Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / Jugué A La Ouija Y Desaté Una Maldición Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Mi nombre es Omar y tengo veintidós años vivo en el Estado de Hidalgo y contaré mi historia como un recordatorio de que no es bueno jugar con objetos malditos, porque puedes llevarte una horrible sorpresa. Hace tres años conocí a Sara. Ella entró a mi universidad cuando yo ya llevaba un año. Ahí no estábamos en la misma carrera ni en el mismo año, pero la veía entre clases. Era la persona más linda que había conocido desde que la vi me dejó flechado y desde ese momento supe que quería conocerla más. Pasaron como tres meses en los que estaba indeciso si hablarle o no tenía miedo a ser rechazado o a que ella se portara grosera conmigo y que el gusto se fuera en segundos. Pero mi amigo Manuel me convenció de intentarlo. Me dijo que sólo debía luchar por un sí, pues uno no ya lo tenía, así que lo hice me acerqué. Una tarde, mientras ella estaba a punto de irse de la universidad y le pregunté su nombre, se portó muy amable y le dije que un día de esos deberíamos platicar más. Ella aceptó con una sonrisa y yo me sentí el hombre más feliz del mundo. Y así comenzó nuestra historia. Nos fuimos conociendo durante unos cuatro meses. Salíamos platicábamos, nos íbamos juntos después de la escuela y yo la pasaba a dejar a su casa hasta que decidí pedirle que fuera mi novia. Ella aceptó y mi vida era color de rosa y así fue por mucho tiempo. Bueno para ser exactos dos años. Siento que todo pasa por una razón y yo sé que ella llegó a mi vida para darme un rato de felicidad. Y digo un rato porque, lamentablemente, mi mundo se desmoronó Cuando recibí una llamada trágica. Recuerdo muy bien que era de noche y ya estaba dormido cuando sonó el teléfono. Era el hermano de Sara quien me dio una de las peores noticias de mi vida, algo que me destrozó el alma y el corazón por completo. Me dijo que mi novia había muerto en un trágico accidente de automóvil cuando iba en un taxi hacia su casa. Fue una noticia muy triste para mí, porque quería demasiado a Sara y habíamos pasado momentos increíbles en ese tiempo, La noticia de su muerte me sumió en un abismo de dolor del que parecía no poder salir. No podía soportar la idea de que nunca volvería a escuchar su risa o ver su sonrisa y sus ojos grandes y negros. El funeral fue muy triste para mí y en el entierro, cuando echaron la primera pala de tierra, me di cuenta de que ya no volvería a ver a mi amada jamás bueno, quizá en otra vida, si es que la alls a veces ese el el único consuelo que nos queda. Fue un proceso muy duro y doloroso. Sentí que la vida se me iba. No quería nada, no quería ir a clases ni comer Salir de mi cama me costaba demasiado. Sus recuerdos se convirtieron en sueños. Sentía que todo era una pesadilla y quería despertar todas las noches cuando cerraba los ojos veía el rostro de Sara sonriendo y sentía que el mundo se me venía abajo. Ni siquiera tuve tiempo de despedirme de ella. No hubo un adiós, sólo un corte en mi vida que no esperaba pasado el tiempo analizaba la situación tratando de encontrar alivio. Incluso mis padres me mandaron a psicólogos, pero nada ayudaba y me di cuenta de que lo que necesitaba era decirle adiós. Me obsesioné con la idea de hablar con ella una última vez de encontrar algún tipo de cierre. Escuché rumores sobre la huija y como podía conectarte con los espíritus. Era una opción, pero tenía tenía miedo. Además, sabía que no era algo bueno. De hecho, de no haber sucedido aquel trágico evento en mi vida, quizá jamás hubiera jugado la huija. Lo pensé mucho. Pasé muchas noches decidiendo que era lo mejor, pero la vida me pesaba y me dolía sin escuchar su voz, sin saber nada de ella. Así que, desesperado por cualquier señal de Sara, compré un tablero de huija en una tienda esotérica de la ciudad. No le dije a nadie. Quería que fuera algo solo mío y además de que sabía que mi familia me juzgaría y claramente me dirían que no lo hiciera. En fin, esa noche, en mi solitario. Cuarto, preparé todo. Primero, me aseguré de que todos en mi casa estuvieran dormidos. Después cerré la puerta con seguro encendí velas, apagué las luces y coloqué el tablero de hija en mi escritorio. Mi corazón latía rápidamente, incluso sentía que se iba a salir de mi pecho. Mientras comenzaba, sólo quería que llegara el momento en que Sara se comunicara conmigo desde el más allá si es que aquel objeto funcionaba. Puse el objeto triangular sobre la tabla y primero pregunté si había alguien ahí, pero no obtuve respuesta. El triángulo se mantuvo en su lugar. No se movió ni un solo milímetro. Después pregunté de nuevo, pero nada. Comencé a estresarme y maldije diciendo que sabía que todo era una farsa con esas cosas que decían de la hija. En el fondo, sabía que no sucedería nada, pero en cuanto dije la última palabra, uno de los lapiceros que estaba sobre el escritorio se cayó. Supuse que era casualidad, pero aún así decidí seguir. Dije o la vacilante. La verdad no sabía cuál quería que fuera la respuesta, pero el triángulo comenzó a moverse podía sentir la fuerza del objeto en mis dedos. Abrí la boca confundido y deseé que no sucediera nada malo. Las primeras letras u fueron on lentas y vacilantes, como si el mundo de los espíritus se tambaleara antes de abrirse la pequeña pieza de madera. El indicador se movió sutilmente hacia las letras. Primero la h luego la o, después la l y, por último la a. Mis manos temblaban mientras observaba cómo se había formado la palabra Ola. Sabía que era el momento de hablar con Sara, pero primero quería asegurarme de que fuera a ella y empecé a hacerle preguntas. Primero, claramente, pregunté quién estaba ahí y el triángulo no se movió ni un centímetro, pero otro de los lápices se cayó del escritorio y escuché como si alguien tocara la ventana. Voy a ser sincero y a decir que, aunque contando todo esto, siento mucho miedo, en ese momento no tenía miedo. Más bien estaba desesperado por saber de mi novia, por hablar con ella. Entonces intenté de nuevo y esta vez pregunté que si era sarra quien estaba ahí. La respuesta vino rápidamente, primero una s y luego una i formando la palabra. Así, mi corazón dio un vuelco. Era ella y no podía evitar que las lágrimas cayeran sobre mis mejillas. Mientras seguía conversando con el espíritu de mi amada, pregunté por qué se había ido, por qué me había dejado solo. La respuesta fue desgarradora. Accidente. Su mensaje me dejó sin aliento, reviviendo el dolor de su partida. Entonces ahí estaba seguro de que era ella. No había ninguna duda. La tristeza y la melancolía estaban en mi corazón. Sin embargo, también me dio una sensación de alivio saber que Sara no me había abandonado por completo, que estaba ahí viéndome y respondiendo. Le pregunté si estaba en paz ahora y la respuesta fue afirmativa. Le pregunté que si aún me amaba y dijo que sí. Eso me llenó de consuelo, pero también avivó el fuego de mi obsesión por haberla con ella. Nuevamente, la luz de la lámpara del escritorio comenzó a parpadear hasta apagarse y sólo quedó la luz de una vela. Continuamos la conversación durante unos minutos mientras la vela ardía lentamente, pero la huija no podía llenar el vacío que Sara había dejado en mi vida. Quería verla, abrazarla, sentir su presencia. De nuevo, la hija era sólo una conexión efímera y mi necesidad de más se convirtió en una obsesión, Así que le pregunté si podía volver, si había una forma de que estuviera conmigo. La respuesta me heló la sangre. No. Sara no podía regresar y tratar de forzarlo. Sería egoísta la comunicación con el más allá. Tenía sus límites y yo estaba desafiando esos límites. No podía pedir que se materializara. Simplemente era imposible y definitivamente sabía que si eso sucedía, quizá quedaría completamente loco. Finalmente, después de hablar con el espíritu de Sara, me despedí con un nudo en la garganta. Sabía que no podía seguir usando la hija para traerla de vuelta y aunque quería volver a hablar con ella. La culpa me estaba comiendo a medida que las respuestas se volvían más débiles. Su última palabra fue a Dios. Apagué la vela y guardé el tablero de hija en su caja. Mi habitación parecía más oscura y fría que nunca. Me sentía aliviado por haber hablado con Sara, pero también abrumado por el conocimiento de que podía seguir hablando con ella y tener que decidir si seguiría haciéndolo o no. Esa noche, mientras me acostaba en la cama vacía, me di cuenta de que nunca podría superar completamente su pérdida, pero quizás con el tiempo podría encontrar una forma de seguir adelante sin ella. El destino me había robado a mi amada Sara, pero debía encontrar una manera de vivir con ese dolor. Sabía que nunca la olvidaría, pero ten tenía que dejarla ir y la huija, con su promesa y sus peligros, quedó relegada al oscuro rincón de las decisiones que preferirían no haber tomado. En los días que siguieron a mi primera experiencia con la huija, mi obsesión por hablar con Sara sólo creció cada noche. Me atormentaban sus recuerdos y la sensación de que aún estaba incompleto. Sin ella. No quería seguir jugando con la huija porque en el fondo sabía que debía dejar descansar a Sarah y que volver a jugar con la hija para sentirme mejor era algo completamente Egoísta fue entonces cuando mis amigos Manuel y Laura notaron mi declive emocional. Me confesé sobre mis intentos de contactar a Sara a través de la huija y mi deseo inquebrantable de volver a hablar con ella. En lugar de regañarme o intentar disuadirme. Sugirieron una idea que parecía iluminar un rayo de esperanza en mi mundo de tristeza. Manuel propuso que fuéramos al cementerio, donde Sara estaba entrera, para intentar la comunicación que seguramente sería mucho más fuerte y podría conectar mejor con ella, por lo menos por última vez. Laura estuvo de acuerdo y en su propia búsqueda de consuelo, aceptó la idea de intentarlo. Así que una tarde de octubre nos dirigimos al cementerio. Las hojas caídas crujían bajo nuestros pies mientras caminábamos por los senderos del panteón, llegamos a la tumba de Sara y no pude evitar llorar y arrodillarme sobre ella. Sentí de nuevo que mi mundo se venía abajo. Mis amigos no me juzgaron ni me interrumpieron, respetaron mi sentir y cuando estuve listo comenzamos. Coloqué el tablero de hija sobre su lápida. Mientras limpiaba mis lágrimas y Manuel encendió una vela y Laura otra. Comenzamos la sesión y puedo decir que en esa ocasión sí tenía miedo, quizá por el lugar o porque sabía que no era correcto hacer eso. El viento soplaba frío y yo no quería hacer la primera pregunta, pero pero no tuve opción. Pregunté que si había alguien con nosotros el indicador en el tablero de huija comenzó a moverse y la respuesta fue rápida, un escalofriante. Sí. Después pregunté que si era Sara y respondió que sí. De nuevo, mis amigos miraban con asombro. Mientras continuaba la conversación, pregunté a Sara sobre su vida en el más allá y sus respuestas eran cada vez más raras. De hecho, llegué a pensar que no era ella. Me advirtió que no debería haberla convocado ahí en el lugar de los muertos. Manuel y Laura intercambiaron miradas nerviosas, pero yo estaba cegado por la necesidad de hablar con Sara. Ignoré las advertencias y seguí haciendo preguntas. Fue entonces cuando la huija se movió de manera rápida y aterradora. Las respuestas se volvieron incomprensibles y el indicador comenzó a moverse rápidamente entre las letras, teletreando palabras que no tenían sentido. Volví a preguntar que si era Sara quien estaba ahí. Pero esa vez la respuesta fue negativa y unas risas comenzaron a escucharse. De repente, un grito escalofriante resonó en el panteón. Nos dimos vuelta para ver que la vela se había apagado y que había un hombre muy pequeño con la cara toda roja, que avanzó hacia nosotros y las hojas secas crujieron bajo sus pasos. Mis amigos y yo nos levantamos llenos de pánico. A la luz de la luna pudimos ver su rostro retorcido y sus ojos sin vida. Era algo parecido a un duende, un ser que no pertenecía al mundo de los vivos. Grité aterrado mientras ese horrible hombre se abalanzaba hacia nosotros y entonces un grito colectivo de terror llenó el cementerio. Corrimos por los senderos oscuros sin mirar atrás nuestros corazones, latiendo como tambores de guerra. El aliento nos quemaba los pulmones mientras escapábamos del peligroso espectro. Finalmente llegamos a mi casa, donde nos refugiamos en mi cuarto aún con miedo. Manuel se adelantó para cerrar la puerta con un estruendo como si esperara que eso mantuviera a raya al fantasma o lo que fuera que nos perseguía Laura con los ojos llenos de lágrimas, se abrazó a sí misma temblando. Miré a mis amigos sintiendo algo de alivio y culpa. Sabía que mi obsesión por contactar a Sara en el cementerio había desencadenado Esta pesadilla. Fue entonces cuando Manuel se dirigió a mí con una mirada de acusación en sus ojos y me dijo que íbamos a tener grandes problemas porque no habíamos cerrado la sesión de la huija. Mi mente se llenó de remordimientos. Había jugado con cosas que no comprendía y ahora había traído un mal a mi vida y quizá a la de mis amigos. La noche se volvió más larga y el miedo persistió en mi cabeza. Cada ruido era una amenaza para mí. Pasamos horas en vela esperando que el miedo se fuera poco a poco. Mis amigos se quedaron en mi casa ni siquiera dormimos y cuando finalmente amaneció, la sensación de Alivio reinó en mi cuarto. Pero el terror que habíamos vivido seguía ahí. A lo largo de los días que siguieron, mi obsesión por hablar con Sara se transformó en un arrepentimiento abrumador. Las advertencias de Manuel se habían vuelto ciertas. Había dejado abierta una puerta hacia el más allá y había liberado algo que no podía controlar. En los días que siguieron a nuestra experiencia en el cementerio, mi vida se convirtió en una pesadilla y las noches eran el peor momento tenía pesadillas en donde muchos de esos enanos con cara roja se burlaban de mí. A menudo me despertaba sudando y con el corazón latiendo con fuerza. Lo que era aún más inquietante eran las manifestaciones en mi casa. En ocasiones sin motivo aparente, me veía envuelto en violentos episodios de vómitos. No podía evitar pensar que esto estaba relacionado con lo que había habíamos hecho en el cementerio. Después, muchas moscas de las que les dicen de panteón, comenzaron a vivir en mi casa. A veces se paraban sobre la comida. Era algo asqueroso y en algún momento mi casa se llenó de ellas. Las moscas aparecían por todos lados cubriendo las paredes y ventanas sin ningún intento de deshacerme de ellas. Parecía funcionar mi familia estaba basqueada y preocupada. Además, las noches traían consigo una serie de sonidos muy raros que salían de las paredes de mi casa. También escuchaba risas y susurros ininteligibles, como si las sombras que habían encontrado su camino a través de la puerta abierta se burlaran de mí. No había lugar donde me sintiera a salvo y mi cordura cada vez era menos. Me envolví a la desesperación y mi vida se convirtió en un infierno. Busqué ayuda en terapeutas y médicos, pero ninguno pudo explicar ni aliviar lo que estaba ocurriendo. Mis amigos Manuel y Laura, también quien estaban afectados por los acontecimientos. Una mañana, al despertar me encontré con algo que me hizo perder toda esperanza. Un ser aterrador cubierto de sangre y muy muy alto que incluso tocaba el techo me observaba desde el pie de la cama. Fue algo tan aterrador que ni siquiera pude gritar. Desapareció en un instante, pero su impacto en mí fue inolvidable. Esa fue la gota que derramó el vaso. Sabía que debíamos hacer algo para poner fin a esta pesadilla que nos perseguía. Desde que intenté comunicarme con Sara a través de la huija, me di cuenta de que desde el principio Sara nunca había respondido. En la huija. Había sido un ser oscuro que se hacía pasar por ella para ganarse mi confianza y hacerme daño. Reuní a mis amigos Manuel y Laura y les dije lo que pensaba y lo que me había pasado. A pesar de la incredulidad inicial. La evidencia de las pesadillas, las moscas y las aparas los convenció de que algo estaba terriblemente mal. Sabíamos que debíamos tomar medidas drásticas para detener todo eso. Además, ellos dijeron que esos últimos días también les habían sucedido cosas muy feas y extrañas. Juntos investigamos cómo cerrar la puerta que habíamos abierto. Descubrimos que necesitábamos jugar una vez más y cerrar la sesión. Esa vez Era un proceso complicado, pero estábamos dispuestos a hacer lo que fuera necesario para acabar con esta pesadilla. Así que nos dirigimos al Cementerio una vez más armados con todo lo que necesitábamos. Los tres estábamos llenos de miedo, pero también decididos a enfrentar lo que fuera necesario para poner fin a esto. La noche era oscura y nublada. La huija aún estaba ahí pues al parecer, nadie había ido esos últimos días. Las velas estaban apagadas y, a pesar de que era de día teníamos miedo, realizamos el juego de nuevo en la tumba de Sara, haciendo algunas preguntas al azar con mucho miedo, no queríamos que se nos apareciera otra cosa de nuevo y no nos dejara terminar la sesión. Finalmente, después de un esfuerzo agotador, la sesión llegó a su fin. Una sensación de alivio nos inundó. Cuando todo se calmó, esperamos en silencio durante lo que pareció una eternidad. Lentamente nos dimos cuenta de que el mal que habíamos liberado estaba retrocediendo. El ritual había funcionado y la puerta que habíamos abierto se cerró. Finalmente, nos abrazamos en un abrumador alivio, sabiendo que habíamos enfrentado el horror y lo habíamos superado. Al ver la huija encima de la tumba de mi amada, me sentí muy mal lloré y le pedí perdón ahí mismo. Lo único que yo quería era volver a hablar con ella, pero sabía que eso jamás iba a suceder. Pero en el fondo, sentía que ella me había perdonado y que nuestro adiós definitivo había llegado y debía aceptarlo. Aunque las cicatrices emocionales de esta experiencia nunca se borrarán por completo, aprendí una lección invaluable, que no todas las puertas deben abrirse y que algunas conexiones nunca deben restablecerse. La oscuridad hecha en los lugares más inesperados y a veces es mejor dejarla en el pasado, sin importar cuánto anhelemos el consuelo de los que ya no están el mal quería aprovecharse de mi dolor y quería hacerme daño con eso, pero no lo logró y aprendí a dejar ir. Sara ya no estaba conmigo, pero los recuerdos que había dejado en mi vida y en mi corazón jamás se borrarán y siempre valoraré el tiempo que estuvo a mi lado. Relato escrito y adaptado por Lis Rayón