Latest / Niebla en el bosque con Evelith von / El Espíritu De Un Niño Me Atormenta Historias De Terror - Voces De La Noche
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- Familia. También pueden encontrar el contenido en Spotify, Amazon Music y a Paul Podcast. Les dejaré los enlaces en la descripción y en los comentarios. Sin más comenzamos. Mi nombre es Alejandro y quiero contarte la historia de la vez que, a la temprana edad de ocho años, viví una experiencia aterradora en aquel lugar, aparentemente olvidado por el tiempo. Era la temporada de vacaciones de Navidad y mis padres decidieron llevarnos a mí y a mi hermana a visitar a la familia. En el pueblo estaba emocionado por la idea de pasar tiempo con mis primos y explorar un lugar nuevo, pero la ilusión se desvaneció en cuanto llegamos. El pueblo estaba en medio de la nada, rodeado de campos secos y polvorientos y a simple vista no había nada interesante que hacer Mis primos que en mi mente eran como moseros de juegos ideales, resultaron ser casi adolescentes, ocupados con sus propias preocupaciones. No mostraron ningún interés en hablar o pasar tiempo con un niño de ocho años como yo, mis vacaciones parecían arruinadas. Antes de comenzar pasaba mis días mirando a los aburridos, borregos y gallinas que mis tíos tenían en la propiedad. Sin embargo, un día decidí aventurarme más allá en busca de algo que pudiera romper la monotonía. Caminé alejándome de la propiedad, dejando atrás la desgastada cerca de madera que marcaba los límites. Fue entonces, cuando llegué a un rincón del pueblo que parecía haber sido olvidado por el tiempo. Entre la maleza y la flora seca, descubrí un viejo pozo casi destruido por el abandono. Mi curiosidad se encendió de inmediato y me acerqué corriendo el pozo ya no tenía balde y parecía que llevaba años sin funcionar. Me asomé al borde del pozo y en un impulso de traviesa curiosidad, empecé a lanzar piedras al vacío esperando escuchar el resonar del impacto en el agua imaginaria. Fue entonces cuando una voz me habló desde atrás. Merecía que el pozo no tenía agua y era muy profundo. Se escuchaba como una voz infantil que resonó en el silencio del lugar. Me giré un tanto asustado. Después de todo, había pasado bastante tiempo caminando solo y el escuchar a alguien realmente me había asustado. No obstante, al ver que era sólo un niño, me tranquilicé. Sin embargo, este niño era peculiar a pesar de su apariencia infantil, llevaba un traje de charro impecable y un sombrero grande en la cabeza. Aunque parecía un niño común, había algo en el que me hacía sentir un poco extraño, además de su vestimenta. Sin embargo, en mi inocencia infantil no quise pensarlo demasiado. Decidí dejar de lado mis inquietudes y le saludé cuestionando el motivo de su vestimento tan particular. Mi pregunta fue ignorada debido a que el niño señalaba hacia un pequeño armadillo que se cruzaba en nuestro camino. Ambos comenzamos a seguir al curioso animal dando paso a una tarde de juegos y risas. Cuando el sol comenzó a ponerse y los tonos anaranjados cubrían el cielo supe que era hora de regresar. Sin embargo, el niño peculiar se volvió insistente, instándome a seguir jugando y sugiriendo explorar el cerro cercano. Aunque quería continuar la diversión, sabía que mis padres se molestarían si no regresaba a tiempo. Rechacé la oferta del niño explicándole que jugaríamos de nuevo al día siguiente. Fue entonces cuando noté un cambio en su expresión. La sonrisa que antes adornaba su rostro desapareció, pero sólo asintió en silencio. Aunque quise convencerme que todo estaba bien, no pude evitar sentir un escalofrío al ver cómo aquel niño me observaba mientras me alejaba una vez dejando atrás al niño en el crepúsculo, sentí una extraña sensación que se aferraba a mis pensamientos. Cuando estuve de vuelta en casa, compartí el suceso de aquella tarde con mi familia. Sin embargo, nadie pareció siquiera prestarle atención. Mis palabras se perdieron en el murmullo de conversaciones y risas familiares, como si el encuentro con el niño peculiar hubiera sido simplemente un detalle sin importancia. Aquella noche, mientras dormía, fui invadido por una pesadilla. Aunque no podía recordar los detalles, la sensación de terror que dejó en mi ser era palpable. Desperté en medio de la noche sudando y temblando con el corazón, golpeando fuertemente en mi pecho. Intenté desesperadamente recordar los fragmentos de mi sueño, pero se escapaban de mi mente como sombras en la penumbra. Decidí levantarme y buscar un poco de consuelo. La casa estaba envuelta en un silencio. Sepulcro Sólo interrumpido por el murmullo de la noche, me dirigí al baño. En la penumbra tratando de sacudirme la inquietud que se apoderaba de mí mientras bebía agua en la cocina. Una sensación de observación se apoderó de mí. Al girarme allí estaba el niño de pie junto a la ventana. Su figura se recortaba contra la oscuridad de la noche, una presencia inesperada que me estremeció hasta la médula y a pesar de la extrañeza de la situación, el niño me saludó amigablemente y pidió que abriera la puerta. Le respondí que la puerta estaba cerrada con llave y que no sabía dónde estaba la llave. Aunque mi afirmación no era completamente cierta. La sola idea de ver al niño a altas horas de la noche me llenaba de un mal presentimiento. Giré para dejar el vaso en la mesa y al volverme, el niño ya no estaba la ventana. Estaba vacía como si la figura se hubiera desvanecido en la oscuridad de la noche. Decidí volver a la cama, pero la intranquilidad se quedó conmigo. La duda sobre lo que había sucedido aquella noche persistía en mi mente. Al día siguiente, mientras el sol brillaba, me cuestionaba si lo ocurrido era real o simplemente una parte distorsionada de mi sueño. La duda sobre si lo sucedido la noche anterior fue real o simplemente parte de mi sueño persistía en mi mente. Aquella mañana. Después de desayunar sentí la urgencia de encontrar respuestas. La imagen del niño fuera de la casa me generaba cada vez más duda si aquel incidente permanecía grabado en mi memoria una figura que oscilaba entre lo amigable y lo inquietante. Con la esperanza de aclarar mis dudas, decidí dirigirme hacia el lugar donde había conocido al niño la tarde anterior. Sin embargo, antes de que pudiera emprender mi camino, mi tío me pidió ayuda para decorar el árbol de Navidad y armar el pesebre. La emoción de participar en la tradición nación familiar se apoderó de mí y olvidé momentáneamente mi encuentro con el niño. Pasé toda la tarde sumergido en la magia de la Navidad, decorando el árbol con luces brillantes y adornos festivos. Las risas y el bullicio de la familia llenaron la casa, creando un ambiente cálido y acogedor. El atardecer teñía el cielo con tonos dorados. Mientras mi tío y yo trabajábamos juntos compartiendo historias y risas, el día avanzó rápidamente y mientras el sol se despedía en el horizonte. Mi tío me encomendó la tarea de ir a dar de comer a los borregos que pastaban cerca de la propiedad. Mientras realizaba esta tarea rutinaria, un susurro en la brisa capturó mi atención. Era la voz del niño que me reclamaba por no haber ido a verlo. Giré en dirección a la voz y me encontré con el niño que aún llevaba su traje de charro. Su presencia en ese momento del día me resultó aún más extraña. Expresó su descontento por mi ausencia y dijo que tenía algo que mostrarme En el cerro. Me tomó del brazo intentando jalarme en dirección a los límites de la propiedad. Me excusé explicándole que había estado ocupado. Aunque el niño aceptó mi explicación con un tono que rozaba el reclamo, insistió en llevarme al cerro. Le expliqué que no podía irme tan tarde, ya que mis padres no me permitían jugar a esas horas. Además de que mencioné la promesa de ayudar a mi tío a recoger leña para la cena del día siguiente. El niño prometió que no tardaríamos mucho y su tono se volvía cada vez más insistente. Aunque sentí una curiosidad innegable, decidí resistirme y le pedí al menos decirles a mis padres para que así al menos supieran a dónde iría. Pero en ese momento la voz de uno de mis primos resonó en la distancia llamándome para que entrara a la casa. Le aseguré a mi primo que entraría en un momento, pero cuando me volví a mirar hacia el niño, ya no estaba aquella. Desaparición misteriosa del niño intrigó aún más mi mente. Sin embargo, la llamada de mi primo y la necesidad de cumplir con mis responsabilidades familiares me impidieron profundizar en la búsqueda de respuestas. En ese momento regresé a la casa con la mente llena de preguntas sin resolver y la sensación de que algo más estaba ocurriendo en aquel pueblo, aquel pueblo de aguascalientes envuelto en un manto de misterio y sombras, se volvía cada vez más inquietante con el paso de los días. La dualidad entre la celebración festiva de la Navidad y la presencia del niño Charro creaba una atmósfera tensa que se aferraba a mi conciencia. El día siguiente fue aún más caótico, ya que era nochebuena, por lo que me fue imposible siquiera pensar en aquel niño. Después de una jornada llena de risas familiares y decoraciones navideñas. Me retiré a mi habitación con la esperanza de encontrar pas en el sueño. Sin embargo, la pesadilla que me había visitado anteriormente regresó una vez más. Me desperté a mitad de la noche, sudando y temblando, incapaz de recordar los detalles perturbadores que se desvanecían en la penumbra de mi subconsciente. La extrañeza de experimentar pesadillas tan intensas algo poco común para mí se sumó al enigma que rodeaba al niño charro Mientras intentaba recuperar la calma y conciliar el sueño. Pequeños golpes resonaron en la ventana. Aquel sonido apenas perceptible, se entrelazaba con la brisa nocturna y me llenó de un escalofrío inexplicable. Casi en un susurro escuché mi nombre. La voz era inconfundible. Se trataba de aquel niño intrigado y asustado. A la vez me levanté de la cama y abrí la cortina. Ahí en la oscuridad de la noche, estaba el niño vestido con su traje de charro y esta vez sus palabras iban acompañadas de un petición más urgente de entrar, alegando que hacía frío afuera. A pesar de la extrañeza de la situación, volví a dar la misma excusa de aquella noche. Le pregunté si sus padres lo dejaban salir tan tarde, pero el niño no respondió a mi pregunta. En su lugar, insistió en su invitación a ir al cerro, asegurando que aún tenía algo que mostrarme. Mi negativa fue rotunda, insistiendo en la excusa de que mis padres se molestarían si salía a esas horas. El niño de charro, aparentemente molesto por mi decisión, se retiró en silencio cerré. La cortina, dejando atrás la oscura figura que se desvanecía en la noche. La habitación volvió a asumirse en el silencio, sólo roto por el latido acelerado de mi corazón. Aunque la presencia del niño se alejó de mi ventana, la inquietud persistía. Me pregunté si aquella figura era real o producto de mi imaginación alterada por la erra noches de pesadillas. La madrugada avanzaba y decidí permanecer despierto atrapado entre la realidad y la fantasía. La quietud de la casa se mezclaba con la sombra de los recuerdos, creando un paisaje surrealista en mi mente, mis pensamientos se volvieron hacia el pozo, reclamando inclusive a mí mismo por ir a aquel sitio. Con el amanecer la luz del día, trajo consigo una sensación de alivio. La normalidad aparente del pueblo contrastaba con las experiencias que había vivido en las noches anteriores. Me sumergí en las actividades diarias intentando alejar la sombra de la inquietud que persistía en mi interior. Sin embargo, la indecisión y la desconfianza se agitaban como un torbellino. El día siguiente no deseaba encontrarme de nuevo con aquel niño. La experiencia de la noche anterior había sembrado semillas de duda que brotaban en mi mente, creando un conflicto interno entre la curiosidad y el temor. A pesar de mi reticencia, me encontraba jugando en la propiedad Al día siguiente, tratando de ahuyentar los pensamientos que giraban en torno al misterioso encuentro. De repente, la voz del niño resonó de nuevo en el aire. Aquel sonido familiarizo que mi piel se erizara, pero no quería ser grosero con el niño. A pesar de la inquietud que su presencia me generaba, el niño propuso nuevamente ir al cerro y esta vez en un intento porque éste olvidara el asunto. Mentí alegando que mis padres ya no me dejaban salir de la propiedad, pero podríamos jugar ahí. La frustración se reflejó en la expresión del niño, que insistía en la urgencia de ir al cerro y prometía regresar antes de que mis padres se dieran cuenta. Luego de varias negativas de mi parte, el niño sugirió jugar a las escondidas. Si lo encontraba en menos de cinco minutos, accedería a ir al cerro. Aunque dudé al principio, la perspectiva de resolver el asunto se me presentó propuse que, de lo contrario, entonces se lo olvidaría. El asunto en mi mente infantil. La propuesta parecía una solución sencilla a un dilema complicado. El niño aceptó rápidamente mi propuesta, tan rápido que incluso me hizo dudar de haber hecho lo correcto. Rápidamente corría a esconderme buscando el mejor lugar para no ser descubierto. Decidí ocultarme detrás de los corrales de los borregos. Parecía un escondite seguro y estratégico desde donde podía observar al niño sin ser visto con la emoción y la adrenalina. Corriendo por mis venas, me acomodé en mi escondite listo para la partida de escondidas. Mientras esperaba en mi escondite detrás de los corrales de los borregos, la tensión crecía con cada segundo que pasaba. El aire estaba cargado de una extraña energía, como si el pueblo mismo estuviera guardando en silencio. El desenlace de este juego misterioso. El niño terminó finalmente el conteo y comencé a sumergirme en la idea de que si éste llegaba a encontrarme, entonces tendría que correr con mis padres, ya que de ninguna manera pensaba en ir al cerro. Miré cómo el niño se descubría los ojos y comenzaba a buscar a su alrededor. Mi escondite parecía infalible, pero en un momento sus ojos se fijaron directamente en los corrales de los borregos. La certeza de que no podía ser visto desde aquella distancia se vio sacudida por el desconcierto. Uno de los borregos desvió mi atención por un instante y cuando volví la mirada, el niño ya no estaba instintivamente. Comencé a buscar al niño con la mirada, al mismo tiempo que intentaba ocultarme aún mejor. De repente una voz detrás de mi declaró te encontré un grito escapó de mi garganta. Era imposible. No había forma de que el niño hubiera llegado detrás de mi escondite, ya que sólo había una forma de llegar ahí. Yo me había mantenido pendiente de esa entrada, por lo que a no ser de que éste simplemente se hubiera materializado tras de mí. Entonces era imposible. Salí corriendo en busca de refugio y, para mi fortuna, me topé con mi tío asustado y, apenas logrando articular palabras, señalé desesperadamente hacia los corrales de los borregos, tratando de explicar lo que había sucedido sin mucho éxito. Sin embargo, cuando mi tío examinó el lugar, no encontró rastro alguno del niño. La confusión y el miedo se entrelazaban en mi mente, creando un laberinto de incertidumbre del cual no podía escapar mi tío, preocupado por mi estado, intentó consolarme sugiriendo que tal vez había sido sólo mi imaginación. Aunque quería creer en esa explicación, la sensación de que algo sobrenatural estaba ocurriendo persistía en mi mente. Decidí guardar silencio sobre lo sucedido. Temeroso de que nadie más entendiera la extraña conexión entre el niño de charro y los eventos perturbadores que me perseguían esa noche. Mientras intentaba conciliar, el sueño fui invadido nuevamente por la pesadilla que me atormentaba. Esta vez. Sin embargo, los detalles se volvieron más nítidos. Vi sombras danzantes alrededor de una fogata en el cerro y el niño estaba en el centro moviéndose de manera hipnótica. La sensación de malestar creció en mi pecho como si estuviera presenciando algo prohibido y siniestro. Intenté apartar la mirada, pero una fuerza invisible me mantenía cautivo, obligando a observar el ritual macabro que se desarrollaba en la penumbra del cerro. Los murmullos de voces incomprensibles llenaron el aire como si invocaran a entidades ocultas que acechaban en las sombras. Muy pronto comencé a escuchar de vuelta golpes en la ventana, al mismo tiempo que escuché la voz de url aquel niño, el cual me llamaba por mi nombre y me decía que él había ganado y que era hora de que cumpliera mi parte del trato. Los golpes en la ventana se hicieron en un punto tan fuertes que temí que el vidrio se rompiera, pero para mi fortuna, esto nunca ocurrió. Los golpes se detuvieron hasta que los primeros rayos del sol comenzaron a asomarse. Mis padres decidieron partir al día siguiente y para mí fue un alivio abandonar aquel pueblo de Aguascalientes, que se había vuelto un escenario de misterios inexplicables. Aunque la distancia entre mi familia y aquel lugar creció, la experiencia jamás se desvaneció por completo de mi memoria. Regresamos a la ciudad, pero la sombra del niño continuaba persiguiéndome en los recovecos de mis pensamientos. Las noches se volvieron un desafío plagadas de sueños inquietantes y la sensación persistente de ser observado en la oscuridad. Con el paso de los años, traté de racionalizar lo sucedido buscando explicaciones lógicas para aquella experiencia extraordinaria. Sin embargo, la memoria de aquel encuentro en el pueblo de Aguascaliente seguía siendo un enigma sin resolver, una herida en el tejido de la realidad que se negaba a cicatrizar. La vida continuó su curso, llevándome por diferentes caminos y experiencias. Sin embargo, la historia del niño y el misterioso encuentro en el cerro permanecieron grabados en mi memoria como un capítulo inolvidable de mi infancia. Relato escrito y adaptado por Aurora Escalante