Latest / Cultura y Audiolibros / Markheim (Stevenson) | Cuento de Terror 2
Transcript
- Bienvenidos a cultura y audiolibros en español. Hoy les traemos un cuento de Robert Louis Stevenson, que seguramente los mantendrá al borde de sus asientos. Tiene un final que te dejará reflexionando sobre la complejidad de la moral humana. Será Mark Hin capaz de tomar el camino correcto o sucumbirá ante el oscuro personaje. Ahora los dejamos con Mark Hime. Sí dijo el tendero. Tenemos diferentes clases de ganancias inesperadas. Algunos clientes son ignorantes y entonces mis mayores conocimientos me proporcionan un dividendo adicional. Otros son poco honrados y al decirlo, levantó la vela de manera que la luz iluminase totalmente a su visitante y, en tal caso, continuó saco provecho de mi integridad. Mark Jaime acababa de entrar procedente de la calle, donde aún lucía el sol y sus ojos no se habían acostumbrado todavía a la semioscuridad de la tienda. Al oír aquellas palabras mordaces a y ante las las runs presencia de la llama parpadeó con mucho esfuerzo y miró a un lado. El tendero se rió entre dientes. Usted viene a verme el día de Navidad prosiguió sabiendo que estoy solo en la tienda con los postigos echados y ya no me propongo hacer ninguna transacción más. Tendrá usted, pues, que pagar por ello. Tendrá usted que pagarme el tiempo que pierda, ya que debería estar haciendo el balance. Y tendrá que pagar además por esa extraña actitud que hoy observo en usted. Yo soy básicamente discreto y no hago preguntas embarazosas, Pero cuando un cliente no puede mirarme a los ojos, tiene que pagar por ello el tendero se rió entre dientes una vez más y luego añadió volviendo a su acostumbrado tono de comerciante, aunque con un deje de ironía en su voz. Puede usted, como de costumbre, explicarme con claridad cómo llegó a su poder. El objeto en cuestión plo cede también del gabinete de su tío. Un coleccionista excepcional vaya que sí y el tendero, un hombrecillo, pálido y cargado de espaldas, casi se puso de puntillas, lo miró por encima de sus gafas de montura dorada y movió la cabeza denotando incredulidad. Markhaim le devolvió la mirada con otra, que mostraba una compasión infinita y una pisca de horror. Esta vez dijo está usted equivocado. No he venido a vender, sino a comprar. No tengo ninguna curiosidad de la que deshacerme del gabinete de mi tío. Sólo queda el revestimiento de madera de las paredes, pero aunque estuviera intacto, me ha ido bien en la bolsa y me inclinaría más bien por aumentarlo. Lo que me trae aquí hoy es bien sencillo. Busco un regalo de Navidad para una dama Prosiguió hablando con más soltura a medida que avanzaba el discurso que había preparado y sin duda le debo una disculpa por molestarlo por un asunto tan niño. Pero ayer me olvidé de hacerlo y debo entregar mi pequeño obsequio en la cena. Y, como usted sabe muy bien, casarse con una dama rica es algo que no debe despreciarse. Siguió una pausa durante la cual el tendero pareció sopesar con incredulidad aquella afirmación. El tic TAC de los numerosos relojes que abarrotaban la tienda y el débil ajetreo de los coches de alquiler en una calle cercana llenaron el intervalo de silencio. De acuerdo, señor dijo el tendero. Lo que usted diga Después de todo, usted es un viejo cliente y sí, como dice, tiene la oportunidad de hacer un buen matrimonio. No tengo la menor intención de ser un obstáculo. Aquí tiene algo delicado para una dama Prosiguió este espejo de mano del siglo x B. Se lo garantizo. Procede también de una buena colección, pero me reservo el nombre para proteger los intereses de mi cliente que, al igual que usted, mi querido señor era sobrino y único heredero de un extraordinario coleccionista. Mientras seguía así hablando con su voz seca y cortante. El tendero se había inclinado para coger el objeto del lugar en donde se encontraba. Y al hacer eso, markham tuvo un solo sobresalto, un respingo tanto de la mano como del pie y una serie de pasiones tumultuosas asomaron de pronto a su rostro. Su turbación desapareció tan rápido como vino y no dejó más rastro que cierto temblor en la mano que recibía el espejo, un espejo dijo con voz quebrada. Luego hizo una pausa y repitió con mayor claridad. Un espejo en Navidad no es posible y por qué no exclamó el tendero por qué no un espejo. Markhaine lo observaba con una expresión indefinible y me lo pregunta. Usted dijo. Pues bien, mire mírese en él le gusta lo que ve, no ni a mí ni a nadie. El hombrecillo saltó hacia atrás cuando Markhaim le puso delante el espejo tan repentinamente, pero al darse cuenta de que lo que llevaba aquél en la mano no suponía ningún peligro para él, se rió entre dientes. Su futura esposa, señor debe de ser poco agraciada. Dijo. Le pido un regalo de Navidad, dijo Mark Hyme, y usted me ofrece esto, este maldito recordatorio de años de pecados y de desatinos, esta conciencia de mano lo dice en serio. Pensaba usted en algo concreto. Dígamelo será mejor que lo haga. Vamos hábleme de usted. Me atrevo a suponer que, en el fondo, es usted un hombre muy generoso. El tendero observó a su interlocutor con detenimiento era muy extraño, pero Markheim no parecía reírse. Por el contrario, en su rostro había algo así como un apremiante destello de esperanza, pero de ningún modo estaba alborozado. Qué insinúa. Usted preguntó el tendero. No es usted generoso. Replicó el otro con melancolía. No es generoso, ni piadoso ni escrupuloso. No amani es amado. Tiene manos sólo para recoger dinero y una caja de caudales para guardarlo. Es eso todo, Dios mío, es eso todo. Le diré lo que es. Empezó el tendero con cierta acritud y luego se echó a reír entre dientes. Otra vez ya veo que se trata de un matrimonio por amor y que ha estado usted bebiendo a la salud de la dama. Ah exclamó Markheime, mostrando una extraña curiosidad. Ha estado usted enamorado alguna vez hábleme de ello. Yo exclamó el tendero enamorado. Yo nunca tuve tiempo ni lo tengo Ahora para todas esas bobadas va a llevarse el espejo. Qué prisa hay respondió Markheim. Resulta muy agradable estar aquí hablando y la vida es tan breve y tan insegura que no quisiera apurar con prisas ningún placer, no ni siquiera un placer tan moderado como éste. Deberíamos aferrarnos, aferrarnos a lo poco que podamos conseguir como un hombre al borde de un precipicio. Cada segundo es un precipicio, si piensa usted en ello, un precipicio de una milla de altura lo bastante alto si caemos para estrellarnos y perder hasta el último vestigio de humanidad. Por lo tanto, es preferible hablar de cosas agradables. Hablemos el uno del otro. Por qué ponernos caretas, Charlemos confidencialmente quién sabe podríamos llegar a ser amigos sólo tengo una cosa que Decirle replicó el tendero. Haga su compra o salga de mi tienda. Cierto, Cierto, dijo Markheim. Basta de bromas. Vayamos al grano muéstreme otra cosa. El tendero se inclinó una vez más esta vez para volver a poner el espejo en la estantería y mientras lo hacía a sus finos cabellos rubios le cayeron sobre los ojos. Markheim se acercó a él un poco más con una mano metida en el bolsillo de su gabán, sirvió y llenó sus pulmones de aire. Al mismo tiempo, su rostro expresó muchas emociones diferentes, terror, pavor y determinación, fascinación y repugnancia física y levantando con fiereza el labio superior, enseñó los dientes. Tal vez le agrade esto, dijo el tendero y entonces, mientras trataba de levantarse otra vez. Mark Hime saltó sobre su víctima desde atrás. Una daga larga como un espetón, se enteleó antes de caer al suelo. El tendero forcejeó como una gallina, se golpeó la sien contra el estante y luego cayó desplomado. Un montón de vocecitas seguía marcando el paso del tiempo en la tienda unas majestuosas y lentas, como correspondía a su mucha edad. Otras locuaces y apresuradas, todas aquellas voces computaban los segundos en un intrincado coro de tik Taks. Luego, el ruido de pasos de un muchacho que corría pesadamente por las aceras se impuso a aquellas voces más débiles y sobresaltó a mark Hime, que empezó a darse cuenta de lo que le rodeaba hecho una mirada a su alrededor completamente espantado. La vela seguía ardiendo sobre el mostrador y su llama flameaba solemnemente impulsada por una corriente de aire y mediante aquel insignificante movimiento, toda la habitación se llenó de un silencioso bullicio que subía y bajaba como las olas del mar. Las sombras alargadas se balanceaban, las densas mans de oscuridad crecían y menguaban como si respirasen los rostros de los retratos y los dioses de porcelana se transformaban y fluctuaban como imágenes en el agua. La puerta interior permanecía entornada y atisbaba aquella conjura de sombras a través de una larga rendija de luz diurna semejante a un dedo que señala de esas ondulaciones que daban miedo. Los ojos de Markheim retornaron al cuerpo de la víctima que yacía encorvado y al mismo tiempo extendido increíblemente pequeño y aunque parezca, mentira más despreciable que en vida con aquella pobre y miserable ropa, en aquella postura desgarbada, el tendero yacía como un montón de cerrín Mark Jaime había temido mirarlo y ete aquí no era nada. Y, sin embargo, mientras lo miraba, aquel montón de ropa vieja y aquel charco de sangre comenzaron a expresarse con voces elocuentes. Tenía que quedarse allí. No había nada que hiciera funcionar aquellas hábiles articulaciones ni ordenar el milagro de la locomoción. Tenía que quedarse allí hasta que a si alguien lo encontrara y luego aquella carne muerta proferiría un grito que resonaría por toda Inglaterra y llenaría el mundo con ecos de persecución. Sí muerto o no todavía era el enemigo, el tiempo lo era cuando no había cerebro pensó y las dos primeras palabras golpearon su mente. El tiempo ahora que el hecho estaba consumado, el tiempo que se había acabado para la víctima se había convertido en urgente y trascendental para el asesino. La idea seguía todavía en su mente, cuando primero uno y después otro, con gran variedad de ritmos y voces, uno profundo como la campana de una catedral, otro entonado con sus notas agudas el preludio de un vals. Los relojes empezaron a dar las tres de la tarde. El súbito estallido de tantas lenguas en aquella cámara enmudecida le dejó estupefacto. Comenzó a moverse de un lado a otro con la vela asediado por sombras en movimiento y asustado hasta los tuétanos por reflejos casuales. En muchos ons espléndidos, espejos, algunos de diseño casero, otros de Venecia o de Amsterdam. Vio su rostro repetido una y otra vez, como si se tratara de un ejército de espías. Sus propios ojos lo descubrían y le localizaban y el ruido de sus propios pasos por muy ligeros que fueran turbaba el silencio que le rodeaba y mientras seguía llenándose los bolsillos su mente, todavía le echaba en cara con una reiteración que le ponía enfermo los mil fallos de su plan. Debería haber elegido una hora más tranquila. Tendría que haberse preparado una cuartada. No debería haber utilizado un cuchillo. Tendría que haberse mostrado más precavido y limitarse a atar y amordazar al tendero en lugar de matarlo. Debería haber sido más atrevido y haber matado también a la criada. Tendría que haberlo hecho todo de otra manera, patéticos remordimientos, fastidiosos, continuos esfuerzos de la mente para cambiar lo inalterable, para planear lo que ya era inútil, para hacer el artífice del pasado irrevocable. Mientras tanto, y tras toda aquella actación, brutales terrores cual ratas, corriendo por un desban desierto llenaban de alboroto los más remotos rincones de su cerebro. La mano de la gente de policía caería pesadamente sobre su hombro y sus nervios se estremecerían como si fuese un pez atrapado en el anzuelo o si no contemplaba en galopante desfile el banquillo de los acusados, la prisión, el patíbulo y el negro ataúd el terror a la gente que pasaba por la calle se presentaba ante su mente como un ejército sitiador era imposible. Pensó que no hubiera llegado a sus oídos algún rumor de la lucha y despertado su curiosidad. Y ahora, en todas las casas del vecindario adivinaba a sus moradores inmóviles con los oídos alerta gente solitaria, condenada a pasar la Navidad sin más compañía que los recuerdos del pasado y ahora inesperadamente obligada a abandonar aquel delicado ejercicio. Alegres reuniones familiares que de pronto enmudecían alrededor de la mesa la madre con el dedo todavía levantado, gente de todas clases, edades y humores, pero todos en el fondo, curioseando y prestando atención y tejiendo la soga que debía ahorcarlo. A veces le parecía que no podía moverse sin hacer algo de ruido. El tintineo de las altas copas de Bohemia sonaba tan alto como el repicar de campanas y alarmado por la magnitud de los tictacs de los relojes, sentía la tentación de pararlos y luego de nuevo, con una rápida transición de sus terrores. El mismo silencio del lugar parecía una fuente de peligro, algo que debía sorprender y paralizar a los transeúntes. Y entonces se movía con mayor atrevimiento y se afanaba entre los objetos de la tienda, tratando de imitar con rebuscada bravuconería los movimientos de un hombre ocupado a gusto en su propia casa. Pero se sentía tan desconcertado por las diferentes alarmas que, mientras una parte de su mente todavía permanecía alerta y despierta, otra temblaba al borde de la locura. Una alucinación en particular, se apoderó con fuerza de su credulidad el vecino que escuchaba junto a la ventana con rostro lívido el trans rno detenido en la acera por una horrible conjetura. En el peor de los casos, podían sospechar, pero no saber, a través de los muros de ladrillo y de las ventanas con los postigos cerrados sólo podían penetrar los sonidos. Pero allí, dentro de la casa estaba solo. Sabía que sí había visto salir a la criada en busca de su novio ataviada lo mejor posible dentro de su modestia con las palabras pasar el resto del día fuera de casa, impresas en cada cinta y en cada sonrisa. Sí estaba solo, por supuesto, y, sin embargo, en el piso de arriba de la casa vacía podía escuchar ciertamente un ligero revuelo de pasos. Era consciente, sin duda inexplicablemente consciente de la presencia de alguien. Sí. En efecto, su imaginación la siguió por cada cuarto y cada rincón de la casa. Unas veces era algo sin rostro que, no obstante, tenía ojos para ver otras. Era la sombra de sí mismo y, sin embargo, contemplaba otra vez la imagen del tendero muerto, inspirada de nuevo p por la astucia y el odio. A veces, tras un intenso esfuerzo, echaba una ojeada a la puerta abierta que sus ojos todavía parecían rechazar. La casa era alta, la claraboya pequeña y sucia el día sin visibilidad a causa de la niebla y la luz que se filtraba hasta la planta baja era extremadamente débil y apenas permitía ver el umbral de la tienda. Y, no obstante, en aquella franja de claridad incierta no se agitaba una sombra. De pronto en la calle, un caballero muy jovial empezó a golpear la puerta de la tienda con su bastón, acompañando los golpes con gritos y chanzas, en los que continuamente llamaba al tendero por su nombre. Paralizado por el miedo, Mark Jaime echó un vistazo al muerto, pero no yacía completamente inmóvil. Se encontraba completamente fuera del alcance de aquellos golpes y de aquellos gritos. Estaba sumergido bajo océanos de silencio y su nombre, que otrora le hubiese llamado la atención. En medio del fragor de la tormenta, se había convertido en un sonido hueco y al poco rato, El jovial caballero desistió de seguir llamando y se marchó. Aquello era un claro indicio de que debía darse prisa en lo que le quedaba por hacer, que tenía que marcharse de aquel vecindario que le acusaba zambullirse en un baño de multitudes y al final del día, llegar a aquel refugio seguro y de aparente inocencia. Su cama ya había llegado un visitante y en cualquier momento podía aparecer otro más obstinado. Haber consumado el hecho y no obtener provecho de él sería un imperdonable fracaso. Lo que ahora le preocupaba a Mark Jaime era el dinero y como un medio para llegar hasta él las llaves, hechó una ojeada por encima del hombro a la puerta abierta, donde la sombra permanecía titubeante y sin ninguna repugnancia. Consciente en su mente y, sin embargo, con un temblor en el estómago, se acercó al cuerpo de su víctima. Sus característicos rasgos humanos habían desaparecido por completo como un traje medio relleno de salvado. Las extremidades se hacían desparramadas por el suelo y el tronco doblado. Y, sin embargo, aquello le repelía. A pesar de ser tan sórdido y tan repugnante para la vista, Mark Heine temía que fuera más impresionante tocarlo cogió el cuerpo por los hombros y lo volvió boca arriba. Era extrañamente ligero y flexible y las extremidades, como si estuvieran descoyuntadas, adoptaron las posturas más raras. El rostro carecía de expresión, pero estaba tan pálido como la cera y terriblemente manchado de sangre en una sien Para Mark Hyme, esa fue la única circunstancia desagradable. Le hizo recordar al instante cierto día de feria en una aldea de pescadores un día gris de fuerte viento, con mucha gente en la calle, el estruendo de los instrumentos de metal, el redoblar de tambores, la voz nasal de un cantante de baladas y un muchacho que iba y venía sepultado bajo la multitud y fluctuando entre la curiosidad y el miedo, hasta que, al salir del lugar más concurrido, divisó un puesto y un enorme cartelón con varias ces nas pésimamente dibujadas, con colores chillones, Brownrick, con su aprendiza los manning, con su huésped asesinado, huero apaleado hasta la muerte por turtel y una veintena más de crímenes famosos. Lo veía tan claro como si fuera una ilusión óptica volvía a hacer aquel niño. Miraba de nuevo aquellas infames imágenes con la misma sensación de repugnancia física. Todavía estaba aturdido por el rataplán de los tambores, le vino a la memoria un compás de la música de aquel día y ante aquello, por vez primera, le invadió la aprensión, una sensación de náusea y una repentina debilidad en las articulaciones que debía contener y vencer en el acto. Juzgó más prudente hacer frente a aquellas consideraciones que huir de ellas, mirar el rostro del muerto con más osadía doblegar su mente para que se diera cuenta de la naturaleza y la magnitud de su crimen. Hacía tan poco que aquel rostro se había demudado con cada cambio de sentimiento, que aquella pálida boca había hablado, que aquel cuerpo había estado lleno de energía y vigor. Y ahora, como consecuencia de su acto, aquel trozo de vida se había parado de la misma forma que el relojero interponiendo un dedo detiene el tic tac de un reloj de modo que razonaba en vano, no lograba sentir ningún remordimiento más en su conciencia. El mismo corazón que se había estremecido con las efigies pintadas del crimen contemplaba impasible su realidad. A lo sumo sentía una chispa de compasión por alguien que había estado dotado en vano de todas aquellas facultades que pueden hacer del mundo un jardín encantado, alguien que nunca había vivido y que ahora estaba muerto, pero de arrepentimiento nada ni inmutarse. Apartando esas consideraciones de su mente, encontró las llaves y avanzó hacia la puerta abierta de la tienda fuera. Había empezado a llover con fuerza y el sonido del aguacero sobre el tejado había desterrado el silencio como una cueva con goteras. Los aposentos de la casa estaban invadidos por un continuo eco que llenaba los oídos y se mezclaba con el tic tac de los relojes. Y a medida que Markheim se aproximaba a la puerta, le pareció oír en respuesta a su propio andar cauteloso los pasos de otros pies que subían la escalera. La sombra aún palpitaba flácidamente en el umbral. Markhaim sometió a sus músculos a un supremo esfuerzo de determinación y abrió la puerta. La débil y brumosa luz del día iluminaba tenuemente el suelo desnudo y la escalera. La brillante armadura apostada a la barda en mano en el rellano y las sombrías tallas de madera y los cuadros enmarcados que colgaban de los paneles amarillentos del revestimiento. El golpeteo de la lluvia por toda la casa era tan fuerte que los oídos de Markhaime empezaron a distinguir una gran variedad de sonidos pisadas y suspiros. El desfilar de regimientos en la distancia, el tintineo de monedas al ser contadas y el chirriar de las puertas entreabiertas a hurtadillas parecían mezclarse con el repiqueteo de las gotas de lluvias sobre la cúpula y el gorgoteo del agua en las tuberías. La sensación de que no es estaba sólo se hizo más intensa hasta llevarlo al borde de la locura. Por todos lados se sentía acosado y cercado por aquellas presencias. La soya moverse en los aposentos de arriba oyó que el muerto se ponía de pie en la tienda y al empezar a subir las escaleras con gran esfuerzo oyó pasos que huían delante de él sin hacer apenas ruido o que lo perseguían furtivamente si al menos fuera sordo. Pensó que fácil le sería conservar la calma y luego, escuchando con atención siempre renovada, de nuevo se felicitó por aquel incansable sentido que velaba por él. Hiera como un fiel centinela que protegía su vida. Volvía la cabeza constantemente. Sus ojos, que parecían salírsele de las órbitas, escrutaban por doquier y por doquier se veían recompensados a medias con el rabo de algún ser indescriptible que se esfumaba. Los veinticuatro peldaños que conducían a la primera planta le parecieron otras tantas agonías. En el primer piso, las puertas estaban entornadas y tres de ellas, como otras tantas acechanzas lo pusieron nervioso cual si fueran bocas de cañón. Tuvo el presentimiento de que nunca más podría sentirse suficientemente fortalecido y resguardado de los ojos humanos que le observaban. Deseaba ardientemente encontrarse en su casa rodeado de paredes, escondido entre la ropa de cama e invisible para todos, excepto para Dios. Y aquel pensamiento le asombró un poco al recordar historias de otros asesinos y el miedo que supuestamente tenían a los vengadores celestiales. A él al menos no le ocurría así. Él temía las leyes de la naturaleza. No fuera que, en su despiadado e inmutable proceder conservaran alguna prueba irrecusable de su crimen. Tenía diez veces más con un terror ciego y supersticioso, alguna decisión en la continuidad de la experiencia humana alguna deliberada ilegalidad de la naturaleza. El suyo era un juego de habilidad que dependía de reglas, que extraía consecuencias a partir de las causas, pero que sucedería si la naturaleza I l I que l r el tirano derrocado volcó el tablero de Ajedrez rompiera el molde de su descendencia. Algo semejante le había acontecido a Napoleón, según dicen los historiadores, cuando el invierno modificó el momento de su aparición. Lo mismo podía ocurrirle a Mark Him. Las sólidas paredes podían volverse transparentes y revelar sus actividades como las de las abejas en una colmena de cristal. Las sólidas tablas podían ceder bajo sus pies como arenas movedizas y atraparlo en sus garras. Sí y existían accidentes más graves que podían destruirlo, por ejemplo, que la casa se derrumbase y lo aprisionara junto al cadáver de su víctima, o que se prendiera fuego en la casa de al lado y los bomberos le invadieran por todas partes. Esas eran las cosas que Markhain temía y, en cierto sentido, podría decirse que esas cosas equivalían a las manos de Dios extendidas contra el pecado. Pero en cuanto al mismo Dios, él estaba tranquilo. Sin duda alguna. Su acto fue excepcional, pero también lo eran sus excusas, que Dios conocer era allí y no entre los hombres donde Mark Haime estaba seguro de alcanzar justicia. Cuando llegó sin contratiempos al salón y cerró la puerta. Tras él se dio cuenta de que sus motivos de alarma le daban un respiro. La habitación estaba completamente desmantelada, desprovista, además de alfombras y cubierta de cajas de embalaje y de muebles inadecuados, varios espejos de cuerpo entero en los que se podía contemplar el mismo desde distintos ángulos como un actor sobre el escenario, muchos cuadros con marco o sin él, de espaldas contra la pared un elegante aparador shi Rayton, un vargueño de taracea y una enorme cama antigua con dosel. Las ventanas se abrían hasta el suelo, pero por fortuna, los postigos estaban echados en su parte inferior y eso le ocultaba de los vecinos. Markhain puso entonces una caja de embalaje delante del vargueño y empezó a probar las llaves. Le llevó bastante tiempo, pues había muchas y no pocas molestias, ya que después de todo era era era or posible que no hubiese nada en el vargueño y el tiempo pasaba volando, pero la minuciosidad de la ocupación lo calmó veía la puerta por el rabillo del ojo. De vez en cuando incluso la miraba directamente, lo mismo que al comandante de una plaza sitiada le agrada comprobar por sí mismo el buen estado de sus defensas, pero la verdad es que estaba tranquilo. La lluvia que seguía cayendo en la calle parecía natural y agradable. Enseguida al otro lado, las notas de un piano atacaron los primeros compases de un himno y las voces de numerosos niños rompieron a cantar qué melodía más majestuosa y reconfortante, qué voces juveniles más dulces. Markhaine las escuchó con una sonrisa mientras seleccionaba las llaves y su mente se llenó de ideas y de imágenes relacionadas niños que van a la Iglesia, a los sones del órgano, niños en el campo, bañándose en el arroyo, paseando por el ejido lleno de zarzas, haciendo volar sus cometas bajo un cielo salpicado de nubes arrastras. S o n o n N N N n o n s so. Entonces, otra cadencia del ritmo volvía a recordarle la iglesia y la somnolencia de los domingos veraniegos y la voz aguda y remilgada del párroco. Sonrió un poco al recordarla y las tumbas pintadas de la época jacobina y las borrosas inscripciones de los diez mandamientos en el presbiterio y mientras permanecía así, sentado ocupado y ausente, a la vez se levantó de pronto sobresaltado. Le recorrió un escalofrío helado, un fogonazo, un borbotón de sangre que le dejaron paralizado y estremecido. Unos pasos subían por las escaleras lenta, pero firmemente y enseguida. Una mano se posó en el picaporte. La cerradura hizo un ruido seco y se abrió la puerta. El miedo atenazó a mark Hime. No sabía qué esperar si al muerto que había resucitado, o a los representantes de la justicia humana o a algún testigo fortuito que sin pretenderlo le enviaba al patíbulo. Pero cuando un rostro asomó por la abertura, echó un vistazo alrededor de la habitación, le miró, asintió con la cabeza y sonrió amistosamente como si lo reconociera, y luego se volvió a ir cerrando la puerta a sus espaldas. Mark Hime perdió el control de su miedo y gritó hasta enronquecer al escucharlo. El visitante regresó, me llamaba, preguntó en tono agradable y luego entró en la habitación y cerró la puerta. Tras él, Markheim se quedó mirándolo fijamente. Tal vez un velo ocultara su vista, pues los contornos del recién llegado parecían cambiar y temblar como los de las figurillas de la tienda. A la luz vacilante de la vela, Unas veces creía reconocerlo, otras pensaba que se parecía a él y en todo momento, con una evidente sensación de terror, crecía en su pecho la convicción de que aquel ser no era humano ni divino. Y, sin embargo, mientras miraba a mark Him con una sonrisa en los labios, aquella criatura resultaba de lo más vulgar Y cuando añadió supongo que está buscando el dinero. No es cierto. Lo dijo en un tono educado de lo más corriente. Markheim no contestó. Debo advertirle continuó el otro que la criando se despidió de su novio más temprano que de costumbre y que no tardará en llegar. Si encontrase al señor Markhaime en esta casa, no necesito describirle lo que pasaría. Me conoce. Usted exclamó el asesino. El visitante sonrió desde hace mucho ha sido usted uno de mis preferidos. Dijo hace mucho que le observo y a menudo he tratado de ayudarle quién es usted. Gritó Markheim el diablo lo que yo pueda hacer. Respondió el otro. No afecta al servicio que me propongo prestarle claro que afecta. Exclamó Markheime. Vaya que sí recibir ayuda de usted. No nunca de usted. No todavía no me conoce. Gracias a Dios. Usted no me conoce. Lo conozco. Replicó el visitante con una especie de amable severidad o más bien firmeza. Conozco hasta sus más íntimos pensamientos. Conocerme gritó Mark Hime, quién puede conocerme. Mi vida no es más que una parodia y un descrédito de mí mismo. He vivido para contradecir mi naturaleza. Todos los hombres lo hacen. Todos los hombres son mejores que ese disfraz que crece a su alrededor y los ahoga. Los verá usted arrastrándose por la vida como alguien a quien hubieran secuestrado unos asesinos a sueldo embosándolo para acallar sus gritos. Si tuvieran el control de sí mismos, si pudieran ver sus rostros, serían totalmente diferentes. Resplandecerían como héroes esos santos. Yo soy peor que la mayoría he ocultado más mi verdadera personalidad, mi justificación sólo la conocemos Dios y yo, pero si tuviera tiempo, podría mostrarme tal cual soy ante mí. Preguntó el visitante, sobre todo ante usted respondió el asesino. Supuse que era usted inteligente. Pensaba que, puesto que existe, podría usted leer en los corazones. Y, sin embargo, se propone juzgarme por mis actos. Piense en ello mis actos. Nací y he vivido en un país de gigantes antes que me han arrastrado por las muñecas desde que salí del vientre de mi madre, los gigantes de las circunstancias. Y usted quiere juzgarme por mis actos. Acaso no puede usted ver en mi interior. No comprende que el mal me resulta odioso. No puede ver dentro de mí la diáfana escritura de mi conciencia jamás desdibujada por sofismas deliberados, aunque con demasiada frecuencia haya hecho caso omiso de ella. No puede reconocer en mí a alguien que sin duda debe de ser tan corriente como la humanidad misma, el pecador a regañadientes. Todo eso lo ha expresado usted con profunda emoción. Fue su respuesta, pero me trae sin cuidado. Esos consistentes argumentos no son de mi incumbencia y no me importa en lo más mínimo. Cual fue el impulso que le arrastró a usted mientras sea en la dirección correcta. Pero el tiempo vuela, la criada se demora mirando a la gente que pasa ya los dibujos de las carteleras, pero cada vez está más cerca y recuerde es como si el propio patíbulo se acercara a usted resueltamente a través de las calles en este día navideño quiere que le ayude yo que todo lo sé quiere que le diga dónde encontrar el dinero A qué precio, preguntó Mark Hime, le ofrezco este servicio como regalo de Navidad. Respondió el otro, Markhain no pudo contener una sonrisa que expresaba una especie de júbilo. Amargo, no dijo. No aceptaré nada de usted. Si estuviera muriéndome de sed y fuera su mano la que me llevase el jarro a los labios, encontraría el valor suficiente para rechazarlo. Puede que sea crédulo, pero no haré nada que me comprometa con el mal. No tengo nada que objetar a que se arrepienta en su lecho de muerte. Comentó el visitante por qué no cree usted en su eficacia. Yo no diría eso contestó el otro, pero yo miro esas cosas desde otro ángulo y cuando la vida se acaba, mi interés decae el hombre ha vivido para servirme, para propagar pensamientos ruines bajo apariencia de religión, para sembrar cizaña en el l trigal, como hace usted en escasa complicidad con el deseo. Cuando está tan cerca su liberación, sólo puede añadir un acto de servicio más arrepentirse, morir con la sonrisa en la boca y, de este modo, infundir confianza y esperanza a los más timoratos de mis seguidores que quedan vivos. No soy un amo tan severo. Póngame a prueba. Acepte mi ayuda. Disfrute de la vida, como ha hecho hasta ahora, disfrute en mayor cuantía, ponga los codos sobre la mesa y cuando empiece a anochecer y se corran las cortinas, le aseguro para su mayor consuelo que hasta le resultará fácil arreglar cuentas con su conciencia y hacer servilmente las paces con Dios. Precisamente vengo de uno de esos lechos de muerte y la estancia estaba llena de sinceros dolientes que escuchaban las últimas palabras de aquel hombre. Y cuando le miré a la cara antes tan despiadada y dura como el pedernal, comprobé que sonreía esperanzado. Entonces supone usted que soy uno de esos seres. Preguntó Mark Hime. Cree que no tengo más aspiraciones que pecar, pecar y pecar para al final entrar a hurtadillas en el cielo. Me solivianta la idea. Es esa, pues la experiencia que tiene usted del género humano o se imagina tales vilezas, porque me ha descubierto con las manos en la masa. Acaso el asesinato es un delito tan impío como para secar las fuentes mismas del bien. El asesinato no representa para mí ninguna categoría especial. Respondió el otro. Todos los pecados son asesinatos. En la medida en que toda vida es una guerra, Considero a su raza como unos marineros muriéndose de hambre sobre una balsa que arrebatan el último mendrugo a los más necesitados y se alimentan de las vidas de los demás. Sigo de cerca los pecados más allá del momento en que se cometen. Compruebo que en todos ellos la última consecuencia es la muerte. Y para mí, la Linda Doncella, que engaña a su madre con tanta gracia para asistir a un baile tiene las manos tanto o más visiblemente manchadas de sangre humana que un asesino. Como usted le he dicho que sigo de cerca a los pecados, también las virtudes apenas difieren de ellos. En el grosor de una uña, unas y otros son las guadañas con las que el ángel de la muerte lleva a cabo su mortífera ciega el mal para el cual vivo no está en la acción, sino en el personaje. Le tengo mucho cariño al hombre malo no hacía las malas acciones cuyos frutos. Si pudiéramos remontarnos lo bastante lejos a través de la impetuosa catarata del tiempo, podríamos encontrar, sin embargo, más provechosos que los de las virtudes más raras. Y si le ofrezco ayudarle a escapar, no es porque haya matado a un tendero, sino porque usted es, Mark Him, le abriré mi corazón. Respondió Mark Him. Este crimen en el que usted me ha sorprendido es el último que cometeré hasta llegar a le aprendido muchas lecciones. Él mismo es una lección, una trascendental lección. Hasta ahora me he visto arrastrado a mi pesar, a hacer lo que no quería. Era un esclavo forzoso y atormentado de la pobreza. Existen sólidas virtudes que pueden soportar esas tentaciones. No era ese mi caso. Tenía sed de placeres. Pero hoy y como consecuencia de este acto, he obtenido riquezas y un escarmiento, la posibilidad y la renovada decisión de ser yo mismo me he convertido en un actor libre sobre el escenario del mundo. Empiezo a verme completamente cambiado a considerar estas manos agentes del bien, este corazón en paz. Algo llega hasta mi procedente del pasado, Algo de lo que había soñado los domingos por la tarde cuando escuchaba el órgano de la Iglesia, algo de lo que pronostiqué cuando derramaba lágrimas sobre las páginas de libros sublimes o cuando hablaba con mi madre, siendo todavía una criatura inocente. Allí está mi vida. He andado a la deriva unos cuantos años, pero ahora veo otra vez cuál es mi destino. Va a invertir usted el dinero en la bolsa. No es así, comentó el visitante y si no me equivoco, ya ha perdido usted a algunos miles. Sí, dijo mark Hime, pero esta vez tengo algo seguro. Esta vez perderá de nuevo, respondió el visitante en voz baja. Sí, pero me quedaré con la mitad. Exclamó Markheim. También la perderá, dijo el otro, el sudor empezó a perlar la frente de Markheim, pues entonces qué más da exclamó. Digamos que lo pierdo. Todo que me hundo de nuevo en la pobreza seguirá hasta el fin. Una parte de mí la peor pisoteando a la mejor. El bien y el mal conviven dentro de mí tirando de mí en ambas direcciones. No quiero sólo una cosa. Las quiero todas. Puedo imaginar grandes hazañas, renunciamientos martirios y aunque incurrido en un delito como el asesinato, la compasión no es ajena a mis pensamientos. Compadezco a los pobres, quien conoce mejor que yo sus tribulaciones, los compadezco y los ayudo. Aprecio el amor me encanta. La risa sincera no existe en el mundo nada bueno en ni y auténtico que yo no ame de todo corazón. Han de ser únicamente mis vicios quienes dirijan mi vida, mientras que mis virtudes no surten efecto como si fueran inútiles cachivaches de la mente. No. El bien también es un manantial de actos, pero el visitante levantó un dedo durante los treinta y seis años que ha estado usted en el mundo, dijo a través de muchos cambios de fortuna y de diversos Estados de ánimo, lo he visto caer sin parar hace quince años. La idea de cometer un robo le habría asustado hace tres años, habría retrocedido ante la palabra asesinato. Existe algún delito, alguna crueldad o vileza que todavía le repugne. Dentro de cinco años, lo sorprenderé cometiéndolos su trayectoria cada vez va más cuesta abajo. Nada salvo la muerte, la podrá detener. Es verdad. Dijo Markhaim con voz ronca hasta cierto punto y acatado el mal. Pero eso les ocurre a todos los mismos santos por el simple hecho de vivir, se hacen cada vez más remilgados y se acomodan a lo que les rodea. Le plantearé una simple pregunta dijo el otro y cuando me conteste, le leeré su horóscopo moral. En muchas cosas se ha vuelto usted cada vez más descuidado. Posiblemente hace usted bien y, en todo caso, a todos les sucede lo mismo. Pero aún admitiendo eso, existe algún aspecto particular del mal por insignificante, que sea, que le resulte más difícil de acomodar a su conducta o se deja llevar a rienda suelta En todo algún aspecto particular repitió Markhaime angustiado al pensar en ello. No añadió con desesperación ninguno me he dejado llevar en todo. Entonces dijo el visitante. Confórmese con lo que es, porque nunca cambiará el papel que usted representa en esta obra estalla irrevocablemente. Escrito. Markhaim permaneció callado un buen rato y realmente fue el visitante. El primero en romper el silencio. Siendo así dijo, le digo dónde está el dinero y el perdón gritó Marck Heime. Acaso no lo ha intentado. Respondió el otro. Hace dos o tres años no le vi en la tribuna de una reunión evangelista y era su voz la que entonaba más fuerte. El himno es cierto, dijo Mark Hyme, y ahora veo claramente lo que me queda por hacer. Le agradezco estas lecciones con toda mi alma. Me han abierto los ojos y al fin me veo a mí mismo tal como soy en aquel momento, el agudo tintineo de la campanilla de la puerta resonó por toda la casa y el visitante como si la llamada fuese una señal que había estado esperando. Cambió inmediatamente de actitud. La criada exclamó, ha regresado como le advertí, y ahora usted tiene que dar otro paso más difícil. Su amo. Debe decirle está ya dentro. Debe dejarla entrar mostrando una expresión serena, aunque más bien seria. Nada de sonrisas. No exagere su papel y le prometo éxito Una vez que la chica esté dentro y haya cerrado la puerta. La misma habilidad con que se deshizo del tendero le permitirá salir airoso del último obstáculo en su camino. A partir de entonces tendrá toda la tarde, la noche entera, si fuese necesario, para saquear los tesoros de la casa y ponerse a salvo. Le será provechoso, aunque venga con la máscara del peligro. Levántese exclamó. Levántese amigo, su vida pende de un hilo. Levántese y actúe. Markham miró fijamente a su consejero. Aunque estoy condenado a hacer el mal. Dijo aún me queda una puerta abierta para actuar libremente. Puedo dejar de hacerlo aunque mi vida se haciaga. Puedo dejarla de lado. Aunque sea presa fácil, como usted dice, bien, de todas las tentaciones por pequeñas que sean, todavía puedo, mediante un gesto decidido, ponerme fuera del alcance de todas ellas. Mi inclinación al bien está condenada a la esterilidad. Puede ser faltaría más, pero todavía me queda mi odio al mal Y ya comprobará usted, aunque le irrite y le decepcione, que de ello puedo sacar energía y valor. Las facciones del visitante comenzaron a experimentar un sorprendente cambio. Se iluminaron y suavizaron con una expresión de frágil triunfo y, del mismo modo que se iluminaron, se desvanecieron y desaparecieron, pero Markheim no se detuvo a observar ni a comprender la transformación. Abrió la puerta y bajó las escaleras muy despacio, entregado a sus pensamientos, su pasado desfiló ante él sobriamente. Lo contempló tal como era inquietante y agotador, como un sueño fortuito, como un homicidio casual. El escenario de una derrota la vida, tal como ahora la veía, ya no le seducía. Pero en el otro extremo divisaba un refugio tranquilo para su embarcación. Se detuvo a mitad del pasillo y miró al interior de la tienda, donde la vela continuaba ardiendo junto al cadáver. Reinaba un extraño silencio mientras seguía mirando su mente, era un nervio de pensamientos acerca del tendero muerto y entonces sonó una vez más la campanilla con impaciente clamor hizo frente a la criada en el umbral de la puerta con algo parecido a una sonrisa. Será mejor que vaya a avisar a la policía. Dijo acabo de matar a su amo. Hemos escuchado como Mark Hyme, después que comete un asesinato en una tienda de antigüedades, luego se enfrenta a una serie de dilemas morales mientras intenta justificar sus acciones. Una de las razones por las que este cuento ha trascendido desde mil ochocientos ochenta y cinco es por su capacidad para explorar temas universales como la culpa, la redención y la libertad humana. Robert Louis Stevenson muestra su habilidad para mantener al lector en vilo a lo largo de toda la historia. A medida que Markheim se enfrenta a sus actos y al extraño instigador, el lector se siente cada vez más involucrado en la historia y se pregunta qué decisión tomará el personaje principal. Si buscamos la moraleja clásica, Markheim nos enseña que todos tenemos la capacidad de enfrentar nuestros errores, tomar decisiones y buscar la redención