad en los ancianos me pesaba en el corazón, pero reconocí la oportunidad de brindarles compañía y cuidado. Mi experiencia con mi abuelo se convirtió en una herramienta invaluable para comprender y conectar con los residentes del asilo en un nivel más profundo. Cuando me presenté al lugar para la entrevista, no me pusieron muchos peros me pidieron que les hablara un poco de mi experiencia con adultos mayores. Si tenía una idea de lo que iba a hacer en ese lugar. Yo contesté con mucha honestidad diciendo lo que sabía. Me dijeron que estaba contratado y que podía empezar al día siguiente. Para irme familiarizando con el personal y con la rutina de los ancianos. La verdad me extrañó un poco que me contrataran de esa manera. Pensé que se necesitaba más experiencia o algunas referencias, pero todo se me hizo relativamente fácil, aunque bueno más tarde entendería la razón. En la primera semana me dediqué a conocer a los ancianos. Muchos ya no sabían quiénes eran ni lo que estaban haciendo en ese sitio. Ellos me parecían los más afortunados, porque los que estaban conscientes de la realidad de alguna manera se sentían tristes o enojados por estar en el asilo o quizás también por las pocas visitas de sus familiares. En ese tiempo no noté nada extraño la verdad hasta la segunda semana que me tocó quedarme junto con otros compañeros en el turno de la noche. Lo normal era que después de las nueve de la noche apagaran las luces y luego reinaba la tranquilidad, o al menos eso era lo que me habían dicho. Sin embargo, aquella ocasión, como a eso de las dos de la madrugada, tocaron la puerta del asilo. En varias ocasiones, alguien estaba al otro lado y parecía que quería tirar la puerta a patadas. El guardia de seguridad fue a revisar eso y se dio cuenta de que era la policía. El oficial dio las buenas noches y dijo que estaban ahí porque les habían marcado desde esa dirección denunciando una emergencia muy importante. Entonces todos nos quedamos extrañados, viéndonos unos a otros intentando entender quién había marcado y a qué emergencia se refería el oficial la enfermera que estaba encargada esa noche nos pidió revisar todos los cuartos por si alguno de los ancianos tenía celular escondido. Me gustaría aclarar algo muy importante, y es que los únicos teléfonos regulados estaban en las oficinas se de RS donde estaba el personal de vigilancia. Revisamos todos los cuartos y nos aseguramos de que todos estuvieran dormidos y la verdad no hubo algo fuera de lo normal. La policía se fue después de hablar con el guardia y de ahí no pasó nada más. La verdad nadie entendía quién había llamado a emergencias. Era algo muy raro. En fin, después de ese episodio extraño con la policía, seguí con mi rutina en el asilo, me rolaban los turnos y a veces la vida nocturna era más tranquila que el día y podía platicar con algunos ancianos que tenían insomnio con el tiempo, me di cuenta de que cada uno de esos viejitos tenía su propia historia. Algunos contaban anécdotas divertidas de su juventud, mientras que otros compartían experiencias más dolorosas. Aprendí a escuchar a ser un confidente para aquellos que necesitaban desahogarse en medio de la oscuridad de la noche. Un día, mientras charlaba con la con la Doña Rosa, una de las residentes más amables, mencionó algo que me dejó pensando. Habló de una presencia extraña que sentía a veces en el asilo, algo que ella no podía explicar. Al principio pensé que eran las típicas historias de fantasmas inventadas que surgen en lugares viejos, pero la mirada seria de Doña Rosa me hizo reflexionar. Se veía muy asustada y parecía que decía la verdad. Y así muchos viejitos también me contaron que a veces escuchaban ruidos raros en las madrugadas o que incluso sentían manos frías en sus cuellos intentando ahorcarlos. Unas noches después pasó lo mismo de la segunda noche. Sólo que en esa ocasión el policía agregó que quien había marcado fingía la voz de un niño y también aseguraba que estaba en el área de entretenimiento. Esa es un área donde hay una televisión y juegos de mesa, donde los ancianos pasan la mayor parte de la tarde, Pero era imposible que alguien estuviera ahí, ya ya que la puerta estaba cerrada con llave. En este punto, me gustaría mencionar que todos los cuartos tienen una bocina por la cual se les avisa cuando deben salir de los cuartos, ya sea para desayunar o realizar una actividad, pues resulta que esa misma noche todas las bocinas de los cuartos se activaron y se escuchó una estática insoportable. Por supuesto, los ancianos se despertaron y comenzaron a quejarse del ruido. Los que tenían problemas de memoria suponían desesperados al querer salir del cuarto, que estaban en un manicomio en contra de su voluntad. El personal que se quedó esa noche era poco y muchos éramos de nuevo ingreso. Nos costó mucho trabajo controlar la situación, sobre todo por el ruido de las bocinas que no se quitaba. Intentamos desconectarlas, pero el ruido seguía escuchándose. Como mencioné, la mayoría de los que estábamos en el turno de la noche éramos gente que recién se había contratado pero una de las compañeras ya había escuchado historias sobre el asilo y nos dijo que en ese lugar habían pasado cosas horribles, que muchos médicos y enfermeras se habían maltratado a los ancianos que iban y venían. Además, había un anciano entre la mayoría que destacó por su comportamiento extraño. El viejo tenía episodios en los que veía un ser peludo con el cuerpo de Gorila y los ojos ojos. Siempre estaba esperando en la puerta del Cuarto. Aseguraba que el Gorila le pedía que jugara con él o si no lo iba a torturar. Lo más horrible es que algunas enfermeras lograron encontrar rasguños y quemaduras de cigarros en varias partes del cuerpo. Aquel anciano fingía la voz de niño como un intento de hacer ver a los encargados su estado vulnerable Según dice la compañera que contó la historia, el viejo decía que la voz de los niños siempre hay verdad y con eso relataba las torturas del demonio Gorila que los odiaba. Por supuesto, nadie creyó la historia y lo único que hiciero dieron fue darle pastillas para dormir se. Rumorea que el viejo logró escabullirse de la cocina y con uno de los cuchillos se quitó la vida. Desde entonces, el asilo de ancianos no tenía buena reputación. Mucha gente no podía pagar un mejor lugar para sus abuelos, así que los dejaban ahí aún a expensas de la suerte de comentarios que había. La compañera concluyó la historia agregando que ya había escuchado que los bomberos, la Cruz Roja y la policía iban al asilo atendiendo llamadas de emergencia. En otras ocasiones aparecían cosas de la cocina regadas por los corredores o la televisión del área recreativa encendida. Por esto, muchos que tomaban el turno de la noche renunciaban y ni tenían que contratar gente nueva. Los que llevaban más antigüedad se quedaban solo en el turno de la mañana y ocultaban bien esta información para proteger su trabajo. Toda esta historia me puso los pelos de punta u s tur miedo de que pudiera provocarse algún accidente entre los pobres viejos y la verdad yo no estaba capacitado para una situación así. Fue como a eso de las cuatro de la mañana que por fin paró el ruido de las bocinas. Desde ese momento, el asilo se sumió en un silencio inquietante. Mis compañeros y yo nos miramos conscientes de que algo extraño sucedía en ese lugar. Nadie dijo nada. Sólo llevamos a los viejitos a dormir y volvimos a nuestros lugares de trabajo. Nadie quería decir nada sobre lo que había sucedido. Todos estábamos asustados. Pasó un buen rato y me quedé dormido. Claro que está mal dormir en horas laborales, pero me ganó el cansancio y entonces tuve un sueño en él veía a mi abuelo de joven. Como lo recordaba cuando era niño, me estaba llevando a la escuela en su bicicleta, mientras me regañaba por no comportarme como debía. Con esa voz dura y áspera que tenía en el sueño, yo me sentía muy triste y asustado. De hecho, estaba llorando. Mi abuelo iba viendo el camino de frente y de pronto el cielo se puso rojo y mi abuelo volteó la cara hacia mí y me di cuenta de algo aterrador. Se veía muy viejito, como en sus últimos días y estaba muy enojado. De pronto me tomó por el cuello con sus dos manos e intentó Ahorcarme cerré los ojos mientras gritaba y escuché que me dijo que era un mal nieto, pero su voz no era la misma, era una voz gruesa y que parecía provenir del infierno. Y entonces abrí los ojos y me di cuenta de que era un ser horrible. Tenía la cara llena de pelo negro y tenía el cuerpo de animal y sus manos tenían pezuñas. Desperté gritando y todos mis compañeros me preguntaron si estaba bien, pero no les conté. El sueño sólo dije que había tenido una pesadilla, tenía muchísimo miedo, pero pensé que quizá había soñado eso por la historia que me habían contado. El ambiente en el asilo se volvió más tenso después de esa noche. Las historias sobre presencias extrañas y llamadas de emergencia falsas continuaron. A veces sentía una mirada fría en la nuca mientras caminaba por los pasillos vacíos del asilo durante la noche. Una vez por la noche, mientras daba un recorrido para ver si todo estaba bien, escuché un quejido en una de las habitaciones. Busqué en cuál había sido, pero noté que todos los ancianos estaban dormidos y aún así se seguía escuchando ese sonido. Entonces me di cuenta de que provenía de uno de los cuartos vacíos del asilo. Me acerqué lentamente pensando en que quizá alguno de los viejitos se había metido ahí por alguna confusión Cuando abrí la puerta, vi que había un anciano en la cama en posición fetal, dándome la espalda y se escuchaba que lloraba y se quejaba. Entonces le pregunté que si estaba bien, pero cuál fue mi sorpresa que cuando volteó me di cuenta de que era mi abuelo llorando sangre. Cuando me vio, comenzó a malder decirme diciendo que yo lo había matado. Mis gritos fueron silenciados por el sonido de las bocinas, creando un ruido ensordecedor. Salí corriendo de ahí y esa cosa me persiguió hasta el pasillo principal. Me caí y ese serme jaló del pie burlándose. Cuando volví a verlo era un demonio lleno de pelos como si fuera un animal. Con todas mis fuerzas liberé mi pie de sus garras y seguí corriendo hasta que llegué a donde estaban mis compañeros. Todos estaban muy confundidos de nuevo y yo estaba sudando y muy asustado. Quería alargarme de ahí en ese momento, pero sería un cobarde, Así que traté de calmarme y de no decir nada para no armar más alboroto. Por la mañana me fui a casa y le conté a mi madre todo lo que había estado pasando. Ella me llevó con una curandera quien me dijo que ese ser no era mi abuelo. Me dijo que era un demonio que se estaba aprovechando de mi debilidad para hacerme daño y sólo estaba usando el disfraz de mi abuelo. Me dijo que debía ir a ver a mi abuelo a su tumba y perdonarlo por el daño que le había hecho a mi abuela y a todos en general, para que pudiera irse en paz. También me dijo que debía rezar por el alma del anciano que se había quitado la vida en el asilo para que su alma pudiera descansar en paz. Además, me recomendó rezar un ave maría si llegaba a soñar o a ver de nuevo a esa presencia, para que dejara de perseguirme y seguí todas sus indicaciones, pues ya no quería seguir sintiéndome triste y, además, con miedo por lo de mi abuelo. Quería perdonarlo realmente y lo hice, al igual que mi madre. Decidí seguir trabajando en el asilo porque pensaba que, haciendo lo que me había dicho la curandera, todo estaría bien y, además, no podía dejar a mis amigos del asilo, pero era cuestión de tiempo para que entendiera que no debía seguir ahí. Pues, por un rato, todo estuvo tranquilo, pero llegó una noche en que fue insoportable lo que viví eran más o menos las tres de la mañana y todos dos dormían plácidamente menos los guardias y yo entonces, uno de los guardias me llamó y me dijo que en una de las cámaras se veía algo muy raro. Fui a ver y era verdad, en la sala de entretenimiento se veía una figura sentada mirando a la televisión encendida, en la que sólo había estática. Pensamos que era uno de los ancianos y fuimos a ver, pero en ese momento algo jaló al guardia del pie y corrí, pero algo me detuvo. La figura era mi abuelo pidiéndome ayuda. Se escuchaba muy débil y decía que agradecía mucho que estuviera con él y que, por favor, lo ayudara a tomar sus medicinas. Por inercia me acerqué era como hipnótico y sentía que si era mi abuelo de verdad y cuando me acerqué a esa figura, se arrancó la cara con una mano, descubriendo la carne al rojo vivo. Entonces llegaron los guardias y esa cosa desapareció. Nos preguntaron al otro guardia y a mí que había pasado, pero no dijimos nada. Y la verdad, yo sólo me quedé esperando a que el sol saliera para irme de ahí lo antes posible, y así fue. Me despedí de los compañeros con uns vemos mañana, pero no volví a parar ahí jamás. Cuando le conté a mi madre lo que había sucedido, me dijo que los fantasmas son emociones que quedan suspendidas en nosotros y entre más triste o violenta, sea la emoción más fuerza tendrá la hora de manifestarse. Por eso en los hospitales manicomios y, en este caso, un asilo se pueden dar este tipo de situaciones o en personas que están vulnerables como yo en esos momentos. También es común esa experiencia me dejó muchas enseñanzas. Me di cuenta que el mal se disfraza de tus debilidades para hacerte daño y también me di cuenta de que la vejez es muy triste para quienes quedaron en el olvido. Extraño a mi abuelo y la verdad lamento no haber disfrutado cuando los dos estábamos bien por sus actitudes groseras, pero ya lo perdoné. Hice que ahora descansa en paz. Relato escrito y adaptado por Lis Rajon