Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Tuve Un Encuentro Desagradable Con Un Demonio (5 Historias De Mujeres De La Noche )Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más. Comenzamos conocí a Diana en una ciudad que prefiero no mencionar, a pesar de su profesión como trabajadora en la calle. Era respetada porque era muy solicitada por ciertas personalidades de esas que hacen lo que quieren. Aunque no son la autoridad. Esas personalidades no solicitan los servicios de cualquier trabajadora tienen dinero de sobra para pagar la mejor calidad. Entonces, como podrán imaginarse, Diana era una joya a la vista. Afortunadamente, yo tenía un puesto más o menos en una buena empresa. Además, tenía un negocio mediano. Por lo tanto, yo tenía suficiente solvencia económica para poder pagar los servicios de Diana, así que me volví un cliente frecuente y cada viernes, alrededor de las diez de la noche pasaba por ella en la misma esquina, la llevaba a mi casa, hacíamos lo nuestro y luego la dejaba en el mismo lugar, alrededor de las dos treinta de la madrugada. Teníamos una relación bastante rara. Nos veíamos todos los viernes. Yo no la consideraba una amiga, pero ella no me consideraba un cliente. Entonces era medio rara. Nuestra relación. Todo cambió un jueves cuando me tocó salir temprano del trabajo. Como lo que iba de la semana había sido demasiado estresante. Quise ir allá con las chicas a desestresarme. Diana no estaba porque andaba con uno de los influyentes. Entonces, pues yo agarré a otra muchacha, ya que regresé a dejar a la muchacha. Ahí ya estaba Diana. En cuanto vio que una de sus compañeras se bajó de mi auto, me lanzó una mirada amenazante. Aunque me sorprendió su reacción no pude evitar reír ante la situación. Parecía que ella se había molestado porque yo me había llevado a la otra muchacha. Supuse que lo que le molestó fue que pensó que no regresaría el viernes por ella y por ese lado, lo entendía como para ese momento yo ya tenía nueve meses yendo todos los viernes, pues supuse que lo que a ella le molestaba era que ella ya tenía contemplado el dinero que yo le pagaba los viernes. Entonces, para no quedar mal, fui a darle la vuelta. Al día siguiente, cuando me estacioné frente a ella y subió al auto antes de que yo arrancara, me preguntó con cierta soberbia porque el día anterior había pagado por otra muchacha. Su reclamo la verdad me pareció fuera del lugar y tuve que explicarle que yo no necesitaba darle explicaciones sobre con quien me gastaba mi dinero. Ella bastante molesta. Me dijo que todas las chicas sabían que yo era su cliente y que nadie más podía subirse conmigo. No me gustó nada eso, así que ya molesto le recalqué que el que pone dinero es el que manda la la la o La excusión se intensificó y Diana, visiblemente molesta, bajó del coche sin decir una palabra, pero cerró la puerta con furia. Así que ese día me fui sin nada. El siguiente viernes fui a la misma hora de siempre imaginando que ella se haría la ofendida y no estaría disponible para mí, Así que iba con la mentalidad de agarrar a otra muchacha para mi sorpresa. Ella ya me estaba esperando y subió al coche como si la discusión de la semana anterior no hubiera ocurrido En esa ocasión, ella llevaba en su bolsa una botella de un licor. Yo no sé de Marcas ni nada de eso, así que no sabría decirles de qué era la botella. El punto es que llevaba la botella. Lo que me dijo ella fue que la botella era como una manera de disculparse por el altercado. Sin embargo, a pesar de que no soy catador ni sé de bebidas, con el primer trago, me di cuenta de que aquello no tenía un sabor normal. Después de algunos masajes y ya con la botella vacía, perdí el conocimiento desperté. Cuando Diana salía del baño tras una ducha, intenté levantarme, pero mi cuerpo no respondía. Ella me besó en la mejilla y se fue en un taxi dejándome con una resaca intensa, me puse muy mal, tanto que tuve que ir al hospital. Fui a una clínica privada San Gerardo. Ahí me revisaron y lo único que me encontraron fue un mínimo de alcohol en mi sangre cosa rara, porque, tomando en cuenta la botella que me tomé, debería haber traído más grado de alcohol. Desde ahí me empezó a surgir la idea de que la botella que me dio Diana no solamente traía alcohol. El domingo fui en busca de ella para pedirle una explicación, pero no la encontré en ningún lugar. Las otras chicas me dijeron que andaba con uno de aquellos y que no iba a regresar hasta el día siguiente como ya andaba Ahí, pues, de una vez me llevaba a una, pero cuando una de las chicas se acercó ofreciéndome sus servicios, llegó otra para jalarla del brazo ane Desde que yo la subiera al carro intrigado, bajé la ventanilla, toqué la bocina y la llamé, pero ya ni siquiera volteó a verme. Entonces me bajé y fui con una chica para intentar llevármela, pero ella me explicó que Diana les había advertido que no hablaran conmigo, ya que, de lo contrario tendrían serios problemas. Y pues me tuve que regresar a casa. Solo al llegar a casa noté una sensación extraña de calor en medio del frío de la noche. Me sentía agitado y busqué relajarme con un poco de whisky. Al despertar. El lunes experimenté una incomodidad persistente, algo común en los hombres, pero en mi caso difícil de controlar. Intenté mitigarla con hielo, pero no fue fácil. Pasé el día tratando de apartar de mi mente lo que sucedía, pero por alguna razón tenía cierta necesidad de ir a buscar a Diana. Al llegar la noche, salí en mi automóvil y afortunadamente, encontré a Diana en su esquina y a pesar de que todavía quería pedirle explicaciones por lo de la botella opté por no hacer nada al respecto. Al subir al coche, ella percibió mi ansiedad y preguntó si la había extrañado. No le respondí nada. Sólo conduje a una calle tranquila para estacionarme y después de un momento, Diana me hizo sentir más tranquilo. Luego ya menos ansioso, conduje a casa. Pasó la noche ahí y se fue por la mañana. Al día siguiente, la sensación de incomodidad regresó. No podía sacarme a Diana de la cabeza. Eso me estaba volviendo loco porque estaba en la oficina y no podía concentrarme para hacer mi trabajo. Al momento en que llegó mi hora de comida, salí de la oficina y conduje hasta allá para buscarla Perodiana. No estaba me acerqué a una de las chicas que estaba ahí, pero me rechazó. Intenté con otra chica, pero obtuve la misma respuesta. Mis nervios y la urgencia de saciar mis necesidades me hicieron sudar desesperado. Intenté con otro chica le ofrecí pagarle el triple. Intentó negarse por aquello de la advertencia de Diana, pero como era, el triple terminó aceptando sólo que me aclaró que no podían verla subirse al auto. Entonces me dijo que me fuera a tal lugar, que estaba a unas cuadras y que ella llegaría ahí. Obviamente, no puedo dar detalles de lo que pasó después, pero sí debo decir que las cosas salieron terriblemente mal, no por la chica, sino porque, a la hora de la hora yo tuve un sangrado que no solamente resultó incómodo, sino que asustó tanto a la chica que salió corriendo despavorida. Esa noche en casa, la pasé terrible entre vómitos y dolores por todo el cuerpo estaba tan mal que ni siquiera pude ir a la quínica, así que simplemente me acosté esperando que me sintiera un poco menos mal y poder ir a revisión. Al despertar en la mañana estaba en mejor condición, aunque las Sábanas estaban empapadas en Sudor y llamé a la empresa para informar que no iría a trabajar porque necesitaba ir al hospital. Fui al San Gerardo y, al igual que la vez anterior, no me encontraron que tuviera nada mal. Y aquí, en este punto ya estaba algo raro, porque, por una parte, yo ya estaba sospechando que Diana me había hecho un trabajo de brujería o algo por el estilo, pero, por otro lado, no podía dejar de pensar en ella. Esa noche decidí no ir a buscarla y me sumergí en el alcohol, tratando desesperadamente de sacar a esa mujer de mi mente. Sin embargo, tenía una necesidad enfermiza y sin sentido fui a lavarme la cara y al observarme en el espejo, la depresión se apoderó de mí Al ver lo devastado de mi aspecto, mis pómulos estaban más marcados de lo normal y mi palidez era evidente como si un tren me hubiera pasado por encima. Pasé varios días sin apetito, incapaz de ingerir alimentos. Sólo tomaba alcohol una noche. Ya no pude aguantarme más y fui a buscarla. En cuanto llegué las otras chicas reconocieron mi auto y se alejaron. Diana no estaba, pero me quedé a esperarla. Como a las tres de la mañana llegó una caravana y de una de las camionetas bajó Diana. En cuanto vio mi auto caminó hacia mí con un gesto raro, ya que llegó a la ventana. Me preguntó que cómo me había ido con la jovencita de la última vez. Yo no supe qué decirle, así que me quedé callado mirándola. Entonces ella dio la vuelta y subió por el lado del copiloto. En cuanto se sentó una fragancia a hierbas inundó el carro como por arte de magia. Al día siguiente que desperté, me di cuenta de que Diana me tenía completamente bajo su control, pero yo no podía hacer nada al respecto. Ella se convirtió en mi medicina. Cuando tenía su compañía. Me sentía bien, pero su ausencia me generaba dolores, náuseas y todo tipo de malestares. A pesar de que Diana cada mes me cobraba un poco más, no men importaba toqué fondo cuando a un amigo le tuve que pedir dinero prestado para pasar una noche con ella. Nunca en mi vida había pedido dinero prestado a nadie, ni siquiera diez pesos. Así que eso fue como un balde de agua fría que me hizo entrar en razón y decidí darle un alto a todo. No podía permitir que mi bienestar dependiera exclusivamente de estar con una mujer menos. Si se trataba de una mujer de la calle, era preciosa, pero era de la calle las cosas como son. Como dije un par de minutos antes, yo ya tenía la sospecha de que me estaba haciendo alguna especie de brujería, así que fui a visitar a un santero que tenía su local en las orillas de la ciudad. Yo no conocía porque una de las secretarias de la oficina tenía un novio que era hermano de ese santero. Al llegar a su casa, le conté lo que había sucedido. No todo porque, por mi estado físico y emocional, me hacía olvidar algunos detalles. Cuando terminó de escucharme, el santero encendió una vela blanca y me pidió que colocara mis manos a los lados de la vela. Deslizó su dedo índice por mis manos mientras compartía información precisa sobre mí y sobre Diana. Comentaba cosas que no le había dicho y que no podría deducir Fácilmente. Te está devorando, dijo el santero y la llama de la vela comenzó a temblar liberando chispas de manera extraña. Hay una prenda tuya enterrada en un cementerio. Además, esta chica dejó algo de su pertenencia en tu casa. Eso me lo dijo el santero. Mirándome fijamente a la cara con una expresión bastante seria. Asustado, le pregunté si podría ayudarme. El santero me explicó que realizaría un ritual para pedir protección y luego iríamos a mi casa a buscar esa prenda para devolverle a Diana todo lo que me había hecho. Me llevó a un cuarto que estaba tapizado de decoraciones raras y que el piso estaba todo lleno de veladoras. Solamente había un pequeño espacio para que caminar hasta el centro de la habitación, en donde estaba una silla. El santero me pidió que me quedara en esa silla la mayor cantidad de tiempo que pudiera. Lo dijo como si a mí me fuera a costar trabajo permanecer sentado, lo cual era raro, pero en cuanto me senté, entendí por qué me lo dijo. Ya estando en la silla, empecé a sentir un calor bastante fuerte que iba subiendo poco a poco desde las plantas de los pies, pues aguanté una hora cuando ese calor tan sofocante llegó al estómago. Fue cuando ya no pude soportarlo, así que me levanté y salí del cuarto. Le pedí agua al santero, pero me dijo que primero pasara al baño. Supuse que quería que me enjuagara la cara porque estaba sudando, así que le hice caso. Pero en cuanto entré al baño, sentí unas ganas incontrolables de vomitar y muy apenas me dio tiempo de apuntar al lugar correcto para no manchar el suelo. Lo que vomité era un líquido verdoso que tenía aquel olor a hierbas que inundó mi auto aquella vez que Diana se subió. Luego de la discusión que tuvimos, el santero me dijo que esa era una muy buena señal, que lo que había arrojado era parte del trabajo que Diana me había hecho, ya que me sentí un poco mejor. Entonces ya fuimos a mi casa para buscar la prenda. No es que mi casa fuera demasiado grande, pero tampoco era pequeña, así que había demasiados lugares para buscar. En eso el santero sacó un objeto raro, hecho como de una piedra negra. No sé si era carbón o algo, pues nunca había visto un objeto similar. El santero dijo que con ese objeto podría encontrar el lugar donde estaba escondida la prenda. Supongo que aquello era una especie de radar. No tardó ni tres minutos en encontrar la prenda. No diré que era. Lo único importante es que la prenda estaba como enrollada y dentro tenía unas hierbas que tenían el mismo olor del vómito que había sacado en la casa del santero. Agarró la prenda y la llevó al patio de su mochila. Sacó un líquido transparente que no tenía un olor agradable y lo vació sobre la prenda. Luego sacó unas cáscaras de limón y unos jalapeños y los aventó sobre la prenda. El santero continuó con el ritual, recitando palabras que no entendía y haciendo movimientos con las manos sobre la prenda. Impregnada de hierbas y líquidos. La combinación de cáscaras de limón y jalapeños creaba un aroma fuerte y picante en el aire. El santero, concentrado en su tarea, parecía conectarse con fuerzas más allá de mi comprensión. Después de unos momentos que se sintieron como una eternidad, el santero concluyó el ritual, miró fijamente la prenda, ahora impregnada con los elementos del ritual y asintió como si estuviera satisfecho con su trabajo. Me indicó que debería enterrar la prenda en un lugar sagrado alejado de mi hogar. Además, me advirtió que debía mantenerme vigilante, ya que Diana podría intentar recuperar lo que le pertenecía con la prenda envuelta en un pañuelo negro. Salimos hacia un cementerio cercano. El santero eligió un rincón apartado y me indicó el lugar donde debía enterrarla. Al enterrar la prenda, el santero pronunció unas últimas palabras y marcó el lugar con un símbolo hecho de polvo blanco. Así regresé a mi vida cotidiana. Pero sabía que la presencia de Diana aún se cernía sobre mí. Días después del ritual, las noches se volvieron inquietantes extraños. Susurros resonaban en mi mente mientras intentaba conciliar el sueño. La sensación de ser observado se intensificaba como si Diana no estuviera dispuesta a liberarme fácilmente. En mi desesperación, regresé al santero en busca de respuestas. Su rostro serio revelaba la gravedad de la situación. Para protegerme, el santero propuso otro ritual más poderoso. Esta vez involucraba elementos más oscuros y antiguos. El miedo se apoderó de mí, pero la necesidad de liberarme de la influencia de Diana era más fuerte. El ritual se llevó a cabo en una noche oscura con la luna como testigo silencioso de la batalla entre lo terrenal y lo sobrenatural. Velas negras iluminaban la habitación, creando sombras danzantes que reflejaban la lucha en curso. El santero recitó palabras ancestrales mientras realizaba gestos ceremoniales. El ambiente se cargó de energía y una sensación de tensión llenó la habitación. De repente, un viento helado barrió la estancia, apagando las velas y sumiéndonos en la oscuridad. Todo había terminado con el tiempo. Las noches inquietantes fueron desapareciendo y la sensación de ser observado se desvaneció y la tranquilidad volvió a mi vida. Aquella noche me adentré en la sonora oscuras calles alrededor de las diez, un momento en que la actividad sugería la posibilidad de algunos clientes para mí lograr dos encuentros en una sola noche era como descubrir un tesoro oculto. La ciudad donde vivía no era muy grande, no era pueblo, sólo porque las calles estaban pavimentadas. Entonces al ser un lugar de esos, pues prácticamente toda la gente se conocía entre sí. Por lo mismo, no había clientes, porque si alguien iba a los callejones, todos se enteraban. En cierto momento un hombre de porte impecable se me aproximó era un tipo que yo nunca había visto. Su porte era intimidante, muy diferente al de los hombres de la ciudad. No me dijo nada. Con una mirada me preguntó si estaba disponible. Yo asentí con gesto tímido y nos dirigimos hacia un rincón discreto donde siempre iba con mis clientes. Al llegar antes de empezar, le mencioné el costo de mis servicios, lo que él me dijo fue que en realidad no estaba interesado en hacer nada, sino que él estaba ahí para ofrecerme un trato. Yo en ese momento me molesté porque evidentemente lo tomé como un tarado que me estaba haciendo perder el tiempo. Pero en eso el tipo extendió su mano y pude ver cómo de su palma salió una especie de humo con brillo y, por más imposible que les pueda sonar, se materializó un collar. En ese momento fue como si me desconectara de la realidad, no podía creer lo que estaba pasando. Entonces el hombre me repitió que estaba ahí para ofrecerme un trato, que yo podía quedarme con ese collar, con la condición de que lo utilizara todas las noches que anduviera trabajando. No me lo estaba vendiendo. No quería que yo le diera nada con que yo le prometiera que usaría ese collar para trabajar. Me lo podía quedar y, por supuesto que acepté. El hombre me entregó el collar y se fue, sin decir nada más, no perdí tiempo. Me puse el collar que, por cierto, se veía espectáculo y en cuanto salí del callejón, me abordó un joven para solicitar un servicio. Esa noche tuve cuatro clientes, cosa que era una maravilla, porque, como dije al principio, lo normal era tener un cliente por noche, ya dos cuando la cosa iba muy bien, así que tener cuatro un martes por la noche era la mejor de las suertes. Y por supuesto que yo le atribuye esa suerte al collar que aquel misterioso hombre me había regalado. Al paso de una semana ya había juntado más dinero del que ganaba en todo un mes. Todo iba de maravilla, pero entonces pasó algo una mañana al leer el periódico vi que los cuatro hombres que habían sido mis clientes aquella noche que obtuve el collar habían aparecido muertos en una barranca, sin que hubiera una explicación lógica para que hubieran aparecido ahí sin vida. Al día siguiente aparecieron cinco hombres muertos en la misma barranca. Esos cinco habían sido mis clientes una noche después de que obtuve el collar. Un capricho del destino bastante sombrío. Sin embargo, la posibilidad de que aquello se tratara de una casualidad se desvaneció un día después cuando aparecieron otros tres hombres que habían sido mis clientes. Siete días antes. Todos mis clientes estaban muriendo. Una semana después de haber estado conmigo. Aquello me impactó de tal manera que decidí quedarme en mi casa viendo cada día, como mis clientes amanecían muertos en aquella barranca. Con el paso de los días, la presión de las muertes a mi alrededor se volvía insoportable. El collar brillante que me habían regalado se convirtió en un peso en mi cuello, una carga que llevaba con la certeza de que algo oscuro estaba vinculado a él. Así que decidí guardarlo en una caja y meter la caja debajo de un mueble que nunca usaba aterrorizada. Decidí buscar respuestas. Investigando la historia de la ciudad y consultando a personas mayores, descubrí que hace muchos años había existido una leyenda sobre un ser sobrenatural que deambulaba por la ciudad vinculado a un collar encantado. La figura espectral del hombre que me entregó el collar seguía apareciendo en mis pesadillas. Cuando se cumplieron ocho noches de que no había salido a trabajar. No hubo más cuerpos aparecidos en aquella barranca. Eso confirmaba que, de alguna manera, el haber estado conmigo había provocado las muertes de esos hombres. Estaba pensando en eso cuando un golpeteo resonó en mi puerta. Al abrirla, me encontré cara a cara con el hombre misterioso. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal, dejándome sin habla. Yo todavía no reaccionaba. Cuando el hombre entró a mi casa y se sentó en una silla que estaba cerca de la mesa, me pidió que le diera un poco de agua. Sintiéndome muy desconcertada, cerré la puerta, fui a la cocina y le llevé un vaso de agua. El hombre me dijo que si ya no iba a trabajar, durante las noches que mejor le regresaba el coello yo le respondí que si saldría a trabajar pero que ya no usaría el collar. El hombre sonrió de forma bastante aterradora y me dijo que eso no era posible, que si no usaba el collar no podía trabajar de noche, que si yo me atrevía a buscar cliente sin ese collar, él mismo me quitaría la vida con sus propias manos. En eso el tono de voz le cambió y me dijo o usas el collar. Mejor te dedicas a otra cosa ya bastante asustada. De inmediato fui por el collar y se lo devolví. El hombre se levantó de la silla y salió de mi casa. No sin antes agradecerme por el vaso de agua. Cuando cerró la puerta, yo, por alguna razón, volté a mirar el vaso y noté que dentro había un líquido negro y espeso, Así que ese vaso lo tiré a la basura. Con todo y líquido ya no podía trabajar en las noches. Afortunadamente, me había hecho de un dinero y pude poner un pequeño puesto en el que vendía comida tradicional y algunas otras cosas más. Aunque el collar ya no adornaba mi cuello, la sensación de lo sobrenatural nunca se desvaneció por completo. La mirada siniestra del hombre, el vaso de agua con un líquido extraño y espeso, todo eso quedó marcado en mi memoria. Mi vida tomó un giro inesperado, alejándome de la vida nocturna que conocía. Sin embargo, las sombras del pasado seguían acechando, recordando que a veces los tratos con lo desconocido dejan cicatrices imborrables. Tengo la certeza de que aquel misterioso hombre que me regaló el collar era el diablo. Esto que voy a contar me sucedió hace algunos cuantos años. En aquel entonces yo estaba trabajando como conductor de carga. Se podría decir que era trailero, pero no manejaba uno de esos vehículos que llevan enormes cajas. Yo manejaba un vehículo bastante más grande que una camionera, pero no al nivel de un trailer. Además, yo no trabajaba en una empresa de transporte, es decir, que yo no tenía compañeros. La empresa para la que yo trabajaba le vendía ciertas mercancías a algunos comercios y yo era el único encargado de llevar esas mercancías a todos los clientes de la empresa. Yo estaba detrás del volante durante quince horas. En esas quince horas recorría tres ciudades que quedaban a la misma distancia de la ciudad donde estaba la bodega de la empresa. Yo iba a repartir a los clientes de una ciudad, regresaba a la bodega y luego me iba a otra ciudad y así mi jornada laboral no la terminaba en la empresa, sino que la terminaba en la última ciudad que me hubiera tocado cubrir ese día yo me quedaba a dormir en esa ciudad dentro del vehículo de la empresa. Bueno, en una de esas noches que ya había terminado mi trabajo y que se podría decir que ya estaba en mi tiempo de descanso, traía dinero y andaba medio estresado. Tuve las ganas de buscar algo de compañía en el bullicioso centro de la ciudad, así que encendí el vehículo y conduje hasta estacionarlo lo más cerca posible del Centro histórico, donde yo sabía perfectamente que era el lugar perfecto para buscar mujeres que ejercían el oficio más antiguo del mundo. Me senté en una antigua banca de la plaza, observando a las diversas mujeres que se encontraban ahí. La iluminación de los faroles añadía un toque de misterio a la escena, resaltando los contornos de los edificios antiguos que rodeaban la plaza. Después de aproximadamente veinte minutos, una mujer cuyos rasgos físicos destacaban por encima de todas, capturó mi atención, así que me levanté de la banca y caminé hacia ella. Tras un breve intercambio de palabras, acepté su tarifa, la tomé de la cintura y caminamos hasta el vehículo de la empresa. Ya estábamos a medias acto cuando al girarla y ver su rostro la belleza que me llamó la atención inicialmente se desvaneció transformándose en la grotesca imagen de un ser demoníaco con dientes putrefactos y un olor a carne descompuesta grité horrorizado, intentando liberarme de ella, pero sus fuerzas eran sobrehumanas. Forcejé con todas mis fuerzas para liberarme de ese monstruo. Incluso recuerdo haber soltado unos cuantos golpes, pero nada fue suficiente para poder soltarme. Lo siguiente que recuerdo es despertar al día siguiente alrededor de las diez de la mañana, porque un tránsito estaba tocando la ventana del vehículo de la empresa. Rápidamente me di cuenta de que estaba fuera del horario permitido de estacionamiento, lo que me exponía a una multa con el corazón, aún latiendo rápido por la experiencia aterradora de la noche anterior no tuve más opción que desembolsar algunos billetes para evitar la multa. El oficial aceptó el pequeño soborno y con un gesto se alejó. Dejándome solo con mis pensamientos y la extraña sensación que aún perduraba desde la noche anterior. Me tomó un momento recomponerme y recordar los detalles del encuentro con aquella mujer cuyo rostro pasó de la belleza a la grotesca imagen de un ser demoníaco. Decidí arrancar el vehículo y dejar atrás esa ciudad, aunque la experiencia continuaba atormentando mi vida y mis pensamientos. Continué en mi viaje tratando de dejar atrás la inquietante experiencia de la noche anterior. Sin embargo, a medida que avanzaba por la carretera, una sensación de malestar persistente se apoderó de mí. Las imágenes de aquel rostro demoníaco y la lucha desesperada se repetían en mi mente como una pesadilla interminable. Decidí detenerme en un pequeño pueblo para intentar recuperar la compostura. En cuanto a la experiencia tan irreal que tuve con aquella mujer no o nocturno n o n n n n la una teoría digo en aquel momento no tenía idea. Pero ya con el paso de los años y de haber visitado esa ciudad en más ocasiones y de haber platicado con muchas personas, pues parece ser que lo que yo subí al vehículo de la empresa era el fantasma de una muchacha que había trabajado en eso y que tuvo la mala suerte de toparse con un cliente que le dio una muerte inhumana. Y desde ese entonces, el fantasma de ella se aparece para asustar a los hombres. Ahora que me he retirado, quisiera compartir algunas historias de cuando trabajaba en el lugar donde solía bailar. El sitio donde trabajaba está en el centro de mi ciudad, lo que implica que tiene una larga historia de muertos debajo, tanto los que surgieron de forma natural porque antiguamente era un cementerio como los que resultaron de peleas y enfrentamientos durante la Revolución. Antes de que yo entrara un o r o bailarina exótica, tuvo una muerte horrible en el escenario alrededor de mil novecientos noventa y cinco. En ese momento, el lugar era nuevo y estaba de moda con toda la banda rebelde de la ciudad. Una noche, el lugar abrió, como siempre a las ocho para recibir a los caballeros entusiastas deseosos de la compañía de una dama que les bailara. Cuando aquella bailarina salió al escenario. La multitud quedó en silencio. Ella era el plato fuerte de la velada, porque parecía un dibujo de revista para adultos. Todo iba bien hasta que prendieron la pirotecnia, pues eso era parte del espectáculo. El cabello de la muchacha se prendió en fuego. En segundos el local se volvió un pandemonio de terror, todos tratando de correr hacia la salida más cercana. Los extintores automáticos fallaron y cuando finalmente alguien acudió con uno manual, era demasiado tarde. Aunque los bomberos llegaron a tiempo para salvar el edificio, la muchacha quedó sin vida y con su cuerpo quemado. El lugar cerró por un tiempo tras las investigaciones, pero meses después volvió a abrir. Fue en ese momento que yo entré, no como bailarina, sino como mesera. El trabajo era más pesado aguantar largas horas en tacones incómodos y soportar a los clientes junto con sus desprecios al no hacerles caso. A veces a las meseras nos tocaba ayudar en la limpieza para ganar un poco más de dinero, aunque no era la tarea más agradable. Era algo que hacíamos. Recuerdo que en una ocasión, ya siendo cerca de las cuatro de la madrugada, todas las bailarinas se habían ido y yo, junto con otras compañeras meseras, estábamos levantando las sillas y limpiando las mesas para dar oportunidad a las otras chicas de trapear y barrer mientras tiraba las botellas vacías y otros desechos. Noté en una pequeña cubeta de metal que se colocaban en las mesas para los restos de comida, unos huesos anormalmente gruesos roídos hasta la médula, pero aún con rastros de lo que eran. Solté el cubo metálico con un grito de horror cuando me di cuenta de que en el fondo había unos dientes que parecían humanos. Inmediatamente, los chicos de seguridad que se quedaban hasta el cierre acudieron a mi ayuda y ellos pudieron ver que lo que estaba ahí eran fragmentos de un cráneo y algunas vértebras. A pesar de la resistencia de los dueños, tuvieron que llamar a las autoridades. Cuando llegó el servicio médico forense se llevaron los restos, pero no cerraron el local, porque se dieron cuenta de inmediato que las partes eran antiguas. Al menos veinte años después de este evento, mi vida se complicó por diversas razones económicas y aunque nunca me gustó me vi obligada a dejar de ser mesera y comenzar a bailar. Durante mis años como bailarina, fui testigo de cosas inexplicables, como la aparición de una niña, aunque estaba prohibido que hubiera menores en las instalaciones. En una ocasión, mientras me cambiaba en los vestidores, vi en el reflejo del espejo a una niña corriendo hacia la zona de privados, a pesar de que no era mi hija. Sabía que no era correcto lo que estaba a punto de presenciar. Cuando llegué a los cuartos designados para eso, noté que no había nadie ahí. La noche apenas comenzaba y las puertas estaban abiertas, así que decidí revisar uno por uno. Llamé a la niña y le dije que viniera que no la regañaría, pero que no debía encontrarse ahí. Le ofrecí un dulce o un helado, pero ninguna voz me contestó y cuando estaba a punto de ir con los de seguridad, otra bailarina fue por mí diciendo que era mi turno de subir. Le encomendé buscar a la niña antes de que ocurriera algo indeseable. Una vez que terminé mi baile y bajé, fui directo con las otras chicas a preguntarles. Me comentaron que habían buscado por todos lados, pero no encontraron nada. En otras ocasiones, varias compañeras fueron testigos de apariciones extrañas. Algunas mencionaban sentir una presencia al ir a los sanitarios, donde la sensación de peligro era tan fuerte que preguntaban si alguien estaba ahí. Recibían golpes en la puerta que se volvían cada vez más insistentes. Otras decían que mientras bailaban en el escenario, veían al fondo del local cerca de los privados y en la penumbra a un hombre mayor vestido elegantemente algo inusual para el lugar. Lo que lo delataba como un ser de otro mundo era que, cuando la luz se posaba sobre su piel, reflejaba un tono rojo como las llamas, haciendo temblar el alma de las bailarinas. Hubo un tiempo, quizá un par de años, que todo transcurrió sin mayores novedades, hasta que otra muchacha perdió la vida sobre el escenario de una manera dramática, diferente a la anterior, pero igualmente impactante. La atmósfera en el club nocturno se volvió aún más tensa después de aquel incidente. Las supersticiones y rumores sobre presencias sobrenaturales se intensificaron entre las bailarinas. Algunas aseguraban haber sentido una extraña energía en el escenario momentos antes de la tragedia como si algo oscuro acechara en las sombras. Las autoridades iniciaron una investigación, pero no encontraron explicación lógica para la muerte de la joven. El lugar continuó operando, aunque con un aura de inquietud que no se disipaba. En los días siguientes, los testimonios de experiencias paranormales se multiplicaron entre las trabajadoras del club voces. Susurrantes sombras que se movían sin dueño aparente y luces parpadeantes se convirtieron en el pan de cada día. La atmósfera se volvió más cargada como si algo hubiera despertado en las entrañas del lugar. Una noche, mientras me preparaba para subir al escenario, percibí una presión en el aire que me hizo estremecer. Miré al fondo del club y entre las sombras vislumbré la figura de un hombre mayor elegantemente vestido. Su piel reflejaba un tono rojizo, como si estuviera envuelto en llamas. La misma figura que otras bailarinas habían descrito antes. Gracias a Dios, algunos meses después fue que llegó a mi vida el hombre que finalmente me alejó de aquel estilo de vida para siempre. Trabajé como acompañante nocturna durante algunos años, atendiendo a clientes habituales que disfrutaban pagarme regularmente por mi compañía. Los lugares donde ofrecía mis servicios variaban entre hoteles, las casas de los clientes o la mía. Entre todos mis clientes sabía uno que destacaba como alguien especial, aunque admitirlo me resulta difícil. No s r es posible que estuviera enamorada de él. Apenas tenía tres años menos que yo, pero a pesar de su juventud, destacaba por su habilidad en los negocios. Había acumulado una pequeña fortuna en el ámbito tecnológico. A pesar de su atractivo físico, su baja autoestima le dificultaba relacionarse con las mujeres. Compartía conmigo aspectos de su vida fuera de la realidad que yo conocía, sus viajes al extranjero, sus justos en cine, museos, literatura y teatro. Incluso en más de una ocasión me llevó a visitar algunos de sus lugares favoritos. En una tarde de domingo, como muchas otras, me preparé para recibir a Enrique en mi casa. Me arreglé serví bebidas y encendí velas, creando un ambiente agradable. Cerca de la hora habitual. Escuché intentos de abrir la puerta para este punto. El ya tenía unas llaves de mi casa Tras varios intentos, la puerta finalmente se onda se abrió y cuando entró, lo noté raro y vestía de manera inusualmente blanca. A pesar de mis intentos seductores, no pareció notarlos y se dirigió directamente al baño de mi casa. Lo observé con desconcierto. Mientras pasaban los minutos que rápidamente se transformaron en casi media hora, decidí que, sin importar lo mal que se sintiera, necesitaba entender que le estaba sucediendo. Me levanté y toqué la puerta del baño llamándolo, pero no hubo respuesta, Así que con preocupación abrí la puerta con cuidado sólo para descubrir que no había nadie ahí. Enrique había desaparecido. La confusión se apoderó de mí lo había visto entrar, pero ahora me encontraba completamente sola. Tras ese momento, Enrique no hizo ninguna aparición durante el resto del día. Al siguiente día recibí la trágica noticia. Enrique había fallecido desde el viernes pasado, víctima de un paro cardíaco. La noticia de la repente muerte de Enrique me dejó en choque la conexión que habíamos compartido, aunque basada en circunstancias peculiares, se desvaneció con su partida y me quedé preguntándome sobre el misterio de su breve visita a mi hogar y su posterior desaparición. Decidí asistir al servicio conmemorativo de Enrique para despedirme de él de una manera más convencional, Aunque mi presencia pasaría desapercibida entre la multitud afligida durante la ceremonia, no pude evitar recordar nuestras conversaciones y los lugares que soñábamos visitar juntos. La noticia de su fallecimiento marcó el fin de una etapa de mi vida. Decidí alejarme de mi antiguo trabajo y buscar una nueva dirección. La pérdida de Enrique me llevó a replantearme mi vida y mis elecciones. Años después, mientras paseaba por un museo que él había mencionado en nuestras conversaciones, me detuve frente a una obra de arte que parecía hablar directamente a mi alma. Recordé las palabras de Enrique sobre el luno que trasciende el tiempo y las barreras. En ese momento sentí que su espíritu aún estaba conmigo, guiando mi vida hacia nuevas experiencias y oportunidades relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras