
El café amargo de la impasibilidad
Fidel estuvo una tarde cualquiera en la barra de un bar, tomando un café cuando ya no quedaban menús ni clientes. Allí, en ese silencio espeso que lo envuelve todo, fue testigo de una escena que aún le pesa. Una camarera, con los ojos húmedos, esquivaba la barra mientras un cliente habitual insistía con una broma que no era broma: le decía que tenía el cuerpo y el rostro perfectos para ser “persona de compañía”.
La dueña del local no intervino. Fidel, tampoco.
Ese silencio, admite hoy, lo convirtió en cómplice involuntario. Y ahí está la reflexión: en cómo la sociedad tolera demasiado, cómo…
The skinny
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