Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Una Bruja Me Entregó Como Ofrenda Al Diablo ( Recopilación De Brujería #3 ) - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Bueno, mi historia la cuento más que nada para que sirva de experiencia de que no es bueno acudir con brujos en ninguna circunstancia y mucho menos involucrar a niños, ya que ese tipo de cosas siempre están relacionadas con el mal. Bueno. Mi nombre es raúl y todo comienza cuando era apenas un niño. Recuerdo muy bien cada vez que mi madre me decía que era hora de irnos si mi cuerpo empezaba a temblar. Hacía todo lo posible para que ya no se diera cuenta de que tenía miedo, pues ya se lo había dicho en otras ocasiones, pero insistía en que era por mi bien así, siendo más o menos las tres de la tarde salimos de casa a rra rumbo a casa de Don José, el curandero del pueblo. Era el lugar al que yo consideraba el más espeluznante de todos y el culpable de que en las noches no pudiera dormir bien por culpa de las pesadillas que me provocaba tomado de su mano y cargando conmigo los apenas seis años de edad que tenía en ese entonces caminaba junto a ella sin pronunciar palabra alguna, trayendo a mi mente las cosas que sabía que me tocaría vivir. Una vez más, mi madre me llevaba con aquel hombre porque decía que supuestamente él me sanaría del defecto de audición con el que nací. Y bueno, también mi madre tenía problemas de salud, una enfermedad que los médicos le habían diagnosticado hace unos pocos meses, y ella en vez de acudir a la medicina convencional, prefería visitar a los curanderos, en quienes ponía ciegamente su confianza. Pero hoy, que soy adulto, la puedo entender muy bien, ya que nadie puede negar que en aquellas épocas la medicina no estaba tan avanzada para enfrentar con una enfermedad. Así, generalmente nadie sobrevivía a eso y aunque en la actualidad se puede conseguir curarla todavía sigue siendo una de las mayores culpables de mortalidad humana. Me acuerdo que ni bien llegamos a la esquina ya podía ver aquella casa haciendo que mi temor se incrementara más. Mi madre se daba cuenta de que no quería ir, pues a medida de que yo iba ignorando los pasos, ella empezaba a decirme que no tenía que tener miedo, repitiendo que era por mi bien, pero por mi escasa madurez. Eso no me servía de ningún consuelo. La casa de Don José era de adobe, compuesto por una pequeña sala que tenía enfrente del patio y donde recibía a los clientes. Unido a ella estaba lo que siempre creí que era la habitación, donde dormía junto a su esposa, una señora que, a mi parecer, hacía las mismas actividades que él, Pero lo que en esos tiempos no podía comprender era el por qué. Sólo a mí me atendía al aire libre, porque a mí, mi madre la hacía pasar a un último cuarto donde tenía más privacidad, haciendo referencia que tenía puertas y ventanas a las que siempre mantenía cerradas. El procedimiento era el mismo en todas las veces. Primero me hacía acostar sobre un viejo catre y empezaba el ritual de sanación tomaba un pequeño recipiente de cerámica que contenía hierbas que al encenderlas, el recipiente empezaba a arrojar un humo que despedía un olor inusual. Ciertamente, no recuerdo mucho lo que me hacía en los oídos. Sólo tengo en mi mente esa imagen recorriendo el humo por todo mi cuerpo. Para continuación, recién enfocarse en mi verdadero problema. Tal vez le llevaba unos quince minutos a tenderme, quince minutos que a mí me parecían una eternidad rogando en mis adentros que terminara de una buena vez para dejar de sentir ese inocente pánico que me invadía de pies a cabeza. Quisiera decir que al finalizar, sentía alivio, pero la verdad es que no, porque luego de mí seguía a mi madre, a quien hacía pasar a ese cuarto. Mientras la esposa trataba de mantenerme entretenido. En ocasiones me regalaba frutas para que las comiera frente al gallinero. Eso sí, de rato en rato. Volteaba para mirar si mi madre ya había salido del cuarto, pues ni siquiera al estar distraído me quitaba la incertidumbre. En una ocasión perdí de vista a la señora pues se había ido a ver a los otros animales que tenían. El hecho es que al quedarme en el patio totalmente, solo vi que había llegado la oportunidad de poder saber cómo el brujo curaba a mi madre, una curiosidad que me mantenía intrigado desde la primera vez que fuimos así. Fue que, como un delincuente tratando de pasar desapercibido con sumo sigilo, me di la media vuelta y empecé a caminar hacia ese cuarto. La puerta y la ventana eran de maderas podridas que dejaban unas estrechas aberturas que permitían ver al interior. Y como por mi altura no llegaba hasta la ventana, fui directamente hacia la puerta. Esa tarde vi lo que jamás en mi vida pensé ver y esperaba encontrar al brujo expandiendo humo, tal cual lo hacía conmigo. Pero cuando asomé mi cara para ver con mi ojo derecho a través de la apertura, me di cuenta de que ya había terminado ese paso, pues cuando llegué apenas estaba comenzando a hacer lo que yo considero la escena más aterradora de toda mi existencia. Vi que ahí también había otro catre donde estaba recostada mi madre y también había decenas de elementos y algunos recipientes sobre el suelo que el brujo usaba para hacer rituales. Aunque de por sí con sólo ver eso me causaba temor. Lo que el hombre ya tenía en sus manos fue lo más escalofriante que había visto hasta entonces, pues era un sapo enorme negro y de manchas amarillentas que combinaban con los ojos grandes que tenía tomándolo de su mano y, en tanto, el pobre animal mantenía sus patas extendidas. Lo fue acercando lentamente hacia el vientre descubierto de mi madre. Ella tenía sus ojos cerrados y por momentos la veía respirar pausadamente para luego expulsar el aire de igual manera como si ya estuviera acostumbrada. Era un ritual bastante extraño y aterrador para un niño de mi edad, algo en lo que ella ponía indudablemente toda su esperanza y bueno, una vez que colocó al sapo sobre su piel y empezó a presionarlo sobre su vientre. La criatura empezó a moverse desesperada como tratando de escapar y vaya que tenía justa razón para hacerlo, ya que instantes después comprendí que él era la víctima. Con mis ojos desorbitados, vi cómo el cuerpo de éste empezó a cambiar. Mi mente infantil, no podía dar crédito a lo que veía. Sentía que mis piernas empezaban a temblarme y la boca se me ponía rígida con el mayor de los terrores. Observaba estupefacto como el animal empezó a acercarse poco a poco hasta que dejó de moverse y su cuerpo quedó básicamente momificado. Reseco y sin aliento. Dejé de espiar cuando vi que el brujo alejó el cadáver del animal y se agachó. Creí que era para pasar a un siguiente paso. Sin embargo, al erguirse vi que levantó otro seguramente para repetir el proceso. Recuerdo que mientras salía corriendo de esa casa, escuchaba a la esposa llamarme. Pienso que se dio cuenta de que estaba espiando, así que ya se habría dado cuenta del motivo por el que huía. Llegué a casa preso del pánico e ingresé directamente a la habitación que compartía junto a mi madre. Me quedé sentado en un rincón con mis brazos, abrazando mis rodillas, esperando a que mi madre volviera. Luego de esa experiencia y casi obligado por mi madre, tuve que seguir asistiendo a las tétricas citas con esos brujos. No obstante, lo que sucedió después es la parte más perturbadora de todo mi relato y la verdad es que así me di cuenta de que, por muy buenas que sean las intenciones que tengamos, si hacemos las cosas enfocadas en lo malo así terminarán. En fin. Años más tarde, mi madre falleció por culpa de esa horrible enfermedad. Cabe mencionar que mi padre ya había fallecido cuando era aún más pequeño, así que convivía junto a mis hermanos, cuñadas y sobrinos, con los que años después, mi relación comenzó a flaquear. Tenía ya diecisiete años y justamente en esos tiempos era con mis hermanos, con los que no me llevaba muy bien. No quiero justificarme diciendo que la conducta que yo tenía era propia de la adolescencia, pues a fin de cuentas, por el simple hecho de haberme quedado sin padres a temprana edad me forjó a madurar más a prisa. El punto es que no me sentía bien en casa. Las discusiones con ellos se iban haciendo cada vez más frecuentes y, por consiguiente, la convivencia en ocasiones se hacía insoportable n r s r. S. A última instancia decidí no bajar la guardia. Me propuse a luchar para que las cosas mejoraran, y así fue, como aconsejado por un amigo llamado Joaquín, comencé a acercarme a la Iglesia Joaquín. A pesar de crecer en un ambiente católico practicante, contrastando así con la vida que yo llevé, me aseguraba que todos teníamos problemas y que lo importante era perseverar y apoyarse en las cosas y personas que nos hacían bien. Él también formaba parte del grupo parroquial al que me llevó. Al principio, todo me pareció espléndido. Los jóvenes eran muy buenas personas y me hicieron sentir cómodo desde el inicio. El sacerdote de nombre saúl. Prácticamente era un santo, tan así que empecé a tomarle confianza. A los pocos días de haberme integrado, le contaba todos mis problemas y sus consejos eran de verdad un consuelo para mí. Mi mentalidad fue cambiando y eso me ayudó a ver las cosas en mi casa de hoy otra manera y por ende, me llevó a ser más tolerante y hallar la forma de mejorar la relación con mi familia. Lo malo comenzó a suceder dos semanas después de haberme unido al grupo, pero en esa ocasión mi familia no tenía nada que ver, sino que todo giraba en torno a mí. O tal vez debería decir a lo que empezó a pasar en la casa. Una noche me desperté exaltado al escuchar un fuerte ruido en la sala, Me senté en la cama y me quedé en silencio esperando oír más. Pensé que otra vez alguno de mis hermanos estaba discutiendo con su esposa o algo así, pero a la situación sólo le continuó un silencio rotundo. Aún así me levanté para ir a revisar qué es lo que había sucedido. Cuando llegué a la sala vi que todo estaba normal, pero mientras permanecía intrigado en el lugar, un aterrador fenómeno aconteció frente a mis propios ojos sobre unas paredes. Estaba colgado un cuadro de una imagen religiosa que el padre saún me había regalado. Concretamente. Fue eso lo que me llamó la atención, ya que de reojo lo vi moverse al voltear contemplé que quedó inclinado y cuando me acerqué para agarrarlo, pensando que se iba a caer éste se elevó unos centímetros por sí solo para luego desprenderse y volar hacia un costado rompiéndose en pedazos detrás de mí. Escuché cuando mis hermanos abrieron las puertas de sus cuartos para ir hacia donde yo estaba. Pero para mi mala fortuna, ellos llegaron cuando ya había sucedido aquel evento paranormal sobre la pared, más precisamente en el sitio donde estaba colgado el cuadro. Instantes antes, una silueta oscura comenzó a aparecer. Todo pasó rápido en cuestión de un instante quedó formada la figura de una mujer usando un manto. No le vi facciones. Era toda una cosa negra, como la silueta de una virgen. La manifestación se diluyó con la NR cuando mis hermanos llegaron a la sala alertados por el ruido que hizo el cuadro al estrellarse. Cuando lo vieron destruido, me preguntaron qué había pasado, pero ni siquiera podía hablar. Aún estaba estupefacto. Luego les conté que había visto la silueta de una mujer sobre la pared No me dijeron nada, pero me di cuenta de que no me creyeron. En fin, pasaron unos días de aquel suceso y cuando todavía no le había contado al padre Saúl ni a nadie más lo que vi aquella entidad volvió a manifestarse. Sucedió cuando estaba en mi habitación a punto de acostarme a dormir sentado en la cama, Me estaba quitando los zapatos, cuando de pronto la figura empezó a formarse. Apenas unos metros de mí era la misma mujer. No tengo dudas de eso, con la forma como de una virgen usando un velo y causando el mismo terror que la primera vez. Esa vez me levanté para escapar mientras lanzaba un grito de para favor y como recién acabábamos de comer, mis familiares aún estaban despiertos y fue gracias a eso que aquel espectro no logró su cometido. La verdad es que mientras gritaba, se lanzó sobre mí, golpeando brutalmente mi pecho y tumbandome sobre la cama. Cuando llegaron mis hermanos y les conté lo sucedidos, se quedaron en chock porque me vieron con las heridas del golpe. Eran dos manos perfectamente marcadas de largos y deformes dedos, como si fueran los de un demonio. El dolor se me fue desapareciendo conforme. Pasaban los minutos, pero la piel se me puso morada por el golpe. Fueron mis propios hermanos los que me dijeron que hablara con el padre Saúl y eso hice él se puso a hacer oración por mí y luego fue a bendecir la casa. Evidentemente, eso ayudó ya que no volví a ver a aquel espectro ahí, pero como ya no podía estar en mi casa, aquella cosa optó por emboscarme poco después en la calle. Eran como como las nueve de la noche. Salía junto con mi amigo de la iglesia, después de haber participado en las actividades acostumbradas. Mi amigo vive a unas tres cuadras antes de llegar a mi casa, así que nos separamos y yo continué. Solo había caminado una cuadra más o menos cuando, al pasar por un sector oscuro, empecé a escuchar que alguien caminaba detrás de mí. Apenas logré voltear cuando vi a una rana igual que la que había visto cuando era niño, con los ojos amarillos. Algo en mí se removió y sabía que eso no podía ser nada bueno. Entonces, cuando comencé a caminar más rápido, me di cuenta de que atrás de mí venía a alguien y cuando volteé ya no vi al sapo. Ahora era la misma mujer con velo quien pasó empujándome. No obstante, en esa oportunidad cayó encima mío y a pesar de que su aspecto era como una sombra, podía sentir su peso. Pero esa característica no duró mucho, ya que por fin quiso enseñarme su verdadera apariencia. Fue como si la sábana negra comenzara a tomar forma, siendo así que, poco a poco empecé a ver su cuerpo. Una de sus manos huesudas tapaba mi boca para que no gritara, mientras que con el antebrazo de su otra extremidad, presionaba mi pecho. Al aclararse su cara, vi que en realidad eso no era nada parecido a la Virgen, como en un momento tontamente llegué a pensar más bien, era la cara de una anciana rugosa y repugnante y lo que yo creí era un velo, en realidad eran sus cabellos. Con una macabra voz me dijo algo que me estremeció el alma. Con una voz sacada del mismísimo infierno. Me dijo que yo no debía ir a una iglesia que yo no pertenecía a ese lugar, porque mi sitio era en las penumbras y que era al demonio a quien debía rendir culto. Podía sentir su aliento asqueroso en mi cara y me provocó unas náuseas incomparables. Manteniendo sus ojos en los míos. Empecé a sentir que cada gota de mi sangre se congelaba. Esto porque aumentó el frío y más cuando por fin llegué a reconocerla, se trataba de la esposa de quien fue el curandero que conocí siendo niño aquel a cuya casa me llevaba mi madre para que supuestamente fuéramos curados los dos. Luego de recibir tal amenaza inexplicable para mí me liberó dejándome tirado en el suelo y ahí me quedé por unos momentos más sin poder moverme paralizado y con mis pantalones mojados. Generalmente, las brujas y brujos no realizan en una persona lo que ellos dicen. No niego que puedan lograr curar a una persona si así lo desean, pero lo hacen con el poder del maligno y teniendo en cuenta que todo lo que provenga del demonio termina mal, no tengo dudas de que él es el único beneficiado, especialmente cuando se trata de niños. No me sorprendería que los entreguen como ofrenda a satanás y lo y lo lo peor de todo es que no hay casi nada de probabilidades de que los mayores se den cuenta de tan terrible error que cometen al exponerlos. La razón por la que, desde el fallecimiento de mi madre, todo en mi vida fue encaída. Los problemas en mi casa, con mi familia, mi rebeldía ni enojo el deseo de abandonar este mundo que a veces me dominaba, eran por culpa de esos brujos. Lo único que supe es que el anciano había fallecido años después de mi madre, pero nunca imaginé que su esposa seguiría con el trabajo, o tal vez no lo hizo. Simplemente se conformó al saber que, al igual que a mí, a cuántos otros niños no habrá ofrecido al amo que ella servía. Me costó mucho superar todo eso, de limpiar espiritualmente mi alma, como lo decía el padre saúl, pues eso es lo que hace la brujería, sea cual sea el motivo por el cual acudas a un curandero o bruja, aunque pienses que lo haces por un bien. Eso va a r manchando tu alma, provocando que uno se aleje de Dios, cuyas consecuencias son catastróficas y mil veces más macabro fue, pues las sospechas del padre eran ciertas, ya que la desgraciada me entregó a su amo sin que mi madre y mucho menos yo nos diéramos cuenta. Hoy en día, no le guardo rencor a mi madre por haberme involucrado con esas cosas, pues como les dije, al principio, ella tenía buenas intenciones, pero su ignorancia me hizo vulnerable a esa pareja de brujos y las consecuencias las viví en mi adolescencia. Ruego a Dios que perdone a mi madre y que hoy la tenga en su gloria. Después de todo, cuando le tocó partir de aquí de seguro, comprendió que en realidad, al llevarme a los curanderos, no era por mi bien. Mi nombre es Jorge González y soy de Tehuacán, Puebla. Yo tenía en ese entonces dieciséis años de edad y mi hermano Eduardo tenía veintiuno cuando sucedieron los hechos que estoy a punto de compartirles bueno. Comienzo diciendo que la historia que contaré es muy fuerte y triste. No hay ningún final feliz o al menos así lo veo yo simplemente un final y ya pero es algo que marcó un antes y un después en la vida de mi familia. Todos sabemos lo importante que es un padre en la vida de los hijos y hasta de su esposa, pues es quien protege a su familia, a cualquier precio. Pero también sabemos que hay padres que, por su egoísmo, dejan atrás a sus familias y, en lugar de darles protección, vuelven sus vidas un infierno. Mi historia es más enfocada a ese tipo de casos. Era de madrugada cuando nos despertaron los gritos de nuestros padres. Ambos discutían gritándose e insultándose como siempre. Sólo que ahora en mayor grado, Eduardo y yo nos levantamos de nuestras camas y fuimos a la habitación de ellos para pedirles que, por favor, terminaran la pelea. Fue en ese justo momento en el que ingresamos cuando papá le dio un golpe a nuestra madre. No hubo necesidad de hacer nada más. Cuando mi padre nos vio allí adentro, tan sólo dijo una frase antes de salir de ahí y dirigirse a la sala para dormir en el sofá Dijo que nuestra madre le había sido infiel y que él no iba a tolerar eso. Mi hermano y yo nos quedamos acompañando a mamá, quien estaba llorando desconsoladamente la verdad. No sé muy bien qué era lo que yo sentía en ese momento. Por un lado, me sentía defraudado por ella y, por otro, sentía un enojo terrible hacia mi padre por haberla tratado así, aunque no era nada raro, porque mi padre siempre la golpeaba cuando tenía oportunidad o cualquier pretexto. A nosotros nos dejó de pegar a los quince años, cuando ya podíamos defendernos la verdad. Después de eso, su agresividad bajó un poco por u n la porque sabía que no podía seguir haciéndolo, pues ya teníamos fuerzas Era por eso que nosotros sentíamos un gran rencor hacia él. En fin, nos desvelamos con mi mamá tratando de consolarla preparándole té caliente. No pasaron muchos días para que comenzara el verdadero terror en casa. Ya casi era mediodía cuando un compañero de trabajo trajo a mi padre. Estábamos asustados, ya que había tenido un accidente, pues una columna que tenía que demoler le cayó encima, le golpeó la parte superior del tobillo y le fracturó. Los huesos lo llevaron al hospital, donde lo atendieron y le pusieron yeso en la pierna, y fue entonces que lo llevaron a casa. Es extraño lo que diré, pero mi padre comenzó a tener actitudes y conductas distintas a lo normal. Se le veía nervioso a dolorido, a pesar de los calmantes que consumía, y hasta me atrevo a decir que en ocasiones lo notaba temeroso como si le tuviera miedo a algo. Ciertamente, mi hermano Eduardo y yo no teníamos buena relación con él. A esas alturas, es más, apenas le hablábamos de vez en cuando, sólo si era necesario porque había golpeado a mi madre. Aún así, intenté acercarme para poder hablar con él, pensando que de esa forma podría saber lo que en verdad le estaba pasando. Y fue entonces que me dijo que tenía miedo de morirse, que veía a la muerte en las noches y que un brujo le había dicho que le estaban haciendo brujería. Y es por eso que le pasaban todas esas cosas. Me quedé sorprendido al escuchar eso, y más cuando noté que tenía los ojos húmedos y las manos temblorosas, le pedí que se tranquilizara que nadie le estaba haciendo brujería y que pronto se iba a poner mejor para así comenzar a trabajar de nuevo. Así mismo y lanzando una carcajada, le aseguré que ni la muerte lo quería, por lo que tenía que dejar de preocuparse por eso, ya que le quedaban muchos años por vivir. Esa noche se quedó acostado en su cama solo, ya que mi madre desde hace tiempo dormía en un cuarto que habíamos ambientado para ella para ese entonces, a ella ya se le veía más relajada, ya había dejado de salir en las noches para ir a la casa de mi tía Mari como solía hacerlo, y eso nos daba garantía de que ya se sentía mejor. Pero claro, por obvias razones, se notaba que la situación de mi padre le afectaba de una u otra manera yo fui a hablar con mi hermano y le conté lo que me había dicho mi padre, pero él reaccionó de una manera muy extraña. Sonrió y me dijo que mi padre se merecía todo lo que le estaba pasando y que si la muerte lo iba a visitar que ojalá cumpliera con eso y se lo llevara de una buena vez. Dijo que merecía lo peor. Me quedé callado. Lo último que quería era discutir con mi hermano. Está de más decir que se notaba a leer el rencor que le tenía a mi padre por cómo cambió en esos últimos años, en especial por el maltrato de su parte hacia nosotros, porque cabe mencionar que mi padre muchas veces antes ya había golpeado a mi madre y eso sin ninguna razón y hasta a nosotros sólo porque había tenido malos días. Y era por eso que en el fondo le teníamos mucho rencor y por eso seguramente mi madre le había sido infiel. En fin, fue al día siguiente cuando mi padre gritaba de dolor, motivo por el cual lo tuvimos que llevar a la clínica de urgencia. Pero cuando el médico nos dijo por lo que estaba atravesando, nos hizo sentir escalofríos, ya que nosotros mismos lo vimos con nuestros propios ojos. Algo indistinto a la ciencia le estaba ocurriendo a mi padre sin poder creerlo y entenderlo. El médico le sacó el yeso para chequear su pierna, puesto que era ahí de donde provenía el dolor y sintió una repulsión inevitable. Al ver el estado que tenía mi pa padre, se le estaba pudriendo. La zona la tenía negra, algo que era imposible. Por otro lado, descubrió decenas de ronchas distribuidas sobre la espalda, algo de lo que nunca nos dimos cuenta. El médico intentó limpiar las ronchas pasando un trozo de algodón con alcohol y en ese instante éstas empezaron a despedir un olor nauseabundo, pero potente insoportable para los que alcanzaban a olerlo. En tanto, mi padre gritaba de dolor. Lanzaba maldiciones al médico preguntándole qué rayos le estaba haciendo que ya lo dejara en paz. Sentí un gélido aire recorriendo mi cuerpo cuando vi lágrimas cayendo de sus ojos. Siendo sincero, esa fue la primera vez que lo vi llorar de esa manera. Eran lágrimas de sufrimiento. Su condición lo estaba torturando de manera descomunal. Lograron dormirlo y sólo así él dejó de sufrir. Sin embargo, su tormento aún no terminaba esa noche le dije a mi madre que yo me quedaría a cuidarlo. Ella y mi hermano regresaron a casa y yo me senté en una silla frente a la cama de mi padre. Pasados unos minutos, el médico regresó para comprobar que todo estuviera en orden. Al contemplar que mi madre ya no estaba, me pidió hablar unos minutos afuera del cuarto. Con él. Me dijo que no había nada que los ayudara a saber qué es lo que tenía mi padre, que la carne de su pierna estaba inservible y debían quitarla lo más rápido posible, o al menos eso es lo que pensaba hacer. Pero ya era tarde, pues esa enfermedad desconocida estaba afectando el resto de la pierna y no iba a tardar mucho en expandirse por todo el cuerpo. Por lo que, junto a otros colegas, habían tomado una decisión y entonces dio un suspiro y me dijo que iban a amputarle la pierna lo suficiente como para que no hubiera rastros de la infección. Sólo de esa manera le salvarían la vida y en cuanto a lo que le sucedía en la espalda, le iban a dar algunos antibióticos y todos los tratamientos que pensaban que le podían ayudar escucharlo. Decir eso me dejó paralizado. Jamás pensé que sería para tanto veía sufrir a mi padre, pero no pensé que su vida pendiera de un hilo. No obstante, no dudé ni un segundo. Le dije al médico que ellos hicieran lo que tuvieran que hacer y que cuando mi madre viniera en la mañana, ella firmaría todos los papeles necesarios. Todavía no acababa de decir la última palabra. Cuando el silencio de la noche fue abruptamente interrumpido por el grito de mi padre, ambos corrimos hacia el interior de la habitación. Tanto el doctor como yo, mi papá estaba revolcándose sobre la cama mirando a una dirección fija en uno de los rincones. Apenas pasaron unos instantes para darnos cuenta de que en realidad no estaba gritando de dolor, sino de miedo, ya que sus palabras lo confirmaron. Dijo que la muerte estaba ahí, que ya iba a llevárselo, que, por favor, la sacáramos. De ahí estaba gritando horrorizado como era de esperarse, y el doctor hizo oídos sordos a lo que había dicho. Mi padre me pidió que, por favor, rápidamente lo sostuviera lo más que pudiera mientras preparaba una inyección de calmantes para dormirlo de nuevo, pero yo no pude ser indiferente a eso. Volteé la mirada en dirección hacia donde mi padre apuntaba. Allí, entonces comprendí que sus palabras las tendría que haber tomado literalmente y no como si fueran ocurrencias o alucinaciones de él. Justo donde estaba apuntando había algo era algo que jamás olvidaré un espectro de un tamaño impresionante. Su cabeza apenas se distanciaba unos cuantos centímetros del techo. Su descomunal figura tenía el aspecto de un hombre delgado. Estaba cubierto con un manto con la misma intensidad oscura que llegaba hasta el suelo. N o ten rns rostro o al menos yo no fui capaz de percibirlo. Lo cierto es que con sólo verlo provocó que por mis venas corriera un terror espantoso jamás experimentado poco a poco, mi padre dejó de gritar y también de moverse. Una vez que se quedó inmóvil, lo vi con sus ojos cerrados. Finalmente, el medicamento había actuado de nuevo. No obstante, nada en el mundo me quitaría el miedo que yo sentía al divisar aquella forma infernal, la cual desapareció de la nada. Segundos después, en un momento dado, pensé en preguntarle al doctor si la había visto, pero como seguía actuando normal y sólo estaba enfocado a mi padre me dio a entender que no fue testigo de nada. Yo estaba muriéndome de nuevo, pero no lo demostré. Salí con el médico y hablamos por unos minutos afuera hasta que se marchó para regresar a sus ocupaciones. Sinceramente, me quedé en el pasillo por más de una hora sin animarme a ingresar otra vez a esa habitación. Cuando Eduardo y mi madre llegaron temprano, por fortuna, el médico aún seguía en la clínica, así que les dijo a ellos lo mismo que a mí. Antes de marcharse, Mi madre se entristeció hasta las lágrimas, pero mi hermano, en cambio, se mostró insensible a la situación. Una semana después, papá ya estaba en casa con nosotros, pero su condición, lejos de mejorar luego de la operación, se le veía cada vez peor. Su piel adoptó un color pálido en cuestión de días. El cabello comenzó a desprenderse de su cabeza por sí solo y cada vez que lo teníamos que bañar. Era un verdadero calvario, pues no sólo porque él no paraba de gritar de dolor, sino porque veíamos asustados como su cuerpo se iba convirtiendo en un cadáver viviente. Llegó un momento en el que los medicamentos y los calmantes ya le hacían efecto. Por consiguiente, se despertaba a cualquier hora y empezaba a sufrir en sn s o n o s RS decía que la muerte estaba ahí adentro con él. Yo temblaba de miedo cada vez que lo escuchaba decir eso, pues sabía perfectamente a qué se refería. Una noche llegué a casa ingresé aparentemente sin que nadie se diera cuenta, ya que cuando estaba llegando a la cocina, escuché que Eduardo y Mamá estaban discutiendo Más de una vez. Dijo que alguien le estaba haciendo brujería y deberíamos buscar ayuda en esa clase de personas. Después de todo, los médicos lo dijeron que ya nada pueden hacer. Y entonces mi hermano le dijo a mi madre que nadie le hacía. Brujería a papá que sólo estaba pagando por todo el daño que hizo porque los había humillado y golpeado y ya no le faltaba nada para que se fuera al infierno. En ese momento, entre lágrimas, mi madre le dijo que sí había sido el quien le había mandado a Hacerle brujería a mi padre porque una tarde en que mi padre hablaba solo y deliraba, mencionó que quien le habían dicho que fue ha había sudo ha sido alguien muy cercano a él. Cuando mi madre terminó de decir eso, no pude aguantar las ganas de asomar levemente mi cabeza para así también poder observar la cara de mi hermano cuando le daba la respuesta y cuando lo hizo. La verdad es que me quedé impresionado. Eduardo dijo que él no había mandado a hacer ningún trabajo de brujería, que la verdad no iba a perder su tiempo hablando de esas tonterías, pero que si era verdad, entonces agradecía a la persona que había practicado brujería para mi padre, porque se lo merecía. La mirada de Eduardo expresaba dureza, odio rencor se contraponía con el semblante tierno y desolado de mi madre, en cuyos ojos comenzaban a caer lágrimas. Al haber escuchado de mi propio hermano aquellas palabras maliciosas deseando el fallecimiento de nuestro padre. Esa noche reinó un silencio total. Mamá, Eduardo y yo nos fuimos a descansar sin emitir para la labras algunas, ya que cuando ellos acababan la conversación, ingresé a la cocina para hacerle saber que había escuchado todo. Probablemente, Papá durmió tranquilo toda la noche. No lo sabemos, ya que cuando amaneció y fuimos a verlo, él ya se encontraba sin vida Y así fue como terminó el infierno en nuestra casa. Mi madre aún sigue aquí con nosotros disfrutando de los nietos que mi hermano y yo le dimos con nuestras respectivas esposas. No lo voy a negar. En ocasiones nos ponemos a hablar de Papá cuando lo recordamos, pero tratamos de que la conversación sobre ese tema no se extienda mucho, o si no, los ojos de ella comienzan a humedecerse y, en cambio, el rostro de mi hermano se empapa de rencor. Finalmente, diré que, en efecto, alguien le hizo brujería a mi padre, pero antes de decir quién lo mandó a hacer Contaré por qué mi hermano odiaba y sigue odiando tanto a mi padre. Es cierto, Mamá le fue infiel a papá y este también tenía razón cuando la golpeó como lo hizo durante tantos años a los tres, y bueno, yo supe que era verdad lo de la infidelidad, pero no como imaginaba. Cuando descubrí unos mensajes que mi padre tenía con un vecino en su teléfono, eran de unos meses atrás y desde entonces comencé a investigar más y a ver más mensajes y fotos que tenía mi padre en su antiguo teléfono y me di cuenta de que siempre coordinaba que mi madre se encontrara con hombres distintos, hasta que me di cuenta de la horrible realidad, pues así descubrí su secreto. Fue mi padre. Todo fue obra de él. Él la obligaba a hacer eso para mantener sus vicios y así no trabajar tanto. Mi hermano ya lo sabía y de ahí provenía su odio. Y teniendo en cuenta eso, pienso que mi padre jamás quiso a mi madre, al ser testigo de la aberración a la que la obligaba a hacer, supe que él no la merecía. Por eso mi madre sufrió tanto y nosotros, como éramos pequeños, nunca nos dimos cuenta, pero ella vivía en un infierno por mi padre, mi hermano y yo amamos a nuestra madre y, bueno, al principio a mi padre también, pero después de que nos golpeaba y maltrataba física y emocionalmente a todos, porque no había nadie que la defendiera. Y en esos momentos nosotros hicimos todo para defenderla, y principalmente mi hermano, que tomó como una burla que mi padre todavía se atreviera a culpar a mi madre de infiel. Claro que jamás le confesamos nada a mi madre, porque le habría roto el corazón saber que sabíamos lo que mi padre hacía y, peor aún se moriría de tristeza al saber quién había embrujado a mi padre con la muerte. Estoy seguro de que hoy en día mi padre está pagando sus males y y bueno, mi hermano tuvo sus razones para mandarle a hacer ese trabajo. Nunca lo confronté porque, al final de cuentas, por algo hizo lo que hizo y la verdad, por el amor de una madre se puede hacer todo. Me llamo Alberto y quiero contar algo que me sucedió relacionado con mi mejor amigo, algo que me parte el alma y que jamás olvidaré. Mi amigo de quien les hablo. Se llamaba Roberto. Teníamos la misma edad cuando sucedió todo y también cumplíamos años el mismo día. Pareciera ser que el destino nos quiso juntar como anticipando que pasaría algo que sólo se puede superar con la amistad. Teníamos tan sólo dieciocho años cuando comenzó la pesadilla. Fue un día que, mientras platicábamos él y yo, junto con otros amigos, Roberto anunció que diría algo pero que, por favor, no nos riéramos de él. Dijo que un demonio lo perseguía. Éramos adolescentes y, por lo tanto, nada tomábamos en serio. Y cuando nos dijo eso, todos dimos unas carcajadas que se escucharon en toda la escuela. Roberto sólo en ir reclinó su cabeza y se quedó en silencio. Viendo esa actitud nos hizo pensar que tal vez él no estaba bromeando. Comenzaba ya el mes de agosto. El frío se empezaba a sentir y las salidas nocturnas del grupo ya no eran tan seguido. Ni eso nos separaba, pues siempre nos juntábamos en mi casa con la consola de videojuegos para distraernos un rato. Me acuerdo que era una noche de sábado y aún era temprano, como las nueve de la noche. Ya teníamos dos horas jugando videojuegos. Habíamos encargado una pizza y la estábamos esperando A los pocos minutos sonó el timbre y Roberto me miró como diciendo que yo fuera a abrir la puerta. Me levanté del sillón, recorrí el largo pasillo que divide la sala con la puerta de entrada y me alegré al ver que, efectivamente era el pedido de la pizza. Pagué di las gracias y volví para la sala. Habían pasado unos tres minutos, solamente unos cortos tres minutos que me demoré. Llegué a la sala y Roberto ya no estaba pensé que había ido al baño. Puse la pizza sobre la mesa y me volví a sentar. A los pocos segundos. Logré escuchar un tenue murmullo, como si alguien estuviera balbuceando o llorando en voz baja. Me levanté del sillón. Traté de seguir el sonido y no demoré en descubrir de dónde provenía. Primero pensé que se trataba de una broma, pero cuando miré más detalladamente, comprendí que eso era algo serio. Roberto estaba sentado en el piso, en un rincón de la sala donde no había casi luz. Quedé perplejo al ver cómo le temblaba todo el cuerpo. Era Roberto el de los murmullos y balbuceos. Tenía su cabeza inclinada y la cubría con sus rodillas y brazos, como un niño que se oculta de algo, como si escapara de alguien me acerqué, me arrodillé frente a él y le toqué los brazos para tratar de moverlos y poder verle la cara. El grito de espanto que dio apenas lo toqué me hizo estremecer y, al mismo tiempo congelar la sangre. Le dije que era yo. Sin embargo, parecía estar fuera de sí como si hubiera vivido el espanto más grande de su vida. Tan sólo movía sus brazos como tratando de defenderse, de escapar, de salvar su propia vida. Logré abrazarlo con todas mis fuerzas mientras él gritaba desesperado. Estuvimos así unos diez minutos aferrados en ese rincón. Sin que yo lo soltara y sin que dejara de llorar. Una vez que se tranquilizó, logré levantarlo y sentarlo en el sillón. Le di un vaso de agua y le aseguré que no había nadie más. Ahí, después de que estuvo más calmado, levantó su mirada y comenzó a mirar alrededor como tratando de asegurarse de que no hubiera nadie más. Y una vez que se convenció de eso, me relató una historia que casi me hizo salir el alma del cuerpo. Me dijo que todo había empezado el mes pasado, en la primera semana de vacacion esa tarde de lunes había ido a la cancha conmigo y los demás chicos y habíamos compartido un rato en la esquina de su casa. Luego dijo que, después de que nosotros nos habíamos ido, él se había ido a su casa. Todo marchaba normal hasta que llegó la hora de acostarse a dormir, tuvo una pesadilla que lo despertó y a partir de ese momento comenzó a sentir algo que nunca antes había experimentado, pero que hasta ese día lo acompañaba. Siguió diciendo que había alguien en la habitación que podía sentir claramente esa presencia y a pesar de que miraba por todos lados no podía ver a nadie. Dijo que se levantó de la cama para encender la luz, pero eso fue algo de lo que se arrepentía, porque cuando se acercó al apagador y desde ahí lo pudo sentir más claro y fue cuando lo vio, era una silueta de alguien o algo similar a la de un hombre levitando unos pocos centímetros sobre él. No tenía rostro, brazos ni piernas bien definidas, sólo era una gran sombra con una cabeza enorme y deformes extremidades. Sus ojos eran dos brasas ardientes que generaban un calor que le estremecía todo el cuerpo. Luego se acercó lentamente hacia él hasta ponerse cerca de su rostro. Unas náuseas tremendas se adueñaron de todo su ser pues al sentir el olor nauseabundo de su presencia, le hizo hasta perder el equilibrio. Y lo último que recordaba era que había caído de espaldas. Al mismo tiempo que esa cosa se abalanzaba sobre él. Dijo que aquella cosa parecía haberse quedado en su cuerpo y cuando despertó, ya no se sentía igual, pero desde hace unos días todo había empeorado. Antes solamente lo veía de pie agachado, caminando en cuatro patas o flotando, pero siempre a lo lejos, y esos últimos días ya lo atacaba físicamente. Había momentos en los que lo empujaba, lo rasguñaba o lo golpeaba en la cara. Dijo que cuando yo había ido por la pizza, aquel ser estaba parado frente a él y que de pronto se abalanzó y lo había lastimado en el cuello, y era por eso que sentía tanto miedo. Comentó que ya estaba Harto y que se moría del miedo. Me pidió que, por favor, lo ayudara, que no lo dejara. Solo esas palabras me dejaron sin habla. No había razón lógica que me diera la posibilidad de comprender lo que acababa de decirme. Eso no podía ser real. No le podía estar pasando eso a mi mejor amigo y no tendría que ser así. Ver sus lágrimas, caer sobre sus mejillas, me conmovían el alma, pero verlo temblar mientras me contaba su historia. Me llenaba de terror. Intenté abrazarlo, pero cuando apoyé mi mano sobre su cuello, quedé atónito. Miré y vi que unas tres largas heridas marcaban el costado de su cuello y unas delgadas líneas de sangre ya habían llegado a su hombro y espalda. Roberto acababa de decirme la verdad. Alguien o algo estaba haciéndole daño y parecía que empeoraba cada vez más desde aquel día comencé a tratar de pasar más tiempo con él. Incluso inventamos alguna razón de estudio para que así viniera a pasar toda la noche a mi casa. Yo no podía ver a aquella cosa, pero si veía cómo Roberto sufría a causa de sus ataques antes, mantenía una cierta distancia cuando yo estaba con mi amigo, pero con el pasar de los días ya no le importaba mi presencia y hacía de la vida de Roberto un verdadero infierno frente a mis ojos. En una oportunidad, como muchas otras veces, él se quedó a dormir en mi casa. Yo le daba mi cama y yo dormía sobre unas cobijas al lado. Esa vez me despertaron unos murmullos, unos leves murmullos y al abrir los ojos, supe que no era otra cosa que su pedido de auxilio. Quedé perplejo cuando vi que Roberto estaba pegado sobre el techo de la habitación, pero algo lo oía tenía del pecho y a la vez de su cuello, sus piernas colgaban y sus manos se aferraban aparentemente a las manos que presionaban su cuello como tratando de quitarlas y de ese modo liberarse jamás olvidaré sus ojos. Mi amigo agonizaba sin dejar de mirarme suplicando por vivir. Fue tanto el odio que sentí que me levanté y salté tomándole de sus piernas para bajarlo. Comencé a gritar desesperado y mientras jalaba a Roberto hacia abajo, llamaba a mi padre por auxilio. Unos segundos después, mi padre abrió la puerta y pudo ser testigo del siniestro momento. Tampoco vio aquel demonio, pero quedó en choca al ver a Roberto apoyado sobre el techo y a mí colgando sobre sus piernas tratando de bajarlo. Sólo alcanzó a ver un segundo, pues apenas abrió la puerta. Nosotros caímos sobre el piso esa noche no dormimos, ni nosotros ni mis padres. Mi madre nos preparó café y sentados en la cocina. Le pedí a Roberto que le contar lo que había ocurrido. El color de la piel de mis padres se tornó pálido a causa del espanto, pero la conmoción al ver las lágrimas y el sufrimiento de mi amigo pudieron más. Sin embargo, todos quedamos confundidos cuando nos pidió que no le dijéramos nada a su familia, menos a su madre, nos suplicó tanto que terminamos haciendo esa promesa. Ni siquiera quiso aceptar que lo lleváramos a visitar algún curandero, pero logramos convencerlo para que nos acompañara a la iglesia. Y es así como comenzó nuestra lucha, nuestra batalla, nuestra guerra, digo nuestra porque, junto a mis padres, jamás nos apartamos de él. Desde ese día, prácticamente se mudó a vivir con nosotros. Todos los días participábamos en la misa y aunque se negó siempre a participar en los sacramentos de la confesión y Comunión, parecía que de a poco iba mejorando. Nos unimos a un grupo parroquial y formamos parte del coro. Roberto era el que mejor cantaba y verdaderamente su voz llegaba hasta el alma verlo, danzar y aplaudir las alabanzas Demostraba que era feliz al hacerlo pronto nos hicimos amigos de los chicos del grupo que, a diferencia de los demás amigos del barrio, nos inculcaban vivir en paz. Fue quizás eso lo que lo ayudó a mejorar más aún, pues al menos yo ya no era testigo de aquellos ataques que tanto lo torturaban. Una tarde de domingo, en la que teníamos ensayo con el coro de la Iglesia, le pedí que se adelantara, pues yo tenía que comprar algunas cuerdas para la guitarra y eso me llevaría un poco de tiempo salió como de costumbre caminando hasta la iglesia, que quedaba solo a dos cuadras de mi casa. Fui a hacer mi mandado y cuando llegué a la Iglesia, unos minutos después, no lo encontré. Le pregunté a los chicos por él y me dijeron que aún no había llegado. Preocupados, Todos juntos lo comenzamos a r a buscar hasta que escuchamos gritar a una de las chicas. Corrimos hacia la parte trasera del templo de donde vino el grito y ahí lo encontramos. Roberto estaba detrás de una pila de ladrillos en posición fetal, cubierto de heridas sangrantes. Ese maldito demonio lo había atacado de nuevo. La ambulancia llegó en unos quince minutos. Hasta entonces nadie lograba hacerlo reaccionar. Parecía que estaba como en un trance, sin sentidos, sin reflejos, sin cordura, Sólo tenía la mirada perdida, fija hacia la nada y en su rostro se podía observar un miedo indescriptible. Estuvo dos semanas internado inconsciente hasta que al fin pudo reaccionar. Luego de unos días más le dieron de alta comedicación de por vida, pero no pudo volver a hablar. Una vez que llegamos con él a mi casa, mi padre me pidió que lo acompañara hasta la casa de Roberto. Durante el trayecto de mi padre iba en silencio, pero yo sabía perfectamente sus intenciones. Llamó a la puerta y con un rostro de desprecio al vernos, nos atendió su madre. Ese día escuché a mi padre decir insultos que nunca antes lo había escuchado decir y aquella mujer no se quedó atrás cínicamente nos reclamaba que fuimos nosotros los que la alejamos de su hijo. Ese día lloré de impotencia. No podía creer que una madre fuera capaz de abandonar a su hijo de esa manera. Ni siquiera fue al hospital cuando Roberto estuvo internado, pues parecía que nada le importaba de él. Mi amigo. Poco a poco comenzó a recuperarse y ciertamente nunca recuperó el habla, pero con el tiempo empezó a comunicarse mediante gestos y escritura. En una oportunidad, mientras estábamos reunidos en la mesa después de la cena, mi madre le preguntó si recordaba algo en particular que le haya sucedido durante aquel día. Mi madre se refería al día en que con comenzó todo el infierno, cuando Roberto vio por primera vez aquel demonio. Hizo un gesto de pensar y luego de unos minutos tomó papel y lápiz que siempre tenía a su lado y comenzó a escribir. Mi madre tomó el papel y, después de leerlo, preguntó sorprendida que sí había pisado excremento que estaba en la puerta de su casa sin querer, y Roberto mostró una sonrisa muy triste afirmando que, efectivamente fue así. No entendíamos si eso tendría algo que ver con lo de aquel demonio, pero ya no quisimos decir más sobre eso. Rápidamente nos volvimos a unir al coro de la Iglesia y no faltamos a misa ni se imaginan la felicidad tan grande que yo sentía al ver a mi amigo danzar y aplaudir todas las alabanzas. Eso era la garantía de sus deseos por vivir. La alegría y felicidad brillaba en su rostro parecía que su alma volvía a retomar vida con los días. Su ánimo crecía cada vez más, pero su cuerpo no parecía ir en contra. Rápidamente empezó a bajar de peso. Los oídos y la vista comenzaron a Fallarle comenzó a despedir un feo olor, quizás ese olor que antes sólo él sentía, pero que ahora lo despedía de su propia piel. Había días en los que no tenía fuerzas ni para levantarse de la cama. Con el tiempo pasó a depender de una silla de ruedas, pero aún así. Siempre sacaba fuerzas de donde fuera para sonreír. Ya casi no escribía, pero un leve susurro y su intento por levantar sus manos nos hacía saber que ya era hora de ir a misa. Ahí estaba él en medio del templo y en plena misa, rodeado de muchos jóvenes que lo sostenían para mantenerlo de pie. A pesar de que su cuerpo estaba cadavérico y su piel pálida pegada a sus huesos, él parecía danzar. Sus ojos brillaban al estar ahí y eso aún mostraba vitalidad su sonrisa parecía quebrar sus labios mientras intentaba cantar con él. Nosotros, los que lo agarrábamos de sus brazos, lo levantamos para unir sus palmas y de ese modo sentía aplaudir como tanto le gustaba hacer. A veces no soportamos las lágrimas y sabíamos en ese momento que era el momento de cambiar de posición con los otros chicos, pues no tenía que vernos llorar nada, debía arruinarle ese momento. Ese era su momento y así la pasamos durante toda la misa rodeándolo y turnándonos entre los muchachos para mantenerlo siempre de pie danzando y aplaudiendo en cada canción. Una mañana del mes de mayo, cuando faltaban unos pocos días para nuestro cumpleaños, fui a despertarlo para darle su medicina, como lo hacía todos los días, pero esta vez lo vi diferente. Tenía su rostro sonriente y su piel parecía haber recuperado su color. Pero cuando le hablé en repetidas ocasiones y no se despertó supe entonces que sus ojos ya no se volverían a Apoyé mi oído sobre su pecho mientras lo abrazaba y rompiendo en un llanto desconsolado al confirmar que su corazón había dejado de latir a mi amigo, mi confidente, mi hermano, se le habían terminado los días de sufrimiento. Creo que esta de más contar los días posteriores, la iglesia se llenó todo el pueblo fue a honrar a aquel guerrero para darle el último adiós. Ese día, el coro cantó como nunca antes lo había hecho y ni siquiera las lágrimas pudieron a los muchachos. Una leve llovizna mojó el cielo durante el velorio, pero cuando llegó el momento de la partida al cementerio, un sol no se acarició durante todo el trayecto. Ese fue el adiós más sublime que vi en mi vida. Finalizado el entierro, le pedí a mis padres que se adelantaran en el camino a casa y poco a poco toda la gente comenzó a hacer lo mismo. Yo me quedé hasta el final, hasta que me quedé solo con mi amigo. Al menos es eso. Eso fue lo que creí mientras estaba arrodillado frente a su tumba escuché una voz llorosa que habló dirigiéndose hacia mí. Era la madre de Roberto, quien me decía que ella lo amaba, pero que ya no podía verlo así. Estaba vestida entre harapos negros. Sucia tenía sus ojos manchados de lágrimas negras a causa de su maquillaje. Sentí un odio tremendo al verla ahí, pues ella no merecía estar en este lugar. Roberto la necesitó tanto, pero ella jamás se preocupó por él. Sin embargo, no quise faltarle el respeto. Frente a la tumba de mi amigo y sin mirarla a los ojos, me alejé un poco, pero le pregunté por qué lo había abandonado cuando más lo necesitaba. Hubo unos instantes de silencio y sin levantarme del lugar, escuchaba cómo aquella mala madre lloraba de a poco cesó el llanto y me dijo que la disculpara suplicante. Me pidió que la escuchara, pues algo importante tenía que decir. Me Dijo que sabía que él había sido un hermano para mí, que yo lo había sido para él. Por esa razón me iba a confesar algo, algo que él mismo, Roberto, había querido mantener en secreto. Dijo que tenía razón al pensar que ella era una mala madre y una mala mujer en voz más baja. Dijo que ella practicaba la brujería la magia negra desde que era adolescente y es por eso que desde hace ya bastantes años tenía una enemistad muy grande con otra bruja de un pueblo cercano. De ahí dijo que había cometido el error de hacerle brujería simplemente por maldad, sin saber las consecuencias que eso traería. Aquella bruja resultó estar pactada con un demonio poderoso y al saber que ella había sido quien hizo el trabajo, le hizo un contra. Hechizo para terminar con su vida y continuó diciendo que en un momento dado fue y dejó el trabajo en su casa, justo bajo la puerta de la entrada, que fue aquel es crento que pisó Roberto esa tarde en la puerta, Pero eso no debió haber pasado, porque ese trabajo estaba destinado para ella. Era ella la que tenía que pisar, pero fue su inocente hijo el que lo recibió esa noche en la que él tuvo su primer encuentro con ese demonio. Fue ahí cuando ella supo al instante que se trataba e hizo lo posible para detener ese trabajo, pero no pudo contra algo más fuerte que ella. La señora lloraba mientras hablaba y tomó un minuto para respirar y luego siguió contando que ella le fue a rogar de rodillas a aquella mujer para que lo detuviera, pero no funcionó y a los pocos días desapareció del pueblo. Desde entonces, su vida fue un tormento. Roberto estaba al tanto de todo y siempre la animaba diciendo que se sentía bien, pero yo sabía que eso no era verdad. Poco a poco, las cosas empeoraron. Los días de la vida de su hijo ya estaban contados y era por eso que cuando él se mudó con nosotros no quiso reclamar nada. Ella sabía que sólo nosotros seríamos capaces de hacerlo feliz con el tiempo que le quedaba que iba a hacer ella cómo ayudarlo. Si sentía que se le caía el corazón a pedazos. Cada vez que miraba el miedo y sufrimiento en sus ojos, dijo que él no merecía eso él merecía ser feliz y concluyó diciendo que la vida se le había acabado desde aquel momento y desde entonces pidió a la muerte que la visitara y a su hijo le pidió que algún día la perdonara. Esas palabras rondan en mi mente hasta el día de hoy y a veces tengo pesadillas con esa mujer. Aquella tarde, después de escuchar aquellas palabras, me levanté y me regresé a mi casa. Recuerdo verla echada sobre la tumba de su hijo llorando amargamente y pidiéndole perdón mientras que yo me alejaba del lugar. Ese día comprendí muchas cosas. Entendí por qué Roberto no quería que su madre resupiera lo que estaba sufriendo y por qué tampoco quería ir a ningún curandero. Prefirió sufrir todo en silencio sin causar sufrimiento a nadie más. Sin embargo, yo tuve la dicha de ser elegido por él para acompañarlo en ese tormento, y eso me llena de orgullo. Ya no siento odio hacia su madre. Más bien siento lástima, pues creo que el castigo de la culpa la torturará hasta la tumba. Mientras tanto, guardo en mi corazón cada momento compartido junto a mi querido amigo y me consuela saber que ahora él está junto a Dios, cantando, danzando y aplaudiendo como tanto le gustaba hacer. Pero esta vez junto al coro de los Ángeles celestiales. Mi nombre es Delfino Y todo comienza cuando mi padre estaba en el trabajo. Mamá había salido al centro del pueblo a hacer unas compras y como nunca solía llevarme con ella, me quedé solo en casa. Por eso aproveché y fui al patio trasero, donde me encantaba jugar con la tierra. Hice una enorme pista de carreras y con los dos únicos autos de juguete que tenía. Fantaseaba que yo conducía el auto ganador sumergido en ese mundo imaginario. Solía pasar todo el tiempo que pudiera ahí. Nadie me regañaba, nadie me humillaba, Y ahí yo no sólo era el ganador, sino también el amo biseñor de todo por ratos me levantaba para revisar minuciosamente mi ropa y asegurarme de que no me hubiera ensuciado con tierra, ya que a mi madre eso le disgustaba y no me lo perdonaba nunca. Al comprobar que todo marchaba en orden, volvía a arrodillarme para convertirme una vez más en un corredor de autos profesional Eso sí, mis rodillas siempre eran las traicioneras, pues después de cada juego tenía que limpiarme bien, pero casi nunca lograba quitarme toda la suciedad, y eso me delataba ante la paliza que re recibía. Pero qué más daba yo era feliz haciéndolo. Eran las dos de la tarde, Así que en ese patio solitario podía escuchar claramente el bullicio de las personas transitando por las calles. Sin embargo, había algo de lo que no podía percatarme, algo que, si no fuera por el sentido del olfato, hubiera sido algo de lo que no podría darme cuenta. Así como sucedió en un momento dado, pues apenas percibí el inconfundible olor que aí en cuenta de que ella estaba ahí permaneciendo aún arrodillado como un ladrón. Al descubierto. Poco a poco, fui soltando el auto de mi mano. A continuación comencé a voltear lentamente para confirmarlo. En ese momento, un intenso escalofrío me recorrió el cuerpo y apenas mis ojos la vieron mi corazón comenzó a latir a mí por hora. Ella estaba ahí como siempre, con su vestido percudido y sus mugrientos cabellos despeinados, descalza parada al otro lado, entrelazando sus flacos dedos en los alambres. Tuve una sensación inevitable que comenzó a congelar mi sangre como cada vez que la veía, haciendo ese tétrico movimiento de cabeza, siempre viendo hacia arriba con su mirada perdida, moviendo sus ojos hacia todos lados, como si fueran dos pupilas marrones fuera de sí, no podía faltar el torpe movimiento de su boca, empapando sus labios rajados con esa saliva que le caía hasta la barbilla y sus dientes nauseabundos eran amarillos con negro porque los tenía podridos sigilosamente. Comencé a ponerme de pie para entrar a la casa con la esperanza de que aún no me hubiera visto. Pero fue algo tonto de mi parte pensar eso, puesto que por algo ella ya estaba ahí. Mientras caminaba, el único sonido que emitía era un balbuceo extraño. Estando ya adentro, cerré la puerta con apuro sintiéndome salvo. Creí que ahí terminaría todo. Pero en un instante más la puerta principal se abrió. Era mi madre, que, al percatarse de mi presencia, miró directamente hacia mis rodillas sucias, y eso bastó para que, como sucedía casi a diario, tomara el cinturón de mi padre y comenzara a pegarme sin piedad. Sentía cada golpe y deseaba que terminara pronto. Definitivamente es algo que ningún niño debería vivir. Por la tarde, mi padre llegó del trabajo y fue a verme a mi habitación y me dijo que mi madre le había dicho que había estado jugando con la tierra y que por eso me había pegado. Yo no levanté la mirada ni dije nada, aunque no me dolía todo el cuerpo a causa de los cinturonazos. Me senté en la cama y lo abracé bien fuerte rompiendo en llanto. Otra vez, mi padre me abrazaba mientras me decía que ya era un niño grande y por eso debía obedecer a mi madre, que tenía un gran espacio en la casa para jugar. Por eso no debía salir a ensuciarme. Además, me dijo que mi madre le había contado que me había visto muy asustado que seguramente había visto a Doña Graciela. Ese era el nombre de la mujer a la que tanto temía la loca como todos los niños del barrio le decíamos. Era una vecina e inquilina, ya que su precaria casa estaba dentro de nuestro mismo terreno, separado apenas por el alambrado. Padecía una enfermedad mental. Caminaba y se movía bien, excepto su cabeza y ojos que parecían tener vida propia. Siempre caminaba con la cabeza elevada y en ocasiones se caía al tropezarse en las calles. Generalmente todos la ignoraban y se burlaban cuando le pasaba eso, pero había quienes se apiadaban de ella y la ayudaban a levantarse. Luego se sacudían las manos y hacían gestos de asco, ya que, como les dije, ella no se bañaba y su olor siempre era desagradable. Sin embargo, papá parecía ser el único que le tenía respeto. Yo le pregunté que por qué esa señora nunca se bañaba y siempre andaba sucia. Le dije que olía tan mal que nadie quería acercarse a ella y que mis amigos decían que era una bruja y que comía niños. Cuando terminé, guardó silencio como cada vez que le hacía esa pregunta, y entonces seguía hablando suspirando por las lágrimas. Le dije que por qué vivía en nuestro mismo terreno. Le dije que me daba mucho miedo, pero que al parecer, a él no porque le llevaba comida todos los días. Me dijo que a él no le daba miedo porque era un ser humano y que todos debíamos tenerle respeto, ya que no estaba bien esa señora, que debíamos ser buenos con ella. Y era por eso que él le llevaba comida. Siempre terminaban así las charlas con él cada vez que la loca era el tema de conversación. Pero eso no me quitaba el miedo hasta que fui creciendo y el temor se fue diluyendo poco a poco. No obstante, trataba de evitarla, como hacían todas las demás personas del pueblo. En el patio teníamos un árbol de manzanas donde me encantaba cortar los frutos, pero mi madre me lo tenía prohibido, por lo que cuando me quedaba solo usaba piedras o palos para arrojarlas sobre las ramas y que así cayeran las manzanas. Recuerdo que cuando tenía unos diez años, aproveché el momento para ver si encontraba alguna de esas manzanas, vi una grande e inmadura, Así que ese fue mi blanco para arrojarle un trozo de madera que tenía escondido. Me sentí frustrado cuando ésta cayó al otro lado del alambrado, es decir, sobre la parte donde vivía la loca, así que no me quedó más que buscar otra. Cuando la encontré y estaba a punto de tirar la madera, aquel repulsivo olor llegó hasta mi olfato, dejándome paralizado al girar la cabeza, la vi parada tras el alambra, con su típico aspecto deplorable. En esa ocasión estaba haciendo algo que me dejó impactado con su mano izquierda. Tenía agarrado el alambre, pero la derecha ahora la tenía ocupada con otra cosa era la manzana que se había caído en su terreno y que, con suma torpeza, intentaba hacerme pasar por la abertura manteniendo su cabeza levantada. No me miraba, pero eso no fue necesario para comprender la situación. Con esa gesticulación, estaba tratando de comunicarse conmigo. Ofreciéndome la manzana, mi corazón se estremecía y sentía como por fin se iban rompiendo todas las murallas de desprecio que tenía hacia ella. Me gustaría saber que hubiera pasado luego de ese inesperado gesto, pero el ruido de la puerta de la casa al abrirse me alertó de que mi madre llegaba corrí rápidamente hacia adentro. Pero fue inútil. El simple hecho de que me viera entrar del patio fue suficiente para golpearme de nuevo. Más tarde, cuando mi padre llegó, me preguntó por qué me había pegado esa vez mi madre. Pero en esa ocasión hubo algo diferente. Ya no me sentía como la víctima, tal vez porque ya no era tan niño o simplemente porque me estaba cansando de todo con una actitud más desafiante. Me atreví a decirle a mi padre la frase que ya varias veces había dicho mi mamá. Dije que mi mamá no me quería y por eso me pegaba por cualquier cosa sin motivo, sin darme explicaciones, y que a veces cuando me estaba pegando, la miraba a la cara y veía ida en sus ojos como si me odiara, como si me aborreciera. Le dije que era mi madre que yo la amaba, pero ella no me amaba a mí. Hoy en día puedo comprender el dolor que sentía mi padre cuando yo le decía eso, pero su reacción era la misma. Bajaba la mirada como quien se siente entre la espada y la pared entregándose a la resignación plasmada en unos instantes desde modo silencio. Aún así intentaba consolarme diciendo aquello que nunca podía entender que mi madre era buena y que me amaba más que a nada en el mundo. Esa noche, aparte del dolor de la golpiza, me dormí con el pensamiento de lo que me había pasado en la tarde con la loca. Nunca la había escuchado hablar, pues, como dije, tan sólo balbuceaba hasta ese entonces. Mi padre seguía siendo el único que interactuaba con ella, pero me preguntaba qué pasaría si yo comenzara a hacer lo mismo y si algún día yo también podría ser su amigo. Tan sólo pasaron unas pocas jornadas más cuando sucedió un evento que me hizo descubrir que ella no era tan loca y que, dentro de su ser había una persona con buenas intenciones y que podía más que una enfermedad mental. Un pequeño río corría por un sector colindante al pueblo no demasiado alejado de la escuela a la que iba un mediodía. Al salir del establecimiento y tal vez porque la rebeldía ya me estaba dominando, decidí desobedecer a mi madre e irme con mis amigos a jugar un rato a ese lugar. Eran tiempos en los que la corriente del agua no era demasiado profunda, pero si muy fuerte. Estábamos a unos metros de la orilla, corriendo y jugando. Cuando de pronto uno de mis amigos dio el grito de alerta, dijo que la loca estaba ahí ironía de la vida. Ella estaba tal como siempre la veía en casa, es decir, al otro lado de la orilla, y mientras observaba, el cielo se tambaleaba. Debido a su defectuosa condición, En un principio no supe qué hacía ahí. Así que, mientras mis amigos se reían de ella, yo me mantenía indiferente a sus burlas hasta que, en un momento dado, volvió a sorprenderme con un impensado gesto de su parte. Levantando uno de sus brazos, señaló con sus dedos hacia un árbol que estaba a su lado justo en el l límite de la orilla del caudal. Era un árbol de manzanas. Ahí fue cuando entendí lo que estaba pensando. Señalaba las manzanas que sabía que a mí me gustaban, por lo que no tuve dudas. Ella estaba comunicándose conmigo una vez más, Sin embargo, inmerso otra vez en una experiencia de emoción y empatía hacia ella, ocurrió el trágico evento. Aquella pobre mujer, tomada por la demencia, despreciada y humillada por todos, con su torpe andar, intentó acercarse al árbol para ser más precisa conmigo. Esto provocó que se resbalara y cayera al río. Las risas de mis amigos retomaron en el entorno con más euforia, celebrando así el accidente. Yo quedé estupefacto sin saber qué hacer y vi cómo algunos de ellos arrojaban piedras al río ovacionados aún más. Tal vez fue eso lo que me hizo reaccionar. El hecho es que grité con todas mis fuerzas que se detuvieran que la dejaran en paz. Corrí hacia el río para tratar de ayudarla a salir la. Encontré sujeta a las raíces del mismo árbol, luchando por no ser arrastrada. Mi mente no fue capaz de pensar en esos momentos. Sólo recuerdo que me metí al caudal y desesperado. Traté de llegar hasta ella, pero no lo logré. A mitad de camino. La corriente me venció y sentía como mi cuerpo se sumergía más y más girando y manoteando, tratando de sujetarme con algo que me salvara. En esos instantes pasó por mi mente toda mi vida. Sentí cuando los dedos de una mano se clavaron en mi camisa por unos segundos me acompañaron en la corriente hasta que con mucha violencia, comenzaron a dominar todo mi cuerpo para empujarme. Cuando comencé a sentir el fondo del río, me di cuenta de que me estaban llevando hasta la orilla. Una vez que logré sacar la cabeza y respirar el aire de lo que considero mi nueva oportunidad de vida, quedé tirado sobre la arena, escupiendo el agua que había tragado. Nada más pasó por mi cabeza. Sólo quería ver a quien acababa de salvarme, esperando ver supuestamente a mis amigos. Cada uno de mis sentidos se quebrantaron al no poder dar crédito a lo que veía recostada de igual forma. Escupiendo también líquido. Comprendí que al ver que yo era llevado por la corriente, se soltó de las raíces del árbol para poder llegar hasta mí y ser ella la que me salvaría por primera vez y dado a las circunstancias, le hablé para decirle gracias. Lamentablemente, la pesadilla todavía no terminaba. La escuché quejarse y al verla, haciendo movimientos bruscos con su cuerpo, vi cómo su viejo vestido empezaba a pintar de rojo debido a su sangre, saliendo alrededor de una gruesa rama que tenía incrustada en uno de sus costados. Ese día corrí como nunca lo había hecho. Quien fue mi salvadora quedó herida en aquel lugar mientras yo iba en busca de ayuda. Al llegar a casa, sólo encontré a mi madre, quien, a pesar de que entre lágrimas le decía que la señora estaba herida, no paraba de golpearme con furia por haber llegado en esas condiciones. Me encerró en mi habitación como de costumbre y ahí permanecí preso de la desesperación, sabiendo que la loca había quedado en el río. Por fortuna, papá llegó a los pocos minutos y es cuando salí corriendo a contar lo que pasó hasta el día de hoy. No sé si mi madre pudo haberse sentido tan desgraciada al mentiro. Tal vez dijo la verdad al afirmar que vio a la señora entrar en su casa en perfecto estado, sin ninguna clase de herida. El punto es que, debido a eso mi padre se quedó en casa a discutir con ella. En esa ocasión me había golpeado tanto que yo sangraba por todos lados. Agradezco a Dios lo que sucedió. A continuación, la discusión fue tan fuerte que mi madre retomó aquella inesperada decisión junto sus cosas y se marchó de la casa. Minutos después. Yo abrazaba a mi padre, quien sentado en una silla, lloraba por el abandono de ella. Compartí su dolor, pero dentro de mí sabía que tenía algo pendiente por hacer. Cuando nos calmamos un poco, tomé el valor y le pedí permiso para ir a ver a la señora para así asegurarme de que ya estuviera bien. Después de todo, ya no había nadie. Quien me lo impidiera. Accedió, pero me pidió que guardara un poco más, pues quería decirme algo muy importante. Me advirtió que se trataba de algo que me haría no sólo comprender muchas cosas, sino que también podría hacerme sentir odio por él. Fueron apenas unos minutos los que tardó en decírmelo, pero para mí bastaron para cambiarme la vida por completo. Fue como un antes y un después un mundo que se me vino abajo para dar surgimiento a uno nuevo. Ni bien terminó de contármelo y en tanto, mi mente todavía estaba perdida. En eso, rompiendo en llanto aún más desconsolado, corrí como un loco hacia la casa de ella. Ingresé a esa precaria casa, colmado de esperanzas que se me negaron y me topé con un aterrador escenario que partió mi corazón y alma en mil pedazos a los que jamás pude reunir con mis ojos empapados. Grité su nombre, que tan sólo una vez ella pudo oírme decir. Ella estaba recostada sobre su vieja cama quieta, ya ni siquiera sus movimientos involuntarios tenían vida. Aún así se dio cuenta de que yo estaba ahí, Me reconoció tal cual jamás dejó de hacerlo usando las últimas fuerzas que le quedaban. Movió su cabeza para mirarme por primera y única vez directamente a mis ojos. La vi dibujar una tenue sonrisa esa que nunca saqué de mi mente y que para mí es la más hermosa jamás vista. Caminé hacia ella y la tomé de la mano mi mientras mi vida se apagaba junto a la suya, viendo cómo daba su último respiro y como sus ojos se cerraban para ya no volver a abrirse más. Me dirigí a ella con el orgullo que arderá intacto en mi corazón para siempre. Pronuncié aquellas palabras que quedarán fundidas en un amor imperecedero le dije que la quería que ya sabía que era mi madre. Todo pasó como me contó mi padre. Aquella tarde, mientras Doña Graciela estaba embarazada de mí, supo que era víctima de brujería. Cuando acudió a un curandero en busca de salud, éste le dijo que el trabajo malicioso era para mí que debía interrumpir el embarazo si quería seguir con vida. Sin embargo, ella se negó poco después de que nací. El mal recayó de lleno en su cuerpo, dejándola en ese estado enfermo con el que la conocí. La persona que le había dejado ese mal había sido una compañera de trabajo que la envidiaba y odiaba porque ella no podía tener hijos. Fue algo realmente desgarrador para mi saber. Eso tardé muchos años en dirigirle la palabra a mi padre, no por ocultarme la verdad. Después de todo, él se hizo cargo de mi madre, aunque no como ella se lo merecía. Fue por haberme permitido que yo sufriera tantos años el maltrato de quien en realidad era mi madrastra. Lo perdoné en su lecho y tal cual pasó con mi madre, lo contemplé dar su último respiro con su sonrisa en su rostro. Actualmente tengo cincuenta años de edad. Todavía tengo a mi esposa conmigo y junto a ella disfrutamos de los hermosos nietos que nos concedieron nuestros hijos. A ellos les conté lo que me tocó vivir y me lo agradecen hasta el día de hoy, pues dicen que es la enseñanza perfecta que alguien pueda dar sobre no juzgar a las personas En estos momentos. Estoy encerrado en mi habitación, mis manos tiemblan por sí solas involuntariamente, así como le pasaba a mi madre con su problema. Me di cuenta que tan grande es el amor de una madre, porque ni siquiera el mal de un trabajo de brujería puede vencerlo. Eso lo tengo presente siempre, sobre todo cuando salgo al patio de mi casa y me acerco al árbol que todavía perdura, ese que por tantos años vio pasar por su lado a una mujer considerada loca, pero que llevaba un fuego de amor ardiente en su pecho, en ese árbol en el que aún busco manzanas cuando es la época y sólo busco de esas que tanto me gustan, esas que tienen el mismo color de la sangre que vi derramar a mi madre, ese que tenían sus labios partidos, ese que por siempre representará su amor por mí y el mío por ella, aunque tarde pude saber la verdad y así sentirlo ese color que me hace remover cada fibra de mi ser y que me conmueve hasta las lágrimas, cuando apenas lo escucho pronunciar relatos escritos y adaptados por Lis Rayón r.