Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / El Espejo Siniestro - La Carreta De La Muerte Vino Por Mi A buela - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más. Comenzamos. Cuando mi abuela murió, toda la familia fue a velarla. Ella quería que se le velara en la casa tres días para que pudieran venir todos a despedirse de ella hasta los que vivían en los Estados Unidos. Esta última voluntad fue respetada por todos sus hijos, que en total eran diez. Mi mamá era su hija más grande. Ella estuvo al frente de la organización de todo. Llamó a sus hermanos, contactó a familiares que ni sabía que existían hasta ese día. Yo no era particularmente cercano a mi abuela. Había crecido con mis papás, vivía más lejos que todos y pasaba los fines de semana con ella hasta que entré a la preparatoria. Después de eso comencé a dedicarme a mis amigos o las cosas que me gustaban. A pesar de que no sentía gran cercanía. Me puso muy triste su partida, quizás porque alcancé a verla con vida dos días antes de que se fuera ella ya no escuchaba muy bien. Veía bien o eso pensaba, así que me acerqué a saludarla. Le pregunté cómo se sentía. Ya estaba muy débil. No me contestó de inmediato, pero me miró mucho tiempo con su mano temblorosa. Me agarró del brazo y luego sonrió el corazón. Se me encogió de la nada. Me dijo que siempre había sido un buen niño. Me acarició un poco el brazo y luego se acomodó para dormirse. Por ese solo recuerdo sentía que había perdido algo muy importante. No sé Las personas que han perdido a sus abuelos han de saber a lo que me refiero con la sensación de la nostalgia. Fue que compré un espejo. Mi abuela tenía un espejo en su cuarto. Estaba un poco despostillada la punta del marco y desde que tenía memoria siempre había estado en su tocador. Aquel espejo era un espejo antiguo, mucho más que los años de mi abuela. Era uno de esos que son como para decorar espacios. Su forma era ovalada. Terminaba como en punta de arriba con una decoración de hojas. Su color era de un fierro viejo. Se vería como si la pintura de muchos años se hubiera ido cayendo poco a poco por no darle mantenimiento. Pese a todo, el espejo era bonito. Ella lo tenía a la altura de su mesa. Ahí donde se quitaba los pasadores que mantenían sus chongos de cabello bien peinados. Ese espejo la reflejaba incluso cuando estaba en la cama. No sabría decir si ella le tenía cariño especial, pero no se había deshecho nunca de él, quizás por la costumbre de mantener sus cosas con ella durante mucho tiempo, como lo había hecho con la cama y algunas cobijas que ella misma había tejido hace muchos años para que sirvieran de colcha a su cama. Al morir ella, no me quedé con nada ni un solo recuerdo. Pudo salvar mi mamá, pues de inmediato algunos de sus hermanos dispusieron todo para vender la casa para tener su parte. Cada quien lamenté mucho esa decisión. Por eso, cuando vi un espejo igual en aquel bazar de la calle López Cotilla me acerqué a mirarlo bien hasta que llegué a la conclusión que no era el mismo, pero era idéntico. Después de regatear un poco con el dueño, pude conseguirlo a un precio decente. El quería vender lo más caro, porque seguramente se dio cuenta de mi total interés y sí no pensaba irme de ese lugar sin el espejo. Llegué a mi casa después de mi salida con unos amigos a tomar unas cervezas. Por eso mi papá se sorprendió de que llegara con un espejo. Pensó que por el alcohol había terminado por comprar aquella baratija, pues el espejo se veía viejo. También estaba borroso por el paso del tiempo. Al ver el espejo, mi mamá supo inmediatamente porque lo compré y me preguntó si lo traía para dárselo le dije que sí, aunque en realidad había sido porque yo sentía la nostalgia de ver a mi abuela y aquel espejo podría ayudarme a recordarla. Un poco cada día, mientras ese espejo estuviera cerca de mí, le di el espejo. Ella lo puso en la sala para que adornara. Supongo que también era el mejor lugar para verlo a diario. Después de la novedad del espejo, nos fuimos a dormir tarde por estar recordando la casa de mi abuela. Por la mañana, mi mamá fue a despertarme pasadas de las once crudo y con una pesa deshorrible, fui a desayunar por obligación. Lo primero que vi fue el espejo. No reflejaba nada, Me tallé los ojos, volví a ver el espejo y se veía muy borroso. Supuse que no lo había visto bien, porque si había tomado bastante la tarde anterior, después del desayuno, comencé a hacer los quehaceres de la casa en el ir y venir vi que mi mamá se había do quedado parada a medio camino con la canasta de ropa limpia. Miraba el espejo. Me dijo que se le hacía raro. La noche anterior no lo veía tan borroso. Le dije que pensaba lo mismo. Después de terminar mis pendientes, fui a descolgar el espejo. Algo me hizo pensar que no era buena idea. Mejor podría usar algo para hacer que recuperara el brillo, Así que me puse a buscar tutoriales para ver cómo podía limpiarlo. Estuve dos horas, o quizás tres, intentando que quedara reluciente, pero eso no pasó. Ya se podía ver un poco el reflejo, pero la bruma del zarro continuaba. Decidí que era todo por ese día ya con calma tendría más tiempo para ir limpiándolo. Con el paso del tiempo, las molduras del marco estaban deterioradas. Pensé que podría volverlo a pintar para que se viera mejor. Al consultarlo con mi mamá, me dijo que ella hubiera querido arreglar el espejo de su mamá pintando el marco de color madera, porque a ella le gustaba mucho ese estilo. Esa semana se me fue como agua. Fui a comprar la pintura el viernes por la tarde, saliendo del trabajo. Como llegué cansado, no le presté atención al espejo. Me fui a dormir y en el pasillo, donde están los cuartos a los lados, mi papá estaba terminando de acomodar unos plásticos que iba a tirar y me dijo que sí. Me había fijado que el espejo se estaba descarapelando me preocupé quizás lo había echado a perder cuando le puse la espuma para rasurar, como lo vi en el video. Sin embargo, comencé a revisar las fracturas. Parecía papel o pintura lo que se estaba levantando por una orilla. Comencé a jalar un poco ese material para ver si lo dejaba peor o había algo que pudiera hacer. El papel se dio fácilmente, así que comencé a jalar todo el excedente de ese color. Poco a poco se fue revelando el verdadero color de ese marco lleno de hojas que parecían seguir al viento. El color era completamente negro, un negro opaco. Al final se veía mucho mejor de lo que había pensado, aunque el vidrio siguiera algo opaco, Me sentí con suerte de haber comprado tan barato, algo tan bonito. Ya no tenía necesidad de pintarlo. Aunque mi Mamá no se sentía cómoda de que fuera de un color negro en marco justo. Estaba diciéndome eso. Mientras comíamos los cuatro en la sala, había venido mi hermano de visita. Por el fin de semana, platicábamos del espejo de mi abuela. Cuando mi hermano, que estaba en una posición donde podía ver el espejo con facilidad, nos dijo que se veía como que tenía una mancha en un borde. Seguimos en el repaso de nuestra semana. Mientras comíamos, mi hermano se levantó de pronto sin decirnos nada, se dirigió al espejo, comenzó a moverse enfrente de él. Luego nos dijo que ese espejo había reflejado algo que no estaba. Miraba hacia la mesa donde estábamos. Luego miraba al espejo, se movía de un lado a otro, se agachaba y nos dijo que había visto algo parado atrás de nosotros en el lugar donde estaba la cocina. Mi mamá lo regañó no quería estar escuchando esas cosas. Ella era muy nerviosa. No podía soportar la mínima mención de alguna cosa que tuviera que ver con cosas que daban miedo. Terminamos de comer. Mi hermano fue a mi cuarto y aprovechó el momento para hablar conmigo. Estaba preocupado por el espejo. Me dijo que estaba seguro de que había algo parado. Ahí Se estuvo moviendo de un lado a otro para ver si por el reflejo de otras cosas como el refrigerador o el agua, podría ver esa sombra en la casa. Pero no fue así. Y como sabía que no iba a poder decirle nada más a nuestra mamá, pues al menos me iba a prevenir se sorprendió cuando le dije que yo había comprado ese espejo y que no le veía nada de raro. No hice caso de ninguna de sus advertencias. Dejé el espejo donde estaba. Tampoco iba a ponerme a pensar que esas cosas existieran. Era totalmente séptico a esas cosas. Pensaba que había una explicación lógica para lo que había visto. Me quedé acostado en la cama leyendo un libro. Cuando salió del cuarto a despedirse de mis papás, me quedé dormido toda la tarde. Desperté en la madrugada asustado. No había dejado nada listo para el día siguiente ni había terminado de revisar los diseños que tenía pendientes para la siguiente semana. Me paré al baño. Tendría que quedarme despierto un rato en lo que terminaba de acomodar mis cosas. Recuerdo que me quería poner una playera que me gustaba mucho, así que fui al patio a buscarla, porque se estaba secando. Pasé yendo y viniendo con prisa, procurando no hacer tanto ruido. Me tropecé con un cable y se me cayó la canasta con la ropa. Vi de reojo mi reflejo en el espejo mientras recogía la ropa y logré ver a lo que mi hermano se refería cuando dijo que parecía que había un una mancha en el espejo. No era una mancha como tal, era como algo pintado con forma de rostro. Se veía como amorfo, así que podía ser la luz distorsionada la que me hizo ver aquello. Dejé la ropa como estaba y me dirigí al espejo. Prendí la luz de la sala y claramente seguía esa sombra pintada en el espejo. Domé saliva con un dedo y tallé tratando de quitar esa mancha, pero no salía me acerqué mucho al espejo. Tallando con más fuerza, entonces vi el reflejo de algo que pasó caminando por el pasillo. Fue un vistazo rápido, como cuando alguien pasa corriendo de un cuarto a otro. Me giré para ver el pasillo la ropa seguía en el piso. Era imposible que alguien pasara así de rápido por el pasillo y menos si la ropa estaba tirada. Ahí me quedé con la duda, pero decidí que lo mejor sería checar bien las cosas con la luz de la mañana. Quizás estaba jugando una broma mi imaginación. Al día siguiente, cuando llegué del trabajo, mi papá estaba sentado en la sala tomándose una cerveza y me preocupé. Sólo apagué los audífonos y me acerqué me dijo que mi mamá estaba llorando. En el cuarto pensé que habían discutido. No quería preguntar qué había pasado por lo incómodo que sería eso. Después de un silencio, me dijo que mi mamá había dicho que había visto a su mamá en la casa. No me esperaba para nada. Eso que me dijo. Le respondí que eso era imposible. Me contestó que él creía lo mismo, pero también la había visto la sangre. Me golpeaba la cabeza por el miedo de que ambos estuvieran enfermos o quizás habían alucinado. Me preguntó no me crees. Mira el espejo. Miré al espejo en la sala. No había nada. Miré a mi papá para que entendiera que no vi nada. Contestó sin que le preguntara nada, que sólo esperara Me quedé viendo el espejo, pensé que estaba siguiendo una tontería cómo iba a r a mi abuela ahí. Pensé que ahí estaban las fotos que mejor pusieran una fotografía de ella en la pared mientras me estaba molestando más y más. Por eso vi lo que ellos habían visto del cuarto donde dormía antes. Mi hermano salí a la silueta de mi abuela en bata y luego se perdía. Al entrar en el baño, di un salto para atrás. Me quité los audífonos, me deshice de la mochila y me acerqué al espejo. Me quedé otro rato mirándolo. Mi respiración se pintaba en el vidrio y tras unos minutos de nuevo vi la figura opaca de mi abuela. Reconocí la bata que usaba y las pantuflas. Eso era irreal y miré con horror a mi papá terminó su cerveza de un golpe. Me dijo que tampoco lo había creído al principio, pero que desde la mañana mi mamá estaba llorando en el cuarto, porque ni ella misma se lo creía. Luego se encerró a llorar sin dejar que entrara a ver cómo estaba. Me dirigí a la puerta de su recámara. Pensé que lo mejor sería romper la chapa. No podíamos dejarla ahí todo el día sin comer ni tomar agua. Él me respondió muy tranquilo que deberíamos darle su tiempo, que yo no sabía lo que había significado la muerte de su madre. Ellas habían sido muy unidas, pero los últimos años no había podido visitarla mucho porque estaba peleada. Con lucedo su hermana, la más chica que se quedó a vivir con ella, porque fue madre soltera. Yo no quería darle tiempo, mi mamá podría estar en mal estado. Además, si ese era el caso, quizás era más importante estar con ella toqué la puerta de espacio le dije que había llegado del trabajo. Pregunté por qué no había dejado entrar a mi papá. No escuché su respuesta. Mi papá le habló y tampoco contestó. Nos miramos preocupados y de un solo golpe con todo mi peso a la puerta se rompió el marco dejándome entrar a verla. Ella estaba sentada en el piso, recargando su espalda con la cama y alrededor de ella había ropa tirada algunas libretas y libros viejos, pero lo que me llamó más la atención era una caja de galletas en las que había muchas fotografías con algunas cartas amarradas con una cuerda. Eran cartas de mi abuela para ella. Cuando se había ido a vivir con mi tía genoveva a Estados Unidos, ella estaba como oída. Se le notaban los surcos de las lágrimas que había derramado todo el día. Caí en pánico mi papá también, pero ninguno de los dos sabíamos qué hacer. Terminamos llamando a una ambulancia y nos llamaron la atención los para médicos. Cuando mi mamá les explicó que estaba bien, ellos comprobaron que todo estaba en orden. Nos dijeron que quizás teníamos que llevarla con un psicólogo pobre. De mi mamá tuvo que responder mí preguntas incómodas. Penaban que se había intentado suicidar o algo. Cuando todo pasó y nos quedamos los tres en la casa, les dije que iba a llamar a mí mi hermano para avisarle lo que había pasado, pero no quisieron, no querían molestarlo por algo que no tenía sentido. Mi mamá salió del cuarto al baño la vi que se quedó parada en medio del pasillo. Mi papá salió a ver qué le pasaba y ella miraba fijamente el espejo. Después comenzó a llorar, tapándose la boca con una mano agarraba su falda con fuerza con la otra. Mi papá soltón Jesús de la boca me acerqué y mi abuela estaba reflejada detrás de mi mamá. Parecía que le tocaba el hombro. Mi mamá se desplomó de la impresión. Ahora si estaba desmayada, me harté de tener que estar viendo aquel maldito espejo. Era una tontería lo que pasaba algo increíble, pero era aún más tonto dejar que mi mamá estuviera sufriendo. Así fui por el martillo y comencé a sacar los clavos que le puse para fijarlo. Mi mamá salió del cuarto tambaleándose. Me dijo que no quitara el espejo, quizás si era el de su madre. Por eso estaba ahí reflejada. Pensaba que, al momento de que sus hermanos vendieron todo lo de la casa, el espejo había pasado de mano en mano hasta el lugar donde yo lo vi Eso era imposible. Ese espejo tenía diferencias con el de mi abuela. Le dije ella se dejó caer de rodillas al suelo, Se sostenía sólo del brazo de uno de los sillones. Mi papá estaba detrás de ella tocando su espalda. Ella lloraba más y más sin control. Jamás la había visto así y en medio del llanto me dijo que quizás habíamos visto mal el espejo, o lo recordábamos de otra manera. Ese tenía que ser el espejo de mi mamá, pero no recordábamos bien cómo era. No me importó lo que dijo ese espejo se tenía que bajar y si mi papá no lo hacía, lo iba a hacer. Yo lo tomé con ambas manos y lo alcé. La figura de mi abuela se reflejó justo detrás de mí. Me tembló hasta el alma. Quise ser racional a pesar de todo, así que me dije que aquello no era cierto, que ella no estaba detrás de mí, pero sentí un aliento a yerba buena en mi costado derecho. No sé ni cómo explicar lo que sentí, pero si no fuera lo suficientemente fuerte, creo que me hubiera puesto, igual que mi mamá, de mal. Yo sabía que mi abuela olía siempre a yerba buena. A ella le gustaba masticar las hojas de su planta favorita. Bajé el espejo y lo puse sobre un sillón. Me alejé para tomar algo de aire. Mi papá estaba pálido, Se veía muy mal por el susto, aunque no se le notara físicamente, pues se la había visto el reflejo de mi abuela detrás de mí. Mi mamá me repetía una y otra vez si ya podía creerle que era mi abuela. Yo ni mencioné el aroma. Tampoco dije nada que le confirmara algo era demasiado peligroso para su mente o para la de quien sea. Fui por el trapo a la cocina. Luego lo puse sobre el espejo y les dije que teníamos que calmarnos para saber qué hacer. Nos sentamos todos en la sala. El espejo estaba al lado mío comencé a hablar, ya que ninguno de los dos me decía nada y les dije que ese espejo Lo compré yo y yo me iba a deshacer de él porque estaba perjudicando a mi mamá, independientemente de si estaba embrujado o poseído o lo que fuera. Ella estaba sufriendo. Al decir esto, se abalanzó para que la abrazara a mi papá seguía llorando. Sus ojos se veían hinchados. Me dijo que no podía deshacerme del espejo que ella sabía por qué estaba su mamá. Ahí había sido una mala hija y tenía que pagar por haberla abandonado. Mi papá le decía que no, que ella no estaba mal, que su hermana era la que provocó el derrame con todo el estrés que puso sobre ella. Ahí me enteré que mi tía lucero, que me caía mal porque era grosera conmigo, se la vivía hablando chismes de las vecinas o causando problemas con sus maridos. No me sorprendí el saber que esa clase de persona hubiera tenido que ver con él. La muerte de mi abuela iba a contestar cuando mi mamá comenzó a decir no. Por favor, no repetía eso. Una y otra vez mi papá la abrazaba para contener su ataque de nervios. Sólo me dijo que viera a mi lado. El trapo de cocina que había puesto sobre el espejo se movía. No era el aire, no era que se estuviera cayendo. Claramente vi que saltaba como si algo lo estuviera empujando. El cuerpo me pesó. No sé cómo. No me desmayé si hasta comencé a ver borroso, me sudaban las manos, me comenzó a costar respirar. Estaba aterrado. Lo más horrible era que el trapo parecía moverse por una fuerza invisible. Poco a poco saltaba sin que pudiera detectar que lo movía. Paró el movimiento, pero tampoco me pude levantar del sillón. Me sentía mareado. Mi mamá se desmayó en los brazos de mi papá. Esto se estaba saliendo de control. Mi papá se paró dejando a mi mamá desvanecida en el sillón, tomó el espejo, salió a la calle y lo arrojó cerrando la puerta. Se puso contra la puerta de espaldas. Decía que eso era lo mejor. Todos nos estábamos volviendo locos por el espejo afuera. Escuchamos cómo se reventó el espejo, como era una calle por la que pasaba mucha gente y algunos carros. Comenzamos a escuchar lo que decían. El espejo estaba quebrado. Suspiré y comencé a tener propiedad de mi cuerpo. Nuevamente pasaban los minutos y mi mamá seguía inconsciente. Nos comenzamos a preocupar cuando había pasado una hora y ella no reaccionaba por más que la moviéramos o le habláramos, la llevamos a urgencias. Ella fue internada y diagnosticada con diabetes. No podíamos creerlo. Aquella aparición le había provocado un daño tan profundo que hasta se había enfermado. Mi papá y yo estábamos callados. Creo que procesábamos lo que acababa de pasar cuando llegó mi hermano, pues le llamamos y le dijimos lo que había pasado. Raramente nos creyó a la primera dijo que ese espejo le daba mala espina. Desde el principio yo me sentía como un loco hablando de un espejo poseído. No sé cómo ni por qué pudo reflejar a mi abuela ese espejo, pero eso no era ella. Ella jamás le hubiera hecho un daño así a su hija. Hay una leyenda en ciudad vieja Chiapas que cuenta la historia de como San Pascual. Se le apareció a un hombre indígena que estaba a punto de morir a causa de la peste que azotaba a los habitantes. La epidemia conocida con el nombre de Kukumats que había acabado con muchos pobladores, parecía que no tendría fin y poco a poco, la población fue cayendo enferma, sin respetar nada ni edad, religión o posición social. El padre del lugar había recibido un llamado más entre tanta desgracia y acudió a otorgar los santos óleos a un fiel más. Este hombre en indio indígena, que al recibir el sacramento, vislumbró la figura de un fraile con un rosario entre las manos, quien lo designó como portavoz de su mensaje divino, para luego llevárselo al seno del señor había recibido el milagro de extender su vida un poco más nueve días para dar el mensaje de quien se había presentado ante él, como el Santo Pascual Bailón, quien pedía a los fieles lo adoptara como su santo patrono. Así liberaría de la peste en nueve días a todos los habitantes, finalizándola con la muerte de este hombre. Así sucedió por obra divina. La pandemia terminó en el momento que fue prometido. Desde entonces, los fieles adoptaron de patrono a San Pascual, pero lo veneran en la forma en que se presentó a salvarlos de la muerte. Fue así como comenzó el culto a San Pascualito rey o San Pascualito muerte. Este santo es representado como un esqueleto representación de la muerte que porta capa y corona mientras su a un carro para viajar por las calles levantando almas. Es un santo muy venerado que cumple peticiones de muchos tipos, desde salvar a alguien de una enfermedad a pedir que se resuelva su problema de dinero. Mi familia y yo somos de un pueblo donde se venera mucho al santo y mi abuela era una fiel creyente de él, a quien recurría para las peticiones más difíciles, casi imposibles. Ella me decía que cada petición que hizo en su vida se le había cumplido, incluso el momento en el que yo estaba dentro del vientre de mi mamá y estaba en peligro de muerte. Mi familia tiene un pequeño negocio a la puerta de la entrada donde vivimos. Preparamos comida en las noches. Ahí comencé a ayudar desde muy pequeña. Ahí escuché por primera vez a mi abuela advertirme que si escuchaba a lo lejos ruedas, me metiera a la casa sin importar que se quedara afuera, pues era San Pascualito pasando con su carreta. Por esa razón, cerrar como siempre a la misma hora. Aunque viniera gente conocida a pedirnos que le preparáramos algo, mi abuela siempre le decía que si era para llevar, porque ya íbamos a meter todo pronto. Se acercaba la hora de San Pascualito, incluidos los días de fiesta. A ella nos ponía a recoger temprano para quedarse tranquila. Una noche, ella estaba muy cansada y comenzamos a levantar todos a las diez de la noche. Era temporal de lluvia. La calle estaba muy vacía, hacía frío y se sentía el ambiente pesado. Estaba metiendo unos bancos de madera. Cuando un aire muy helado comenzó a soplar, dejándome la piel completamente erizada, así que me metía la casa por un suéter. En el tiempo que entré a buscar uno y salí a continuar ayudando. Mi abuela se había caído. Quedando sentada en la calle. Me apuré a preguntar si estaba bien. Ella me aseguró que estaba bien y luego me dijo que le esperara un poco antes de ayudarla a levantarse. Según me dijo, ella había sentido las rodillas flojas, por lo que pronto le venció el peso de su cuerpo dejándola sentada en el piso. No había caído de golpe, pero le dolían mucho las rodillas. Me senté a su lado. Mis papás no estaban en la casa porque habían ido a un funeral en un pueblo cercano, así que sólo dejé que mi abuela me dijera qué hacer. Pasamos unos minutos esperando que ella agarrara fuerzas, cuando el frío se asentó más haciendo que hasta en la cara sintiera un hormigueo por el frío. Mi abuela me dijo que le ayudara a levantarse de pronto. La vi apurada, pero no podía ponerse en pie asustada. Le pedí que se esperara un poco. Se me había ocurrido ir a pedirle ayuda a Rosita, mi amiga de la secundaria. Quizás su mamá podría ayudarme a levantar a mi abuela. Ella vivía a la calle del otro lado, justo a la vuelta de donde yo vivía, así que no me iba a tardar nada. Le dije a mi abuela que se quedara ahí sin decirle a dónde iba o lo que iba a hacer. Salí rumbo a la casa de Rosita. Mi abuela. Me quiso detener me jaló del suéter, pero me solté sin escucharla corrí pero al ir corriendo escuché que unas ruedas golpeaban con la calle. Me paré en seco de inmediato recordé la advertencia de mi abuela. Ese ruido era una carreta San Pascual estaba pasando y yo estaba en medio de su camino, así que si llegaba a ver su paso, iba a llevarme con él en pánico. Miré a todos lados de un lado y otro de la calle. Parecía que no iba a encontrar pronto un lugar donde esconderme para no ver su caminata nocturna. Se me ocurrió regresarme por donde vine, pero la carreta estaba más cerca. Sentía que estaba justo detrás de mí, así que no iba a voltear. Lo. Mejor que se me ocurrió era seguir pero ahora caminando lento hasta que ya no la escuchara o encontrar un lugar donde resguardarme. En lo que pasaba seguí derecho por la calle sin doblar hacia la casa de Rosita, que había sido mejor idea que seguir caminando sin saber a dónde ir. Mientras más intentaba caminar rápido. La pesadez de apoderaba de mí. Las piernas me pesaban y pensé en mi abuela Quizás por eso ella había perdido las fuerzas. La carreta iba a ir por ella. Las lágrimas se me comenzaron a salir. Temía más por ella que por mí. La carreta se escuchaba crujida a mis espaldas. La madera rechinaba, así como los fierros que sostenían las llantas para poder sostener el carro. El frío me calaba hasta los huesos y no se detenía el suéter que tenía, puesto no era suficiente para cubrirme, así que tiritaba y lloraba sin saber qué hacer me detuve cuando ya mis piernas estaban acalambradas por la sensación helada. Crucé los brazos sobre mi estómago y agaché la cabeza. Quizás si cerraba los ojos podía pasar al lado de mí sin que lo mirara. Comencé a rezar a la ap par pascualito. También me seguí con todas las oraciones que me sabía para que Dios me librara de ese mal, pues era demasiado joven. Todavía no me tocaba el rechinido del carro parándose me hizo suspirar aliviada. No estaba resignada a morir, así que de nuevo miré a ambos lados buscando dónde Esconderme sólo vi las escaleras que llevaban a un segundo piso en una casa, pero eso no parecía buena idea. Las luces de la calle eran tenues pensé que no vería bien cómo subirme o alguien se iba a enojar mucho si veía que una niña se subía a su casa, mi cuerpo temblaba todo haciendo que la cabeza me doliera, Me sentía rígida. Me costó trabajo incorporarme de mi posición y mis piernas pesaban como piedras. Al mirar hacia adelante, vi que había unos hombres bien conocidos por todos como peligrosos. No tenía salida. Las lágrimas salieron con más intensidad y las sentía pegarse a mi piel. Me ardían como si estuvieran calientes. Decidís su soportar un regaño o lo que sea, en lugar de seguir en la calle. Así que me moví lo más rápido que pude hacia las escaleras. A lo lejos, los hombres cerraban las puertas de sus camionetas con ruidos escandalosos, mientras que el sonido lento pero seguro de la carreta seguía su camino como pude me moví hasta donde estaba la escalera. Tomé los barandales de metal y sentí como las palmas de las manos se me quedaban pegadas. Estaba demasiado frío. La carreta se había detenido. De nuevo me quedé sin saber qué hacer. Si jalaba mis manos me iba a lastimar. Las camionetas pasaron a toda velocidad sin detenerse. Después escuché que se reanudó el camino de la carreta con todo el dolor del mundo. Uno que jamás imaginé sentir jalé mis manos dejándome la piel sangrando y sin tocar nada más. Comencé a subir los escalones con prisa. Llegué a una terraza que tenía macetas alrededor. También había una mesa de metal con sillas rápido. Encontré, como mejor solución meterme entre las grandes macetas para ocultarme. Me hice bolita y cerré los ojos con fuerza. Me dolían demasiado las manos por la sensación de frío. Comenzó a caer una ligera lluvia. Mi cara me ardía y escuchaba sin quererlo la carreta. Quería taparme los oídos, pero no podía. Me iba a lastimar más las manos. De pronto el sonido de la carreta se convirtió en gritos, después en golpes. Comenzó una de las cosas más horribles que me han pasado en la vida. Mientras yo pensaba librarme de ver al recolector de almas, comencé a escuchar disparos después más gritos. Por eso abrí los ojos de golpe. Las luces comenzaron a apagarse donde estaban prendidas las ventanas de las casas que alcanzaba a ver un poco se quedaron a oscuras cerca. Escuchaba murmullos de las personas que vivían ahí. En ese momento pensé en mi abuela. Tenía que ir por ella y l n a s nero. Estaba lastimada en la entrada de la casa, pero el sonido de las detonaciones me daba demasiado miedo. La sensación de frío en las calles se transformó en una especie de calor artificial y olía a quemado el tiempo se me estaba haciendo eterno y no podía estar ahí. Tenía que ir a buscar a mi abuela. Aunque viera a la carreta, me levanté lastimando mis manos porque olvidé por unos minutos el dolor por el miedo. Bajé despacio las escaleras, procurando estar agachada para que la oscuridad me ocultara un poco. Hoy sé que eso no me hubiera servido de nada al toparme con aquellos hombres armados, pero en ese tiempo no sabía muchas cosas. Bajé y me pegué a la pared procurando no ser vista. Llegué a una puerta que estaba semiabierta, pues los que vivían en esa casa estaban viendo hacia afuera para saber qué estaba pasando. Me caí en sus pies y la señora de la casa me jaló. Luego cerró la puerta. Pasaron tres horas hasta que que que dejaron de escucharse los gritos, los balazos, la desesperación de las personas. Afortunadamente, me resguardó. Esa señora me juntó a sus hijos y nos acomodó en medio de los muebles pegados a la pared y nos resguardaba mientras ella veía por la puerta si había alguien más perdido por las calles. Al pasar aquello, me esperé un rato antes de salir, muy a pesar de Doña Petra, quien me decía que era demasiado peligroso salir, aunque fuera para buscar a mi abuela. Así que sólo me dejó salir cuando escuchamos que los vecinos salían a revisar lo que había pasado. Cuando al fin pude regresar a mi casa, vi que había ruedas pintadas en las calles. Comprendía que muchos eran tallones de los quemones de llanta que habían hecho los que estaban involucrados en la persecución, pero de repente podría haber unas líneas muy delgadas dibujarse eran de un color negro carbón, las toqué con las suelas de los tenis y se borraban como si fueran tierra temblando la muestra del paso de la carreta entre más. Me acercaba a mi casa. Veía lo que había pasado. Vi agujeros en las paredes de las casas. Había gotas de sangre, estaban tiradas un montón de cosas que no entendía como ropa o botellas. Los vecinos habían salido de las casas a ver qué pasaba con linternas para ser discretos. Cuando llegué a mi casa, no estaba mi abuela, sólo vi regados los bancos y la mesa en la que vendemos. La puerta estaba cerrada y comencé a tocar la puerta con fuerza con un puño, dejándome sangrar un poco la mano porque rozaba mi piel. Lloraba pidiendo encontrarla bien mientras imaginaba lo peor se abrió la puerta. Era el vecino de enfrente. Había salido al escuchar a mi abuela pidiendo ayuda. Cuando se comenzaron a escuchar los balazos, Afortunadamente, había salido a recogerla. La metió en la casa y se encerraron para evitar que fueran a entrar aquellos hombres. Entré a la casa como loca buscando a mi abuela. Ella estaba acostada en un metate que teníamos. Don José, me vio las manos heridas. Me preguntó si me habían hecho algo a aquellos hombres. Le expliqué que me había lastimado con un barandal pero no me creyó. Me dijo que tenía quemaduras. Fue a la cocina. Comenzó a lavarme las manos para curarme. Mi abuela nos llamó y fuimos a ver qué pasaba. Nos dijo que nos pusiéramos al lado de ella y guardarnos silencio como un murmullo. En medio de la noche. Las voces de personas comenzaban a incrementarse. Pensé que eran federales o algo, pero don José me dijo que escuchara bien. Entre los ruidos de voces se alcanzaba a percibir el rodar de la carreta. El vecino también creía en San Pascual, así que le preguntó a mi abuela si tenía alguna veladora para apagar las luces. Después de apagar todo, nos quedamos sentados en el suelo al lado de mi abuela. En medio de nosotros estaba la vela. Mi abuela rezaba muy bajo, murmuraba bendiciones para los muertos de esa noche. Nos unimos a ella un rato. No sé cuánto tiempo estuvieron así, porque me quedé dormida por el cansancio. Cuando desperté estaba en mi cama. Me habían cargado hasta ahí. La luz del sol se colaba fuerte por entre la cortina miré el reloj y eran más de las doce del día. Bajé y mi abuela estaba sentada. Desayunaba con la mamá de Rosita. El señor José le había llamado para ayudarla en lo que él iba a revisar, junto con otros vecinos, los daños que había dejado el enfrentamiento de la madrugada afuera. Se escuchaban gritos, pedían cosas, pasaban camionetas. También se escuchaban los radios de comunicación de la policía. Esa noche habían fallecido quince personas. Sabíamos bien quiénes eran. Estaban viniendo desde hacía unas semanas a hacer sus negocios aquí. Nosotros no podíamos más que agachar la cabeza y finge que no estaba pasando nada. Mientras hacíamos eso, otros, los involucrados que trabajaban para los actuales monitores de la zona habían comenzado a enfrentarse a los foráneos. Ya sabíamos que estaba peligroso el pueblo, pero jamás pensé que fuera a pasar aquel infierno. Es imposible olvidar cómo se escuchaban las ráfagas de balas. Desafortunadamente, uno de mis compañeros de la escuela murió por una bala que atravesó una ventana. Mi abuela estaba feliz de que a mí no me hubiera pasado nada, pero sospechaba que algo muy malo me había pasado por las heridas que llevaba en las palmas de las manos. Mi abuela me pidió que le contara lo que me había pasado. Miré a la mamá de Rosita y le pregunté por ella. Me dijo que estaba bien. Se había encerrado con sus hermanos en la casa. Ella me dijo que no le iba a contar a nadie lo que me pasó. Así, les conté que sentía que la carreta me había estado persiguiendo, que no sabía cómo había sobrevivido a los balazos, pero seguramente me iba a morir pronto. A pesar de que me oculté de la carreta, tenía mucho miedo de que San Pascual me estuviera buscando sin encontrarme. Mi abuela me abrazó y me dijo que no me preocupara que él solo se llevaba a los justos que ni uno más ni uno menos. El escucharlo no aseguraba la muerte y el que sintiera que me perseguía era una simple coincidencia. Me preguntó si había visto entre las calles como había pasado la persecución. Le contesté que no mucho. Además, apenas entendía lo que había pasado. Ella me dijo que muy posiblemente, la carreta había cruzado el pueblo entero, visitando cada calle, cada espacio donde iba a morir alguno de los implicados en la balacera. Había pasado justo al tiempo correcto para comenzar a levantar las almas de los que iban a acompañarlo. Esa noche, en su carreta, la mamá de Rosita me aseguró que ella también había escuchado la carreta, pero ya muy de madrugada antes de que amaneciera que seguramente muchos habían escuchado las ruedas crujir en medio de aquella delgada lluvia que había caído en el pueblo tras todo el derramamiento de sangre, Mi abuela estaba segura de que era una bendición también anunciarnos nuestra partida. Así que estuvo mucho rato diciéndome que no le tuviera miedo hasta que de nuevo me quedé dormida por el agotamiento mental que tenía. Me quedé tranquila esa noche, a pesar de que podía seguir escuchando el crujir de la carreta en medio de la lluvia que comenzó a caer por muchos días en el pueblo. Algunas almas iban a irse, pero la mía no, así que antes de quedarme profundamente dormida, seguí el camino de la carreta. Imaginaba por qué parte de nuestra calle iría hasta que me quedé dormida esa noche, Mi papá hizo guardia vigilaba que no se escuchara de nuevo peligro. Parecía que las cosas iban a llevar a otro enfrentamiento, pero esta vez, con los federales que resguardaban el pueblo, mi mamá durmió conmigo. Mi abuela descansó en el sillón esperando que a la mañana siguiente la llevaran a la clínica del pueblo, pues estaba cerrada tras el enfrentamiento. Al día siguiente no abrió la clínica. También algunas familias salieron del pueblo con sus cosas. No iban a esperar a que se desatara la guerra porque les tocaría estar en medio. Nosotros no nos podíamos mover de ahí. Mis papás tenían trabajos en los talleres del pueblo. Esperaban que por milagro las cosas comenzaran a tranquilizarse. Desafortunadamente, ahí comenzó el inicio del fin de mi pueblo, tuvimos que salir tiempo después de ahí nos fuimos a vivir a tuxtla con unos familiares lejanos que nos ayudaron a encontrar un buen lugar. Lo más doloroso no fue dejar el pueblo, fue dejar a mi abuela en él, pues, tras cuatro días de sentir las piernas débiles sin poder trasladarla pronto a un hospital, falleció en la sala de la casa. A pesar de que ella me dijo la noticia antes de su muerte. Sentí su pérdida como el fin del mundo porque no quería creerle. Ella me contó al tercer día de estar acostada sin poderse mover que la noche en que escuchamos la carreta, ella no había podido resguardarse en la casa antes de que pasara la carreta del Santo. Cuando la escuchó cerca dejó de luchar. Se resignó a su visita pues era sabido que siempre llegaba a su hora nunca antes. Ella permaneció sentada en el suelo, acomodó su espalda en la pared de la entrada, dejó caer la delgada lluvia sin intentar cubrirse con nada y esperaba la visita con la vista al frente, pues cuando llegara iba a detenerse justo en la entrada de la casa, ahí donde estaba ella sentada. Al momento que vio la carreta, no tuvo el valor de alzar la cara para ver bien a San Pascual creía que no era digna, así que sólo miró bien aquellas ruedas grandes de madera, ajustadas bien a su carro que sin astillas suciedad o señal de tiempo, se habían detenido justo frente de ella. Alcanzó a ver puntas de huesos y sobre de ellos un manto negro, muy hermoso. Era negro, pero parecía brillar de tan oscuro que era ella. Lo llamó un manto como de estrellas. La figura estaba iluminada, o eso creía a ella porque le llegaba la sensación de una cálida luz. Esa visión duró unos minutos mientras en su corazón escuchaba una tranquilizadora voz que le decía amorosamente que ya era tiempo. Ella había cerrado los ojos aceptando lo que seguía para ella. Y después de eso escuchó que la carreta siguió su camino, pero poco a poco, la paz que sentía se transformó en miedo. Temió por mí en cuanto escuchó los gritos y los balazos. Por eso había pedido desesperadamente ayuda. Pensó que regresaría si la escuchaba o que algún vecino la ayudaría a encontrarme para resguardarme. Sólo don José salió, pero por más que le pidió que me buscara. Él le dijo que todo iba a estar bien. La cargó como pudo. La metió a la casa, cerrando todo, apagando todas las luces, esperando a que pasara el rafagueo sabiendo que Dios es siempre justo, al igual que el tiempo en nuestra tierra. Pidió por mí, rogaba por mi seguridad y ahora ella podía irse tranquila al saber que mis papás podrían tener la opción de ir con unos familiares a la capital. Eso era todo lo que ella quería para nosotros. Y lo último que vi de ella fue una sonrisa de tranquilidad en su rostro. Relatos escritos y adaptados por Patricia González