Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / El Niño Del Más Allá - Muñecos Diabólicos Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más. Comenzamos. Hace un año Trabajaba como niñera para una agencia cuyo nombre prefiero mantener en secreto, así como el mío y el de quienes estuvieron involucrados en esta extraña experiencia. A mis veinticinco años siempre me he considerado una persona tímida, pero afortunadamente, mi habilidad natural para cuidar niños me permitió encontrar un trabajo que, aunque desafiante, a veces realmente disfrutaba. La agencia para la que trabajaba tenía un método peculiar de operar. Los padres interesados en contratar un servicio de niñeras llamaban a la agencia, la cual seleccionaba a la candidata perfecta según las demandas del cliente. Después la la agencia se encargaba de recibir todos los pagos de manera electrónica antes de que la niñera se dirigiera a la casa del cliente. Esta medida de seguridad no sólo facilitaba las transacciones, sino que también proporcionaba una capa adicional de protección al evitar posibles problemas al retirarse de la residencia, dado que disponía de bastante tiempo libre y estaba ahorrando para comprar un automóvil, no dudaba en aceptar cualquier tipo de trabajo que otras niñeras solían rechazar. Turnos nocturnos, horarios extensos no importaba. Siempre estaba dispuesta a asumir la responsabilidad y en esta ocasión la agencia me contactó para cuidar a tres niños en casa de una mujer. La perspectiva de un pago sustancial. Me llevó a aceptar sin dudar mi confianza en mi capacidad para cuidar niños y mi falta de atención al detalle en cuanto al número de niños a cuidar hizo que no prestara mucha importancia al hecho de que fueran tres. Se cerró el trato, me dieron la dirección y me dirigí a la casa, sin sospechar que ésta sería una de las experiencias más inusuales que viviría como niñera. Al llegar a la casa, la atmósfera ya parecía extraña, la madre apresurada y visiblemente nerviosa. Apenas me dio algunas indicaciones generales y llamó a los niños para que se presentaran. Las escaleras resonaron con los pasos de los tres niños que se acercaban dos gemelas de ocho años y un pequeño de siete. Sin embargo, la verdadera sorpresa guardaba al fondo de la sala. En un rincón casi en penumbra, se encontraba el cuarto niño sentado en un sillón completamente absorto en la contemplación de la televisión apagada. Su presencia silenciosa y su falta de interacción inmediata llamaron mi atención. Los tres niños, con la espontaneidad característica de la infancia, se presentaron casi de inmediato las gemelas, con sus risas y gestos animados. Cor r n on sus nombres y edades seguidas por el pequeño de siete años, cuya sonrisa traviesa añadió un toque de dulzura a la presentación. Sin embargo, el cuarto niño absorto en la televisión apagada al fondo de la sala seguía siendo un enigma en aquella introducción. Aunque la situación era un tanto peculiar, ya había experimentado situaciones similares en las que la información inicial sobre el número de niños no coincidía con la realidad. Una vez me habían dicho que cuidaría a dos niños y al llegar me encontré con cinco. Mi timidez y falta de disposición para confrontar a los adultos me llevaron a dejar pasar estas discrepancias sin cuestionar demasiado. Esta vez la madre actuaba como si el cuarto niño no estuviera presente. Aunque esta actitud podía resultar extraña para cualquier persona, especialmente en el cuidado de niños, yo preferí no profundizar en eso. Era una situación que de alguna manera ya había enfrentado a la a la antes y que, en la mayoría de los casos, no representaba un problema significativo. En mi experiencia, la mayoría de los niños se comportaban adecuadamente y las propinas adicionales que a menudo recibía superaban el pago original de la Agencia de Niñeras. Sólo en casos excepcionales, cuando los niños eran difíciles y sus responsables no mostraban interés o consideración, optaba por levantar un reporte con la Agencia, que luego se encargaba de vetar a esas familias. En este caso particular, el cuarto niño parecía tranquilo y su presencia no generaba mayor inquietud. La madre, al parecer, simplemente deseaba actuar como si él no estuviera ahí, aunque podría haber indagado más sobre quién era aquel pequeño que permanecía en el sillón de la sala. Mi naturaleza reservada y la falta de importancia que le daba a estas situaciones me llevaron a dejar pasar la situación. Después de las breves indicaciones adicionales de la madre sobre los cuidados de los niños años. Ésta se retiró rápidamente, dejándome sola con los cuatro niños y una serie de preguntas sin respuesta. Los niños emocionados expresaron su deseo de ver televisión, una actividad permitida durante todo el día según las instrucciones dadas. Aunque mi atención se desviaba ocasionalmente hacia el cuarto niño que seguía absorto en la pantalla apagada, decidí centrarme en hacer que la tarde fuera agradable para los niños, sugiriendo la idea de preparar una merienda de frutas picadas. Fui hacia la cocina mientras los niños se dirigían a la sala para elegir la película, mientras buscaba entre las gavetas de la cocina un exprimidor para el limón. Una extraña sensación se apoderó de mí era como si alguien más estuviera presente en la habitación, una presencia que no podía ignorar. Instintivamente, volví la cabeza anticipando a encontrar a alguno de los niños necesitando mi ayuda. Sin embargo, la sorpresa y el desconcierto se apoderaron de mí al descubrir que, de hecho, no estaba sola. El pequeño niño que antes ocupaba uno de los sillones de la sala estaba ahora parado en la cocina. Mirándome fijamente un escalofrío, recorrió mi espina dorsal al notar que su aspecto difería notablemente del de los otros niños. Su rostro presentaba un gran moretón en la mejilla derecha y su ropa, así como su persona en general, mostraban signos evidentes de suciedad. Esta observación resultaba aún más extraña considerando que los otros tres niños quienes se habían presentado conmigo anteriormente estaban completamente limpios y sin rastro de golpes o heridas visibles. La mirada intensa del pequeño y su aspecto descuidado me desconcertaron al principio. Su cabello parecía haber pasado mucho tiempo sin ser lavado y la ausencia de zapatos revelaba unas viejas calcetas rotas. A pesar de mi sorpresa inicial, traté de mantenerla co mpon y actuar con naturalidad. Me acerqué amablemente y le pregunté si quería algo, pero el pequeño no emitió palabra alguna, limitándose a seguirme mirando con atención. Mis intentos de comunicarme con el continuaron sin éxito. Pregunté si necesitaba algo o si le había pasado algo, pero la respuesta seguía siendo el silencio. Incluso cuando le ofrecí participar en la preparación de la merienda. Su mirada fija permanecía inalterada sin signos de reconocimiento o respuesta verbal. Aunque estaba acostumbrada a tratar con niños tímidos, esta situación era diferente. La incomodidad se apoderó de mí, generando una sensación de frío que se intensificaba con cada momento que pasaba junto al misterioso niño. Ante la falta de respuestas y el ambiente inusual que se formaba a mi alrededor, decidí sugerirle amablemente que se uniera a los otros niños en la sala para ver la televisión, en lugar de quedarse inmóvil. Para mi sorpresa, el pequeño niño dio media vuelta y se alejó de la cocina. La puerta se cerró tras él, dejándome con una mezcla de asombro y desconcierto. Aunque la situación era extraña, trataba de recordarme a mí misma que los niños podían comportarse de manera impredecible de vez en cuando. Sin embargo, las preguntas persistían en mi mente, especialmente en lo que respecta al estado del niño y las circunstancias que lo rodeaban. Consideré la posibilidad de llamar a la madre de los niños para obtener más información o al menos saber si necesitaba algún medicamento para aliviar el golpe en la mejilla del pequeño. Mi mano sostenía el teléfono, pero en el último momento dudé la idea de inmiscuirme en asuntos personales de la familia. Me hizo retroceder. Temí que la madre pudiera sentirse molesta o que mi intervención fuera malinterpretada, Así que decidí mantenerme al margen y continuar con mis responsabilidades como niñera, mientras los niños permanecían absortos en la pantalla facilitando mi labor como niñera, decidí aprovechar el tiempo para avanzar en algunas tareas relacionadas con un curso de psicología que estaba cursando. La cocina se convirtió en mi refugio temporal y de vez en cuando me dirigí a la sala para asegurarme de que todo estuviera en orden. Realicé este ritual al menos cinco veces y en ninguna de ellas noté nada fuera de lo común. Los cuatro niños continuaban concentrados en la televisión, aparentemente sin perturbaciones. A medida que avanzaba la tarde, decidí tomarme más tiempo entre una revisión y otra para poder avanzar en mis responsabilidades académicas. Mientras estaba sentada en una de las sillas de la cocina sumida en mis estudios, Unos pasos que resonaron en la casa llamaron mi atención. Volteé instintivamente y para mi sorpresa, me encontré nuevamente con la con la l la presencia del pequeño niño parado en el marco de la puerta. Observándome fijamente, aunque su mirada seguía generando escalofríos, opté por ser profesional y amable. Le sonreía amistosamente y le ofrecí algo para comer o beber. Sin embargo, el pequeño no emitió palabra alguna y continuó fijando su mirada en mí. Tras unos incómodos minutos, decidí hacerle preguntas más simples. Le pregunté por su nombre y, para mi sorpresa, obtuve una respuesta. Luis dijo el pequeño en un tono apenas saudible. Le pregunté por el moretón en su cara y mi sorpresa se mezcló con preocupación al notar que, al tocarse la cara, parecía no estar consciente del moretón en su mejilla le pregunté cómo se había hecho daño, y el pequeño respondió con una indiferencia inusual, mencionando que probablemente alguien lo había golpeado. Mi preocupación creció y traté de obtener más información, preguntándole quiénes fueron no responsables. Encogiéndose de hombros. El pequeño mencionó algunos nombres, pero en ese momento mi atención se desvió hacia el estado emocional de Luis. Sus palabras revelaban una realidad más profunda. No le caía bien a las personas mayores si se portaban mal con él. En ese instante. Una conexión emocional se estableció en mi interior, recordando los desafíos que muchos niños se enfrentan en el vecindario. Empatizando con su situación, compartí con Luis, que también había experimentado molestias durante mi infancia, traté de reconfortarlo, asegurándole que con el tiempo las cosas mejorarían. Sin embargo, en lugar de obtener una sonrisa infantil. Como respuesta, la expresión de Luis se volvió más seria, profundizando en una gravedad que no esperaba. Las palabras de Luis resonaron en la cocina, llevando consigo un peso desgarrador. Afirmó que para él nada mejorarían, que ya no quedaba esperanza. Intrigada y preocupada por sus revelaciones, le pregunté por qué estaba expresando esos sentimientos tan sombríos. Su respuesta fue un poco vaga, pero contundente. Simplemente así era porque no veía posibilidad alguna de mejor en su vida. La extrañeza de la situación se apoderaba de mí, pero intenté atribuirlo a la perspectiva limitada que los niños a menudo tienen sobre sus propias vidas. No obstante, una corriente de inquietud me recorría mi instinto de niñera, junto con un inusitado sentido de responsabilidad hacia Luis, me impulsaron a obtener más información sobre su situación. Decidí indagar sobre su vestimenta y su estado físico. La suciedad en su ropa y su apariencia descuidada despertaron mi preocupación. Le pregunté por qué llevaba ropa tan sucia y su respuesta provocó una nueva oleada de desconcierto. Luis se limitó a tocar su ropa como si sólo en ese momento se diera cuenta de su estado y al tocarla se encogió de hombros y admitió que llevaba esa ropa por un tiempo considerable, quizás un mes o, incluso dos. La alarma en mi interior se intensificó y no pude evitar preguntar por qué no se quitaba la ropa. La respuesta de Luis fue aún más desconcertante. Simplemente no podía quitársela sin saber exactamente por qué. La preocupación aumentó cuando le pregunté cuánto tiempo llevaba sin tomar un baño. Tras meditarlo por un momento, reveló que podría ser desde el día en que se puso esa ropa. Sucia. La tristeza y el desconcierto se apoderaron de mí al escuchar que Luis no podía quitarse la ropa ni bañarse. Mi mente intentaba buscar explicaciones lógicas, pero ninguna parecía encajar ni deber cómo niñera se entrelazaba con la preocupación por el bienestar de Luis. Llevándome a cuestionar su situación de una manera más profunda, le insté a explicarme por qué no podía cambiar de ropa, pero la respuesta de Luis fue un misterio aún mayor. Simplemente no sabía por qué sólo era algo que no podía hacer. Su situación me desconcertaba y me inquietaba cada vez más. La conversación dio un giro inesperado cuando le pregunté sobre él por qué sus hermanos si estaban limpios. La confusión se reflejó en su rostro. Mientras afirmaba que no tenía hermanos y que esos niños eran simplemente sus amigos. Su expresión triste denotaba un sentimiento de rechazo, revelando que aunque eran sus amigos, últimamente lo ignoraban y lo excluían. Contó cómo ese mismo día intentó jugar con ellos, pero actuaron como si no estuviera presente. Se sentía marginado y sugirió que tal vez era a causa de su ropa sucia. En ese momento agradecí internamente no haber informado a la Agencia de Niñera sobre la presencia de un amigo del vecindario, puesto que realmente la madre no lo tenía contemplado. Seguramente esperaba que Luis se marchara pronto a su hogar. La revelación de Luis sobre su hogar y sus padres arrojó una nueva capa de oscuridad a la situación. Vivía en la última casa de la calle y aunque había informado a sus padres que estaría en la casa de sus amigos, también eran indiferentes Hacia él. Un nudo se formó en mi estómago. La compasión y la indignación luchaban por espacio en mi corazón. Cómo podía un niño encontrarse en una situación tan desoladora. Decidí tomar medidas y movida por la compasión. Hacia Luis le prometí que hablaría con los niños de la casa para asegurarme de que no lo ignoraran más. La idea de que este pequeño, que ya enfrentaba dificultades fuera tratado con desdén por otros niños me resultaba insoportable. Me levanté dejando a Luisa en la cocina y me dirigí a la sala, donde los niños disfrutaba de su película. Les pedí un momento de su atención y comencé a hablarles sobre la importancia de tratar a los demás con respeto y consideración, Destacando que todos teníamos sentimientos. Utilicé mi habilidad para conectar con los niños tratando de transmitirles la importancia de ser amables. Sin embargo, noté que sus miradas entre ellos indicaban confusión, como si no comprendieran del todo de que les estaba hablando. Después de una charla que parecía no haber tenido el impacto esperado, decidí ser más directa les expliqué que Luis se sentía muy triste porque lo estaban ignorando, pensando que esto provocaría una reacción o al menos una explicación por parte de los niños, pero la sorpresa y extrañeza en sus rostros sólo se intensificaron Casi de inmediato. Una de las gemelas pronunció unas palabras que helaron mi sangre. No estamos ignorando a Luis. Luis ya no está. Se perdió hace como dos meses. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal y una sensación de incredulidad se apoderó de mí. Les aseguré que Luis estaba en la cocina hablando conmigo. Los niños corrieron hacia la cocina gritando el nombre de Luis, mientras yo lo seguía con el corazón latiendo con fuerza al llegar a la cocina. La realidad se hizo evidente. Estaba vacía sin rastro de Luis. La búsqueda por toda la casa resultó infructuosa. El pequeño había desaparecido sin dejar rastro. Al principio, me sentí contrariada por los sucesos que habían ocurrido. Cómo podía explicar la aparición y desaparición de Luis. Sin embargo, mi mente, buscando una explicación lógica, concluyó rápidamente que todo era una broma orquestada por los niños. La idea de lo paranormal se desvaneció ante la creencia de que era simplemente una travesura elaborada para confundirme. Decidí no otorgarle más impo rudo al asunto, pensando que sí ignoraba la situación. Los niños cesarían en su juego. Mientras ellos volvían a ver la televisión. Yo continuaba en la cocina tratando de concentrarme en mis tareas pendientes. Sin embargo, la tranquilidad fue efímera, ya que en poco tiempo escuché nuevamente pasos. Al girar me, encontré con la sorpresa de ver a Luis al otro extremo de la mesa, pero esta vez la distancia recorrida resultaba improbable, considerando que acababa de escuchar sus pasos y no había notado su ingreso. Era como si se hubiera teletransportado. Le recriminé expresándole que no era correcto asustar a los adultos y que existían maneras más saludables de jugar. Luis, con una expresión contrariada, afirmó no entender a qué me refería y que no pretendía asustarme y casi enseguida, me dijo que quería que lo acompañara a un lugar. Le dije que no podía dejar la casa, ya que estaba a carra la de cuidar a los demás niños. Sin embargo, Luis insistió, mencionando que había un lugar al cual deseaba que lo acompañara, argumentando que yo era la única persona que no lo había ignorado. En meses manteniendo mi posición, le negué la solicitud enfocada en la responsabilidad que tenía con los otros niños, pero Luis, desafiante, tomó mi bolso y salió corriendo de la cocina. Intrigada y preocupada, seguí tras él desde la distancia. Lo vi ingresar a un terreno baldío Rápidamente lo alcancé, pero al llegar la escena frente a mis ojos, me dejó helada. Luis se dirigió hacia un montón de tierra que se distinguía por verse suelta en comparación con el resto del terreno. Sin previo aviso, saltó y, para mi desconcierto, desapareció ante mis ojos. Fue como si se hubiera hundido en la tierra, desafiando toda lógica y explicación contrariada, pero intrigada por lo ocurrido. Dor con Luis me acerqué cautelosamente al lugar donde había desaparecido. Comprobé que mi vista no me engañaba. No había rastro alguno de un agujero o una zanja en la tierra, Aunque la tierra en ese lugar estaba aún tanto. Suelta no parecía lo suficientemente movediza como para que alguien se hundiera por completo. Lo más extraño era que en el centro de esa zona de tierra suelta estaba mi bolso intacto como si Luís se hubiera hundido, pero mi bolso no lo hubiera acompañado. En esa extraña desaparición conmocionada pero decidida, tomé el bolso y me di media vuelta para regresar a la casa y seguir cuidando a los otros niños. Sabía que no podía dejar la casa con los niños a solas. Sin embargo, al dar la vuelta. Escuché de nuevo la voz de Luis, suplicándome que no lo dejara. Solo volté rápidamente, pero Luis no estaba en ninguna parte desconcertada. Caminé hacia la salida del terreno baldío y volví a escuchar la voz de Luis, pidiéndome que al menos le dijera a sus padres que estaba ahí, que no se había escapado el miedo. Se apoderó de mí y corrí de vuelta a la casa sin detenerme hasta llegar. Estaba pálida y sin saber exactamente qué hacer. Después de un par de horas, decidí seguir mi instinto y preguntar a los niños dónde vivía Luis. Me dieron la dirección y me encaminé hacia allá para aclarar todas mis dudas. Al llegar toqué la puerta y una mujer demacrada y triste me abrió balbuceé por un momento y finalmente le conté toda la historia, desde los eventos del día hasta la aparición de Luis en el terreno baldío y su petición desesperada. La mujer, visiblemente afectada, me preguntó dónde estaba su pequeño. Después de divagar por un momento, le relaté toda la historia y ella, sin perder tiempo, se lo comunicó a su esposo. Cuando regresé al lugar después de terminar mi turno, cuidando a los niños, vi el terreno baldío rodeado de patrullas. Me enteré de que habían encontrado el cuerpo de un niño enterrado ahí, aunque nunca lograron encontrar al responsable, al menos sentí alivio de que Luis hubiera sido localizado y pudiera recibir un entierro adecuado. La tragedia dejó una marca imborrable, pero al menos su familia pudo encontrar algo de paz al saber que le sucedió a su pequeño. Mis días como estudiante universitaria se volvían cada vez más desafiantes después de que mi padre perdiera su empleo. La tensión financiera pesaba sobre nosotros y la idea de abandonar la universidad rondaba en nuestras conversaciones familiares. Pero yo estaba decidida a encontrar una solución que me permitiera continuar mis estudios sin sacrificar mi educación. La búsqueda de un trabajo de medio tiempo se convirtió en mi principal objetivo, pero descubrir que la realidad era más cruel de lo que esperaba. Los empleos que encontraba pagaban muy poco y cualquier posibilidad de trabajo a tiempo completo estaba fuera de mi alcance. Si quería seguir asistiendo a la Universidad. La desesperación y la ansiedad se apoderaron de mí y cada día se volvía más difícil mantener la calma. Fue entonces cuando una amiga de la Universidad, al enterarse de mi situación, me sugirió una idea que cambiaría mi vida. Ella, al igual que yo, estaba estudiando y se ganaba la vida como niñera de forma independiente. Me contó sobre la flexibilidad de su horario, la buena paga y la libertad para trabajar según sus necesidades. No pertenecía a ninguna agencia. Simplemente pegaba volantes con su información en áreas adineradas y esperaba a que los padres la contactaran. Animada por la perspectiva de tener control sobre mi tiempo y ganar un buen salario, decidí seguir sus pasos. Mi amiga me ayudó a crear mis propios volantes y en poco tiempo me encontré pegándolos en zonas donde creía que podría necesitar a una niñera confiable. La respuesta no tardó en llegar. Mi teléfono comenzó a sonar con solicitudes de información sobre mis servicios. La demanda creció rápidamente y me vi sumergida en el mundo de la niñera independiente. Aunque al principio dudaba de mis habilidades con los niños, pronto descubrí que disfrutaba del trabajo, incluso podía realizar tareas universitarias mientras cuidaba a los pequeños. Mi madre, sin embargo, no dejaba de recordarme la importancia de la seguridad. Al trabajar de forma independiente. No había filtros ni precauciones establecidas para protegerme de situaciones riesgosas. Aunque escuchaba sus advertencias. La juventud a veces nos hace sentir invulnerables y continué con mi trabajo sin darle demasiada importancia a sus consejos. A medida que los meses pasaban, mi padre finalmente consiguió un nuevo empleo y la necesidad de la niñera independiente disminuyó. Ahora era más un ingreso adicional que una fuente principal de sustento. Aceptaba sólo trabajos esporádicos cuando necesitaba un poco de dinero extra, pero la rutina ya no era tan intensa como al principio. Fue en una de esas ocasiones cuando acepté un trabajo después de un período de inactividad que mi vida dio un giro inesperado la tarde en la que mis amigos mencionaron su plan para un viaje a la playa durante un fin de semana. La emoción me invadió. La idea de disfrutar del sol y la arena era tentadora, pero la realidad financiera de mi familia. Amenazaba con poner fin a mis sueños de escapar a la playa determinada a no perderme la oportunidad, decidí tomar todos los turnos de niñera posibles en las próximas dos semanas. Mi objetivo era acumular suficiente dinero para financiar mis escalas tapada a la playa sin agregar más presión a las finanzas de mi familia. Durante esas dos semanas me sumergí en un frenesí de trabajo y cada oportunidad de cuidar niños se convirtió en una oportunidad para acercarme a mi objetivo. Los días se volvieron una sucesión interminable de juegos, tareas y risas infantiles, pero mi mente estaba enfocada en la recompensa que me esperaba. Al final, tuve bastante dinero al punto que junté más que suficiente en una de esas noches. Cerca de las diez, mi teléfono sonó. El número era desconocido, por lo que asumí que era otro padre en busca de mis servicios. Como niñera preparada para rechazar la oferta. Respondí con una actitud confiada. La voz al otro lado de la línea parecía desesperada y necesitaban con urgencia una niñera para sus dos hijos y estaban dispuestos a pagar generosamente. Mi primera reacción fue negarme, ya que consideraba que ya no no necesitaba. Sin embargo, la oferta se volvió cada vez más tentadora. El padre, consciente de mi resistencia, aumentó la apuesta, ofreciéndome el triple de mi tarifa habitual. La perspectiva de ganar esa cantidad de dinero en una sola noche era demasiado tentadora para resistirla. A pesar de mis dudas iniciales y la sensación de que algo no estaba del todo bien. Acordé cuidar de sus hijos. Esa noche, anoté la dirección y confirmé los detalles, aunque la voz en mi cabeza seguía susurrando palabras de advertencia. La cita estaba programada para las ocho de la noche y se suponía que los padres regresarían a la medianoche. El trato estaba hecho y la promesa de una recompensa financiera significativa eclipsó cualquier preocupación que pudiera tener. A medida que se acercaba la hora de dirigirme a la dirección proporcionada, las dudas volvieron a surgir. Realmente valía la pena arriesgarse por un poco más de dinero. Las historias de precaución de mi madre resonaron en mi mente, pero las fachadas de seguridad y comodidad del vecindario de clase alta disiparon mis preocupaciones, decidí dejar de lado las suposiciones y dirigirme a la casa. Al llegar quedé impactada por la magnitud de la residencia. La casa era majestuosa, con un diseño que reflejaba la riqueza de sus habitantes. Al abrir la puerta, una ráfaga de aire fresco y perfume lujoso me recibió, sin embargo, algo en el ambiente. Me desconcertó. Las personas que abrieron la puerta parecían ser los padres de los niños a quienes iba a cuidar, y una extraña sensación de incomodidad se apoderó de mí Cuando los observé detenidamente. Aunque parecían normales a primera vista, algo en sus rostros me desconcertó. Estaban pálidos, con ojeras pronunciadas y sus gestos parecían un tanto desalineados. A pesar de eso, o n n n NS estaban impecablemente limpios y vestían ropas elegantes. La mujer llevaba anillos y aretes de alta calidad que destellaban con cada movimiento. Traté de no ser demasiado obvia respecto a mis pensamientos y simplemente les saludé mientras ellos hacían lo mismo. Me invitaron a pasar y al cruzar el umbral, me encontré con un patio extremadamente grande. Bicicletas y juguetes de todo tipo estaban esparcidos por todas partes, indicando claramente la presencia de niños en la casa. Aunque sabía que iba a cuidar niños, La visión de aquel patio me tranquilizó un poco, contrarrestando los pensamientos inquietantes que habían estado rondando en mi mente todo el día. El matrimonio me condujo hasta la sala, donde me dieron algunas indicaciones básicas sobre mi labor, las luces debían permanecer apagadas a menos que fueran extremadamente necesarias, y los niños eran libres de comer cualquier cosa si lo pedían. También se me pnr permitía hacer lo que quisiera en la casa siempre y cuando no saliera de ella. Escuché atentamente asintiendo cómo lo haría en cualquier otro trabajo de niñera. Sin embargo, pronto noté que algo no estaba del todo bien. No escuchaba a los niños en ningún lugar de la casa. No sólo no los veía, sino que literalmente parecía no emitir ningún tipo de ruido. Intrigada, les pregunté a los padres, donde estaban con una calma inusual. Me dijeron que sus hijos ya se habían dormido, aunque ocasionalmente se despertaban para un bocadillo nocturno o para mirar televisión antes de volver a dormir. La imagen de niños que se mantenían en silencio durante toda la noche, durmiendo sin interrupciones. Me alivió y pensé que estarían pagando tres veces más únicamente por estar presente en una casa donde los niños ya estaban dormidos, y eso me pareció bastante sencillo y cómodo. Agradecí eternamente haber aceptado el trabajo, considerándolo el dinero más fácil y rápido que había ganado. Confirmé mi aceptación de las demás indicaciones, incluida la peculiar regla de no entrar a la habitación de los niños. Aunque me pareció extraño, no le di demasiada importancia y acepté sin cuestionar tan pronto como los padres se fueron, la casa quedó sumida en un total silencio. Aproveché el tiempo para realizar algunas tareas pendientes y, una vez completadas, decidí tomar un breve momento para ver la televisión. Todo seguía en silencio y la paz reinante era tan intensa que por un momento me pareció extraño estar ahí sin un propósito aparente. Pasaron cerca de treinta minutos y la quietud persistía. La sala de estar se mantenía tranquila y apacible sin rastro de actividad infantil. El reloj avanzaba lentamente, marcando cada segundo en medio de la calma. Mi Mente, aunque inicialmente da ansiosa, se relajó ante la aparente simplicidad de la tarea encomendada. En ese momento, el ambiente parecía tan sereno que incluso me pregunté si alguno de los niños bajaría en busca de algo. La atmósfera en la casa era tan tranquila que la idea de cuidar a niños dormidos comenzó a sentirse como una tarea excesivamente fácil. Sin embargo, mientras el tiempo transcurría en silencio, una sensación inquietante empezó a formarse en el fondo de mi mente. Por un momento, mientras buscaba un canal adecuado para mirar en la televisión, pensé que el resto de la noche seguiría siendo tan tranquilo como hasta ese momento, pero en un instante todo cambió. Un sonido sutil pero audible como de pasos corriendo resonó cerca de la cocina. Mi atención se centró en ese ruido y rápidamente giré la cabeza hacia la dirección del sonido, pero no pude distinguir a nadie. Inmediatamente asumí que podría ser uno de los niños bajando tímidamente para satisfacer un antojo nocturno. Decidida a descubrir la razón detrás del sonido, me levanté del sillón y encendí la luz de la cocina. Caminé hacia el área, explorando cada rincón en busca del origen de los pasos. Busqué en la penumbra, pero no encontré rastro de ningún niño. La cocina estaba vacía y mi búsqueda inicial resultó infructuosa. La idea de que tal vez había escuchado malo lo que el niño había cambiado de opinión y regresado a su habitación pasó por mi mente. Volviendo al sillón, me dispuse a sentarme de nuevo cuando una voz infantil, clara y audible me sorprendió. Me puede servir un poco de cereal con leche de chocolate. Por favor, la extrañeza de la situación se acentuó, ya que no vi a nadie en la cocina intrigada y un tanto confundida. Me levanté nuevamente y respondí que sí. Dispuesta a satisfacer la extraña petición. Al encender la luz para preparar el cereal, me di cuenta de que no había nadie ahí. Intenté llamar al niño, pero no obtuve respuesta. Aunque no podía ver al niño, decidí no darle demasiada importancia y continué con la tarea, sirviendo el cereal y colocándolo en la mesa. Un educado. Gracias, resonó en la habitación, pero la falta de presencia física del niño me inquietaba. Mi curiosidad se despertó y mientras permanecía junto al cereal esperando que el niño apareciera, pasaron cinco minutos sin que diera señales de querer acercarse. Decidí dirigirme al niño verbalmente preguntándole si quería el cereal de alguna manera especial. La respuesta fue clara. Apagar la luz y retirarme para que él pudiera disfrutar de su comida. Esta solicitud tan peculiar y cortés me desconcertó aún más por qué querría comer en completa oscuridad y soledad. Pero ante la insistencia del niño decidí cumplir con su extraña petición. Apagué la luz y regresé al sillón, observando en la penumbra. Mientras el tiempo transcurría no pasaron más de dos minutos antes de que escuchara ruido en la cocina, como si alguien estuviera comiendo y disfrutando del cereal. Escuché el sonido de la cuchara contra el tazón y luego un educado agradecimiento resonó en la penumbra antes de que los pasos ligeros del niño se dirigieran corriendo de nuevo hacia las escaleras, subiendo hacia su habitación. Aquella experiencia dejó un rastro de desconcierto en mi Mente, la realidad y la lógica parecían desdibujarse en la mansión silenciosa. Permanecí en el sillón tratando de comprender lo inexplicable. Mientras la noche avanzaba en misterio. La situación con los niños se volvía cada vez más extraña. Jamás había conocido a niños que prefirieran comer en la oscuridad, ya que la mayoría solía pedir iluminación extra por miedo a la penumbra. Sin embargo, decidí no darle demasiadas vueltas al asunto, atribuyendo la rareza a la educación de esos pequeños. Seguí mirando la televisión, tratando de ignorar la peculiaridad de la situación, cuando de repente, nuevos pasos resonaron descendiendo las escaleras. Opté por no voltear esperando a que el niño o la niña hablara antes de enfrentarme a su presencia. Esta vez, la voz que resonó en la penumbra era la de una niña, quizás un año o dos más joven que el niño anterior. Su tono sonaba más mandón y menos tímido. Simplemente dijo que quería piña con leche. Sin usar palabras de cortesía más bien como una orden. Me giré de inmediato intentando ver a través de la oscuridad. La figura de la niña parecía una sombra, una silueta distorsionada por la falta de luz rígida y estática. Me levanté y le confirmé que sí, que le prepararía lo quería. Ría. Caminé hacia el interruptor, pero antes de encender la luz, la niña gritó pidiendo que no encendiera la luz porque la odiaba. Intenté explicarle la necesidad de luz para cortar la piña de manera segura, pero ella insistió en que la piña ya estaba cortada en el refrigerador y sólo necesitaba leche. Aquella actitud caprichosa me molestó un poco, pero recordé la generosa paga que recibiría y la promesa de no tener que lidiar con esos niños. Después de ese día, abriendo el refrigerador, la luz interna iluminó la cocina. Al voltear para ver a la niña, me di cuenta de que había desaparecido La extrañeza de la situación me llevó a preguntarme si los niños me estaban gastando una broma o si tal vez su extraño comportamiento estaba relacionado con alguna condición médica que les impedía estar expuestos a la luz durante mucho tiempo. La misteriosa indicación de mantener las luces apagadas adquiría un nuevo significado en mi mente. Decidí no profundizar en mis pensamientos y con la ayuda de la luz del refrigerador, preparé lo que la niña deseaba. Coloqué el tazón en la mesa, imitando la rutina anterior, me dirigí hacia el sillón para que la niña pudiera comer sin ser observada, pero en cuanto me senté, escuché claramente el sonido de ella. Comiendo, sin embargo, algo más, llamó mi atención de manera inmediata. El sonido de la niña escupiendo la comida cada mordida resonaba de una manera extraña, como si estuviera escupiendo la comida en lugar de simplemente masticarla. Aquella experiencia sumada a la anterior aumentó la intriga y la inquietud que se instalaban en mi Mente, la niña, de manera caprichosa, gritó que no quería leche de vaca, sino de soya. En un instante, un manotazo resonó y el tazón se estrelló contra el suelo. El sonido del choque fue seguido rápidamente por el taconeo lijo de la pequeña, corriendo escaleras arriba. Ante este comportamiento desafiante, decidí no perder más tiempo y encendí la luz de la cocina, pero la niña ya no estaba ahí. Vi claramente el desastre en el piso, la leche derramada y los trozos de piña esparcidos. Frustrada por la obvia travesura de la niña, recogí los restos y comencé a limpiar el piso lo mejor que pude. Aunque ya había experimentado situaciones caóticas con niños en el pasado, esta vez era diferente. Sabía que aquel desastre no había sido un simple accidente. La niña lo había provocado deliberadamente con la intención de hacerme limpiar. Sin embargo, recordé que esa era parte del trabajo y continué con mi tarea. Cuando estaba a punto de terminar de limpiar. Volví a escuchar la voz de la niña. Esta pequeña que ya se había ganado el título de una de las peores que había cuidado, exigió que le sirviera otro tazón. Pero esta vez con leche de soya, aunque un tanto cansada de la situación, decidí imponer una condición antes de acceder a su petición, le dije que le serviría el tazón. Si primero me pedía disculpas por su comportamiento anterior. La respuesta de la niña fue negativa y desafiante. Afirmó que nunca se disculparía. Ante esta negativa, me mantuve firme en mi posición y le comuniqué que si no se disculpaba, no le prepararía nada. La niña respondió con una rabieta azotando sus pies contra el suelo. Sin embargo, algo en ese sonido llamó mi atención. Sonaba extraño, no como el golpeteo habitual de unos zapatos, sino más bien como si estuviera golpeando plástico contra el piso. Aunque peculiar en ese momento no le di demasiada importancia. La niña continuó su berrinche y amenazó con decirles a sus padres que era la peor niñera del mundo y que nunca me volverían a contratar. Mi respuesta fue contuno. Le indiqué que eso no me importaba y que si no se disculpaba, no le prepararía nada más. Tras mi respuesta escuché cómo la niña subía corriendo las escaleras, aún quejándose y gritando que era la peor niñera del mundo. En ese instante, la casa quedó sumida en un silencio momentáneo, roto únicamente por el eco de las palabras de la niña, desapareciendo en las escaleras. La penumbra en la sala parecía acentuar la extrañeza de la situación, dejándome con una mezcla de confusión y cierta incomodidad. Después de terminar de limpiar el piso de la cocina, apagué la luz y me dirigí de nuevo hacia el sillón para continuar mirando la televisión. Aunque estaba disgustada por el comportamiento de la pequeña mi mente, estaba decidida a no volver a enfrentarme a ella después de ese día, aunque técnicamente nunca la hubiera visto. Mientras seguía mirando la televisión, ésta se apagó de repente su su su su m n lado la casa en una penumbra absoluta. Pensé que podría deberse a un problema de cableado y comencé a buscar mi teléfono a tientas entre el sillón para encender la linterna. De repente sentí como unas manos pequeñas tiraban de mi cabello, acompañadas por la risa de la niña un tanto molesta. Me volví hacia ella para preguntarle qué le ocurría. Sin embargo, mis ojos aún no se habían acostumbrado completamente a la oscuridad y sólo podía escuchar la risa y los pasos rápidos de la niña moviéndose alrededor de mí harta de la situación me levanté y en ese momento mi teléfono sonó con un mensaje de texto. Cuando estaba a punto de tomarlo, la mano de la niña se adelantó y me dijo que ahora era suyo. Le exigí que me lo devolviera y dejara de jugar amenazándola con contarle a sus padres. Sin embargo, la pequeña se rió más fuerte y se negó a devolverlo. Mis intentos de recuperar mi teléfono resultando en una carrera escaleras arriba ya que la niña se escapó hacia una habitación decidida a poner fin a la situación. Ignoré la advertencia de los padres y abrí la puerta de la habitación. Al entrar me encontré con una oscuridad inusualmente intensa. A pesar de haber encendido todos los interruptores en mi camino, la habitación parecía sumida en una negrura impenetrable. Busqué a tientas a la niña, pero la falta de visibilidad me lo impedía. Y fue entonces, en ese momento de desesperación, cuando la luz regresó revelando algo aterrador. En aquella oscuridad intensa, las dos camas parecían ocupadas, pero no por niños reales, sino por muñecos extremadamente realistas. Cada uno de ellos estaba meticulosamente diseñado para emular las características de una persona. Pero a medida que los observaban más detenidamente la realidad de que eran sólo muñecos. Se hacía evidente. Estos maniquíes representaban a dos personas, una de ellas la niña que me había estado molestando En un escalofriante detalle, El muñeco que representaba a la niña sostenía mi teléfono celular entre sus manos inmóviles. El descubrimiento me llenó de terror y sin pensar dos veces arranqué el teléfono de las manos del muñeco y salí corriendo de la casa, dejando atrás la escena macabra que había presenciado mi mente estaba completamente perturbada. Lo que me resultaba aún más inquietante era el hecho de que los supuestos padres nunca me llamaron ni hicieron ningún reclamo. La casa quedó en silencio, sin rastro de actividad humana y la sensación de que había estado cuidando muñecos en lugar de niños reales. Me dejó estupefacta. No recibí ninguna explicación sobre cómo esos muñecos podían moverse o tener vida aparente y no quería indagar más en ese misterio aterrador. Salí de allí con la certeza de que lo que había opo experimentado estaba más allá de la comprensión humana y no deseaba volver a enfrentarme a algo así. Desde ese día abandoné por completo los trabajos como niñera. El temor de encontrarme nuevamente con situaciones inexplicables se apoderó de mí nunca supe quién o que estaba detrás de aquellos muñecos realistas, pero lo que quedó claro fue mi decisión de mantenerme alejada de cualquier trabajo que pudiera conducirme a experiencias tan aterradoras. Cada vez que recuerdo aquella noche siento un escalofrío recorrer mi espina dorsal y la incertidumbre de lo que realmente sucedió en esa casa permanece en mi mente como un enigma. Relatos escritos y adaptados por Lisa Hernández