Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Demonios En La Carretera ( Recopilación De Carreteras #1 ) Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más. Comenzamos desde que era muy pequeña. Mi padre y yo compartíamos una tradición única los largos viajes por la carretera sin rumbo fijo. No teníamos un destino predeterminado. Simplemente conducíamos y hacíamos paradas donde nos parecía interesante. Estas travesías se convirtieron en la esencia de nuestras vacaciones de verano, una conexión especial que sólo él y yo compartíamos. Mi madre nos abandonó cuando yo tenía apenas cinco años, aunque reaparecía esporádicamente en mi vida. Sus visitas eran menos intentos de obtener dinero. Nunca mostró interés en construir un vínculo conmigo y nuestra relación era fría y distante. La figura de mi padre se volvió aún más crucial y estos viajes se convirtieron en momentos valiosos que compartíamos escapando de la realidad juntos. La tragedia golpeó cuando yo tenía diecinueve años y ya estaba en la Universidad. Para mi desgracia, mi padre tuvo un fatal accidente en el trabajo y su vida se apagó. De repente. Me quedé completamente sola. No tenía más familiares cercanos. La culpa me atormentaba, ya que lamentaba no haber estado con él en ese momento. En lugar de eso, estaba en la Universidad lejos de casa. El duelo fue largo y doloroso, pero encontré consuelo en Juan, mi novio. Él estuvo a mi lado apoyándome en lo que podía fue mi roca durante esos oscuros días y le estaré eternamente agradecida. Por eso. El primer verano, después de la pérdida de mi padre, decidí que, aunque mi padre no estuviera a él, le hubiera do que yo continuara con nuestra tradición, pues el día que aprendí a manejar me dijo que un día podría tener esos paseos con mis hijos. Quería cerrar ese capítulo de mi vida de una manera que honrar su memoria. Invité a Juan a unirse a mí y él aceptó sin dudarlo. Preparamos todo y nos subimos al auto listos para emprender el viaje hacia ninguna parte como solíamos hacerlo mi padre y yo. Al principio, el viaje transcurría maravillosamente. Por primera vez desde la muerte de mi padre, sentía destellos de felicidad. Hicimos una parada en una gasolinera para usar el baño y comprar provisiones. Mientras estábamos en la caja pagando a Juan, el cual siempre había sido un completo aficionado a lo paranormal, se le ocurrió preguntarle al cajero si conocía algún lugar interesante relacionado con el terror y aunque a mí no me gustaba ese tema tanto como a él me gustaba verlo feliz. Además, nunca habíamos sido a ningún lugar aterrador como tal. Por lo general era un lugar turístico, o simplemente le decían que no sabían de nada. Así, aunque en esta ocasión aquel joven de la caja lo pensó cuidadosamente y finalmente nos dijo que si conducíamos unos tres kilómetros más y luego doblábamos a la izquierda, entraríamos en una vereda rodeada de árboles. Según él, después de conducir un rato más. Encontraríamos una casa. Nos miramos intrigadas y Juan emocionado sugirió que deberíamos explorar ese lugar. Con el entusiasmo renovado, nos dirigimos hacia la vereda mencionada. La carretera se volvía más estrecha a medida que avanzábamos entre la densa vegetación. La expectativa crecía en el interior del auto, mientras nos adentrábamos en lo desconocido. Aquel empleado de la gasolinera con ojos serios, nos contó la historia de la casa a la que nos dirigíamos ser ser según él. En aquel lugar había vivido una bruja que durante cientos de años se dedicaba a crear muñecas de diversos estilos. Estas muñecas, según la leyenda, se volvían instrumentos para causar miseria en la vida de las personas, ya que la bruja les añadía cabellos o pertenencias de las víctimas. Aunque el empleado no estaba completamente seguro de la veracidad de la historia, admitió que había visitado la casa con amigos hace unos años y que la sensación en el lugar era extraña y pesada. La historia inquietante calo hondo en mí, pues, aunque el terror me daba más o menos lo mismo, las muñecas eran algo que realmente me causaba incomodidad. No sé cómo explicarlo, pero siempre he sentido que me observan con esos extraños ojos pintados al plástico, así que intenté disuadir. A Juan le mencioné que el anochecer se acercaba y que sería más seguro continuar con nuestro viaje. Sin embargo, mi novio estaba decidido a explorar la casa. Sus ojos brillaban con emoción y su insistencia me llevó a acceder a regañadientes. Regresamos al auto y continuamos nuestro camino hacia la casa embrujada. Aunque no había señales ni indicaciones en el camino, resultó sencillo llegar el trayecto. Parecía guiarnos sin ningún tipo de problema hacia el misterioso lugar. Finalmente, nos encontramos frente a la casa, una estructura imponente y de dos pisos que contrastaba fuertemente con el entorno natural circundante. Al descender del auto, una sensación de pesadez nos envolvió de inmediato. La vibra en el aire era densa y aterradora, como si la casa misma exhalara un suspiro de malestar. La estructura, aunque envejecida y deteriorada, mantenía un aura de grandeza. Esto me desconcertó un poco pues en mi mente me había hecho a la idea de que aquella casa de la historia debía ser una vieja cabaña en el bosque, como el ra las películas de terror, pero sólo se veía como una casa abandonada que podías encontrar en la ciudad sin puerta visible. La entrada a la casa se abría como una boca oscura y sin fondo. La escasa luz natural que se filtraba desde el exterior parecía devorada por la oscuridad interna. Mi nerviosismo creció al cruzar ese umbral invisible y el eco de nuestros pasos resonó en el interior, envuelto en un silencio inquietante. Aunque intenté persuadir a Juan de que era mejor retirarnos usando la misma excusa de que estaba a punto de anochecer, él insistió en dar una breve vuelta por la casa y prometió que regresaríamos al auto antes de que eso pasara. Y aunque no estaba del todo segura de la decisión que estaba tomando. Accedía su solicitud y ambos nos aventuramos en la penumbra de aquel lugar abandonado. Cada paso resonaba en el vacío y al cruzar la puerta de la casa, la penumbra se cerró sobre nosotros y sólo la luz tenue de las linternas de nuestros teléfonos revelaba la oscuridad que nos rodeaba. La inquietud se intensificó al percatarnos de la veracidad de la historia que el empleado de la gasolinera nos había contado. La planta baja de la casa estaba plagada de muñecas como un mar de ojos de todas formas y colores que nos observaban con su silencioso juicio las estanterías, antes hogar de recuerdos y posesiones, ahora estaban pobladas por estas figuras inquietantes. Algunas muñecas eran convencionales de tela y relleno, pero otras eran creaciones grotescas, hechas con materiales poco convencionales. Ramas de árboles, rocas e incluso mazorcas de maíz formaban parte de estas aberrantes creaciones. Entre ellas destacaban aquellas compuestas de fragmentos de otras muñecas desechadas por niños, como si sus partes hubieran sido recolectadas para dar vida a nuevas y perturbadoras creacion Cada rincón de la planta baja estaba invadido por estas criaturas inertes, todas ellas con una expresión inquietante que sugería una malevolencia latente. La sensación de ser observada, de ser el objeto de la atención de cientos de ojos vacíos provocó un escalofrío en mi espina dorsal, a pesar de mi incomodidad. Juan, en cambio, estaba fascinado fotografiaba las muñecas más extrañas grabando en video aquel lugar surrealista. Después de unos quince minutos de exploración, sugería Juan que era momento de regresar al auto. Ya tenía suficientes fotos y videos y la oscuridad amenazaba con envolver la casa en su manto nocturno. Sin embargo, mi novio expresó su deseo de explorar la planta alta antes de partir. Aunque sentía una creciente incomodidad, decidí acompañarlo, consciente de que sería imposible persuadirlo de irse sin satisfacer su curiosidad. Las escaleras crujieron bajo nuestros pies mientras ascendíamos al piso superior. Aquella parte de la casa era peculiar. No había habitaciones convencionales, sino un vasto espacio con algunos postes que sostenían el techo. Era como un gran piso gigante, un lugar extrañamente vacío a excepción de las innumerables muñecas que parecían ser las únicas ocupantes de aquel aterrador recinto. En cada escalón que subíamos una nueva muñeca se revelaba una parada macabra que indicaba nuestra progresión por la escalera. La planta alta estaba envuelta en una penumbra densa sólo rota por la luz intermitente de nuestras linternas. La tensión en el aire aumentaba a medida que avanzábamos entre los postes oscuros y las figuras silenciosas. Juan, enfocando su atención en una pila de muñecas hechas de una extraña combinación de trapo y ramas de árbol, comenzó a grabar un video expresando su asombro por la rareza de estas creaciones. Estaba a punto de sugerir nuevamente que era hora de irnos cuando un crujido resonó detrás de nosotros, ambos nos giramos instintivamente hacia el sonido sólo para vislumbrar una silueta oscura que se desvanecía tras uno de los gruesos postes. El misterioso intruso se movió con una rapidez inhumana y el silencio que siguió al crujido sólo aumentó nuestra inquietud. Un suspiro escapó de mis labios y mi corazón latía desbocado en mi pecho. El instante fugaz de la presencia fugitiva dejó una impresión imborrable en nuestra psique. Juan, sin embargo, estaba más emocionado que asustado. Considerando la experiencia como un escalofriante encuentro en la casa de las muñecas, traté de contener mi nerviosismo mientras insistía en que ya era tiempo de irnos. El sobresalto que experimenté al percibir la presencia fugaz detrás del poste. Me dejó con un nudo de ansiedad en el estómago. Sin embargo, mi novio, siempre optimista, trató de disipar mis temores atribuyendo el sonido a la posible presencia de algún ruedor o alimaña común en la vieja casa. Sus palabras buscaban calmar mis nervios, asegurando que no había razón para alarmarse. Y aunque su explicación parecía lógica, la sensación de inquietud persistía en mí Con cautela. Avanzamos hacia el grueso poste, donde se había ocultado la sombra. Mi novio insistió en que no debíamos preocuparnos y que seguramente el supuesto intruso era simplemente un pequeño animal. A medida que nos acercábamos, la linterna de nuestros teléfonos iluminaba la oscuridad revelando el otro lado del poste. Sin embargo, lo que encontramos no fue la respuesta esperada. Contrario a la explicación lógica de mi novio, no hallamos rastro de un ratón o alguna criatura peluda en En su ero lugar descubrimos una muñeca hecha de trapo, sentada y recargada en el poste. Sus ojos de botón y sonrisa perpetua creaban una imagen inquietante. Especialmente después de la experiencia previa. Mi corazón dio un brinco ante la sorpresa, pero mi novio insistió en que no debíamos darle importancia atribuyendo la situación a meras coincidencias. Sin embargo, en ese momento le dije que ya no podía estar ahí, así que él concordó conmigo. Decididos a abandonar el lugar, nos encaminamos de vuelta hacia el auto. Sin embargo, la normalidad pronto se desvaneció cuando las lámparas de nuestros teléfonos comenzaron a titilar inexplicablemente hasta apagarse por completo, a pesar de tener batería suficiente. La oscuridad nos envolvió sin previo aviso, dejándonos indefensos en medio de la noche y de la nada. Noté que ya no estaba escuchando la respiración de mi novio y esos son sólo quería decir que ya no estaba a mi lado. Una oleada de pánico se apoderó de mí al darme cuenta de que estaba completamente sola en la oscuridad y el silencio se volvió ensordecedor y mi voz temblorosa llamó a mi novio, pero no hubo respuesta desesperada, comencé a buscarlo. En la oscuridad. Mis manos estaban temblando mientras trataba de iluminar el entorno con la pantalla de mi teléfono. La sensación de algo acechando en la penumbra se intensificaba como si las sombras mismas fueran testigos silenciosos de mi infortunio. Sin embargo, lo peor estaba por venir A medida que avanzaba. Percibí una extraña presencia a mi alrededor. Mi piel erizada confirmaba lo que mi intuición me gritaba. Algo me rodeaba. Eran sensaciones indescriptibles, pequeñas manos de trapo, muñones fríos que tocaban mis pantorrillas en la oscuridad. Las muñecas parecían cobrar vida propia acercándose sigilosamente a la a la como sombras animadas por una malévola voluntad. El pánico se apoderó de mí cuando intenté correr, pero mis pies tropezaron con una de las muñecas dispersas por el suelo. Caía al suelo vulnerable y desorientada. La falta de visión me impedía identificar la ubicación de la escalera para escapar de aquel macabro escenario. La situación se tornó aún más horrenda cuando, al caer sentí como las muñecas comenzaban a trepar por mi cuerpo. La sensación era perturbadora. Sus formas inanimadas cobraban vida en la oscuridad. Intenté apartarlas, pero su agarre era firme y despiadado. Cada muñeca parecía tener una voluntad propia, como si fueran marionetas de un oscuro titiritero. El silencio de la casa se quebró con mis gritos desesperados, pero la oscuridad devoraba mis palabras. Mi mente luchaba por comprender la pesadilla que se desarrollaba a mi alrededor. Las muñecas, antes inofensivas figuras de trapo se habían convertido en criaturas vivientes, Arrastrándome hacia un abismo de horror y desesperación. Recordar esa noche me sumerge en una pesadilla vívida donde las risas y las palabras extrañas aún resuenan en mi mente. Mientras descendía por las escaleras, los recuerdos se mezclaban con la oscuridad que los rodeaba, formando una amalgama de terrores que aún me persiguen. Las muñecas antes inertes ahora parecían cobrar vida propia mientras descendía aferradas a mí como sombras malignas. No sé cómo, pero logré ponerme de pie. La luz tenue de mi teléfono apenas iluminaba mi camino, pero me guiaba lo suficiente para ubicar las escaleras y buscar una salida de esa pesadilla. Y aún así, pequeños pasos resonaban detrás de mí como susurros incesantes que desafiaban mi cordura. Mi intento por encender la linterna nuevamente resultó en vano, pero con la tenue luz pude bajar cuando estuve abajo, escuché una voz pidiéndome ayuda y esa voz pertenecía a mi novio. Sin embargo, cuando me acerqué, sólo encontré una muñeca que se parecía a mi novio, más bien estaba vestido como el ese día su sonrisa grotesca y las risas que emanaban de ella perforaban mi ser. La confusión y el miedo me envolvieron cuando me di cuenta de que aquella voz que creía provenir de mi amado era sólo una ilusión creada por esta muñeca macabra y aunque en ese momento la arrojé lejos de mí casi enseguida, escuché otra cosa. La voz de mi difunto padre se alzó entre la oscuridad invitándome a unirme a las muñecas y a abandonar la lucha. Sus palabras resonaban con la familiaridad de un consuelo perdido, mezclándose con otras voces que recreaban momentos de mi vida. Era un torbellino de emociones, un trance en el que la realidad y la ilusión se entrelazaban. Mis piernas temblorosas y guiadas por la sugestión, avanzaban hacia las sombras, donde las voces se multiplicaban. La oscuridad se volvía densa, pero mi desesperación y el anhelo de volver a ver a mi padre me impulsaban a seguir adelante y cada paso era una lucha contra la cordura que se desvanecía. Era muy extraño, pero cada vez que recuerdo esa noche, recuerdo que, aún consciente de que esta pesadilla no podía ser real, me sumergía más profundamente en el engaño, creyendo en la posibilidad de un reencuentro que la lógica negaba. La incertidumbre se cernía sobre mí mientras avanzaba hacia lo desconocido. La casa de las muñecas se revelaba como un laberinto de ilusiones, donde las sombras ocultaban secretos. En este trance entre la realidad y la pesadilla, las muñecas y las voces se convertían en entidades indistinguibles, tejidas en un tapiz de miedo que amenazaba con desgarrar mi cordura, a medida que me adentraba en la negrura, la la, la nr r erra murtidumbre crecía y sólo el tiempo revelaría los horrores ocultos en las sombras de la casa de las muñecas malditas. Cuando de la nada, el sonido del vidrio Quebrando se resonó en la casa, mientras los gritos desesperados de mi novio penetraban en mi conciencia. Fue como despertar de un sueño oscuro y la realidad se precipitó sobre mí como un torrente helado. No había tiempo para preguntas ni explicaciones. La urgencia nos impulsó a correr hacia la salida. Las muñecas intentaron aferrarse a mis pies y no querían soltarme Con determinación. Logré liberarme y escapar de aquella casa de horrores. Mi novio ya estaba afuera con los ojos llenos de terror que reflejaban el mismo miedo que sentía yo. Sin intercambiar palabras, corrimos hacia el auto la risa siniestra de las muñecas resonando en nuestros oídos. No frenamos hasta que el auto se quedó sin gasolina. Temerosos de que algo invisible aún pudiera perseguirnos nos detuvimos en un restaurante cercano para cargar gasolina y encontrar algo de consuelo en la comida. Sentados en una mesa. Finalmente, compartimos nuestras experiencias de esa noche tratando de dar sentido a lo inexplicable. Mi novio me dijo que cuando los teléfonos dejaron de funcionar y las linternas se apagaron. La transición fue abrupta, pues de un momento a otro estaba afuera de la casa sin saber cómo había llegado ahí. Dijo que fue como si hubiera sido transportado en un parpadeo. Intentó regresar a la casa, pero fue repelido por una fuerza invisible, quedando impotente hacia mis gritos. Desde afuera pudo presenciar algo espeluznante a través de la ventana, pues me dijo que lo que me estaba atrayendo de nuevo al piso de arriba no era una muñeca. Dijo que primero vio a una serpiente deslizándose hacia arriba antes de convertirse en una anciana de ojos aterradores. Después de desayur y hablar sobre lo ocurrido, decidimos poner fin al viaje. Regresamos a casa, llevando con nosotros el secreto de esa noche aterradora. Durante años, la historia fue sólo nuestra, una verdad que creíamos incomprensible para los demás. Seguimos adelante juntos, celebrando cada verano con viajes, pero evitando desviarnos de la carretera y mantenernos alejados de lugares que podrían esconder oscuros secretos. Hasta el día de hoy realizamos ese viaje anualmente, pero ya no nos desviamos de la carretera ni visitamos lugares abandonados. Mi nombre es Sebastián y cuando tenía veinte años, mi vida estaba marcada por la ansiedad de conseguir dinero para comprar la casa de mis sueños y dar inicio a una nueva etapa. En esa época no me importaba la naturaleza de los trabajos que aceptaba siempre y cuando me oía dejar a una cantidad suficiente para sobrevivir me creía invencible en aquella época y fue esa misma ambición la que me llevó a vivir esta experiencia que atormenta mis sueños hasta el día de hoy. En aquella época se me presentó una oferta laboral que resultó demasiado tentadora para rechazar. Fue de parte de un tío de uno de mis amigos, alguien con abundancia de recursos que planeaba mudarse a otra ciudad. Este tío, un apasionado por sus tres autos, decidió ofrecerme a mí y a mi mejor amigo una oportunidad única. Debíamos conducir dos de sus tres vehículos hasta la ciudad de destino, permitiéndole así tener sus amados autos desde el primer día, en lugar de optar por un servicio de transporte. Aunque era consciente de que la oferta estaba acondicionada al trabajo ya que él podía costear un transporte convencional. Acepté con entusiasmo el generoso pago y la suma adicional en efec tira para hospedaje y alimentación hicieron que la propuesta resultara aún más atractiva. Además, la perspectiva de vivir esta aventura junto a mi mejor amigo fue el toque perfecto para sellar mi decisión. El día en que debía iniciar el viaje finalmente llegó y aunque inicialmente imaginé que compartiríamos la travesía mi amigo, el tío de este y yo en los tres autos, la realidad fue diferente. Al llegar al punto de encuentro con mi amigo, descubrí que sólo seríamos él y yo. Su tío había partido el día anterior para organizar algunos detalles en su nuevo hogar. Sin preocuparme demasiado por este cambio de planes, nos subimos a nuestros respectivos vehículos y nos dirigimos hacia el destino señalado por el tío. La travesía que pretendíamos realizar en un tiempo récord debido a su extensión valía la pena para mí no sólo por la compensación financiera, sino también por la oportunidad de explorar nuevas vos lugares y, además, creía que si cumplía con éxito esta tarea, podría abrir la puerta a futuros empleos Con aquel hombre adinerado. El primer día de viaje resultó agradable e inesperadamente emocionante. Mi amigo y yo estábamos viviendo uno de los mejores viajes de nuestra joven existencia, considerando que ninguno de los dos había salido nunca de la ciudad. Cuando decidimos descansar por la fatiga de conducir, elegimos un hotel de paso cerca de las nueve de la mañana reanudamos nuestro viaje, conscientes de que en esa época no contábamos con la comodidad de los teléfonos celulares o GPS para comunicarnos con el tío de mi amigo y saber exactamente en qué tramo del trayecto se encontraba cuando viajábamos. La falta de un buen jep se nos jugó una mala pasada. Nos encontramos perdidos en algún punto del viaje y nuestro único aliado era un mapa de ciudades que resultaba difícil de descifrar para dos jóvenes de veinte años que nunca habían abandonado su ciudad natal. En algún momento nos dimos cuenta de que habíamos ingresado a un pueblo, aunque para nuestra desventura no sabíamos exactamente cómo salir de él para volver a la carretera y aunque esto era algo que pudo haberse resuelto fácilmente, ambos teníamos mucho orgullo tonto, por lo que, en lugar de pedir indicaciones para volver a la carretera, lo único que hicimos durante horas fue intentar descifrar el mapa y dar vueltas por aquel pueblo, creyendo que dando una vuelta extra en x calle lograríamos salir de él mismo. Sin embargo, no importaba lo que intentáramos, no conseguíamos volver a la carretera. Frente a la dificultad, decidimos tragarnos nuestro tonto orgullo y hacer lo más sensato preguntar a las personas del lugar por indicaciones. Afortunadamente, la amabilidad de los lugareños fue evidente, ya que nos proporcionaron las direcciones necesarias para salir del pueblo y retomar nuestro camino. Aunque perdimos cierto tiempo tratando de ubicarnos por nuestra cuenta. Nos sentimos agradecidos por la ayuda recibida de regreso en la carretera. La oscuridad ya había caído sobre nosotros y la búsqueda de un lugar para pasar la noche se volvía apremiante. Después de estacionarnos por un momento y discutirlo, llegamos a la conclusión de que lo mejor sería seguir avanzando hasta encontrar un hotel o un lugar seguro para descansar, puesto que, aunque quisiéramos simplemente no podríamos estacionarnos en medio de la carretera por lo riesgoso que esto sería. Sin embargo, la desgracia nos acompañó, ya que al avanzar no encontramos ningún hotel o estacionamiento disponible. Esa noche eran cerca de las nueve de la noche y la necesidad de descanso era evidente, A pesar de la oscuridad, decidimos seguir conduciendo con la esperanza de encontrar un lugar adecuado para detenernos. La idea de llegar cerca de la medianoche a cualquier hotel de paso no parecía tan mala y así continuamos nuestro viaje. En la penumbra de la noche. Después de aproximadamente una hora, divisamos algo extraño en una esquina de la carretera un hombre disfrazado de payaso. Su presencia era inusual, sobre todo porque no parecía estar realizando ningún tipo de espectáculo. Era simplemente un hombre común y corriente disfrazado de Payaso, pero su presencia en medio de la nada resultaba inquietante. A medida que nos acercábamos, notamos que el payaso estaba distribuyendo volantes. La situación era extraña, dado que ya era casi medianoche y difícilmente alguien se detendría a recibir folletos en una carretera poco transitada. Sentí cierta pena por él, ya que no comprendía por qué lo habían colocado en ese lugar tan desolado. En un intento de empatía, reduje la velocidad y bajé el vidrio del auto con la intención de recibir su volante y darle una soda y una bolsa de papas. En ese momento, algo extraño sucedió, a pesar de que la noche no estaba fría. Una intensa heladeés pareció emanar del payaso en el instante en que mi ventana estuvo abierta. No podía explicarlo de otra manera, pero la temperatura en el interior del automóvil descendió de manera notable. La extrañeza continuó cuando noté que aquel hombre disfrazado de payaso no sólo era peculiar por la distribución de volantes en plena noche, sino también por sus ojos eran de un púrpura tan brillante que se veían casi irrealistas. Me pregunté si se trataba de lentes de contacto o algún tipo de efecto especial, pero opté por no comentar al respecto. Aunque sus ojos resultaban inquietantes, decidí sonreír y aceptar el volante que me entregó tratando de disimular mi inconmonomo. Pensé que eso sería el fin de nuestra interacción, pero en lugar de retirar su brazo de mi ventana, el payaso continuó la conversación a la abuela automóvil, que conducía llamándolo una total belleza. Le expliqué que sí que lo era, aunque no era mío, sino de mi jefe, y que simplemente me habían encargado trasladarlo a otra ciudad. Fue en ese momento cuando la situación tomó un giro inesperado. El payaso, con una sonrisa aún más amplia, fijó sus ojos púrpuras en los míos y soltó un comentario hiriente. Eso ya lo sé. Tú no eres más que un pobre tón. Aquellas palabras me hirieron profundamente, así que intenté girar la manivela para cerrar la ventana. Sin embargo, ni intento de subir la ventanilla. Se vio frustrado, ya que su brazo parecía estar firmemente adherido a la ventana. Visiblemente molesto, le pedí que retirara su mano, explicándole que debía irme. Sin embargo, el payaso no cedía y continuaba con su sonrisa. Burlona. Fue entonces cuando mi amigo, quien me había rebasado momentos antes, pero había conservado una baja velocidad para esperarme, se dio cuenta de la extraña situación. Frenó el auto de inmediato y retrocedió para verificar si todo estaba bien. El payaso, al darse cuenta de lo que sucedía, retiró su brazo y nos permitió continuar nuestro camino. Cerca de la una de la mañana encontramos un estacionamiento que parecía ser la única opción para pasar la noche, ya que no había ningún hotel visible en kilómetros a la redonda. Decidimos quedarnos a dormir ahí, aunque el lugar carecía de la comodidad de un hotel. La necesidad de descansar superó cualquier incomodidad. Mientras intentaba conciliar, el sueño permanecía alerta ante el más mínimo ruido aún afectado por la extraña interacción con el payaso kilómetros atrás. En un momento cuando la oscuridad envolvía el estacionamiento vi la silueta de un payaso a lo lejos la sorpresa y el miedo se apoderaron de mí y me desperté abruptamente. Dirigí la mirada hacia la oscuridad, pero ya no vi a nadie. Había sido sólo un producto de mi imaginación alterada por la extraña experiencia con el payaso anterior. No lo sabía, pero la tensión persistía en el aire ya era muy entrada la madrugada, por lo que, a decir verdad, no creía que la visión de un payaso a lo lejos fuera una excusa lo suficientemente buena como para despertar a mi amigo quien descansaba en el otro automóvil sin mencionar que no estaba del todo seguro si lo había visto o sólo había sido fruto de mi imaginación. Así que opté por intentar volver a dormir tratando de ignorar lo que creía haber visto momentos atrás y después de un lapso Finalmente logré comenzar a dormirme de nuevo, pero lo que expo experimenté en ese estado fue más perturbador de lo que jamás habría imaginado. Tuve un sueño muy horripilante en el me encontraba dentro de una carpa extremadamente antigua en medio de lo que parecía hacer un bosque. A pesar de mis intentos por salir, me veía atrapado en un bucle regresando siempre al mismo punto. La escena cambió abruptamente cuando me encontré rodeado de payasos ahorcados en las ramas de los árboles. Sus sonrisas, macabras y miradas fijas me llenaron de horror. El sueño se volvió tan bizarro y espeluznante que desperté con un grito ahogado. Sin embargo, la pesadilla no terminó ahí y al abrir los ojos, me enfrenté a una visión más aterradora. Un payaso estaba afuera del auto, mirándome fijamente, la sorpresa y el miedo me paralizaron por un instante, pero logré entrar en mí rápidamente y tocar el claxson para alertar a mi amigo. La luz en el auto vecino se encendió indicándome que había logrado despertar a mi compañero de viaje. Al voltear hacia donde estaba mi amigo, noté que el payaso se desmaterializó de la ventana como un fantasma hecho de humo. Mi amigo, visiblemente preocupado, salió del coche y se unió a mí. Me preguntó con urgencia que estaba sucediendo, pero al intentar explicar no había rastro alguno del payaso ni evidencia de que alguien hubiera estado ahí. Amanecía y la luz del día comenzaba a disipar las sombras de la noche, Así que pensamos en seguir adelante, Pero antes de que pudiéramos decidir descubrimos algo inquietante. En el auto de mi amigo Había no menos de diez volantes pegados alrededor del mismo, todos invitándonos al misterioso circo. Aunque mi amigo inicialmente se negó a creer en la presencia de los payasos, la evidencia de los volantes pegados en su vehículo lo llevó a reconsiderar. Despegamos todos los anuncios s perturbadores y continuamos con nuestro viaje, pero la presencia del payaso en el sueño y la experiencia en la madrugada seguían atormentando. Mi mente, aunque estaba un tanto adormilado, no podía quitarme de la cabeza la imagen del payaso que me miraba fijamente por la ventana. Después de una noche inquieta y llena de experiencias perturbadoras, decidimos detenernos en una gasolinera y comprar algo rápido para desayunar antes de continuar con nuestro viaje. Este ya era el tercer día de nuestra travesía y según el mapa, aún nos aguardaba un largo trecho por recorrer la ciudad. Debía estar al alcance antes de esa noche, pero la realidad mostraba un camino que difícilmente nos permitiría llegar a la hora pactada. Yo estaba decidido a cumplir con el plazo, sugiriendo la idea de conducir sin descanso durante toda la noche para llegar a la ciudad al amanecer del cuarto día. Sin embargo, mi amigo más sensato y procuno ocupado por nuestra seguridad, me advirtió sobre los peligros de la fatiga y la falta de sueño y me dijo que su tío era comprensivo. Insistió en que era más prudente descansar para evitar posibles accidentes. Ambos trazamos un plan detallado de cuanto debíamos conducir, ya que velocidad para llegar a una hora aceptable. El cuarto día condujimos durante aproximadamente cinco horas seguidas, deteniéndonos sólo para necesidades básicas como ir al baño. La noche avanzaba y la oscuridad se cerraba sobre nosotros, pero no consideramos necesario parar confiando en que alcanzaríamos un hotel que estaba indicado en el mapa. Después de esas cinco horas seguidas, el sol comenzó a ponerse en el horizonte, pero ninguno de los dos pensó que era el momento de hacer una pausa. Después de todo, parecía que seguíamos en la carretera y según el mapa había un hotel algunos kilómetros más adelante. La idea era esperar a hasta llegar a ese punto antes de descansar, así que continuamos nuestro camino sin detenernos. Sin embargo, después de unos quince minutos más conduciendo, nos encontramos con algo que nos perturbó a ambos. En el costado de la carretera. Vimos a otro payaso repartiendo volantes para el mismo circo. Esta situación resultaba altamente improbable, ya que recordábamos haber dejado la zona donde se pondría ese circo hace ya varias horas. El hecho de que este payaso continuara distribuyendo los anuncios para un circo que quedaba atrás era simplemente ridículo. Ni siquiera nos detuvimos a mirarlo. De hecho, aceleré un poco y ni siquiera volteé al pasar a su lado, pero la extrañeza no terminó ahí. Aproximadamente diez minutos después, nos encontramos con otro payaso haciendo lo mismo. No sólo eso, sino que pude darme cuenta de que era el mismo payaso que había visto la primera vez que nos detuvimos para recibir el volante del circo. Lo más inquietante fue que este payaso nos miraba desde la distancia sonreía y nos observaba fijamente con aquellos ojos violeta tan perturbadores. La situación se volvía cada vez más surrealista y difícil de comprender. Mi amigo y yo estábamos totalmente conscientes de que era el mismo circo, ya que los volantes que traían los payasos eran idénticos en colores y diseño. No sabíamos exactamente qué pensar al respecto y sin ponernos de acuerdo, decidimos pasar nuevamente junto a este segundo payaso, tratando de ignorar lo extraño de la situación, aunque creíamos que eso sería todo. Cinco minutos después nos encontramos con otro payaso más. La repetición de este encuentro dejó a ambos sin palabras y para empeorar las cosas, pude notar que era el mismo payaso que me había mirado por la ventana aquella noche anterior. El recuerdo de su mirada intensa y aquellos ojos violeta seguían frescos en mi mente y la presencia continua de este payaso aumentó nuestra inquietud y confusión. Llegamos a un punto crítico sin saber cómo enfrentar la extraña situación que nos rodeaba. Eran aquellos payasos simplemente promistas, macabros o algo mucho más siniestro. La incertidumbre se apoderó de nosotros mientras continuábamos en la carretera desolada. Consideré la posibilidad de que fueran asaltantes, pero algo no encajaba. Si ese fuera el caso, por qué no nos habían atacado cuando estábamos vulnerables en el estacionamiento. Aquello trascendía lo lógico y mi mente buscó respuestas en las palabras sabias de mi abuela. Los fantasmas fastidiosos siempre se van si los enfrentas y les dices groserías resonó en mi mente sin pensarlo. Decidí poner en práctica el consejo de mi abuela y cuando nos topamos con el payaso, repartiendo s volantes, me sumergí en un torrente de groserías exigiendo que nos dejara en paz con sus estúpidos anuncios. Sin embargo, aquel payaso, con su mirada inmutable, parecía una estatua viviente imperturbable ante mi rabia. Incluso cuando cerré la ventanilla. El payaso no se inmutó, pero algo cambió. Después de casi dos horas de conducción. La ausencia de payasos entregando volantes nos tranquilizó. Comenzamos a bajar la guardia convencidos de que la pesadilla había concluido, creyendo que se convertiría en una historia espeluznante que contaríamos más tarde. Sin embargo, la tranquilidad fue efímera y cerca de las diez de la noche. Mientras nos acercábamos a un área más urbanizada, divisamos algo que nos dejó perplejos. Un circo abandonado a la izquierda de la carretera. La carpa desgarrada, el puesto de palomitas y la taquilla en ruinas dejaban claro que aquel lugar había sido testidos del paso inexorable del tiempo. Lo más inquietante, sin embargo, fue la hilera de payasos que se alineaban frente al circo decrepito. Cinco figuras con sonrisas, burlonas y ojos fijos en nosotros observaban mientras conducíamos atónitos. Aunque logramos pasar ese circo abandonado sin más avistamientos, la historia no terminó ahí. Al día siguiente, mientras desayunábamos en un restaurante, compartimos nuestra experiencia con el dueño, quien, en lugar de sorprenderse, simplemente comentó vaya. Ustedes también los vieron. Nos reveló que en los años cincuenta, un circo había terminado en tragedia y desde entonces los payasos aparecían para fastidiar a viajeros desprevenidos. Aunque aquel capítulo perturbador concluyó, el miedo se arraigó en nosotros y la historia de los payasos se convirtió en una advertencia viva sobre las carreteras menos transitadas y los secretos so oscuros que podrían ocultar. La experiencia se transformó en una anécdota que compartiríamos recordándonos que a veces lo desconocido puede ser más aterrador que cualquier ficción. El viaje en carretera lleno de misterios y encuentros paranormales dejó una marca imborrable en nuestras vidas. Aunque superamos el miedo, la memoria de aquellos ojos púrpuras y sonrisas burlonas persistiría en nuestra mente recordándonos que la realidad puede ser tan aterradora como la ficción. Con el tiempo aprendimos a evitar ciertas carreteras, pero la historia de los payasos seguía siendo una parte de nuestra memoria colectiva, una experiencia que nos recordaba que la verdad a veces supera la imaginación. Así concluyó nuestro inolvidable viaje marcado por el misterio y la inquietante presencia de los payasos. Mi nombre es Julia y me gustaría contar una experiencia que viví cuando era más joven. Fue algo muy aterrador y extraño que me da Escalofríos cada vez que lo recuerdo, puesto que no puedo darle ninguna explicación. Recuerdo claramente aquella noche, cuando tenía apenas veinte años y estaba a punto de dar uno de los pasos más importantes de mi vida junto a mi novio, quien actualmente es mi esposo. Todo comenzó cuando decidimos visitar a su familia para darles la noticia de nuestro compromiso en persona. Aunque ya sabían de mi existencia, quería causar una buena impresión. En nuestra primera reunión, la familia de mi novio vivía en otra ciudad, así que el viaje sería largo. Aunque sugerí la opción de tomar un autobús, él insistió en que sería más cómodo hacerlo en auto. A pesar de mis dudas y el hecho de que manejar durante casi dos días no era mi idea de diversión. Accedí para ser feliz a mi novio y porque la posibilidad de detenernos en el camino en caso de necesidad sonaba razonable. Empacamos nuestras cosas, incluyendo suficiente ropa para quedarnos unos días y comenzamos el viaje. Al principio, todo parecía ir normal y de hecho, me estaba gustando la idea de un viaje por carretera. La primera noche decidimos buscar un hotel para descansar, pero después de varias horas de conducción, no encontramos ninguno. Aunque no estábamos particularmente preocupados, empezamos a pensar que quizás no encontraríamos un lugar para dormir esa noche. Yo iba muy atenta a todos los letreros con la esperanza de ver alguno que anunciara que había algún hotel cerca, pero además de una que otra señal vial no podía ver nada. Estaba a punto de sugerirle que si estaba muy cansado, podría orillarse y dormir un poco. Pero fue entonces cuando avisté un letrero que anunciaba un autocine. O n parecía un poco de or fuera del lugar, ya que los autocines no eran tan comunes en esa época, sin mencionar que aquel letrero se veía como si lo acabaran de poner, como si no tuviera mucho tiempo que hubieran abierto el lugar, a pesar de que aquel lugar no era un hotel ni ofrecía un sitio para descansar. La idea de disfrutar de una película en un autocine me resultaba emocionante. Siempre había imaginado que la experiencia sería genial y entretenida, pero nunca antes había tenido la oportunidad de vivirla. Los autocines estaban desapareciendo y nunca había vivido en un lugar donde estuvieran disponibles, por lo que ésta parecía ser mi oportunidad perfecta sin perder tiempo. Le propuse a mi novio que nos detuviéramos si viéramos una película en el autocine. Sin embargo, de inmediato rechazó la idea, argumentando que debíamos seguir hacia la ciudad de su familia para llegar al día siguiente por la mañana. Consideraba más conveniente seguir conduciendo hasta encontrar un hotello, incluso hasta el amanecer, ya que en ese momento no sentía cansancio. Pero yo no estaba dispuesta a dejar pasar esta oportunidad que llevaba tanto tiempo esperando. Insistí en que sólo faltaban unos cuantos kilómetros y que deberíamos aprovechar la ocasión. La discusión surgió entre nosotros y yo no cedía. Estaba decidida a detenerme en el autocine. Mi novio sugirió que podríamos visitar aquel autocine en el camino de regreso cuando tuviéramos más tiempo. Sin embargo, yo continué insistiendo hasta llegar a una pequeña disputa sobre detenernos o no. La discusión culminó conmigo molesta y el finalmente cediendo resignándose a la idea de que podría descansar unas horas antes de continuar con el viaje en carretera. Pronto nos encontramos frente a aquel autocine, cuya apariencia sorprendentemente nueva, contrastaba con la sensación antigua que emanaba. Parecía como si hubiera sido transportado desde las décadas de los setenta u ochenta y a pesar de lo nuevo, todo tenía un toque retro que no pasó desapercibido. No obstante, decidimos no darle demasiada importancia, pensando que era parte de la experiencia temática del autocine. El hombre de la taquilla estaba serio y con ojeras. Aún así estaba vestido como de otra época. Yo siempre he sido una persona muy amable con las personas de servicio a cliente, puesto que no sólo así me educaron, sino que por años había trabajado ahí, por lo que sabía que un tiente amable siempre mejoraba o al menos no empeoraba tu turno laboral, por lo que, a pesar de que parecía un tanto malhumorado, lo saludé con amabilidad y creo que incluso lancé un chiste. Sin embargo, aquel hombre ni siquiera respondió a mi saludo e incluso pareció lanzar un gruñido de enfado. Mi esposo le preguntó cuánto costaba la entrada y de manera tajante y seca, dijo que cinco pesos, lo que fue demasiado barato, pero no dijimos nada, sólo pagamos y entramos. Y ahí fue cuando la primera cosa extraña pasó, puesto que el clima comenzó a ponerse muy frío, a pesar que era verano, y a mi novio comenzó a darle mucho cansancio, a pesar de no tenerlo momentos atrás. Durante el camino desde la entrada hasta nuestro lugar de estacionamiento, no pude evitar quejarme con mi novio sobre la grosería del hombre de la taquilla. Mi molestia persistía, pero mi novio, siempre más relajado y comprensivo que yo, me incitó a dejar de preocuparme. Por eso, según él, algunas personas en el servicio al cliente podían ser hostiles y que tal vez el hombre no había tenido un buen día. Decidí seguir su consejo y simplemente disfrutar de la película. Sin embargo, rápidamente nos dimos cuenta de que no sabíamos qué película proyectarían. No había carteles visibles y la gran pantalla permanecía apagada. Optamos por esperar y ver que nos separaba la proyección con la idea de que si la película no resultaba ser de nuestro agrado, podríamos intentar descansar. Durante las dos horas que durara, en la esquina del autocine se encontraba un puesto de palomitas y refrescos. Decidí bajar rápidamente para comprar algo y mientras caminaba por el largo estacionamiento, noté algo que hasta ese momento no había captado. Éramos los únicos ahí no había otro automóvil. A la vista, la situación se volvía cada vez más extraña, sobre todo considerando que la noche estaba inusualmente fría para ser verano. Era extraño porque afuera antes de entrar al estacionamiento, el clima parecía bastante cálido como era de esperarse en verano. Me di cuenta de que el frío había comenzado desde que ingresamos al terreno del autocine. Aunque pensé en la posibilidad de que hubiera aire acondicionar. Resultaba absurdo, ya que estábamos al aire libre y el mismo calor que sentíamos afuera debería sentirse adentro. Sin embargo, cada segundo parecía hacerse más frío. A pesar de estas extrañezas, seguí caminando hacia el puesto de Palomitas y al llegar noté que todo tenía un aspecto extremadamente antiguo, pero extrañamente nuevo, desde la máquina de palomitas hasta la fuente de sodas. Todo parecía sacado de otra época, pero con una claridad y nitidez que resultaban inusuales. Me preguntaba cómo habían logrado que todo se viera tan auténtico. Considerando el precio que habíamos pagado y la aparente falta de clientes. Toqué la campana en el mostrador para llamar al empleado que debía atender la fuente de sodas. Aunque esperé cerca de cinco minutos, nadie salió toqué varias veces más, pero seguía sin obtener respuesta. Comencé a preguntarme si realmente había alguien ahí. Así que, sintiéndome un tanto frustrada, me di la vuelta para regresar al auto. No obstante, al dar un par de pasos en dirección al vehículo, escuché una voz que me saludó con un buenas noches. Me pareció extraño, ya que no había escuchado pasos ni indicio alguno de que alguien más estuviera cerca y al girarme me encontré con una mujer vestida de manera similar a las antiguas empleadas de los cines de los años setenta u ochenta. La sorpresa me invadió por un momento, ya que la mujer parecía haberse materializado de la nada detrás del mostrador de fuente de sodas. Sin embargo, su sonrisa amable y su disposición a atenderme me hicieron restar importancia a esa sensación. Volví a acercarme al puesto y compré las palomitas y refrescos para disfrutar de la película con mi novio. Al principio, la mujer parecía mucho más amable que el hombre de la taquilla. Sin embargo, mientras servía las palomitas y refrescos que le había pedido. Empecé a sentirme perturbada, ya que su sonrisa nunca desaparecía. Era como si estuviera permanentemente grabada en su rostro sin posibilidad de gesticular ninguna otra expresión. Aunque esto resultaba un tanto extraño, traté de pensar que la mujer simplemente estaba siendo amable y desempeñando su trabajo de manera eficiente, por lo que me limité a devolverle la sonrisa cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Pero realmente sentí esos minutos que le tomó armar mi pedido como una agonizante eternidad y de nueva cuenta. Cuando llegó la hora de pagar, el precio fue ridículamente bajo. Mentiría si les dijera cuánto, porque no lo recuerdo, pero sé que no fueron ni veinte pesos por todo lo que pedí. La situación tomó un giro aún más extraño cuando la mujer, después de servir los refrescos y las palomitas en vasos que recordaban a las décadas pasadas, me entregó los productos. Cuando intenté tomarlos, nuestras manos se entrelazaron de una manera inusualmente firme. No fue un simple roce, sino que la mujer apretó mis dedos con fuerza. Miré a la mujer, cuya sonrisa, se volvía cada vez más inquietante y traté de liberar mis manos. Sin embargo, ella continuaba apretando los dedos con fuerza sin decir una palabra. En mi intento por liberarme, noté que una lágrima brotaba de su ojo izquierdo, como si intentara comunicarme algo sin pronunciar una sola palabra. Finalmente, logré soltarme y me alejé sintiéndome perturbada y asustada. Mientras caminaba de regreso al auto, consideré la posibilidad de contarle a mi novio lo sucedido y proponerle que nos fuéramos de ahí. La mujer parecía completamente fuera de sí. Sin embargo, también pensé que tal vez estaba exagerando y que mientras no volviera a comprar nada en la fuente de sodas, todo estaría bien. Decidí no causar un alboroto y necesario vi seguir disfrutando de la experiencia del autocin. Cuando estaba a pocos metros de llegar al auto, empecé a escuchar unos pasos detrás de mí. El suelo de grava amplificaba el sonido y cada paso resonaba claramente y al voltear me di cuenta de que no había nadie perpleja, continué avanzando, pero los pasos persistieron y en un momento sentí claramente como alguien tocaba mi hombro y al girarme no vi a nadie asustada regresé rápidamente al auto. Al abrir la puerta, mi novio, que estaba con el asiento reclinado y comenzando a quedarse dormido por el cansancio que le estaba generando el lugar, se exaltó y lanzó un grito de horror. Le pregunté qué le había asustado, y él afirmó que creía que yo ya estaba en el auto, pues mientras se quedaba dormitando, estaba hablando con alguien y pensó que era yo, porque recibía respuestas, le expliqué que había estado en él el área de Palomitas todo el tiempo. Sin embargo, insistió, me dijo que escuchó unos minutos después de que me fui como abrí la puerta del coche e incluso sintió, como me subí diciéndole que no había palomitas aún hechas. Aunque yo le aseguré que estaba equivocado, Él sostenía que tenía los ojos cerrados y creyó que era yo quien hablaba con él ambos nos sentimos desconcertados. Tratando de encontrar una explicación lógica para lo ocurrido. Después del susto inicial, llegamos a la conclusión de que tal vez se había confundido y lo había soñado, ya que admitió que estaba dormitando. Cerramos las puertas del auto y unos minutos después la película comenzó. Resultó ser una película del cine mexicano de antaño. Aunque nunca la había visto. Noté que la película se veía un tanto deteriorada. En varias ocasiones la imagen se distorsionaba o se ponía completamente negra, mientras el audio se seguía avanzando. Era decepcionante, pero no me atrevía a bajar para reclamar, considerando lo extraño que había sido todo desde nuestra llegada a la autocine, mi novio ya se había quedado dormido aproximadamente veinte minutos después de que la película comenzara, así que me encontraba sola tratando de ignorar las imperfecciones visuales de la proyección y enfocándome en la trama. A pesar de mi temor y descontento por el ambiente hostil del lugar, decidí no decir nada y seguir viendo la película, esperando que el resto de la noche transcurriera sin más incidentes extraños. A medida que la película se acercaba a su conclusión, el frío en el lugar se volvía más intenso, tanto así que mi novio se despertó. A pesar de llevar gruesas chamarras. Mi novio y yo estábamos titiritando. No podíamos comprender por qué no nos íbamos de allí. Era como si cada vez que pensábamos en hacerlo, algo nos impedía abandonar ese extraño autocinema. Aunque habíamos mencionado varias veces la idea de regresar a la carretera, siempre postergábamos la decisión por alguna razón inexplicable. Faltaba apenas media hora para que la película concluyera. Decidimos que, una vez finalizada, nos marcharíamos de ese inquietante lugar. Sin embargo, unos quince minutos antes de que llegara el desenlace, ocurrió algo que marcó el clímax de esa noche misteriosa. Mientras mirábamos fijamente la gran pantalla, una silueta surgió de la nada y golpeó la ventanilla de mi lado del auto con fuerza, desconcertándonos por completo. Al voltear nos dimos cuenta de que la persona que estaba ahí no era otra que la mujer de la fuente de sodas. Mi novio inicialmente no le dio mucha importancia, ya que yo no le había contado lo sucedido. Sin embargo, yo me asusté y le pedí que no abriera la puerta. O rápidamente notamos algo que no habíamos percibido debido a la oscuridad. La mujer continuaba con esa sonrisa inquietante, la misma que me había perturbado momentos antes en la fuente de sodas. Desde afuera del auto nos gritaba desesperadamente. Tienen que salir de aquí antes de que termine la película. Por favor, golpeaba la ventana repetidamente sin perder esa sonrisa en su rostro Atónitos y asustados, encendimos el auto y salimos de ahí a toda velocidad sin detenernos hasta que la luz de la mañana comenzó a iluminar el horizonte. Sólo nos detuvimos para cargar gasolina y seguimos conduciendo perturbados por todo lo que habíamos vivido esa noche. Hablábamos de lo que sentimos estando ahí y lo que nos había ocurrido por separado. Ninguno de los dos podía comprender por qué habíamos soportado tantas situaciones extrañas desde el momento en que llegamos al autocinema. Era como si estuviéramos bajo algún tipo de hipnosis que nos impedía abandonar ese lugar. Por la tarde llegamos a la casa de la familia de mi novio, donde fuimos recibidos con calidez, lo que momentáneamente nos hizo olvidar la extraña experiencia vivida en aquel lugar misterioso. Durante los primeros tres días en la casa de la familia de mi novio, no mencionamos el extraño incidente que vivimos en el autocinema. Sin embargo, una noche mientras estábamos cenando mi novio decidió sacar el tema. Expresó que fue una experiencia muy extraña y que aún no entendía lo que había ocurrido esa noche. Su familia, sin embargo, no tenía conocimiento de un lugar como ese y aseguraron que nunca habían escuchado de un autocinema en la zona. Dada la lejanía del lugar, Era comprensible que no supieran de qué hablábamos, pero el misterio continuó rondando en nuestras mentes durante el resto de la semana que estuvimos ahí. N n. Nuestra estancia en la casa de la familia de mi novio fue agradable y nos despedimos con gratos recuerdos. Al final de esa semana regresamos a la carretera para volver a nuestro hogar, pero no estábamos preparados para lo que encontraríamos a medida que nos acercábamos al lugar donde estaba el autocinema. La ansiedad se apoderaba de nosotros. El lugar nos generaba un rechazo profundo y a medida que nos aproximábamos, nuestra inquietud crecía. Cuando finalmente pasamos junto al terreno, la sorpresa y el miedo nos invadieron. Lo que antes había sido un autocinema, ahora era un terreno baldío, abandonado y en ruinas. Se notaba que llevaba mucho tiempo en ese estado y la idea de que alguna vez fue un lugar de entretenimiento parecía casi imposible. Pero eso no es todo, puesto que al pasar junto al letrero que habíamos visto aquella noche, la verdad se reveló de manera aún más impactante. El letrero, en lugar de ser nuevo, esta la estaba oxidado y corroído por el paso de los años y a duras penas se distinguía que alguna vez anunció un autocinema. Ninguno de los dos podía comprender lo que estaba sucediendo. Cómo era posible que un lugar que vivimos tan intensamente ahora estuviera completamente abandonado y en ruinas, sin respuestas y con una sensación de desconcierto. Continuamos nuestro viaje de regreso a casa. Sin embargo, durante los siguientes meses soñaba con aquella mujer sonriente sólo estaba parada en medio de aquel lugar en ruinas perpetuamente sonriente siempre despertaba sudando y exaltada por el miedo que esto me daba. Se lo conté a mi madre y ella me sugirió ir de nuevo al lugar, encender una veladora y rezar por su alma y a sí mismo darle las gracias por salvarnos. Así lo hice y, para mi suerte, esos sueños desaparecieron con el tiempo esa historia se convirtió en una anécdota que compartíamos con amigos y familiares. Sin embargo, el misterio detrás de esa noche en el autocinema permaneció sin resolver, convirtiéndose en un recuerdo enigmático que nos acompañaría el resto de nuestras vidas. Mi nombre es Hugo y he sido trailero durante muchos años. En mi vida en la carretera he vivido una serie de experiencias paranormales y extrañas, pero ninguna como la que quiero compartir a continuación. Como dije, trabajado de trailero mucho tiempo, por lo que las apariciones de fantasmas en la carretera no eran ajenas a mí. Puedes preguntar a cualquiera que haya pasado el suficiente tiempo en la carretera y te aseguro que tendrá una historia de aparecidos que contar por lo general, es gente que aparece en la carretera en diferentes puntos de la misma o gente que se materializa de la nada. Siempre pensé que esos avistamiento eran sólo encuentros fugaces con almas en pena atrapadas tras accidentes mortales en las carreteras. Sin embargo, esta historia va más allá de esas experiencias, marcando un antes y un después en mi vida como trailero. Todo empezó en una madrugada en la que me vi obligado a conducir durante toda la noche para recuperar el tiempo perdido en una entrega. Me había confiado y había perdido mucho tiempo y aquel pedido debía ser entregado en un tiempo y lugar específico. El cansancio se apoderaba de mí y alrededor de las tres de la madrugada estaba a punto de quedarme dormido al volante, decidí hacer una parada en una solitaria gasolinera y comprar algunas bebidas energéticas que me ayudaran a mantenerme despierto. Estacioné el trailer y bajé estirando las piernas para combatir la somnolencia. Fue entonces cuando escuché unas risas, risas de niños pequeños. A esa hora era extraño, pero no había ningún adulto cerca di un par de pasos lejos de mi tráiler y mientras lo hacía, volví a escuchar las risas. Así que volteé y pude ver a una pequeña cabeza, la cual se asomó desde debajo del tráiler. El niño, sin decir una palabra, siguió riendo y se escondió de nuevo debajo del vehículo perplejo. Me agaché para intentar verlos, pero ya no estaban a la vista. Les pedí que no volvieran a entrar al tráiler. Advirtiéndoles sobre el peligro si arrancaba y estaban debajo. La sensación de incomodidad creció, pero decidí restarle importancia y continuar con mi rutina nocturna. Qué hacían niños a esas horas en una gasolinera desierta. Aún no lo sabía, pero estaba a punto de adentrarme en una experiencia que cambiaría mi perspectiva sobre lo inexplicable. Después de la advertencia a los niños, decidí adentrarme en la tienda de autoservicio con la esperanza de encontrar algo para amantente despierto durante las horas nocturnas que aún tenía por delante en mi viaje. Las luces tenues del establecimiento creaban sombras intrigantes entre los pasillos, acentuando el silencio que contrastaba con las risas infantiles que aún resonaban en mis oídos. Tomé unas cuantas bolsas de papas y varias latas de bebidas energéticas. Sintiendo cómo la fatiga comenzaba a pesar sobre mis hombros. Mientras recorría cada pasillo examinando las opciones que la tienda ofrecía, las risas de los niños seguían persistiendo en el fondo. Mi mente intentaba encontrar explicaciones racionales para lo sucedido, pero algo en el aire me hacía sentir incómodo, como si estuviera siendo observado mientras revisaba los productos en los estantes, el sonido de pasos sutiles y risas infantiles parecía perseguirme como si los gemelos misteriosos estuvieran jugando al escondite en los rincones de la tienda. Al dar la vuelta para explorar el siguiente pasillo, una sorpresa impactante me hizo casi saltar. Ahí estaban los dos niños gemelos como una imagen reflejada el uno en el otro. Su apariencia era aún más desconcertante. A la luz tenue de la tienda. Ambos parecían descuidados con ropas andrajosas y sucias que apenas se sostenían sobre sus delgadas figuras. Sus rostros pálidos y ojos hundidos irradiaban una presencia inusual que me dejó inquieto. Los niños estaban sentados en medio del pasillo jugando con una lata de jugo de manzana que rodaban de un lado a otro como si fuera un balón. Me incliné hacia ellos intentando entender su presencia. A estas horas de la madrugada. Les pregunté dónde estaban sus padres, pero sólo me miraron y luego intercambiaron miradas continuando con su juego sin pronunciar palabra alguna. Mi instinto paternal se despertó y decidí ofrecerles algo de comer le le le sons propuse que eligieran lo que quisieran de la tienda, pero los gemelos permanecieron inmóviles absortos en su extraño juego. Sin obtener respuesta. Decidí tomar la iniciativa seleccionando algunos paquetes de sándwiches y envases de jugo que esperaba satisfacieran al menos un poco su posible hambre Con los productos en mano. Me dirigí a la caja registradora el cajero. Al ver mi selección levantó una ceja con curiosidad, pagué la cuenta rápidamente. Sintiendo la mirada del cajero. No podía evitar pensar que algo no estaba del todo bien, pero mi preocupación por los gemelos superaba cualquier sospecha de vuelta en el pasillo donde los había visto. Por última vez me percaté de su ausencia. La búsqueda comenzó entre los estantes. La intriga y la inquietud aumentando con cada segundo que los gemelos permanecían fuera de mi vista. Mientras revisaba, noté que la expresión del cajero refre dejaba un asombro creciente ante mi comportamiento aparentemente errático. Sentí la necesidad de explicarle que los productos eran para los niños que estaban ahí hace un momento, tratando de disipar cualquier confusión. La extrañeza en la mirada del cajero persistía mientras seguía explorando la tienda en busca de los gemelos desaparecidos. La incertidumbre flotaba en el aire y aunque me esforzaba por encontrar una explicación lógica, una sensación inquietante se apoderaba de mí La noche en la gasolinera tomaba un matiz desconcertante y aún no sabía lo que me depararía Este encuentro con los misteriosos niños gemelos. El cajero me observó con un desconcierto que parecía profundizarse A medida que compartía mi experiencia, nadie ha entrado aquí en horas y ciertamente no ha habido niños. Afirmó con una convicción que desafiaba mi propia realidad. Un aire de escepticismo. Envolvía sus palabras, desafiando cada detalle de mi encuentro con los misteriosos gemelos. Insistí en mi versión de los hechos, tratando de hacerle entender que no estaba alucinando los vi jugando en el estacionamiento. Cuando estacioné mi tráiler, aseguré con convicción. No obstante, el cajero aún más perplejo reiteró que desde mi llegada nadie más había cruzado la puerta de la tienda. Explicó que la ubicación remota del lugar en medio de una carretera sin apenas viviendas cercanas hacía altamente improbable la presencia de niños Durante la madrugada, mi determinación chocaba con su incredulidad y decidido a desentrañar el misterio. Me embarqué en una búsqueda minuciosa por cada pasillo de la tienda. El eco de mis propios pasos resonaba en el silencio, mezclándose con la incertidumbre que me envolvía. Sin embargo, cada rincón revelaba sólo la soledad de los estantes y la ausencia de cualquier indicio de los gemelos. A pesar de mi empeño en encontrar respuestas, una sensación de malestar se apoderó de mí. La realidad parecía esfumarse entre mis dedos y un velo de confusión nublaba mi mente Acepté a regañadientes la posibilidad de que todo hubiera sido una broma o quizás una manifestación de agotamiento mental. Saliendo de la tienda con una bolsa que contenía mis compras, intenté dejar atrás la extraña experiencia. La noche abrazaba la gasolinera con una oscuridad intensa y silenciosa, pero mi mente no podía desprenderse de la extrañeza de los sucesos recientes. Subí a mi tráiler, encendí el motor y al dar marcha atrás un impulso interno, me instó a mirar por los espejos retrovisores. La visión que se despegó ante mis ojos fue impactante. Los dos niños parados justo detrás del tráiler intenté frenar, pero el sonido sordo de un impacto resonó en el aire. Bajé apresuradamente del vehículo. Ten te rs de lo que podría haber ocurrido, sólo para encontrarme con la sorprendente realidad de que no había rastro de los niños ni señales de un accidente. La confusión se mezclaba con el miedo. Mientras enfrentaba la inexplicable situación, volvía a subir al tráiler sintiendo un nudo en el estómago y la intriga persistente en mi mente que había sucedido realmente. Traté de convencerme de que todo era fruto de mi imaginación exhausta, pero la imagen de los niños en el espejo retrovisor se aferraba a mi conciencia. A medida que avanzaba por la carretera solitaria, la gasolinera quedaba atrás como un recuerdo perturbador. La incertidumbre persistía y la carretera se extendía ante mí. Las sombras de la noche se cerraban en torno a mi tráiler y la oscuridad parecía albergar misterios indescifrables. Mientras continuaba mi viaje anhelando dejar atrás la inexplicable experiencia que había marcado esa gasolinía en el medio de la nada. Después de las desconcertantes experiencias en la estación de servicio, decidí sumergirme en la carretera en un intento desesperado de encontrar claridad en mi mente conduje durante varias horas mis pensamientos confundidos entre el recuerdo de los gemelos en la gasolinera y la creciente incertidumbre que se apoderaba de mí. Mis manos apretaban con fuerza el volante como si pudiera encontrar respuestas en la rigidez de mis dedos. En un intento de ahogar mis pensamientos, traté de concentrarme en el monótono zumbido del motor y en las luces intermitentes que delineaban la carretera. Parecía que finalmente estaba logrando tranquilizarme e incluso lograba pensar en otras cosas. Los árboles a ambos lados de la carretera se convertían en siluetas borrosas mientras avanzaba y el susurro del viento exterior intentaba despejar la neblina en mi mente. Mis parpadeos eran como destellos ntis permitentes de lucidez, pero la sombra de la experiencia anterior se cernía sobre mí. Convencido de que todo lo sucedido no pasaba de ser una broma de mal gusto por parte del encargado de la gasolinera, intentaba despejar mi mente del tormento que había vivido. Sin embargo, la aparente normalidad de la carretera pronto sería cuestionada nuevamente de la penumbra. Emergió algo, corriendo a toda velocidad como una figura aterradora. Mis ojos se abrieron con terror al percatarme de que podría tratarse de un niño frené con desesperación, pero antes de que pudiera evitarlo, sentí el impacto un escalofrío recorrió mi cuerpo al percibir claramente el golpe como si hubiera atropellado a alguien con la respiración entrecortada. Bajé apresuradamente del tráiler y me asomé debajo para confrontar la realidad. Para mi sorpresa, de nueva cuenta, no había rastro de nadie, sólo la inquietante sensación de que algo había salido mal. La carretera se extendía en silencio y las sombras danzaban en la penumbra de la noche. Mi mente agotada y perturbada, intentaba comprender lo ocurrido. Estaba a punto de subir nuevamente al tráiler cuando unas risas infantiles resonaron en el aire, las mismas risas que había escuchado en la estación de servicio. Este giro inesperado en los acontecimientos me dejó aturdido cómo era posible que esas risas me persiguieran incluso en medio de la oscuridad de la carretera. La lógica se desmoronaba ante la imposibilidad de que alguien me estuviera siguiendo. Decidí acercarme con cautela a la fuente de aquel sonido, creyendo que tal vez se trataba de algún animal que explicaría mi inquietud. El susurro del viento se mezclaba con el eco de mis propios pasos, creando una sinfonía inquietante en la noche, Pero al llegar frente a un árbol cerca de n la, la visión frente a mí fue insondable. En las ramas más altas, los gemelos estaban sentados grotescamente idénticos, tal como los había visto en la GASOLINERA la luz de la luna iluminaba sus figuras pálidas, destacando sus sopas sucias y desgarradas. Moretones cubrían sus cuerpos de manera irregular, como si fueran marcas de algún suceso inexplicable. La manera en que se movían, como si fueran una sola entidad enviaba escalofríos por mi espina dorsal. El terror se apoderó de mí y retrocedí hacia mi tráiler con paso vacilante, sin perder tiempo arranqué el motor rugiendo en la noche. Mi corazón latía con fuerza y el intento de huida era frenético, pero mientras aceleraba, las risas persistían. En un momento de desesperación, miré por el espejo retrovisor y, para mi horror, los gemelos estaban ahí sentados a un lado de mi asiento, riendo con un una malevolencia incomprensible. El miedo me paralizó y en un instante de pánico perdí el control del tráiler. La carretera se convirtió en un torbellino de confusión, mientras el vehículo derrapaba y volcaba. La conciencia se desvaneció en la oscuridad y el mundo se desvaneció en un silencio inquietante. La noche, testigo mudo de mi desconcierto se cerró alrededor de mí mientras caía en la oscuridad. Sin fin desperté en el hospital con una nebulosa confusión y no podía recordar exactamente que había sucedido. La habitación, impregnada de una tenue luz hospitalaria, me envolvía en una sensación de desconcierto. A pesar de la extrañeza de la situación, no experimentaba dolor físico y me senté en la camilla en la que estaba recostado, lo cual añadía un elemento aún más desconcertante a mi estado. Antes de que pudiera sumergirme en la reflexión sobre mi situación, unas risas infantiles resonan en la habitación. Mi mirada se dirigió rápidamente hacia el origen del sonido, y ahí estaban los dos pequeños gemelos sentados en una de las camillas. Sorprendentemente, irradiaban una alegría que contrastaba fuertemente con la sombría atmósfera que había experimentado en su presencia anterior en un giro inesperado. Sentí una extraña conexión con aquellos niños, como si hubiéramos compartido experiencias más allá de lo comprensible. Por primera vez, desde el inicio de esta inquietante experiencia, no sentí miedo al ver a los gemelos, más bien una sensación de felicidad me invadió al constatar que estaban bien. Mis labios esbozaron una sonrisa genuina mientras intercambiábamos palabras. Les agradecí por preocuparse por mí, aunque su agradecimiento era aún más profundo. Me contaron su historia, revelando la trágica verdad que les llevó a cruzar mi camino. Hace muchos años, cuando aún estaban vivos los gemelos, aquejados por el hambre, se aventuraron a una tienda de autoservicio en busca de comida. La búsqueda resultó totalmente inútil y decidieron olvidar su necesidad jugando en el estacionamiento de la gasolinera. Sin embargo, su juego fue interrumpido abruptamente. Un trailero ajeno a su presencia los atropelló cegando sus vidas en un instante. La crueldad del incidente se agravó aún más cuando el conductor presa del pánico, dio marcha atrás y huyó dejando tras de sí el misterio de su identidad. El horror alcanzó su punto más alto cuando comprendieron que nadie había reclamado sus cuerpos. En lugar de un reposo digno, fueron sepultados en una fosa común, en un oscuro rincón de un cementerio cercano. Agradecieron mi gesto de detenerme y tratar de comprarles algo, de comer un acto de bondad que de alguna manera resonó en la profundidad de sus almas cerrantes. No obstante, la conversación tomó un giro inquietante cuando los gemelos, con una seriedad que heló mi sangre, sugirieron que ahora podría estar con ellos para siempre. La confusión y la negación nublaron mi mente mientras afirmaban que yo también estaba muerto. En un gesto revelador, señalaron hacia atrás de mí y mi mirada siguió su indicación, revelando una visión aterradora mi cuerpo yacía en la misma camilla del hospital, conectado a tubos y envuelto en vendajes. La realidad golpeó con una fuerza abrumadora. Estaba viendo mi propio cuerpo inerte y maltratado lleno de tubos y yeso para tratar de enderezar mis huesos. La incredulidad me envolvía mientras clamaba que no podía morir, así que no quería morir. Los gemelos en su silenciosa tristeza me miraban triste sí, en un giro de acontecimientos surrealistas. Desperté nuevamente esta vez en mi propio o cuerpo. Sin embargo, la sensación de dolor que me embargaba era inconfundible. El despertar en el hospital fue un regreso abrupto a la realidad, acompañado por un grito desgarrador que escapó de mis labios. Debido al dolor punzante, las enfermeras acudieron rápidamente enfrentándose a la confusión y la angustia que se reflejaban en mis ojos. La verdad emergió gradualmente. Había estado en coma durante cinco días después de un accidente en la carretera. Sin embargo, la pregunta persistía en el aire cargado de incertidumbre qué había causado ese accidente en una carretera aparentemente desierta. Mis días en el hospital se volvieron una amalgama de visitas familiares y dolorosos intentos de recuperación. Recuerdo que en algún momento creí que había imaginado todo, puesto que quizás todos esos medicamentos para el dolor que me habían suministrado me pudieran haber hecho alucinar de esa manera. Sin embargo, pronto me di cuenta que no era así, puesto que una mañana poco antes de que me dieran el alta, una enfermera mencionó que ya no había visto que me visitaran mis hijos, una afirmación que no encajaba en la narrativa de mi vida. La confusión se acentuó cuando describió a dos gemelos que me visitaban diariamente desde mi entrada en coma. Sin embargo, yo negué tener hijos y la realidad tomó un giro escalofriante cuando la enfermera detalló la descripción exacta de los gemelos que me habían atormentado en mis encuentros paranormales. El horror se apoderó de mí al comprender que estos gemelos se habían adherido a mí de alguna manera y cuando estuve en mi casa, esos niños comenzaron a aparecer en mis sueños. En ellos los gemelos lloraban suplicando que fuera con ellos y los cuidara como si fuera su padre. Sin embargo, mi negación persistente resonaba en mis sueños, donde mi incapacidad para aceptar la muerte se se se me tiró clava con una sensación de deber hacia esos inocentes espíritus atormentados apenas recuperado lo suficiente como para ponerme de pie. Decidí emprender una búsqueda para dar con el lugar donde esos niños habían sido enterrados. Investigando, descubrí la ubicación de un panteón cercano y la fosa común donde los gemelos afirmaban haber sido enterrados en un pasado lejano, con veladoras flores y dulces en mano. Me dirigí hacia el lugar donde descansaban en paz relativa con una promesa solemnemente susurrada. Juré visitarlos mensualmente, tratando de calmar los inquietos susurros de los gemelos que se habían apoderado de mis sueños. Esta rutina mensual se convirtió en un ritual, una especie de penitencia autoimpuesta. Aunque los gemelos ya no aparecían en mis sueños, su recuerdo persistía en las veladoras parpadeantes y el susurro del viento entre las lápidas. Aquellos niños atrapados en un limbo entre la vida y la muerte habían dejado una marca imborrable en mi existencia. Relatos escritos y adaptados por Lisa Hernández