Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / La Figura De Cristo Me Habló ( Recopilación De Pueblos # 1 ) Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y apol Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Mi infancia estuvo marcada por la oscuridad desde los siete años cuando fui abandonado en un perdido orfanato de Oaxaca. Mis padres, rostros borrosos, en la niebla de los recuerdos, tomaron la decisión de deshacerse de mí como si fuera una carga no deseada. No recuerdo sus caras, pero las cicatrices circulares en mis manos, vestigios de quemaduras provocadas por cigarrillos, son testigos mudos de la brutalidad que alguna vez se enfrenté a manos de aquellos que debían cuidar de mí. El orfanato, un edificio antiguo y sombrío se alzaba en las afueras del pueblo. Alrededor sólo había vastas extensiones de bosque, las cuales se extendían hasta donde alcanzaba la vista. A pesar de la soledad que rodeaba el lugar, encontré un refugio en la rutina y las estrictas enseñanzas de las monjas. Mi mente marcada por las heridas del pasado, estaba ávida de consuelo y encontré ese consuelo en la doctrina católica que las monjas se esforzaban por inculcar en nosotros. Los días pasaban lentamente y la fe que crecía en mí actuaba como un bálsamo para las heridas emocionales que llevaba. Sin embargo, la paz recién encontrada. Se desmoronó en una fría noche mientras cumplía con un castigo impuesto junto a un amigo llamado Carlos. Nos habían sorprendido pasando notas en clase y nuestro castigo consistía en limpiar la capilla a fondo una tarea que se prolongó hasta bien entrada la noche. Carlos cargando cubos de agua. Desde la lejana toma me dejó solo en la capilla. A la luz tenue de las velas. Me sumergí en la tarea de trapear el suelo. Lo gastado. Fue entonces cuando escuché un susurro. Este se trataba de mi nombre, flotando en el aire como un eco proveniente de las sombras. Al principio pensé que era la travesura de Carlos, pero la lógica me recordó que estaba demasiado lejos para jugar ese juego. El susurro se repitió y esta vez pude discernir la voz era suave, persuasiva y provenía de la figura de Jesucristo que adornaba la parte superior de la capilla. La representación de Cristo en aquella capilla era diferente. La figura sacra que presidía la capilla era un Cristo colosal casi de tamaño real, cuya presencia dominaba el espacio con una majestuosidad ominosa. Cada detalle de la escultura estaba tallado con una precisión que confería a la estatua una apariencia sorprendentemente realista y, al mismo tiempo, profundamente perturbadora. La figura de Cristo estaba suspendida en la cruz sus extremidades extendidas y clavos. En lugar de paz y redención, La escultura era grotescamente gráfica en su representación de las heridas infligidas al cuerpo de Cristo. Las marcas de los clavos atravesaban sus manos y pies un recordatorio crudo de la crucifixión. Las extremidades estaban deformadas por el peso del cuerpo, creando una imagen impactante de sufrimiento físico extremo. La corona de espinas que adornaba la cabeza de Cristo no era simplemente un adorno simbólico estaba meticulosamente esculpida. Cada espina era una representación afilada de la agonía. Las espinas penetraban en la carne, creando surcos de pintura que simulaban sangre que se deslizaban por el rostro de la figura. El cuerpo de Cristo estaba marcado por heridas profundas y laceraciones, una representación detallada de los golpes y flagelaciones infligidos durante la pasión. Cada herida parecía sangrar, creando una visión angustiante de sufrimiento continuo. La carne desgarrada y los músculos expuestos se plasmaban con un realismo inquietante, desafiando cualquier intento de apartar la mirada. El rostro de la figura reflejaba una expresión perpetua de dolor absoluto. Los ojos tallados con detalle penetrante emanaban una mirada de sufrimiento indescriptible. La boca entreabierta en un grito silencioso añadía la sensación de desesperación que la escultura proyectaba. Cada rasgo facial estaba contorsionado por el dolor, creando una imagen poderosa pero impactante. La combinación de detalles grotescos y gráficos en la representación de las heridas de Cristo daba a la figura una presencia impactante y angustiante. Esta no era una representación suavizada o idealizada del sufrimiento. Era una inmersión directa en la brutalidad de la crucifixión, diseñada para provocar una respuesta visceral en aquellos que la contemplaban. La primera impresión que tuve fue la de un absoluto terror. Incluso dejé escapar un grito ahogado. Sin embargo, mis temores se disiparon momentáneamente, ya que la figura de Jesús continuó hablándome ofreciendo respuestas a preguntas que ni siquiera había formulado. Pero entonces, como una sombra que se desvanece al llegar la luz, la voz cesó cuando escuché los pasos de Carlos. Acercándose con el agua, volteé hacia la puerta y la figura regresó a su posición original, como si nunca hubiera cobrado vida. La presencia divina desapareció y en mi corazón nació un secreto que guardé celosamente. No tenía el coraje de compartir con Carlos, lo que acababa de experimentar el miedo a la incredulidad y al juicio. Me silenció aquella noche mientras intentaba conciliar el sueño en mi austero catre. Las palabras resonaron en mi mente. La duda se infiltró en mi corazón antes inquebrantable. Era aquello un encuentro divino o una or manifestación de mi imaginación infantil. Al día siguiente, la capilla se convirtió en el epicentro de mi atención. Cada mañana antes del desayuno, nos dirigíamos ahí para rezar. Durante media hora mis ojos se posaron en la figura de Jesús, buscando algún rastro de la experiencia de la noche anterior. Inclusive cuestioné la realidad de lo que había vivido. Mientras recitábamos nuestras oraciones, mi mirada se aferraba a la estatua De pronto una extraña calma me envolvió cuando nos ordenaron cerrar los ojos y bajar la cabeza. En ese momento, un velo de paz inexplicable descendió sobre mí y la duda que me había acosado se desvaneció. Abrí los ojos y la figura de Jesús permaneció en su lugar aparentemente inmutable. Sin embargo, en un momento casi como un segundo, pude ver aquella figura mover los ojos como si me diera una señal de que lo vivido la noche anterior. Había sido real esa noche, el deseo de volver a hablar con la estatua me impulsó a regresar a la capilla. Después de que todos se durmieran en la penumbra, me enfrenté a la figura y le hablé esperando obtener respuestas. Sin embargo, esta vez el silencio reinó desconcertado. Decidí recitar el padre nuestro una y otra vez, como si las palabras sagradas pudieran invocar una respuesta divina. En el tercer intento, mientras mis labios pronunciaban las palabras familiares, sentí un toque ligero en mi cabeza, la figura de Jesús había abandonado su cruz y me miraba con ojos compasivos. Una sensación de amor y protección me envolvió y el temor que antes me atenazaba se disipó la figura me indicó que todo estaba bien y al mismo tiempo sugirió que tenía una sorpresa preparada sólo para mí. Sin dudar, acepté la invitación de seguirlo. Salimos juntos de la capilla y la dirección de nuestra marcha me hizo dudar. Nos dirigíamos hacia el bosque, un lugar estrictamente prohibido para nosotros, los niños del orfanato. Aunque mi temor se hizo evidente, la figura divina me aseguró que no nos aventuraríamos demasiado en la oscuridad del bosque. A punto de seguirlo, una voz autoritaria interrumpió nuestro camino. La hermana María, con su mirada severa, me reprendió por estar afuera tan tarde y, peor aún, por dirigirme al bosque. Mi explicación quedó atrapada en mi garganta cuando al girarme para señalar a la figura que me acompañaba. Descubrí que había desaparecido. Intenté articular mis palabras, pero la realidad se deslizó entre mis dedos como arena fina y en su lugar recibí un fuerte tirón de orejas, un castigo físico por mi desobediencia. El día siguiente, mi desobediencia fue castigada con severidad. No se me permitió desayunar y me obligaron a permanecer en mi casa hasta la hora de las clases. La la la. La us uara de alimentos dejó mi estómago retumbando, pero lo más difícil de soportar fue la creciente duda que se apoderaba de mi interior. Por qué la figura sagrada parecía ocultar su movilidad a cualquier otra persona que no fuera yo. Las respuestas se escapaban entre las sombras de la incertidumbre. Y mi mente se debatía entre la lógica y la experiencia que desafiaba cualquier explicación racional. Fue durante la clase de matemáticas, cuando Carlos, mi amigo de confianza, hizo su entrada con un par de galletas, las cuales me había guardado de su desayuno. La simple presencia de la comida me devolvió cierto alivio y decidí compartir con él la extraña experiencia que me atormentaba, no sin antes hacerle prometer que no diría nada a nadie, pues temía el juicio y la incredulidad que seguramente acompañarían a mi relato. Carlos, siempre un niño lógico y práctico, mostró inicialmente escepticismo ante mi historia. Sin sin embargo, la l s r. La la curiosidad, lo llevó a querer comprobar la veracidad de mis palabras. Decidimos regresar a la capilla juntos con la esperanza de que la figura mostraría nuevamente su misteriosa movilidad. Al entrar en la capilla, me enfrenté a la estatua con la esperanza de presenciar una vez más su asombrosa manifestación. Sin embargo, esta vez permaneció inmóvil, como si hubiera perdido su conexión especial conmigo. Consideré la opción de recitar una vez más el padre nuestro, pero esta vez la respuesta divina no llegó. La frustración comenzó a apoderarse de mí. Quería demostrar la verdad de mi historia, pero la figura parecía reticente a revelar su secreto ante la presencia de otra persona. Mientras luchaba por encontrar una manera de validar mi experiencia, Carlos, en un momento de escepticismo, lanzó un comentario sarcástico que cortó profundamente, sin saber exactamente por qué sentí un profundo resentimiento hacia él, un dolor que nacía de la incapacidad de compartir mi verdad. Decidí dejar de rezar y, en cambio, le dije a Carlos que no entendía lo que decía y que yo decía la verdad. La tensión entre nosotros se elevó y en un momento de agitación, me empujó. La pelea estalló y una ráfaga de emociones reprimidas que se manifestaban físicamente en el silencio de la capilla. La figura fue testigo mudo de nuestra discordia. Permaneció inmóvil como si disfrutara el conflicto que había desatado. La pelea se desvaneció tan abruptamente como comenzó, dejando una brecha entre Carlos y yo. El aire en la capilla estaba cargado de un silencio pesado y mis ojos se volvieron hacia la figura de Jesús, buscando respuestas que aún se negaban a revelarse. Pasaron tres días desde la pelea con Carlos, tres días de silencio entre nosotros. Durante ese tiempo me sumí en la rutina de ir a la capilla con la esperanza de volver a experimentar lo que consideraba un milagro. Sin embargo, la figura de Jesús permanecía inmóvil, como si mi conexión con lo divino se hubiera desvanecido. Junto con la paz que una vez me brindó. Un día mientras descansaba bajo un árbol, Carlos se acercó a mí con una revelación impactante. Según él, Jesús también se le había manifestado. Aquellas palabras resonaron en mi interior como un eco de decepción. No me importaba que Carlos hubiera presenciado la veracidad de mi historia. Lo que me perturbaba era que a mí no se me hubiera presentado aquel milagro. Mi milagro. La ira brotó dentro de mí como un torrente desbocado y la tensión acumulada durante esos tres días culminó en una nueva confrontación. Debido a aquella pelea, ambos fuimos aislados en un cuarto, una habitación sombría que se convirtió en el escenario de nuestro silencio y desencuentro. Durante horas. Nos negamos a hablarnos cada uno n p ndo en sus propios pensamientos y resentimientos. La habitación se llenó con la atención palpable de dos amigos que habían perdido el camino de la comprensión mutua. Finalmente, cuando nos permitieron salir del confinamiento, la atmósfera entre nosotros seguía cargada. Carlos rompió el silencio diciendo que se vería esa noche con Jesucristo, ya que éste le tenía una sorpresa en el bosque. Una vez que me dijo eso, Carlos se alejó de mí. Aquella sorpresa en el bosque dejó en mi mente un regusto amargo de envidia. Recordé la noche en la que la figura Sacra me había hecho exactamente la misma promesa invitándome a adentrarme en el bosque. En lugar de sorprenderme. La revelación sólo alimentó la creciente envidia que sentía hacia Carlos. Ahora él sería el destinatario de un misterio celestial Mientras yo quedaba relegado a la sombra de mis propias experiencias pasadas. La noche que siguió a la sorpresa en el bosque y fue a onró incapaz de conciliar el sueño. Mi mente estaba obsesionada con Carlos y la promesa que la figura de Jesús le había hecho. La envidia se agitaba dentro de mí como un veneno que amenazaba con correr la paz que alguna vez encontré en la fe sin poder soportar lo más, decidí dirigirme a la capilla en medio de la oscura quietud de la noche. Mientras me acercaba, vislumbré a Carlos entrando apresuradamente. En lugar de seguirlo, opté por observar desde la ventana, una posición que me ofrecía una visión parcial de lo que estaba por suceder. La figura sacra, en un eco inquietante de aquella noche pasada, comenzó a abandonar su cruz Desde la distancia. El gesto me envió escalofríos recordando el dolor de la crucifixión. La figura tocó la cabeza de Carlos y compartió palabras ininteligibles para mí. Luego ambos salieron por la puerta, alejándose hacia el oscuro abrazo del bosque. No pude resistir la tentación de seguirlos de espiar desde las sombras mientras avanzaban. Sin embargo, mi búsqueda fue en vano. Después de caminar sin rumbo, durante un tiempo, escuché un grito desgarrador y lleno de temor. El sonido se clavó en mi pecho resonando en la quietud del bosque. Pensé reconocer la voz de Carlos, quien gritaba. Lo llamé varias veces preocupado, pero sólo el silencio me respondió lleno de temor. Corrí de vuelta al orfanato. Me escondí y esperé. Esperé a que Carlos regresara a los dormitorios. Esperé hasta donde pude. Sin embargo, cuando los primeros rayos del sol comenzaron a iluminar el orfanato, el bullicio afuera se hizo ensordecedor. Las monjas con rostros preocupados evitaban que cualquiera se acercara a la capilla. No pude ver nada, pero la inquietud en el aire y los murmullos apenas audibles me indicaron que algo terrible había ocurrido. Las monjas se esforzaron por r l nero tener la información en secreto, pero a medida que pasaba el día la noticia trascendió. Carlos fue encontrado crucificado en la misma cruz de la capilla. La conmoción se apoderó del orfanato y el manto de tristeza se posó sobre nosotros como una sombra impenetrable. Nadie jamás volvió a saber nada de la figura sacra. El misterio que envolvía a esa estatua tomó proporciones aterradoras y la capilla se volvió un lugar prohibido, lleno de una energía oscura y misteriosa. La fe que alguna vez había sido mi consuelo se desvaneció en la angustia y el terror que ahora se asociaban con aquel lugar. Antes sagrado el orfanato, envuelto en un velo de tragedia, se transformó en un sitio marcado por el miedo y la duda, y mi envidia hacia Carlos se disolvió en un abismo de desesperación y pérdida. La noticia de la tragedia que envolvió a Carlos tejiendo una atmósfera de horror que dejó cicatrices imborrables. La capilla, un vez lugar de devoción y paz, fue clausurada. Sus puertas fueron cerradas con fuerza para evitar que cualquiera se aventurara en su interior. Aquel santuario sagrado se había transformado en un sepulcro de secretos oscuros y tragedias insondables. La sombra de la figura sacra se cernía sobre el orfanato, infundiendo terror y desconfianza en mi mente, un miedo paralizante se apoderó de cada pensamiento y la duda se convirtió en una marea que amenazaba con arrastrarme hacia la locura. Temía que la figura a la cual en un momento creí benevolente, volviera por mí, incapaz de encontrar tranquilidad y seguridad en aquel lugar que alguna vez llamé hogar, tomé la decisión de escapar del orfanato. Mi vida tomó un giro duro y desafiante, enfrentándome a las inclemencias del mundo exterior, sin un techo que me cobijara ni una mano que me guiara. La libertad, aunque precaria y llena de desafíos, se convirtió en mi refugio preferido ra, en comparación con la amenaza inminente que percibía en la figura sacra. A pesar de las dificultades, encontré la libertad de decidir mi propio camino lejos de las sombras de aquel lugar que alguna vez llamé ahogar. La vida errante no era fácil, pero era mía, y eso bastaba para que prefiriera cada desafío a la posibilidad de enfrentarme nuevamente a la figura maldita. A medida que el tiempo pasaba y la distancia crecía entre aquel orfanato y yo empecé a reconstruir mi vida de manera humilde pero auténtica. Sin embargo, la experiencia con la figura sacra dejó cicatrices profundas que nunca sanaron por completo el recuerdo de la traición divina y la pérdida de la fe se arraigaron en mi ser como sombras imborrables que oscurecían cualquier resquicio de luz espiritual. A pesar de haber escapado del orfanato, la figura sacra continuó acechando mis pensamientos, tejiendo sus tentáculos de miedo y desconfianza en mi Mente, la incredulidad en Dios se apoderó de mí de manera irrevocable. Ya no podía aceptar la idea de un ser supremo benevolente, cuando la misma divinidad que me brindó consuelo y paz en un principio se convirtió en la fuente de mi perdición. A lo largo de los años, forjé mi propio camino, encontrando fuerza en la adversidad y aprendiendo a vivir sin la guía de una fe que se desvaneció. Creí en la maldad, en la oscuridad que se esconde en las sombras, pero la creencia en un ser divino, en un dios amoroso, quedó atrás como un recuerdo lejano. Hoy mi vida es diferente, aunque las heridas del pasado persisten. Encontré una especie de paz en la independencia y en la aceptación de un mundo donde lo inexplicable y lo oscuro coexisten. La figura sacra quedó atrás en el laberinto de mis recuerdos, pero su influencia se manifiesta en mi escepticismo y en la convicción de que hay fuerzas más allá de nuestro entendimiento. Recuerdo aquel verano como si hubiera sucedido ayer, aunque han pasado muchos años. Desde entonces yo tenía tan sólo nueve años y mis padres decidieron enviarme a pasar las vacaciones de verano con mi abuelo. Nunca antes lo había conocido, ya que había tenido algunos problemas con mi padre, lo que había mantenido a mi abuelo alejado de nuestra vida. Sin embargo, en ese momento parecía que quería reconectar conmigo y mi padre aceptó la idea de que fuera a visitarlo. Aquella decisión cambiaría mi vida para siempre. El viaje en coche hacia el rancho de mi abuelo fue largo y solitario. Noté que su casa estaba muy alejada de cualquier civilización rodeada por una vasta extensión de tierra y vegetación. No había vecinos a kilómetros de distancia y la sensación de aislamiento comenzó a inquietarme. Cuando finalmente, ante llegamos al rancho de mi abuelo, quedé impresionado por la magnitud del lugar. La casa era una antigua construcción de madera con un porche delantero desgastado por el tiempo y el abandono. Mi abuelo me recibió con una sonrisa amable, pero sus ojos delataban algo de cansancio. Éste se mostró genuinamente feliz de ver a mi padre, aunque sólo cruzaron un par de palabras. Cuando mi padre fue por mis maletas, le pregunté por qué vivía tan lejos. Me explicó que le gustaba la tranquilidad del lugar y que estaba feliz de tenerme ahí. Mi padre se despidió de mí con un abrazo y me prometió que regresaría a recogerme al final de las vacaciones. Al entrar en la casa, noté que había otro hombre ahí. Mi abuelo me lo presentó como Javier. Era un hombre fornido, pero con un semblante enfermo y algo andrajoso. Sus ojos parecían vacíos como si estuviera atrapado en sus pensamientos. No dijo una palabra y en su lugar se r l ono. Imitó a sentir con la cabeza. Cuando mi abuelo lo presentó, aunque me sentí incómodo, decidí no prestarle mucha atención y continuar explorando la casa. A medida que exploraba la casa, quedé sorprendido por su belleza. A pesar de su antigüedad. Los muebles de madera maciza y los tapices decorativos le daban un aire de elegancia y nobleza. Los pasillos estaban adornados con cuadros de paisajes rurales y retratos de antiguos miembros de la familia. Sus miradas me seguían a medida que avanzaba. La casa parecía congelada en el tiempo, como si el reloj se hubiera detenido hacia décadas. Mi curiosidad me impulsó a correr por los pasillos, explorando cada rincón de la casa. Mientras lo hacía, me encontré con Javier, quien estaba de pie en medio del pasillo. El encuentro me tomó por sorpresa y sentí un escalofrío recorriendo mi espalda. A pesar de su aspecto enfermo y andrajoso, su mirada era inquieta da la firme. Javier señaló una puerta al final del pasillo y pronunció sus primeras palabras. Desde mi llegada vamos su voz era áspera y firme. Lo que me hizo obedecer de inmediato. Sin decir una palabra más, me guió hacia la habitación, la cual sería mi alojamiento. Durante mi estancia en el rancho me dijo que sí los necesitaba. Durante la noche, la habitación de mi abuelo estaba a sólo tres puertas de la mía. Después de dar esa breve indicación, me dejó solo en mi nuevo cuarto. Mi corazón aún la tía rápido por el encuentro con Javier. Su presencia me resultaba inquietante y su voz áspera había dejado una impresión duradera. Sin embargo, mi temor se desvaneció cuando entré en Mi habitación era inmensa, con techos altos y una cama con docel En el centro. Grandes ventanas adornaban una de las paredes, ofreciendo una vista impresionante de la parte trasera del rancho. Desde ahí podía ver los campos y los árboles que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. La belleza de la vista era cautivadora y me ayudó a relajarme. A pesar de las circunstancias extrañas, me sentí afortunado de poder disfrutar de ese entorno natural. La luz del atardecer se filtraba a través de las cortinas, creando un juego de sombras en la habitación que parecía pintoresco en lugar de inquietante. La primera noche en el rancho fue tranquila, a pesar de los extraños ruidos que provenían de la casa. Me aferré a la sensación de seguridad que me proporcionaba mi habitación con vista al campo. Sin embargo, esa tranquilidad pronto se vería perturbada por eventos que estaban más allá de mi comprensión. Al día siguiente, después de un desayuno tranquilo en el que Javier apenas cruzó palabra. Noté que ambos se pusieron a trabajar en el rancho. Esto me decepcionó un poco, ya que había esperado que mi abuelo tuviera tiempo para jugar conmigo. Sin embargo, él me prometió que más tarde me enseñaría a montar a caballo, lo cual me animó. Decidí aprovechar la mañana para explorar el rancho. Por mi cuenta, con la esperanza de encontrar algo interesante que hacer. Caminé por los vastos campos que se extendían alrededor de la casa, disfrutando de la belleza de la naturaleza. El aire estaba lleno del aroma de la tierra y las flores silvestres y el canto de los pájaros llenaba mis oídos. A pesar de la soledad del rancho, tenía algo especial que me hacía sentir más relajado. Sin embargo, pronto me di cuenta de que no había absolutamente nadie con quien jugar la sensación de aislamiento volvió a apoderarse de mí y me aburrí rápidamente en mi soledad. Comencé a imaginar que una vara a la cual había encontrado era una espada mágica y empecé a luchar contra dragones invisibles y monstruos malvados que acechaban en los campos. Mientras continuaba mi juego, vislumbré algo que llamó mi atención. En la distancia no muy lejos de donde me encontraba, se alzaba un pequeño cobertizo que parecía un lugar interesante para explorar la curiosidad. Me impulsó a correr hacia él, emocionado por la idea de descubrir un nuevo misterio en el rancho. Sin embargo, mi entusiasmo se desvaneció cuando llegué al cobertizo y me di cuenta de que la puerta estaba cerrada con una gruesa cadena y un candado oxidado. Miré por una de las ventanas, pero lo que pude ver dentro eran lo que parecían pieles de distintos animales. Determinado a descubrir lo que se encontraba en su interior, comencé a jalar de la cadena y a golpear la puerta con mi vara, pero no tuve éxito. La puerta parecía resistir todos mis esfuerzos y mi frustración comenzó a crecer. Fue entonces cuando, sin previo aviso, sentí una mano fría y fuerte en mi hombro. Me sobresalté y me volví rápidamente sólo para encontrarme con la mirada fría de la grada. Javier. Su voz sonaba molesto. Mientras me preguntaba qué estaba haciendo y por qué no podía estar ahí. Su voz parecía molesta y en algún momento me pareció que incluso mostró un poco los dientes aterrorizado por la reacción de Javier. Salí corriendo lejos del cobertizo y me dirigí de regreso a la casa. La tensión en el ambiente durante la comida era palpable y nadie hablaba de lo que había sucedido. En cuanto Javier se levantó de la mesa, le conté a mi abuelo, pero simplemente mencionó que el cobertizo contenía las pertenencias personales de Javier y que no debía ir ahí. La revelación de la existencia de un lugar secreto en el rancho y la reacción de Javier dejaron una sensación incómoda en mi interior. Comencé a cuestionarme qué ocultaban mi abuelo y Javier y por qué aquel lugar estaba tan fuera de límites. La curiosidad y el misterio se entrelazaron en mi mente y sabía que aún quedaban secretos por descubrir en ese misterio o lugar. La segunda noche en el rancho fue aún más inquietante que la anterior. Mientras yacía en mi cama tratando de conciliar el sueño, escuché un sonido que me hizo levantar la cabeza de la almohada. La puerta del cuarto de mi abuelo se abrió lentamente y un escalofrío recorrió mi espalda, ya que comenzaron a escucharse leves quejidos, los cuales, en medio del silencio de la noche, sonaban mucho más tétrico. Posteriormente escuché lo que parecían ser pisadas, pero no eran pisadas comunes. Eran distintas, casi como si un perro grande caminara por el pasillo. Aquello era extraño, ya que sabía que mi abuelo no tenía un perro. El miedo me invadió y mis pensamientos se dividieron entre si debía ir a investigar o quedarme en mi cama tratando de bloquear los sonidos aterradores que llenaban la casa. Finalmente opté por lo segundo, esperando que los sonidos desaparecieran por sí solos. Cerré los ojos con fuerza, tratando de ignorar el inquietante eco de las pisadas y poco a poco, el cansancio y el miedo me vencieron y finalmente me quedé dormido. Cuando desperté al amanecer, no estaba seguro de si lo que había escuchado había sido un sueño o una realidad. La casa estaba en silencio y no había señales de lo que fuera que había caminado por el pasillo. En la noche, mi abuelo y Javier ya estaban desayunando aparentemente sin preocupación alguna en sus rostros. Decidí hacer un comentario sobre lo que había ocurrido la noche anterior con la esperanza de obtener una explicación o al menos algo de tranquilidad. Le mencioné a mi abuelo y a Javier las extrañas pisadas que había escuchado y la apertura de la puerta de la habitación de mi abuelo. Sin embargo, en lugar de encontrar respuesta a su consuelo, sus respuestas me desconcertaron aún más. Mi abuelo simplemente me miró con una expresión de incredulidad y aseguró que no había salido de su habitación durante la noche. Javier, por su parte, negó haber escuchado algo inusual. Ambos intentaron convencerme de que seguramente sólo habían sido ruidos de la casa, crujidos y susurros nocturnos que se podían atribuir a la antigüedad de la construcción. A pesar de sus explicaciones, el miedo persistía en mí. Sentía que había algo que no encajaba en la imagen que me estaban presentando. Las pisadas que había escuchado eran demasiado distintivas para ser atribuidas a ruidos comunes de la casa y la apertura de la puerta de mi abuelo seguía siendo un misterio sin resolver. A medida que avanzaban los días en el rancho, la sensación de aislamiento y la percepción de que ocultaban algo se hacían más intensas. Las sombras de los secretos seguían acechando en cada rincón de la casa y la verdad parecía estar más allá de mi comprensión. Aquel día decidí quedarme dentro de la casa en lugar de aventurarme por los campos del rancho. Había traído algunos juguetes conmigo, entre ellos una figura de un superhéroe que había sido mi favorita durante mucho tiempo. Me senté en el suelo de la sala de estar y comencé a jugar haciendo que el superhéroe volara y luchara contra enemigos imaginarios. Mi imaginación se apoderó de mí y pronto me encontré corriendo por la casa, simulando que mi superhéroe volaba a través de los cielos. Subí las escaleras y corrí por el pasillo a toda velocidad, divirtiéndome como nunca antes. Mientras me movía por el pasillo, noté que la puerta del cuarto de mi abuelo estaba entreabierta. Aquello me pareció extraño, ya que mi abuelo solía mantener su puerta cerrada. Me acerqué lentamente a la puerta, curioso por lo que podría estar ocurriendo. Empujé la puerta suavemente para abrirla un poco más y espiar en su interior. Fue entonces cuando me encontré con una escena que me dejó paralizado. Javier estaba sentado en la cama de mi abuelo sin camisa y tenía múltiples cicatrices en su espalda. Lo que más me impactó fue una cicatriz que parecía estar fresca, aún enrojecida y reciente. Mis ojos se fijaron en ella sin poder apartar la mirada. La herida era grande y profunda, como si hubiera sido causada por algo afilado y peligroso. Javier se dio cuenta de mi presencia y su reacción fue inmediata. Se levantó de la cama con un movimiento brusco y cerró la puerta de golpe casi gritando que saliera. Mis piernas temblaron mientras retrocedía. Asustado por su reacción, las preguntas llenaron mi mente y el misterio que rodeaba a Javier se volvía aún más intrigante. Aquel encuentro en la habitación de mi abuelo había dejado una profunda impresión en mí. Sentía que algo extraño estaba ocurriendo en el rancho. A pesar de mis dudas y temores, decidí hablar con mi abuelo. Esa misma tarde. Bajé corriendo las escaleras ansioso por encontrar a mi abuelo y contarle lo que había visto. Lo encontré en la cocina con la ropa sucia y sudoroso, tomando agua de un vaso. Su rostro estaba cansado, pero parecía relajado. Hizo un comentario sobre cómo ansiaba que fuera mayor para ser yo quien apilara el estiércol de las vacas. Aunque el comentario tenía un tono de humor, no pude evitar seguir inquieto. Cuando no me reí por su comentario, mi abuelo notó mi expresión y me preguntó qué me ocurría con cierto temor. Le conté lo que había sucedido como había encontrado a Javier con las cicatrices en su espalda y la herida fresca. Mi abuelo escuchó con atención. Pareció que pensó muy bien en sus palabras. Antes de hablar, me miró con ternura y trató de tranquilizarme. Me explicó que Javier era un hombre que había estado en el rancho durante mucho tiempo y que había tenido varios accidentes en el pasado, incluyendo caídas de caballos que habían dejado esa sí quatrices en su espalda. Me aseguró que no debía preocuparme y que todo estaba bajo control. Sin embargo, sus palabras no lograron convencerme por completo. Sabía que había algo más detrás de la historia, que me estaba contando, algo que se escondía en las sombras y que estaba relacionado con las extrañas pisadas que había escuchado la noche anterior. Las dudas seguían rondando mi mente y la sensación de que ocultaban algo se volvía más intensa con cada día que pasaba en el rancho. Los días siguieron su curso y aunque no todas las noches experimentaba el mismo evento, las sombras de los secretos persistían. Había llegado al punto en el que me había acostumbrado a la inquietud constante que llenaba la casa. Sin embargo, eso cambiaría en una noche en particular, mientras mi abuelo me enseñaba a montar a caballo, escuché a Javier decirle que una de las yeguas estaba a punto de dar a luz y que probablemente lo haría esa misma o no che son n n n onr di emoción por presenciar un evento tan especial, así que le pedí a mi abuelo si podía verlo. Sin embargo, su respuesta fue negativa. Dijo que no era un espectáculo para niños y que podría ver al potro al día siguiente. Aquella respuesta no fue satisfactoria para mí. Estaba decidido a presenciar el nacimiento del potro y sabía que tenía que hacerlo. Esa misma noche planeé salir de mi habitación en silencio cuando todos estuvieran dormidos, y dar un vistazo a los caballos en el establo. Esa misma noche, después de esperar pacientemente a que mi abuelo y Javier entraran a la casa y se dispusieran a dormir, llegó el momento de poner en marcha mi plan. El deseo de ver al potro era indescriptible y sabía que no podía esperar más. Me levanté de la cama con cuidado tratando de no hacer ruido y me puse los zapatos en silencio Cuando salí de la casa la noche estaba oscura y serena. Las estrellas brillaban en el cielo cielo y el aire estaba fresco y limpio. Caminé lentamente hacia el establo tratando de no hacer ruido. Sin embargo, me encontré con un problema que no había anticipado. Los establos estaban cerrados. Con llave frustrado, me di la vuelta para regresar a la casa cuando noté un pequeño hueco en la cerca de madera que rodeaba los establos. Era lo suficientemente grande como para que yo pudiera pasar, pero para llegar a él tendría que escalar por un montón de madera que mi abuelo tenía pilada cerca. Empecé a subir con cuidado, moviéndome lentamente para no hacer ruido. A medida que avanzaba, sentí una extraña sensación de que alguien me observaba. Giré la cabeza tratando de ver quién podría estar mirándome, pero no vi a nadie. En la oscuridad sacudí la sensación de que alguien me estaba observando y continué escalando. Sin embargo, cuando estaba a punto de alcanzar el hueco en la cerca, un ladrido tronador y amenazante llenó el aire antes de que pudiera reaccionar. Sentí que la madera bajo mis pies se desplomaba y caía hacia abajo. Perdí el equilibrio y caí al suelo golpeando mi cabeza ligeramente. Cuando me levanté, me encontré cara a cara con un enorme perro que se veía sucio pero imponente. Su mirada era intensa y sus dientes relucían en la oscuridad. El miedo me envolvió y corrí tan rápido como mis piernas me permitieron hasta llegar a la casa. Entré en la habitación de mi abuelo aterrorizado y lo desperté con urgencia. Mi abuelo me escuchó con paciencia mientras le contaba lo sucedido, aunque mi miedo me impedía hablar con claridad. Él trató de calmarme y dijo que estaba bien, que seguramente Javier me había confundido con un ladrón y que al reconocerme sólo me dejó ir. Sus palabras no hicieron más que aumentar mi confusión. Mi abuelo decidió que era hora de contarme la verdad sobre Javier. Me explicó que Javier era era lo que que se podría denominar un agual, alguien que tenía la habilidad de transformarse en un animal, en su caso, un perro. Me contó cómo se conocieron y cómo Javier había sido el motivo principal para vivir tan alejados de todo mi mente estaba llena de preguntas y asombro mientras escuchaba la historia de mi abuelo, me costaba creer que Javier tuviera la capacidad de transformarse en un perro y que mi abuelo hubiera estado viviendo con él durante tanto tiempo. Aquella noche, mi perspectiva de la vida cambió para siempre, y aunque mi miedo inicial se había desvanecido, un nuevo interés hacia lo desconocido se apoderó de mí hoy en día, ya como adulto, a un visito de vez en cuando a mi abuelo y a Javier. Aunque mi perspectiva de la vida ha cambiado desde que lo conozco, ahora sé que el mundo tiene enigmas los cuales tal vez jamás podremos descifrar y sólo nos resta vivir con ellos. Mi nombre es Manuel y lo que les voy a contar a continuación es una parte de mi vida la cual es sumamente difícil de creer, pero no importa si lo hacen o no. Lo único que quiero es soltar el peso que ha atormentado mi alma desde hace décadas. Cuando era un niño de tan sólo nueve años, vivía en un pintoresco pueblo en lo más recóndito de Oaxaca. El nombre del pueblo lo omitiré para mantener su privacidad. Era un lugar donde todos se conocían y la religión regía nuestras vidas. El miedo a un dios todopoderoso se tejía en cada rincón de nuestro ser Una creencia que mis padres habían inculcado en mí desde que tenía uso de razón. La memoria que se niega a desvanecer, la que me persigue como una sombra en la oscuridad, se remonta a un día particularmente caluroso en aquel pueblo. Había estado jugando canicas con mis amigos y la emoción de haber ganado muchas de las canicas. De ellos me hacía regresar a casa con una sonrisa triunfante en el l el rostro. La tarde se deslizaba hacia el anaranjado crepúsculo. Cuando divisé algo inusual, esto se trataba de una de las casas más lujosas del pueblo. Digo lujosas debido a que era una de las pocas las cuales estaban construidas con cemento y ladrillos en lugar de carrizos y láminas. Aquella casa nunca había tenido habitantes desde que yo tenía uso de razón. Sin embargo, ahora parecía estar siendo habitada. Ahora tenía sus ventanas iluminadas y parecía haber movimiento en su interior. Aquello me llenó de asombro y curiosidad, lo cual, siendo sólo un niño, me llevó a acercarme sigilosamente para investigar la brisa. Traía un aroma extraño y el viento susurraba secretos inaudibles. Mis pasos me condujeron a la entrada de la casa, donde se reveló ante mis ojos una figura misteriosa, un hombre alto de cabellos grises y arrugas profundas. En el rostro este parecía estar instaladascándose en la casa. Recuerdo que me llamó la atención que éste poseía un automóvil, lo que era inusual en nuestro pequeño pueblo. Sin embargo, mi emoción por el auto se vio interrumpida por un grito firme con una voz muy gruesa, el cual dijo Hades. En mi inocencia no entendía el significado de ese nombre, pero su mención me dejó con una sensación inquietante. Mientras mis oídos aún se acomodaban al sonido, unos ladridos desgarradores inundaron el aire. La emoción se apoderó de mí, ya que yo era un gran fanático de los perros, siempre había anhelado tener un perro como compañero. Mis amigos tenían mascotas y yo ansiaba ese mismo amor y lealtad incondicional. Sin embargo, mis padres jamás me lo permitieron. El sonido de cuatro patas acercándose rápidamente a mí agudizó mi expectativa y mi mirada se deslizó por el entorno en busca de la fuente de aquel ruido y finalmente, mi búsqueda Dios sus frutos. Emergiendo de las sombras de la casa, surgió un ser que a primera vista parecía un lobo majestuoso. El pelaje era de un negro profundo y brillante y sus ojos eran de un amarillo penetrante. Cualquier otra persona habría considerado a aquel animal hermoso, pero yo, que había crecido rodeado de perros y conocía su esencia, sentí un escalofrío recorriéndome la columna. Había algo en aquel ser que me hacía dudar, una inquietud profunda que no podía ignorar, no sabría cómo explicarlo. Pero aquel no era un perro, no tenía las características de un can y su mirada traspasaba el alma como si pudiera leer mis pensamientos y secretos más oscuros. En aquel instante, un frío gélido se apoderó de mí y el miedo me envolvió tan intenso que me vi obligado a huir en busca de refugio en mi casa sin mirar atrás, corrí como si el mismísimo diablo me persiguiera sin detenerme ni un niño. Instante llegué a mi casa jadeando y con el corazón, latiendo desbocado la emoción y el miedo que había experimentado en el encuentro con aquel ser misterioso aún se apoderaban de mí rápidamente. Corrí hacia la puerta de entrada y entré dispuesto a contarles a mis padres lo que acababa de suceder. Pero al abrir la puerta, fui recibido por sus miradas furiosas. Había llegado casi una hora más tarde de lo que ellos me tenían permitido y mi tardanza los había llenado de preocupación y enojo. Mis palabras apresuradas y llenas de emoción se atascaron en mi garganta. Cuando intenté explicarles lo que había presenciado. Mis padres, más preocupados por mi bienestar físico que por mis temores, no quisieron escucharme. Me regañaron por mi tardanza y me mandaron a dormir, sin siquiera darle importancia a lo que les intentaba contar. Mientras me encontraba en mi cama, intenté tranquilizarme, pero mis pensamientos se de rras estaban atrapados en el recuerdo de aquel encuentro en la casa, a solo algunos metros de la mía. No podía sacarme de la cabeza los ojos penetrantes y amarillos de aquel enorme perro. Aquellos ojos parecían seguirme incluso cuando cerraba los míos el cansancio. Finalmente me venció. Sin embargo, lo que me esperó al dormir fue todo menos tranquilidad, ya que caí en un sueño inquieto. Mi pesadilla fue una visión aterradora y surreal, un laberinto de oscuridad y niebla. Me encontraba solo en medio de un bosque tenebroso. Los árboles retorcidos se alzaban como esqueletos negros contra el cielo sin estrellas. Mis pasos eran torpes y temblorosos. Mientras caminaba en busca de una salida, el aire estaba lleno de susurros ininteligibles y risas que resonaban en mi mente como eco de locura. De repente, el aullido de un nobo rasgó el silencio de la noche y una presencia oscura y amenazante emergió de las sombras. Era el mismo perro que abía ha visto con su pelaje negro y brillante, y esos ojos amarillos, que parecían contener la esencia misma del mal se acercó lentamente, emitiendo un gruñido demoníaco que heló mi sangre. Mis piernas se negaban a moverse y un pánico paralizante se apoderó de mí. El lobo se abalanzó hacia mí con una rapidez sobrenatural y sus fauces se cerraron sobre mi cuello. En un instante, el dolor era real, agudo y ardiente, y el sabor metálico de la sangre llenó mi boca caí al suelo debilitado. Los ojos amarillos del lobo se encontraron con los míos como si pudiera ver mi alma desgarrada. Me desperté en mi cama empapado en sudor y rápidamente me di cuenta de que también había mojado las sábanas. A pesar de que la pesadilla había terminado, el miedo y la sensación de terror seguían palpables en mi piel. La noche estaba oscura y silenciosa, pero algo en el ambiente no se sentía bien. Con el rabillo del ojo vi un par de destellos amarillos afuera de la ventana. No necesité voltear para saber lo que era. Eran los mismos ojos, amarillos de aquel enorme perro. Éstos estaban fijos en mí, atravesando la ventana con una mirada que parecía contener una malicia insondable. Mi corazón latió con fuerza y un escalofrío recorrió mi espina dorsal sin perder tiempo. Me cubrí con las sábanas temblando de miedo y comencé a rezar con todas las fuerzas de mi ser Pedí a Dios que alejara aquel mal que acechaba afuera de mi ventana. El murmullo de mis oraciones se mezcló con el latido frenético de mi corazón mientras luchaba contra el terror que se cernía sobre mí en la oscuridad de la noche. Las horas pasaron lentamente, mientras permanecía acurrucado bajo las Sábanas, rezando sin cesar. Finalmente, la luz del amanecer comenzó a filtrarse a través de las persianas. La sensación de alivio me invadió cuando el sol se levantó y los horrores de la nue noche parecieron desvanecerse como pesadillas fugaces. Cuando la oscuridad de la noche se desvaneció lentamente, dando paso a los tenues rayos del sol que se colaban tímidamente por las ventanas al amanecer. A pesar del atemorizante episodio de la noche anterior, no había rastro de los ojos amarillos fuera de la ventana. Cuando la luz del día se asentó en el pueblo, al sentarme a desayunar con mis padres, escuché su conversación sobre una nueva persona que se había mudado al pueblo. Mis oídos se agudizaron de inmediato recordando al hombre que había presenciado en la casa abandonada. Pero el miedo a ser reprendido nuevamente por mi tardanza la noche anterior me mantuvo en silencio. Temí que sí volvía a tocar el tema. Mis padres recordarían mi desobediencia. El día sábado, como de costumbre, llevaba consigo la promesa de jugar al fútbol con mis amigos en el campo. Apresuré mi desayuno y salí de casa determinado nado a dejar atrás el recuerdo inquietante de la noche anterior. No obstante, el temor persistente me impidió pasar por la casa donde había visto al hombre y al extraño perro. Eso me obligó a rodearla. El tiempo transcurrió de manera aparentemente normal y en algún momento traté de convencerme de que la aparición del misterioso animal no era más que el fruto de mi imaginación. Inducido por el miedo, me esforcé por restarle importancia y seguir con mi vida, esperando que todo regresara a la normalidad. A medida que el sol comenzaba a ponerse en el horizonte, los niños del pueblo se dispersaban lentamente. Fue entonces cuando me encontré a solas con Paco, mi mejor amigo de la infancia. Paco era un chico animado de cabello, revuelto y una sonrisa siempre dispuesta con sus ojos marrones llenos de curiosidad y una risa contagiosa. Siempre irradiaba alegría y valentía. A pesar de su corta edad, su espíritu intrépido y su apoyo incondicional lo convertían en un amigo confiable. Vivíamos muy cerca uno del otro, así que caminábamos juntos en la misma dirección de vuelta a casa. En un momento de valentía, decidí compartir con él lo que había ocurrido la noche anterior, sabiendo que él, a diferencia de la mayoría, no tendría miedo o me juzgaría para mi alivio paco. Me creyó de inmediato y con entusiasmo. Se mostró ansioso por ver al misterioso perro. Como dije mi amigo no solía tener miedo a nada, y su confianza me empujó a considerar llevarlo conmigo para demostrarle la existencia de aquel ser inusual. Sin embargo, una voz interior me advertía del peligro, recordando el miedo paralizante que me había invadido la noche anterior. A pesar de mi inquietud, su entusiasmo ganó sobre mis dudas y finalmente accedía a mostrarle lo que había visto. La tarde avanzaba y Paco y yo fina nl lmente llegamos a la casa para nuestra sorpresa. Vimos como el hombre desconocido subía a su automóvil y se alejaba, dejando la propiedad aparentemente desierta. Aquello llenó de emoción a Paco, quien saltó de alegría al darse cuenta de que la ausencia del hombre nos permitiría acercarnos al misterioso perro sin obstáculos. Nos acercamos al límite de la propiedad, estirando el cuello en un intento por avistar al enigmático animal. Sin embargo, no logramos ver ninguna señal del perro. A pesar de mi alivio. Mi corazón latía con fuerza y sentí un impulso irracional de irme deseando evitar que mis padres se enfadaran conmigo nuevamente por mi tardanza la noche anterior. Pero Paco tenía otros planes. En Mente lleno de entusiasmo, Paco comenzó a llamar al perro en voz alta, esperando que éste apareciera. Traté de persuadir a mi amigo para que lo dejara y se marchara, pero mis palabras cayeron en oídos s sordos. Paco estaba decidido a ver al perro con sus propios ojos y nada lo detendría. Finalmente, desafiando mis advertencias, Paco cruzó los límites del jardín y se aventuró en la propiedad. A pesar de mis intentos por detenerlo, mi amigo me ignoró y continuó buscando al perro. Sentí un nudo en el estómago. Sabiendo que no podía dejar a Paco solo en una situación potencialmente peligrosa, inquieto y temeroso, me vi obligado a seguir a Paco al jardín. Caminamos entre la maleza y los arbustos, sin signos del misterioso perro en ninguna parte y a medida que avanzábamos, el sentimiento de ser observado se intensificaba en mí. Rogué a Paco que se diera prisa y que nos fuéramos, pero mis súplicas cayeron en oídos sordos. Paco estaba decidido a encontrar al perro sin importar mis advertencias. El aire se llenó de una tensión palpable. Mientras continuábamos explorando la propiedad, can cada o ruido crujiente y cada sombra cobraban vida en nuestra mente y los susurros del viento se convirtieron en susurros inquietantes. Paco seguía llamando al perro con determinación, pero el silencio era la única respuesta que recibíamos. Finalmente llegamos a una barda improvisada, hecha de troncos y objetos, y Paco estaba convencido de que el perro debía estar detrás de ella. Sin embargo, me negué rotundamente a seguirlo, temiendo lo que podría suceder mientras esperaba del otro lado de la barda, rogando en silencio y pidiendo a Dios que no permitiera que Paco se encontrara con el perro. Una voz familiar se hizo presente entre los matorrales. La voz llamaba mi nombre y parecía ser la de mi padre. Respondí llamando a mi padre varias veces, pero no obtuve respuesta. Sintiendo una mezcla de miedo y preocupación, comencé a acercarme a los matorrales esperando encontrar a mi padre. Sin embargo, antes de llegar a la fuente de la voz, una mano tocó mi hombro sobresaltado. Me giré para encontrarme con paco, quien me aseguró que el perro tampoco se encontraba ahí y me instó a irnos. Sin embargo, le mencioné que mi padre estaba ahí, pero sólo me dijo que ahí no podía estar nadie. Intenté probarlo llamando a mi padre un par de veces, pero no tuve respuesta alguna. Finalmente me rendí y ambos volvimos a nuestras casas. Le pregunté a mi padre si había estado en la casa del nuevo vecino, pero recibí una negativa como respuesta. La confusión y el temor se apoderaron de mí mientras intentaba comprender lo que había ocurrido. Los acontecimientos extraños de esa tarde habían aumentado mi ansiedad y el misterio que rodeaba a la casa y al enigmático perro. La sombra de aquel encuentro seguía acechándome y me preguntaba si alguna vez se encontraría respuestas a los enigmas que habían comenzado a tejerse en mi vida. Al día siguiente. O O O O O encontraba sin ánimos de salir de mi casa. La idea de toparme nuevamente con aquel perro me atormentaba y sentía un temor constante que me impedía disfrutar de la tranquilidad de mi pueblo. Sin embargo, no tuve opción más que asistir a la iglesia, ya que el domingo era día de misa. Mientras la misa transcurría mi mente se llenó de plegarias silenciosas, suplicándole a Dios que me protegiera del perro o mejor aún, que hiciera que desapareciera de mi vida. La esperanza de que mis oraciones fueran escuchadas era lo único que me daba consuelo en ese momento. Al concluir la misa, una urgencia repentina me invadió y supe que no podía esperar mucho más tiempo. Necesitaba ir al baño. Con urgencia le pedí a mi madre que me acompañara, ya que los baños de la iglesia se encontraban un poco retirados y casi no había luz en el camino. Sin embargo, mis padres estaban ocupados, platicando con sus amigos y, lamentablemente, su mi su mi r rno. La petición fue ignorada. Mis ganas superaron mi miedo y finalmente decidí ir solo. Me dirigí hacia los baños, rezando en silencio para que el encuentro con el perro se mantuviera lejos de mis pasos. Después de aliviar mi necesidad, me preparé para regresar. Cuando estaba a punto de volver a la iglesia, empecé a escuchar la voz de un hombre rezando en el interior de una vieja capilla cercana. La voz me resultaba familiar y pensé que podía ser mi padre. Supuse que me había seguido para cuidarme y en su devoción se había refugiado en la capilla para rezar. Con la esperanza de encontrarlo, caminé entre la oscuridad en dirección a la capilla, dejándome guiar por la voz. Al adentrarme en la capilla, me quedé atónito al descubrir que la única presencia en ese lugar era el enorme perro. Éste se encontraba sentado frente a una antigua figura de Jesucristo, observando con sus ojos amarillos al crucifijo. En ese momento sentí una sensación aterradora sin previo aviso. El perro giró su cabeza hacia mí y nuestros ojos se encontraron. Sin embargo, lo que presencié a continuación fue mucho peor que cualquier cosa que hubiera experimentado antes. La boca del perro comenzó a deformarse en una sonrisa grotesca imposible para un animal. Entonces de entre sus dientes afilados pronunció las palabras líbranos de todo mal amén. La voz del perro resonó en mi mente enviando escalofríos por mi espalda. Me sentí abrumado por el miedo y el terror y no pude soportar la visión de aquel ser abominable frente a mí. Me desmayé en el acto. Cuando recobré la conciencia, me encontraba en mi propia cama, en mi hogar. Mi madre estaba junto a mí, preocupada y aliviada. Al mismo tiempo había sido llevado de regreso a casa por algún alma caritativa que me encontró desmayado en la capilla. Les conté lo que ha bría ocurrido en la capilla, pero nadie me creyó. Atribuyeron mi relato a la imaginación desbordada de un niño asustado. Para mi fortuna. Unos meses después, mis padres decidieron enviarme a otro pueblo para que pudiera recibir una mejor educación. Jamás volví al pueblo desde aquel día y mi vida cambió para siempre. El recuerdo de aquel encuentro con el perro y su siniestra oración permanece grabado en mi mente. No sólo me dejó con un miedo eterno a los Canes, sino que también sembró la duda en mi corazón sobre el poder de las plegarias y la protección divina. Desde entonces no he vuelto a rezar convencido de que si una criatura tan infernal como aquel animal puede profesar una oración, entonces las plegarias no pueden ofrecer ninguna garantía de seguridad en un mundo lleno de misterios insondables. Mi vida cambió para siempre en ese pueblo remoto de Oaxaca y aunque me alejé de él, las cicatrices de aquellos bris nunca me abandonarán. A mis trece años viví una experiencia aterradora que aún me atormenta en mis pesadillas más oscuras. Corría el verano de mil novecientos ochenta, cuando decidí pasar parte de mis vacaciones en Arkansas, Estados Unidos, en lugar donde nací, pero apenas recordaba. Mis padres se mudaron a México cuando tenía poco más de un año, y esta sería mi oportunidad de conocer a mi primo, que compartía mi misma edad. Los primeros días fueron geniales. Mi primo resultó ser un compañero amable y rápidamente forjamos una amistad sólida. Brat, su mejor amigo, también se convirtió en mi amigo. Durante esos días de sol y diversión. Las noches de verano eran especialmente agradables y muchas veces Brat se quedaba a dormir en la casa de mi primo, fortaleciendo aún más los lazos de amistad. Sin embargo, todo cambió. En una tarde particularmente calurosa. Decidimos ir a nadar a una cantera cercana. Mi primo y Brad, llenos de entusiasmo, saltaron al agua sin pensarlo dos veces. Yo, en cambio, me quedé parado en el borde tratando de vencer mi miedo al agua profunda. Mientras lidiaba con mis propios temores. Mi atención se desvió hacia la entrada del bosque, donde divisé una silueta inusual a lo lejos entre los árboles distinguí una figura que parecía ser un venado, pero algo no cuadraba. Carecía de astas. Si estaba de pie en dos patas. La distancia no me permitía ver con claridad, pero la extrañeza de la escena me dejó intrigado. Mientras trataba de entender lo que veía, mi primo me instó a unirme a ellos en el agua, rompiendo mi contacto visual con la figura. Cuando volví a mirar hacia el bosque, la extraña silueta había desaparecido. Busqué con la mirada, pero no encontré rastro alguno. Finalmente, reuní el valor y salté al agua, tratando de apartar de mi mente la inquietante imagen. No sabía entonces que aquel encuentro marcaría el inicio de una experiencia que me perseguiría durante años. A pesar de mis esfuerzos por olvidar la figura del bosque, siempre volvía a mi mente como una sombra acechante que se negaba a desvanecerse. No importaba cuánto intentara distraerme con la vida cotidiana. La presencia de aquel ser continuaba su danza siniestra en mis pensamientos. Aquella noche, el terror tomó una forma tangible en mis sueños. En mi pesadilla me encontraba caminando por el patio de mis tíos. Un murmullo distante me llevó hacia los botes de basura, donde descubría la figura revolviendo entre los desechos. Sus manos extrañamente humanas agarraban restos de comida, mientras sus colmillos afilados se asomaban entre sus labios. Su presencia destilaba un aire de malicia que me helaba la sangre. Desperté abruptamente, empapado en sudor y temblando. La realidad se apoderó de mí, pero la sensación de pavor persistía intentando calmarme, me levanté de la cama en medio de la oscuridad. Con cuidado de no perturbar a mi primo y a brat que dormían en el suelo. Bajé las escaleras en busca de agua. El silencio de la casa sumergida en la penumbra, aumentaba la inquietud que se apoderaba de mi mente. Tras beber agua en la cocina, me preparaba para regresar a la cama. Cuando un ruido extraño llamó mi atención. Identifiqué rápidamente el sonido era el boaquitoque y de mi primo. Éste se encontraba encendido y apoyado en uno de los sillones de la sala. Pensé que debían haber olvidado apagarlo y que alguna señal se había cruzado. Mientras me acercaba al dispositivo para apagarlo, distinguí mi nombre entre ruidos incomprensibles. Mi curiosidad me llevó a prestar más atención tratando de descifrar las palabras. De repente un grito ensordecedor y demonía corresonó a través del aparato, haciendo que lo soltara con horror. Mis pulsaciones se aceleraron y corrí de vuelta escaleras arriba, donde la seguridad de mi cuarto parecía ser la única barrera entre la realidad y el insondable misterio que se despegaba. Al día siguiente. Durante el desayuno, cuestioné a mi primo sobre el otro Boakitoki. Éste respondió despreocupadamente sugiriendo que podría estar en el jardín o en su casa del árbol. La respuesta no me tranquilizó en absoluto. La conexión entre la extraña figura, mis pesadillas y el incidente con el Wackitoky se volvía cada vez más ligados. Los días siguientes transcurrieron entre una mezcla de tensión y una aparente normalidad. Intenté ignorar las señales que me indicaban que algo estaba fuera del lugar, pero el miedo se arraigaba en lo más profinn de mi ser. Cada rincón del pueblo, cada sombra entre los árboles, parecía albergar un secreto oscuro. Mis interacciones con mi primo y brat, aunque aparentemente normales, se volvieron más tensas. Mis preguntas sobre la figura del bosque, las noches inquietantes y el incidente con el Wackitoky eran recibidas con evasivas. Sonrisas nerviosas. Parecía que ellos no compartían la misma percepción de peligro que atormentaba mis pensamientos. La figura del bosque continuó atormentando mis pensamientos. Incluso intenté llamar a mis padres y mencionarles lo sucedido. Su respuesta fue, como era de esperarse, que era un poco mayor como para estar inventando esas historias. Cada sombra, cada susurro parecía resonar con la presencia inquietante de aquel ser que se materializaba en mis peores pesadillas. El verano, Sin embargo, se acercaba a su fin y mi primo decidió hacer de nuestra última noche algo especial. Propuso la idea de hacer un campamento en el bosque, un gesto que pretendía ser una despedida memorable antes de que cada uno regresara a sus respectivos hogares. A pesar de todas las experiencias que había vivido en ese lugar, dudaba en aceptar la propuesta. Sin embargo, mi primo, ajeno a mis vivencias perturbadoras, ansiaba que esta última noche fuera inolvidable. Hizo mención de que él y Brath habían acampado en el bosque en otras ocasiones sin incidentes, además de que había una zona para acampar, la cual tenía mucha vigilancia. Aquel argumento logró disipar mis dudas. Finalmente accedí, aunque la sombra de la figura del bosque seguía rondando mis pensamientos como un eco persistente de temor. Recuerdo perfectamente cómo, mientras más nos adentrábamos más en el bosque, menos creía que nos dirigíamos a una zona para acampar. Aquello lo hice notar a mi primo y brat, los cuales me dijeron que sólo dijeron eso para que sus padres los de jaran ir. Pero la zona de acampar tenía muchas reglas y además, éstos habían conseguido cerveza y cigarrillos. Dudé en continuar caminando. Sin embargo, la presión social pudo conmigo llegamos a un claro en el bosque, donde decidimos armar nuestras tiendas de campaña. A pesar de la intención de pasarla bien. Mis pensamientos continuaban siendo acosados por las experiencias previas. Cada crujido de ramas y susurro del viento parecía llevar consigo la esencia de lo desconocido. Conforme avanzaban las horas y nada inusualo aterrador ocurría. Comencé a relajarme gradualmente. La noche caía sobre nosotros cuando nos sentamos alrededor de la fogata, Brad, con su entusiasmo característico, propuso contar historias de terror para agregar un toque especial a nuestra última noche. Juntos. Las historias comenzaron siendo genéricas y, para mi gusto, un tanto aburridas. Sin embargo, todo cambió prs cuando Brad narró la historia del Brujo del Bosque. La historia pintaba la vida de un hombre con algunas deformidades que había decidido vivir en el mismo bosque en el que nos encontrábamos. A medida que permanecía en ese lugar, comenzó a realizar ritos y pactos demoníacos que, en última instancia lo transformaron en una bestia mitad hombre, mitad animal. La descripción detallada de la transformación y los horrores que el brujo del bosque desencadenó provocaron un escalofrío que recorrió mi espina dorsal. Las similitudes con mis experiencias previas no pasaron desapercibidas y la figura del bosque volvió a surgir en mi mente con renovada intensidad. La oscura conexión entre la historia de Brath y lo que yo había vivido se volvía cada vez más clara. A pesar de mi intento de disimular mi incomodidad. Mi primo y Brat notaron mi reacción particular ante esa historia. El fuego de la fogata reflejaba la inquietud en mis ojos, pero decidí tratar de disimularlo lo más posible para evitar ser molestado. La noche avanzaba y los sonidos del bosque se volvían más intensos, creando una atmósfera cargada de tensión. El viento susurraba entre las ramas como voces siniestras y las sombras danzaban alrededor de nosotros, alimentando la sensación de que no estábamos solos en ese lugar. A pesar de la aparente normalidad de la noche, la figura del bosque continuaba siendo una presencia palpable en mi mente, la hoguera se consumió lentamente, dejándonos envueltos en la oscuridad del bosque. La idea de ir a dormir me daba un poco de miedo. Después de todo, mi primo vibrati iban a dormir en la misma tienda, pero yo dormiría solo. Aunque la racionalidad luchaba por imponerse. El temor persistente se aferraba a mis pensamientos como una sombra insaciable. La noche avanzaba y el silencio del bosque se volvía cada vez más ominoso. Mi primo y brats adentrar en su tienda de campaña, dejándome solo frente a la oscura y misteriosa naturaleza que nos rodeaba. Traté de concentrarme en los sonidos nocturnos normales, el crujir de las hojas, el susurro del viento y los lejanos llamados de animales nocturnos. Sin embargo, la figura del bosque continuaba persiguiendo mis pensamientos. Decidí salir de mi tienda para dar un breve paseo y despejar mi mente. Mientras caminaba entre los árboles, una sombra se movió en las penumbras haciendo que mi corazón se acelerara. Quise creer que era sólo mi imaginación, pero la sensación de ser observado me acosaba. Decidí entrar a mi tienda y tratar de dormir, convenciéndome de que todo era producto de mi mente atormentada. Cuando finalmente me acurruqué en mi saco de dormir, el bosque parecía cobrar vida con sus propios sonidos y susurros. Traté de cerrar los ojos y dejar que el cansancio me llevara al sueño. Pero algo en el aire me impedía relajarme por completo. Entonces, en medio del silencio roto, sólo por el murmullo del viento, escuché un sonido inconfundible. Eran pasos, pasos lentos y deliberados que se acercaban a mi tienda. Mi corazón comenzó a latir con fuerza y la figura del bosque se materializó en mi mente con una claridad aterradora. Contuve la respiración, temiendo que cualquier movimiento revelara mi presencia, los pasos continuaron moviéndose alrededor de la tienda, como si algo estuviera acechando en la oscuridad. Fue entonces cuando una sombra oscura se proyectó sobre la tela de la tienda. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal mientras veía la silueta de una figura humanoide similar a la que vi en el bosque. Aquel día. La figura estaba de pie justo fuera de mi tienda, como si estuviera observándome la realidad y la pesadilla se entrelazaron en un nudo de terror, en un impulso de valentía o s dos. Tomé mi linterna y la encendí apuntando hacia la sombra. Por un instante, la luz iluminó el área circundante, pero la figura desapareció como una sombra efímera. Mi pulso se disparó y la incertidumbre se apoderó de mí era real o producto de mi imaginación alterada por las historias de terror y mis propios miedos. De pronto comencé a sentir como si alguien estuviera agitando mi tienda de una forma violenta. No pude resistirlo más. Salí de mi tienda con precaución y fui a despertar a mi primo. Traté de explicar lo que había experimentado, pero sus expresiones incrédulas y risas nerviosas me hicieron dudar de mi propia cordura. A pesar de todo, decidimos empacar y abandonar el campamento lo antes posible. El bosque, una vez un lugar de diversión y risas, se había transformado en un escenario de pesadilla. En el camino de regreso a la casa, mi primo y brat parecían ansiosos por olvidar lo ocurrido, pero yo sabía que la figura del bosque y sus misteriosas apariciones quedarían grabados en mi memoria. Para siempre. El peso del miedo persistía en el aire. Mientras continuábamos nuestro camino de regreso, extraños sonidos se filtraban entre los árboles, distorsionando la realidad y creando una atmósfera aún más opresiva. La neblina, a la cual anteriormente era apenas perceptible, comenzó a envolvernos de manera inexplicable, reduciendo nuestra visibilidad a unos pocos metros. La densidad de la niebla era tal que ni siquiera podíamos vernos las manos frente a la cara. Caminábamos en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos inquietantes. Fue entonces cuando Brad, con una nota de ansiedad en su voz, señaló que llevábamos mucho tiempo caminando y aún no vislumbrábamos la salida del bosque. La tensión en el grupo aumentó y la neblina espesa añadió una capa de confusión al ya perturbador en torno de repente, un grito agudo cortó el silencio. Era mi primo llamando desesperadamente a Brad. La respuesta fue un silencio siniestro que hizo que mi corazón latiera con más fuerza. Comencé a buscar a mi primo entre la niebla llamándolo en vano, pero sólo obtuve el eco vacío de mi propia voz. La sensación de desesperación se apoderó de mí cuando mi primo me dijo que alguien había jaloneado a Brad apartándolo de su lado. La neblina densa se convirtió en un laberinto, oscuro y confuso. Mientras buscábamos a nuestro amigo perdido, cada paso era incierto y el miedo se intensificaba con cada momento de silencio. Mi primo obsesionado con encontrar a Brad. Se negaba a alejarse sin él, ignorando mis súplicas de buscar ayuda. De pronto logré alcanzar a visualizar una silueta la cual en un principio creí que era Brad. Sin embargo, mientras más le prestaba atención, pude darme cuenta que era enorme y claramente no podría tratarse de algo humano. Alerté a mi primo. Ambos corrimos en dirección contraria, aunque en realidad no parecíamos avanzar a ningún sitio. La sensación de ser observados, de ser acechados por algo indescriptible se apoderó de nosotros. Los minutos se estiraron como horas. Mientras intentábamos entender lo que había sucedido, mi primo insistía en que debíamos encontrar a Brad. La niebla se cerraba a nuestro alrededor y el bosque parecía retenernos en su abrazo sombrío. El tiempo se convirtió en una amalgama borrosa de sonidos distantes y pasos inciertos. La neblina se deslizaba como una entidad viva, distorsionando la realidad a nuestro alrededor. La salida del bosque parecía un sueño inalcanzable y la desesperación crecía con cada intento fallido de encontrar a Brat en medio de la niebla densa. Mi primo y yo nos aferrábamos a la esperanza mientras continuábamos nuestra búsqueda angustiosa. El bosque, una vez familiar y acogedor, se había transformado en un laberinto interminable de incertidumbre y miedo. Encontraríamos a Bratis, saldríamos de esa oscura pesadilla o seríamos condenados a deambular para siempre entre las sombras del bosque. La respuesta se perdía en la niebla y nuestras vidas pendían de un hilo. Tenue en el misterioso abrazo de aquel bosque en el que la realidad y lo sobrenatural se entrelazaban de manera inquietante. La niebla persistía como si tuviera una voluntad propia, confundiéndonos y desorientándonos con cada paso que dábamos. Cada rincón del bosque se volvía un enigma y la incertidumbre se apoderaba de nuestros pensamientos. Mi primo obsesionado con la idea de encontrar a Brad se volvía más inquieto. A medida que avanzábamos sin un destino claro, los sonidos del bosque se volvían más extraños y distorsionados, como si estuviéramos sumergidos en un mundo alterno donde las leyes naturales se retorcían y deformaban. Intentábamos como ir entre nosotros, pero nuestras voces se perdían en la niebla, absorbidas por la oscuridad densa que nos rodeaba. De repente, un sonido aterrador resonó en la distancia. Mis sentidos se agudizaron y un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Mi primo y yo intercambiamos miradas de temor, pero no dijimos una palabra y con cautela seguimos el sonido como si estuviéramos siendo guiados por fuerzas desconocidas. La neblina se volvía más densa a medida que nos acercábamos al origen del sonido. Una tensión opresiva se apoderaba del ambiente y el aire se volvía denso con una energía incomprensible. La silueta de un árbol emergió de la niebla y en sus ramas danzaban sombras que tomaban formas inquietantes. De repente, un destello de luz iluminó la neblina por un breve instante era una linterna y al seguirla, encontramos a Brat de pie junto a un árbol. Sus ojos, normalmente llenos de vida, estaban vacíos como si hubiera sido poseído por alguna fuerza invisible. Ignoró nuestras preguntas, mirándonos con una expresión indecifrable. La niebla se despejó ligeramente, revelando un círculo de árboles que no reconocíamos. La salida del bosque seguía siendo esquiva y la sensación de estar atrapados en un rincón olvidado de la realidad aumentaba. Mi primo desesperado intentó arrastrar a Brad, pero éste permaneció inmóvil, como si estuviera anclado en otro mundo en medio del caos. Un susurro ininteligible se filtró entre los árboles. La neblina parecía vibrar con una presencia que no podíamos ver ni comprender mi primo con ojos llenos de desesperación. Insistía en que debíamos permanecer juntos, como si la Unidad pudiera protegernos de lo desconocido que se cernía sobre nosotros. De repente, la neblina se disipó tan abruptamente como había aparecido. La realidad volvió a nosotros, pero algo había cambiado grata, aunque ahora más consciente, parecía afectado por lo que había experimentado. La salida del bosque finalmente se hizo visible, pero el alivio se mezclaba con una inquietud persistente. Al salir del bosque nos encontramos en un claro familiar, pero la normalidad del entorno no disipaba la sensación de haber tocado los límites entre nuestro mundo y algo más allá de la comprensión humana, La experiencia quedó grabada en nuestras mentes una marca imborrable que cambiaría nuestras vidas para siempre decidimos no hablar de lo sucedido, temerosos de que las palabras no pudieran capturar la esencia de lo que habíamos enfrentado en el bosque grata. Aunque recuperado en apariencia, llevaba consigo un rastro de la extraña conexión que había experimentado. Nuestro regreso a la casa fue silencioso, marcado por la sombra de lo desconocido que persistía en nuestras mentes mientras nos alejábamos de aquel lugar. Una sensación de alivio se mezclaba con la conciencia de que habíamos rozado los límites de lo sobrenatural y que el bosque guardaba secretos, que la mente humana no estaba destinada a comprender relatos escritos y adaptados por Aurora. Escalante