Latest / Reflexiones cristianas con José Ordóñez / 346 Poema. Gracias Dios porque no soy un esclavo.
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- Imagínate que eres de piel negra, esa hermosa piel de color caoba que tienen nuestros hermanos africanos y todos sus descendientes. Imagínate que vives en el África en el siglo XV, que tienes una hermosa esposa y un par de hijos a los que adoras con todas las fuerzas de tu corazón. De repente, un día irrumpen en tu aldea algunos hombres de tu misma raza, acompañados de otros que tienen un color de piel que tú nunca has visto. Te persiguen a TI y a tu esposa, pero luego de algo de persecución, se concentran en casarte solo a Ti, porque te han visto fornido y ágil. Como todo un prospecto productivo, te lanzan una red ja esa al piso. Te caen luego a golpes para quitarte los brios y así sea más fácil. Tu encadenamiento. Notas que tus hijos, desde el follaje del bosque tras unos matorrales, observan la paliza que te están dando y, como puedes les adviertes que no se atrevan a salir del camuflaje. Pareces intuir en el fondo de tu corazón que esta será la última vez que los veas. Cómo te imaginas que sentirías dentro de ti si fueras tú el que en ese momento, así como aquel pobre hombre, le dieras una última mirada de despedida a tus hijos. A este hombre lo conducen a un barco. Es la primera vez que veo uno no sabe lo que le va a pasar. Tiene tanto miedo que cree que esos hombres de piel pálida, al subirlo a la nave se lo van a comer. Su corazón late a gran velocidad. Tiene pánico cada vez que hace repulsa e intenta zafarse de sus captores, recibe sendos latigazos. Serán los primeros de muchos que reciba a lo largo del resto de su vida y que vendrán de parte de los que a partir de ahora deberá aprender a llamar a amos. Al entrar al barco, se da cuenta que otros de su misma piel están allí. Están asustados o más que él, se comunican en su idioma para saber si alguien entiende qué está pasando. Pero los golpes de los hombres blancos los hacen callar. Ahora solo queda el llanto y el gemido y se van a hacer más constantes y cada vez más agónicos conformes se adentren en alta mar. Algunos de ellos morirán, morir de miedo. Se llama por aquella época ataque fulminante al miocardio. Es tanto el pánico y la mala vida que llevan que algunos se mueren llorando. Otros morirán de inanición. La poca comida que les arrojan es competida y engullida dentellones por los más fuertes. Solo los que puedan aguantar el dolor que les producen en las muñecas y en los tubillos. Los grilletes de acero podrán movilizarse para retirarse un poco de sus propios excrementos que yacen en el piso junto con los de los demás. Y tú te quejaste hoy del autobús de apretón en la estación del calor, porque el sol entra por la ventanilla del niño vendedor ambulante que se sube a cantar. Imagínate cuántas veces choró ese hombre recordando a sus hijos, recordando a su esposa. Sabe que no los volverá a ver. Los imagina llorando de dolor porque porque su papá nunca volverá, él también quiere morirse. Ojalá se muriera como el de al lado, el que lleva un tiempo ahí atado a su misma cadena y tú te quejaste porque tus hijos no dejan de hacer bulla. Cuando estás viendo las noticias en la tele lo sientes como una gran carga porque se acercan a pedir demasiadas cosas o por qué te sacan de la comodidad de tu vida. Ay tienes que llevarlos, traerlos, aguantarlos y mantenerlos. Cuánto hubiera dado ese hombre por vivir en tu época, desayunar lo que desayunaste, tener un celular como el que tienes para ver el mundo. A través de eso, dar una ducha antes de ir a la cama, encontrar bebidas frías en algo que se llama nevera vivir. Vivir como tú vives es una mil millonésima posibilidad de que a ti te suceda algo parecido bueno, casi imposible. Sin embargo, continúas enojado, enojada con la vida que te tocó al hombre de nuestra historia. Le esperan días de arduo trabajo. Nunca pensó que lo que consideraba era una ventaja llegaría a ser una enorme desventaja, un cuerpo atlético, una estatura imponente, una apariencia corpulenta y atlética que ahora solo sirve para cortar caña hasta caída a la tarde. Tú solo estás pensando en la próxima marcha que convoque la central de trabajadores para salir a culpar al Gobierno por una hora más de labores. Esperas con ansiedad tus vacaciones, porque parece que tienes estrés laboral por tus agobiantes cuarenta y ocho horas de trabajo. Ojalá, al Gobierno le aprueben pronto la ley para que se reduzca solo a treinta y seis. Te imaginas lo que fue la vejez de nuestro hombre. Imagínate así envejecieron cientos de miles de hombres y mujeres durante cuatro siglos. No tenían esperanza alguna, No eran considerados seres humanos, Eran máquinas de carne para producir. Fueron esparcidos por Europa y nuestro continente para realizar labores de todo tipo, muchas de ellas en condiciones inhumanas, no importando sus condiciones de salud. Y tú te quejas porque te dieron una cita en el seguro para dentro de veinte días, porque te toca hacer cola para reclamar tu medicamento, porque los pañales para ancianos no los cubren seguro que te da el Gobierno. Te imaginas lo que fue ser un esclavo viejo e productivo. Los dejaban morir porque ya no producían. Imagínate lo que pensó nuestro hombre antes de morir seguro vio en su mente la última imagen que quería ver a su esposa y a sus hijos sonriendo como si tuviera la esperanza de que habría de verlos en el más allá. Te lo imaginas. Te imaginas todo eso, pues ya no te lo imagines más respira profundo. Ahora dale gracias a Dios, que vives en el siglo XXI, que tienes familia a la que verás esta noche, que tu esposa, que tu esposo te espera para que vivas la bendición de la cotidianidad, en donde un mal tan perverso hace tiempo se abolió. Pero ya le diste. Gracias a Dios por la vida que te tocó, por haberte hecho nacer en este tiempo, por la cama en la que duermes, por el trabajo que tienes, por el cónyuge, porque el pasado fin de semana pudiste ver a tu mamá, por las muchas comodidades que rodean tu vida dale. Gracias a Dios, pues hubo y hay gente que no disfrutaron y no disfrutan la vida. Hoy, tanto como tú, haz una oración a Dios ahí donde estás y dile padre. Gracias por la vida que me has dado