Latest / Cultura y Audiolibros / El Corazón Delator (Edgar Allan Poe) | Cuento de Terror 11
Transcript
- Imagina una mente atormentada, un corazón latiendo más allá de la muerte y un secreto tan oscuro que consume todo a su paso en el corazón delator Un crimen escalofriante se comete, pero lo que realmente te atrapará es el juego mental que se desarrolla en la psique torturada de un narrador. Has sentido alguna vez que tus propios pensamientos podrían traicionarte o que tus emociones más íntimas pudieran ser escuchadas por otros con ustedes. El corazón de la torre. El corazón de la tor es verdad. Soy muy nervioso. Horrorosamente nervioso. Siempre lo fui, pero porque pretendéis que esté loco. La enfermedad ha agudizado mis sentidos sin destruirlos ni embotarlos. Tenía el oído muy fino. Ninguno le igualaba escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra y no pocas del infierno. Como he de estar loco atención. Ahora veréis con qué sano juicio y con qué calma puedo referirles toda la historia. Me es imposible decir cómo se me ocurrió. Primeramente la idea, pero una vez concebida no pude desecharla ni de noche ni de día. No me proponía objeto alguno ni me dejaba llevar de una pasión. Amaba al buen anciano, pues jamás me había hecho daño alguno ni menos insultado. No envidiaba su oro, pero tenía en sí algo desagradable. Era uno de sus ojos sí, esto es, se asemejaba al de un buitre y tenía el color azul pálido. Cada vez que este ojo fijaba en mi su mirada, se me helaba la sangre en las venas y lentamente por grados, comenzó a germinar en mi cerebro la idea de arrancar la vida al viejo a fin de librarme para siempre de aquel ojo que me molestaba. He aquí el kid me creéis loco, pero advertid que los locos no razonan. Si hubierais visto con qué buen juicio y procedí, con qué tacto y previsión y con qué disimulo puse manos a la obra, nunca había sido tan amable con el viejo como durante la semana que precedió al asesinato. Todas las noches a eso de las doce levantaba el picaporte de la puerta y la abría, pero qué suavemente y cuando quedaba bastante espacio para pasar la cabeza, introducía una linterna sorda bien cerrada para que no filtrase ninguna luz y alargaba el cuello. Po vos hubierais reído al ver con qué cuidado procedía, movía lentamente la cabeza muy poco a poco para no perturbar el sueño del viejo y necesitaba al menos una hora para adelantarla lo suficiente a fin de ver al hombre echado en su cama. Ah un loco no habría sido tan prudente y cuando mi cabeza estaba dentro de la habitación, levantaba la linterna con sumo cuidado. O con qué cuidado? Con qué cuidado, porque la charne la rechinaba no la abriría más de lo suficiente para que un imperceptible rayo de luz iluminase el ojo de buitre. Hice esto durante siete largas noches hasta las doce, pero siempre encontré el ojo cerrado y, por consiguiente, me fue imposible consumar mi obra, porque no era el viejo lo que me incomodaba, sino su maldito ojo. Todos los días al amanecer entraba atrevidamente en su cuarto y le hablaba con la mayor serenidad, llamándole por su nombre con tono cariñoso y preguntándole cómo había pasado la noche ya veis por lo dicho que debería ser un viejo muy perspicaz para sospechar que todas las noches hasta las doce le examinaba durante su sueño. Llegada la octava noche, procedí con más precaución aún para abrir la puerta. La aguja de un reloj se hubiera movido más rápidamente que mi mano, Mis facultades y mi sagacidad estaban más desarrolladas que en nu n y apenas podía reprimir la emoción de mi triunfo pensar que estaba allí abriendo la puerta poco a poco y que él no podía ni siquiera soñar en mis actos. Esta idea me hizo reír y tal vez el durmiente escuchó mi ligera carcajada, pues se movió de pronto en su lecho, como si se despertase, tal vez creeréis que me retiré nada de eso. Su habitación estaba negra como un pez tan espesas eran las tinieblas, pues mi hombre había cerrado herméticamente los postigos por temor a los ladrones y sabiendo que no podía ver la puerta entornada, seguí empujándola más, siempre más. Había pasado ya la cabeza y estaba a punto de abrir la linterna cuando mi pulgar se deslizó sobre el muelle con que se cerraba y el viejo se incorporó en su lecho, exclamando quién anda ahí permanecí inmóvil sin contestar. Durante una hora me mantuve como petrificado y en todo este tiempo no no le vi echarse de nuevo. Seguía sentado y escuchando como yo lo había hecho noches enteras, pero he aquí que de repente oigo una especie de queja débil y reconozco que era debida a un terror mortal. No era de dolor ni de pena, o no era el ruido sordo y ahogado que se eleva del fondo de un alma poseída por el espanto. Yo conocía bien este rumor, pues muchas noches a las doce, cuando todos dormían, lo vi producirse en mi pecho, aumentando con su eco terrible el terror que me embargaba. Por eso comprendía bien lo que el viejo experimentaba y le compadecía. Aunque la risa entreabriese mis labios. No se me ocultaba que se había mantenido despierto desde el primer ruido. Cuando se revolvió en el lecho, sus temores se acrecentaron y sin duda quiso persuadirse que no había causa para ello más. No pudo conseguirlo. Sin duda, pensó eso no no será más que el viento de la chimenea o de un ratón que corre o algún grillo que canta. El hombre se esforzó para confirmarse en estas hipótesis, pero todo fue inútil. Era inútil porque la muerte que se acercaba había pasado delante del con su negra sombra, envolviendo en ella a su víctima, y la influencia fúnebre de esa sombra invisible era la que le hacía sentir, aunque no distinguiera ni viera nada, la presencia de mi cabeza en el cuarto. Después de esperar largo tiempo con mucha paciencia, sin oírle echarse de nuevo, resolví entreabrir un poco la linterna, pero tampoco tampoco, que casi no era nada la abrí tan cautelosamente que más no podía hacer hasta que al fin un solo rayo pálido como un hilo de araña, saliendo de la abertura se proyectó en el ojo de buitre. Estaba abierto, muy abierto, y no me enfurecí apenas le miré le vi con la mayor claridad todo entero, con su color azul opaco y cubierto con una especie de velo y diondo queló mi sangre hasta la médula de los huesos. Pero esto era lo único que veía de la cara o de la persona del anciano, pues había dirigido el rayo de luz como por instinto hacia el maldito ojo. No os he dicho, ya que lo que tomabais por locura no es sino un refinamiento de los sentidos. En aquel momento, un ruido sordo, ahogado y frecuente semejante al que produce un reloj envuelto en algodón. Hirió mis oídos. Aquel rumor lo reconocí al punto era el latido del corazón del anciano y aumentó mi cólera, así como el redoble del tambor sobreexcita el valor del soldado, pero me contuve y permanecí inmóvil sin respirar apenas y esforzándome en iluminar el ojo con el rayo de luz. Al mismo tiempo, el corazón latía con mayor violencia, cada vez más precipitadamente y con más ruido. El terror del anciano debía ser indecible, pues aquel latido se producía con redoblada fuerza. Cada minuto me escucháis atentos. Ya os he dicho que yo era nervioso y lo soy, en efecto, en medio del silencio de la noche, un silencio tan imponente como el de aquella antigua casa, aquel ruido extraño me produjo un terror indecible. Por espacio de algunos minutos me contuve aún permaneciendo tranquilo, pero el latido subía de punto a cada instante hasta que creí que el corazón iba a estallar y de pronto me sobrecogió una nueva angustia. Algún vecino podría oír el rumor. Había llegado la última hora del viejo profiriendo un alarido. Abrí bruscamente la linterna y me introduje en la habitación. El buen hombre sólo dejó escapar un grito, sólo uno. En un instante le arrojé al suelo. Reí de contento al ver mi tarea tan adelantada, aunque esta vez no me atormentaba, pues no se podía oír a través de la pared al. Fin cesó la palpitación porque el viejo había muerto. Levanté las ropas y examiné el cadáver. Estaba rígido, completamente rígido. Apoyé mi mano sobre el corazón y la tuve aplicada algunos minutos. No se oía ningún latido. El hombre había dejado de existir y su ojo desde entonces ya no me atormentaría más Si persistís en tomarme por loco. Esa creencia se desvanecerá cuando os diga qué precauciones adopté para ocultar el cadáver. La noche avanzaba y comencé a trabajar activamente, aunque en silencio. Corté la cabeza. Después los brazos y, por último, las piernas enseguida arranqué tres tablas del suelo de la habitación. Deposité los restos mutilados en los espacios huecos y volví a colocar las tablas con tanta habilidad y destreza que ningún ojo humano, ni aún con él suyo, hubiera podido descubrir nada de particular. No era necesario lavar mancha alguna. Gracias a la prudencia con que procedía un barreno la había absorbido toda jaja terminada la operación. A eso de las cuatro de la madrugada aún estaba tan oscuro como a medianoche cuando el reloj señaló la hora. Llamaron a la puerta de calle y yo bajé con la mayor calma para abrir, pues qué podía temer ya tres hombres entraron anunciándose cortésmente como oficiales de policía. Un vecino había escuchado un grito durante la noche. Esto bastó para despertar sospechas. Se envió un aviso a las oficinas de la policía y los señores oficiales se presentaban para reconocer el local. Yo sonreí porque nada debía temer y recibiendo cortésmente a aquellos caballeros les dije que era yo quien había gritado en medio de mi sueño a o o a oña que el viejo estaba de viaje y conduje a los oficiales por toda la casa invitándoles a buscar a registrar perfectamente. Al fin entré en su habitación y mostré sus tesoros completamente seguros y en el mejor orden, en el entusiasmo de mi confianza. Ofrecí sillas a los visitantes para que descansaran de un poco, mientras que yo, con la locaudacia de un triunfo completo, coloqué la mía en el sitio mismo donde yacía el cadáver de la víctima. Los oficiales quedaron satisfechos y convencidos por mis modales. Yo estaba muy tranquilo. Se sentaron y hablaron de cosas familiares a las que contesté alegremente más. Al poco tiempo sentí que palidecía y ancié la marcha de aquellos hombres. Me dolía la cabeza. Me parecía que mis oídos zumbaban, pero los oficiales continuaban sentados hablando sin cesar el zumbidos se se pronunció más persistiendo con mayor fuerza. Me puse a charlar sin tregua para librarme de aquella sensación, pero todo fue inútil y al fin descubrí que el rumor no se producía en mis oídos. Sin duda palidecí entonces mucho, pero hablaba todavía con más viveza alzando la voz, lo cual no impedía que el sonido fuera en aumento. Qué podía hacer yo era un rumor sordo, ahogado frecuente, muy análogo al que produciría un reloj envuelto en algodón. Respiré fatigosamente. Los oficiales no oían aún. Entonces hablé más a prisa con mayor vehemencia, pero el ruido aumentaba sin cesar. Me levanté y comencé a discutir sobre varias nimiedades en un diapasón muy alto y gesticulando vivamente más el rumor crecía. Por qué no querían irse aquellos hombres aparentando que me exasperaban sus observaciones vi varias vueltas de un lado a otro de la habitación. Más, el rumor iba en aumento. Dios mío, qué podía hacer. La cólera me cegaba. Comencé a renegar agité la silla donde me había sentado haciéndola rechinar sobre el suelo, pero el ruido dominaba siempre de una manera muy marcada y los oficiales seguían hablando, bromeaban y sonreían. Sería posible que no oyesen Dios todopoderoso, no no oían, sospechaban, lo sabían todo, se divertían con mi espanto. Lo creí y lo creo aún cualquier cosa era preferible a semejante burla. No podía soportar más tiempo. Aquellas hipócritas sonrisas. Comprendí que era preciso gritar o morir y cada vez más alto lo oís, cada vez más alto siempre más alto miserables. Exclamé no disimuléis más tiempo. Confieso el crimen. Arrancad esas tablas. Ahí Está, Ahí, está, es el latido de su espantoso corazón? Ahí está? Ahí, está, es el latido de su espantoso corazón? Gracias por unirse a cultura y audiolibros, Acompáñame en este breve análisis. El corazón de la torre es una de las obras más famosas de Edgar Allan Poe, publicada por primera vez en mil ochocientos cuarenta y tres. Esta obra es una exploración profunda y perturbadora de la culpa y la paranoia que sigue resonando con los lectores, incluso en la actualidad. Aquí presenta un ensayo que desentraña los temas simbolismos y la maestría narrativa. En esta pieza icónica hablemos de los temas principales. Uno, la culpabilidad. La culpabilidad es un tema predominante en este relato. Tras cometer un asesinato, el protagonista se ve acosado por su propia conciencia. A medida que avanza la historia, su sentido de culpa crece y crece hasta que se convierte en una obsesión insoportable. Dos la locura. La locura se presenta de manera inquietante en la historia. El protagonista niega vehementemente su locura, pero sus acciones y pensamientos sugieren lo contrario. La lucha entre la razón y la locura se desarrolla a lo largo de la historia, lo que hace que los lectores se cuestionen la fiabilidad del narrador. Tres, la muerte y lo macabro. Como en muchas de las obras de Poe, la muerte y lo macabro juegan un papel central. La descripción detallada y gráfica del asesinato y la obsesión con el ojo del anciano contribuyen a una atmósfera intensamente oscura. Y opresiva sobre el simbolismo uno el corazón, El corazón que lee a lo largo de la historia, es un símbolo potente y multifacético. Representa tanto la vida como la conciencia y se convierte en un emblema incesante de la culpa del protagonista dos. El ojo del anciano, el ojo veteado del anciano que desencadena el crimen puede interpretarse como un símbolo de la clarividencia, viendo a través de la aparente cordura del narrador hasta su verdadera locura acerca de la narración y estilo. Edgar Allan Poe utiliza una narración en primera persona que nos adentra en la mente del protagonista. Su estilo de escritura detallado y emotivo crea una sensación de claustrofobia y tensión. La habilidad de Poe para construir una atmósfera aterradora y desconcertante es lo que hace que esta historia sea tan efectiva y perdurable. Finalmente, quiero decir que el corazón Delator es una obra maestra que explora la fragilidad de la mente humana, La obsesión y la culpa. Su narrativa apretada y su simbolismo rico la hacen una lectura apasionante y educativa sobre la naturaleza humana. La habilidad de Poe para adentrarse en los rincones más oscuros y complejos de la psique humana convierte este cuento en una experiencia literaria inolvidable que continúa siendo un pilar en la literatura gótica y en la exploración de los límites de la moralidad y la cordura humana.