Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / El Diablo Vino Por Mi - El Ritual Maldito Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y apol Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más, comenzamos en lo más lejano de la ciudad se podía encontrar un pequeño pueblo fundado hace generaciones. Sus viejas calles empedradas contaban miles historias de hace años y las casas mostraban la antigüedad del pueblo. La iglesia de Piedra, con sus antiguas campanas, era testigo de todas las vidas que habían pasado por ese rincón apartado de la ciudad. Al ser una población pequeña, todos se conocían y vivían en completa armonía entre los habitantes. Estaba rolando un joven de veinticuatro años que compartía una bondad con todo el pueblo, pero también tenía una terquedad que desafiaba todo lo que no le parecía comparía la onda su vida con sus abuelos en una casa de tejas rojas cuyas paredes estaban a nada de derrumbarse. Sin embargo, los ancianos se negaban a dejar esa vivienda que había visto crecer generación tras generación. A pesar de la tranquilidad que se vivía en el pueblo. Una leyenda transformaba la tranquila atmósfera del pueblo, la leyenda del ojo del diablo. Ésta relataba que, en ciertas noches, cuando las nubes grises se encontraban en un punto, formaban un manto sobre el cielo, dejando un solo espacio que quedaba abierto en donde la luna se alineaba de manera particular, creando la apariencia de un ojo malévolo, tal cual como en la famosa pintura El ángel caído, un ojo que observaba desde lo alto buscando a su siguiente víctima, ya que la leyenda contaba que aquella persona que desafiara la prohibición de mirar fijamente durante más de seis minutos hacia el cielo mientras las nubes formaban esa tenebrosa representación estaría destinado a pasar por una maldición por exactamente seis meses para después perecer en un día marcado por el número seis, marcando así su destino por el número de lucifer el seiscientos sesenta y seis. Todos en el pueblo tenían muy presente dicha leyenda. Corrían rumores acerca de víctimas que se habían atrevido a desafiar la veracidad de la historia. También había quienes le tenían demasiado miedo, ya que cuando ocurría el fenómeno en el cielo, bajaban la cabeza al caminar o se encerraban en casa Rolando vivió durante su infancia el miedo a la leyenda. Sus abuelos siempre cubrían su mirada cuando el fenómeno sucedía y le advertían que nunca mirara hacia el cielo cuando las nubes grises se alinearan para formar el ojo del diablo. Sin embargo, él nunca creyó en dicha historia. Pensaba que era un viejo truco para que los pequeños obedecieran a sus padres conforme fue creciendo. Trataba de buscar entre los más viejos y la historia era real. La mayoría de ellos desconocían sin si era real o no. Únicamente decían que no había algún testigo en el pueblo que pudiera desmentir o confirmar la veracidad de aquel relato. Buscando respuestas exactas, preguntó seriamente a sus abuelos. Ambos respondieron, como siempre lo hicieron la historia era cierta. Aquel que se atreviera a desafiar al ojo del diablo pagaría las desgarradoras consecuencias, justo como cuando era niño, le prohibieron mirar hacia el cielo. Cuando esto sucediera, decepcionado por haber fallado en su misión de desmentir la leyenda, fue a su cuarto a tratar de olvidar todo ese asunto. Recostado en su cama, pensaba en que esa historia no podía ser cierta. Su cuarto fue invadido por un aire frío. La ventana apuntaba hacia el cielo del pueblo, el cual lo estaba retando a poner a prueba dicha leyenda. Al ver el cielo despejado, muchas cosas pasaron por su cabeza de manera rápida y finalmente, impulsado por su naturaleza terca y curiosa, decidió desafiar la mirada misteriosa historia para comprobar su veracidad. Al siguiente día fue a la iglesia con sus abuelos casi al anochecer. Al acabar la ceremonia, los dos ancianos se acercaron al padre para saludar. El hombre era muy amigo de la familia. Mientras conversaban Rolando observaba alrededor de la iglesia las figuras, los cuadros y, para su sorpresa, en el lugar había varias fotos del pueblo que mostraban su historia a través de los años. Se acercó para poder observarlas. Estas parecían normales y mostraban los lugares más emblemáticos del pueblo, pero encontró una pequeña particularidad en ella. En algunas fotos las personas aparecían con la mirada hacia abajo. Se le hizo demasiado extraño ver eso en aquellas fotos antiguas, por lo que fue con el padre a preguntar acerca de aquel extraño comportamiento. El padre miró fijamente las fotos y respondió que seguramente esas fotos fueron tomadas cuando el ojo del diablo se comenzaba a formar en el cielo incrédulo de ner la onó al padre sobre la gran mentira que aterraba a todo el pueblo. El hombre insistió que no era una mentira y toda la historia era real. Rolando aferrado a tener la razón, preguntó porque no había pruebas de alguien que haya desafiado a la leyenda. El padre respondió que hace mucho tiempo hubo un hombre que se atrevió a hacerlo, pero misteriosamente desapareció sin dejar rastro alguno. Ese argumento le bastó para comprobar que toda su vida había sido engañado con una leyenda falsa y enfrente del padre, de sus abuelos y de la figura de Dios, juró que iba a demostrarle a todo el pueblo que siempre había estado viviendo bajo una gran mentira. Las tres personas presentes trataron de convencerlo, pero no tuvieron éxito. Salió bastante enojado y convencido de lo que tenía que hacer. La noche había caído una noche de luna llena y aire frío. Las personas regresaban a casa de su trabajo. Los negocios cerraban la calle, pasa a la a la rda ser solitaria. Rolando caminaba sin rumbo hasta que se encontró solo en el parque del pueblo. Las campanas sonaban anunciando que la medianoche estaba por llegar. Mientras se encontraba, sólo sentía una extraña presencia a su alrededor, sentía una mirada penetrante, pero por más que buscaba a alguien. No había nadie más tratando de encontrar quién lo acompañaba. Miró hacia el cielo. El fenómeno estaba ocurriendo. Las nubes comenzaban a acomodarse lentamente, dejando al descubierto ese espacio único donde la luna, en su posición peculiar formaría el ojo maldito. El ambiente se volvía cada vez más denso y pesado, como si el mismo diablo estuviera a punto de escoger a su víctima. Después de mucho tiempo, misteriosamente, varios habitantes comenzaron a llegar para presenciar el acontecimiento. Sin bajar la cabeza del cielo. Sentía la mirada de las personas juzgando sus actos y murmurando acerca de lo que estaban viendo. Las nubes estaban en posición. La luna lentamente se acercaba al punto rolando, derramaba sudor frío por toda su cara, pensando en que podría pasar, pero no bajaba la mirada. Finalmente se formó el tan cuestionable ojo del diablo. A pesar del ambiente tan tenso, el no quitó la mirada del cielo sentía la presión en el aire. Parecía que una fuerza invisible se manifestaba sobre él. Los minutos pasaban y dentro de su mente podía escuchar la cuenta regresiva. Para marcar el tiempo exacto que se supone tenía que estar viendo fijamente. Al llegar al límite de los seis minutos, el cielo rugió junto con repentinos, relámpagos y truenos que no duraron mucho tiempo. Al parecer, el diablo estaba respondiendo el desafío del joven incrédulo. En ese momento, Rolando apartó la mirada del ojo del diablo para encontrarse con los ojos llenos de temor de los habitantes del pueblo, quienes lo miraban de manera aterrada. Llenos de temor y superstición. Comenzó a caminar de regreso a casa. Cruzaba entre los habitantes, mientras decía que la leyenda siempre había sido falsa y se burlaba de todos aquellos que la habían tomado como verdadera. Mientras caminaba por las oscuras calles del pueblo, pensaba en todo lo que había sucedido hace algunos momentos, pero él se sentía orgulloso y realizado de haber cumplido su objetivo. Llegó a casa. Al entrar a la sala, sus dos abuelos lo estaban esperando. Sentados en el sillón con una mirada de decepción y miedo. Pidieron una explicación de lo que había hecho rolando. No le extrañó que ellos ya supieran lo sucedido, ya que las noticias corrían rápido en el lugar. Intentó justificarse, pero era en vano. Los dos ancianos eran fieles creyentes de aquella leyenda. Las palabras pasaron a hacer gritos. El hombre empezó a juzgar la terquedad de su nieto, no sólo de esta ocasión, sino de toda la vida. La mujer, por su parte, preguntaba con lágrimas en los ojos cuál había sido el error que cometieron para que actuara tan egoístamente. Rolando enojado, terminó la discusión echando en cara que ellos no eran sus padres para juzgarlo un silencio profundo invadió la sala. Ellos jamás esperaban que su nieto tuviera esa respuesta. El joven se dio cuenta de sus palabras y pidió una disculpa y se fue a su cuarto. La noche había sido muy pesada. Inmediatamente de que se recostó en su cama quedó completamente dormido. Todo transcurría con normalidad. Su Mente creaba en los sueños un escenario armonioso. La familia desayunando felizmente riendo y compartiendo la alegría del hogar. Sin embargo, ese sueño no tardaría en convertirse en una pesadilla. En aquella ilusión, la abuela le pediría que trajera el postre de la cocina. Él se levantaba, comenzaba a buscar dentro del cuarto alguna señal de aquel alimento, pero no lograba encontrar nada De regreso a la sala. Se encontraba con una cuarta persona sentada en la mesa que l n n n n n n. La nada más y nada menos que de el diablo, un cuerpo totalmente negro, con una cabeza larga, ojos rojos que resaltaban su maldad y una boca larga manchada de sangre. Este ser observaba fijamente al chico mientras se levantaba de la mesa y comenzaba a hacer de las suyas. Lentamente se acercaba, comenzaba a tirar las figuras de porcelana de la abuela fotos familiares. Movía sus manos largas y llenas de pelo, haciendo que las luces parpadearan sin control. Una risa malévola se hizo presente y sombras comenzaron a emerger del suelo para correr por toda la casa. Sin poder reaccionar. Veía a sus abuelos, quienes miraban asombrados lo que estaba sucediendo. El diablo se daba cuenta de cómo veía a los ancianos y una sonrisa demoníaca salía de su cara e inmediatamente se lanzaba hacia ellos, acabando con su vida lentamente. La pesadilla llegaría a su fin con una promesa de lo siguientes de eventos. Tú serás el responsable. Rolando por fin, despertó lleno de Sudor con olor a azufre. La ventana estaba abierta y un aire frío entraba al cuarto. Con las piernas temblorosas y miedo se levantó a cerrarla. Al momento de cerrar, notó una sombra esconderse en una pared de la calle rápido, cerró la ventana y decidió dormir en la sala. Recostado en el sillón, no podía evitar pensar en aquella pesadilla que había tenido. Pensó en que tal vez la leyenda era cierta y había sellado su destino. Sin embargo, su mente terca no dejó que pensara eso y lo atribuyó a todo lo que pasó durante el día. Al Amanecer Fue despertado por su abuela, quien preguntaba por qué estaba durmiendo en el sillón rolando. Sólo la abrazó y volvió a pedir disculpas por sus palabras de la noche anterior. La anciana aceptó las disculpas y aseguró que su abuelo también las aceptaría. Afortunadamente, así fue y todo regresó a la normalidad. En esa familia. Actuaban como si nada hubiera pasado pasaban poco a poco los días. Cada que salía de casa a la gente del pueblo lo veía con temor, algunos apiadándose de él. Sin embargo, no tomaba en cuenta todo ese comportamiento. Aún se aferraba a la idea de que la leyenda era falsa, a pesar de la pesadilla que había tenido aquella noche. Las primeras semanas transcurrieron en completa normalidad y a consecuencia, comenzaba a sentirse victorioso frente a la historia del pueblo y al mismo tiempo se los echaba en cara a todos los habitantes. Pero con el paso de los días, la realidad tomó un rumbo totalmente diferente. Extraños sucesos comenzaron a suceder en las noches. Las sombras se podían hacer notar en los rincones oscuros de la casa. Miradas invisibles penetraban con fuerza rolando pasos alrededor de él mientras dormía, Hacían que despertara del sueño y no volviera a dormir en la madura como si el tiempo pasara volando dio fin el primer mes. Durante el segundo mes las manifestaciones se intensificaron. Esta vez objetos de la casa caían misteriosamente. Alguien los tiraba, objetos como figuras de porcelana antiguas de su abuela, discos de música de su abuelo, fotos de la familia. Rolando se negaba a creer que todo eso era consecuencia de sus actos. Sin embargo, al llegar el tercer mes, comenzó a poner en duda su incredulidad. Una noche, al llegar a casa durante el tercer mes, pudo ver en medio de la oscuridad, una sombra que misteriosamente se posaba frente a la foto más importante de Rolando, una foto en donde se encontraban los dos abuelos y el nieto felizmente juntos. Esta sombra haría que la foto cayera al suelo, quebrándose inmediatamente corrió hacia la sombra, pero ésta desapareció antes de que él la alcanzara. Los fenómenos aumentaron las luces parpadeaban de forma misteriosa y con extraños patrones. Las sombras ya no sólo se manifestaban alrededor de Rolando. Éstas comenzaban a molestar a los abuelos, quienes decían que se sentían observados durante todo el día y noche. Comenzaba a nacer un sentimiento de culpa sobre el joven. El miedo, poco a poco nacía dentro de él. Llegado el cuarto mes todo empeoraba dentro de su vida. Las sombras lograron adentrarse en sus sueños, convirtiéndose en pesadillas en donde se encontraba en un hoyo profundo, en completa oscuridad y muchas sombras arriba riéndose de él. Despertaba de estas pesadillas, empapado de sudor y con susurros dentro de la habitación, pronunciando palabras incomprensibles. Una mañana, las palabras de sus abuelos lo dejaron helado. Ellos dijeron que tenían pesadillas en donde eran devorados por una bestia. Pasados unos cuantos días, su salud empezó a deteriorarse rápidamente, como si una fuerza extraña se alimentara de su vitalidad. A los ancianos se les notaba un cansancio y un semblante moribundo rolando impotente ante la creciente tragedia, se debatía entre la desesperación y la negación de la realidad sobrenatural que se desarrollaba a su alrededor. Llegaba el quinto mes. En este punto, el temía por la llegada del sexto mes la salud de sus abuelos no mejoraba. En cambio, empeoraba cada día. Ambos tenían problemas para respirar. Por las noches. Comentaban que sombras, los acechaban, sentían que los golpeaban en el estómago y escupían sangre. Los medicamentos no ayudaban en lo absoluto. Los doctores no encontraban ni explicación ni la cura para dicho padecimiento. Una noche ocurrió lo inevitable. Mientras rolando dormía, escuchó quejidos de sus abuelos, al mismo tiempo que pedían ayuda rápidamente se levantó de la cama para encontrarse con una escena desgarradora. Sus abuelos parecían poseídos por el mismo día, ya que sus cuerpos brincaban descontroladamente, gritaban con dolor y se encontraban empapados de sudor de repente una voz de extraño origen culpaba a rolando diciendo el deceso de estas dos almas es consecuencia de la terquedad dentro de tu ser. Después de estas crudas palabras, todo se detuvo. El ambiente se tornó tranquilo. Los abuelos regresaban en sí derramando lágrimas con sufrimiento y pronunciaban sus últimas palabras, preguntando a su nieto porque había desafiado al ojo del diablo con un nudo en la garganta. No pudo decir nada. Se quedó inmóvil hasta que los ancianos dieron un suspiro final. El silencio se apoderó de la casa y los cuerpos de las personas que cuidaron y protegieron arrolando por años yacían sin vida en su cama a consecuencia del ojo del diablo. Esas muertes fueron la gota que derramó el vaso para que finalmente creyera en el temor que acechaba al pueblo. Rolando tuvo que seguir con ns su vida mientras pasaban los primeros días del sexto mes sólo en casa. Curiosamente, las sombras y las manifestaciones se detuvieron por un momento para que así él sufriera aún más. La soledad que lo acechaba sentía en cada rincón de la casa la ausencia de sus abuelos. Buscaba maneras de aliviar sus penas, pero ninguna le ayudaba hasta que recordó que cuando su abuela tenía problemas, su alivio era la iglesia. Decidió ir a la mañana siguiente a primera hora a pedir ayuda. Al de más arriba. Se recostó a dormir y en sus sueños revivió cada minuto que pasó desde aquel momento en que se encontró mirando al ojo del diablo. Una vez más, sus sueños fueron interrumpidos por una fuerza sobrenatural, una risa malévola resonaba en su cabeza. De repente se encontraba en el parque, donde todo comenzó, sólo que éste estaba completamente a oscuras. A lo lejos veía a alguien rascar con todas sus fuerzas el cemento del piso. Lentamente se la de runs se acercaba hasta que esta desconocida entidad se percató de su presencia y desapareció, pero dejó proyectado el destino de rolando. El número del diablo tres seis, pero los dos primeros estaban tachados. Las sombras comenzaron a salir y a rodearlo. Cada vez se hacían más grandes y el inmóvil pedía auxilio en el cielo. El ojo del diablo salía y lo veía fijamente con una mirada retadora. Se encontraba en lo más hondo sin poder escapar y nadie que lo ayudara despertó de aquella pesadilla. Y el cuarto estaba a oscuras, pues se había quedado totalmente dormido por muchas horas, tanto que la noche del día siguiente había caído. Miró su reloj y no sólo miró que ya era tarde, sino que también notó que el día seis del mes seis había llegado. Sin embargo, estaba a tiempo de asistir a la iglesia, por lo que rápidamente se levantó de su cama. Se limpió todo el sudor, se cambió de ropa y salió de la casa hacia la Iglesia. Las manecillas del reloj marcaban la hora del cierre de la capilla. El campanario sonaba con un tono sombrío cuando Rolando empujó las pesadas puertas de madera y entró en la Iglesia. A pesar de la quietud del exterior, el interior parecía respirar con una presencia antigua y mística. La luz filtrada por las vidrieras creaba sombras como si estuviera llena de gente. La iglesia se arrodilló en el banco más cercano, cerrando los ojos y buscando respuestas. En sus rezos comenzó a hablar con la deidad mayor. Sus palabras se escuchaban como susurros, pidiendo compasión y perdón por sus actos que habían traído desgracias a toda su vida. Sus peticiones eran desesperadas. Imploraban ayuda y pronta solución. Sin embargo, no sentía respuestas solamente palabras vacías, saliendo de su pecho con la cabeza agachada y derramando lágrimas de arrepentimiento. Una presencia oscura salía lentamente del rincón más oscuro del lugar sagrado la la la tener la temperatura del ambiente subía un calor exagerado se sentía. Las últimas velas parpadeaban con una luz inestable, un murmullo con voz grave llenó de eco en toda la iglesia. Era el ser de abajo cara larga, ojos completamente rojos y la boca llena de sangre justo como en su primera pesadilla, el ser miraba con desprecio a Rolando, quien sobresaltado, retrocedía hacia la salida, pero no lograba apartar la mirada de sus ojos llenos de maldad Rolando. Rolando susurró con una risa macabra. Crees que puedes desafiar al mismísimo diablo y salir ileso tu incredulidad ha abierto las puertas a mi dominio y ahora eres prisionero de tu propia audacia. Las oraciones no habían arreglado la situación. El destino del joven estaba sellado. Las campanas comenzaron a replicar con gran fuerza, reventando los oídos del joven. Aunado de la risa macabra que poco a poco aumentaba, intentó abrir las puertas para salir, pero no tuvo éxito. Al momento de tomar la manija se encontraba exageradamente caliente. No tenía salida, pues estaba condenado lentamente. El diablo se acercaba rolando, gritaba y golpeaba la puerta suplicando ayuda. La bestia se encontraba frente a él. Tapó su boca y con sus garras rayo en la puerta tres seis y los tres los tachó. Finalmente, el padre entró a la iglesia, pero ya no había rastro del joven por ningún lado, Únicamente los números que habían marcado su condena desaparecer. El sexto día del sexto mes por mirar el ojo del diablo, la vida de Ana transcurría con calma dentro de la gran ciudad. Trabajaba en una oficina sumergida en un mar de papeleo, reportes y reuniones donde los días pasaban volando. Aparentemente todo transcurría con normalidad, pero ella no podía dejar de pensar en la difícil la situación de la or empresa, ya que recientemente había estado pasando por malos meses. Las ventas bajaban y no había dinero para pagar a los empleados, por lo que una ola de despidos se dejaba ir cada semana. Ella temía por su empleo. Sin embargo, trataba de dar el máximo para que no fuera la siguiente víctima de la ola de despidos. Una noche, mientras conducía sobre la autopista camino a casa, experimentó una sensación extraña en el pecho, un dolor sutil pero persistente. Ella sabía que ese dolor no era normal. Sentía que era debido al estrés acompañado del dolor, una inquietud de que algo malo estaba pasando la acompañó durante su camino de vuelta a casa. Cuando llegó a casa, la sensación aún estaba dentro de ella. Incluso mientras dormía, sentía la sensación de inquietud. Finalmente, a altas horas de la madrugada, logró conciliar el sueño. Al día siguiente en la oficina, justo cuando realizaba uno de los tantos reportes, su normalidad fue interrumpida por una llamada telefónica, aún lidiando con la sensación de inquietud en su pecho, contestó la voz. Al otro lado le entregó la noticia devastadora. Sus abuelos habían fallecido durante la noche. Un nudo se formó en su garganta. Mientras intentaba procesar la verdad que acababa de escuchar sin pensarlo dos veces corrió a la oficina de su jefe para solicitar permiso para asistir al funeral y ceremonia en memoria de sus abuelos. Sin embargo, las circunstancias no estuvieron a su favor. El jefe negó la petición. Al parecer, se encontraba estresado por tanta atensión de la empresa y los reportes que ana tenía que realizar eran de carácter urgente. Se encontraba atrapada, pero la determinación de despedirse de sus abuelos fue más grande. Tomó la decisión de salir del edificio sin mirar atrás, consciente de que esa acción podría costarle su empleo. Aún así, el anhelo de estar presente en aquel momento crucial superó cualquier preocupación profesional. Subió a su coche y se puso en marcha hacia un viaje por la carretera que la llevaría de regreso al lugar donde vivían sus abuelos. La ciudad se desvanecía en el espejo retrovisor, mientras la carretera se extendía ante ella con cada kilómetro que avanzaba. La sensación de pérdida por sus abuelos y la incertidumbre del futuro de su trabajo se mezclaban formando un pesar palpable en su corazón. Durante el trayecto Ana en lágrimas comenzó a recordar todo lo vivido con sus abuelos durante su niñez. En el pueblo alejado de la ciudad, los colores del atardecer pintaban los campos de tonos dorados. En aquellos campos se encontraba la gran casa de la pareja de ancianos que habían construido a base de mucho trabajo acompañado de amor. Junto a la casa se encontraba un terreno. Ese pedazo de tierra había sido su santuario de juegos, risas y descubrimientos eran eran un lugar donde cada rincón estaba impregnado de la esencia de su infancia. Ahí pasaba los días con su abuela, una mujer amable, con manos siempre manchadas de tierra, que le enseñó a cuidar de las plantas y a apreciar la magia que la naturaleza ofrecía en esta flor. A ella se sumergía creando mundos imaginarios en los que las mariposas eran hadas y los árboles eran castillos. Siempre ayudaba a su abuela en las tareas diarias del cultivo, aprendiendo a plantar semillas con paciencia cada que el sol se ocultaba. Durante las tardes, observaba a su abuelo quien realizaba un ritual peculiar. Justo antes de que la oscuridad se hiciera presente. Tomaba un palo alto y delgado que clavaba en la tierra con fuerza. En la punta colocaba un vaso que dentro contenía una vela que estaba rodeada de dientes de ajo. El anciano murmuraba palabras que se perdían en el viento y con cuidado encendía la vela ana sentada a lo lejos. Todas las noches observaba la escena con curiosidad. Infantil preguntaba a su abuelo sobre el propósito de aquel ritual. Él le contaba historias de antiguas creencias de su familia. Decían que el vaso con vela y ajos protegía la cosecha de plagas que amenazaban con arruinar la tierra junto con sus cosechas. Aunque no comprendía con exactitud aquel ritual. Continuaba con su vida de niña. Durante las noches observaba a través de la ventana como la vela iluminaba el terreno. Después de algunas horas de camino llegó al pueblo. Las calles eran espejo de todos los años que habían pasado encima del lugar, no tardó en encontrar la iglesia donde la ceremonia se llevaría a cabo, ya que de pequeña, sus abuelos y ella siempre asistían a esa iglesia. Al entrar a lo lejos, justo debajo de los escalones se encontraban los ataúdes de la pareja. Lentamente se acercó a ellas y no pudo evitar soltar en llanto. La familia la abrazó para consolarla. Sin embargo, no lograban controlar su sufrimiento. Al terminar la misa ana, junto con la familia, se dirigieron a la gran casa, llegando se encontró con la estructura envejecida y cubierta por el polvo del tiempo. El crujir de las tablas del suelo sonaban con intensidad. Al asomarse por la ventana, lograba ver las flores que una vez florecieron con esplendor, ahora estaban marchitas. Un sentimiento de melancolía se apoderó de ella. Mientras recorría cada una de las habitaciones, donde cada objeto la llevaba a su niñez, acompañada de sus abuelos, No encontraba explicación alguna por la cual la casa había sido descuidada. La familia dijo que hace unos meses ambos comenzaron a enfermar. Primero comenzó el hombre, quien perdía la memoria. Poco a poco. Se le olvidaba todo, incluso de cuidar el terreno y hacer el ritual. Seguidamente, su esposa también desarrollaría una grave enfermedad. De ese modo vivía el matrimonio hasta hace dos noches cuando dejaron este mundo, pero aún no sabían exactamente cómo es que había sucedido. Probablemente sería un secreto que se llevarían con ellos. La hija mayor le dio la noticia de que la gran casa ahora le pertenecía sus abuelos desde hace años lo habían acordado, pero hasta que ellos fallecieran, Ana se enteraría al recibir dicha noticia sólo una cosa se le vino a la mente honrar el legado de sus difuntos abuelos. Tomó la decisión de restaurar la casa y revitalizar el terreno. A la mañana siguiente regresó a la ciudad solamente para traer todas sus pertenencias y renunciar a su trabajo. Dejaría ese estrés en la empresa. Ahora tenía un nuevo propósito restaurar, lo que un día la llenó de felicidad mientras empacaba todo lo necesario para mudarse a su nueva casa. Un silbido peculiar se escuchó fuera de la casa, tan peculiar que le enchinó la piel a Ana, quien quedó extrañada por su reacción. Se asomó para encontrar de donde provenía dicho sonido, pero no había nada alrededor. Continuó guardando sus cosas. Pensaba en todo lo que tendría que arreglar, pero toda esa idea le emocionaba. Pasó los primeros días limpiando, reparando y devolviendo vida a cada rincón de la antigua casa. Cada esfuerzo que hacía estaba repleto de amor y conexión que sentía hacia aquel lugar que, aunque envejecido, seguía siendo un refugio lleno de cariño para ella con mucho cuidado, limpiaba las figuras de porcelana de su abuela, pintaba con barniz los preciados muebles de su abuelo, con música que los dos viejos disfrutaban todos los días. Ella acompañaba su jornada de limpieza. Una tarde limpió el último mueble por más difícil que fuera de creer la gran casa había recuperado su brillo, aquel brillo que daba cuando era niña, pero no todo estaba listo. Aún le faltaba algo que hacer restaurar el terreno en donde ella jugaba. Ahora se sumergió en la tarea de cultivar flores y plantar semillas. Con la misma paciencia que le enseñó su abuela. Mientras lo hacía recordaba las lecciones sobre la importancia de respetar la naturaleza y la conexión única que se establecía al tratarlas con amor. Esta tarea no le tomó muchos días. Las primeras semillas habían sido plantadas. Además, los colores de las flores que había ido a comprar le daban alegría a la casa. Pareciera que sus abuelos nunca habían dejado esa casa. A pesar de honrar la memoria de su abuela a través de la jardinería a ana se le olvidó por completo el ritual que su abuelo realizaba cada tarde. Mientras cenaba dentro de la recién restaurada casa. Se asomó por la ventana, pero solamente vio oscuridad al mirar fijamente las pequeñas flores, unos árboles viejos que estaban a lo lejos parecían formas humanas un tanto extrañas. En ese momento recordó que aún faltaba la vela para proteger su futura cosecha de las plagas. Pensó en que por este día no pasaría nada. Mañana, al atardecer, comenzaría con el ritual para cuidar de sus plantas en la madrugada, mientras dormía un aire frío comenzó a entrar por debajo de la puerta. Ella se levantó para tapar esa ventilación. Cuando se agachó para hacerlo, comenzó a escuchar pasos afuera de la casa. Como si alguien la estuviera rodeando algo preocupada. Sigilosamente, salió del cuarto para asomarse por las ventanas para averiguar quién estaba ahí, pero no encontraba a nadie. Miró hacia el terreno, pero debido a la completa oscuridad era imposible distinguir a alguna persona. Solamente podía ver las plantas siendo golpeadas por el aire. Fijaba la mirada y sólo podía notar una sombra caminar entre ellas. Fue en ese momento que recordó que su abuelo siempre guardaba lámparas en la cocina, por lo que fue a buscar y afortunadamente encontró una. Regresó a la ventana. Al abrirla el aire frío golpeó su cara b s bus nr cuando la sombra apuntaba la lámpara, pero sólo encontraba árboles con siluetas de personas. Al no encontrar nada, apagó la lámpara pensando que todo había sido producto de su imaginación, justo cuando estaba cerrando la ventana, el mismo silbido que había escuchado unos días antes mientras empacaba sus cosas, justo como esa vez, la piel se le enchinó rápidamente. Encendió la lámpara y volvió a asomarse. Se encontró con una sombra difícil de distinguir, pero que al momento de sentir la luz encima desapareció. Ana sintió un escalofrío al ver dicha sombra, por lo que regresó de inmediato a su cuarto. Cerró la puerta con seguro. Cuando se acostó, comenzó a pensar que había sido lo que vio. Ella no recordaba haber pasado por algo así. Cuando era niña, dejó esa idea en el olvido para volver a quedarse dormida. Llegó la luz del siguiente día ana aún con sueño se levantó para salir al terreno a encontrar una explicación lógica para el suceso de la madrugada, pero no había ningún indicio de que una persona hubiera estado ahí, ya que no había rastros de pies o plantas maltratadas. Todo estaba en completo orden. Estando justo en medio del terreno, se quedó viendo fijamente a su alrededor. Se le reveló la escena de cuando era niña y acompañaba a sus abuelos. En ese momento recordó que tenía que proteger las plantas de las plagas y corrió al mercado más cercano para conseguir lo necesario. Entró a la tienda, en donde sus abuelos solían comprar todo lo necesario para la casa. Además, eran muy amigos del dueño. Inmediatamente, el dueño reconoció a Ana salió para darle un abrazo de bienvenida y, al mismo tiempo lamentar la muerte de sus abuelos. El hombre preguntó qué tiempo pensaba estar por estos rumbos. Ella respondió que pensaba quedarse aquí unos meses o incluso años. La respuesta fue recibida con una sonrisa de s parte del hombre. Seguidamente, comenzó a pedir todo lo que necesitaría el hombre rápido supo, para que usaría esas cosas. Le preguntó si estaba segura de hacer el ritual. A Ana le extrañó la pregunta. Ella sólo lo haría para proteger las plantas de las plagas. Él entendió que probablemente la nieta nunca supo la verdadera razón de ese ritual. Entonces se negó a darle los materiales y le recomendó que no lo hiciera, o todo podría perderse para siempre. Aquellas palabras asustaron a Ana e hicieron que regresara a casa sin entender nada en lo absoluto. Lo único que sí le quedó claro fue que no debía realizar el ritual del abuelo caída la noche ana tenía miedo de que se repitieran los sucesos. Al parecer, atrajo la mala vibra, ya que durante la madrugada los pasos se volvieron a hacer presentes, pero esta vez con más intensidad. El silbido de igual manera se escuchaba con gran fuerza. Nuevamente p Ría salió a asomarse por la ventana, alumbró con la lámpara, pero no había nadie. Aún así, la vibra de una segunda persona se sentía por toda la casa. De repente, los pasos se escucharon en el cuarto de los abuelos. Sin dudarlo fue investigar caminando lentamente tomó la manija de la puerta. No logró abrir la puerta, ya que el silbido se manifestó a unos cuantos metros de ella. Al buscar de donde provenía el sonido, comenzó a buscar por todos los cuartos. Todo estaba en orden. Nada extraño. Así fue otra noche con manifestaciones extrañas. A partir de esa noche, las manifestaciones se hacían presentes en la casa y en el terreno. El silbido se escuchaba, a veces muy despacio y otras veces muy fuerte. Sombras se podían ver esconderse en los árboles. Las noches se volvían difíciles de pasar. Para Ana, quien saltaba de la cama cada que escuchaba ese silbido un día desesperada por entender lo que sucedía, buscó respuestas con su familia. Visitó a la hija mayor, ya que ella era la última que había estado cerca de sus abuelos antes de que fallecieran. La mujer, al escuchar las declaraciones de Ana con la cabeza agachada, le reveló la verdad. Cuando la enfermedad del abuelo avanzaba a él, se le olvidaban cosas importantes, entre ellas el ritual que todos los días hacía. Ese ritual no era sólo para proteger la cosecha, sino para ahuyentar a un espíritu que clamaba el terreno como suyo. La sombra con su silbido era el espíritu de alguien que una vez tuvo vínculos con la tierra, pero cuya conexión se rompió de manera desgarradora. Hace muchos años, el abuelo, en un esfuerzo por proteger a la familia, había encontrado la barrera espiritual que mantenía a distancia a ese ente desconocido. La hija respaldó la historia diciendo que su papá le contó dicha historia cuando ella era una niña, por por lo que uar cuando creció, no dudó en dejar esa casa inmediatamente. Agregó que, a partir de que el abuelo dejó realizar dicho ritual, la barrera se había roto y comenzó a hacer de las suyas. Incluso pensaban que de alguna manera ese espíritu tenía relación con la muerte de los abuelos. Ana en lágrimas reclamó porque nunca le habían contado todo eso aún sabiendo que ella iría a vivir a esa casa. La mujer se justificó diciendo que no creían que ella pensaría vivir ahí, Creían que vendería la casa u otra cosa. Enojada por los secretos que le ocultaron, salió de la casa para dirigirse a la de sus abuelos. Mientras regresaba a casa, analizaba toda su vida y entendía el Por qué, cuando era niña, el abuelo no dejaba de hacer el ritual ni un solo día, con el conocimiento recién adquirido sobre la conexión espiritual con la tierra y con el propósito de mantener a salvo la casa de sus abuelos, se enfrentaba a la difícil decisión de volver a crear la barrera que había mantenido. Alejado al espíritu de la casa. Sentía que la única manera de alejar al ente era haciendo el ritual que su abuelo hacía el ritual que alguna vez pareció una tradición sin sentido. Ahora había cobrado un significado profundo. Entró a la primera tienda que encontró, ya que sabía que al ir a la tienda del amigo de sus abuelos se negaría nuevamente a venderle los materiales. El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte con rapidez ana se dirigió al terreno con una vela en mano y un vaso lleno de ajos. Con cada paso, la oscuridad se cerraba a su alrededor y el aire frío se hacía sentir. Al llegar al centro del terreno, colocó la vela en el suelo, rodeándola con ajos, como había visto hacer a su abuelo tantas veces. Mientras encendía la vela, el silbido comenzó a escucharse. Se escuchaba lejos, pero cada vez se oía más fuerte. A ella no le importó y continuó con su ritual. Sólo había un único detalle. No conocía las palabras que tenía que decir para que la barrera se creara. Entonces sólo comenzó a rezar, pedir para que las malas vibras se fueran y a maldecir al espíritu. El sol se metía poco a poco y el silbido perdía fuerza hasta irse totalmente justo. Cuando la noche hizo presencia. Ana estaba en medio de la oscuridad, siendo alumbrada por la vela que tenía una luz fija. El silbido se había ido. Ella creía que finalmente todo se había acabado y la paz había regresado a su vida. El silencio de la atmósfera, la llenó de alegría sentía aún una presencia, pero esta vez pensaba que eran sus abuelos, agradeciendo que haya restaurado aquel hogar lleno de amor. Durante altas horas de la noche, la mujer se disponía a dormir, satisfecha por haber ahuyentado al espíritu que deambulaba en su hogar. Tranquilamente se acostó en la cama, cerró los ojos para que l quedarse dormida. Sin embargo, el sueño no le duraría mucho, ya que en la madrugada los pasos regresaron. Ana abrió los ojos inmediatamente y dichas pisadas se escuchaban en toda la casa con mucha más intensidad. Ella, bajo su almohada, pensaba en cómo podía estar pasando eso si el ritual para volver a alzar la barrera estaba hecho. Las pisadas llegaron a la puerta de su cuarto, donde se detuvieron y la puerta comenzó a tratar de ser abierta. Afortunadamente, ella, desde la primera noche ponía seguro a su puerta. Al no poder ser abierta la puerta, el espíritu desapareció. Unos minutos de tranquilidad se hicieron presentes en el lugar. El silencio invadió su cuarto, acompañado de una mala vibra. El silbido llegó al cuarto, impregnándose en los oídos de ana. Ella supo que, en lugar de ahuyentar al espíritu, había hecho crecer su presencia en la casa. No dudó en tomar la decisión de abandonar ese lugar por su propia seguridad rápido. Se cambió de ropa y salió de la casa, a pesar de que el silbido se seguía escuchando a su alrededor. Sólo pensaba en dejar ese lugar de inmediato. Al momento de salir, notó algo en el terreno, algo que la dejaría helada. En medio del terreno estaban sus abuelos llamando a Ana. Ellos tenían la misma apariencia que cuando ella era apenas una niña. La llamaban para abrazarla. Ella ignorando la situación del espíritu, y corrió hacia donde supuestamente estaban. Al momento de casi llegar, los dos ancianos cambiaron de una actitud positiva a una de maldad. Los ancianos la veían con odio y sus rostros comenzaron a deformarse. Ana al ir con velocidad, no logró detenerse al ver cómo sus abuelos habían cambiado. De repente tropezó con una piedra, la cual hizo que cayera sobre la vela que supuestamente evitaría que el espíritu hiciera presencia en el terreno. En un abrir y cerrar de ojos, las llamas se desataron devorando todo a su paso el fuego, la alimentado por la ira del espíritu que reclamaba el terreno mientras emitía el terrorífico silbido se extendía con rapidez despiadada la casa de los abuelos. Los campos florecidos y los recuerdos de la infancia ardieron en un infernal resplandor. Lo último que Ana vio era como todos sus recuerdos de una vida feliz se convertían en cenizas, mientras ella era también consumida por las llamas y el silbido de aquel espíritu semezclo con los gritos de horror de Ana, quien perdió la vida. Relatos escritos y adaptados por Andrea Lezama