Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / El Guardián De La Finca ( Recopilación De Relatos De Los Abuelos # 1) - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Mi nombre es Diana y me gustaría contar una historia. La primera vez que la escuché me hizo temblar de miedo. Es una historia de mi bisabuelo que en paz descanse digna de contarse bueno. Todo empezó cuando mi bisabuelo comenzó a ser militar, cuando aún estaba en un puesto pequeño, y le tocó una misión en su propio pueblo, pues se reportaban muchas muertes y ellos debían ir a revisar toda el área, pues se comentaba que era crimen organizado. Como muchos otros se resguardaba en algunas casas y en una de esas veces, mi bisabuelo, junto con otros cuatro hombres, llegó a una cabaña en donde vivía un hombre con su esposa y ellos ellos les sonson posada y la señora les preparaba de comer. Era muy amable, pero había algo muy raro en esa casa, pues mi bisabuelo se dio cuenta de que el hombre se comportaba de manera extraña en ese Entonces recordó que había escuchado hablar sobre mujeres que embrujaban a los hombres y creía con todas sus fuerzas que ese hombre estaba embrujado, ya que parecía un títere al hablar y al Moverse pasaron unos días en esa cabaña y el último día mi bisabuelo le dijo al hombre que sabía que algo raro le pasaba y que él lo ayudaría. Llegó la noche y antes de que mi bisabuelo y los cuatro hombres volvieran a la cabaña, la mujer los interceptó cerca de un barranco muy peligroso. Les dijo que había encontrado algo que le serviría mucho. Dijo que ella quería ayudarles. Ella les enseñó cuatro costales de oro, pero justamente en ese momento uno de los hombres cayó por el barranco. Mi bisabuelo le dijo a la mujer que sabía sus intenciones y que quería que los dejara en paz. Mi bisabuelo arrojó los costales de oro por el barranco y en compañía de los demás fueron a buscar al compañero caído, pero parecía que la tierra se lo había tragado, así que resultó en una búsqueda infructuosa durante horas y al no encontrarlo, decidieron regresar al pueblo. Mi bisabuelo no entendía que había sucedido y, por alguna extraña razón, tenía mucho miedo. Intentó dormir, pero justamente cuando lo había logrado, por la madrugada, alguien fue a avisarle que sus compañeros habían muerto sin razón aparente, algo que le dolió en el alma a la mañana siguiente. Fue al homenaje hecho para sus compañeros fallecidos y relató brevemente lo que habían experimentado en los días anteriores, como vigilaban los potreros y como terminaron yendo a una cabaña para obtener comida. Habló sobre el oro y el trágico destino de cada uno. La mayoría de las personas sólo sentían sin poder hacer más. Pero mientras hablaba con uno de los encargados del pueblo, una mujer de unos treinta años se acercó a él y escuchó atentamente como contaba lo sucedido. Al concluir su relato, la mujer tomó el brazo de mi bisabuelo y lo apartó un poco tenía las manos muy frías. Ella le dijo que necesitaba hablar con él. Y cuando estuvieron apartados de la gente, la señora le dijo que la mujer que habían encontrado en la cabaña era una bruja. La señora dijo que la conocía hace muchos años. Le contó que ella era muy joven. Cuando se llevó a Pepe el maestro que daba clases donde vivía. El mismo hombre que mi bisabuelo conoció en esa cabaña le dijo que con el tiempo habían descubierto que en el monte, donde muchos tenían sus terrenos, había una cabaña donde vivía una pareja y cerca de ahí estaban algunos pueblos pequeños y así como en ese de repente se escuchaba de personas desaparecidas, otros que aparecían con moretones e incluso otros que aparecían muertos según se trataba del crimen organizado, pero ella sabía que no era así. Le dijo que se decía que una de las hijas del hacendado había sido llevada por la mujer que habitaba en esa cabaña. Las palabras de la señora estaban impregnadas de tristeza y una profunda pesadumbre, y sus ojos brillaban con lágrimas conteniendo su dolor. Mi bisabuelo, tras escucharla, le contó que conoció al hombre que vivía con esa mujer y le dijo que parecía que estaba ahí en contra de su voluntad, como si estuviera en un trance del cual no podía salir. Le dijo que quería ayudar al hombre y que quería verificar que las muertes no fueran a causa de algo relacionado al crimen, y entonces ella le respondió diciendo que podría ayudarlo. Le dijo que fuera a verla al día siguiente por la mañana que llevara sal y un costal. Y así fue. Aunque mi bisabur no era tan creyente de brujas y ese tipo de cosas, recordaba la mirada del hombre de la cabaña y sabía que algo con él no estaba bien. Además, debía cerciorarse de que no había crimen. Por ahí, porque esos días no habían encontrado nada raro y al final era su única opción. Pidió unos días más y se decidió a aceptar la ayuda de la señora y por la mañana mi bisabuelo llegó a la casa de esa mujer misteriosa y ya en la puerta se percató de la presencia de otros dos hombres junto a él. Uno de ellos dijo que venía de un pueblo cercano y cuando se presentó tanto mi bisabuelo como el otro hombre se mostraron sorprendidos, pues los tres se llamaban igual. En ese momento, la señora abrió la puerta y lo saludó con seriedad. Les dijo que pasaran, que debían empezar pronto. Les dijo que su nombre era Rosenda Vega y que debían saber que su familia había sido curandera desde siempre. Por ello, desde siempre le había tocado ver cómo como familias eran atacadas por las brujas y como los pueblos habían sido víctimas, sin que nadie pudiera hacer nada, pues por miedo dejaban pasar el dolor. Les comentó que ellos habían sido reclutados ahí porque de una u otra forma, habían tenido contacto con ella y, además, tenían el mismo nombre, por lo que ellos tres eran los indicados para vencer a esa bruja. Les dijo que les enseñaría a usar eso señalando hacia una mesa en la que había algunos pares de tijeras costales que parecían tener granos, algunos hilos rojos, algo que parecían alambre de púas y el costal de sal que llevó mi bisabuelo, les dijo que eso sería muy complicado, que debían ser fuertes y hacer uso de toda la fe que tuvieran. Además, sería de gran ayuda para ella que vencieran a esa mujer, pues siempre había estado buscando liberar a su antiguo maestro y que con su ayuda lograrían una manera de vengar todo lo que las brujas habían hecho desde hace muchos años. Además, les advirtió que cuando la enfrentaran y estuvieran por ganar, les ofrecería oro riqueza, poder mil cosas con tal de salir viva. Sólo intentaría engañarlos para acabar con ellos. Finalmente les dijo que cuando acabaran con ella, posiblemente les lanzaría algunas maldiciones, pero les dijo que ella les daría algunas cosas con las que podrían protegerse y los tres asintieron con ello. Rosenda comenzó a explicarles cómo debían usar las tijeras, que los costalitos tenían semillas de mostaza y cómo debían usarlas, además del uso que le darían a la sal Les enseñó cómo debían amarrar los nudos de hilo rojo. Y más importante, les dijo tres oraciones que debían repetir, las cuales tenían un orden. Las palabras estaban acomodadas en un orden inverso y les explicó cuando fuera el momento en el que tenían que atacar a la Bruja, debían hacer todo para que la Bruja se debilitara. Ahí debían aprovechar y terminar con ella. Pocos días después, cuando ya se sabían las tres oraciones al derecho y al revés, a cada uno de ellos les dio un amuleto un poco extraño. Parecía una trapa sueños, pero en lugar de la característica forma circular, éste tenía una forma triangular. La señora Rosenda les dijo que ese amuleto los protegería y que por nada del mundo se lo quitaran. Mi bisabuelo lo tomó en sus manos y pensó en vengar la muerte de sus compañeros. Y cuando los trece sintieron listos para darle caza a la bruja de la cabaña, salieron. Rosenda les dio su bendición y les dijo que esperaba que regresaran con bien. Dicho eso, los tres hombres se fueron como mi bisabuelo sabía dónde se hallaba la cabaña de la bruja. Les indicó a sus dos compañeros la dirección que debían tomar y como iban a actuar. Él sabía por rosenda que por las noches era cuando la bruja iba al fogón a quitarse las piernas como si fueran piezas desmontables y después de eso salía volando en forma de bola de fuego, Así que era el momento perfecto y debían aprovechar para ir por ella. Poco después reconocieron la cabaña. A lo lejos se acomodaron en la parte alta del cerro, mirando a esa dirección y esperando que llegara la noche para que la bruja se fuera horas más tarde, cuando la noche había caído. Finalmente ocurrió lo que habían estado esperando. Observaron a la mujer caminar hacia la cocina y después la vieron en forma de bola de fuego, perderse en el Monte. El momento tan anhelado había llegado y comenzaron a ejecutar el plan que los había llevado hasta ese lugar. Mi bisabuelo y uno de sus compañeros corrieron hacia la cabaña, dirigiéndose directamente al fogón para recuperar las piernas que la mujer había dejado ahí. Mientras tanto, el otro hombre empezaba a esparcir la sal en un círculo de cuatro metros de diámetro, repitiendo el proceso varias veces para asegurarse de que el círculo permaneciera intacto. Lo hizo siguiendo el camino que mi bisabuelo le había descrito. El trayecto que la bruja tomaba al regresar poco antes del amanecer este sendero transitaba por un lugar bordeado por grandes árboles y el círculo se ubicaba a dos metros de un enorme árbol. Cuando mi bisabuelo y su compañero regresaron. Cada uno tenía una pierna en la mano y el tercer compañero ya había concluido su tarea. Acto seguido. Cada uno de ellos comenzó a trazar un camino con semillas en el suelo desde el círculo de Sal hasta el punto por donde se suponía que la bruja aparecería y estaba el árbol gigante. Aseguraron las piernas al árbol con alambre de púas, como les había dicho rosenda, y se dispusieron a esperar. Cada uno ocupaba una posición como si fueran los extremos de un triángulo, manteniendo una distancia de aproximadamente veinte metros entre ellos, dejando el círculo de Sal en el interior de este triángulo y extendiendo el camino de semillas desde cada uno de los vértices del triángulo. Horas más tarde, uno de los compañeros de mi abuelo avistó a la bruja. Volviendo inmediatamente comenzaron a hacer ruido para llamar su atención y cuando la bruja los miró, se dirigió directamente hacia mi bisabuelo con intenciones de atacarlos. Sin embargo, se detuvo bruscamente en el aire. Al encontrarse con el círculo de sal y al posar su mirada en el suelo, dio las semillas y la bruja intentó recogerlas rápidamente. Mi bisabuelo, temeroso, al notar que el rostro de la bruja no se asemejaba en nada al de la muchacha que los había tendido en la cabaña, comenzó a recitar una de las oraciones que Rosenda les había enseñado mientras realizaba nudos con hilo. Pero justamente la bruja soltó una espantosa carcajada y al instante ésta se elevó en el aire mano surgieron unas enormes garras con las que intentó golpear a mi bisabuelo para arrebatarle el amuleto de protección. Mientras esto ocurría, los otros dos compañeros de mi bisabuelo habían sacado su hilo y estaban haciendo nudos, al mismo tiempo que recitaban una de las tres oraciones que Rosenda les había enseñado en el momento en que ellos hicieron un nudo, que repitieron varias veces. La bruja se retorcía y entonces cayó directamente en el círculo, como si un gran peso la hubiera arrastrado en esa dirección. Cuando cayó, mi bisabuelo corrió al árbol donde tenían las piernas y les clavó dos de las tres tijeras que llevaban en forma de cruz una en cada una. En ese instante, la bruja que estaba en el círculo comenzó a gritar de una manera horrible. Dio un lamento desconsolado que seguramente se escuchó hasta el mismísimo infierno. Mientras eso ocurría, los tres estaban muy asustados, pero no bajaban la guardia y, de repente, los gritos se detuvieron interrumpidos por una dulce voz que provenía de la bruja, quien les pedía que no la mataran, que les daría mucha riqueza o lo que ellos le pidieran. Mientras sus facciones volvían a hacerlas de la muchacha que atendió a mi bisabuelo y sus compañeros cuando iban por comida sin dejarla terminar, Mi bisabuelo la interrumpió y le dijo que se callara, que sabía lo que intentaba y que eso mismo había hecho con sus antiguos compañeros. Mientras él decía eso, sus dos compañeros seguían haciendo lo mismo. Nudos y oraciones. La bruja, al ver que no la iban a liberar, retomó la forma horrible que tenía cuando llegó e intentó elevarse en el aire deseosa de hacerles daño. En ese momento, los tres comenzaron a avanzar hacia ella sin perder el triángulo que formaban. La bruja sabía el destino que se aproximaba y por eso no dejaba de gritar y maldecir, y cuando estaban los sons eficientemente cerca de ella, uno de los compañeros tomó las tijeras en forma de cruz y se las clavó en el pecho a la bruja. La horrible Bruja comenzó a dar gritos horripilantes y a retorcerse en el suelo como un gusano. Entonces mi bisabuelo empezó a quemar todo alrededor y la bruja comenzó a arder en llamas y los árboles comenzaron a quebrarse, produciendo un sonido aterrador. Las sombras creadas por el fuego parecían demonios. Jugando con la mente de los tres hombres que enfrentaban a la bruja. La bruja, mirándolos fijamente, amenazó con vengarse en el futuro, prometiendo daño a ellos o a sus descendientes, y a medida que las llamas cesaban, ella se reducía en tamaño. Luego hubo un repentino silencio. Las piernas atadas al árbol comenzaron a desvanecerse como polvo, mientras la bruja se encogía en el círculo de sal hasta el tamaño de un gato. Al amanecer a ren recorno. Mordaron el Consejo de Rosenda, quien le dijo que si no lograban deshacerse de ella, debían esperar hasta el sol. De ser así, debían llevarla a una cueva en la cima de un cerro antes de que los rayos solares la alcanzaran por completo pero que debían tener cuidado. Rosenda había advertido sobre un posible problema. La bruja podría influir en alguno de los tres para que la dejara ir y así podría recuperar su forma original y buscaría vengarse al amanecer. Al exponerla al sol no desapareció. Decidieron atraparla en un costal de sal que aún tenían y se dirigieron hacia el cerro en el camino. Uno de los compañeros sugirió dejarla ahí, insistiendo en que ya habían cumplido su objetivo. A pesar de sus palabras, continuaron hasta la cueva. Al entrar encontraron una fosa lista para deshacerse de ella. Siguiendo las instrucciones, cerraron el costal con los nudos que habían utilizado previamente, lo arrojaron a la fosa y la cubrieron. Una vez hecho, sintieron alivio al pensar que todo estaba resuelto. Después de finalizar con la bruja, los tres se marcharon sin prestar atención a la voz que los llamaba, alejándose del lugar y llevando consigo el amuleto que les entregó Rosenda. Al regresar al pueblo, cada uno siguió su propio camino y nunca volvieron a cruzarse. Mi bisabuelo se salió del ejército y decidió llevar una vida más tranquila en su pueblo de siempre, y días después decidió visitar a Rosenda para contarle lo sucedido. Sin embargo, al llegar a su casa, que estaba en las afueras del pueblo, encontró el lugar en ruinas, cubierto de polvo y abandonado como si nadie viviera ahí desde hace años. Al intentar averiguar sobre Rosenda en el pueblo, descubrió que nadie conocía a una persona con ese nombre excepto una señora que solía cuidar a los enfermos y que ya había fallecido. Así que, al parecer, la rosenda a la que buscaba ya no estaba viva. Mi bisabuelo, sorprendido y escéptico, acudió al campo Santo en busca de la tumba de Rosenda Vega. Encontró una lápida descuidada y casi ilegible por el paso del tiempo. Esto le desconcertó, ya que había hablado con una mujer llamada Rosenda Vega y ella los había ayudado a derrotar a la bruja y recuerda que su casa estaba en perfectas condiciones, mientras que la tumba se hallaba abandonada y en decadencia, como si tuviera muchos años que nadie la visitara. Sintió una profunda tristeza al saber que la mujer que había hecho algo bueno estaba muerta. Además, le había tomado cariño y tenía muchas ganas de verla y al darse cuenta de que ya no estaba con vida, una profunda tristeza lo invadió, así que decidió hacer algo bueno por ella, como ella lo hizo por él. Al ayudar a vengar la muerte de sus antiguos compañeros, comenzó a limpiar la tumba l l a r r a r n la por hojas y vegetación. Mientras le hablaba y le relataba cómo habían acabado con la bruja, agradeciéndole por su ayuda. Por alguna razón, él sabía que Rosenda lo escuchaba y eso lo hacía sentir un poquito mejor. Siempre iba a dejarle flores como agradecimiento y siempre le pedía que lo dejara verla una vez más, pero eso nunca pasó. Unos años después, durante un viaje se encontró con Pepe, quien había sido hechizado por la Bruja en la cabaña hace unos años, Pepe le contó cómo fue controlado por la Bruja y cómo a liberarse trató de reconstruir su vida. Mi bisabuelo compartió con él la historia de cómo lograron vencer a la Bruja gracias a los conocimientos que Rosenda les había proporcionado. Y entonces Pepe se quedó paralizado al escuchar el nombre de Rosenda, pues recordó que ella había sido su alumna hace muchos años, cuando él era maestro en el pueblo y la recordaba como una chica muy inteligente y amable. Y entonces comenzaron a recapitular que seguramente en el momento en que la Bruja comenzó a arder en llamas fue cuando Pepe comenzó a recuperar la movilidad de su cuerpo y posterior a eso prendió en llamas la cabaña. Pepe le dijo a mi bisabuelo que desde ese entonces había vivido una vida tranquila y feliz y le agradeció a mi bisabuelo por salvarlo de aquel horrible tormento en el cual no era dueño de su propio cuerpo ni de sus pensamientos. Mi bisabuelo se alegró de haber podido ayudar a Pepe y se volvieron buenos amigos. En fin, la Bruja jamás volvió a aparecerse en el pueblo y nadie supo nada de ella. De hecho, los rumores de gente desaparecida y muertos habían cesado, pues todo volvió a la normalidad gracias a Rosenda, mi bisabuelo y sus compañeros. Y muchos años después, en la parte trasera del cerro es donde los trabajadores no pudieron avanzar en la construcción de la carretera, pues decían que había algo que se los impedía. Había apariciones raras y se escuchaban gritos que provenían de la cueva y mi bisabuelo llevó el amuleto el atrapa pesadillas hasta el final de sus días. Hola me llamo Isaaki, lo que les relataré a continuación sucedió en la finca donde residían mis abuelos. Fue algo que le sucedió en concreto a mi padre y a su amigo Beto, todo por burlarse de un anciano malhumorado. A veces no sabemos quién fue nuestra familia realmente y cuando nos damos cuenta, ya no están para darnos explicaciones. En fin, todo comenzó cuando mi padre pasaba sus días en la finca de los abuelos. La finca es una herencia familiar que ha pasado por cuatro generaciones. Es un sitio con mucha historia emotiva, tanto para la familia como para todos los que han laborado ahí. En la era de mis abuelos, la finca era mucho más dinámica. Ahora parece un lugar abandonado que apenas subsiste ante el paso del tiempo y su oscura historia. En ese tiempo había establos cultivos, una gran cantidad de animales. Por lo tanto, la finca tenía numerosos trabajadores. Entre todos esos trabajadores había uno muy peculiar y es de el de quien les hablaré en esta narración. Don Fernando, el guardián de la finca, vivió ahí desde que era casi un niño. En ese lugar ascendió desde ser un simple peón hasta ser capataz con su dedicación y esfuerzo. Era sumamente respetado por todos y prácticamente establecía las normas en la finca. Junto con los demás empleados. Fernando fue el empleado más fiel y honrado que ha pasado por la finca de mis abuelos. Todos depositaban gran confianza en él y siempre fue el más cercano colaborador de mi abuelo. Sin embargo, también era un hombre muy rígido que con lr ideas arraigadas en su época. Con el paso de los años, poco a poco lo fueron relevando de muchas tareas debido a su avanzada edad, ya que le resultaba imposible imponer su voluntad o simplemente realizar trabajos físicos. Él mismo solicitó poder seguir trabajando ahí hasta sus últimos días, porque no quería dejar de hacerlo y terminó siendo el guardián de la finca. En sus últimos años se encargaba de cuidar la casa, el estacionamiento, los establos y un gallinero. Fernando lucía cansado y solía aislarse constantemente manteniéndose siempre en silencio. A pesar de que Fernando nunca contrajo matrimonio, Dedicó toda su vida al trabajo y a la finca. Mientras sus padres estaban vivos, salía de la finca para visitarlos, siendo esa sus únicas salidas, y después del fallecimiento de sus padres, prácticamente se quedó solo. Se decía que tenía una hermana, pero fue llevada a la capital desde muy pequeña y nunca regresó. Así que Don Fernando sirvió fielmente a mis abuelos durante toda su vida. Sin embargo, don Fernando guardaba numerosos secretos muy oscuros que nadie imaginaba. En primer lugar, los secretos que mi abuelo le confió sabiendo que Don Fernando era muy discreto y así lo fue hasta su muerte. Don Fernando también conocía cosas sobre la finca que pocos sabían, pero, como se suele decir, no se pueden ocultar todos los secretos en la vida tarde o temprano. La verdad y los secretos salen a la luz. A mi padre, llamado Carlos Lesama, y a su amigo cercano, Beto les tocó descubrir un secreto aterrador que Don Fernando ocultaba. Ese amigo de mi padre, Beto también trabajaba en la finca. Él se ocupaba del tractor y de las labores agrícolas y era el mejor amigo de mi padre. Beto y mi padre crecieron casi juntos. Se conocían desde siempre y cuando mi padre cumplió veinte años, fallecieron mi abuela y un año después mi abuelo. Según decían, que mi abuela se sentía muy sola y por eso había venido por su esposo. Además, los abuelos habían tenido a mi padre cuando eran muy avanzados en edad, y Don Fernando era ya un anciano guardián Cuando mis abuelos murieron. Mi padre relata que hubo numerosos cambios en la hacienda. Mis tíos mayores empezaron a enajenar gran parte del ganado y otros bienes de la finca. Don Fernando. Poco a poco fue cayendo en el olvido para todos y a diario. Don Fernando se adormecía en una butaca mientras tomaba un breve descanso bajo la sombra del árbol más imponente de la hacienda. Al lado del árbol se ubicaba el gallinero. Un día mientras Don Fernando dormía, la puerta del corral de las gallinas quedó abierta y uno de los perros logró infiltrarse en él persiguiendo a las aves. Las gallinas huyeron despavoridas y algunas terminaron encima de Don Fernando, junto con el perro El. El susto que se llevó fue enorme, aunque debido a su edad, esos sobresaltos podrían haber sido peligrosos. Sólo emitió un grito. Veto y mi padre corrieron a ver qué ocurría y al observar la escena, no pudieron contener la risa ante la situación cómica con el anciano. Sin embargo, ese comportamiento no le pareció adecuado al anciano Don Fernando, ya que le parecía una falta de respeto que dos jóvenes se estuvieran burlando de él. En lugar de respetarlo y preguntarle por su bienestar. A pesar de ser un hombre más reservado y serio, lanzó una grosería que hizo desaparecer la sonrisa de Veto y de mi padre. Al instante los miraba con ojos llenos de rencor y ellos no entendían por qué se tomaba ese tipo de cosas tan a pecho. No había sido nada serio como para que se portara así. Mi padre afirma que su mirada era tan intensa y desagradable que, a pesar de ser ellos jóvenes adultos, sintieron miedo de Don Fernando, pues creían que por ono hacerles daño gracias a que sabía sobre armas y ese tipo de cosas, y el hecho de que fuera un anciano no quitaba que tuviera más experiencia que ellos. Bajo su semblante envejecido y arrugado, aún conservaba esa autoridad. Mi padre le pidió abeto que se retiraran, pero repentinamente, la risa Burlona resurgió. Don Fernando los miró y les dijo que siguieran burlándose de él, que eran unos jóvenes tontos y mal educados, pero que nadie se reía de él. Y eso lo pagarían muy caro y entonces él sería quien se reiría de ellos. Deseaba que las gallinas les arrancaran los ojos para que dejaran de hacer mal. Además, su patrón no permitiría que nadie se burlara de él porque era su empleado favorito. Después de esas palabras, don Fernando encerró a las gallinas y se fue mi padre le indicó a Beto que no era prudente enfadar al Anciano, que era un pobre hombre mayor, que no toleraba bromas. Sin embargo, a a Abetos no le importó y comentó a mi padre que a él le daba absolutamente igual sus comentarios y su edad, que él sabía que el anciano era un holgazán y que sólo se aprovechaba porque su padre lo había dejado ahí, pero que él probaría que Don Fernando era un flojo y que ya vería quién se Reía. Al final, Beto también dijo que no le gustaban las amenazas y que si se enfrentaban en algo seguro, ellos ganaban porque eran más jóvenes y fuertes. A pesar de la inicial resistencia de mi padre, Beto finalmente lo convenció y así empezaron a actuar como espías de Don Fernando. Al principio les pareció gracioso que parecía que Don Fernando conversaba con amigos imaginarios, ya que lo veían hablar en solitario con un semblante serio, como si estuviera dialogando con alguien que ellos no podían ver. Parecía como si el anciano estuviera desequilibrado mentalmente. Pero luego mi padre y Beto notaron que cuando Don Fernando hablaba y esperaban una respuesta, sucedían cosas extrañas a su alrededor. Se oían pasos de alguien invisible, ramas crujían en los árboles cercanos y se percibía un murmullo ininteligible que parecía ser la respuesta al diálogo de Don Fernando. Sin embargo, según mi padre, parecía que el anciano mismo quería ser descubierto, ya que les resultaba sorprendentemente fácil espiarlo. Uno de los grandes descubrimientos fue su pequeña habitación donde el anciano Don Fernando residía. Aunque estaba alejada de la casa principal, formaba parte de los terrenos de la hacienda. Mi abuelo, en su testamento, dejó claro que Don Fernando, por ser tan fiel trabajador, tenía derecho a vivir ahí hasta su fallecimiento. A nadie le importaba el espacio y, de hecho, mi padre comenta que fue hasta ese día cuando lo espiaron, fue que supo de la existencia de esa casa donde vivía Don Fernando. El anciano dejó la puerta vi ja y se marchó a patrullar la hacienda. Así, mi padre y Beto lograron entrar. Percibieron que Don Fernando tenía pocas cosas, pero todo estaba impecablemente limpio. Al inspeccionar cada rincón de la casita encontraron un espacio que resultó ser el baño y en su interior, Don Fernando tenía una puerta de madera cubierta con una cortina justo al ras del suelo. Cuando intentaron abrirla, escucharon ruidos procedentes de dentro. Mi padre y Beto se alarmaron y salieron corriendo aquella puerta despertó gran intriga en ellos, por lo que trazaron un plan. Beto y mi padre. Sabiendo bien la rutina de Don Fernando, él trabajaba de noche cuidando el rancho y en la mañana esperaba que llegaran los trabajadores. El resto del día, él aguardaba sentado en sus asientos cerca del árbol, apoyado y tomando una siesta hasta que oscurecieran nuevamente y luego se retiraba a su vivienda para prepararse antes de salir i a patrullar otra vez. Por eso, mi padre y Beto coordinaron ir temprano a explorar lo que se ocultaba tras esa pequeña puerta en el baño. Cuando llegó la noche y Don Fernando no estaba en casa, la puerta principal estaba abierta, así que fácilmente entraron y se dirigieron hacia el baño con algo de temor. Abrieron la pequeña puerta de madera y entraron como en una escena de película. Descubrieron un sótano oculto que, al parecer, sólo Don Fernando conocía. Resultó que ellos llevaban una vela, estaban bien equipados y descendieron con cautela por las escaleras y abajo descubrieron una habitación más espaciosa que toda la vivienda de Don Fernando. Parecía que la casita era sólo una distracción para ocultar ese inmenso sótano y sus misterios. Había un olor a humedad similar al de una cripta y había un armario muy grande que captó la atención de mi padre. En primer lugar, dentro del armario notaron que había varios trajes de vaquero. Mi padre identificó rápidamente los trajes eran los de mi abuelo. Mi padre cuenta que sacó uno de los trajes polvorientos y amarillentos por el abandono. Ese traje tenía una marca de beso muy evidente en la camisa. En el cuello. Dentro del bolsillo de la camisa encontraron una nota que decía no me olvides. Mientras exploraban más en ese viejo armario descubrieron cartas de amor, todas dirigidas a mi abuelo y escritas por diferentes mujeres. Esto llevó a mi padre a pensar que Don Fernando era el responsable de guardar todos los secretos de mi abuelo. Encontraron fotografías antiguas de mi abuelo abrazando a otras mujeres que definitivamente no eran mi abuela. Además de recuerdos dejados por esas amantes, Beto se burló de mi abuelo diciendo que mi abuelo era todo un pícaro y le dijo que mirara todas las cosas que había ahí, que seguramente mi abuelo tenía mucho o los hijos. Por ahí, además, añadió que estaba seguro de que mi abuela no sabía de todo eso. A mi padre le invadió la ansiedad y un extraño malestar por lo que decía. Beto le pidió que mostrara más respeto hacia los difuntos, especialmente hacia su abuelo, pero Abeto no le importó y continuó diciendo que mi abuelo había sido un viejo loco y que había tenido suerte al tener tantas mujeres bonitas. No se imaginaba teniendo tantas mujeres, pero que de seguro era algo increíble. Mi padre relata que cuando Beto terminó de decir eso, un frío viento se coló en el sótano y la vela que llevaban se apagó. Eso era imposible, ya que habían cerrado la puerta secreta por si acaso regresaba a Don Fernando para no ser descubiertos. Dice mi padre que sus corazones latían tan rápido que temían sufrir un infarto, ya que también comenzaron a escuchar ruidos arriba pasos pesados, como si alguien de gran tamaño estuviera caminando de un lado a otro de la casa. Luego empezaron a oír voces como si hubiera gente conversando, y luego se escuchó el crujir de una silla desde arriba del sótano, como si alguien se hubiera sentado. Segundos después escucharon otro crujido de silla, alguien más se había sentado y las personas de arriba comenzaron a reír. Mi padre y Beto escuchaban todo eso desde abajo en el sótano y de repente, uno de ellos encendió un cigarrillo y el humo descendió hasta el sótano. Mi padre y Beto percibieron el olor. Sin embargo, no podían ver nada. Estaban en completa oscuridad y totalmente aterrados. También tenían miedo de moverse, ya que podrían ser descubiertos por las personas de arriba, así que se quedaron inmóviles por un rato hasta que Después de unos minutos dejaron de oírse las voces desde arriba. Pero fue extraño, pues jamás escucharon los pesados pasos de las personas abando nando la casa, era como si simplemente hubieran desaparecido. Todo volvió a la normalidad y Beto con cuidado, se acercó a las escaleras y subió lentamente. Se asomó por un lado de la puerta y ya había algo de luz del amanecer. Viendo que no había nadie en la casa, bajó de nuevo y pudieron encender la vela otra vez. Ambos estaban aterrados por temor a ser descubiertos. Se dieron cuenta de que aún tenían tiempo para seguir explorando el sótano. Descubrieron una cama grande, botellas de tequila, una caja de cigarrillos. Las botas de mi abuelo estaban en el suelo. Al lado de la cama. Todo estaba, igual que cuando mi abuelo visitó por última vez ese sótano. Abeto le picó la curiosidad mirar debajo de la cama. Levantó la sábana que colgaba y pidió la vela a mi padre para ver lo que había debajo. Cuando iluminó cuidadosamente con la luz y se asomó, se quedó sin palabras. No podía hablar. Dejó caer la vela al pero afortunadamente no se apagó. Entonces mi padre la recogió rápidamente. Mi padre miró los ojos desorbitados de Beto y le preguntó qué había visto que estaba pasando allá abajo. Pero Beto no respondía y, de repente empezó a vomitar. Mi padre trató de calmar a Beto. Le pidió que, por favor, se calmara, que todo estaría bien, pero Beto estaba muy afectado. Pasaron unos minutos y el amigo de mi padre se tranquilizó un poco, aunque aún así no quería decir que había visto más adelante. Mi padre y Beto descubrieron algo perturbador debajo de la cama, lo cual les hizo salir rápidamente del lugar y ponerse a investigar mejor. Pero descubrieron algo aún más inquietante en el sótano, lo cual les hizo sentir la necesidad de regresar y exponer a Don Fernando y entre el alboroto que en ese lugar lejano. Mi padre cuenta que casi se desmaya del miedo al escudo echar una risa fuerte idéntica a la de mi abuelo y a la de su propio padre. Beto intentó agarrarse, pero recibió dos bofetadas para recobrar el conocimiento. Sólo les quedó la opción de huir de ahí, pero fue inútil, al menos para Beto. Mi padre relata que escuchó la risa burlona y malévola de mi abuelo y vio como una fuerza invisible. Agarró Abeto de una pierna, lo arrastró con violencia y lo estrelló repetidamente contra las paredes. Beto clamaba por ayuda, pero mi padre no pudo hacer nada. Los golpes hacían que la cabeza de Beto resonara como si su cráneo se hubiera fracturado. Los gritos de su amigo cesaron Cuando quedó sin vida. Al ver el charco de sangre, mi padre intentó socorrerlo, pero una fuerza lo expulsó de la casa. Mi padre cree que pudo haber sido el espíritu de mi abuelo. Sintió que moriría confundido, corrió y gritó, lo que alteró a los perros del rancho generando un alboroto. Buscó a Don Fernando en busca de respuestas, pero éste no apareció por ningún lado. Casi amanecía. Cuando llegaron los hermanos mayores de mi padre a trabajar y él les contó lo sucedido con Beto. Los hermanos molestos fueron a la casa de Don Fernando con otros trabajadores, pero éste no estaba el sótano permanecía abierto, como lo dejaron mi padre y Beto. Los hermanos vieron la cabeza de mi abuelo, fectos conservados en formol y demás cosas ocultas. Llamaron a la policía y a la familia de Beto para llevarse el cuerpo. Los policías retiraron el cuerpo e investigaron sin éxito la desaparición de Don Fernando. Horas después, un trabajador mencionó que los perros ladraban en el granero cerrado por dentro. Los policías entraron por la ventana y hallaron a Don Fernando muerto en estado de descomposición. Los policías dijeron que llevaba más de tres días muerto. Resultaba extraño, pues varios lo habían visto trabajando días atrás e incluso saludando a los trabajadores. Mi padre no entendía nada. Había sufrido mucho la muerte de su amigo Beto y ya no quería saber nada de ese lugar. Maldito se lamentó queriendo regresar el tiempo atrás para no haberse burlado del anciano y que su amigo no hubiera hablado de su abuelo y del anciano. Pero era tarde, días después, uno de los amigos de su abuelo fue a hablar con él i le dijo que él sabía también los secretos de mi abuelo, pues se la había engañado a la abuela con muchas mujeres a las cuales se embarazó, pero mandaba a desembarazarlas para que nadie se diera cuenta de sus cochinadas. Don Fernando sabía todo, pues mi abuelo había mandado a construir ese lugar para guardar los más oscuros secretos. Incluso me dijo que mi abuelo le había contado que estaba en una secta y que por eso no le preocupaba morirse, porque sabía que podría regresar cuando pudiera la verdad. Para mi padre fueron impactantes noticias a ver que su abuelo y Don Fernando guardaban esos horribles secretos, así que decidió apartarse del lugar. No quería que alguna iniquidad lo arrastrara hasta un mal camino. El caso fue olvidado. Pagaron para silenciar la muerte de Beto y Don Fernando enterraron la cabeza de mi abuelo y los fetos, quemaron las cajas con sus pertenencias y derribaron la casa de Don Fernando, enterrando los secretos. Mi padre dejó de visitar el rancho y con el tiempo nadie quiso trabajar ahí. Los pocos que iban al campo decían sentirse asustados, escuchaban voces y ocurrían accidentes inexplicables. Por eso ya no había trabajadores dispuestos. El rancho fue olvidado con sus secretos. Sé que lo que estaba en el sótano no era todo, pero eso se llevó mi abuelo a la tumba. Era su secreto. Su conciencia lo guardó en vida y quedó totalmente claro que Don fern Mando también se había llevado oscuros secretos a la tumba y que había cumplido su promesa de que mi padre y su amigo pagarían por burlarse de él. Hola. Mi nombre es reinaldo y tengo treinta y dos años. La historia que contaré es algo que me sucedió hace un tiempo, algo que me abrió los ojos a los secretos familiares y a saber que a veces la ambición puede llevarnos incluso a la muerte. Bueno comienzo diciendo que mi abuela era una persona de mucho dinero. Su casa se asemejaba a una gran finca. Era un sitio impresionante, con una extensión considerable de terreno. La residencia principal tenía una estructura muy bella, construida con piedra y ladrillo de barro Contaba con varios dormitorios, cada uno con su respectivo baño. En un extremo se ubicaban las áreas de cocina, comedor y salas. En el otro se encontraban los dormitorios, siendo el de mi abuela el más espacioso y lujoso. Claramente, desde su balcón se podía contemplar una fuente circular ubicada justo en el corazón de toda la edificación. Dentro de la fuente se podía ver una estatua de una dama con un vestido largo. Esta figura señalaba con su dedo hacia el firmamento. Esa escultura siempre me infundió temor. Nadie tenía conocimiento de la identidad de la mujer ni del significado de su gesto. Detrás de la residencia se hallaban los establos junto a los animales, pues a pesar de tener mucho dinero, mi abuela vivía en un pueblo. Visitábamos a mi abuela con frecuencia. A diferencia de sus hermanos, mi padre nunca le solicitaba dinero ni mencionaba ese tema cuando la veía. Al contrario, aunque mi abuela tenía todo lo necesario, mi padre siempre le llevaba obsequios e incentivaba su participación en nuestras vidas. Por eso desarrollamos un vínculo especial con ella que mis tíos y primos nunca tuvieron, ya que ellos frecuentemente les solicitaban dinero. O bromeaban sobre quién heredaría sus posesiones cuando falleciera, algo que sinceramente, me parecía desagradable, pues se veía de lejos que lo único que les interesaba de mi abuela era su dinero, y bueno, ella lo sabía, así que cuando enfermó, dejó en claro quién heredaría la finca, dado que mi abuelo había fallecido años atrás y dejó la propiedad a mi padre, junto con instrucciones precisas y justamente poco después de hablar con mi padre, falleció. Siempre fue afectuosa con nosotros, pero también tenía un lado extraño. En algunas reuniones familiares, Desaparecía sin que nadie supiera dónde iba o que hacía durante festividades como Semana Santa, Día de Muertos o días previos a Navidad. Era imposible encontrarla parecía que se la había tragado la tierra sin más. Incluso si te acercabas a su cuarto antes de dormir se escuchaba que la abuela hablaba cosas que jamás entendí. En fin, cuando mi padre aceptó la herencia, los abogados de mi abuela nos ayudaron en la transición y nos mudamos a su casa una vez instalados. El abogado más confiable nos reunió en la sala y nos comunicó las instrucciones privadas que había compartido la abuela, quien dejó claro que la escultura de la fuente no debía ser desplazada ni movida de su lugar por ninguna razón. También dejó dicho que la ventana del balcón, del dormitorio principal jamás debe permanecer abierta más allá de la medianoche. Y, por último, dijo que si encontrábamos un baúl, no debíamos abrirlo por nada del mundo que lo dejáramos donde lo habíamos encontrado. Entonces, tras leer las instrucciones, el abogado se marchó y no volvimos a tener noticias de él. Las instrucciones resultaron peculiares, pero nunca cuestionamos por qué se nos prohibió hacer ciertas cosas. Además, sabíamos que la abuela siempre había tenido un lado raro y seguramente sus razones tendría para dejar en claro lo que no quería que hiciéramos. Así que, como siempre, respetamos su palabra sin problema y así pasaron los años y nos adaptamos a la vida En ese lugar. La finca era tan grande que no nos deshicimos de las pertenencias de mi abuela. Las conservamos en su dormitorio, al que nunca entramos con el tiempo. Mi hermano contrajo matrimonio y tuvo a su primer hijo. Mi padre le sugirió que usara el dormitorio contiguo al de mi abuela, que estaba desocupado y era amplio, para que lo acondicionara como un nuevo lugar para ellos. Mi hermano aceptó y comenzó a remodelar los dormitorios. Cuando derribó una de las paredes del dormitorio vacío, descubrió un pasaje secreto entre ese cuarto y el de mi abuela. Era un pasillo estrecho y oscuro que conducía a unas escaleras descendentes hacia lo que parecía ser un sótano en en que cuanto lo descubrió, nos llamó y descendimos con linternas para explorar el lugar. El sótano era un espacio sombrío impregnado de polvo. Estaba repleto de objetos antiguos y sucios que habían sido olvidados. Ahí aún así había un interruptor que activaba una luz incandescente que apenas iluminaba el lugar. Con esa luz pudimos distinguir algunas estanterías adosadas a la pared y en algunas de ellas encontramos cajas con prendas de vestir y adornos. En el centro se encontraba una larga mesa de madera cubierta de polvo y telarañas. Ésta mostraba numerosas marcas de cortes con cuchillos. Daba la impresión de haber sido utilizada para trocear o cortar algo. Desconocíamos que podría hacer ese algo, pero nos inquietaba pensar en ello. Mientras mi hermano y mi padre investigaban, noté en una de las estanterías del fondo un pequeño baúl estaba fabricado con madera y metal que ya se había oxidado. Tenía inscripciones extrañas que se asemejaban a escritura griega o algo así. El baúl estaba cerrado con un candado y parecía que las juntas de metal habían sido soldadas, como si lo que se encontrara dentro jamás debiera ser liberado. Intenté alzar el cofre y, al ser ligero, lo coloqué sobre la mesa. Mientras lo hacía, mi hermano encontró un álbum de imágenes que descansaba en la parte superior de la misma repisa. Dentro había fotos de la abuela con individuos desconocidos para nosotros. En todas ella lucía contenta, llevando consigo un relicario de apariencia plateada, colgando de su cuello y en cada foto estaban sonrientes y disfrutando, excepto en las últimas. En estas últimas imágenes, ella llevaba un vestido blanco y los demás le lanzaban pequeñas monedas doradas. Ninguno de nosotros entendía el significado de lo que veíamos. Para mi hermano y para mí era algo sorpresa recibo, pero el semblante de mi padre había cambiado drásticamente. Al sujetar el cofre, mi padre se quedó petrificado como si hubiera visto un espectro. Su rostro palideció y sus ojos reflejaron terror. Parecía como si algo en su memoria se hubiera despertado, algo que lo atormentaba manteniendo su expresión de horror. Comenzó a narrarnos que cuando era niño, la abuela solía tener encuentros con otras personas en la sala Durante estas reuniones hacía que el abuelo se la llevara y volvían tras unas horas. En una de esas ocasiones, una mujer se sintió mal justo antes de que se fuera con el abuelo. La mujer empezó a gritar y a convulsionarse. No recordaba mucho de aquel momento, pero si recordaba que después del colapso, la mujer fue llevada al hospital. Horas más tarde, observó que la abuela llegó con el cofre y se retiró a su habitación. Nunca supo que sucedió con la mujer ni que había dentro del cofre. Más tarde colocaron la fuente con la estatua. Mientras mi padre nos relataba eso, noté que en la pared donde estaba el cofre había numerosos elementos religiosos y cuadros con las personas presentes en las fotografías del álbum cruces, velas, consumidas, rosarios y otros objetos sagrados. Todo nos generó una sensación incómoda y antes de que pudiéramos expresarlo, mi padre nos indicó que nos marcháramos cuando ya estábamos afuera. Apagó la luz y subió llevando consigo el cofre. Una vez fuera nos advirtió que no debíamos tocar ni el cofre ni el álbum de fotografías nunca más, ya que eran pertenencias de la abuela y que sería mejor olvidar lo que habíamos visto. Guardó el cofre en su armario junto al álbum y decidimos dejar el pasaje del sótano tal como estaba. Por ende, mi hermano colocó una pared a la altura exacta para impedir que alguien volviera a entrar al sótano. Con el tiempo. Durante una reunión familiar, compartimos lo encontrado. Para la mayoría fue una anécdota interesante. Sin embargo, para mi tío Ricardo fue algo más. Mostró un gran interés en lo descubierto y en donde habíamos dejado el cofre. Un tiempo después se levantó de la mesa anunciando que iría al baño al pasar más de una hora y no verlo regresar, decidí buscarlo. Descubrí que la habitación de mis padres estaba abierta y ahí encontré a mi tío Ricardo. Los cajones estaban abiertos y muchas cosas estaban esparcidas. Estaba buscando el cofre, el cual sostenía en la mano y trataba de abrir con un cincel y un martillo que había tomado de la caja de herramientas. Comenzó a maldecir a mi abuela mientras intentaba abrir el cofre. Se notaba sudoroso indicando que había estado intentándolo por un tiempo. El cofre, aunque soldado por algunas partes, era muy antiguo y la madera se dio antes que la cerradura. Tras ello, agarró el fragmento roto del cofre y lo arrojó al suelo. Fue suficiente para poder observar lo que contenía el cofre. Nos quedamos atónitos. Al ver lo que había dentro eran pequeñas monedas de oro, muchas que llenaban casi por completo el cofre. Desconocíamos su origen o época, pero tenían grabados símbolos que no reconocíamos. Entre las monedas había un relicario a modo de collar que capturó nuestra atención. Era de plata con una cadena fina y un dije ovalado. Era el mismo de las fotos y me quedé en chock mientras mi tío lo examinaba y trataba de abrirlo. Al lograrlo, notamos que en su interior había espacio para dos fotografías, pero en su lugar había dos marcas de sangre, una a cada lado. Parecía como si alguien hubiera dejado sus dedos ensangrentados en el metal, dejando una huella roja y seca. Al percatarse de eso, mi tío arrojó el relicario sobre la cama, arruntando que no tendría valor alguno por la sangre seca. Junto al relicario había un rosario antiguo que infundía una sensación desagradable. Era de madera oscura, con cuentas, redondas y una cruz. Al final. Sin embargo, lo más peculiar era que tenía inscripciones en el mismo idioma que el cofre. Mi tío recogió las monedas, las guardó en su bolsa y abandonó la habitación, dejando caer el cofre y el rosario al suelo. Mientras recogía el cofre y lo ponía en la cama, escuché que empezaba a discutir con mi padre y reclamaba que él merecía más la casa que por eso se quedaría con el oro de la abuela y enfurecido, se marchó. Mi padre me miró desconcertado y le informé que mi tío había abierto el cofre. Le conté lo que había dentro y dejamos el rosario junto con el relicario dentro del mismo, a pesar de que ya estaba roto en este punto, ya se habían ido los demás familiares y estábamos recogiendo las mesas. Cuando de pronto escuché gritar a mi madre regresando casi de inmediato. Dijo que había visto correr a una niña con un vestido y pensó que sería alguna de mis primas y fue a ver, pues al la ver animales de aquel lado, era peligroso que fuera sola. Como no vio nada. Se regresó y nos contó. No le dimos importancia y seguimos cada uno a lo suyo. Esa misma noche, mientras cenábamos mis padres, mi hermano, su esposa y yo escuchamos un sonido provenir de la parte trasera. Primero parecía un grito, luego alguien llorando y poco a poco se convertía en un sonido ronco y aterrador que, al ser tan grave, hizo que las ventanas de la casa comenzaran a vibrar. Todos nos miramos confundidos y luego la esposa de mi hermano gritó asustada. Dijo que vio pasar corriendo por la puerta a una persona muy alta. Yo estaba de espaldas a la puerta, por lo que no lo vi pero ella lucía alterada. Salí junto a mi padre, mientras mi hermano trataba de calmar a su esposa por la dirección que nos dijo que tomó. Parecía ir hacia el cuarto de la abuela. Cuando avanzamos vimos como la puerta del cuarto, su cuarto se cerró. Eso no tenía nada de lógica. Ese cuarto no había sido abierto en años y aunque lo hiciera, todos los que vivíamos en la casa nos hallábamos en el comedor. Mi padre, muy tranquilo me dijo que no me acercara. Mientras él fue a su cuarto por su rifle. Creímos que alguien se había metido y forzado la puerta del cuarto de la abuela, quizás alguien que quería robar. Cuando mi padre se acercó con el rifle en mano, mi hermano y yo estábamos cada uno de un lado del cuarto. Por si la persona que se metió se quisiera salir por alguno de los ventanales desde donde estaba vi cómo Mi padre se acercó lentamente a la puerta y cuando la abrió apenas unos pocos centímetros, algo la empujó violentamente desde adentro. Mi padre dio un grito ahogado y mientras se escuchaba una risa provenir desde el cuarto de la abuela, los tres nos quedamos paralizados y antes de siquiera pensar en que pudo haber sido eso. La puerta se abrió completamente. Sin embargo, cuando nos asomamos no había nada ni nadie. Revisamos por todas partes y no hallamos nada más que polvo y telarañas, pues como dije, nadie había entrado a ese cuarto por años. Eso fue muy extraño y regresamos al comedor y tratábamos de darle lógica a los sucesos que acababan de pasar, pues jamás habíamos tenido una situación similar desde que vivíamos en la casa. Pero seguramente tenía que ver con que el tío Ricardo había abierto el baúl, pues la abuela había dejado claro que no podíamos hacer eso. En fin, tratamos de olvidar lo sucedido y nos fuimos a acostar. Cuando me dirigí a mi cuarto, tenía que ir por uno de los largos pasillos al haber ventanales. Por ahí se podía haber a uers hacia el centro de la casa, donde estaba la fuente. No sé si fue por el miedo que tenía, por lo ocurrido en la tarde o su gestión, pero cuando volteé hacia afuera, no vi la escultura en ella era como si la hubieran quitado. Era de noche, así que las luces iluminaban todo afuera y vi claramente que no estaba giré rápidamente para dirigirme al cuarto de mis padres. Cuando vi algo que me aterró era una silueta femenina al final del pasillo, cerca del cuarto de la abuela. Estaba ahí de pie. Parecía observarme con una tétrica sonrisa. Sentí que el corazón se me salía del pecho mientras sudor frío me empapaba la frente. Mi respiración se volvió agitada y mis manos no dejaban de temblar. No podía creer lo que veían mis ojos. De repente, las luces parpadearon por un momento como si hubiera una sobrecarga de electricidad. Volteé hacia una de las lámparas y sentí una ligera brisa en la espalda. Era como si alguien muy grande hubiera respirado detrás de mí. Asustado, corrí al cuarto de mi hermano y le grité desde la puerta. Salió rápidamente y muy exaltado. Le conté lo que había pasado. Mientras lo hacía. Miramos hacia el patio por el ventanal y ahí estaba la escultura en la fuente. Era como si jamás se hubiera movido de su lugar. Mi hermano me dijo que me calmara que quizá estaba sugestionado por lo que nos había ocurrido en la tarde, por lo que me fui a mi cuarto extrañado y confundido. No obstante, no dejaba de pensar que el ambiente se sentía pesado lúgubre, como si hubiera algo oscuro. Rondando por la casa, se sentía mucho frío, a pesar de que estábamos en épocas de calor. Luego de eso me acosté e intenté conciliar el sueño. Estaba por quedarme dormido. Cuando escuché pasos corriendo por el techo de la casa, se me hizo un nudo en la garganta y una ola de angustia. Me inundó algo inhumano y espantoso. Se desplazó. Pasaba por el techo asustado. Salí de mi cuarto y quería ver qué era eso que andaba caminando encima de nosotros. La sorpresa es que en el pasillo ya estaba mi padre sosteniendo su rifle. Claramente observaba fijamente el techo intentando discernir que se hallaba. Ahí pude notar su semblante lleno de inquietud. Al encontrarse conmigo, colocó un dedo sobre sus labios y me indicó en silencio que me mantuviera quieto. Seguí su consejo mientras miraba hacia arriba notando una espesa neblina que se formaba en el patio en tiempos de frío. Esto no habría sido inusual, pero no era el caso. Repentinamente oímos un chirrido desde el fondo del pasillo. Provenía de la puerta de la habitación de mi abuela. Mi padre se volteó mientras yo permanecía de frente. Observamos como dos pequeñas infantes en vestidos blancos salían de la habitación, exactamente como la niña que mi madre había descrito más temprano, un grito mudo amenazaba con escaparse, por lo que tapé mi boca con ambas manos. Me costaba creer lo que veía sus rostros pálidos y sus ojos sin vida. De repente las vimos dirigirse hacia la fuente. Se arrodillaron y parecía que jugaban con el agua. Mi padre y yo observábamos llenos de interrogantes. Sin embargo, en un instante sentí una mano helada en mi hombro izquierdo, giré mi cabeza y noté que mi padre hacía lo mismo. Había sentido lo mismo en su hombro derecho, lo que presenciamos aún hoy me provoca pesadillas. Una mujer con largo cabello, negro y muy deteriorado. Cubriéndole el rostro, llevaba un vestido blanco similar al de una novia, pero notoriamente sucio sorprendido. Retrocedí y caí al suelo y en ese momento sentí que mi corazón se paralizaba y cerré los ojos esperando que todo desapareciera. Entonces de la mujer salió una voz a terrando dora y nos dijo que estábamos muertos. Tenía un tono amenazador que hizo que se me erizara la piel. Era una voz que no pertenecía a este mundo, sino que emergía desde las profundidades del infierno. Mi padre estaba parado a mi lado, pero no emitía sonido alguno. Estaba paralizado. Tuve que sacudirlo violentamente para que reaccionara. Mientras tanto, vi cómo la mujer que nos había hablado se dirigía hacia la fuente y al encontrarse con las niñas se desvanecieron entre la niebla. No habían pasado ni cinco minutos cuando el teléfono de mi padre comenzó a sonar, Mi madre respondió y luego se lo pasó a Mi padre vi cómo su expresión cambió y se volvió sombría, cortó la llamada y nos informó que era la esposa del tío Ricardo, quien dijo que mi tío durante la noche empezó a comportarse extraño estaba muy paranoico. Afirmaba que escuchaba y veía cosas. Terminó quitándose la vida por su cuenta. Así que la llamada de su esposa fue para que la acompañáramos en todo el proceso relacionado con su fallecimiento. A la mañana siguiente nos dirigimos hacia donde nos indicó que estaría. Al llegar con ella, nos relató todo lo sucedido desde que regresaron a casa después del almuerzo. Él aseguraba que lo seguía un coche que seguramente mi padre había enviado a alguien para quitarle el oro que había tomado del baúl. Cuando arribaron a su hogar, se encerró en su despacho y durante todo el tiempo estuvo hablando. Al anochecer se negó a recostarse y descansar. Permaneció en la sala con las lámparas encendidas y la bolsa que contenía el oro que se había llevado. Sin embargo, sus gritos cesaron de repente. Al salir de la habitación, lo halló con su cinturón, rodeando su cuello y tirando desde uno de los barrotes de la sala. Después de eso estábamos charlando sobre todo lo que había pasado en la sala. Cuando un cabal que pasaba por ahí se acercó, nos cuestionó por qué hablábamos de monedas de oro. No revelamos demasiado y amablemente le pedimos que se retirara. Nosotros ya no regresamos a la casa. Nos quedamos con la esposa de mi tío durante el velatorio y hasta su entierro. Al momento de partir, mi prima me entregó una mochila. Dijo que allí estaban las monedas y que no deseaba saber más de ellas. Las tomé y nos fuimos de ahí. Al llegar a la casa. Eran casi las cuatro de la tarde y mi hermano con su esposa, nos informó que por la mañana había llegado un hombre con vestimenta similar a la de un sacerdote. Buscándonos en ese instante tocaron la puerta. Era ese hombre de Sotana, un hombre alto de tez clara. A pesar de su imponente figura bajo la sotana mostraba amabilidad. Se presentó con su nombre y nos explicó que venía por encargo de una instancia superior para asistirnos, ya que star estábamos en peligro. Nos pidió que le narráramos todo lo acontecido desde el día en que hallamos el cofre. Después de escuchar pacientemente, nos dijo que debíamos irnos de ahí por órdenes de la iglesia. Mi padre le preguntó por qué, pero él le dijo que era algo confidencial. Mi padre le dijo que no íbamos a hacer eso que, por favor, se fuera. Era la casa de su madre y a pesar de todo, se negaba a dejarla. El hombre sólo movió la cabeza de un lado a otro y dijo que no podía obligarnos, pero que debíamos tener cuidado. Y después de eso se fue puse las monedas en donde las encontramos y toda la familia nos reunimos en el patio de la casa, nos tomamos de las manos y rezamos. Además, pedimos perdón a la abuela y a los espíritus atormentados. Pedimos perdón en nombre de la abuela. Después de eso no volvió a suceder nada raro. El sótano quedó cerrado completamente e incluso coloraron tabiques y demás para que nadie entrara. En fin, desconocemos qué ocurrió. No entendemos que escondía la abuela. Eso sigue siendo un enigma que esperamos sinceramente nunca se nos sea revelado. Ya no queremos saber más sobre el baúl de mi abuela ni de su antigua historia. Mi nombre es Arturo López, vivo en Querétaro, México y me gustaría contar mi historia, mejor dicho la de mi abuela. Estos últimos días he estado en casa de mi abuela cuidándola. Ha tenido una situación difícil y requiere que alguien esté presente casi las veinticuatro horas para estar al pendiente de ella. Por cualquier situación presenta un tipo de enfermedad que está afectando su hígado. Me he encargado de ayudarla en sus necesidades cotidianas, como acompañarla al baño y trasladarla de una habitación a otra. Durante las últimas tres semanas y la verdad no me quejo de él, aunque para algunos podría parecer monótono. Lo hago con gusto. Siempre he mantenido una estrecha relación con mi abuela. Prácticamente fue quien me crió, ya que mi madre rara vez estaba en casa por su trabajo, así que definitivamente era hora de retribuirle por lo mucho que hizo por mí en el pasado. Desde que yo estaba en la escuela secundaria, Ella ha estado sola y a pesar de eso, estos últimos diez años han sido los más felices que la he visto. A pesar de haber estado casada con mi abuelo durante más de cincuenta años antes de su fallecimiento, nunca parecieron llevarse bien. Cuando era joven, mi abuela solía venir a quedarse en lugar de invitarme a su casa. Mi abuelo nunca visitaba el nuestro en su mayoría. Permanecía cerca de su hogar o se ausentaba por trabajo, pero las pocas veces que interaccioné con él mostraba una gran distancia. Incluso cuando era niño. Su aspecto no no me genera confianza con el tiempo. Se volvió más pálido y menos coherente. Murmuraba palabras incomprensibles mientras miraba la televisión. Mi abuela solía mantenerlo en la oscuridad del dormitorio con la televisión encendida. Su desaparición repentina. Cuando yo cursaba noveno grado fue un alivio tanto para mí como para mi abuela. La semana pasada, mientras la preparaba para dormir y le mencionaba que al día siguiente íbamos de compras, sugiriendo que descansara, ella negó con la cabeza y desvió la mirada. Su rostro se tornó triste y el ambiente también. Ella me dijo que esa noche podría ser su final. Me agradeció diciendo que había sido muy amable con ella y que quería que yo estuviera con ella en el final de sus días. La verdad me quedé sorprendido con sus palabras y, siendo sincero, me dolió escuchar eso, pues yo no quería que se fuera. Quería que estuviera más tiempo conmigo Gui le dije que no dijera esas cosas, que seguramente se recuperaría muy pronto, pero ella me dijo que sabía que no sería así y que, además, necesitaba confesar sus pecados. Me quedé pensando y le sugerí llamar al padre, pero me dijo que no, que era un asunto familiar y que alguien debía saberlo. Le dije que podía contarme con gusto y yo no la juzgaría, aunque sinceramente estaba consciente de que quizás no quería conocer ese secreto. Mientras observaba el rostro de mi abuela, recordé la bella sonrisa que solía tener muchos años antes, pero la expresión que mostraba en ese momento evocaba algo que nunca había visto en su rostro antes. Recordé cómo solía estar nerviosa cada vez que se quedaba en nuestra casa revisando puertas y ventanas repetidamente, como si temiera la presencia de alguien más. Su mirada sugería que un extraño intentaba entrar para llevarme, pero siempre creímos que era algo relacionado a su enfermedad o a algo psicológico por la vida que había llevado en su niñez y con el abuelo, Así que realmente nunca pusimos especial atención a eso. Pero cuando supe la verdad resultó ser en extremo inquietante. Me quedé sentado en la cama viéndola fijamente, esperando a que se decidiera a contarme su secreto. Estaba preparado para escuchar algo que no deseaba. Le dije que estaba para escucharla nuevamente y que podía confiar en mí. Mi abuela sintió observando por la ventana oscura de su dormitorio, como si hubiera alguien ahí, y entonces comenzó diciendo algo totalmente impactante. Dijo que mi abuelo había desaparecido, que ella personalmente se había encargado de eso. La confesión me dejó impactado, algo que seguramente se reflejó en mi rostro. Ella sonrió, pero no había alegría en esa sonrisa. Me dijo que seguramente estaba impresionado, pues no podía ser que una anciana eliminara a una persona de esta tierra. Pero mencionó que lo había sido apenas sino hace quince años. Me dijo que, de hecho, esa fue la última vez, pues lo había hecho anteriormente diez años antes. Mi abuela confirmó la historia completa, revelando detalles que nos llevaron casi hasta el amanecer. Mientras relataba la historia, no dejaba de mirar por la ventana buscando al abuelo y griega. Ahora comprendo que ella lo esperaba. Me contó que ambos estaban muy felices por el próximo nacimiento de su hija. Mi madre. Mi abuelo había evitado el servicio militar gracias a su educación universitaria y un trabajo en el gobierno. Trabajaba como ingeniero, encargándose de puentes y sistemas de alcantarillado y esperaba regresar a casa con la abuela con ansias y conocer a su primera hija. Mis abuelos se habían ilusionado con la llegada de su hija y durante sus conversaciones telefónicas, las lágrimas asomaban cada vez que proyectar su futuro juntos en casa. Sin embargo, una llamada marcó el final de aquel sueño, pues le informaron sobre la muerte del abuelo en un accidente automovilístico. Murió en el lugar de trabajo cuando otro conductor pasó un semáforo en rojo y colisionó contra su lado del coche. Le aseguraron que fue instantáneo que no sufrió. Mi abuela decidió que lo enterraran cerca de su casa para que su hija estuviera cerca de su padre. Estaba claro que mi abuela estaba muy triste por el fallecimiento del abuelo. No podía creerlo. Todos sus planes se habían ido a la basura. Una semana después de su fallecimiento. Antes de que su cuerpo llegara a casa, la abuela escuchó ruidos en la cocina por la noche. Mientras contaba eso, el tono de voz de mi abuela se volvió más bajo, poniéndome la piel de gallina. Siguió con su relato diciendo que bajó con un bate de béisbol y entonces vio a un hombre en uniforme militar s n n N. La viniendo en la cocina de la abuela como si fuera suya era de noche y vislumbró con dificultad una bolsa junto a él y un vaso de leche en la mesa. Sin confrontarlo. Lo golpeó de forma fulminante y el hombre cayó inmediatamente. Pero en ese momento la abuela se dio cuenta de quién era y sintió que el alma salía de su cuerpo de la impresión, pues era mi abuelo quien yacía en el suelo sangrando con su uniforme manchado. Entonces mi abuela recogió las medallas que colgaban de su cuello por el ejército. La abuela vio que había un sobre en la mesa lleno de documentos que indicaban que estaba por nacer su hijo, pero lo raro era que el abuelo jamás había sido militar, así que mi abuela estaba totalmente confundida, así que sintió si aún tenía signos vitales y cómo se dio cuenta de que ya no decidió enterrarlo en el patio trasero. No llamó a la policía ni nada. Sólo lo enterró tres días más tarde, mientras doblaba la ropa en la sala tratando de seguir adelante. Escuchó unas llaves en la puerta. Alguien entró dejando su bolso y pronunciando. La última voz que esperaba era la voz del abuelo, quien la saludaba como si nada impecablemente vestido, intentó abrazarla, pero mi abuela no pudo moverse. Ella sabía que lo había matado. Hace tres noches se apartó de sus brazos. Mientras la expresión confundida del abuelo le provocó un dolor en el corazón. Mi abuelo le dijo que, porque estaba tan rara que parecía que había visto un fantasma, estaba asombrado y confundido. Temblando, La abuela se acurrucó protegiendo su vientre. Él se acercó y ella se encogió anticipando un ataque, pero en lugar de eso, sólo la abrazó con fuerza y su voz sonaba igual a la de él. Y cuando la abuela lo rodeó con sus brazos, se dio cuenta de que también se sentía igual que él el olor de su sol de la nación para después del afeitado el roce de su nariz en su mejilla la forma en que su cabello olía fueron todas las cosas que le hicieron saber qué era él. La abuela revisó la parte posterior de su cabeza más tarde esa noche, mientras dormía, pero no había una marca ni nada que le hiciera creer que había sido él a quien había golpeado. Unas noches antes pasó el tiempo y la abuela vivió con esa versión de mi abuelo. Durante cuatro meses. Trabajaba como gerente en una empresa de papel, tenía un título en administración de empresas en lugar de ingeniería y se ganaba la vida cómodamente. Sin embargo, si la abuela necesitaba un recordatorio de los viejos tiempos, sólo tenía que mirar la foto de graduación colgada en el pasillo. La foto muestra al abuelo y a la abuela, él con su toga y birrete y ella con su mejor vestido, sonriendo mientras la madre del abuelo les tomaba la foto. A veces lo sorprendía mirando erra la foto, tratando de racionalizar antes de finalmente alejarse para hacer lo que se había propuesto hacer. Él estuvo presente en el nacimiento de mi madre. Mi abuelo era más o menos el mismo de siempre, intercambiando charlas sobre puentes por charlas sobre acciones y ventas de papel, pero seguía siendo el mismo hombre de siempre. Amaba muchísimo a su familia. Nunca les faltó nada, pero después de un tiempo, la abuela sospechó que algo andaba mal en él. Empezó cuando comenzó a hablar mientras dormía murmuraba sin cesar desde que cerraba los ojos hasta que los abría. Mi abuelo siempre había sido un roncador prolífico, incluso desde pequeño, pero en esos momentos parecía que nunca respiraba. Cuando dormía, murmuraba una y otra vez sobre las alcantarillas, la guerra, las acciones, el papel, la crianza de perros, la cría de caballos y un millón de cosas más. La abuela no podía dormir con todos esos gritos y no importaba donde dormía. Siempre parecía encontrarla. Ella toleró esa situación hasta que una noche escuchó algo familiar. Se despertó con el sonido de alguien masticando y murmurando. Había estado durmiendo en el sofá tratando de dormir un poco lejos de los murmullos y mientras avanzaba sigilosamente por el pasillo, lo escuchó murmurar. Ni siquiera el chirrido de la puerta lo despertó de su pesadilla ni siquiera podía molestarse. Entonces, mi abuela escuchó que mi abuelo decía, entre líneas, que iba a matar a la abuela y a su hija al Amanecer, tal y como lo había planeado hace meses. Además, dijo que sabía del crimen que la abuela había cometido hace unos meses, cuando golpeó al otro con un bate y lo mató. Así que la abuela estaba completamente asustada, pues sabía que él la delataría. Se despertaría y se lo diría a la policía. Encontrarían el cuerpo, la detendrían y él se quedaría ahí con la bebé y sabía qué pasaría. Incluso peor, podría matarlas al amanecer y de pronto pensó y se dio cuenta de que entonces él no era su esposo no podía ser y eso implicaba que podría lastimarla o matarla. Así que la abuela decidió acabar con él. De nuevo le puso la almohada en la cara y la verdad es que el abuelo no puso mucha resistencia y tras unos segundos dejó de respirar y luego la abuela lo enterró. Lo raro es que ella dice que los dos cuerpos del abuelo no pesaban nada. Era como si cargara un pequeño gato. En fin, mientras ella me contaba todo eso, la piel se me erizaba, aunque a decir verdad llegué a creer que estaba completamente loca y siguió contando. Me dijo que el abuelo regresó y esa vez era un vendedor de autos, pero ése se parecía menos a mi abuelo que el anterior. Era como si fotocopiaras una fotocopia. La calidad se degrada hasta que es casi irreconocible. Así fue él. El siguiente se parecía menos a mi abuelo, estaba más pálido que él y a veces parecía Perderse dice que vivió con ese durante dos años hasta que, de repente, un coche lo atropelló afuera de su casa. Ella le dijo a la policía que aquel hombre era primo de su difunto esposo y que por eso se parecía tanto. El abuelo volvió y ahora criaba caballos. Y se fue cuando uno lo tiró al suelo y murió. La abuela no llamó a la policía y lo enterró al borde del campo. Para ese punto, la abuela ya se estaba volviendo una experta perdiendo maridos y cuando apareció el siguiente lo golpeó con un sartén y lo dejó en el patio trasero con los demás. Una vez, cuando mi madre llegó a casa de la escuela, había uno nuevo en la sala leyendo el periódico. La abuela me dijo que a lo largo de los años había experimentado con su durabilidad. Empujó a uno del techo. Después de pedirle que la ayudara a arreglar algo. Se rompió el cuello y lo agregó al patio. Al siguiente lo hizo caer desde lo alto de una montaña durante una caminata, sólo para regresar a su casa y encontrarse con otro esperándola. Las réplicas se volvieron más tenues y menos coherentes con el tiempo. Sus voces se debilitaron y perdieron sustancia. Alcanzaron un punto en el que ya no podían mantener un empleo. Sus mentes parecían desvanecerse como las de aquellos con demencia. En ocasiones alzaban la mirada para observarla desde fuera a través de cualquier ventana disponible. Mi madre ya había dejado la casa cuando recibieron un cheque de jubilación de una empresa dedicada a la fabricación de pipas. El dinero era un Salvavidas económico, pero la abuela tenía miedo de encontrarse con ese fantasma descolorido. Era como si el abuelo hubiera estado trabajando en fabricación de pipas durante mucho tiempo, pero esa réplica jamás se apareció en la vida de la abuela. La abuela continuó cobrando esos cheques hasta que dejaron de llegar hace aproximadamente un año, y ahora sabía que el abuelo podría regresar una vez más, pero tenía miedo porque si ella se iba y regresaba a otra réplica, nadie sabría que no era real. Me dijo que ya era mi secreto también y que los cuerpos anteriores seguían ahí. Ella dice que de vez en cuando escarba y ahí están. Aunque se desintegran, los huesos permanecen. Me dijo que no sabía si esa versión de mi abuelo volvería, pero que ahora debía estar alerta. Me dijo que me dejaba todo la casa, las cuentas, todo era mío. Entonces se recostó y parecía que su vida se desvanecía. Poco antes de la medianoche había fallecido y cuando eso sucedió, alguien tocó la puerta. Fui a abrir pensando que era mi madre, pero no era mi abuelo, más pálido de lo que recordaba, pero en esencia igual me saludó y retrocedió por donde había venido. Fui al jardín trasero y escarbé, pero no había rastro ni señales de alguien. Ahí enterramos a la abuela cerca del terreno del abuelo original descansaban en paz juntos. El cuidador del cementerio me comentó que alguien dejaba una única flor silvestre en su tumba antes de marcharse. Mientras tanto, informé a la policía sobre los cuerpos enterrados en el jardín. El serif los exhumó y realizó preguntas que parecían difíciles de creer. Realizaron pruebas y, sorprendentemente, todos coincidían con mi abuelo. Registros dentales, adn cabello. Todo encajaba y nadie podía creerlo realmente. No pudieron culpar a mi abuela ya muerta y quedó como un misterio sin resolver. De todos modos, fue un alivio que retiraran los cuerpos del jardín y que mi abuela partiera en paz. Mi madre estaba en choc cuando le conté todo la verdad, o no podía or dejar las cosas así y tenía miedo de que el abuelo apareciera de nuevo. Me sentía con una carga horrible. Por esa razón extrañaba a la abuela y por un momento deseé que no me hubiera contado nada de eso. Antes de que sacaran los cuerpos del jardín. Pensé que la abuela estaba delirando al contarme eso, pero resultó que los cuerpos si estaban ahí. Y bueno, nadie entiende a que se debe que haya más de mi abuelo. Quizá es alguna falla en el universo. Quizás son abuelos de universos paralelos o a lo mejor es algún fantasma que extraña su vida e incluso algún extraterrestre buscando encontrar respuestas. No lo sé, pero es algo muy raro y no sé si alguien ha pasado por algo así nos mudamos muy lejos de esa ciudad. Por eso ahora vivimos en Querétaro. Pero cuento esta historia porque justamente hace poco nos sucedió algo realmente extraño. Una noche, mientras veía videos en YouTube, me llegó un mensaje de texto de un número desconocido y cuando lo abrí me di cuenta de algo horrible. El mensaje decía que me saludaba con mucho gusto y que quería saber de la familia, pues hace mucho no sabía nada, que nos extrañaba mucho y que si quería, podría quedarme en su casa en Veracruz el próximo fin de semana. Decía que se dedicaba a fabricar pipas, que era mi abuelo, que, por favor, me comunicara con él y estaba claro que el miedo me había dejado pasmado aquel ser que no era mi abuelo. En realidad nos había encontrado y seguramente iría por nosotros. Después de recibir el inquietante mensaje que parecía provenir de mi abuelo, me sentí abrumado por la confusión y la incertidumbre que rodeaba a mi familia. A pesar de mi deseo de dejar atrás todo lo relacionado con los extraños eventos de mi abuelo, sentía una atracción magnética hacia la curiosidad. Decidí investigar por mi cuenta, buscando cualquier pista o explicación lógica de MLS de este misterioso mensaje. Encontré un antiguo diario de mi abuela escondido entre sus pertenencias, el cual guardaba secretos que nunca había compartido conmigo. Entre las páginas descubrí descripciones detalladas de extraños sucesos que mi abuela había experimentado a lo largo de los años. Hablaba de encuentros con figuras que se parecían a mi abuelo, pero no lo eran de voces susurrantes en las noches y de fenómenos inexplicables que desafiaban toda lógica. Entonces me di cuenta de que realmente nada tenía sentido. Era verdad que la abuela no sabía por qué habían sucedido esas cosas y yo tampoco entendía nada. El abuelo podría ir por nosotros matarnos o algo parecido. Yo sabía que ese ser era conocedor de que la abuela me había contado lo que había pasado. Estábamos en peligro y obviamente les dije a mi madre, quien fue algo escéptica conmigo y me dijo que quizá era una broma pesada. Yo ya no sabía qué hacer. Tenía miedo y además, la partida de mi abuela me había afectado mucho, así que decidí rezar mucho todos los días, pero en esos días me llegó un mensaje de mí mismo número saludando y diciéndome que el domingo iría a saludarnos. Faltaban tres días para el domingo y yo no quería que el anciano llegara. Mi abuelo había muerto hace muchos años y esa cosa no era nada mío. Lo único que pude hacer desesperar y eso hice. Pero el domingo no pasó nada y hasta hoy no ha pasado nada. Pero yo sé que el abuelo volverá algún día, pero lo hará. Relatos escritos y adaptados por Lis Rayón