Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / La Bruja Que Condenó A Mi Abuela ( Recopilación De Brujas #6)Historias De Terror - Voces De La Noche
Transcript
- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Mi abuela falleció el año pasado, a los ochenta y dos años de edad. Sé que era inevitable su partida la edad es así. Nadie está libre de viajar con la señora Parka, pero creo que lo que pasó con ella no fue natural. Al final de sus días sufrió como jamás lo había hecho. Lo sé por qué Ella me lo dijo. Mi mamá pensaba lo mismo que yo, pues al hablarlo me confirmó que ella no podía ver así a su mamá. Esos dos meses de agonía para ella fueron como una tragedia para toda la familia. Nos unió, pero también provocó peleas hasta el día del funeral. Provocó muchos cambios aquello pensé que todo había acabado, que ahora que ella estaba en un lugar mejor, no debía preocuparme. Pero el mismo día del sepelio por la noche comencé a escuchar ruidos en el que era su cuarto. Cuando fui a ver lo que pasaba, la luz estaba prendida. Dos o tres veces llegué a ver la luz prendida por su parte, mi mamá decía que escuchaba que ella le llamaba, así como cuando le hablaba en medio de su agonía. Poco a poco, la casa pasó de sólo estar sola por la sensación de su falta, a estar repleta de momentos en los que ella parecía penar, pues llegamos a ver su fantasma vagar por el pasillo que lleva a su cuarto. De eso han pasado diez meses apenas, pero se siente como una eternidad. Ahora mi abuela revive día a día, el momento antes de su muerte, se puede escuchar que hora bajito mientras llora se vengó una mala mujer de ella porque ella se casó con mi abuelo, a pesar de todas las cosas que hizo para separarlos. E ido con diversos sacerdotes con amigos e incluso intenté a rs algunas cosas que vi en Tiktok para ver si puedo limpiar mi casa todo para poder salvarla, porque su alma sigue en pena. Está atada a la tierra por culpa de los hechizos de aquella mujer. A pesar de que mi abuelo falleció hace años, la bruja jamás olvidó su promesa la venganza que tenía que cobrar por sentirse usada por el abuelo. Es horrible pensarlo, pero mi abuela era la que menos tenía la culpa en este asunto, pues mi abuelo estaba enamorando mujeres en cada pueblo donde pasaba a vender su ropa. A esa mujer la conoció así en un pequeño lugar con poca gente. Ella era la hija de la señora que hacía limpias y curaciones a las personas del pueblo, pero eso a mi abuelo no le importaba. No creía en esas cosas. También pasó lo mismo con mi abuela, a quien enamoró buscándola a la salida de misa. Mi abuela nos contó todo eso a mis primas y a mí un día que perdió la compostura normal al perseguir una lechuza. Lo que les contaré es lo que pasó cuando mi abuela tenía dieciséis años allá en Tala, la familia de ella toda se dedicaba a trabajar en la azucarera, en la planta o como Choférez, apenas había terminado la primaria. Tampoco tuvo oportunidad de aprender algún oficio. Ella se dedicaba a ayudarle a su mamá a mantener la casa, pues había sido la única mujer que había quedado de las hijas que habían tenido mis tatarabuelos. Sus dos hermanas habían fallecido niñas, una por lo que llamaban Tifus, y la otra atropellada por una carreta. Ella ayudaba a mantener la casa, a hacer los quehaceres y ayudar en general. Era su tarea. Como eran doce en la casa, Tenía mucho que hacer, pues lo más pesado era el cuidado de sus nueve hermanos, pues todavía unos estaban pequeños. A mi abuelo lo conoció cuando él iba a llevar ropa para vender a crédito a los trabajadores del ingenio azucarero. Él se ponía fuera a la hora de la salida con su papá mos entrar la mercancía sobre la calle ponían su tela, bajaban las maletas y acomodaban un poco la ropa para que la viera la gente al pasar. Era la forma en la que el papá de mi abuelo había conseguido ganarse la vida. Compraba ropa en ciudad de México para luego irla vendiendo en cada pueblo por donde iba pasando hasta llegar a Guadalajara. El papá de mi abuela había encontrado una buena forma de mantener bien vestida a su familia, de una forma que no le lastimara mucho el bolsillo, pues esos señores pasan cada mes buscando su abono de las prendas vendidas mientras ofrecían mercancía nueva. El abuelo la vio en una ocasión que ella fue a elegir unos vestidos como vio que la protegían sus hermanos más grandes y su papá disimuló su interés, pero aprovechó cualquier pequeña plática para averiguar cómo se llamaba. También buscó la forma de saber si vivía cerca. Mi abuela contaba que jamás le dijo el abuelo Pedro como la encontró. Un día de domingo aparecido sentado afuera de la iglesia. Ella salía de misa con sus amigas un domingo en la tarde y ahí estaba el don Juan de mi abuelo. Poco a poco, fue acercándose, le regalaba flores, le hacía cartas, en fin todas las cosas que hacen en los pueblos para enamorar una muchacha. Mi abuela cayó de inmediato, aunque él tenía siete años más que ella. Al poco tiempo, ellos estaban saliendo como novios con la finalidad de casarse. Ambos estaban esperando que llegara a la primavera para poder casarse. Los padres de ambos estaban de acuerdo. A pesar de que ella era de jalisco y el del centro se había fijado abrir como el mes de la boda. Mi abuela no sospechaba que su futuro esposo estaba dejando regadas deudas de honor por todos los pueblos a los que llegaba una tarde cuando ella esperaba que él llegara a su casa para platicar como era su costumbre, no llegó al domingo siguiente. Lo esperó de nuevo, pero tampoco apareció, y ella cuenta que fue el día que vio a la mujer espectral. Ella estaba triste esperando a su novio. Se había puesto a leer su devocionario sentada en las sillas que sacaba al pasillo de la entrada cuando él venía esperando que no fuera a faltar a su palabra. Mi abuelo, sin darse cuenta a lo lejos. Una mujer estaba parada del otro lado de la calle. Viéndola sintió la mirada pesada que la veía y al só la vista, los ojos de la mujer parecían fuego a lo lejos, por lo que pensó que había visto una aparición. Se asustó, pero no podía moverse tampoco dejar de ver a aquella mujer medio salvaje de cabello desarreglado que usaba un vestido que parecía muy viejo. La mujer se acercó a poco de ella y dejó visible lo que ocupaba. Uno de sus puños cerrados cayó un pájaro muerto. Mi abuela se persignó. Luego se paró de golpe recuperando las fuerzas para correr. La mujer le dijo que no se fuera, que tenía que decirle algo. Ella le dijo que no le interesaba, dándose vuelta para meterse a su casa. Desgraciadamente, mi abuela no alcanzó a correr o gritar. La mujer la agarró con fuerza del brazo y le dijo en voz baja, así que mi abuela entendió poco, pero siempre recordaba lo poco que escuchó. Aquella mujer decía que Pedro era suyo, que habían acordado que iba a llevársela hace seis meses, pero nunca llegó. Le dijo de dónde era, pero no la escuchó. Luego le clavó las uñas mientras se tocaba el vientre, diciéndole que ella iba a vengarse. Mi abuela no intuyó esa señal hasta mucho tiempo. Después, mi abuela gritó por el dolor de las uñas encajándose en la piel, y sus hermanos salieron de la casa. La mujer, al verlos hizo un bufido como un gato para luego irse corriendo de ahí. A pesar de que Carlos, el hermano mayor, la persiguió con toda su velocidad, no pudo alcanzarla había desaparecido en un callejón. Después del incidente, mi abuela no dijo nada, sólo que la mujer se le había acercado de la nada pidiéndole algo que no entendió. Las uñas clavadas en su piel parecían una mordida. Se habían puesto rojas. A las horas después, mi abuela tuvo una fiebre horrible por varios días. Todos pensaban que iba a fallecer. Mi abuelo fue con ella al domingo siguiente. Su papá se había caído durante un viaje y estaba grave. Al llegar a la casa de mi abuela. Tras verla tan enferma, pidió a sus padres los que cazaran para estar unido a ella para siempre los cazaron mientras mi abuela estaba convaleciente en la cama. Desde ese día, mi abuelo no se separó de ella, aunque su padre falleció muy lejos de ahí, en medio de los delirios por una fiebre que no parecía tener motivo. Mi abuela hablaba sobre sus sueños. Esos donde estaba la mujer la que le decía que Pedro era suyo e inevitablemente, mi abuelo se enteró, pero al final se justificó también fingió demencia diciendo que no la conocía. Tiempo después, exactamente dos años, al momento que naciera su segundo hijo, la mujer apareció de nuevo ahora fuera de la casa donde ambos vivían. Mi abuela la veía parada del otro lado de la calle. Primero la soñaba como un pájaro, luego la vio claramente siempre de noche o al momento de amanecer era cuando llegaba a acosarla, comenzó a arderle el brazo anteriormente arañado, donde había quedado una marca de calor, como una especie de lunar rojo en la piel. Desde la ventana de su cuarto podía verla y por más, que preguntaba por aquella mujer, Nadie parecía verla. Mi abuelo le decía que estaba alterada por los niños o por el frío, e incluso le echó la culpa al calor o los gatos. Mi abuela comenzó a notar cosas extrañas en su casa, que estaba en la parte de arriba del local de ropa. Ahí, los pájaros negros se posaban sobre la ropa limpia tendida justamente en la de ella. Un montón de tierra invadía los espacios. Los estantes estaban lleno de la de tierra diario, sin importar cuánto limpiara como mi abuela era muy creyente. Fue de inmediato a hablar con sus compañeras de rosarios. Ellas vieron las señales claras. Estaba siendo embrujada. Tras muchas búsquedas, mi pobre abuela supo la verdad. Buscando brujería, encontró direcciones de mujeres que su marido seguía frecuentando en sus viajes para surtir. Supo de un hijo o dos que escondía y así llegó a la carta de la mujer que la perseguía. Acusaba a mi abuelo de engañarla. Le pedía que regresara con ella. Le amenazaba con lanzarle al mismo diablo para que se arrepintiera. A pesar del miedo que le provocaron esas palabras escritas, mi abuela dejó la carta en su lugar y después fue a misa. Como se solucionaban las cosas antes guardando silencio. Ella lo hizo así sin preguntas ni conflictos. Así, el matrimonio siguió funcionando normalmente. Sobre el tema de la brujería, mi abuela se encargó a cien s limpias yendo con el padre, manteniéndose fiel y protegida con sus cuadros de santos. Poco a poco, aquella mujer dejó de aparecer. Poco a poco comenzó a olvidarla parecía que ella se había rendido también porque se fueron retirando las plagas, la mala suerte, la tierra, la humedad en las paredes y las enfermedades de sus hijos pequeños. Por eso dio por ganada la batalla contra las fuerzas del mal. Así pasaron treinta años en una relativa tranquilidad para ella, pues de vez en cuando podía soñar con la mujer, ella me contaba que a veces la veía como una mujer, otras veces la acosaba en forma de gata o lechuza, pero que no se atrevía a acercarse o entrar a la casa. Al momento de conocer esta historia, muchas cosas de mi infancia tomaron sentido. Yo pensaba que mi abuela tenía costumbres extravagantes o de esas que dicen que son de rancho, pero en realidad ella siempre había estado luchando con la maldición de aquella bruja. Recuerdo que en una ocasión mis primas y yo estábamos jugando en la planta baja de la casa. Desde la pequeña cochera se alcanza a ver la casa de enfrente cruzando la calle. Aquella casa está cubierta de plantas, hay muchos árboles. No se ve muy bien ni la entrada por tantas macetas. Aquella tarde de vacaciones de verano, mi prima, Julia y Keta jugábamos a la casa entre las macetas y las jaulas de los pájaro. Cuando nos dimos cuenta de la hora fue porque casi no veíamos. Estaba muy oscuro. Ketan se paró para ir a prender el foco que alumbraba afuera, pero Julia le dijo que no se moviera. Luego nos dijo que algo nos estaba viendo. A lo lejos. Vi unos ojos brillar calladas. Mirábamos esos ojos que se movían como en círculos, así que por la curiosidad avancé hasta llegar a la reja de la entrada. La luz se encendió de pronto nos alumbró y alcanzamos a ver un poco más allá de la calle. Del otro lado había un enorme pájaro. Mirándonos movía la cabeza de un lado a otro. Nos llamaba como silbando con un sonido muy particular. Todas gritamos al encenderse la luz, así que mi mamá salió a ver qué nos había pasado. Comenzamos a gritarle que había un pájaro que nos llamaba, pero ella intentó calmarnos, explicándonos que era una simple lechuza. Mi abuela, que aún podía moverse con agilidad, salió vuelta un rayo con una cubeta, arrojó el agua que contenía hacia la calle y comenzó a insultar al animal. La amenazaba y le decía que no se metiera con nosotras. Aquel día había pasado en mi memoria como el momento más vergonzoso que había vivido con mi abuela, pues varios vecinos salieron al escuchar el griterío que estaba haciendo, ella se puso más seria de lo que jamás la había visto. Aquella noche nos sentó en la mesa a todas, incluyendo a mi mamá, para contarnos la historia que la venía afligiendo desde y ha as a oras bastantes años después de conocer la historia de mi abuela, entendí por qué estaba como loca, gritando y arrojándole agua a la lechuza. Tenía un miedo profundo incrustado en el alma, un miedo que nosotras no entendíamos. Ella le confesó a mi madre desde temprana edad que temía que ella fuera lastimada por una mujer que buscaba vengarse de ella y, aunque no le pareció algo muy lógico, aceptaba que llegaron a pasar cosas extrañas en su casa. Cuando era niña, mi mamá veía normal que amanecieran algunas plantas secas de la noche a la mañana, o que a veces los perros de los vecinos aullaran toda la noche. Cuando su mamá rezaba la novena cada año, en la misma fecha en la que ella se había casado, mi mamá creyó que las cosas estaban calmadas con su mamá respecto a las apariciones de la Bruja, cuando ella ya no la vio, poniendo santos, comprando rosarios y estando todo el tiempo en la iglesia. Después de aquella noche en la que nos contó toda la historia sobre ella, pasaron varios años hasta que ella volvió a nombrar a la Bruja frente a mí, como ya no era una niña. Quise ser yo quien viera lo que pasaba. Le dije a mi mamá que iba a quedarme unos días en la casa de mi abuela. Desde ahí podría irme a la escuela. Le pedí que no se preocupara. Mi tita estaba inquieta desde que llegué. Me preguntó si había visto algo raro antes de llegar en la calle o en la puerta, pero le dije que no. Eso no la dejó tranquila. Ella estaba segura de que la Bruja estaba rondando de nuevo. Sinceramente, no se veía como una anciana desequilibrada. Me dijo todo esto muy tranquila, muy normal. Mencionaba dos veces al día máximo estas sospechas, pero los días eran como siempre habían sido desde que me acordaba la rutina de mis abuelos. No cambiaba mi abuelo se hacía el sordo o eso creo. Con respecto a lo que decía mi abuela de la Bruja cuando ella mencionaba algo, él simplemente se quedaba callado o cambiaba la conversación sobre algo que no tenía nada que ver. La noche anterior a la que mi abuelo sufriera el derrame, mi abuela me dijo que había visto un camino de tierra de panteón en la ventana del baño, fui a revisar y no vi nada, así que dudé si era verdad. Me acosté a dormir con la duda de si mi abuela verdaderamente estaba bien de su mente. Es que llega un punto en que parece tan irreal lo que ella me contó que me parecía que la mitad era un invento para soportar las infidelidades de mi abuelo. Por la madrugada del siguiente día me desperté para ir al baño. Al prender la luz, vi un camino de tierra y pisadas en ella, unas huellas delgadas de pies pequeños y delgados. Indudablemente, no era de nadie de los que vivíamos en esa casa. Me sorprendí hasta sentir que mi corazón me retumbaba en los oídos, pero no quería decirle nada a mi abuela, porque recordó que iba a perder la tranquilidad imaginando el día que corrió a la lechuza a insultos. No me imaginaba todo lo que iba a hacer y decir mientras intentaba buscar a la bruja por la casa por si acaso recogí rápido esa tierra y me fui caminando por cada parte de la casa usando la lámpara de mi celular. Tras revisar todo, no encontré nada y regresé a la segunda planta, dispuesta a dormir un rato más hasta que sonara la alarma. Cuando pasé enfrente del cuarto de mis abuelos, vi extrañamente emparejada a la puerta. Me asomé con cuidado para no hacer crujir la madera y despertarlos. En ese momento vi que una sombra se volteó a verme. Se había dado cuenta que la vi esa sombra estaba parada a los pies de la cama de mis abuelos. Me llevé la mano a la boca para evitar gritar a todo pulmón y en un segundo, tras ver los ojos de fuego de aquella bruja esquelética y de pelo enmarañado se cerró la puerta de golpe toqué la puerta con miedo, mi abuela despertó preguntándome si estaba bien. Pasé a verlos y no vi nada raro por si acaso aquel día decidí quedarme en la casa con ellos. No fui a la preparatoria por la noche de ese día. Mi abuelo sufrió un derrame cerebral y murió a los tres días después de eso, mi abuela comenzó a enfermar cada vez más. Le costaba mantenerse sola, así que mi mamá y yo nos mudamos con ella para mantenerla acompañada en todo momento. Tres meses antes de su muerte, fue diagnosticada con cáncer de piel, justo en el lunar que le había quedado sobre los arañazos de aquella siniestra entidad del mal. El dolor la fue consumiendo la alegría se fue apagando de sus ojos. Ella dejó de ser lo que yo recordaba desde mi infancia. Se marchitó de la manera más triste en la que puede marchitarse una mujer tan amable como ella. Por su recuerdo, no me gustaría decir todo lo que pasó con su enfermedad, pero perdió el brazo en un intento por prolongar su vida. A pesar del seguimiento de los doctores. El dolor la atacaba siempre. Las alucinaciones y las pesadillas eran cosa de diario. Nos acostumbramos a escucharla, a llorar, a pedirle a Dios que se la llevara. Eso no tiene forma de superarse. Jamás voy a olvidar su voz, lamentándose y desgraciadamente, al morir ella también los vestigios de tierra en la casa. Yo quería encontrarme con esa bruja para maldecirla también para destruirla, pero creo que nunca va a regresar, porque ya cumplió lo que quería. Por el momento me enfoco en mi abuela en buscar la forma de salvar su alma. Sigo yendo con el padre, que la conocía bien. Asisto a reuniones en la iglesia y pido por ella, pero también sigo buscando entre las personas que saben sobre Brujería, porque quiero ayudarla a irse con Dios, a salir de la prisión en la que la metió mi abuelo por culpa de que no pudo mantener sus pantalones en su lugar. Por eso no me he limitado a buscar gente. Sigo visitandose sitios en Internet, hago limpias en mi casa, consulto a sanadores y yo espero encontrar pronto una solución, porque es una pena muy grande estar escuchando en algunos momentos el alma de mi abuela llorar o arrastrar los pies caminando por el pasillo que la llevaba al baño. Mi mamá me vio en algún momento bendiciendo la casa con flores blancas y me pidió que parara, porque ella dice que puede ser peligroso en lo que me estoy metiendo. Pero yo creo que haría más mal dejando a mi pobre abuela de la forma en la que se encuentra, porque creo fervientemente que su cuerpo dejó de sufrir, pero su alma no descansa a causa de aquella maldición. Después de varios años, sin haber podido tener unas vacaciones decentes, decidimos tomarlas, pues mi mamá nos dijo que ella podría cuidar de Juanito, que apenas tenía cinco años. Yo acepté con facilidad. Necesitaba despder conectarme de todo. Me sentía cansada de trabajar sin descanso también por cuidar al niño. Mientras hacía malabares con mi tiempo en casa me tenía agotada, por lo que no iba a rechazar la propuesta de mi mamá. Para Juan, mi esposo, fue un poco más complicado. Él no podía pedir fácilmente vacaciones, pues trabajaba de contador y al momento de que yo pedí mis vacaciones, él estaba por iniciar el cierre de actividades anuales. Además, quería traer al niño. Siempre lo veía poco a causa de que cuando él llegaba, el niño estaba dormido y al momento de irse a trabajar, el niño dormía. Me costó trabajo hacerle entender que de vez en cuando necesitábamos espacio para nosotros para descansar tras unos días que se trataron de discusiones más que de hablar tranquilamente para ponernos de acuerdo accedió a tomarnos cuatro días de descanso sin el niño ni las obligaciones de preparar las comidas, mantener todo limpio y demás. Así que reservamos unos días en un hotel fuera de la ciudad. Elegimos un destino poco conocido. Nos lo habían recomendado unos amigos. Ellos habían ido el verano pasado para hacer un poco de turismo alternativo. El hotel ofrecía la experiencia de ser un viaje para catar vinos. El paquete era muy sencillo. Tú hacías la reservación y se te daba la opción de participar en las actividades de los grupos de turistas, o simplemente podías disfrutar de las instalaciones del lugar. El hotel había sido remodelado. Era una vieja hacienda que fue convertida en un hotel tradicional con restaurante, alberca, sauna y jardines en los que podías dar paseos para escaparte del ruido de la ciudad. Lo atractivo eran los campos de uvas que se cultivaban a los alrededores. La experiencia era formar parte de los grupos de visita a las instalaciones del viñedo, ver cómo se produce el vino, conocer los campos de uva, probar algunas cosechas y participar en las cenas de reunión. Sin duda algo exótico que me llamó la atención poderosamente, porque estaba cansada de los destinos que siempre eligen las personas, usualmente para vacaciones. La playa o el bosque me parecían demasiado normales. Tras vivir encerrada en mi oficina varios años, ya conocía muchas playas o cabañas. Imaginaba que romper la monotonía me iba a ayudar a relajarme y a recuperar un poco la relación que teníamos Mi esposo y yo antes de casarnos. Era una aventura que pensaba iba a ser inolvidable. Así que nos fuimos con la esperanza de vivir algo increíble en pareja. Después de siete años de matrimonio, después de arreglar los detalles, arreglamos irnos al destino que nos recomendaron nuestros amigos. Nos dirigimos al norte del país, exactamente a Baja California. Hicimos las maletas un poco tristes de separarnos de Juanito, pero en el camino ambos comenzamos a hacer sentir la tranquilidad de no estar al pendiente de todo el tiempo. Había comenzado el momento de soltar las preocupaciones. Tras el vuelo y algunas horas en carro, llegamos a nuestro paraíso. El que más se emocionó fue Juan Yo me sentí un poco decepcionada porque creí que estaba algo más impresionante. Llegamos dejamos las maletas para comenzar a explorar el lugar que iba a hacer nuestra casa. Cuatro días, tras una caminata y la comida, nos fuimos a relajar al cuarto. Pasamos un rato agradable como novios hasta que llegó la noche y comenzamos a prepararnos para descansar temprano, pues la visita a los viñedos comenzaba a las once y queríamos tener tiempo de sobra para arreglarnos y desayunar. Juan cayó profundamente dormido primero que yo, así que, en medio de la oscuridad del cuarto, me puse a jugar en el celular para pasar el tiempo hasta que pudiera darme sueño. Mientras jugaba, se me ocurrió revisar el sitio del hotel para ver que me más cosas había alrededor para aprovechar la visita. Una cosa llevó a la otra y poco a poco fui saltando de publicación en publicación hasta que llegué a las calificaciones de los viñedos, que estaban, por así decirlo, cercanos. Comencé a ver las opiniones de los visitantes y ahí encontré un comentario que me llamó mucho la atención una mujer llamada Ana. Ella decía que había pasado una noche muy interesante porque en su cuarto se escuchaban ruidos raros. Contestando a ese comentario, varias personas mencionaban que aquel hotel tenía su historia, pues era una ex hacienda que pertenecía a una famosa familia de la región que era dueña de una mina de oro. Ahora estaba la casona restaurada y convertida en ese hermoso hotel, pero conservaba muchos de sus objetos antiguos, como decoración. Desperté con el celular pegado a la cara en algún punto me quedé dormida mirando las reseñas y las supuestas apariciones en aquel hotel. Me despertó la televisión. Miré a Juan, pero lo vi profundamente dormido todavía, así que me levanté a apagar la tele eran las seis de la mañana. Imaginé que tenía puesto el despertador ese aparato para estar prendida, y era demasiada coincidencia que justo en la madrugada estaba leyendo de que había apariciones en el hotel y a las horas pasar alguna cosa de ese tipo, ignorando mi miedo porque yo no creía en esas cosas, me metí a bañar ya no pude regresar a dormir otro rato. Juan se despertó con mis ruidos y comenzamos la mañana dando otra caminata por el lugar. La vista era impresionante. Todo parecía que estaba como en un desierto. Supongo que por eso sentía que no había muchas cosas, aunque pensándolo tras algún tiempo, tengo que admitir que es un bonito lugar, pero no volvería por nada y no fue por el lugar la comida o algo similar, sino porque ahí aprendí a temer, a la oscuridad, a aquello que nos busca. Por eso el desierto Ahora me parece un lugar lleno de misterios, parece que siempre está rodeado de cosas fantasmales. Cerramos la visita el primer día muy bien, el viñedo fue una buena experiencia y, como es de esperar, terminamos un poco tomados. Mi esposo y yo Recuerdo que muchos de los otros visitantes estaban en el mismo estado que nosotros, así que nos comenzamos a conocer, comenzamos a convivir como si nos conociéramos de toda la vida. Ahí surgió de nuevo el tema que había leído durante la noche. Una chica muy joven nos dijo que ella había querido hospedarse en el hotel con su novio porque a ambas les encantaban las historias de terror y como nunca habían visto un fantasma o experimentado algún encuentro cercano con lo paranormal, habían decidido hacer de su viaje un buen momento para ver si podían recibir un buen susto. Mi esposo es un incrédulo de esas cosas, así que de inmediato comenzó a intender hacerles entender que esas cosas no existen en medio de la necedad de un grupo de borrachos. Terminé mareada por el alcohol y la discusión sin sentido. Me paré para ir al baño. Seguí el pasillo hacia el exterior del cuarto subterráneo, donde guardan los vinos. Salí tambaleándome el aire. Se sentía fuerte. Miré a todos lados, había mucha gente en reuniones, todos tomaban y también había música. Seguí el camino al baño, pero me perdí yo, supongo que por las pequeñas pruebas de vino. Pero como no pensaba en ese momento, me imaginé que estaba en un hotel muy grande y por eso no encontraba el camino que quería. Di un poco de vueltas por aquí y allá, hasta que una persona me indicó donde estaba el baño y al salir me resbalé, así que me agarré de una pared llevando mi vista al horizonte. A lo lejos, cerca de una de las entradas del hotel, justo debajo de un arco, estaba a una onda mujer parada mirando hacia donde yo estaba. La mujer parecía estarse riendo. Era una figura delgada con un gran vestido de olanes que se movían por el fuerte viento. En su pecho centelleaba un colgante. Su cabello estaba un poco recogido, pero el fuerte viento deshacía el peinado ocultándole la cara con el enmarañado cabello negro. Me tallé los ojos, miré al cielo y regresé la vista a ese lugar y la mujer había desaparecido. Imaginé que tal visión era culpa del alcohol. Regresé de nuevo al baño para mojarme un poco la cara. Pensé que eso me bajaría más rápido la borrachera. Terminé de arreglar mi cabello y acomodar mi ropa. Cuando de un portazo se cerró la puerta de la entrada al baño, me dirigí a abrirla para irme, pero no podía abrir la puerta. Traté una y otra vez de abrirla, pero no cedía. Comencé a gritar para ver si alguien me escuchaba, porque no sentí mi celular por ninguna parte o o o no te r tenía manera de llamar a Juan. Los primeros minutos de mi encierro estuve pidiendo auxilio tranquilamente. Después comencé a sentirme sofocada. Las luces comenzaron a parpadear. El chiflido del aire se colaba por todas partes y entre ese sonido logré escuchar otra cosa. Era un cascabel. Entré en pánico. No había pensado en la posibilidad de que una serpiente estuviera en el baño sin buscar. Para asegurarme de que el animal estuviera ahí, comencé a pegarle a la puerta con fuerza en medio del ruido por los llamados de auxilio. Escuché una voz lejana, grité con más fuerza para que me sacaran de ahí, pero no escuchaba que fueran a buscarme. Me quedé quieta. Puse el oído en la puerta. Ya no sentí tanto los efectos del alcohol. Por la impotencia de verme encerrada. De nuevo, los murmullos de alguien que iba pasando se escuchaban. Era la voz muy apagada de una mujer. Me quedé esperando escuchar si la voz se acerca o alejaba por ese silencio. De nuevo escuché el cascabeleo de una serpiente. Miré a todos lados para asegurarme de que al menos no estuviera cerca. El sonido del viento era fuerte. Creo que era por esa fuerza que movía algo para hacer que las luces del baño parpadearan cada cierto tiempo en un momento mágico o algo así. La puerta se abrió sola, se escuchó un chasquido y luego cedió lentamente. Agarré la manija de la puerta y salí como si nada afuera. No había viento, sólo sentía el sol quemante de las dos de la tarde. Miré hacia atrás al baño. Metí la cabeza por unos minutos no escuché de nuevo el cascabeleo. Me pregunté si me estaba afectando demasiado el alcohol. Pero ese definitivamente no era el caso, pues cuando me hice un poco hacia atrás para irme de inmediato se apagó la luz dentro del baño, pero alcancé a ver una figura al fondo del baño. Tras eso, la puerta se regresó a cerrarse sola tragué saliva. Mientras me tapaba los ojos inconscientemente, me rehusé a ver qué era aquello, pero puedo asegurar que nadie más estuvo en ese baño aparte de mí. Por la noche, al platicar con mi marido, me preguntó si había pasado un buen día, porque duré demasiado tiempo lejos de donde él estaba molesta, le contesté que me había quedado encerrada en el baño hasta que pude destrabar la puerta. Primero se preocupó por mí. Luego me dijo que había sido demasiado tonto que quizás tendría que bajarle a las copas por un día. Esa noche dormimos molestos. Se acostó al lado de mí sin voltear a verme y apagó la luz sin avisarme. No quise pelear. Dejé que se quedara dormido mientras el insomnio me mantenía despierta escuchando sus ronquidos. Tomé mi celular, comencé a buscar cosas sobre fantasmas, sobre apariciones y encontré muchos videos, también personas que hablaban sobre eso, explicando que eran o porque estaban ahí. Sentí un miedo terrible. De pronto un hormigueo anormal se extendió por mi espalda, a pesar de que estaba acostada la sensación de frío. Me provocó algunos escalofríos e instintivamente metí más los pies dentro de la cama. Dudaba un poco si había sido real lo que había visto y de nuevo me metí a buscar cosas sobre el hotel o la zona donde estaba. Nadie había visto a una mujer en el desierto, pero algunas historias contaban que había una mujer con un vestido elegante que podía verse como borrosa o como una sombra. En las fotos de algunos visitantes de esa exhacienda. Me quedé pensando si era aquella mujer. Mientras cabeceaba y pensaba el sonido de un cascabel me llegó de repente a los oídos. Me quedé inmóvil. Luego comencé a ver la cubierta de la cama. Con la luz del celular, no vi ninguna serpiente, pero podía escucharla moví a Juan hasta que logré despertarlo, le puse un dedo en los labios. Le dije que escuchara. También escuchó el sonido del Cascabel y comenzó a quitarnos las sábanas de encima. Revisó las almohadas, prendió la luz de la lámpara al costado de la cama, pero no veíamos nada. Llamamos a recepción. Ellos llegaron casi de inmediato, a pesar de ser mitad de la noche. Mientras permanecíamos en la cama vimos como un joven. Revisaba los espacios para encontrar lo que hacía el sonido. Movieron todo, revisaron todo, pero no encontraron nada asustada. Pedí que hicieran algo, lo que sea fumigar, levantar cada mueble o algo, pero nos dijeron que por el momento nos cambiarían de habitación. Nos instalaron en uno de sus mejores cuartos, más grande y elegante. Eso había sido bueno, de no ser, porque ahí fue donde comencé a sentirme nerviosa de la nada. Dormí poco ese día apenas alcanzaba a dormitar y me sentía muy agotada. Juan se preocupó por mí, así que ese día me pidió que no tomó nada de alcohol hasta que pudiera verme un doctor le dije que estaba bien y seguimos con los planes que teníamos. Ese segundo día, por la noche había un evento en la fogata central. Era una estructura de ladrillo que rodeaba una pequeña CHIMENEA ahí nos manteníamos calientes mientras platicábamos con otros huéspedes. La pareja del día anterior se despedía de nosotros porque regresarían a Monterrey Al día siguiente. Me contaron que lamentaban mucho no haber podido ver ningún fantasma. Yo no quise mencionar nada. No le vi sentido. Quizás me estaba enfermando o algo. Por eso había pasado de ver a una mujer en medio de la tarde del desierto, a esa sombra rara en el baño, incluso una serpiente imaginaria me perseguía. No tomé alcohol es anoche los demás seguían con las pruebas de vino y la degustación de quesos. Juan miraba las estrellas conmigo. Platicábamos del nacimiento de nuestro Juanito, pero aquello se quedó interrumpido porque muchos de los huéspedes comenzaron a hacer sonidos de sorpresa. Fuimos a la mesa, donde aún estaban muchas personas durante el cierre de la degustación, y vimos que apuntaban sus dedos y celulares a uno de los pasillos de columnas que llevaban a los viñedos, pero no veíamos nada. Otras personas decían que tampoco veían nada, pero unos señores aseguraban que habían visto a una silueta caminar despacio por ese pasillo. Era una mujer de aspecto antiguo. Dijeron se me heló la sangre, pues otras personas además de mí, habían visto a una mujer caminar por ahí. Eso significaba que no estaba borracha completamente cuando vi a aquella mujer. Mientras todos armaban el revuelo, las historias de miedo no se hicieron esperar. Es común en muchos lugares que la gente termine contando ese tipo de historia sólo para entretener. Pero yo me comencé a tomar muy en serio lo que nos estaba contando. El señor que había dirigido todo el evento nos contó que ahí a veces se podía ver al fantasma de una hermosa mujer que había sido llevada ahí para ocultarla. Pasaba su tiempo encerrada en aquella hacienda, al cuidado de una mujer mayor que le servía. Los que trabajan por esa zona en los hoteles o en el viñedo habían podido verla A veces. La historia contaba que esta joven había sido alejada de su ciudad en España, lugar donde la habían tachado de Bruja. Como en ese tiempo se tomaban muy seriamente esas acusaciones, había sido perseguida por algunas personas del pueblo para llevarla ante el cura que en ese momento podía buscar la forma de encarcelarla. Hasta que se comprobara que no tenía ese tipo de prácticas diabólicas. Esta joven española había sido llevada en secreto, escondida en un carro hasta un barco que la trajo a México. Aquí se le había llevado a uno de los lugares más alejados del centro del país, buscando que en nadie pudiera localizarla, pues era la única hija de un matrimonio adinerado y no querían perder la única oportunidad de que naciera un heredero. La joven fue traída a la hacienda con unos amigos de la familia esperando que se arreglara un matrimonio con alguien de los que vivían ahí. Al vivir en la hacienda, comenzó a alejarse de todos. Pasaba días encerrada en su cuarto y una de las amigas de sus padres decidió ayudarla a mejorarse de la enfermedad que tenía. Pero en lugar de ayudarla encontró el motivo de su actitud. Ella en realidad, cometía actos diabólicos en nombre del maligno. Fue encontrada una noche en medio de un ritual. Estaba desnuda con varios hombres para ofrecer el acto a su maestro, la pobre joven fue encerrada hasta la muerte para expiar sus pecados. Se cuenta que en un cuarto que ya no existe, fue encerrada en un lugar sin ventanas y sólo contaba con una sola puerta para asegurarse de que no pudiera ser salir nunca más. Temblé como un pequeño gato asustado al escuchar aquella historia y de inmediato recordé lo que había visto en el baño. Ellos decían que el cuarto donde murió no existía, pero era que lo habían convertido en otra cosa. Quizás lo habían tirado, pero habían puesto los baños en ese lugar. Imaginé que por eso me había tapado los ojos por puro instinto. Quise alejarme de aquella entidad oscura en la que se había convertido esa mujer mientras Juan se reía de todos por estar creyendo en cuentos para asustar niños. Yo temblaba por dentro. No me sentía tranquila. Algo había pasado en ese lugar, hubiera sido esa mujer u otra cosa. Aquello no era ni de cerca algo bueno e inofensivo. Sentía que eso me acechaba. Vinculé el sonido del Cascabel con su presencia. Tenía que cuidarme de no volverlo a escuchar. El tercer día fue una pesadilla. Me sentía enferma por dormir tan poco. No o o o o s or fruté la piscina ni el sauna. Juan preocupado me propuso que mejor nos regresábamos a la ciudad para que me viera un médico, pero le dije que no, que sólo durmiendo un rato iba a quitarme la sensación de cansancio. Me regresé al cuarto con la intención de descansar. Mientras Juan regresaba del sauna, abrí por completo la cortina para dejar entrar la luz y también dejé el foco encendido para que cuando cayera la noche, si estaba dormida, aún hubiera luz en el cuarto. Dormité un rato hasta que me quedé dormida y en medio del sueño, abrí los ojos. No podía moverme, movía sólo los ojos. Quería pedir ayuda, pero ni la boca podía mover se. Me salían las lágrimas por la desesperación, una fuerza sobre de mí me hacía sentir pesada. Sentía que estaba hundida en el colchón, la luz comenzó a parpadear. Sentí que la luz del día también se estaba yendo, porque el cuarto estaba de un color naranja muy intenso. No quería que darme a oscuras por nada del mundo. Así que luchaba por moverme, aunque no lo lograba. Cerré y abrí los ojos. Me decía muchas veces despierta, despierta, pero no era un sueño. El sonido del Cascabel comenzó a escucharse. Me rodeaba. Los hoyosos se escapaban de mi garganta, pero no podía abrir la boca. También sentía como mis oídos se llenaban de agua por estar boca arriba. Escuché que crujió la puerta de la entrada. Le pedí a Dios que no fuera a aparecer aquella mujer. El sonido de las serpientes se escuchaba más cerca que nunca. Poco a poco observé cómo la puerta era empujada para abrirse. Dejé de mirar hacia la puerta, alcé la vista al techo para buscar Pedirle adiós ayuda, pero en ese momento vi que se asomaba de una viga, un pequeño rostro con ojos intensamente oscuros. Era ella. Cerré los ojos con fuerza y grité. Sentí que algo cayó sobre mí desde arriba y escuché la voz de mi marido gritarme. Era él el que había abierto la puerta muy despacio para no despertarme en caso de que estuviera dormida, me arrastré fuera de la cama completamente histérica. Gritaba y lloraba mientras Juan me sacaba del cuarto. Había caído una serpiente desde el techo hasta la cama. Nadie entendía cómo entró o cómo se coló hasta ese lugar, pero como yo no dejaba de temblar. Me llevaron a la clínica más cercana. Así fue que me enteré que tenía un mes de embarazo. Yo creo que aquella bruja me estaba buscando precisamente por eso, pues desde la primera vez que la vi ella se reía viéndome. Además, cuentan que las brujas roban bebés para hacer sacrificios. Quizás ella quería usarme con todo y el pequeño en mi vientre como uno. Yo soy originaria de Toluca, pero me fui a vivir con una tía al Estado de México por trabajo Duré cinco años. Con ella. Yo pensé que iba a quedarme definitivamente a vivir ahí, pero no sucedió. Tuve que regresar con mi mamá. No fue por algo totalmente bueno. Me sentía usada. Regresé deprimida y cansada. Quería sólo ver a mi mamá y llorar con ella. Quedé embarazada de un conocido. Él trabajaba en una escuela de computación. Me dijo que estaba haciendo planes para rentar una casa, porque ahí íbamos a vivir juntos. Salimos muchas veces teníamos más de un año juntos. Por eso pensé que se estaba tomando en serio lo que teníamos. Al enterarse que podría estar embarazada. Desapareció así como así, cambió de número, dejó el trabajo y aunque fui a buscarlo al lugar donde vivía, me dijeron que no estaba. Se me escondió. No pude verlo de ninguna manera y al confirmar el embarazo, tuve que decirle a mi tía. Ella no se mostró comprensiva. Me dijo que tendría que buscar una casa para vivir porque porque no oiría iba a ayudarme con el milagro. No me quedó de otra más que regresar con la vergüenza a cuestas. No tenía caso buscarlo más y tampoco podía rogar porque me dejaran quedarme un poco más en esa casa hasta que supiera qué hacer. A pesar de que mis hermanas y mi mamá recibieron bien la noticia e incluso disimularon sus malestares al decirles que no había papá. Ellas intentaron de todas las formas posibles animarme. Mi papá tardó un poco más en suavizarse, en dejar de estar molesto conmigo porque no había tomado la mejor de las decisiones. Al salir con aquel hombre, me quedé en casa a llevar el embarazo. No me dejaron trabajar me, la pasaban estresada. Me sentía cansada todo el tiempo. No podía sentirme tranquila. Tengo dos hermanas más chicas que yo. Una tiene catorce, Carolina y la otra doce, María. Ellas se ocupaban en alegrarme los días. Me invitaban a pasear con ellas. Me pedían que les ayuda con la tarea o que jugáramos algún juego. De no ser por ellas, creo que me hubiera derrumbado. Una mañana de sábado decidimos escaparnos a dar una vuelta al cerro de la teresona a ellas les encantaba la historia de la ciudad mágica, que dicen está debajo del cerro. A este lugar sólo se puede acceder por las cuevas que existen en ella. Ahí, brujas, nahuales, duendes y otras criaturas habitan esperando a quienes quieran descifrar los acertijos para tener el paso libre hacia la ciudad. Y aunque hay otras historias, como el de las brujas que buscan niños o de que haya un gran tesoro escondido en el cerro, ellas sólo pensaban en las criaturas fantásticas que podían existir Ahí. Hicimos todo un recorrido. Terminé cansada muy pronto, así que me regresé a la hora de haber comenzado a caminar a mí. Se me hacía bien darles justo. Ellas se preocupan mucho por mí por lo que me pasaba lo mínimo que podía hacer. Por ellas acompañarlas a buscar. Los duendes que buscaban ellas me dijeron que iban a subir un poco más, a tomarse unas fotos, así que las dejé ir. Me iba a quedar en una sombra, a descansar. Encontré un árbol y me senté debajo de él. Traía un bote con agua. Eso era suficiente para mí. Estaba intentando desconectarme, buscar el sentirme mejor conmigo misma. Por eso agradecía que ellas se hubieran ido un rato sin mí. Creo que dormité un poco en ese tiempo. Tenía dos meses de embarazo y todo el tiempo tenía sueño. En un momento en el que abrí y cerré los ojos, apareció una señora. Estaba muy cerca. No supe cómo fue que no la escuché caminar. Ella me saludó. Respondí por inercia pensando en que iba a seguir su camino, pero no ella se acercó más. Era una mujer grande, creo que pasaba de los sesenta años. Estaba muy blanca, Usaba un sombrero de paja medio roto, tenía un pañuelo amarrado a la cara por el sudor y vestía de colores oscuros. Tenía puesta una falda larga, un chaleco con botones y una blusa larga. Me llamó mucho la atención la cantidad de collares con dijes y anillos que llevaba puestos extrañamente. No traía una bolsa o algo, sólo cargaba un palo largo, un poco más grande que ella, pero como era bajita, no le di mucha importancia. Esa mujer se veía rara, pero rara como muchas de las personas que pueden ir a visitar un cerro, así que no sospeché de ella. Al acercarse me dijo que no era bueno para una embarazada quedarse en el sol Tanto tiempo. Contesté que estaba en la sombra. Ella sonrió sin mostrar los dientes. Sus ojos se vieron muy pequeños entre tanta arruga. Comenzó a hacer una risa maliciosa. Me paré lo más rápido que pude y le di las buenas tardes para irme de ahí lo más pronto posible, pero me detuve a voltear a verla. Cuando reflexioné lo que me or había dicho a mí. No se me notaba el embarazo y yo no la conocía, así que era imposible que supiera mi estado. Al mirarla de nuevo, ella sonrió más y la cara parecía distorsionada. Se ensombrecía más quizás por el sombrero que tenía o quizás por pura intuición, pero me fui de ahí. Ella me gritó cuando iba bajando, asustada que si no quería al niño podía regalárselo porque ella sí lo quería. Le dije que sí, que cuando quisiera que nada más fuera a buscarlo y ya luego le pregunté si estaba loca por preguntar eso. Bajé llamando por teléfono a mis hermanas. Les dije que necesitaba regresar pronto y ellas me dijeron que las esperara, pero no me iba a detener, Así que colgué y seguí caminando. Llegamos las tres juntas a la casa. Habían corrido detrás de mí preguntando si había pasado algo, pero no les dije nada. A pesar de que parecía un encuentro normal con cualquier mujer en cualquier momento de or, no era normal. Esa sonrisa, esa aura de malas intenciones que tenía la vieja esa. Tras eso comencé a presentar algunos problemas de salud. El embarazo me estaba cayendo muy mal. Los achaques eran muy cansados. Iba al doctor y decía que todo iba bien, pero yo sentía como si me estuviera muriendo. Comencé a tener insomnio. Me quedaba despierta mirando películas toda la noche y otras veces me sentaba al lado de la ventana a sentir el fresco de la noche. Miraba a Caro y María quería regresar a ser como ellas. Un gato negro comenzó a visitarme. Me parecía muy lindo verlo siempre a la misma hora en el barandal de enfrente, pero una noche que subió hasta la orilla de la ventana, estuvo a punto de cortarme un dedo con los dientes. Terminé en la Cruz Roja. Me regañó muy fuerte mi papá por estar despierta jugando con un gato callejero. Me reprochaba mi infantilidad, mi fal de compromiso y que ponía en peligro la vida de mi bebé. Yo sentía mucho odio por ese niño que Dios me perdone, pero empecé a odiarlo sin conocerlo. A los siete meses sentía que no podía más con esa tortura. Los achaques eran menores, pero me hinchaba mucho de las piernas. Había engordado demasiado y un aroma fétido Me inundaba la nariz y, por más que preguntaba qué era ese olor. Nadie podía olerlo por la noche no salía a tomar el fresco para sentirlo, para disfrutarlo. Ahí, sentada en una silla al lado de la ventana, todo por culpa del incidente del gato. En ese momento eran pájaros negros que se quedaban mirándome ahora. Esos animales me buscaban, llegaban al caer la tarde, se acomodaban en fila, permanecían inocentes, picándose, limpiándose y grasnaban como cualquier pájaro, pero al acercarme a la ventana, me miraban con ojos de persona eran como seres malvados, dispuestos a sacar los ojos. Si me atrevía a dejarles abierto, aunque sea un poco la ventana, podía ver que se burlaban de mí de mi miedo. Una mañana, mi mamá me despertó para pedirme que la acompañara al mercado. Me dijo que estaba preocupada que pasara demasiado tiempo. Encerrada en la casa. Sólo iba a comprar algunas flores para mí quería hacerme feliz. Mi mamá es un ángel en la tierra. Estoy segura de eso. Ella me llevó sin imaginar nada malo. Fuimos recorriendo despacio las calles para mi seguridad y sentía que podía respirar. No me había dado cuenta que había una sensación de opresión en mi pecho todo el tiempo. Cuando al fin estaba olvidando todos mis problemas, me alcancé a pegar con una señora por no fijarme bien en lo que estaba haciendo. Se le cayó su bolsa del mandado y me agaché con dificultad por ella al extendérsela para que la tomara. La tomó, pero también tomó mi mano. Subió sus dedos de uñas negras hasta mi muñeca. La jaló con violencia al sola vista y entonces vi debajo de su sombrero. Era la misma cara de la vieja que había visto a las faldas del cerro muchos meses atrás. Quise soltarme, pero no pude. Miré a mis lados, pero no vi a mi mamá. Además, nadie parecía interesarse en el forcejeo que estaba teniendo con la anciana para que me soltara. Quería llorar, quería correr, pero no podía. La vieja me acercó a ella con fuerza y tocó con su otra mano. Mi vientre comenzó a decir cosas muy raras. Juro que se escuchaba como un encantamiento y le pedí con voz cortada que me dejara en paz. Ella de nuevo sonrió con esa cara cuarteada por arrugas que en ese momento eran más profundas casi aceitosas. Se veía su cara sucia y sus cabellos delgados y negros con blancos se pegaban a su cara. Me soltó y me hice para atrás. Pedí perdón por el golpe, pero una anciana me dijo que no pasaba nada. Me decía mi niña, mi niña bonita, cuando me hablaba y la piel se me erizaba. Era horrible el énfasis en que ponía. En esas palabras, me volté topándome con otra anciana. Las tres se veían similares, con ropas oscuras, sombreros de paja, uñas crecidas, llenas de tierra, sonrisas sin dientes que dejaban ver un destello maligno en sus ojos. Las tres comenzaron a decirme que ya venían por lo prometido. Yo les había regalado a ese bebé. Ellas exigían que se los diera, pero también tenía que pedirles que quería. A cambio, creí que esas mujeres estaban locas molesta. Les grité que se alejaran de mí. Las personas alrededor se detuvieron a ver la situación era raro. El ambiente se sentía como si algo pasara con las personas. Las mujeres me dijeron que ellas no podían ser vistas entre la gente, porque ellas se ocultan en las sombras de las personas, así que no podía hacer nada por alejarme de ellas. Comenzaron a reírse. Les dije que no quería nada, pero ellas dijeron que aún así se iban a llevar al niño. Ellas sabían que era un varón y era de ellas no podía ir en contra de los pactos que se realizan en la Teresona. Allá las brujas se escuchan en los ecos de las rocas, las promesas, los amores, los deseos y las venganzas, y cualquiera que les llegue al precio tendrá su deseo. De nuevo les dije que yo no tenía ningún deseo, pero ellas se alejaron poco a poco, riéndose esas risas contenidas que no podían escucharse claramente entre tantas voces de las gentes que transitaban por el lugar. Comenzaron a darme nuevamente la sensación de que me ahogaba. Salí como pude caminando a buscar un lugar donde no hubiera tanta gente. No llegué muy lejos y me desmayé. No veía bien, pero sentía que la gente me tocaba. Luego escuché la voz de mi mamá. Los dolores agudos en mi estómago como me recorrían desde la espalda hasta las piernas. Sentía que me iba a morir. Después no supe nada. Desperté en una camilla. Me dijeron que había entrado en labor de parto. Mi mamá me acompañaba en una ambulancia. Cargaba unas flores rojas que me había comprado y juro que pude verme como si de un funeral se tratara. Quizás iba a morir o mi bebé y por eso mi mamá tenía esas flores. Dicen que comencé a llorar mientras decía que no estaba muerta, que no me trajeran flores. Aunque no me acuerdo muy bien. Sé que fue mucho peor de lo que me contaron las enfermeras y los doctores. Varios días después desperté estuve en peligro de morir una semana, pero habían logrado estabilizarme. Lo primero que hicieron fue decirme que había tenido un niño y me felicitaron. Sentí que el mundo se venía encima. Lo que decían aquellas brujas era verdad. Entonces ellas venían por el niño. Al principio pensé que estaba bien, y quizás era lo mejor, pues yo no sabía cómo cuidarlo. Tampoco tenía un trabajo para mantenerlo. Pero sucedió un milagro. Al momento de llevarme a la incubadora a ver al Bebé, sentí algo en él, como una luz hermosa, como algo bellísimo que me estaba esperando. Lloré amargamente hasta cansarme esa noche. Comencé a querer a mi hijo hasta ese momento y lloraba arrepentida por ser la peor madre que existía. Las brujas no entienden de ironías cuando yo dije que si le daba al Bebé porque no lo quería, sólo estaba siguiendo la corriente. Quería deshacerme de aquella vieja sospechosa en medio del sendero y ahora tenía que sufrir las consecuencias de mis palabras dichas sin sentido ni intención. No sabía qué hacer con tanto acoso. No entendía cómo tenía que pedirle adiós ayuda, porque parecía que él no quería ayudarme. Sólo llegaba desgracia tras desgracia y me estaba cansando. No había manera en la que pudiera librarme de las pesadillas de del de l aroma quemado por todo el cuarto. Cuando despertaba a darle de comer al niño, hice todo lo posible, todo lo que había escuchado de mis hermanas o amigas, de las vecinas o los conocidos. Comencé a poner unas tijeras abiertas en la orilla de la cuna del bebé. Puse los espejos, incluso uno que justo reflejaba la ventana donde yo dormía con mis hermanas. Ellas no parecían ver nada, No entendían cómo estaba tan alterada. Sé que comenzaron a sospechar que estaba enferma, que tenían que llevarme con un psiquiatra. Aunque yo estaba perfectamente bien, no podía demostrarlo porque no podía estar tranquila por las apariciones de aquellas brujas. Los avistamientos seguían Llegó octubre y con eso la Fiesta de las Brujas, la temporada en las que ellas podían vagar libremente como bolas de fuego, entregándose a sus prácticas diabólicas. Ese año había sido mucho peor que anteriores, o por lo menos los que yo recordaba cuando cuando era niña, había muchos avistamientos de aquellas bolas de fuego en el cerro. Videos y videos eran subidos a las redes. Luego habían salido hasta en las noticias de la noche. Mis nervios se estaban rompiendo y mi hijo no ayudaba en nada a Calmarme. Lloraba todo el tiempo por hambre, por incomodidad, y mi mamá era la única que parecía poder calmarlo. Ni cuando lo amamantaba, se quedaba en paz. Me di cuenta que lloraba más en las noches sin luna, aquellas en las que yo podía sentir el aliento de las brujas respirarme en la cara, pues soñaba que ellas entraban por la ventana quedando suspendidas sobre mi cama para verme dormir. Ellas querían su tributo, querían que ya les entregara al niño. Yo sufría despertaba llorando. Mis hermanas comenzaron a dormir en la sala. No se quejaban, pero estarlas despertando constantemente en la noche les quitaba demasiadas horas de sueño y ellas tenían cosas que hacer al día siguiente no podía sola contra ellas ni contra la culpa de haber ofrecido a mi hijo. En mi ignorancia y miedo, hablé con mis papás. Sorprendentemente, sólo mi papá me creía. Él me dijo que tenía sentido esa sensación de incomodidad y la sombra que veía en mi rostro. Me dijo que no me sintiera culpable que las brujas son especialistas en decir mentiras, en buscar a inocentes que llevarse, pues ellas pueden hacer lo que sea con tal de lograr que el dolor se quede incrustado en el alma de quien sea mi mamá. A pesar de no ser muy creyente de esas cosas, me dijo que iba a llevarme a la iglesia. Quizás podría ayudarme platicar con otros padres, con algunas de sus amigas así yo podría sentirme más unida a Dios. Ella estaba segura de que no me había abandonado, a pesar de que sentía que me estaba hundiendo sin remedio. Fui como me pidieron mis papás a la Iglesia. Comencé a componer un poco Mi vida ya despertaba temprano. Estaba en todo momento lista con lo que necesitaba. Paquito por una temporada funcionó. Tenía la esperanza de que mi hijo, mi vida y mi familia recuperaran la tranquilidad. Las brujas comenzaron a ser menos visibles Para mí. Desgraciadamente, cuando uno está más alto, más fuerte es la caída. Después de vivir los primeros seis meses tranquilos, tras el embarazo mi pequeño enfermo de gravedad, terminé en la sala de espera en un hospital, pidiéndole a Dios que no se llevara a mi paquito. Dos meses pasé soportando el cansancio y los malos pronósticos, pero como un milagro comenzó a recuperarse el agotamiento. Me vencía me quebraba cada vez que escuchaba que los médicos venían a decirme que le habían hecho tal o cual cosa para bajarle la fiebre. Mientras afuera, los pájaros con ojos humanos me miraban custodiaban al niño para poder llevarse su alma con su señor Eran esos o pilotes en busca de los huesos del muerto. Las lágrimas se me acabaron en mi desesperación. Juré que si mi hijo se salvaba, iba a librarlo de aquella muerte segura y llevarlo a la Iglesia. Dios tenía que escucharme. Mi mamá confiaba en que me escuchaba, pues también yo podía confiar en eso. Iba a hacer cualquier sacrificio para poder librar a mi hijo de las garras de aquellos entes de la oscuridad. Cuando me dijeron que por fin el niño estaba estable, sentí que el cuerpo entero se me había puesto blando por fin, sentí hambre sueño y sed era como una especie de cadáver que andaba ahí sólo esperando a que le regresaran su vida. Aunque mi mamá venía a ayudarme trayéndome comida o quedándose al pendiente. Cuando yo me iba a cambiar de ropa y bañar mi cuerpo, estaba hecho pedazos del cansancio. Lo peor era que aquellas brujas no se separaban ni un momento del lugar donde estaba internado paco. Ahora que lo iban a dar de alta, no sabía do dora de llevarlo o con quien todo se iba a repetir. Los sueños, las bolas de fuego a la distancia, los pájaros en la cornisa de la ventana. Ellas no iban a dejarlo tan fácilmente y cosas peores podían invocar para llevarse su alma. Con todo el dolor de mi corazón supe lo que tenía que hacer. Ellas no iban a dejarnos en paz hasta que completaran su cometido. Al final, yo había ofrecido a mi hijo si lo quería la bruja y, queriendo o no queriendo, tenían que cobrarse. Las brujas jamás perdonan ni olvidan. Lo mejor era dejar de ser la madre de ese niño entregárselo a alguien más, sacarlo del radar de las tres arpías que lo rondaban. Esperé unos días desde que tomé la decisión de escapar de mi casa. Guardé poco a poco algunas cosas, destruyí otras y el sábado por la madrugada salí sin ser vista con el bebé en brazos tomé el primer camión que encontré en la central. No me importó a dónde, pero me subí y me fui. El camino fue duro todo el tiempo. Sentí que me miraban, escuchaba pasos y aullidos. Las sentía cerca. Afortunadamente, las mujeres esas no podían venir tras nosotros. Había logrado engañarlas bañando con agua bendita al niño la noche antes de fugarme de la casa de mis papás para que el plan funcionara bien y paquito jamás tuviera que luchar por su vida contra aquellas novias del diablo. Tuve que hacer el sacrificio más grande de toda mi vida. Lo dejé afuera de un convento en la ciudad, donde terminé tras varios días de camino. Después de eso también me fui del Estado rezo para que jamás le pase nada que tenga buena salud y viva feliz lejos de aquella ciudad sitiada por las brujas, me fui lejos para protegerlo. No regresé ni volví a contactar a mi familia. Busqué la forma de desaparecer, pues no podía ver a los ojos a mi padre, que tanto me apoyó y creyó. En mi desgracia, no podía decirle que no podía proteger a mi hijo por culpa de mi falta de fuerza. Lo mejor fue esto. Mi niño de encontrarse mejor. Es una gran luz y va a encontrar un buen lugar donde lo quieran. Lo sé, lo siento en mi corazón, porque lo peor que podía pasarle era quedarse conmigo. Va a estar bien siempre que no esté cerca de él. Trabajo como empacadora de fruta en varios de los ranchos que hay en Chiapas para cosechar banano y mango. Acá las personas que trabajamos en esto. Prácticamente vivimos en las rancherías que se dedican a esto. Pasamos de una a otra dependiendo de lo que necesitemos, o nos quedamos en una donde tenemos algún puesto que nos permite estar estables para poder cuidar a nuestras familias. Trabajamos doce horas o más al lado de otros miembros de la familia, si no es que todos trabajamos aquí. Por eso hay familias enteras que por varias generaciones he de b de a sembrar, cosechar y empaquetar. Es normal que toda nuestra vida sea alrededor de lo que hacemos aquí. Entre los trabajadores se cuentan muchas historias de cosas que se han visto en los campos de demonios rondando con piel de animal entre los plantíos, también de los duendes que gustan de jugar en las hamacas vacías que están cercanas a los plantíos. Nosotros vivimos de la tierra y rendimos homenaje a las criaturas que viven ahí. Procuramos mantener la armonía con nuestros ancestros para mantenernos bien alejados de esas cosas, porque uno nunca sabe cuándo puede llegar la desgracia. Cuando era niña, comencé a ayudar en el negocio empaquetando estaba ahí con mi mamá y ñabuela, mientras los hombres ayudaban en las plantaciones. Era normal ver en esa época a niños ahí con su mamá, así que en el mismo lugar podía jugar un poco y los hijos de las otras familias también. Al final, todos los nos consoños y nos llevábamos bien. Cuando cumplí ocho años comenzó una especie de epidemia en las plantas. Estaban enfermas y comenzaron a tener menos producción en los ranchos. Una cantidad de problemas comenzaron a pasar. El más grave fue quedarnos sin comer por falta de trabajo. Varias personas comenzaron a irse. Fueron a buscar mejor suerte en las ciudades, principalmente en la capital, aunque también terminaron muchos trabajando en los campos de Estados Unidos. Fuimos menos personas las que nos encontrábamos en los pueblos al lado de los ranchos. Mi familia estaba a unos cuantos minutos caminando del lugar donde mis tatarabuelos comenzaron a trabajar, cosechando en esa soledad. La situación parecía muy preocupante. Estábamos dispersos los mismos miembros de las familias. Nos peleábamos por puras tonterías y recuerdo que dejé de ver a mis primas porque unos tíos decidieron irse a buscar en mejores lugares trabajo. Mi familia se quedó siempre había sido fiel a la cosecha, pues lo que sabían hacer mejor era eso. Una noche, cuando mi mamá nos acostaba a dormir en la cama grande a los cinco hermanos, mi abuela se acercó a ella para platicar. Yo me quedé despierta con los ojos cerrados. Quería saber cosas, quería ser adulta, porque así podría ayudar a mis papás. Mi papá esa noche había salido a cuidar las plantaciones. En ese momento había cuidadores nocturnos que patrullaban secciones de las plantaciones para evitar que personas entraran a robar. No había la tecnología que hay hoy, así que eran noches en vela cuidando de los bananos. Para algunos de los trabajadores que aún seguían contratados Mi abuela le dijo a mi mamá que esa noche se habían acabado las últimas cosas que quedaban para comer y tenían que encontrar la forma de darnos, de desayunar a mis hermanos y a mí. Al parecer, ella tenía dos días haciendo una sola comida, al igual que mi mamá. Mi mamá estaba preocupada. Le dijo que quizás podrían intentar con otras cosas. Estaba desesperada al hablar y comenzó a enumerar las cosas que habían hecho antes, el pedir prestado, el suplicar ayuda, el ir a buscar cosas a la selva para preparar, aunque sea un caldo de rata. Mi abuela era la mamá de mi papá y confiaba plenamente en que su hijo iba a conseguir dinero al día siguiente para poder solventar la comida. Pero hasta que él no llegara tendrían que ingeniárselas, porque nosotros íbamos a despertar buscando comida. No era mucho lo que comíamos usualmente, pero habían pasado semanas en las que era más limitado, lo disponible, lo más abundante era el agua. Mi mamá escuchó lo que mi abuela decía y le dijo que quizás tendría que ir con la señora de los Bananos, pero ella le contestó que no, que aquello era como tirar una moneda al aire, pues en un momento po dría hacer algo que ayudara y al otro crear el peor caos empeorando todo. Al final me dormí y no supe que más habían discutido, pero me intrigaba lo de aquella mujer que podía arreglarlo todo, pues jamás había escuchado de alguien. Así. Al día siguiente, mi papá no llegó, mi abuela decidió salir a buscar algún animal que comer iba a recoger algunas hierbas para acompañar el desayuno. Daniel, mi hermano más pequeño, amaneció con fiebre y eso empeoró el estado de ánimo de todos mis demás hermanos No quisieron jugar. Se quedaron en la casa pasando el rato sin hacer demasiado. Yo le insistía a mi mamá para que me dejara ir por mi papá sabía dónde trabajaba. Podía acompañar a Laura para ir a preguntar por él, pero Laura se negó. Ella era la más grande de los cinco. Tenía catorce años y trabajaba con mi mamá empaquetando enojada. Me salí del jacal. Pensaba que si nadie iba a hacer nada, yo tendría que hacer algo. No pensaba en mi edad en que nadie me iba a tomar en serio. Además, era imposible que llegara sola. Tan lejos. Me fui caminando entre los árboles. Salí a la calle donde estaban las otras casas de los trabajadores y vi cómo mi mejor amiga se iba con una mochila muy grande en la espalda y me dijo que sus papás la iban a llevar a trabajar a Tuxtla comencé a llorar, pues no quería perder a mi amiga. Sentía que me iba a quedar completamente sola para siempre. Después de un rato de llorar acompañándolos a la carretera, los vi subirse en una combi y abandonar para siempre el lugar, porque nunca regresaron. En ese momento. El señor Joaquín se detuvo en su camino. Iba a comprar cigarros. Yo estaba sentada en una piedra que funcionaba como asiento fuera de la tienda y una cosa llevó a otra, así que me llevó a ver a mi papá porque le había contado lo que decían en la casa. Creo que el señor se procuró y por eso me llevó. También me compró un pan que guardé para compartir con mi hermano enfermo. Así como llegué me fui el don me regresó a mi casa dejándome en la misma tienda. Ahí creo que perdí mi infancia, pues me dijeron que mi papá tenía semanas que no iba a trabajar. Lo habían corrido porque iba a cerrar el rancho. A mi corta edad lo entendí mi papá nos había abandonado para que nos muriéramos de hambre solos. Llegué a mi casa con el pan. Le dije que me lo había dado el señor Joaquín. Cuando me lo encontré al despedirme de lulu, ella se quedó callada. Luego me dijo que quizás ella regresaría cuando abrieran la producción de nuevo. Sabía la verdad de todo, pero no quise decir nada. Tenía miedo de lastimar a mi mamá diciéndole la verdad, pero la verdad era que ella sabía lo que pasaba. La abuela llegó muy tarde. Pasó directo a sacar unas cubetas y le dijo a mi mamá que le ayudara a lavarse porque se había caído en el lodo. Fui a ver qué le pasaba. Me escondí entre las plantas. Mi abuela tenía un líquido negro por todos lados. Mi mamá la bañaba mientras le daba las gracias. Aquella noche comenzó un alboroto de animales. Toda la noche, los perros del pueblo huyaron y a la mañana siguiente muchos pájaros muertos aparecieron por los caminos. Mi abuela estaba cocinando. Desayunamos como reyes. Mi hermano continuó enfermo. Laura ayudaba a cuidarlo todo el tiempo. Mi mamá le insistía en que le rogara para que comiera un poco más. Salí a jugar en la tierra. Estaba contenta por comer. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien, aunque me doliera la panza. Jugando en la parte trasera de la casa, vi unas figuras raras moverse entre la maleza. Me quedé agachada. Escuché que hacían sonar la hierba como si la acariciaran y me dio más curiosidad me acerqué despacio. No sentía miedo, a pesar de que se veían raro. No eran como animales. Poco a poco fui dándome cuenta que eran una especie de pequeñas personas llenas de pelo. Cuando me acerqué lo suficiente corrieron hasta que no pude verlos corrí con mi abuela quería preguntarle que había sido aquello. Ella estaba sentada en una silla, tomaba el fresco en la entrada Me recibió, como siempre, muy tranquila, pero esta vez no Sonreía me escuchó y luego me dijo que no los persiguiera más, porque esos seres eran espíritus de la selva. Estaban buscando algo. No tenía que interferir con su búsqueda. Le pregunté cómo sabía de eso, pero ella me dijo que cuando fuera más grande, me diría por qué pasaron dos días. Seguía viendo a aquellos seres alrededor de la casa. Parecía que se habían quedado ahí, pero no entendía por qué. Si mi abuela decía que buscaban algo. A la cuarta noche, Daniel mejoró la alegría de todos, se recuperó y nos fuimos a dormir todos juntos felices. El calor era bastante para mantenerme despierta. Me movía y movía de un lado a otro, pero sin encontrar un punto en el que me quedara cómoda. Yo creo que eso era parte de mi intuición avisándome algo, pues hasta la fecha hay inquietudes que parecen avisarme que algo va a pasar. Me paré a tomar agua. En eso vi que se movió la puerta. Había salido entre las sombras la cara de mi papá me hice hacia atrás y le grité a la abuela. Mi papá me dijo que me callara. Mi abuela salió del cuarto de atrás donde dormía a ella con los niños y al verlo con una voz que jamás había escuchado en ella, le dijo ahí estás. Te estuve buscando. Se me heló la sangre, pues desconocí a mi abuela y no supe a dónde correr. Tampoco quería ir al lado de mi papá Entre la oscuridad alumbraba la luna llena. Por eso pude ver que los ojos de él eran como los de un loco. Se veía viejo, sucio y olía mal su pongo que mi madre escuchó algo porque salió del cuarto. No dijo ni una sola palabra. Mientras mi papá le pedía perdón. Yo estaba parada al lado de una de las sillas aterrada. No sabía lo que estaba pasando. Mi abuela me miró se veía rara. Sus ojos parecían dos pozos muy oscuros. No reflejaban ni la luz de la luna. Con severidad me dijo que no me fuera a meter en su camino. Luego volteó a ver a mi papá Él había sacado de algún lugar el machete con el que trabajaba. Sentí que iba a hacer algo malo. Así que le grité que no hiciera nada. Mientras gritaba lloraba pues estaba aterrada. No entendía por qué estaba haciendo eso. Yo sabía que él se había ido. Entendí que no iba a regresar. Tampoco nos trajo comida. Estaba buscando hacer algo malo con mi llanto desperté a los demás. Los pequeños comenzaron a llorar. Laura salió corriendo a ver qué pasaba y se topó con el cuerpo de o. Mi mamá, cerrándole la salida del cuarto, le dijo que se regresara a cuidar a los niños. Luego me dijo que me metiera al cuarto. Iba a hacerlo. Cuando mi papá se abalanzó sobre mí, me jaló del cabello y me sacó de la casa arrastrando. Me arañé las piernas con las piedras. Escuché que mi mamá gritó, pero la única que salió fue mi abuela la vi menos delgada, menos vieja y estaba molesta. Miraba a su hijo sin conocerlo. Era más como algo que alguien mi papá me paró a su lado. Luego me hincó amenazando que iba a hacer algo que no quería. Como pude en medio del llanto, comencé a arañar sus manos. Intenté escapar me enroscaba como serpiente en su mano hasta que logré liberarme y lo mordí para que me liberara y salí corriendo sin saber adónde me metí entre los árboles. No importaba si terminaba en la selva. Ese hombre ya no era mi papá Él intentaba hacerme daño y tenía que escarbara par me adentré en la oscuridad guiada por la luz de la luna llena entre el verdor de las plantas, vi a aquellos seres que vivían alrededor desde hacía a día. Ellos se acercaban lento por donde yo había llegado corriendo. Me detuve a verlos se dirigían a donde estaban gritándose mi papá y mi abuela. Aquellos seres bufaban como gatos, se movían rápido entre la naturaleza. Contrario a mi instinto, Regresé por mis pasos para saber por qué ellos iban en aquella dirección. Intenté ir despacio, siempre ocultándome detrás de algunas hojas troncos y cuanto tuviera enfrente para no ser vista, mi papá estaba llorando. Cuando yo llegué le pedía perdón a la abuela. Aquellos seres parecían estar alrededor de donde ellos discutían. Podía ver un poco sus brillantes ojos entre la oscuridad escondida. Apenas podía ver qué pasaba, pero entendía que peleaban. Mi abuela le decía que tenía que pagar lo que había hecho. Le dijo que ya estaba listo todo. No podría esta vez escapar de su deber. Los seres se revolvían entre la oscuridad y parecían estar disfrutando aquello. Escuché primero el ruido del machete. Luego lo vi claro cuando reflejó la luna. Había intentado darle un golpe a mi abuela. Ella no se había movido. No sé cómo pasó, pero no le dio. A pesar de tenerla tan cerca un rugido, se escuchó tan fuerte que hizo eco por todo el lugar, provocando que los perros cercanos comenzaran a aullar de nuevo. Temblé por dentro y me arrojé a la tierra a llorar. El aroma a hierro se olía muy cerca y fuerte. A lo lejos, mi mamá gritaba mi nombre, pues estaba buscando. Yo no quería moverme algo. Me decía que no tendría que salir o me podían ver mi abuela o la silueta de mi abuela se movió hacia su hijo. Vi que de un manazo tiró el machete y éste cayó cerca de donde yo me escondía. Mi papá lloraba, pero o perdía o perdón. Como jamás he escuchado pedirlo a ninguna persona. Ella se acercó para darle un golpe en la cara. Luego cayó ella al suelo por el susto. Me levanté de donde estaba Mi papá me miró, pero se veía más asustado que yo. Su cara estaba llena de arañazos, Su ropa estaba rasgada, estaba lleno de tierra. Lo vi en peor estado del que lo había visto. Al llegar hace rato. Las lágrimas con mugre corrían por su cara, donde una garra de animal parecía haberle dado de lado al lado del rostro. Me miró fijamente entendiendo que era yo. Luego me dijo con voz quebrada que no quería hacerme daño antes de poder decir alguna cosa más. Aquellos seres extraños salieron de sus escondites, rodearon a mi papá como si fueran un montón de bolas de pelo que, en la luz de la luna parecían ser más oscuros que la misma noche me fui levantando. Poco a poco le contesté a mi mamá, que estaba en ese lugar. Le gritaba con todas mis fuerzas para que pudiera encontrarnos a mí. Mi abuela, que estaba tirada en medio de la tierra, no se veía lastimada, pero me temía que aquellos seres también le hicieran algo. Cuando mi mamá llegó, aquellos seres habían rodeado a mi padre, quien gritaba como si lo estuvieran torturando. Pedía piedad. La luz de la mañana que venía comenzó a hacer más visible lo que pasaba. Así pude ser testigo de como aquellos seres se habían incrustado a él moviéndolo de un lado a otro, arrastrándolo con velocidad hacia la jungla. Sólo quedaron los dedos y el pataleo de él como rayas entre la tierra que conducían a los árboles. Mi mamá llegó a mí y me preguntó si me había hecho algo, pero le dije que no. Aunque extrañamente no lloraba. Sentía que por dentro lo hacía no podía más que pensar en el terror que había sentido ver a mi papá ser llevado por esas cosas al interior de la jungla. Sabía que no iba a volver a verlo, pero no fue así. Primero mi mamá me llevó a ver a mi abuela. Mi mamá la despertó. Ella se veía bien, aunque estaba un poco llena de tierra, se colgó al hombro que le ofreció mi madre y nos fuimos caminando al jacal donde nos esperaba Laura, quien lloraba por no saber qué estaba pasando. La explicación para todos es que mi padre había llegado borracho después de haber escapado de su trabajo tras varios días de haber estado desaparecido, llegó buscando problemas. Mi abuela lo había sacado de la casa. Él había decidido irse y tras aquella pelea, ella se había sentido mal por lo que se desmayó. No hubo más verdad que esa, porque no podíamos explicar lo que pasó aquella visión casi infernal, la forma en que mi abuela parecía a otra persona e incluso la captura de mi padre por aquellas entidades. Al día siguiente, mi padre apareció entre los bananos dijeron que había sido atacado por algún animal. Pa pare cía la or que había intentado escapar, terminando en un lugar que conocía de memoria entre la oscuridad. Desgraciadamente, nadie lo escuchó porque ya no había nadie más trabajando. Ahí lo vi en el funeral listo para irse para siempre. Me alegré de que se fuera, pues desde el día que lo encontraron sin vida, jamás volvimos a sufrir por hambre. Con los años recordé más y más fragmentos de esa noche. Me llené de dudas y me puse a investigar sobre lo que vi Encontré un poco de razón al conocer a una vieja partera que trabajaba en la zona. Ella me dijo que aquello pudieron ser espíritus del bosque, aquellos que guardan la selva poco a poco, todo parecía tener un sentido más siniestro de lo que esperaba mi abuela había cometido un pecado horrible. Aquellos seres protectores sólo pueden reclamar sangre que se les ofrece. Ella había dado a su hijo por el bien de su familia y de la prosperidad. Lo sé porque conocía la bruja de la plantación, una mujer escalofriante que vive en la zona más alta entre los ranchos donde se realizan las grandes plantaciones. Ella vive oculta, esperando a que lleguen a pedir favores. Vive de cumplir terribles deseos, Puede hacer cualquier cosa, porque tiene el poder de la naturaleza y el diablo de su parte. Ella es conocida por todos los ancianos, pues en su momento ellos la expulsaron de la Comunidad por comenzar a desaparecer animales de otras personas. Lo peor fue la desaparición de su propia hija. Se pensaba que ella había sacrificado a la pequeña para obtener el favor del siniestro. No sé bien qué pudo haber pasado, porque jamás iré directamente a contactar a la bruja. Pero después de tantos años pensándolo y ahora que soy abuela, me doy cuenta de lo que pudo haber pasado. Creo que mi abuela pidió un trabajo a la bruja, uno de muerte en el pidió que mi padre fuera sacrificado por el bien de todos nosotros. Ella aceptó con gusto aquella alma y la hizo realizar un ritual prohibido, uno que lleva sangre negra. Por eso, unas noches antes de que los seres vinieran por mi papá ella había llegado cubierta de ese líquido negro. El ritual había salido bien. El pago llegó después y para completarlo tenían que devorar partes del sacrificio tristemente para ese hombre insensible que era mi padre. Todos ganaron. Tras su fin en esta tierra, mi madre consiguió trabajo en otra planta. Mi abuela se hizo cargo de nosotros muchos años hasta su fallecimiento natural. Además, la plantación donde fue encontrado mi padre quedó maldita. Ahí no se pueden ni parar los animales, porque aparecen muertos de forma inexplicable. La gente dice que se puede ver a la bruja rondar el lugar. No se sabe por qué, pero ella está ahí quizás torturando hasta el final de sus días el alma corrupta de un padre desalmado, aunque no se sepa de qué lado está a esa bruja. Muchos le temen otros van a buscar sus favores. Yo le agradezco porque en esta ocasión creo que el mal se usó para hacer un mayor bien. No importa si me condeno ante Dios por pensar esto a estas alturas de mi vida. He entendido que casi nunca las cosas son lo que parecen y estoy bien con eso. Yo sólo quiero seguir con esta vida hasta el final, siempre cuidando de los míos, porque así debería de ser relatos. Escritos y adaptados por Patricia González