Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Aterradora Navidad Gracias Al Ayudante De Santa ( Recopilación De Navidad #1 ) Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Esta es una historia real. Creo que cuando eres pequeño, piensas que los fantasmas y monstruos son seres horribles, que están dispuestos a asustarte a la más mínima oportunidad y que basan toda su vida en hacer eso. Pero hoy, siendo adulto, me pregunto si los fantasmas sólo son humanos que no estaban listos para irse y por algún motivo se condenaron a sí mismos a repetir algo una y otra vez o quizás por algún motivo que desconozco, sólo se anclaron a algún lugar sin darse cuenta como sea. Esta es mi experiencia cuando era un niño, apenas rozando los límites de los ocho años vivía en una constante danza de cambio. Mi familia, marcada por una evidente pobreza, se mudaba con la frecuencia y aquella inestabilidad no sólo afectaba nuestro lugar de residencia, sino también mi capacidad para establecer amistades duraderas en la escuela. Mis ropas, muy a menudo viejas o de segunda mano, combinado con mi aspecto descuidado, me convertían en el blanco fácil de burlas y cada vez que empezaba a sentirme aceptado, la mudanza, volvía a separarme de cualquier conexión recién formada. Sin embargo, a pesar de las penurias que la vida me deparaba, esperaba con ansias. La llegada de la Navidad era el único día en el año en que la familia extendida se reunía y yo experimentaba un fugaz destello de felicidad en medio de la oscura rutina. Las luces entellantes, los adornos festivos, así como los regalos de todos mis tíos y tías, los cuales estaban al tanto de nuestra situación y, por ende, siempre procuraban darme los regalos que no podía recibir en todo el año. Por eso esas fechas eran mi refugio, no alguien. En mi corazón infantil, la Navidad eclipsaba cualquier adversidad, aunque por lo general la Navidad la pasábamos en casa de algunos de nuestros familiares. Ese año, en particular, nuestra suerte familiar había cambiado, puesto que uno de los amigos más cercanos de mi padre nos ofreció refugio en una antigua casa de sus abuelos, recién deshabitada por la partida de su último morador. La única condición era mantener limpia la propiedad y encargarnos del jardín, una tarea que aceptamos con gratitud. Aquella casa se convirtió en nuestro hogar más duradero y con espacio suficiente para acoger a toda la familia. Se avecinaba una cena navideña que sería inolvidable. El día veinticuatro de diciembre, en la casa había un completo caos propio de las fechas navideñas. Adultos apresurados se dedicaban a la preparación de la cena y yo, siendo el único niño en la familia, recibí la misión de entretenerme viendo televisión. Sin embargo, la magia de tener un patio propio despertó mi curiosidad y decidí explorar aquel nuevo terreno de juegos, pues aún había luz de sol y mientras pateaba una pelota contra la pared una extraña sensación se apoderó de mí. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal y la certeza de que no estaba solo comenzó a sembrarse en mi mente intrigado. Giré mi cabeza en diferentes direcciones intentando descifrar de donde provenía aquella presencia. Mi primera suposición fue que uno de mis tíos o familiares estaba espiando desde la casa, o quizás me estaban buscando para hacer algún mandado o algo por el estilo. Sin embargo, lo que encontré fue mucho más sorprendente y desconcertante. Fuera del zaguán del patio, un niño me miraba fijamente. Su figura se recortaba por la distancia que nos separaba, envuelto en una sudadera azul de astronauta con una capucha que sombreaba casi por completo su rostro. Lo más peculiar, sin embargo, era la máscara de madera, que cubría gran parte de su cara, otorgándole un aire enigmático. A pesar de la extrañeza de la escena, una sonrisa. Se dibujó en mi rostro la idea de que otro niño mostrara interés en mí, especialmente en ese momento tan especial era como un regalo inesperado. Tomé la pelota entre mis manos y comencé a caminar hacia él con entusiasmo. Sin embargo, a medida que me acercaba la peculiaridad del niño con la máscara se hacía más evidente. Su presencia emanaba una extraña energía y decidí proceder con precaución a sólo unos pasos de distancia. Me detuve sintiendo una repentina incomodidad que merecía que no debía de seguir avanzando. El niño con la máscara rompió el silencio con un simple ola. Aunque su voz resonaba con la tonalidad inocente de un niño. La máscara añadía un matiz de misterio A sus palabras intrigado no pude evitar ur preguntar sobre la razón. Detrás de su peculiar, atuendo por qué llevas puesta esa máscara indagué y él, encogiéndose de hombros, respondió con sinceridad explicando que la luz del sol le causaba daño. Le mencioné que estaba nublado, pero él advirtió que los rayos del sol podían atravesar las nubes y herirlo. Aunque extraño, decidí aceptar sus palabras sin cuestionarlas demasiado. Con la barrera de la extrañeza disuelta, lo invité a jugar en mi patio. Pasamos un par de horas inmersos en juegos y risas, forjando una amistad inesperada pero entrañable. Al finalizar, nos sentamos en una esquina del patio, exhaustos pero satisfechos. La charla fluyó fácilmente y durante nuestra conversación le revelé mi amor por la Navidad, mi época favorita del año y a sí mismo le pregunté si a él le gustaba tanto como a mí. Fue entonces cuando la respuesta del niño con la máscara tejió una sombra in quietan n o n ne uestra amistad en Navidad siempre tengo mucho frío confesó con una mirada perdida. La contradicción entre su afirmación y la temporada festiva me desconcertó, pero decidí no seguir en el tema, dejando que la pregunta flotara en el aire. Después de un rato de animada charla, me di cuenta de que el misterioso niño con la máscara compartía poco sobre sí mismo. La conversación se volvía unidireccional, donde yo desbordaba con relatos, mientras él permanecía envuelto en el velo de la misteriosa sudadera Azul y la enigmática máscara de madera, tratando de mantener la vitalidad de nuestro encuentro. Le dije que una de mis tías me había traído un juego de mesa y me había dicho que podía abrirlo ahora, así que le propuse jugar. La emoción brilló en sus ojos y antes de que pudiera contestar, corrí hacia mi casa para recuperar el juego. Mientras atravesaba la casa con la caja en mis manos, mi madre me detuvo intrigada por mi prisa y le expliqué su sobre el nuevo amigo y la posibilidad de un juego conjunto. Su rostro expresaba duda y preocupación al preguntarme quién era el niño, pues me contó que en nuestro vecindario no había niños pequeños, solo adolescentes, y era bastante extraño que un adolescente estuviera jugando conmigo un niño de ocho años. Pero se extrañó más cuando le mencioné que el niño usaba una máscara, por lo que salió junto a mí para verificar de quién se trataba. Ambos salimos hacia el lugar donde había dejado al niño con la máscara, pero, para nuestra sorpresa, no había rastro de él. Mi madre, Incrédula, buscó en las cercanías preguntando a los vecinos, pero el misterioso niño parecía haberse desvanecido en el aire. A pesar de mis intentos por localizarlo. Durante los siguientes días, la búsqueda resultó inútil. Me paseaba por los alrededores del vecindario para encontrarlo, pero al pasar los meses nunca lo volví a ver ni una sola vez, por lo que me imaginé que vivía en otro vecindario y que, por alguna razón, había caminado hasta ahí y debía volver a su casa antes de que oscureciera y por eso se había tenido que ir sin despedirse de mí o algo por el estilo. Así que, al pasar los meses dejé de buscarlo y, como es propio de esa edad, lo fui dejando de lado Y se podría decir que con la escuela y las amistades que fui haciendo a lo largo de ese año, lo olvidé y dejé de preguntarme quién era o cuál era su paradero. Y fue así hasta que llegó el siguiente veinticuatro de diciembre, mientras estaba en el patio encendiendo fuegos artificiales que mis tíos me habían regalado. Una sensación familiar de ser observado se apoderó de mí al volver la mirada hacia la puerta del portón café, La misma figura del niño con la máscara se manifestó ante mí, vestido con la sudadera azul de astronauta y la máscara de madera extrañado pero lleno de felicidad. Al ver nuevamente al enigmático niño con la máscara, corrí hacia él con una sonrisa, iluminando mi rostro. A pesar de la falta de rasgos visibles. El reconocimiento mutuo se selló con la complicidad de un año compartido. Por alguna razón, me sentía tan conectado a él y el volver a verlo me generaba un sentimiento difícil de describir. Con alegría desbordante, le pregunté por qué se había ido sin avisar el año anterior, pero sus respuestas fueron evasivas. Sin entrar en detalles, el misterioso niño expresó su agrado por volver a encontrarnos y propuso jugar. Una vez más. Sin dudar, le abrí la puerta de mi hogar y juntos creamos otra tarde, llena de risas y juegos. Este año noté que el niño con la máscara estaba más dispuesto a hablar y participar en las actividades propuestas. La timidez del año pasado se desvanecía y la conexión entre nosotros se profundizaba. Después de agotar todas las energías en juegos diversos, nos sentamos nuevamente en la esquina del patio. Curioso por conocer más detalles sobre su eneñdo igmática existencia, le pregunté sobre el origen de su máscara. El niño reveló que su madre la había confeccionado para él. Habían intentado otras máscaras antes, pero ninguna se ajustaba a sus necesidades hasta que su madre creó ésta, asegurándose de que no se desprendiera. La pregunta sobre el porqué de la máscara llevó a una explicación desconcertante. Aquel pequeño reveló que su piel sufría graves consecuencias si quedaba expuesta al sol. Relató un incidente cuando, siendo aún más pequeño, la máscara se deslizó y dejó su rostro vulnerable al sol, causándole ampollas dolorosas. La extrañeza de la historia me envolvía, pero la sinceridad en sus ojos me hacía aceptar sus palabras. La conversación tomó un giro aún más intrigante cuando le pregunté si podía quitarse la máscara en la total oscuridad. Dijo que sí, pero que en la habitación no debía haber muchos focos, si tampoco podían estar muy cerca de él, dejando así en él a la posibilidad de ver su rostro. Estaba a punto de proponerle que entráramos a la casa para apagar las luces. Cuando la voz de mi tío resonó llamándome desde la entrada al girarme para responder al llamado y después volverme a girar en dirección de mi amigo. La realidad se manifestó abruptamente. El niño de la máscara ya no estaba desapareció sin dejar rastro como una sombra que se desvanece en la penumbra. La extrañeza inundó mi ser Cuando me percaté de la ausencia del niño con la máscara, no había visto su partida ni podía divisarlo en ninguna dirección que de inmóvil. Tratando de procesar lo ocurrido durante unos minutos. Sin embargo, mi tío se aproximó con la petición de que debía ayudar en algunos quehaceres intenté explicar la misteriosa desaparición del niño, pero mi tío pareció restar la importancia atribuyendo el evento a la imaginación propia de un niño. Insistí en que aquel niño era real, pero mi tío me dijo que ya estaba muy grande para amigos imaginarios y debía dejar de decir eso. Cumplí con los mandados encomendados por mi tío y a pesar de mis intentos de buscar nuevamente al niño con la máscara, no volví a encontrarlo en ese momento. Mis días transcurrían normalmente hasta el siguiente veinticuatro de diciembre. En ese momento aún residía en la misma casa. Sin embargo, las noticias de la construcción de un nuevo hogar para mi familia resonaban en mis oídos a mis diez años. La perspectiva de tener un lugar permanente para llamar hogar compensaba la nostalgia que podía sentir por dejar atrás aquella primera casa a la que había llamado hogar. En ese día particular, la televisión había monopolizado mi atención hasta que cerca de la una de la tarde. Una idea inusual cruzó mi mente la posibilidad de que el niño con la máscara apareciera nuevamente en mi patio. En esta época me intrigó venía solo en u en la Navidad para visitar a familiares. Me pregunté si esta vez podría lograr que mi familia también lo viera. A pesar de la duda, decidí salir al patio. Miré a mi alrededor con la esperanza de encontrar al niño, pero no había señales de él. Después de unos minutos tentado por la comodidad de mi programa favorito, consideré regresar adentro. Sin embargo, un sutil ruido chirriante captó mi atención. Emergiendo desde el gran zaguán de mi patio. De inmediato volví la mirada y lo vi de nuevo con la misma estatura y la máscara inmutable. El niño estaba ahí y la repetición de este misterioso encuentro planteaba más interrogantes que respuestas. Permanecí parado observando cómo aquel niño con la máscara agitaba su mano en señal de saludo. Me dirigí hacia el portón para abrirle y permitirle entrar. Pero algo era extraño, puesto que mientras yo había crecido algunos centímetros a lo largo de esos años, él estaba ocuerdo exactamente igual a la primera vez que lo vi. Sin embargo, decidí no hacer comentarios al respecto y lo invité a entrar. El niño propuso jugar a la pelota, pero el gélido invierno no permitía actividades al aire libre. Me sorprendió que llevara solamente la sudadera holgada de astronauta, ya que el clima extremadamente frío requeriría más abrigo. Sin embargo, parecía inmune a esto ante mi sugerencia de jugar videojuegos adentro. Su expresión desconcertada dejó en claro que prefería la actividad al aire libre. A regañadientes accedía a jugar a la pelota. El frío inicial fue desplazado por el calor generado por el juego y pronto me encontré disfrutando de la compañía del niño con la máscara. Después de agotarnos nuevamente nos sentamos en el mismo rincón del patio. Fue en ese momento que decidí preguntarle por qué se había ido de manera tan misteriosa la última vez. El niño explicó que temía ser visto por mi tío, alegando do que los adultos lo odiaban y lo consideraban un monstruo. Traté de convencerlo de que mi tío no haría algo así y que, de hecho, era muy amable. Sin embargo, el niño insistió en que todos los adultos lo detestaban y que mi tío no sería la excepción. Ante sus palabras, comprendí que no podía invitarlo a entrar si él no quería ser visto. Así que por primera vez en todos esos años nos despedimos vi cómo el niño con la máscara abandonaba mi patio y se encaminaba hacia su destino. Regresé a mi casa esta vez sin enfrentar obstáculos. La incógnita de quien era realmente aquel misterioso niño persistía en mi mente, pero esa tarde marcó el primer adiós que habíamos compartido. Al año siguiente, nuestra casa estaba prácticamente lista para despedirse de nosotros, ya que mis padres anunciaron que sería la última Navidad que pasaríamos en ese hogar. La mudanza estaba programada para el treinta y uno de diciembre y despertaríamos en el nuevo a o ono en nuestra nueva residencia. A mis once años, en plena etapa de preadolescencia, la idea de salir a jugar no me resultaba emocionante, pero sentía una fuerza interna que me impulsaba a salir al patio, sabiendo que mi misterioso amigo aparecería, como lo había hecho en años anteriores. Puntual el niño de la máscara. Pronto estuvo frente al portón. Tras abrirle la puerta, su entusiasmo por jugar a la pelota volvió a expresarse. Sin embargo, esta vez me sentía un poco mayor para aquellos juegos y le comuniqué que no quería participar. Noté la decepción en su rostro y nos sentamos en el césped para charlar durante la conversación surgió el tema de la mudanza. Al revelar que ésta sería nuestra última Navidad en esa casa. Esperaba una reacción melancólica por parte de mi amigo, pero para mi sorpresa se levantó y me reprochó por abandonarlo y seguir el camino de aquellos que lo dejaban solos. Desconcertado tras tras de la de la explicarle que no era mi elección, sino la decisión de mis padres. Sin embargo, el niño enmascarado no parecía dispuesto a aceptar razones y a medida que su tono de voz aumentaba, noté una extraña distorsión, como si su tono infantil se viera alterado de alguna manera. Ante mi incomodidad creciente, me puse de pie para retirarme, pero el niño con la máscara me detuvo con un agarre sorprendentemente fuerte en un acto desesperado. Por liberarme, Utilicé mi mano libre para aferrarme a su máscara y tiré con fuerza, logrando finalmente arrancársela. Tras lograr arrancarle la máscara, el niño quedó al descubierto, revelando un rostro marcado por cicatrices y malformaciones. Sorprendido y asustado, logré safarme de su firme, agarré y corrí de vuelta a mi casa. Miré por la ventana, pero el enigmático niño ya no estaba ahí. Un sentimiento de alivio me invadió reconociendo que esa sería mi última Navidad en ese helo y, con suerte, la última vez que enfrentaría al misterioso visitante. La cena de Navidad transcurrió con normalidad, pero el treinta y uno de diciembre marcaba el inicio de nuestra mudanza hacia un nuevo hogar. Mientras cargaba pertenencias en la camioneta, algo captó mi atención en la casa de enfrente la ventana abierta un detalle fuera de lo común. Al dirigir mi mirada hacia el interior, descubrí una fotografía del niño con la máscara y la sudadera de astronauta idéntica a la imagen que había visto a lo largo de los años. Desconcertado. Antes de que pudiera procesar completamente la situación, mi vecina cerró la ventana al preguntarme qué sucedía, le pregunté por el niño y ella, con un tono serio, compartió que era uno de sus sobrinos fallecido hace ya una década. Nació con una malformación facial que le había llevado a una vida llena de sufrimientos hospitalarios hasta que finalmente sucumbió a una infección. Mi vecina con o n la RNS respeto, pero sin entrar en detalles explicó que su sobrino había encontrado paz. Tras años de lucha en silencio, Asimilé la impactante revelación y me retiré. Esta historia ha pesado en mi mente a lo largo de los años. Sembrandola incógnita sobre si aquel niño continúa apareciéndose en la casa que dejé atrás. Esto me ocurrió cuando yo era una niña y es algo que me ha costado mucho superar y el día de hoy me da miedo dejar que mis hijos desaparezcan de mi vista por más de una hora y siempre tengo que ver con quienes tán exactamente. Muchos me llaman sobre protectora, pero creo que, habiendo visto lo que mis ojos vieron, la mayoría de personas actuarían igual o peor que yo. En aquel entonces mis padres me habían llenado la cabeza con historias de magia y fantasía. Se empeñaban cada año en crear eventos inolvidables, no sólo para mí, sino también or para mis hermanas. Las cartas que escribía, cargadas de sueños y anhelos, eran como pequeños poemas que tejían un vínculo directo con la fantasía y las respuestas de Santa Claus y los Reyes Magos convertían mi mundo en un lugar lleno de maravillas. A esa edad, la realidad de Santa Clos y los Reyes Magos era incuestionable. Para mí. Eran seres mágicos que, sin lugar a dudas, llenaban mi hogar de alegría. Sin embargo, aquellas creencias infantiles tan puras y llenas de asombro se convertirían en el hilo conductor hacia un peligro que ni en mis sueños más oscuros hubiera imaginado. El fatídico giro en mi vida se manifestó cuando a mis nueve años, una desgracia se posó sobre mi familia, Mi abuelo materno, un hombre de rostro serio y mirada distante. Partió de este mundo, aunque no compartía una conexión profunda con él. Su muerte resonó como un eco pesaroso en cada rincón de la casa para honrar su memoria y ra y atender a los asuntos pendientes en el rancho donde vivió sus últimos días. La familia decidió pasar las fiestas en aquel remoto lugar a sólo cuatro días de la Navidad. Nos dirigimos al rancho en medio de la nada como un tributo a las tradiciones familiares. Mientras los adultos se ocupaban de cuidar el ganado y organizar las pertenencias del abuelo, los primos mayores no tardaron en manifestar su descontento por la falta de acceso a Internet y señal de datos móviles. En cambio, los más pequeños entre los que me encontraba aguardábamos con entusiasmo. La prometida Navidad que nos aseguraban sería inolvidable. La primera tarea al llegar fue desempacar y asignar los cuartos. Me tocó compartir la habitación con mis dos hermanas y dos primos gemelos junto con una prima más pequeña. Sin embargo, mientras nos instalábamos la atención, se desvió hacia una vieja libreta en la mesa de noche, desgastada por el tiempo, se veía como algo que prometía contener algo emocionante. La libreta, casi en su totalidad en blanco, guardaba sólo una página rayada con una frase que se repetía como un eco perturbador. No confíes en el duende. La intriga nos envolvió como una neblina densa, pero nuestras indagaciones no revelaron más información. Decidimos guardar la libreta en uno de los cajones de la habitación, pensando que tal vez mi abuelo había dejado ahí el nombre de una película o libro para no olvidar cómo se llamaba. Después de habernos instalado en la habitación que sería nuestro refugio. Durante los próximos tres días, decidimos aventurarnos a explorar el rancho. La idea era jugar y disfrutar del aire fresco antes de regresar para la próxima comida. Afortunadamente, nuestros padres estuvieron de acuerdo y con risas y corriendo todos, nos dirigimos hacia el vasto terreno del rancho. Durante las primeras horas, la armonía reinaba jun jugar en perfecta sincronía, sin conflictos ni peleas. Sin embargo, como es común en niños de esa edad. La situación dio un giro inesperado cuando alguien propuso cambiar de juego, lo que empezó como un inocente cambio de actividad, llevó a una fractura en el grupo. Niñas por un lado, niños por el otro. Cada grupo emprendió su propia ruta de diversión y se distanció en su propio mundo. El grupo de las niñas, conformado conmigo y por mis hermanas y otras tres primas, comenzamos a caminar sin dirección. Después de un rato, sin decidir qué jugar, decidimos explorar los establos con la esperanza de encontrar algo interesante o tal vez construir un fuerte improvisado. No obstante, al llegar nos dimos cuenta de que los establos carecían de cualquier material útil para nuestras travesuras. Sólo se encontraba a Heno y el espacio vacío de la realidad desinfló nuestras expectativas. En ese momento nos acomodamos entre las pacas de alfalfa, compartiendo risas y conversaciones sobre nuestros deseos navideños y las cartas que escribiríamos mis hermanas y yo. Comenzamos a enumerar nuestros más preciados deseos para Santa Clos y los Reyes magos, sumergiéndonos en la magia que sólo los ojos de los niños pueden ver. Sin embargo, nuestras primas, con una certeza que nos desconcertó, afirmaron que Santa Claus no era real, sosteniendo que sólo los reyes magos tenían el poder de traer regalos. Un revuelo de incredulidad y protesta se desató, desencadenando una discusión acalorada sobre la existencia de Santa Claus. La atención escaló y las palabras se volvieron gritos. Incluso mi hermana estuvo a punto de lanzar un golpe contra una de mis primas, justo cuando la disputa alcanzaba su punto más alto. Una risa infantil resonó desde detrás de las pacas de alfalfa en la esquina del establo. La disputa se evaporó al instante. Las miradas se dirigieron hacia el sonido misterioso. Todas las escuchamos claramente. Aquella risa, una risa que no podíamos confundir con el sonido de algún ruedor o animal pequeño. Era una risa infantil que se filtraba entre las vacas, imposible de atribuir a cualquier ser visible. Inicialmente pensamos que algún primo intentaba jugar una broma, pero pronto nos dimos cuenta de que sólo había una entrada al establo y ninguna de nosotras había visto a nadie entrar o salir. Desde que llegamos, el misterio se apoderó de nosotras, dejándonos en un silencio expectante frente a la posibilidad de que algo más, algo incomprensible, se escondiera en el establo. Con cautela, nos aproximamos hacia la fuente de aquella risa misteriosa. Cada paso resonaba en el establo y cuando estábamos justo detrás de las vacas de alfalfa, la extrañeza se apoderó de nosotras al percatarnos de que no había absolutamente nadie ahí. Aquella ausencia detrás de las vacas desafió toda lógica, dejándonos boquiabiertas. Una de mis primas mayores, con sus diez años cumplidos, ya trató de disipar el misterio sugiriendo que tal vez había sido el graznido de algún ave de paso, un sonido amplificado por el eco del lugar. No obstante, las demás rechazamos esta explicación de inmediato, pues la risa que habíamos escuchado era clara y distintiva. Lejos de ser confundida con el simple chirrido de un ave. Justo cuando estábamos a punto de abandonar la búsqueda de respuestas, la risa volvió a resonar esta vez con una fuerza y claridad que no admitía dudas. La risa, ahora más potente, parecía emerger de una pila de heno totalmente seco en el extremo opuesto del establo. Las seis nos miramos con desconcierto, pero la curiosidad inicial se transformó en un escalofrío de temor. Decidimos salir del establo antes de adentrarnos aún más en el enigma que se despegaba ante nosotras. Con pasos cautelosos, iniciamos el camino hacia la ers la salida. Sin embargo, a mitad de trayecto, la risa persistía y, para nuestra consternación, cada vez que volteábamos hacia la pila de Heno, podíamos observar claramente cómo ésta se movía, como si algo o alguien estuviera oculto en su interior. Un escalofrío recorrió nuestra columna vertebral y un nudo de temor se instaló en nuestras gargantas. Ante ésta perturbadora visión, comenzamos a correr hacia la salida del establo, gritando y llorando, llamando a nuestros padres con desesperación y la risa continuaba acompañándonos como una melodía macabra. Mientras huíamos de aquel lugar cargado de inexplicables fenómenos, llegamos a la casa con los ojos aún llenos de lágrimas y los corazones, palpitando con fuerza al relatar a nuestros padres lo sucedido. Esperábamos encontrar consuelo y respuestas. Sin embargo, sus rostros apenas mostraron asombro y con tranquilidad. Nos explicaron que en el rancho habitaban mapaches y sarihuellas. Argumentaron que estos animales en ocasiones emitían sonidos, que podrían confundirse con risas y que, además, solían refugiarse entre las pilas de heno o alfalfa para resguardarse del frío. Aunque sus palabras buscaron calmar nuestras inquietudes, ninguna de nosotras podía aceptar completamente esa explicación. La risa que habíamos escuchado no se asemejaba a los gruñidos o chillidos de un animal. No obstante, ante la insistencia de nuestros padres, nos resignamos a aceptar su versión, dejando el tema en pausa por el momento. Sin embargo, la idea de regresar a aquellos establos ahora impregnados de una extraña presencia nos aterraba, pues el misterio flotaba en el aire y ninguna deseaba aventurarse de nuevo en aquel rincón del rancho. A la mañana siguiente, mis hermanas primas y yo decidimos continuar explorando el rancho, evitando cuidadosamente el área que incluía los establos. Después de un rato de caminar y disfrutar del paisaje, decidimos detenernos a descansar bajo la sombra de un majestuoso árbol de pirul que se erigía en la propiedad. La idea de convertirlo en nuestra propia casa del árbol nos entusiasmó y comenzamos a escalar sus robustas ramas, dejándonos llevar por la magia de la imaginación. Mientras fantaseábamos sobre los planes para nuestra frutura morada entre risas y sueños compartidos. Una voz desconocida se sumó al bullicio sugiriendo con inocencia podríamos poner un tobogán desde la entrada hasta el piso. Sorprendidas las seis nos volvimos hacia arriba, de donde parecía provenir la voz. Sin embargo, el asombro pronto se transformó en terror. Al percatarnos de la presencia de un pequeño ser sentado en una de las ramas más altas del Pirúl. Este ser vestido con ropas de manta y un sombrero peculiar, nos miraba con ojos de un morado vibrante y una dentadura que, a pesar de parecer humana, destacaba por su los dientes caninos puntiagudos. A pesar de su baja estatura, su rostro y orejas puntiagudas le conferían la apariencia de un buende salido de los cuentos de hadas. La sorpresa y el miedo se apoderaron de nosotras y mis primas, junto con mis hermanas, comenzaron a bajar del árbol con rapidez intentando huir de la criatura que había aparecido de la nada. Una vez todas estuvimos abajo, nos dimos cuenta de que aquel ser había descendido con un solo salto bloqueando nuestro camino y su presencia se reveló por completo y la realidad frente a nosotras se tornó más extraña y misteriosa de lo que hubiéramos imaginado. Aunque sus sopas eran delgadas para el clima, su aspecto y sus rasgos sugerían algo fuera de lo común, mientras nuestras pulsaciones se aceleraban y el temor nos envolvía. Aquel ser nos dirigió una sonrisa y con una voz tranquila, nos dijo no tienen por qué tenerme miedo. Aquellas palabras pronunciadas por la criatura, que desafiaba toda explicación lógica, colocaban un velo de incertidumbre sobre el día soleado en el rancho, a pesar de que la criatura parecía irradiar un cierto aire de hospitalidad y buena fe, algo en lo más profundo de nosotras nos hacía dudar acerca de sus verdaderas intenciones. Sin embargo, fue la prima más pequeña de tan sólo seis años quien se atrevió a romper el tenso silencio y preguntó quién era aquel extraño ser con una sonrisa. El duende confirmó lo que nuestras miradas ya sugerían. Era un duende, pero no uno común. Antes de que pudiéramos expresar nuestras opiniones, nos reveló que era un ayudante de Santa Claus. Nos dijo que el día anterior nos había estado observando en el establo y presenciado nuestra acalorada discusión sobre la existencia de Santa Claus y con tono amigable, nos aseguró que Santa Claus era totalmente real. La noticia resonó en nuestros corazones infantiles y cualquier pensamiento de dudas sobre las inntennas del Duende desapareció por completo. Ahora estábamos convencidas de que aquel ser simpático era un leal aliado de Santa Claus dispuesto a cumplir todos nuestros deseos entusiasmadas, comenzamos a hacerle preguntas y a expresar nuestros deseos. La más común fue la solicitud de juguetes y, para nuestra sorpresa, el Duende respondió afirmativamente con una facilidad aparentemente mágica. Cada vez que alguna de nosotras pedía un juguete, en específico, el duende tomaba una roca del suelo o arrancaba una rama del árbol y, después de realizar algunos movimientos con las manos, el juguete aparecía en sus manos como por arte de magia. Recuerdo claramente, como le pregunté al Duende si no sentía frío con esa delgada ropa de manta que llevaba siguiendo su fachada de alegría. Nos aseguró que no sentía en absoluto el frío. Luego, con una divertida ocurrencia, nos mostró cómo, en caso de necesitar abrigo, podía estirar sus orejas y ussadlas como una pequeña manta. Las risas estallaron entre nosotras y después de que las orejas del Duende regresaron a su estado normal, continuamos jugando con los juguetes que nos había traído. Sin embargo, la alegría pronto se desvaneció, cuando, después de unas horas comenzamos a notar que los juguetes se volvían frágiles y se rompían con el más mínimo movimiento. La felicidad que nos proporcionaron aquellos regalos efímeros. Se vio ensombrecida por la rápida decadencia de su calidad. A pesar de la decepción que sentimos al ver que los juguetes estaban frágiles y rotos, nos dirigimos al Duende para preguntarles si podría arreglarlos. Para nuestro pesar, nos comunicó que no tenía la capacidad para reparar los juguetes. Al observar la hora, nos dimos cuenta de que habíamos pasado muchas horas fuera de la casa y era momento de regresar. Sin embargo, antes de que alguna de nosotras pudiera expresarlo en voz alta, el Duende nos miró y nos propóns puso una oferta tentadora. Aunque no podía reparar los juguetes, podría llevarnos al taller de Santa Claus, donde tendríamos acceso a montañas de juguetes. Si podríamos escoger los que quisiéramos, incluso más de uno, si así lo deseábamos. Inicialmente, la propuesta sonó irresistiblemente atractiva, pero mi prima movida por la curiosidad cuestionó cómo podríamos llegar al Polo Norte. Estando en México. La expresión del Duende cambió abruptamente. Su sonrisa desapareció como si no hubiera esperado ser cuestionado. Permaneció en silencio por un momento, como si estuviera ideando una nueva mentira. Luego volvió a sonreír amablemente y nos aseguró que en el establo donde habíamos estado había un portal que nos transportaría al Polo Norte y desde ahí nos llevaría al taller. Sólo teníamos que seguirlo y pronto tendríamos todos los juguetes que deseáramos, aunque inicialmente las seis parecíamos estar seguras de querer seguir al Duende. La vacilación en su respuesta generó un escepticismo colectivo. Nos dimos cuenta de que algo no estaba bien con aquella criatura y no estábamos dispuestas a seguirlo. Tratando de mantener una fachada amable. Mi prima mayor, con sus diez años de edad, le dijo al Duende que nos encantaría ir, pero que ya era hora de regresar a nuestras casas o nuestros padres se enojarían. Tomó a su hermana de la mano y comenzó a avanzar hacia la casa. Sin embargo, el Duende se interpuso en su camino bloqueándonos el paso y forzando una sonrisa cada vez más inquietante. Nos insistió en que no podíamos irnos debíamos quedarnos para recibir regalos y evitar ser catalogadas como niñas malas. Las amenazas veladas sobre quedar fuera de la lista de niñas buenas y no recibir regalos jamás comenzaron a ponernos nerviosas, aunque le dijimos ya más asustadas que realmente no podíamos quedarnos y debíamos volver a casa. El duende, en una acto desesperado, metió sus manos en las bolsas de su pequeño pantalón de manta y sacó un montón de dulces. Nos dijo que si nos quedábamos, podríamos disfrutar de los dulces con él y aunque no teníamos que ir al polo norte, debíamos permanecer un poco más para compartir este momento, Dulce prácticamente nos hizo tomar los dulces de sus manos a la fuerza, dejándonos en una situación incómoda y angustiante con el corazón. Latiendo con fuerza las seis tomamos los dulces que aquel duende insistente nos ofrecía, pero ninguna de nosotras se atrevió a probarlos. Intentamos convencerlo de que debíamos regresar a casa, pero su insistencia se volvía cada vez más agresiva, dejándonos atrapadas en una situación incómoda. Cualquier intento de huir parecía estar destinado al fracaso, ya que él se colocaba en una posición amenazante bloqueando cualquier salida hacia la seguridad de nuestros hogares. Después de varios minutos de atención, el duende propuso un juego de escondidas. Si ganábamos, podríamos irnos a casa, pero si él ganaba, nos llevaría al establo para viajar al polo norte. Aunque estábamos aterradas, pensamos que podríamos aprovechar la oportunidad para correr hacia casa. Mientras contaba, accedimos a jugar y con entusiasmo, el duende comenzó a contar hasta diez sin perder tiempo. Nos lanzamos a toda velocidad hacia la casa, pero la distancia era demasiado grande. Al llegar al número siete nos dimos cuenta de que no importaba cuán rápido corriéramos. No llegaríamos antes de que terminara de contar desesperadas. Nos escondimos detrás de un gigantesco tronco de árbol derribado rezando para pasar desapercibidas mientras esperábamos las linternas de nuestros padres parpadeaban a lo lejos. Buscándonos en la creciente oscuridad, intentamos llamar su atención sin la sr ruido. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, estábamos a punto de salir de nuestro escondite para correr hacia ellos cuando de repente escuchamos una tétrica voz detrás de nosotras que dijo diez volteando vimos al Duende trepado en el tronco, pero su rostro había cambiado por completo y sus ojos morados brillaban en la oscuridad. Sus dientes puntiagudos y sus manos ahora parecían garras. Gritamos y corrimos hacia nuestros padres, quienes, al escuchar nuestras voces, se dirigieron hacia nosotros. Al ver al Duende, nuestros padres comenzaron a gritar para asustar a lo que ellos pensaron era un perro a primera vista, pero al estar más cerca, vieron que es lo que era. Y para nuestra fortuna, el Duende pareció asustarse con su presencia y huyó del lugar. Todos estaban tan alterados que apenas salió el sol al día siguiente nos fuimos de ese rancho. Nunca pudimos olvidar esa experiencia extraña, especialmente por por que al investigar el lugar donde pasamos esas largas horas, los adultos descubrieron que los juguetes que creíamos tener eran sólo piedras y palos. Siempre he creído que aquel duende tenía el poder de crear ilusiones y aunque jamás volvió su recuerdo, perdurará entre nosotras. Gracias a nuestros padres. Salimos ilesas de aquella misteriosa y aterradora situación y ninguna de nosotras se aventuraría a regresar al rancho. A mis ocho años ya estaba acostumbrado a los cambios constantes de hogar. Mi vida estaba marcada por maletas, medio desempacadas, mudanzas repentinas y la sensación de no pertenecer a ningún lugar. Mis padres sumidos en sus propias batallas y limitaciones, no podían hacerse cargo de mí y así me convertí en un viajero perpetuo de la buena voluntad de familiares que eventual n s o n o n o s son podían sostener mis gastos. Por mucho tiempo, la Navidad siempre fue un anhelo lejano, una promesa incumplida que se desvanecía con cada cambio de casa. Y aunque nunca experimenté la alegría de las festividades, una creencia persistente se mantuvo firme en mi corazón la existencia de Santa Claus y los reyes magos. Cada año, sin importar dónde estuviera algún regalo, llegaba para mí un destello de magia en medio de la incertidumbre. Un día cercano, al veinticuatro de diciembre, la tía con la que me alojaba en ese momento me pidió que hiciera mis maletas, ya acostumbrado a obedecer. No cuestioné su decisión. Sin embargo, esta vez, en lugar de mudarme a otra casa a unas pocas horas de distancia, mi padre subió conmigo a un autobús y luego a otro. Viajamos durante dos días y medio, dejando atrás la familiaridad de la ciudad para adentrarnos en Chiapas, específicamente en una zona rural donde los bosques se alzaban majestuosos. La casa a la que llegamos estaba inmersa en la naturaleza, casi aislada de cualquier rastro de civilización. Pero al cruzar su puerta, me di cuenta de que quizás este cambio no era tan malo como los anteriores. En esa casa vivían una de las hermanas de mi padre, su esposo y dos primos, uno de mi edad y otro sólo un año mayor y por primera vez en mi vida consciente me sentía auténticamente bienvenido. Mientras mi padre conversaba con ellos, mis primos y yo exploramos el patio. Me dijeron que aunque estábamos en un lugar remoto, no estábamos completamente aislados. Mi primo me explicó que sólo tenía que caminar un kilómetro para encontrar la siguiente casa y que el pueblo no estaba tan lejos. Esta revelación me tranquilizó, ya que, al haber vivido siempre en la ciudad, estaba acostumbrado a ciertas comodidades de la misma. Sin embargo, la cálida bienvenido venida de mi tía y mi tío, junto con la conexión inmediata con mis primos, eclipsaron cualquier temor que pudiera haber sentido. Las fechas de sembrina se envolvían la casa en una atmósfera festiva mientras todos se preparaban para la Navidad. Sin embargo, descubrí un matiz peculiar en la relación de la hermana de mi padre y su familia con estas festividades. A diferencia de las costumbres urbanas, no eran devotos seguidores de la Navidad y, por lo general, limitaban sus celebraciones a compartir la cena navideña con los habitantes de la casa. No obstante, ese año la dinámica cambió. Planeaban invitar a un par de vecinos para compartir la cena navideña con nosotros. La noticia resonó en mi corazón como un regalo anticipado. La perspectiva de celebrar la Navidad en un ambiente donde me sentía auténticamente a gusto me emocionó profundamente y por primera vez en mucho tiempo, la sensación de ser aceptado eclipsaba cualquier carga que hu biera era llevado conmigo aquella tarde, mientras la expectación de la Navidad se mezclaba con risas y juegos en el bosque, junto a mis primos, un pequeño crujido rompió la armonía del momento. Curioso indagué con mis primos sobre el origen de aquel sonido que provenía de unos arbustos cercanos. Con expresiones despreocupadas sugirieron que seguramente se trataba de algún conejo o criatura similar. Sin embargo, mi curiosidad se resistió a ser calmada. Tan fácil y con cautela me acerqué a los arbustos para desentrañar el misterio. Fue entonces cuando entre las sombras un conejo asustado saltó y se adentró velozmente en el bosque. La sorpresa del momento me hizo caer de centón en el suelo, desatando las risas contagiosas de mis primos. Inicialmente, la situación parecía ser sólo un episodio más de diversión entre primos. Pero la tarde tomó un giro inesperado cuando uno de mis primos, el el de mi misma edad, decidió agregar un toque de misterio al episodio entre risas contenidas. Me preguntó si creía que aquel conejo era la bruja del bosque y tras un breve momento de risa, me sacudí la tierra de la caída y afirmé con convicción que las brujas no eran más que personajes de leyendas y cuentos. Y aunque esperaba que el tema no pasara de ahí, pude notar como ambos primos intercambiaron miradas significativas y decidieron sumergirme en las historias que flotaban en el aire con un tono más serio. Afirmaron que las brujas no sólo eran reales, sino que habitaban el mismo bosque en el que estábamos jugando. Aunque mi escepticismo respondió con un rotundo. No les creo absolutamente nada. Sus argumentos persistieron asegurando que las brujas descendían por el bosque después de las nueve de la noche. Con firmeza, mis primos añadieron detalles inquietantes a la narrativa. Según las historias locales, después de las nueve de la año noche, las brujas se aventuraban en busca de niños desprevenidos. Aunque inicialmente intenté mantener mi escepticismo, la intensidad en los ojos de mis primos y la seriedad de sus voces hicieron que una semilla de duda germinara en mi mente. Mis primos llevaron la narrativa un paso más allá y mencionaron la existencia de una cueva oculta en algún lugar del bosque, un sitio misterioso donde las brujas atraían a las personas para nunca más ser vistas. Mis primos compartían la historia de las brujas con tanta convicción que, a pesar de su genuino temor, no podía evitar cuestionar la veracidad de sus relatos. A mis ocho años, la noción de brujas y seres paranormales se presentaba como pura fantasía. Nunca había presenciado un fenómeno sobrenatural ni vivido alguna experiencia que pudiera corroborar esas creencias. Así que, aunque mis primos insistían en la autenticidad de las brujas que habitaban el bosque, mi escepticismo infantil se aferraba a la lozóca de que tales cosas sólo existían en cuentos para asustar a los niños. Sin embargo, el tono serio de mi primo mayor, al compartir la historia de una niña desaparecida dos años atrás, dejó una huella indeleble en mi mente. La historia sugería que aquella niña, conocida por su buen comportamiento, se había esfumado en la oscuridad de la noche, supuestamente llevada por un grupo de mujeres, aunque mi mente racional, se resistía a aceptar la historia. Como verídica, las piezas del rompecabezas no encajaban del todo. Como una niña obediente, terminaba caminando sola hacia el bosque antes de ser atrapada por esas misteriosas figuras. La incertidumbre y el misterio de su desaparición sembraron una semilla de duda que florecía con cada sombra del bosque. La casa se llenó de la energía creciente de la temporada festiva y vecinos cercanos se unieron a los preparativos y en ese bullicio festivo conocía a Manuel y Lucas, dos niños que l i s l o que yo ansiaban la llegada de Santa de inmediato. La conexión entre nosotros fue palpable y entre juegos y risas, nos encontramos charlando sobre nuestros deseos navideños. Mientras compartíamos nuestras expectativas para la Navidad. Me di cuenta de que era el único que aún no había redactado su carta a Santa Rodeado de risas amigables, acepté la ayuda de mis nuevos compañeros para expresar en papel mis sueños y esperanzas. Juntos con entusiasmo infantil, confeccionamos la carta y la atamos a un globo, viéndola elevarse hacia el cielo. La acción no sólo era un acto de fe hacia la magia de la Navidad, sino también un lazo que fortalecía nuestra amistad. El día avanzó, pero la amistad entre nosotros se volvía más fuerte con cada momento. Compartido a pesar de todas las risas y juegos, ninguno estaba listo para dar por terminado el día. Con una mezcla de ilusión y súplicas. Convencimos a mis tíos de que dejaran que Manuel y Lucas se quedaran a dormir esa noche. Al principio la idea trajo dudas entre los padres de Manuel y Lucas, pero nuestra persistencia y entusiasmo finalmente inclinaron la balanza. A nuestro favor. La emoción se palpaba en el aire mientras mis tíos nos permitían quedarnos en la sala con la promesa de ver televisión hasta que quisiéramos. Sin embargo, la idea de simplemente mirar la televisión no era lo suficientemente emocionante para nosotros. Un plan más intrigante y divertido se formó en nuestras mentes construir un pequeño fuerte improvisado en la sala cojines y mantas se convirtieron en los cimientos de nuestra fortaleza y una vez terminado, nos adentramos en el acogedor refugio con linternas en mano, entre risas y murmullos. Empezamos a contarnos historias de terror. Aunque tenía varias historias de la ciudad que podría haber compartido, no pude evitar prestar una atención particular a la que mis primos habían contado su sobre la niña desaparecida. La historia de aquella misteriosa desaparición a manos de lo que los vecinos llamaban brujas seguía resonando en mi mente. Estábamos rodeados por el mismo bosque del que tanto habíamos hablado, y eso añadía un escalofriante matiz a la narrativa. El ambiente en la sala se volvía más tenso a medida que profundizábamos en las historias de terror. Aunque intentaba mantener mi escepticismo. La cercanía del bosque y las sombras de la noche creaban una atmósfera única, haciéndome preguntar si detrás de los árboles podían esconderse las misteriosas figuras de las que tanto habíamos hablado. Afortunadamente, la temática de las historias cambió y, para mi alivio, dejamos de lado el terror para centrarnos nuevamente en los regalos que esperábamos recibir este año. Al haber enviado mi carta, estaba convencido de que por primera vez recibiría algo que realmente deseaba. La expectativa y la ilusión llenaban la sala. Mientras compartíamos nuestras emociones y pensamientos sobre los regalos que anhelábamos. De repente, un destello de luz penetró la sala, iluminándola intensamente durante unos segundos, la luz parecía provenir del bosque y en un primer momento, la idea de que era un automóvil cruzando por el camino nos reconfortó. Sin embargo, conforme pasaban los minutos y no escuchábamos ningún sonido de vehículos ni puerta. Cerrándose, esa explicación perdió fuerza. La segunda vez que la luz parpadeó, todos nos asomamos curiosos por la ventana. Sin embargo, la oscuridad del bosque permaneció inmutable, sin revelar ninguna fuente de aquella luminosidad misteriosa y un silencio incómodo se instaló en la sala mientras procesábamos lo que acabábamos de presenciar. Las especulaciones llenaron la sala mientras tratábamos de descifrar la naturaleza de esos misteriosos destellos. Algunos de nosotros sugirieron que podría haber sido simplemente una persona con una linterna, una explicación lógica y común para la mayoría de los lugares. Sin embargo, esta teoría no explicaba la repetición de la luz ni el intervalo entre cada destello. Otro pensamiento surgió. Tal vez había habido un pequeño incendio en el bosque rápidamente sofocado por el viento, pero esta idea también fue descartada, ya que la intensidad de la luz sugería algo más que un simple fuego momentáneo las mentes de todos nosotros trabajaba a toda máquina para encontrar una explicación, pero el desconcierto persistía y la tercera vez que la luz brilló, todos pudimos observar que no provenía de un punto específico en el bosque, sino que parecía emanar de todas partes a la vez era una luminiscencia extraña y desconcertante que desafiaba cualquier explicación lógica para los niños que habían crecido en el bosque. Esto era inusual y desconcertante. El breve destello se disipó ó dejándonos incrédulos y sin respuestas. Las teorías se agotaban y las salas se llenó de silencio. Mientras intercambiábamos miradas de desconcierto. En ese momento, a lo lejos, detrás de un árbol, todos pudimos mirar una silueta que se movía. La figura parecía asomarse y luego ocultarse detrás del tronco. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de cada niño y la atmósfera en la sala cambió instantáneamente. La sensación inicial dio paso a una sensación de miedo palpable, aunque ninguno de nosotros podía definir con precisión que era lo que se movía detrás del árbol. La idea de un alien fue lanzada en medio del nerviosismo. Sin embargo, a medida que observábamos más detenidamente, todos nos dimos cuenta de que la figura no coincidía con la idea convencional de un alien. Era algo más terrenal, más familiar. Pero aún así, la incertidumbre persistía. La tensión aumentaba mientras permanecíamos expectantes sin poder apartar la mirada de la figura en la distancia. Alguien murmuró la palabra fantasma, pero la lógica y la incredulidad se mezclaban en nuestra. Mente estábamos atrapados entre la curiosidad y el temor, incapaces de alejarnos de la ventana, como si una fuerza invisible nos mantuviera allí observando en silencio lo que ocurría en la oscura noche del bosque. A medida que nuestros ojos aquí mataban a la falta de luz, empezamos a distinguir las siluetas que se manifestaban ante nosotros. Eran los tres reyes Magos y Santa Claus exactamente como cualquier niño podría imaginarnos, vestidos con ropas del Medio Oriente radiantes y emanando una presencia mágica, mientras Santa vestía esa ropa única en color rojo con su fantástico gorro. La sorpresa y la incredulidad llenaron la sala. Cuando nos dimos cuenta de que los seres de la antigua historia ahora estaban frente a nosotros, Baltasar, Melchor y Gaspar parecían haber salido directamente de la de lor cuentos y leyendas. Los colores vibrantes de sus vestiduras contrastaban con la oscuridad del bosque y algo en ellos brillaba de una manera que sólo podría describirse como mágica. Estábamos atónitos observando a aquellos seres legendarios que hasta ese momento sólo habían sido parte de historias contadas por nuestros padres. La asombrosa revelación no se detuvo ahí. Santa Clos sostenía en una de sus manos un globo, el mismo globo que había soltado más temprano ese día. Lo sabía porque en la punta de listón aún se encontraba la tarjeta que contenía la carta que habíamos enviado a Santa. La conexión entre el evento de la tarde y la mágica aparición en el bosque era inconfundible y no podíamos evitar sentir una mezcla de asombro y emoción. Los reyes magos, con una expresión que parecía una mezcla de benevolencia y misterio, nos hacían señas, para que nos acercáramos. La invitación era clara. Debíamos seguirlos sin titubear ni un momento. Impulsados por la fascinación y la creencia. En la magia de la Navidad, abrimos la puerta y comenzamos a caminar hacia el bosque, siguiendo a los seres mágicos. Metros tras metros, los reyes magos caminaban hacia el interior del frondoso bosque, deteniéndose de vez en cuando para esperarnos. La anticipación crecía en nuestros pequeños corazones y aunque desconocíamos el destino final de este inusual viaje, la promesa de regalos y maravillas nos hacía olvidar cualquier temor. La inocencia infantil prevalecía y la idea de seguir a sante y los reyes magos se traducía en la emoción de lo desconocido. Sin embargo, justo cuando nos acercábamos a lo que parecía ser un emocionante destino. Mi primo, el mayor de todos, chocó con un árbol y el impacto lo sacó de su estado de trance. Y fue entonces cuando la realidad se despegó frente a nosotros. Las figuras que creíamos eran esos seres mágicos no eran más que brujas. La revelación golpeó como una ráfaga de frío y el manto mágico que envolvía el bosque se desvaneció, dejando al descubierto el peligro inminente al que nos estábamos acercando. Sin perder tiempo, mi primo agitó a los demás gritando para sacarnos del trance en el que las brujas intentaban sumirnos. Por suerte, logramos despertar de ese encantamiento maligno casi de inmediato. Mi mente se nubló con el miedo y la confusión. Las brujas, con sus oscuros, ropajes y semblantes malévolos. Ahora eran figuras temibles que se posaban sobre nosotros. El bosque, que antes parecía un escenario mágico, se transformó en un laberinto oscuro y siniestro. El terror palpable se apoderó de nosotros cuando finalmente, mi primo se percató de la verdadera naturaleza de aquellas figuras que nos guiaban hacia el oscuro destino. La piel desfigurada y quemada de las brujas con ampollas en su sons manos era un indicio claro de que estábamos siendo atraídos hacia un lugar siniestro y peligroso. La escalofriante realidad se desveló ante nuestros ojos y la mágica ilusión se desvaneció revelando la pesadilla que se cerraba sobre nosotros. El terror nos impulsó a correr desesperadamente de vuelta a casa. Sin embargo, la ida de las brujas se hizo evidente cuando nos dimos cuenta de que corrían furiosas hacia nosotros, ansiosas por recuperar su presa. Puedo recordar que estábamos gritando y pidiendo ayuda en la oscura noche. Sin embargo, a esas horas no había nadie cerca para escuchar nuestros llamados y sólo resonaban las risas malévolas de las brujas, persiguiéndonos implacablemente. Finalmente alcanzamos la seguridad de nuestra casa, pero la tranquilidad fue efímera. Al darnos cuenta de que las brujas ya no nos perseguían, nos percatamos de la ausencia del más pequeño lucas. El temor y lango llenaron la habitación, mientras buscábamos frenéticamente al niño perdido y al no verlo por ninguna parte, corrimos a decirle a mis tíos lo que había pasado a pesar de una búsqueda intensiva en el bosque y sus alrededores. Nunca volvimos a encontrar a Lucas. Las teorías de los lugareños sobre su destino variaban, pero nosotros, sus primos y amigos, éramos conscientes de la cruel verdad las brujas lo habían alcanzado durante la persecución, arrebatándolo de nuestras vidas de forma irreversible. La pérdida de Lucas dejó una marca imborrable en nuestras vidas y el bosque, que alguna vez fue escenario de juegos y alegría, se convirtió en un lugar oscuro y prohibido. Viví con mis tíos y primos hasta la edad adulta y ninguno de nosotros se atrevió a acercarse nuevamente al bosque, pues estaba plagado de recuerdos aterradores. A medida que formé mi propia familia y me convertí en padre de gemelos decidí ser honesto. Desde el principio con mis his les expliqué que la magia de Santa Clos y los reyes Magos era sólo un cuento entregándoles los regalos personalmente cada año no estaba dispuesto a permitir que mis hijos cayeran en la misma ilusión peligrosa que yo experimenté en aquella fatídica Navidad marcada por las brujas y la pérdida de un inocente niño llamado Lucas, cuando era sólo una niña de diez años. Mi mayor sueño en la vida giraba en torno a la idea de tener un perro. Desde que tengo memoria, mi amor por los animales y, en especial por esos leales compañeros de cuatro patas se reflejaba en cada fibra de mi ser y es algo que, a pesar de lo ocurrido, conservo hasta el día de hoy. No importaba dónde estuviera ni que perro me encontrara. Siempre me cautivaban con su ternura y fidelidad, pero mi debilidad suprema recaía en los Snauser Blancos, esos pelos, dos seres que habían conquistado mi corazón de manera única. Año tras año, en mis cartas a los reyes magos y en cada ocasión especial expresaba mi anhelo inquebrantable de tener a un peludo amigo a mi lado. Sin embargo, mis padres sabios y preocupados siempre me recordaban que antes debía demostrar que era lo suficientemente responsable como para cuidar de otro ser vivo. No podía culparlos. Después de todo, la responsabilidad es una lección crucial en la vida. Pero un año algo inesperado sucedió sin que yo lo supiera. Mis padres habían decidido que finalmente había llegado el momento de hacer realidad mi sueño. Sin embargo, el bullicio y las festividades navideñas, complicaron sus planes de visitar un criadero de snaucer con certificación. Y fue entonces cuando mi tío Manuel, hermano de mi madre, entró en escena. Mi tío Manuel, conocido por sus hábitos de pedir dinero prestado sin intenciones de devolverlo y su aversión al trabajo, se encontraba viviendo temporalmente en nuestra casa. Mi madre, incapaz de expulsar a su propio hermano, optó por acogerlo, especialmente en las vísperas de la Navidad. En un giro de los acontecimientos, mis padres decidieron encomendarle a él la importante misión de traerme el tan ansiado amigo canino. Le entregaron el dinero necesario para la adquisición de la mascota y un extra para los accesorios requeridos. Además, le ofrecieron una compensación adicional a cambio de mantener el secreto hasta la llegada del Día de Reyes. Todo parecía estar en orden y aunque las cenas navideñas transcurrieron sin contratiempos, la verdadera sorpresa aún estaba por revelarse la llegada del seis de enero, el día de los Reyes Magos. Estaba cargada de expectativas. Corrí emocionada hacia el árbol de Navidad, ansiosa por descubrir si mis deseos se habían hecho realidad. Al abrir el regalo designado, me encontré con una caja llena de juguetes para perros y una correa notablemente gruesa. La alegría llenó mi corazón al reconocer estos objetos, pero mi padre pareció sorprendido por la magnitud de la correa. Ignoré cualquier señal de incomodidad y me dispuse a desvelar. La sorpresa final. Fue en ese momento exacto cuando miré hacia todas partes en busca de mi tan anhelados Naucer blanco. La verdad esperaba que entrara triunfalmente a la casa. La emoción me embargó al escuchar sus patas golpetear el piso, pero lo que noté a continuación fue un silencio extraño entre mis padres. Ambos se quedaron boquiabiertos como si algo inesperado hubiera sucedido. El momento en que el perro cruzó el umbral de la puerta no fue el esperado y la decepción se reflejó en los rostros de mis padres. En lugar de un adorable cachorro, es Naucer blanco, lo que entró por la puerta aquel seis de enero fue una perra adulta. Su aspecto denotaba que no provenía de ningún criadero certífico. Más bien parecía haber salido de un refugio canino. O me atrevería a decir incluso de las bulliciosas calles urbanas. La perra, sin lugar a dudas, no había experimentado los cuidados de un criador responsable. Su pelaje, áspero como el típico pelo de alambre alborotado de los perros callejeros, presentaba un tono crema desigual. La delgadez y la suciedad que la cubría indicaban que mi tío no se había molestado en proporcionarle el necesario aseo que requería. Y aunque mis padres mostraron inmediatamente su molestia por la evidente jugada de mi tío, yo me encontraba tan embriagada por la felicidad de tener un perro que no podía importarme menos su apariencia descuidada. Los ojos de la perra, grandes cimarrones tenían una cualidad inquietante que generaba cierta incomodidad al mirarlos durante demasiado tiempo. A pesar de todo, para mí aquellos ojos imperfectos la convertían en la criatura ra, la más perfecta que jamás hubiera visto. Mi amor por los perros iba más allá de la estampa idealizada que tenía en mente y la gratitud por tener a mi nueva amiga superaba cualquier expectativa estética. Años después, mi tío Manuel reveló la verdadera historia Detrás de aquel regalo inusual. Nos contó que mientras conducía hacia el supuesto criadero, se encontró con una escena desconcertante. La camioneta que conducía frente a él frenó bruscamente y arrojó un costal a un lado de la carretera. Intrigado, detuvo su vehículo y descubrió a la perra dentro del costal con las patas y el hocico atados con alambre y cuerdas. Conmovido por su situación, decidió liberarla y pensó que sería el regalo perfecto para mí en aquel momento de felicidad y entusiasmo. Mis padres no pudieron hacer el reclamo a mi tío por recoger un perro callejero y quedarse con todo el dinero que ellos le habían dado. La alegría con la mora partida por la llegada de la perra, superó cualquier reserva. Después de la euforia inicial, decidieron llevarla al veterinario para un chequeo y un merecido baño. Me atrevería a decir que lo que ocurrió en el veterinario fue la primera señal de que no sólo algo andaba mal con aquella perra, sino que era un perfecto motivo para dejarla en la perrera y no mirar atrás. Sin duda debimos hacer eso, puesto que al volver por ella a la hora pactada, nos enteramos que la perra había mordido severamente a la estilista arrancándole un dedo durante el baño. La situación se volvió tensa en el veterinario. Las expresiones serias de los trabajadores indicaban que algo no estaba bien. Enterados de que la perra había mostrado agresividad. Mi padre dijo que quizás había sido culpa de la estilista, que quizás la había maltratado, puesto que por lo que mi tío había dicho, no había mostrado un comportamiento agresivo y tampoco había actuado de manera agresiva cuando la acaricié y abracé en el momento que me la dieron, Así que mis padres pagaron los gastos médicos y llevaron al Áila. Así le puse a casa, sin sospechar aún la complejidad de la situación. La emoción de tener al Áila mi nueva compañera Canina llenaba mi vida de un cálido resplandor. Después de que mis padres me proporcionaran una lista de responsabilidades y horarios, asumí con gusto la responsabilidad de cuidar de ella. Durante los primeros cinco días. Todo pareció transcurrir con relativa normalidad. La ila se comportaba como cualquier otro perro, sin señales de rareza aparente. Sin embargo, ciertos indicios comenzaron a insinuar que había más en ella de lo que podía percibir a simple vista. Al sacarla a pasear, noté que Lylan no mostraba interés en jugar con otros perros en el parque. Por el contrario, adoptaba una actitud defensiva lista para atacar si algún cán se acercaba demasiado, aunque con las personas se mostraba indiferente. Los observadores en el parque notaban algo inusual en su presencia. Algunos mencionaban sentir escalofríos mientras que otros comentaban sobre la extraña vibra que emanaba de ella, para mí eran simplemente percepciones ajenas que no empañaban mi admiración por mi querida mascota. La primera señal extraña que capté ocurrió en mi habitación. Mientras jugaba con Laila al rol de un salón de spa improvisado con dedicación cepillaba su pelaje y adornaba su pelo con broches y ligas. Laila permanecía inmutable como si aceptara su papel de cliente. Resignada en un capricho creativo, decidí pintarle las uñas. Sin embargo, antes de poder concluir un llamado desde la cocina, me interrumpió. Mi madre solicitaba que abriera la puerta. Al bajar rápidamente y atender la ponda, cumplí con la solicitud de mi madre. Una vez de vuelta en mi cuarto esperaba retomar el juego con mi amada Laila. Sin embargo, al avanzar hacia mi habitación, un sonido peculiar captó mi atención. Era un susurro incomprensible, algo similar a murmullos humanos y aunque no entendía las palabras exactas, la naturaleza de los sonidos indicaba claramente que provenían de una entidad que emitía vocalizaciones propias de un ser humano. Al asomarme a mi habitación, la sorpresa me embargó al descubrir que Layla estaba sola sentada en el centro de la habitación. El sonido había cesado y no había rastro de ninguna otra presencia. La extrañeza del momento me desconcertó, pero opté por restarle importancia. Quizás los sonidos provenían del exterior, penetrando las paredes de mi hogar desde alguna conversación distante. Después de todo, mi devoción por lá y la prevalecía sobre cualquier extrano ñeza momentánea. La siguiente cosa extraña. Pasó dos días después, la tranquilidad de la noche se vio repentinamente interrumpida por el desgarrador grito de mi madre. Salté de la cama mi corazón palpitando con urgencia y corrí escaleras abajo junto a mi padre. La angustia en el rostro de mi madre indicaba que algo inusual había sucedido, algo que escapaba a la rutina nocturna de nuestro hogar. Al llegar a la cocina, nos dimos cuenta de que sólo estaba ella hilaila, sentada en un rincón como de costumbre inmóvil y con su característica actitud imperturbable. Sin embargo, la expresión de mi madre revelaba un temor palpable. Mi padre, intentando calmarla, le preguntó qué era lo que la había asustado y la respuesta que recibió trajo consigo un escalofrío inesperado. Mi madre relató haber visto a Lyla parada en dos patas, pero de una manera extraordinariamente a extra ña. L r n la parecía caminar hacia el refrigerador exhibiendo una postura erguida que iba más allá de la típica posición de un perro. La estatura del áila similar a la de un pit bull grande, la convertía en una figura imponente y la idea de verla en una postura tan humana resultaba aterradora. A pesar de las explicaciones de mi padre, quien intentaba restar importancia a la situación, mi madre insistió en que no se trataba de un simple acto de pararse en dos patas como cualquier otro perro. Según ella, Laila se erguía de manera inusualmente natural, casi como una persona y cuando encendió la luz, toda la escena se transformó con layla, volviendo a sentarse en el suelo como si nada hubiera ocurrido. Mi padre, en un esfuerzo por tranquilizar la situación, me pidió que regresara a mi habitación, asegurando que se encargaría de todo con un poco de preocupación. Obedecí sus palabras y volví a subir las escaleras, dejando a mis padres y al Áila en la cocina. Aunque temí que este episodio generara consecuencias, la mañana siguiente transcurrió como si la noche anterior nunca hubiera sucedido. Sin embargo, después de ese evento, la atmósfera en casa cambió y durante las noches comenzaron a escucharse ruidos extraños que se atribuían al Áila. Aunque estos sonidos adquirieron un matiz peculiar, algunos se volvían más fuertes insinuando que algo más estaba ocurriendo. Era como si una presencia humana de ambulara por la casa en las horas más silenciosas de la noche, realizando actividades misteriosas mientras todos dormíamos. Años después, mi madre compartió un oscuro secreto. Una vecina le había confesado que observaba movimiento en nuestra cocina. Durante varias madrugadas, testificó cómo las luces se encendían y apagaban repetidamente una rutina nocturna que desconcertaba a la vecina. Mi madre, sin querer asustar al resto de la familia, guardó esta información para sí misma durante mucho tiempo. La conexión entre el laila y yo se rompió a raíz de un suceso perturbador, un recuerdo que aún me estremece. En aquella ocasión, mis padres salieron por un par de horas. Algo común en México, donde los niños a veces que dan solos temporalmente estaba acostumbrada a estas situaciones y además, contaba con la compañía de mi fiel, Laila, lo cual me brindaba total tranquilidad. En ese día, tras una hora de ver televisión, el cansancio me venció y decidí entregarme al sueño. Apagué la televisión y me encaminé a mi habitación, donde el Laila, ya adormecida en la sala, parecía destinada a permanecer durante mi breve descanso. Sin embargo, al comenzar a adormilarme, los sonidos de sus patas resonaron en el suelo de la casa. Inicialmente o s o s s s son importancia y seguí intentando conciliar el sueño, pero la presencia de Lyla se hizo más evidente cuando sentí que estaba en mi habitación. Aunque no le presté mucha atención, continué con mi intento de dormir y fue entonces cuando percibí claramente que Layla intentaba subir a mi cama, lo cual me sorprendió, ya que ella no era la clase de perro que solía compartir la cama con sus amos. Mis intentos previos de invitarla a dormir a mi lado habían resultado inútiles, ya que ella prefería bajar rápidamente. En esta ocasión, parecía que Layla estaba decidida a subir y acostarse a mi lado. Esta posibilidad, que siempre había anhelado, me llenó de alegría. Sin embargo, cuando la ila finalmente se acomodó en la cama, lo extraño comenzó a suceder sentí como de repente empezó a lamer mi cuello, lo cual ya era inusual, dada la naturaleza del áila, quien rara vez mostraba ese comportando canino típico. No obstante, lo que siguió resultó aún más desconcertante. En lugar de detenerse la ila continuó lamiendo, extendiendo su atención a mis oídos. Mi incomodidad creció, ya que la forma en que lo hacía no se asemejaba a la lamida típica de un perro. Sentí un escalofrío mientras laylan. No sólo lamió mi cuello, sino también mis oídos, una acción que me resultó extrañamente incómoda. La percepción de esta situación se volvió turbia y, aunque no podía estar totalmente segura de lo que sucedía, la incomodidad que experimenté me dejó intrigada y desconcertada. A pesar de lo extraordinario que pueda sonar lyla parecía estar lamiendo de manera lasciva una experiencia tan bizarra que dejó mi mente petrificada. La respiración de la perra y la naturaleza de sus lamidas generaron una sensación profundamente perturbadora. En ese momento me vi incapaz de hacer algo al respecto. Atrapada en una extraña parálisis, opté por simular el sueño esperando que la mascota finalmente se cansara. La tensión se disipó cuando, tras un tiempo que se sintió interminable, la hila se levantó de la cama y abandonó la habitación como si nada hubiera ocurrido. Desde ese momento, nuestra relación cambió radicalmente y, a pesar de mi corta edad, la incomodidad que sentía cerca de ella me llevó a evitarla. Por primera vez experimenté la mirada incómoda de mi mascota, esa mirada que los demás mencionaban. Además, percibía que layla era consciente de mi temor, como si buscara deliberadamente asustarme al acercarse demasiado o tocar mi mano de manera inesperada. Durante las noches, la atmósfera se volvía más inquietante. Al despertar me encontraba con la mirada intensa del áila, sentada junto a la puerta y observándome fijamente, Pero la situación no se detenía ahí y en numerosas ocasiones escuchaba susurros y risas provenientes de la perra, detalles que, aunque aterradores, decidí guardar para mí misma. Recordaba cómo mi padre había minimizado la experiencia de mi madre con Lyla y temía que, al contar mi propia historia, me tacharan de exagerada o imaginativa. En un intento desesperado por recuperar un mínimo de privacidad, decidí cerrar la puerta de mi habitación para evitar que Layla pudiera observarme mientras dormía o intentara entrar durante la noche. Sin embargo, mi precaución resultó insuficiente. Durante los primeros tres días escuché los intentos de Lyla por rascar la puerta y gemir buscando mi atención. A pesar de ignorarla, persistió en su intento de entrar mi confianza en que la perilla de mi puerta, de difícil manipulación para una perra, sería suficiente para mantenerla fuera, se desvanecía la quinta noche, marcó un giro de la o cerrador mientras dormía el sonido nítido de la perilla. Girando llenó la habitación. Abrí los ojos con temor y horror para encontrarme con lyla ahora parada en dos patas, con la puerta entreabierta. Replicaba la descripción de mi madre, adoptando una postura humana de manera perturbadora, una escena aterradora que quedó grabada en mi memoria, dejándome en un estado choque y temor en el momento en que mis ojos se toparon con la imagen inexplicable del áila erguida en dos patas Mi reacción fue visceral y desgarradora. Un grito angustiado y lágrimas desesperadas se desataron en mí invocando la presencia urgente de mis padres. La respuesta a mi llamado fue prácticamente instantánea. Sin embargo, al llegar sólo encontraron al áila reposando en el umbral de la puerta calmada y aparentemente normal, a pesar de la desconcertante realidad que acababa de presenciar traté de articular, lo que u r de transmitir la extrañeza que había invadido nuestro hogar. Mi padre en un intento de apaciguar mis temores, sugirió teorías plausibles. Quizás fue un accidente, una maniobra inadvertida del áila al intentar entrar volcando sin intención la manija de la puerta. Otra hipótesis fue que yo descuidada al cerrar la puerta, permití que lyla con sus patas la abriera. A pesar de estas explicaciones racionales, mi persistente inquietud no sería ante mi persistencia. Mi padre propuso una solución práctica, confinar al áila en la cochera durante la noche, asegurando la tranquilidad de todos y si aún me sentía inquieta por la mañana, podríamos buscarle otra casa. Preparándose para eso, tomó el collar del aila y trató de guiarla hacia la cochera con delicadeza. No obstante, la perra resistió como si intuyera la noche inusual que le esperaba la paciencia de de mi Mi padre flaqueó y con un tirón más enérgico, el collar se desprendió de su cuello. En ese instante, la atmósfera se cargó de su realismo y terror. La hila, ya liberada de su restricción, se volvió hacia mi padre y emitió una voz demoníaca y aterradora ajena a su naturaleza canina. Sus palabras resonaron en el aire con una declaración inquietante. Eso duele maldito, infeliz un grito colectivo mezcla de asombro y temor. Se escapó de nosotros. Mientras ly La huía escaleras abajo paralizados por el desconcierto. Ninguno tuvo el coraje de perseguirla y unos minutos después escuchamos la puerta de la casa a abrirse desde la ventana de mi habitación. Fuimos testigos de la escena insólita layla. La perra que habíamos acogido durante tres meses corría en dos patas, alejándose del vecindario en una escena que desafiaba toda lógica y comprensión. Aquel momento se convirtió en una experiencia sobrenatural, dejando un rastro indeleble de misterio y desconcierto que persistiría en las profundidades de nuestras memorias relatos anónimos