Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / La Noche Maldita: 4 Aterradoras Historias De Maldiciones Que No Te Dejarán Dormir -Voces De La Noche
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- Cuando era una niña, mi familia decidió que debíamos pasar una semana en el pueblo donde mi papá había crecido y en donde se encontraba gran parte de su familia. La idea. Al principio no me había gustado del todo, pero rápidamente me convencí cuando me dijeron que tenía a tres primos de mi edad con los que podría jugar toda esa semana. Así que nos fuimos los primeros días. Todo salió de maravilla. Los tres nos caímos demasiado bien y nos hicimos amigos con rapidez. Una noche, mientras estábamos viendo una película de terror en la sala, a mi primo, Julián se veía que le estaba dando mucho miedo. No recuerdo exactamente cuál era la película que estábamos viendo esa noche, pero mis otros dos primos, Martín y Elda, se estaban Burlando de él lo conocían mejor que yo y, al parecer, él siempre se asustaba por todo. En n en n en n en n en tonces, entonces, Martín comenzó a hacer ruidos y después fingía que él no había sido y después Élda y yo comenzamos a seguirle la corriente. Hasta que la película terminó. Él estaba tan asustado que ni siquiera quería ir solo al baño, el cual estaba afuera como a diez metros de distancia de la casa, y trataba de convencer a Martín de que lo acompañara y al final le dijo que sí. Ya era algo noche, por lo que al no haber alumbrado público afuera, se veía muy oscuro. Recuerdo que cuando él da los veía alejarse les gritó de manera burlesca que la decapitada los iba a corretear. Yo no le tomé importancia a ese comentario, pues supuse que Élda sólo estaba tratando de molestarlos, como lo estábamos haciendo con Julián momentos atrás, por lo que le seguí la corriente y yo también les dije que la decapitada los iba a perseguir. Pasaron solo un par de minutos antes de que viéramos a Martín Corriel en a toda velocidad directo a la casa. Entró y cerró la puerta, pero Julián no estaba. Le preguntamos qué era lo que había pasado, pues estaba intentando recuperarse, pero Martín, riendo, nos contó que mientras Julián estaba en el baño, le había dicho que la decapitada estaba ahí y también le había dicho que se lo quería llevar. Después había vuelto corriendo y quería ver qué era lo que hacía. En lo personal me pareció un poco cruel, pero era demasiado joven para protestar. Sólo quería caerles. Bien, no tardó mucho tiempo para que viéramos cómo Julián estaba corriendo hacia la casa, pero antes de que pudiera entrar, Martín se recargó contra la puerta a modo de barrera para que de ese modo no pudiera entrar. Él y él da le decían que la decapitada vendría por él y que no le iban a abrir. Entonces, Julián, desesperado y muy aterrado, comenzó a llorar y a patear la puerta, lo que hizo que mis papás y abuelos se se se r despertaran y fueran a ver qué era lo que estaba ocurriendo. Nos regañaron a los tres y nos dijeron que dejáramos de jugar y nos durmiéramos, así que los cuatro nos metimos en la pequeña casita de cobertores que habíamos hecho para disponernos a dormir. Pero mientras yo intentaba conciliar el sueño, comencé a pensar que la decapitada podía ser algo más que algo que se le había ocurrido a Élda en ese momento, por lo que les pregunté a ellos quién era la decapitada, y Martín me relató una historia un tanto extraña que se contaba en el pueblo. Contaban que hace muchos años había un parque en el pueblo, el cual en ese momento ya estaba abandonado. Pero cuando aún estaba abierto, un asesino se había escapado de la prisión y encontró a una mujer en ese lugar. Siendo un ser malvado, la mató brutalmente, cortándole la cabeza y arrojándola al pozo. La cabeza quedó flotando en el agua del fondo antes de hundirse. Y desde que eso había pasado, la gente decía que algunas noches la decapitada regresaba al pozo a buscar su cabeza, gritando de manera desgarradora porque no podía encontrarla. Quienes vivían cerca de ese solitario terreno juraban haber escuchado los desgarradores gritos en la oscuridad de la noche y no pocos afirmaban haber visto el horrible cadáver mutilado de la descabezada bajo la luna Y de hecho, Élda dijo que su hermano mayor la había visto un día en el que volvía de su trabajo, pues él trabajaba en el pueblo vecino y solía llegar tarde y a menudo solía cortar camino Por ese parque ahora abandonado, nos dijo que su hermano había dicho que esa cosa no tenía cabeza, pero de alguna forma se dio cuenta de que su hermano la estaba viendo y entonces comenzó a perseguirlo y que no dejó de hacerlo hasta que su hermano logró salir del parque. Yo les dije que no les creía nada de lo que me estaban diciendo, pues en ese momento creí que sólo me querían asustar como lo habían estado haciendo con Julián y yo no iba a ser tan ingenua. Mi papá siempre me había enseñado que todo tenía una explicación lógica y que nada de eso existía. Así que yo estaba convencida de que nada de eso podía existir realmente, por lo que ellos me dijeron que si era cierto y todos en el pueblo aseguraban que la historia era real y que sí quería mañana podíamos ir al parque abandonado para que lo viera con mis propios ojos. Yo les dije que, claro y después de eso nos dormimos antes de que nos volvieran a regañar al día siguiente, mis abuelos hicieron una carne asada, por lo que todo el día nos trajeron de aquí para allá, pasando cosas y haciendo mandados, por lo que estuvimos libres hasta cerca de las seis de la tarde. Julián dijo que mejor intentáramos ir al día siguiente y que fuera a una hora más lejana al oscurecer, pero Martín y Élda dijeron que era la hora perfecta y como yo no quería verme como una cobarde, dije que sí iría. El parque abandonado estaba cercado por una malla de gallinero, pero alguien había cortado lo suficiente para que cualquiera pudiera pasar, por lo que no nos fue nada difícil entrar. Era como un sitio congelado. En el tiempo, todos los columpios estaban rotos y, aunque no lo estuvieran, las estructuras se veían tan deterioradas que parecía que se derrumbarían. Apenas alguien las tocara. Comenzamos a recorrer. El lugar no era tan grande y hielda Martín y Julián sabían exactamente a donde querían ir. Era el pozo en el que en un pasado los niños eran mandados a acarrear agua para llevar a sus casas. Todo alrededor del pozo había maleza y hierba fuera de control, como si nadie se hubiese atrevido a acercarse ahí en mucho tiempo y junto al pozo había un gran letrero que decía no asomarse al pozo peligro. Mis primos me volvieron a contar la historia y me dijeron que nadie del pueblo se atrevía a acercarse a más de un metro de aquel pozo. Y después de eso, Martín retó a Juliana a asomarse y pronto Élda se unió a la broma. Lo empujaban levemente diciendo que no fuera una gallina y cosas por el estilo. Eso me terminó por hartar y les dije que yo iría. Ambos me miraron sorprendidos por la actitud tan audaz que había tomado. Martín me dijo que no hacía falta y que ya estaba comenzando a oscurecer de todas maneras, pero yo me puse firme y les dije que mi papá me había enseñado que todos esos eran cuentos y que no había por qué temer menos a un fantasma que mi cabeza tenía, por lo que sin miedo avancé hacia el pozo, aunque entre más me acercaba a él algo en mi cabeza me decía que no era una buena idea y que debía volver, aunque mi otro lado me decía que ya era demasiado tarde como para retractarme. Cuando estaba a punto de llegar a l a r volé a ver a mis primos. Los tres me miraban asombrados y con algo de curiosidad, mi corazón estaba latiendo muy rápido e incluso sentía que inconscientemente mis pies dejarían de avanzar por el miedo que estaba teniendo. Pero eso no ocurrió y pronto estuve frente a aquel pozo dudés si asomarme, pues aún ahí podía distinguir el aroma del agua estancada. Me asomé era bastante profundo y el fondo estaba cubierto por agua estancada y maloliente. De pronto un viento aterrador se soltó, comenzaba a anochecer y supe que debía irme antes de que todo estuviera completamente oscuro. Pero antes de hacerlo, miré a mis primos y decidí hacerme una vez más la valiente, diciéndoles que ahí adentro no había ninguna decapitada y que todo era una mentira. Y después de eso decidí asomarme al pozo una última vez antes de marcharme. Fue entonces, cuando la vi allá en el fondo, flotando en el agua, estaba una cabeza con largos cabellos rubios. Mi corazón comenzó a latir muy fuerte y, aunque no puedo asegurarlo, creo que lancé un grito. Era la cabeza de una mujer. Aunque quería, me resultaba imposible apartar mi mirada de aquella cabeza que sobresalía de esa fangosa agua llena de lama y suciedad. De pronto los ojos se abrieron di un brinco hacia atrás, pero algo me empujó y caí al pozo. El agua estaba lo suficientemente profunda como para que no me hiciera daño al aterrizar, pero no tan honda como para que no pudiera tratar de mantenerme a flote. Mi cuerpo entero estaba cubierto de lama, pero lo que era peor. Me encontré cara a cara con la cabeza. Sin embargo, no era de una mujer. Era la cabeza de una enorme muñeca que abría y cerraba los ojos conforme el agua la movía. Me sentí un poco aliviada de que la cabeza no fuese humana. Incluso recuerdo que cuando mis primos corrieron a mi rescate, yo levanté la cabeza revelando el misterio de ese pozo. Después, Julián corrió a casa de los abuelos por una soga y ropa para mí, pues no queríamos que nos regañaran por estar jugando en un parque abandonado. Tardamos algo de tiempo, pero finalmente lograron sacarme. De ahí. Recuerdo que a modo de burla saqué la cabeza de la muñeca y una vez afuera, incluso hicimos un concurso para ver quién de nosotros la podía patear más lejos. Después de eso me fui a cambiar y mientras lo estaba haciendo, le conté a ellda como había sentido que alguien me empujaba al pozo, pero ella sólo me respondió que, al menos desde la distancia en la que ellos se encontraban, pareció más como si me hubiese tropezado con una roca o algo por el estilo. Yo le dije que era demasiado probable y a mí misma me dije que tal vez sólo había sido el miedo, el sentir dos manos huesudas tocando mis hombros y ons empujándome al pozo. Después de todo, como mi papá siempre decía, todo debía tener un sentido lógico y el miedo que había experimentado en ese momento parecía tener más lógica, al menos para mi joven mente de nueve años. Cuando terminé de cambiarme Ellda y yo comenzamos a caminar a donde estaban mis otros dos primos, los cuales estaban jugando con la cabeza de aquella muñeca la pateaban pasándosela de un lado a otro como si fuera un balón de fútbol. Ya estaba oscuro, así que les gritamos para que dejaran de jugar y nos fuéramos de una buena vez, o nos podríamos meter en problemas. Lo que pasó a continuación fue algo que Élda me contó después, pues en ese momento yo estaba pensando en una excusa lo suficientemente convincente como para que me creyeran que tenía el pelo mojado. Pero por lo que me contó Élda, mientras les gritaba, pudo notar como una silueta se acercaba a mis primos, entre ellas la oscuridad que ya había inundado el parque. Al principio pensó que se trataba de un vagabundo o tal vez alguno de nuestros padres o hermanos que venían a buscarnos por haber desaparecido tanto tiempo. Pero a medida de que esa cosa se acercaba, podía ver claramente que no tenía cabeza, sólo usaba una ropa desgarrada y caminaba de una manera peculiar como una muñeca, algo así como si no pudiese mover tan articuladamente sus extremidades. En ese momento, Élda gritó tan fuerte que me sacó de mis pensamientos y me hizo voltear donde ella estaba viendo y la vi sólo por unos segundos antes de que él la tomara mi mano y corriera con mis primos detrás en un punto volteé y esa cosa ya estaba corriendo de manera normal, como si fuera una mujer tratando de alcanzarnos, Pero claro no tenía cabeza y su cuerpo parecía estar cubierto de tierra y hojas. Logramos llegar hasta la reja por donde habíamos entrado. Martín la abrió lo suficiente para que todos pasáramos primero, pero cuando llegó su turno, esa cosa lo agarró entre los tres. Tiramos de él hasta que logramos que lo soltara. Y después de eso corrimos y no nos detuvimos hasta llegar a la casa de nuestros abuelos. Cuando todos los adultos nos vieron se preocuparon mucho por el estado en el que nos encontrábamos, pues nos veíamos demasiado asustados. Además de eso, Martín tenía una marca de arañazos muy profundos en el antebrazo. Incluso la sangre goteaba de sus dedos, pero por la adrenalina de todo lo que habíamos vivido, ni siquiera le dolía, o al menos es lo que nos dijo. Tiempo después les platicamos nuestro macabro. Encuentro. Mis abuelos y tíos lo creyeron de inmediato, pues a varias personas del pueblo se les había aparecido aquel ente de pesadilla, Pero mi papá insistió en que debía ser algún vagabundo que quiso asustarnos y que sólo se le había pasado la mano. Pero cual fuera la opinión de cada uno, todos estaban muy enojados, aunque por nuestros rostros pensaron que ya habíamos recibido una lección más que adecuada. Esa noche, mientras dormíamos, estábamos tan asustados que ninguno podía cerrar los ojos. Julián se sentó y dijo que si no escuchábamos que alguien estaba tocando el vidrio. Yo sí lo escuchaba, pero me gustaba creer que era alguno de mis primos chocando canicas o algo por el estilo para intentar tranquilizarse, pero ninguno de nosotros era el causante de aquel ruido que se seguía escuchando, por lo que Julián abrió de un solo tirón la cortina y todos vimos horrorizados como aquella mujer sin cabeza estaba parada en la ventana dando pequeños toques a la ventana con su dedo para así llamar nuestra atención. Todos gritamos en ese momento, aún en la oscuridad, las uñas de ese ser se veían largas y muy sucias. Cuando mis papás por fin llegaron a socorrernos esas co sa ya se había ido para intentar tranquilizarnos, nos llevaron a su cuarto y nos dejaron dormir ahí esa noche. Y solo de esa manera, al menos yo pude conciliar el sueño. Sin embargo, algo muy extraño ocurrió, pues, aunque yo siempre había sido alguien que no era capaz de recordar absolutamente nada de mis sueños. Aunque lo intentara esa noche tuve una horrible pesadilla de la que hasta el día de hoy, que soy una adulta, me acuerdo muy bien la verdad es demasiado gráfica para poder contarla con todo lujo de detalle por aquí, pero trataré de hacerlo, aunque sea de manera superficial. Empezaba con una mujer, la cual yo nunca había visto en una casa normal. Tenía a un bebé en una carriola y después un hombre llegaba y bueno le gritaba, le decía que no podía hacer nada bien y después procedía a golpearla. Después ella estaba en el parque de noche. Trataba de calmar los llantos de su bebé. No lo decía, pero yo sabía que había decidido escapar y después ese hombre llegaba y comenzaba a hacer lo que la historia que mis primos me habían contado y después medio enterraba su cuerpo en el parque y se iba de ahí con el bebé. Recuerdo bien que en el sueño yo podía sentir su desesperación, la desesperación que sentía por no poder detener a ese hombre que se llevaba a su bebé desperté bañada en sudor y con mucha fiebre. Al igual que mis primos, los cuatro nos veíamos notablemente enfermos e incluso la herida de mi primo, Martín se veía muy infectada, como si la hubiesen dejado sin atender por días al punto de que ya tenía busy se veía un poco morada, lo cual no era una buena señal. Mi papá dijo que tenían que llevarlo al doctor y que a nosotros también, pues tal vez habíamos contraído alguna enfermedad o algo así. Sin embargo, mi abuela dijo que sí, nos llevarían al doctor, pero primero debían llevarnos con una señora que a ría limpias para curarnos el espanto, porque ella estaba convencida de que eso era lo que nos estaba enfermando, por lo que, aunque mi papá decía que no era necesario, nos llevaron ahí. Primero la señora nos dijo que esa cosa se había adherido a nosotros y que habían hecho lo correcto al llevarnos con ella lo más pronto posible. Nunca olvidaré que cuando nos limpió el cuerpo con unas ramas, Martín vomitó algo viscoso y muy negro. La señora, sin que nosotros le dijéramos nada, acarició el cabello de Martín y le dijo que había sido alguien muy valiente por dejarnos salir primero del parque. Eso nos sorprendió mucho, pues eso no se lo habíamos dicho ni a nuestros padres y abuelos. Después de eso, ella le hizo una curación en el brazo de Martín usando pomadas y hierbas y cuando terminó, todos nos sentimos muy bien. Ni siquiera creímos necesario ir al doctor, pero por órdenes de mi padre, terminamos yendo él se extrañó y dijo que quizás había sido algo pasajero, pues todos parecíamos estar bien, aunque sí recetó algunos antibióticos para el brazo de Martín. Recuerdo que por la tarde le conté a mi abuela mi pesadilla y mis primos dijeron que ellos habían soñado exactamente lo mismo y al día siguiente mi abuela nos llevó a rezar por el alma de aquella mujer le decía que su bebé estaba bien que poco después de eso, su espareja había sido detenido y sus padres se habían quedado con su bebé Después se habían mudado por el dolor que sentían en ese pueblo, pero que ella le aseguraba que su hijo estaba bien y que había crecido para ser un hombre feliz. Yo no sentí nada y tampoco la volvimos a ver en los últimos dos días que me quedé ahí, pero por lo que mis primos me dijeron, ya, nadie la había vuelto a ver, por lo que creían que su alma había podido descansar en paz. Hoy en día, el pozo está tapado y rehabilitaron el parque hasta donde yo s Nadie ha bríavuelto a ver a esa alma en pena y de cierta manera me alegra saber que pudo descansar en paz y que tal vez yo tuve un poco que ver en eso era verano y mis padres decidieron que pasaría unas semanas con mis abuelos en su antigua cabaña de campo. Mi padre tenía la firme creencia de que el aire puro y la vida del campo me harían mucho mejor, ya que, si bien no podía considerarme antisocial. Era bastante retraído. Por lo tanto, los pocos amigos que tenía sólo los veía en la escuela y fuera de ahí sólo me la pasaba en mi cuarto, como la vida en la ciudad siempre había sido mi hogar. La transición al campo no fue fácil para mí. Por eso, mi abuelo, sabiendo que necesitaba tiempo para adaptarme, decidió llevarme a dar un paseo por el bosque, el cual se hallaba justo en los límites de la propiedad de mis abuelos. Para ser francos. Yo no quería hacer eso, pero se le veía tan emocionado y decidido a dar aquel paseo conmigo que acabé por aceptar su oferta. Tomé su mano y nos adentramos en el bosque. Caminamos por los senderos entre los árboles centenarios, mientras mi abuelo me contaba historias sobre la fauna y flora local. Recuerdo incluso que mi abuelo me enseñó a diferenciar algunas plantas comestibles de las que no lo eran. Aquel paseo, al cual en un principio me negaba a ir se estaba convirtiendo en algo muy agradable para mí. En un momento, mi abuelo decidió detenernos para descansar. Se sentó bajo la sombra de un árbol y en poco tiempo pude escuchar cómo comenzó a roncar. Al principio intenté entretenerme con cualquier cosa que tuviera cerca, pero rápidamente me aburrí. En un momento me alejé un poco para examinar una mariposa colorida que revoloteaba cerca sin darme cuenta. Me separa paré más y más de mi abuelo hasta que me encontré solo en medio del bosque. No me preocupé demasiado al principio, ya que, a pesar de mi corta edad, estaba bastante seguro de mi sentido de orientación. Además, estaba ansioso por explorar por mi cuenta, así que comencé un tonto juego en el que yo era un solitario explorador que se había perdido en el bosque y debía hacer muchas cosas para sobrevivir. Estuve haciendo eso durante un buen rato, mientras me adentraba cada vez más en el bosque y después de un rato, divisé un viejo pozo en ruinas en medio de un claro me acerqué con curiosidad. Y entonces fue cuando pude verlo mejor, ya no tenía el balde, pero sí una muy vieja polea oxidada que aún tenía un pedazo de cuerda desgastada. Como cualquier niño travieso, decidí lanzar algunas piedras dentro del pozo esperando escuchar el sonido de su impacto. El eco de mis risas llenaba el lugar, el cual, al estar en completa soledad, mis risas sobresalían sobre los sonidos de la naturaleza mientras jugaba. Pero la última piedra que lancé produjo algo más que un sonido. Un reclamo en voz baja y un lamento resonaron desde las profundidades del pozo. Me quedé inmóvil, petrificado por el miedo que me invadió. No supe qué hacer por un momento antes de atreverme a decir con apenas un hilo de voz si es que había alguien ahí. El silencio siguió a mi pregunta incapaz de controlar mi curiosidad. Me asomé con cautela al interior del pozo, pero sólo pude ver obscuridad y sombras que se extendían hacia lo desconocido. Repentinamente un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando una voz susurró desde lo profundo del pozo. Era una voz gutural que era bastante ininteligible, pero pude entender las palabras voy por ti. La voz se escuchaba cada vez más cerca y en un instante justo donde la luz natural alcanzaba a alumbrar el interior del pozo, pude ver una esquelética y podrida mano que escalaba por la pared El terror se apoderó de mí y salí corriendo sin mirar atrás, pues sentía que sí lo hacía. Entonces vería a lo que sea que hubiera salido del pozo. No sé cuánto corrí pero de pronto choqué contra mi abuelo, el cual se le veía preocupado por no encontrarme, pero al ver que estaba bien, su preocupación pasó a ser enojo. Mi abuelo me abrazó con fuerza mientras me regañaba por alejarme tanto y asustarlo. De esa manera, traté de explicarle lo que había visto y escuchado, pero las palabras se atascaban en mi garganta. Temblaba de miedo y estaba sin aliento. Aún así, traté de explicarle lo ocurrido, pero él estaba tan molesto que no me dejó decirle nada, pues no dejaba de decirme los peligros de vagar su por el bosque. Además, algo dentro de mí Me decía que era mejor guardar silencio sobre lo que realmente había sucedido en el pozo. Temía que no me creyera lo peor aún que me llamaran loco. Esa noche, las pesadillas comenzaron a acechar mis sueños. Me encontraba atrapado en un pozo oscuro, rodeado de susurros incomprensibles y lamentos angustiados. Me desperté sudoroso con el corazón acelerado. Intenté tranquilizarme por mí mismo y volver a dormir, pero durante el resto de la noche me sentí observado. Sin embargo, decidí mantener en secreto mis experiencias nocturnas. Los días siguientes en la cabaña transcurrieron de manera tensa. Aunque traté de comportarme como si todo estuviera bien, el recuerdo del pozo y las pesadillas persistían en mi mente evitaba acercarme al bosque y prefería quedarme en la cabaña leyendo o haciendo actividades en el interior. Mi abuelo, a pesar de su enojo inicial, notaba mi cambio de actitud y preocupación. Intentaba animarme contándome historias divertidas y llevándome a pescar en el lago Cercano. Sin embargo, siempre había una sombra de inquietud en mi rostro. Día tras día, las pesadillas persistieron invadiendo mi mente y debilitando mi cordura. Mi abuelo notó mi inquietud creciente y me preguntó qué me sucedía, pero me limité a decirle que tenía problemas para dormir. Para ayudarme, mi abuela comenzó a preparar un té que ella aseguraba era muy bueno para el insomnio. Este no tenía un buen sabor, pero al no querer preocupar a mis abuelos, tenía que beberlo. A pesar de beber cada noche aquel horrible té, las pesadillas me seguían atormentando cada noche. Después de días de luchar contra las pesadillas y el suelo en la oscuridad, mi abuela decidió darme una tarea para distraerme, pues notó que me estaba volviendo más retraído y me negaba a salir de casa. Aquel día me envió a llevar una bolsa de maíz al vecino que vivía un poco retirado de nuestra cabaña. Caminé por el sendero que conducía a la casa del vecino, por el cual, para mi desdicha podía verse el bosque, el cual mi mente infantil, veía ahora mucho más escabroso y tenebroso. A pesar de ser de día. Mientras avanzaba, quería desviar mis pensamientos del bosque. Cuando de repente noté un movimiento a lo lejos, mi curiosidad pudo más que mi miedo, por lo que levanté la mirada y fue entonces cuando lo vi por primera vez. Se trataba de un hombre de aspecto desalineado en la entrada del bosque. Su ropa estaba rota y se acercaba con paso lento casi como si le costara mucho avanzar y parecía estar haciendo un gesto de saludo. Aunque la distancia dificultaba distinguir detalles, casi podía jurar que estaba sonriendo. Sentí un escalofrío al ver al hombre en el borde del bosque. No estaba seguro de quién era ni de cómo había llegado allí, pero algo en su apariencia y en su sonrisa me causaba una sensación incómoda. Mi instinto me gritaba que me alejara de él, pero también sentía curiosidad por saber quién era y que estaba haciendo allí. Mientras dudaba sobre qué hacer el hombre levantó la mano en un gesto de saludo más pronunciado. Parecía que quería que me acercara. Mi corazón latía con fuerza y mi mente estaba llena de preguntas. Era posible que este hombre tuviera alguna conexión con el pozo y las pesadillas que me habían estado atormentando. Podía ser una coincidencia o había algo más siniestro en juego. Sentí un escalofrío, recorriendo mi espalda y sin pensarlo dos veces aceleré el paso para llegar cuanto antes a la casa del vecino. Una vez cumpliendo con el encargo de mi abuela, preferí rodear por un camino más largo al regresar, evitando así pasar por donde había visto al perturbador hombre. Su mirada inquietante había dejado una marca en mi memoria. Esa noche, las pesadillas regresaron con una fuerza aterradora. Esta vez las imágenes distorsionadas incluían al hombre del camino, pero su aspecto había cambiado. En mi sueño lo veía esta vez fuera del pozo caminaba de la misma forma en la que lo había visto en el camino aquello me dio un terror tan profundo que nuevamente desperté, exaltado y bañado en sudor. Nuevamente me sentía observado, pero al estar casi acostumbrado, intenté tranquilizarme por mí mismo. Justo cuando lo estaba logrando, miré de reojo una silueta justo afuera de mi ventana, lo cual me hizo ver voltear instintivamente. Fue cuando lo vi parado justo fuera de mi ventana. Era aquel hombre del bosque, con aquella mirada horripilante, despálida y dientes podridos a punto de caerse di un grito ahogado intentando llamar a mis abuelos, pero éstos jamás acudieron a mi auxilio. Cerré los ojos y comencé a rezar cualquier oración que podía recordar. Cuando finalmente los abrí, el hombre ya no estaba en mi ventana. Miré a mi alrededor esperando encontrar algún rastro del hombre, pero la oscuridad de la noche me envolvía en un silencio inquietante. Me tapé hasta la cabeza con las mantas intentando alejar el miedo que se había apoderado de mí e intenté volver a dormir, pero aquella noche no lo conseguí. A medida que los días pasaban, las pesadillas se volvieron más frecuentes y aterradoras. Mi estado de ánimo empeoraba con cada noche sin dormir y cada pesadilla vivida mi cuerpo se sentía agotado y mi mente luchaba por mantenerse cuerda. Sentía que el hombre del bosque estaba cada vez más cerca, acechándome en la oscuridad, esperando el momento adecuado para atraparme. A medida que los días pasaban, las pesadillas se volvían cada vez más frecuentes y aterradoras. Mi abuela, preocupada por mi angustia creciente se acercó a mí con curiosidad y cariño. Ella me preguntó qué me ocurría. Dudé un momento luchando con la decisión de compartir mi terrible experiencia con ella, pero el miedo y la incertidumbre me embargaron y decidí guardar silencio, temiendo que no me creyeran mi abuela, sintiendo mi negación, decidió tomar medidas drásticas, Decidió hacerme una limpia con un huevo, una antigua tradición para ahuyentar malas energías y espíritus malignos bastante popular en aquel pueblo. Siguiendo los pasos que había aprendido de sus ancestros, ella pasó el huevo por mi cuerpo murmurando palabras en voz baja. Pareció funcionar por unas cuantas noches, ya que las pesadillas disminuyeron y pude descansar en paz. Sin embargo, una noche, mientras dormía me desperté en medio de la oscuridad, escuché leves golpes en mi ventana. Mi corazón latía con fuerza mientras miraba hacia la ventana y, para mi horror, vi al mismo hombre que había perturbado mis sueños. Golpeaba con insistencia el cristal, llamándome y pidiendo que abriera la ventana. Su rostro grotesco y desfigurado mostraba una sonrisa siniestra que helaba mi sangre. Temblando de miedo, retrocedía hacia la esquina de mi habitación sin atreverme a hacer lo que aquel hombre maligno exigía. Mientras el hombre continuaba golpeando la ventana, pude escuchar sus incomprensibles que se filtraban a través del cristal. Mi corazón latía con fuerza mientras trataba de mantener la calma y pensar en una solución. Sabía que no podía quedarme en silencio y simplemente esperar que el hombre desapareciera, por lo que finalmente la voz salió de mi garganta y pude llamar a mis abuelos, pero apenas ellos cruzaron la puerta de mi habitación. La presencia de aquel espectro se desvaneció en la oscuridad. Fue entonces cuando supe que mis abuelos no podrían ayudarme. Los días pasaban y el miedo se apoderaba cada vez más de mí. Un día mientras jugaba en el patio trasero, mientras mi abuelo hablaba con un amigo suyo, este último me miró detenidamente y señaló mis ojos ojerosos y preguntó si acaso no estaba durmiendo bien. Quise dar alguna buena excusa, pero antes de que siquiera pudiera pensar en algo, éste me advirtió con tono de burla que si no me iba a dormir temprano. El hombre del pozo vendría por mí. Me estremecí al escuchar sus palabras, recordando las terribles noches de insomnio y las apariciones del hombre fuera de mi ventana. Traté de profundizar en el tema, pero tanto mi abuelo como su amigo cambiaron rápidamente de tema, evitando discutir el motivo de mi falta de sueño. Aquella mención casual del hombre del pozo me hizo cuestionar aún más su existencia y el peligro que representaba Para mí. Decidí investigar por mi cuenta y buscar respuestas. Así que, aprovechando una comida en la iglesia local, me acerqué a algunos niños del pueblo para preguntarle sobre la leyenda que rodeaba el pozo. Reunidos en un rincón apartado de los adultos. Los niños me contaron la historia del tan famoso hombre del pozo, la cual era conocida en el pueblo como un siniestro ser que se había llevado a varios niños. Cansados de la inacción de las autoridades, los habitantes del pueblo habían decidido tomar justicia por sus propias manos. Relataron cómo habían sometido al hombre a torturas buscando venganza por las desapariciones que había causado. Finalmente, lo habían arrojado al pozo, creyendo que así se habían desecho de su maléfica presencia. Pero la leyenda decía que su alma aún rondaba el pozo buscando nuevos niños para llevar consigo, e incluso había registros reales de niños desaparecidos que se habían encontrado en aquel pozo. Las palabras de los niños me llenaron de horror y confirmaron mis peores temores. El hombre del pozo no era sólo una pesadilla, sino una realidad aterradora que me acechaba en las sombras. Aquella noche recuerdo tomar todos los crucifijos e imágenes religiosas que pude encontrar en la casa de mis abuelos y recuerdo ponerlas alrededor de mi cama y ventana para sentirme más seguro. Creí que aquello sería su suficiente para que aquella entidad me dejara en paz, pero aquello pareció ser una pésima idea. Aquella noche recuerdo soñar estar de vuelta en el bosque, sólo que esta vez todo se sentía tan real. El frío, la tierra, el viento golpeando mi cara. Esto último fue lo que me hizo despertar de nuevo. Pero esta vez no desperté en mi cama, sino que me encontraba en medio de aquel bosque. Me encontraba parado en medio de la nada. Justo frente al pozo, sentí un escalofrío recorriendo mi espalda mientras observaba la oscuridad infinita. Fue entonces cuando no sé de dónde, saqué el valor, pero grité que me dejara en paz, que ya no le tenía miedo. Fue cuando el viento soplo frío y las hojas crujieron bajo mis pies. Por un momento pareció que el aire se detenía como si el espíritu del hombre del pozo estuviera escuchando. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo di en ese inscino, me di cuenta de lo tonto e imprudente que había sido al gritar aquello en ese lugar oscuro y peligroso con el corazón palpitando con fuerza, decidí dar la vuelta e irme de allí lo más rápido posible. Sin embargo, mis planes se vieron frustrados. Cuando me encontré cara a cara con el hombre del pozo. Esta era la primera vez que lo veía sin un vidrio entre nosotros de por medio. Su aspecto era más horrible de lo que había imaginado. Su piel pálida y descompuesta colgaba de su rostro en jirones, revelando dientes podridos y ojos vacíos que parecían absorber toda la luz. Un olor a podrido emanaba de su figura, invadiendo el aire a mi alrededor. El miedo me paralizó por un momento, pero cuando el hombre del pozo extendió sus brazos hacia mí, la supervivencia se apoderó de mí. Intenté correr, pero sus garras frías y huesudas me sujetaron con fuerza. Comenzó a arrastrarme hacia el borde del pozo. Su risa macabra resonaba en mis oídos, mientras mis gritos de terror se perdían en la oscuridad forcejé desesperadamente suplicando por mi vida mientras mis manos se aferraban a cualquier cosa que pudiera ayudarme a liberarme de su abrazo macabro. En un momento de fortaleza desesperada, logré safarme de su agarre y corrí de regreso a mi casa con el corazón golpeando en mi pecho. Durante toda la noche, Desde la seguridad de mi hogar, escuché los golpes del hombre del pozo contra mi ventana. Cada golpe resonaba como un recordatorio de la presencia amenazante que había enfrentado. Temblaba bajo las sábanas rezando para que los primeros rayos del sol llegaran y disiparan la oscuridad que había acechado mi vida. Finalmente, los primeros rayos del sol se asomaron por el horizonte y los golpes cesaron. El hombre del pozo se había esfumado. Sin embargo, para mí desdicha. La presencia del hombre del pozo se hizo cada vez más persistente. Aparecía en los momentos más inesperados, siempre acechándome en las sombras. No importaba cuanto intentara escapar de él. Siempre estaba ahí observándome con sus ojos vacíos y su sonrisa. Macaba Mi estado de ánimo se deterioraba rápidamente. Me volví irritable, ansioso y cada vez más retraído. Mis abuelos notaron mi cambio y me llevaron a visitar a un médico local. Sin embargo, todas las pruebas y análisis mostraron que estaba físicamente sano. El médico atribuyó mis problemas a la ansiedad y me recetó medicamentos para ayudarme a dormir, pero ni siquiera los medicamentos lograron calmar mis noches tormentosas. El hombre del pozo seguía apareciendo en mis sueños cada vez más amenazante y sediento de hacerme daño. Me sentía atrapado en un ciclo interminable de terror y desesperación. Afortunadamente, todos aquellos acontecimientos hicieron que mis padres decidieran que lo mejor para mí era que volviera a la ciudad con ellos, por lo que mi visita fue acortada y juré en ese momento que nunca más volvería a aquel lugar maldito. Los eventos ocurridos en esta historia son tan increíbles que, de no haberlos vivido yo en carne propia, no podría creer jamás que estos hubieran sucedido. Aquella tarde me encontraba en un bar esperando a que llegaran unos amigos. Me hallaba un poco nerviosa. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos nuestro grupo de amigos solía ser inseparable desde niños, pero la vida y las responsabilidades nos fueron alejando poco a poco. Aún así estaba segura de que no era la única que se sentía emocionada por volver a vernos. El primero en llegar fue Jorge de todo el grupo de amigos. Sin duda, él era el que más había cambiado. Recuerdo muy bien cómo mi madre solía prohibirme juntarme con él, ya que éste tenía la mala reputación de robar en las milvas acusaciones, las cuales eran ciertas. Pero al ser el mayor de siete hermanos con un padre siempre ausente no tenía muchas opciones para alimentar a sus hermanos y hermanas. No pasó mucho tiempo para que el resto del grupo también llegara. A veces no sabes cuánto extrañas a una persona hasta que vuelves a verla. La tarde continuó con normalidad. Habíamos planeado y pospuesto aquella reunión durante meses y finalmente todos habíamos logrado coincidir. Sin embargo, la tarde dio lugar a la noche. Todos ya habíamos terminado de ponernos al día cuando de un momento a tino otro, un recuerdo de nuestra infancia había resurgido en nuestras mentes. No puedo recordar con exactitud quién de todos nosotros trajo el tema a la mesa, pero estoy bastante segura de que éste dio pie al mencionarse el nombre de Lucas. Hasta ese día, aquél era un hombre que, si bien no había podido olvidar, tampoco era uno que mencionara con frecuencia. Luques era el quinto miembro del grupo. Siempre intento pensar en él de forma positiva, recordando, por ejemplo, lo listo que era en la escuela. Jamás entendí por qué él había decidido ser amigo nuestro, pero agradecía que fuera así, pues siempre tenía a alguien que me pasaba la tarea de matemáticas, sólo que esta vez no podía desviar el tema con recuerdos felices sobre Lucas. Todos en la mesa teníamos un solo recuerdo al respecto. Era un día de verano, hace muchos años de campamento a un cerro remoto en las afueras de nuestro pequeño pueblo natal. Aquello ya lo habíamos hecho un montón de veces, pero aquella era la primera vez que nos aventurábamos aún más adentro, ya que como teníamos once años, nos sentíamos demasiado cool como para acampar donde todos los demás niños lo hacían. También la emoción nos embargaba mientras explorábamos el lugar y montábamos nuestras tiendas de campaña en lo más recóndito de aquel cerro, el cual, a pesar de la maleza, siempre conservaba aquel encanto peculiar que a mí, en lo particular, me encantaba. Pero la alegría rápidamente se convirtió en horror cuando uno de nuestros amigos, Lucas, desapareció durante la noche. Después de tanto tiempo, nuestras memorias eran borrosas, sin mencionar que cada uno de nosotros recordaba algo diferente sobre aquella noche. Los recuerdos se entrelazaban en nuestras mentes, creando una versión distorsionada que de lo que ons realmente había sucedido. Jorge, siempre el más valiente del grupo, recordaba haber visto al Árbol moverse como si éste tuviera vida propia, sus raíces, arrastrándose sigilosamente hacia donde Lucas dormía. Según él, el árbol no envolvió con sus ramas retorcidas, arrastrándolo a las profundidades de la tierra, o al menos aquella fue su versión cuando niños Laura, la cual siempre había sido la más imaginativa de todo el grupo sostenía que el árbol estaba poseído por una presencia maligna. Según su versión, el árbol tenía ojos brillantes que la observaban fijamente mientras consumía a Lucas absorbiendo su esencia vital, lo cual a la fecha estoy convencida de que es su forma amigable de decir. Sangre Juan, siempre séptico, insistía en que todo era una alucinación colectiva. Él recordaba haber despertado en medio de la noche con Lucas de nda desaparecido y el árbol en silencio. Para él. El árbol no tenía poderes sobrenaturales. Era simplemente un árbol común y corriente. Y luego estaba yo marta. Mi memoria era la más confusa de todas. Recordaba haber tenido pesadillas esa noche en las que el árbol se alzaba amenazadoramente sobre nosotros sus ramas, agitándose como serpientes, al mismo tiempo que de estas mismas emergían una especie de ventosas. No lo puedo explicar con exactitud, ya que recuerdo cerrar los ojos muy fuerte, ya que pensaba que si no lo veía, entonces simplemente desaparecería. Además, nunca estuve segura si fue real o un simple producto de mi imaginación. Recuerdo que intentamos contar lo sucedido a la policía del pueblo, pero puedo entender por qué descartaron por completo nuestros testimonios para dar paso a la búsqueda de un secuestrador, el cual seguramente era lo que habíamos visto. Pero al ser sólo unos niños, nuestra mente no podía siquiera procesar lo que realmente había sucedido, creando así una historia sobre un árbol viviente. Sin embargo, todos podíamos estar de acuerdo en una cosa, lo que sea que hubiera sucedido. Aquella noche había dejado una marca dolorosa en nuestras vidas, arruinando de alguna manera nuestra inocencia y cambiando el curso de nuestros destinos sentados en la oscuridad. Compartimos algunos recuerdos más recordamos cómo nuestras vidas habían cambiado desde aquella fatídica noche, las pesadillas recurrentes, la sensación de ser observados, la culpa que nos corroía por no haber podido hacer nada para salvar a Lucas. Todos habíamos sufrido en silencio, incapaces de superar aquel trauma que nos perseguía. Decidimos qué necesitábamos respuestas. No podíamos seguir viviendo con la incertidumbre de de lo que realmente había ocurrido aquella noche en el bosque, así que con la valentía que sólo el alcohol te puede dar, nos propusimos enfrentar al árbol. Una vez más, decidimos enfrentar nuestros temores y regresar al lugar del campamento, al cerro remoto, en las afueras de nuestro pueblo natal. Estábamos determinados a descubrir la verdad detrás de la desaparición de Lucas y resolver el enigma que había perseguido nuestras vidas durante tantos años. Llegamos al pueblo envuelto en una atmósfera cargada de melancolía. Las calles que solían estar llenas de risas y juegos infantiles ahora parecían vacías y silenciosas. Visitamos el viejo cementerio, donde descansaban nuestros seres queridos, al igual que una tumba vacía con la inscripción en la lápida de una muy corta vida. Recordamos cómo solíamos jugar entre las tumbas en nuestra niñez, a medida que caminábamos por el pueblo. Los los recuerdos en de ns nuestra infancia volvieron con fuerza. Visitamos lugares que solíamos frecuentar juntos, el parque donde pasábamos horas jugando, la heladería, donde solíamos reír y compartir historias, la casa abandonada donde nos aventurábamos en busca de emociones fuertes. Cada rincón del pueblo parecía contener una parte de nuestra historia. Debo admitir que el trayecto me trajo más recuerdos gratos de los que me podía imaginar. Sin embargo, ninguno de nosotros estaba ahí para un agradable retroceso a nuestra infancia. Estábamos ahí para conseguir respuesta. Así, si todo salía según lo previsto, también un cierre. Nos dirigimos al cerro Remoto, el lugar donde había ocurrido la desaparición de Lucas. La naturaleza que rodeaba el camino parecía susurrar secretos y susurros de antaño. Sentíamos la tensión en el aire mientras nos adentrábamos más y más en el cerro. Para ser sinceros, no recordaba que el camino se encontrará tan lleno de maleza. Supongo que era porque, después de la desaparición de Lucas, a ningún niño le era permitido ir al cerro armados con hachas y determinación nos adentramos en el cerro. Cada paso que dábamos nos acercaba más al árbol maldito que había perturbado nuestras vidas. Los recuerdos volvían a nuestra mente recordando imágenes y emociones que creíamos haber enterrado hace mucho tiempo. A medida que nos adentrábamos en el cerro, la atmósfera se volvía cada vez más opresiva. El aire estaba cargado de una energía densa y sombría como si el propio bosque guardara los secretos oscuros que tanto anhelábamos descubrir. La vegetación se volvía densa a medida que avanzábamos, como si el bosque intentara detenernos en nuestro camino. Sin embargo, nuestro deseo de descubrir la verdad era más fuerte que cualquier obstáculo que se interpusiera en nuestro camino. El aire se volvía pesado y una sensación de malestar nos envolvía mientras nos acercábamos al objetivo. Finalmente llegamos al lugar donde el árbol esperaba en silencio. Nos rodeó una calma abominable mientras nos preparamos para dar el primer corte. Pero justo cuando el filo del hacha tocó la corteza algo inesperado, ocurrió una sustancia rojiza y espesa. Comenzó a brotar del árbol como si estuviera sangrando. El líquido viscoso manchó nuestras manos y salpicó el suelo, creando una escena macabra. El olor metálico del líquido llenó el aire Mezclándose con la inquietante atmósfera del cerro. Nos quedamos paralizados ante la escena, sin saber cómo reaccionar ante aquel fenómeno sobrenatural. El árbol parecía estar vivo de alguna manera respondiendo a nuestra presencia y a nuestro intento de dañarlo. El líquido carmesí continuaba fluyendo en abundancia, como si el árbol estuviera sufriendo una herida profunda. Fue entonces cuando vimos algo que nos heló la sangre desde las ramas más altas de los árboles, lo que parecía ser un par de ojos brillantes, nos observaban fijamente eran ojos de un color rojo, penetrantes y llenos de malicia. Una presencia maligna se apoderaba del cerro y entendimos que habíamos despertado fuerzas que estaban más allá de nuestra comprensión. Nuestro instinto de supervivencia se activó de inmediato y retrocedimos rápidamente, alejándonos del árbol en un intento de escapar de su alcance. Mientras huíamos, nos dimos cuenta de que el cerro a nuestro alrededor había cobrado vida, los árboles crujían y susurraban. Casi podría jurar que las hojas susurraban amenazas y las sombras parecían moverse con una hiena atención malévola. Fue entonces cuando notamos que las ramas del árbol maldito se movían de manera coordinada, extendiéndose hacia nosotros como tentáculos retorcidos. Un escalofrío recorrió nuestra espalda. Mientras nos dábamos cuenta de que estábamos atrapados en una trampa mortal, mientras luchábamos por asimilar lo que estábamos presenciando una sensación intensa de ser observados, nos envolvió el bosque parecía cobrar vida, los árboles susurraban secretos oscuros y las ramas crujían con una malicia evidente. Alzamos la mirada, buscando alguna señal de peligro inminente. Entonces un grito desgarrador rompió el silencio. Era Jorge, uno de nuestros amigos. Lo vimos siendo arrastrado entre la espesa maleza. Sus dedos se aferraban desesperadamente agarrados a las ramas tierra o de lo que sea, que pudiera sujetarse mientras era absorbido por la obscuridad. Nuestros corazones se congelaron de terror incapaces de procesar lo que estábamos presenciando. Corrimos hacia Jorge tratando de salvarlo de las garras, del árbol que parecía querer devorarlo, pero a medida que nos acercábamos, una fuerza invisible nos empujó hacia atrás, impidiéndonos acercarnos lo suficiente. Jorge desapareció en la oscuridad, dejando sólo el eco de su grito desesperado, resonando en nuestros oídos. Corrimos hacia la maleza, luchando contra las ramas retorcidas que se cerraban a nuestro alrededor. No estábamos dispuestos a perder a otro amigo y mucho menos en las mismas circunstancias. A medida que avanzábamos, nuestros esfuerzos se volvían inútiles. Jorge desapareció ante nuestros ojos, llevado por las garras invisibles que habitaban el cerro. En medio de la desesperación. Nos dimos cuenta de que el árbol no era su nero sólo un árbol, sino que se trataba de cada árbol de aquel cerro maldito, algo así como una mente colmena que había atrapado a nuestro amigo y ahora nos acechaba a nosotros. La realidad de nuestra situación se apoderó de nosotros y la necesidad de huir se volvió más urgente que nunca. Corrimos sin mirar atrás. Sintiendo el aliento del bosque en nuestra espalda, el suelo parecía moverse bajo nuestros pies, haciendo que cada paso fuera un desafío. Las ramas se agitaban y nos golpeaban como si el cerro mismo tratara de atraparnos y arrastrarnos a su abismo oscuro. Mientras corríamos, sentíamos que las raíces de los árboles se alzaban como serpientes hambrientas, extendiéndose desde la tierra para atraparnos. Cada paso era una lucha contra la fuerza implacable de la naturaleza retorcida. Las ramas crujían y los susurros del viento nos recordaban constante mons que el bosque era un enemigo implacable que buscaba aprisionarnos. A medida que avanzábamos, la salida parecía cada vez más lejana. Nuestros cuerpos estaban agotados y el miedo nos consumía, sin embargo, algo en nuestro interior nos impulsaba a seguir adelante, a luchar por nuestra supervivencia y encontrar una manera de liberarnos de aquel oscuro y malévolo cerro. De repente divisamos una pequeña luz en la distancia era tenue, pero lo suficientemente brillante como para ofrecernos un destello de esperanza. Sin pensarlo, dos veces corrimos en dirección a ella esquivando las ramas y las raíces que se alzaban para atraparnos. El terror nos envolvía, pero la adrenalina y el instinto de supervivencia nos mantenían en movimiento. Las raíces parecían alcanzarnos, rozando nuestras piernas y tratando de enredarse a nuestro alrededor. Era como si el cerro estuviera decidido a mantenernos prisioneros a nunca dejarnos escapar de su abrazo oscuro y retorcido. Nuestros pulmones ardían, nuestros músculos gritaban de agotamiento, pero no nos deteníamos. Nos impulsaba el miedo a sufrir el mismo destino que había alcanzado a nuestro amigo. Cada vez que mirábamos hacia atrás, veíamos sombras acechando entre los árboles ojos brillantes que nos observaban con sed de venganza. Sin embargo, nuestra determinación superó todos los obstáculos. Nos acercamos cada vez más a la luz que ahora brillaba con más intensidad, guiándonos hacia la salvación. El sonido de nuestros corazones palpitantes se mezclaba con los latidos del bosque, creando una sinfonía aterradora mientras nos acercábamos al límite de nuestro tormento. Finalmente, emergimos de entre los árboles y nos encontramos en un claro o iluminado por la luna. Respiramos profundamente sintiendo el aire fresco llenar nuestros pulmones mientras dejábamos atrás la obscuridad que nos había acosado. Miramos hacia atrás y vimos como el cerro se alejaba sus ramas retorcidas y su malevolencia desvaneciéndose en la distancia. Nos quedamos en silencio durante un momento procesando todo lo que acabábamos de experimentar. La realidad de lo que habíamos vivido se afianzó en nuestras mentes y nos dimos cuenta de que habíamos escapado de una fuerza sobrenatural que parecía no tener fin. Nuestros cuerpos estaban cubiertos de heridas, como si hubiéramos sido atacados por cientos de sanguijuelas sedientas de sangre. Las heridas sangraban recordándonos el horror al que habíamos sobrevivido. Buscamos refugio en el claro, tratando de curar nuestras heridas y recobrar el aliento. El miedo y el asombro se reflejaban en nuestros ojos. Mientras intentábamos comprender lo que acabábamos de presenciar. Nos dimos cuenta de que el árbol no era simplemente un árbol, sino una entidad oscura y malévola que había acechado nuestras vidas Desde aquel fatídico campamento en nuestra infancia. Nos sentamos en silencio, abrumados por la magnitud de lo sucedido. Cada uno de nosotros llevaba consigo las cicatrices físicas y emocionales de aquella experiencia. Nos dimos cuenta de que habíamos desenterrado secretos oscuros y despertado fuerzas que debían haber permanecido ocultas. A pesar del dolor y el agotamiento. Ninguno de nosotros podía permitir que el árbol maldito y el cerro continuaran acechando y amenazando a otros inocentes. Compartíamos un sentimiento de indignación y sed de justicia, impulsándonos a tomar medidas drásticas. Decidimos prenderle fuego al cerro como una forma de finalmente liberarnos del de n oscuridad y el mal que había residido allí durante tanto tiempo. Nos aprovisionamos con combustible y antorchas, conscientes de que estábamos desafiando una fuerza más allá de nuestra comprensión. Sabíamos que nuestra vida ya no sería la misma. Después de esa experiencia, habíamos enfrentado nuestros miedos más profundos y sobrevivido a un encuentro con lo desconocido, Pero también habíamos perdido a otro de nuestros amigos en el proceso. Cuando el fuego comenzó a arder una mezcla de alivio y miedo nos invadió. Mientras las llamas devoraban la maleza y los árboles retorcidos. El crepitar del fuego parecía llevar consigo susurros y lamentos. En nuestro estado de agotamiento y paranoia, juraríamos casi escuchar los gritos angustiados del árbol maldito. Sentía una mezcla de alivio y tristeza. Habíamos logrado escapar de aquel cerro maldito, pero a un costo muy alto. La pérdida de Lucas y ahora Jorge nos pesaba en el corazón y la sensación de culpa nos invadía. Una vez más, nos cuestionábamos si podríamos haber hecho algo diferente, si podríamos haber evitado que esto sucediera. Pero también había un sentimiento de determinación en nuestros corazones. No podíamos permitir que el árbol maligno siguiera causando daño a otros inocentes. Observamos en silencio mientras el fuego consumía el cerro, devorando cualquier rastro de su presencia malévola. A medida que las llamas danzaban y las sombras se retorcían, una sensación de liberación se apoderó de nosotros. Sabíamos que habíamos llevado a cabo un acto necesario, incluso si eso significaba perturbar aún más la paz del lugar. El fuego se extendió y se alzó hacia el cielo, iluminando la noche con su resplandor salvaje. En ese momento parecía que las fuera la oscuras se retorcían y se retorcían resistiendo su inevitable destrucción. Pero finalmente, el poder del fuego triunfó y los árboles y la maleza del cerro fueron reducidos a cenizas. El aire se llenó de un silencio inquietante, interrumpido sólo por el crepitar de las llamas moribundas. Nos miramos el uno al otro sintiendo un peso sobre nuestros hombros. Sabíamos que no podíamos escapar completamente de los horrores que habíamos presenciado, pero al menos habíamos hecho algo para proteger a otros de su malignidad. Nos alejamos del cerro en llamas con cicatrices, físicas y emocionales que nos recordarían para siempre aquellos eventos aterradores. Prometimos guardar silencio sobre nuestra experiencia, sabiendo que pocos podrían comprender o creer lo que habíamos vivido, pero dentro de nosotros, el vínculo de amistad y la determinación de proteger a otros fortalecieron. El cerro Maldito se desvaneció en el pasado, pero el recuerdo de aquella noche persistiría en nuestros corazones. Sabíamos que nunca estaríamos completamente libres de sus garras, pero nos aferramos a la esperanza de que algún día podamos encontrar la paz y la redención. Mi nombre es Emmanuel y si esto no me hubiera ocurrido a mí, seguramente no podría creerlo, por lo que no te culparé si tú tampoco lo haces. Era un día normal y soleado. Cuando salí de la escuela con mis amigos en cierto punto del camino, yo me debía separar de ellos, pues si no tomaba el atajo del bosque, debía caminar más del doble antes de llegar a mi destino, por lo que me despedí de mis amigos y emprendí el camino de regreso a casa, caminaba distraídamente por el bosque ajeno a los sucesos aterradores que estaban a punto de desencadenarse. Nada parecía ser particularmente anormal hasta que pasé por debajo de un enorme árbol. Fue ahí cuando algo inusual atrapó mi atención. Se trataba de un par de zapatos viejos que colgaban de una de las ramas más altas. Eran unos botines gastados y polvorientos con una sola agujeta que los unía. Continué caminando y al pasar junto a ellos, la agujeta se rompió y los zapatos cayeron justos sobre mi cabeza. Sorprendido y desconcertado, los miré con más detenimiento y vi que tenían manchas cafés que resaltaban entre toda la suciedad de los mismos. Finalmente los dejé tirados en el suelo y continué mi camino hacia casa. Después de todo, qué me importaban a mí esos zapatos viejos. Sin embargo, a medida que avanzaba, comencé a sentir una extraña sensación de malestar. Un escalofrío recorrió mi espalda y mi cuerpo entero. Tuve la sensación de que alguien o algo me observaba desde las sombras. Mis pasos se volvieron más rápidos mientras intentaba ignorar esa incómoda sensación y llegar lo más pronto posible a mi hogar. Pero a medida que caminaba, los sonidos a mi alrededor se volvieron más oscuros y horrorosos. El alegre canto de los pájaros fue reemplazado por graznidos siniestros que parecían ser de cuervos o al menos se escuchaban como si alguien intentara simular aquel sonido. Todo aquello combinado con el sonido de los árboles parecía susurrar palabras que no comprendía. Me volví una y otra vez, pero no vi nada fuera de lo común. Sin embargo, la sensación de ser observado persistía y mi corazón latía desbocado. A pesar de aquel mal momento, el cual pareció ser interminable. Finalmente pude llegar a mi edificio. Suspiré aliviado en cuanto a io llegué a la puerta. Sin embargo, algo extraño captó mi atención de reojo. Pude ver detrás de mí, en medio de la calle los zapatos perfectamente colocados. Era como si alguien los hubiese usado y caminado con ellos sólo para dejarlos. En ese lugar me giré inmediatamente, pero sin importar cuanto busqué. No pude ver por ningún lado aquellos zapatos. Pensé que tal vez era sólo mi imaginación. Jugándome una mala pasada abrí la puerta de mi departamento con mi llave. Quería entrar lo más rápidamente posible. Sin embargo, antes de cerrar la puerta, mi vecina, que llegaba del supermercado, me pidió amablemente que mantuviera la puerta abierta para que pudiera ayudarla a llevar sus bolsas. Acepté y comencé a subir las escaleras hasta el segundo piso donde ella vivía. Dejé sus bolsas en su departamento y me encaminé al mío, el cual se hallaba en el tercer piso. Mientras subía, pensaba en todo lo vivido en el bosque, al mismo tiempo que pensaba en lo que había visto en la calle. Cuando de repente escuché unos pasos detrás de mí, instintivamente me giré y me encontré con una visión espeluznante. Los zapatos viejos venían subiendo las escaleras detrás de mí como si fueran transportados por un fantasma invisible. Mi corazón se aceleró y el miedo se apoderó de mí. Corrí escaleras arriba a toda velocidad, sintiendo cómo los zapatos me perseguían. Recuerdo gritar un par de veces con la esperanza de que mis vecinos me ayudaran, pero nadie pareció escucharme ni ir en mi auxilio. Finalmente logré llegar a mi departamento y entrar rápidamente. Cerré la puerta con llave, dejando los zapatos afuera. Sabía que mis padres aún no habían regresado del trabajo, así que me dirigí directamente a mi habitación y lancé mi mochila sobre la cama. Mi corazón seguía latiendo rápidamente y sentía que me faltaba el aire y sin saber cómo me quedé dormido. Desperté algunas horas más tarde, ya era de noche y sabía que mis padres no tardarían en volver. No tardé mucho en recordar todo lo sucedido, lo que me hizo estremecer nuevamente. Sin embargo, intenté calmarme repitiendo en voz alta lo absurdo que aquello sonaba una y otra vez, pero pronto me di cuenta de que aquello no estaba funcionando. En un intento por tranquilizarme abrí la ventana que daba a la calle para poder tomar un poco de aire fresco. Aquello fue un grave error, del cual no me di cuenta hasta que abrí la ventana de golpe una ráfaga de viento helado me golpeó en la cara, haciéndome estremecer y sentir como si estuviera en el bosque. De nuevo, el aire parecía llevar consigo una presn ncia maligna que se adentraba en mi habitación. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y un grito espeluznante resonó en el aire, penetrando en lo más profundo de mi ser. El grito era tan aterrador y desgarrador que sentí como mis huesos se enfriaban y mi piel se erizaba. No había duda de que provenía de una fuerza sobrenatural y un sentimiento de puro terror Me invadió. La habitación se llenó de un aire denso y asfixiante, como si la presencia oscura de los zapatos se estuviera contaminando el ambiente. En ese momento, la habitación se sumió en una oscuridad. La luz de la luna parecía desvanecerse y una sensación de opresión se hizo presente. Me apresuré a cerrar la ventana, tratando desesperadamente de bloquear cualquier conexión con aquello que había desatado aquel desgarrador grito infernal. Mis manos temblaban mientras intentaba cerrar la ventana, pero parecía rescir asistirse. Era como si una fuerza invisible se opusiera a mis esfuerzos. El viento helado seguía soplando, haciendo que las cortinas se agitaran violentamente. El ambiente se volvía cada vez más opresivo, como si estuviera atrapado en una pesadilla sin escape. De repente, un aullido siniestro llenó la habitación pude sentir de inmediato que ya no me encontraba solo con miedo. Giré rápidamente para buscar qué era lo que parecía estar Mirándome grande. Fue mi sorpresa cuando observé como detrás de mí sólo se hallaban aquellos viejos zapatos a medida que luchaba desesperadamente por repetirme que aquello no estaba pasando. Noté que las manchas de sangre en los zapatos se volvían más frescas y brillantes. Parecían alimentarse de la violencia y el terror que habían desatado. Se acercaban lentamente hacia mí como si fueran guiados por una voluntad malévola. Aún con la luz apagada podía notar cómo dejaban huellas de una sustancia viscosa y espesa, la cual estoy convencido de que era sangre. A pesar de haber logrado cerrar la ventana, el ambiente seguía cargado de una energía maligna. Los muebles parecían cobrar vida propia emitiendo susurros, siniestros y sombras que se retorcían en las paredes, justo como había sucedido horas antes en el bosque. No entendía qué era lo que estaba sucediendo. Sentía que me encontraba atrapado en una pesadilla de la que no podía escapar el frío intenso persistía como si el mismo aliento de la muerte se hubiera colado en mi habitación. Mi respiración se volvió entrecortada, luchando por mantener la calma, mientras el pánico me inundaba en medio de la oscuridad y el caos busqué desesperadamente una salida. Mis ojos se posaron en la puerta de mi habitación, la única vía de escape de aquel horror que se desataba a mi alrededor. Con cada paso que daba hacia la puerta, los zapatos sangrientos caminaban lentamente detrás de mí, dejando aquel horrible camino de sangre y emitiendo una aura malévola que me paralizaba de terror. El aullido siniestro volvió a escucharse de pronto y se intensificaba a cada segundo, volviéndose insoportable para mis oídos y envolviéndome en un eco aterrador. Sentía como mi cordura se desvanecía y la certeza de que algo inhumano se encontraba tras aquella manifestación aterradora me dominaba. Caminé de vuelta intentando llegar a la puerta. Sin embargo, pude escuchar cómo éstos caminaban aún más rápido, lo que me hizo detenerme de inmediato. Traté de alejarme de ellos, pero sentía que una fuerza invisible me mantenía atrapado en su órbita. Los zapatos se balanceaban de un lado a otro como si estuvieran animados por una presencia maligna. Me di cuenta de que no había escapatoria. Estaba atrapado en una pira trampa sobrenatural. Desesperado. Comencé a buscar en mi habitación cualquier objeto que pudiera ayudarme a defenderme. Mis manos temblorosas agarraron un pesado libro de historia que yacía en mi escritorio con la poca valentía que quedaba dentro de mí. Me armé con el libro preparado para enfrentar lo que sea que estuviera detrás de esta pesadilla. Logré conectar un golpe directo contra uno de los zapatos, haciendo que éste saliera volando y chocara contra la pared del otro lado de mi habitación. El sonido del impacto resonó en la habitación, seguido de un estremecedor grito de agonía. Los zapatos retrocedieron momentáneamente, pero rápidamente se recuperaron y continuaron su avance implacable. El aire se volvió más denso, dificultando mi respiración. Sentía cómo la energía maligna se acumulaba en la habitación, alimentada por el terror y la sangre derramada. Mi mente luchaba por mantenerse enfocada, pero el miedo amenazaba con romper mi cordura en pedazos mientras daba golpes al aire como advertencia de que no siguieran avanzando. En un último intento desesperado, tomé el libro con ambas manos y lo arrojé con todas mis fuerzas hacia los zapatos. Esta vez logré golpear a ambos con precisión. Los zapatos salieron disparados y chocaron contra la pared cayendo al suelo. Un silencio repentino llenó la habitación. Interrumpido sólo por mi agitada respiración, observé los zapatos sangrientos sin atreverme a moverme, temiendo que esto fuera sólo un breve respiro antes de que regresaran con más fuerza. Sabía que debía apresurarme a salir de la habitación, pero el miedo había escalado a niveles paralizantes. Apenas era lo suficientemente capaz de no perder la cordura en aquel momento tan traumatizante. En ese momento, una voz resonó dentro de mi cabeza. Tu alma nos pertenece. Susurraba una y otra vez sentí como mis fuerzas se desvanecían y la desesperación se apoderaba de mí. Estaba al borde del abismo, a punto de sumergirme en la locura, cuando todo parecía perdido y estaba a punto de rendirme. Un destello de determinación y coraje surgió dentro de mí. Supongo que fue aquel instinto de supervivencia del que la gente siempre habla. Me negué a ser víctima de aquellos zapatos siniestros y de la oscuridad que los rodeaba. Respiré profundamente y reuní toda la valentía que me quedaba. Corrí hacia la puerta, desesperado por escapar de aquel infierno que se había desatado en mi habitación. Sin embargo, la puerta parecía sellada como si estuviera atrapado en una prisión impenetrable. Golpeé y empujé con todas mis fuerzas, pero era inútil. La presencia maligna se burlaba de mi intento de huida sin rrrgo. Luego de un par de patadas, finalmente se dio haciendo que pudiera salir. Bajé las escaleras lo más rápido que jamás lo había hecho, tocando las puertas de los demás departamentos y gritando por la ayuda de los mismos. Sin embargo, al igual que anteriormente, nadie acudió a mi auxilio, por lo que finalmente llegué a la salida del departamento sin pensarlo siquiera salí de éste. El viento frío azotó mi rostro mientras corría hacia la oscuridad de la noche. En un punto tropecé con la acera. Fue entonces cuando salí un poco de aquel trance y me di cuenta de que las calles se encontraban totalmente desiertas. Eso no tenía sentido, pero a decir verdad, nada de lo que estaba pasando esa noche lo tenía. Me levanté rápidamente, ignorando cualquier dolor o herida, y me alejé lo más rápido que pude de aquel lugar maldito. A n medida que me adentraba en las calles desiertas, sentí un alivio momentáneo. Sin embargo, sabía que la pesadilla no había terminado. Aquellos zapatos sangrientos y la fuerza oscura que los animaba aún podrían perseguirme. Mi respiración era pesada, pero ésta comenzaba a calmarse un poco. Intentaba recuperar mi cordura cuando de pronto escuché claramente unas pisadas acercándose cada vez más a mí. Los zapatos seguían persiguiéndome, dejando un macabro rastro de sangre a su paso. No me quedé quieto esperando que el miedo volviera a paralizarme, por lo que corrí de vuelta. Ya ni siquiera me importaba hacia dónde me dirigía. Lo único que me importaba era alejarme de aquellos zapatos malignos, sin siquiera darme cuenta en qué momento me había adentrado al bosque y muy pronto llegué justo al mismo lugar donde se encontraba el árbol donde habían caído sobre mí. Fue ahí cuando las pisadas se detuvieron. Aunque cada fibra de mi ser deseaba seguir corriendo, Mi cuerpo se hallaba exhausto y mi curiosidad le ganó a mi razón cuando decidí voltear para ver el motivo por el cual aquellos zapatos se habían detenido. Fue entonces cuando, por la luz de la luna, me di cuenta de que no estaba solo a medida que miraba a mi alrededor la escena se rebeló ante mis ojos. Decenas, tal vez cientos de pares de zapatos viejos colgaban de las ramas del árbol, todos ellos desgastados, polvorientos y manchados de sangre oscilando suavemente en el viento nocturno. El horror se apoderó de mí mientras me daba cuenta de la magnitud de lo que estaba presenciando. Intenté alejarme, pero mis piernas se negaron a Moverse estaba atrapado en una especie de trance hipnotizado por aquellos zapatos sanguinarios. La sensación de ser observador regresó con fuerza y sentí como mi corazón latía desbocado en mi pecho. La angustia y el terror se apoderaron de mí mientras me encontraba en medio de aquel escenario surrealista. De un momento a otro, Cada uno de estos fueron desprendiéndose de las ramas del árbol y uno a uno comenzó a avanzar lentamente hacia donde yo me encontraba. Con cada paso que daban en el suelo dejaban un rastro de sangre fresca y espesa. Mi mente se llenó de un pánico abrumador. Mientras retrocedía lentamente sin apartar la mirada de aquel espectáculo terrorífico, me hallaba completamente aterrorizado y paralizado por el miedo. Apenas podía pensar lo suficiente como para no olvidar respirar, aunque a decir verdad, el hacerlo se sentía cada vez más difícil. Los zapatos suspendidos en el árbol parecían tener una extraña presencia, como si estuvieran llenos de una energía maligna que los conectaba entre sí. Su presencia era perturbadora y opresiva, como si representaran una macabra advertencia para aquellos que se atrevieran a cruzar su camino de la nada. Los zapatos que había visto en un principio se detuvieron justo debajo de la rama, donde previamente habían estado colgados y comenzaron a moverse lentamente. Los botines comenzaron a zapatear sobre la tierra. Manchada de sangre. Mi horror aumentó al darme cuenta de que estaban cavando. La tierra se abrió y una mano ensangrentada emergió lentamente desperté exaltado, estaba sudando y el corazón me iba a mí por hora. No pude siquiera calmarme a mí mismo intentando convencerme de que todo había sido más que una horrible pesadilla, pues rápidamente me di cuenta de que no me encontraba en mi casa, sino que me hallaba recostado en la tierra, justo en aquel maldito árbol de donde aún colgaban aquellos viejos zapatos. Ni el primer pensamiento fue levantarme y salir corriendo a mi casa. Mis padres debían estar muy preocupados por no haber llegado a dormir. Sin embargo, algo en mí me hizo detenerme de aquella acción, dejando solo en mi mente aquella imagen de la mano. Emergiendo de la tierra, caminé justo al lugar y paté un poco la tierra, dándome cuenta de que ésta se hallaba un poco suelta. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, pero no me detuvo. Sólo me motivó a ponerme de cuclillas y comenzar a escarbar con mis manos. No me detuve hasta que terminé por encontrar una mano. Mi sorpresa fue mayúscula, por lo que asustado corría hasta que encontré a un oficial de búsqueda, el cual, al parecer, estaba buscándome conté lo que había encontrado Aunque omití la historia de los zapatos, pues sabía que de hacerlo nadie me creería. Llevé al oficial hasta el lugar, el cual, al ver aquel escenario, pidió inmediata refuerzos mientras observaba cómo las brigadas de rescate desenterraban el cuerpo de un hombre asesinado, sólo para posteriormente ver cómo desenterraban uno más y luego otro. Al parecer, aquel día encontraron un total de siete cuerpos, los cuales se trataban de hombres desaparecidos. Aquel hombre que yo había encontrado se trataba de un minero de nombre Lucio García, el cual había desaparecido unas semanas antes tiempo. Después me enteré de que la policía había encontrado al homicida gracias a la pista que le proporcionaron los viejos zapatos del minero. El asesino había colgado los zapatos de su víctima en las ramas del árbol utilizándolo como una macabra tumba. Aún recuerdo cada detalle de aquella noche. Los policías pensaron que había encontrado el lugar después de una noche de tragos de adolescentes y sin importar lo que yo tuviera que decir, no pude jamás cambiar su opinión, sobre todo porque nunca me atreví a decir la verdad de lo sucedido. No me habrían creído, aunque lo hubiera hecho. Con el pasar de los días, intenté convencerme de que tal vez cuando los zapatos me habían caído en la cabeza, habían provocado que me desmayara, provocando así aquella pesadilla. Eso respondía casi todas mis preguntas. Sin embargo, justo cuando mi vida estaba comenzando a volver a la normalidad, mi vecina lanzó un comentario que me hizo dudar de mi hipótesis, ya que cuando llegué aquel día a casa y abrí la puerta, ella me pidió no cerrar la puerta, ya que acababa de llegar del supermercado y me pidió ayudarle con sus bolsas, recordándome y agradeciéndome por hacer lo mismo unos días atrás que sí había sido real, relatos, anónimos,